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Malos argumentadores
Por Walter Riso
Las investigaciones psicológicas han demostrado que cuando tratamos de entablar una plática o una discusión, cometemos un sinnúmero de sesgos y errores en la comunicación que casi siempre redundan a nuestro favor. Por cuestión de espacio citaré solamente dos falacias típicas.
La primera se conoce como argumentum ad hominem, y consiste en atacar a la persona y no al argumento. Por ejemplo, algunos psicólogos consideran que los críticos de sus teorías sufren de un fenómeno llamado ‘resistencia’. Es decir: el que no está de acuerdo conmigo, tiene una alteración psicológica. En mis años de estudiante, durante un curso de psicopatología, afirmé que no creía en el complejo de Edipo y que nunca había sentido atracción sexual por mi madre. La respuesta del profesor no se dejó esperar. En tono indulgente, preguntó: “¿No se te hace sospechoso que no creas en el complejo de Edipo?”. Y Luego sentenció: “Esto podría estar mostrando un problema no resuelto en tu primera infancia”.
En otro ejemplo, un amigo le confesó a su futura suegra que era ateo. La señora, una creyente a ultranza, expresó con pesar: “No te preocupes, nosotros te ayudaremos a superar el problema”. Para la mujer, ser ateo era un defecto y no una posición filosófica. En la falacia ad hominem, el argumento no se invalida por su inconsistencia o contradicción lógica sino por las características que se le atribuyen a quien discrepa. En otras palabras: si alguien expresa una verdad, esa verdad puede ser anulada porque la persona nos disgusta. La falacia ad hominem es, por definición, discriminatoria. Puede que no me guste mi oponente, pero si tiene razón, la tiene.
La segunda se conoce como ‘falacia de la apelación’ a la autoridad y consiste en aferrarse a la palabra del que supuestamente sabe más. Es decir: el criterio de verdad está en la autoridad del gurú, el gestor o el líder, y no como debería ser, en la fortaleza de los argumentos. Las personas sectarias hacen especial uso de esta falacia: cualquier desavenencia es vista como una falta de respeto a la memoria del maestro, o a los fundadores del partido o de la secta.
Hace unos años asistí a una conferencia de un médico que hacía ‘regresiones’ y se comunicaba, según él, con un maestro sanador de ultratumba. Cuando le pregunté si no existía la posibilidad de que el maestro en cuestión se tratara de un espíritu travieso o de un farsante, el hombre contestó que eso era imposible porque el ‘padre’ de las regresiones (un señor ruso de quien no recuerdo el nombre) había afirmado: “Los maestros del más allá siempre son buenos”. Los que utilizan la apelación a la autoridad son expertos en citar a los ‘grandes’ para que los ‘chicos’se apabullen.
En resumen, las trampas de la comunicación señaladas son: (a) focalizarse en las características personales negativas de mi interlocutor de turno para desmeritar su aseveración, o (b) adherir a la magnificencia y superioridad de algún ilustre sabiondo para devaluar cualquier punto de vista discrepante. Pequeños embustes, dos formas de engatusar la verdad y eliminar la posibilidad del común acuerdo. No puede haber consenso si el razonamiento está viciado y si la intención es ganar a cualquier costo.




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