Índice introducción la historia de jesúS



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Catálogo: 2013
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicologíA”
2013 -> Universidad nacional autónoma de honduras
2013 -> Universidad nacional autonoma de honduras facultad de ciencias sociales
2013 -> Campus universitario siglo XXI, S. C
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicología
2013 -> Gloria zuleima bedoya idarraga luisa fernanda beltran perez maria alejandra castro arellano
2013 -> Fundamentos para el rol de una economía solidaria dentro de la perspectiva de la idea de “economía plural”
2013 -> Vicedecanato de relaciones institucionales
2013 -> Vivir sin fumar

d) «Cazar» a Jesús, sea como sea

Jesús se había convertido en un peligro para el orden establecido. Por eso se intenta encuadrarlo, sea como sea, dentro de un estatuto legal, a fin de motivar su encarcelamiento y su consiguiente proceso. En primer lugar se le exige un atestado verbal de buena conducta (Mc 7, 5; 2, 16, 18, 24; 11, 28; Jn passim). Después se procura aislarle del pueblo y hasta instigar a éste en su contra. Se intenta desacreditar sus milagros como obra del demonio (Mc 3, 22; Jn 7, 20; 8, 48, 52; 10, 20; Mt 10, 25). Se le pide un milagro de encargo para poder estudiarlo más de cerca (Mc 8, 11). Se intenta ponerle en apuros mediante preguntas capciosas, o ridiculizarle ante un grupo (Mc 12, 1823). O se trata también de obligarle a tomar partido en algún tema vidrioso (Mc 10, 2); e incluso se le hace una pregunta sumamente delicada, cuya respuesta le convierta en enemigo del pueblo o en enemigo de las fuerzas de ocupación (Mc 12, 1317; Lc 11, 53-54; Jn 8, 5-6). Es expulsado de la sinagoga, lo cual en aquella época significaba la excomunión (Jn 9, 22; 12, 42). Hay diversas tentativas de prenderlo (Mc 11, 18; Jn 7, 30, 32, 44-52; 10, 39), y dos intentos de apedrearlo (Jn 8, 59; 10, 31). Y por fin se piensa en acabar con él (Mc 3, 6; Jn 5, 18; 11, 49-50). Sin embargo, su popularidad constituye un grave impedimento (Jn 7, 46; Mc 12, 12). Jesús lo sabe, pero no se deja intimidar, sino que sigue hablando y haciendo preguntas incómodas (Mc 12, 13-17; Lc 13, 17; 14, 1-6). Jesús sigue predicando abiertamente (Jn 5, 19-47; 7, 14-24; 8, 12-29, 37; 10, 22-39). A pesar de ello, ha de defenderse: cuando tratan de apedrearlo, se esconde; cuando pretenden prenderlo en el Templo, se escabulle entre la multitud (Jn 8, 59; 10, 39; cf. Lc 4, 30). En una ocasión sube de incógnito a Jerusalén (Jn 7, 10); otra vez evita pasar por el territorio de sus adversarios, cuando se dirige de Judea a Galilea (Jn 4, 1-3). Incluso en este último lugar evita a los fariseos, que no dejaban de importunarle, marchando a la zona pagana del norte o al otro lado del lago de Genesaret (Mc 7, 24; 8, 13; cf. Mt 12, 15; 14, 13). Después de un duro enfrentamiento se retira solo a Perea (Jn 10, 40). Al conocer la decisión del Sanedrín de darle muerte (Jn 11, 49-53), se aleja con sus discípulos a la ciudad de Efraín, cerca del desierto (Jn 11, 54). En su última estancia en Jerusalén (según el esquema joánico) se mantiene más o menos escondido (Jn 12, 36). Pasa las noches fuera de la ciudad, en Betania o en el Monte de los Olivos (Mc 11, 11, 19; Lc 21, 37; Jn 18, 1-2). Las autoridades no conocen exactamente su paradero, por lo cual hacen saber al pueblo que, si alguien sabe dónde se encuentra Jesús, lo notifique, a fin de facilitar su arresto (Jn 11, 57).



Y es precisamente Judas quien responde al llamamiento de las autoridades. Por el precio de un esclavo (30 denarios de plata) traiciona a Jesús (Mt 26, 15). La traición de Judas, que se prestó y sigue prestándose a las más fantásticas especulaciones, consistió —y esto aparece con toda claridad en los evangelios— en indicar a las autoridades dónde se encontraba Jesús y dónde se le podría detener sin provocar la sensación y el tumulto popular. Tal vez Judas llegó a todo esto movido por una profunda decepción: él había esperado, al igual que los otros discípulos (cf. Lc 24, 21; 19, 11; Hech 1, 6), que Cristo iba a liberar políticamente a Israel, expulsando a los romanos. Sin embargo, Cristo concebía de un modo mucho más universal su liberación, en el sentido de una transfiguración total del mundo, del hombre y del cosmos, a todo lo cual daba el nombre de Reino de Dios.

e) Jesús es condenado como «blasfemo» y guerrillero

Las palabras de Marcos —el más antiguo relato de la pasión de Jesús— acerca de la traición de Judas encierran un tono siniestro, aún más acentuado por su concisión y sequedad: «El que le iba a entregar les había dado esta contraseña: 'Aquél a quien yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle con cautela'. Nada más llegar, se acerca a él y le dice: 'Rabbí', y le besó». Jesus se mantiene imperturbable y se limita a decir: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis» (Mc 14, 44-49). Las escenas que siguen, y cuyo carácter histórico es muy discutido porque se trata de unos relatos elaborados a la luz de la resurrección y de la profesión de fe en Jesús como Cristo, están dominadas por el signo de la entrega: por parte de Judas, que lo entrega al Sanedrín (Mc 14, 10, 42); del Sanedrín, que lo entrega a Pilato (Mc 15, 1, 10); de Pilato, que lo entrega a los soldados (Mc 15, 15), los cuales anónimamente, pero en nombre de los poderosos de este mundo, lo entregan a la muerte (Mc 15, 25); por último, el mismo Dios lo entrega a su propia suerte, dejándole sucumbir en la cruz (Mc 15, 34). Pero antes de ello se produce un doble proceso: uno religioso, ante las autoridades judías, y otro político, ante las autoridades romanas. Arrestado en el Huerto de los Olivos, es conducido al palacio del Sumo Sacerdote, donde pasa la noche en espera del día siguiente, cuando, según la ley, el Sanedrín podía reunirse e incoar el proceso contra él. Durante esa larga vigilia es minuciosamente interrogado por Anas, antiguo Sumo Sacerdote y suegro del Sumo Sacerdote en el cargo, Caifas, así como por otros dirigentes judíos, acerca de su doctrina, sus correligionarios y sus intenciones. Es un tema muy debatido el de si aquellos interrogatorios ante Anas pudieron tener algún carácter oficial. En cualquier caso, Jesús se negó dignamente a dar mayores explicaciones. Se le hace objeto de burla, es abofeteado, escupido en el rostro y torturado, escenas todas ellas descritas detalladamente en los sinópticos y aún frecuentes actualmente en los medios policiales de todo el mundo. Al día siguiente se reúne el Sanedrín con el Sumo Sacerdote Caifas (que quiere decir 'Inquisidor') en el ángulo suroeste del Templo (en la Boulé o Lishkath há-Gazith, cf. Lc 22, 66). Se abre la sesión con la declaración de los testigos. No sabemos nada acerca del contenido de las acusaciones; probablemente se tratara de la actitud liberal de Cristo con respecto al sábado (Mc 2, 23 ss; Jn 5, 9 ss), que constituía motivo de escándalo permanente para los judíos, o tal vez se le acusara de ser un falso profeta y de expulsar demonios en nombre de los demonios (Mc 3, 22; Mt 9, 34). El resultado real fue el desacuerdo entre los testigos (Mc 14, 56). Otra gravísima acusación, que en otro tiempo llevó a Jeremías a ser condenado a muerte (Jer 26, 1-19), es presentada también contra Jesús: el asunto de la destrucción del Templo y su reconstrucción en tres días (Mc 14, 58; Jn 2, 19). Pero también aquí se produce desacuerdo entre los acusadores. Entonces se levanta Caifas y entra en acción, sometiendo a Cristo a un riguroso interrogatorio, al término del cual se le declara reo de muerte por el delito de blasfemia (Mc 14, 64). ¿En qué había consistido dicho delito? Según Mc 14, 61-62, en el hecho de que, a la pregunta del pontífice («¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?», había respondido: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre y venir entre las nubes del cielo». Hace ya mucho que la exégesis, tanto católica como protestante, se pregunta si nos hallamos aquí en presencia de un relato histórico o de una profesión de fe de la comunidad primitiva que, a la luz de la resurrección, interpretó la figura de Jesús como la del Mesías-Cristo y la del Hijo del Hombre del capítulo 7 de Daniel. Es difícil solventar esta cuestión por métodos exegéticos. Ciertamente, los evangelios no pretenden ser una obra histórica, sino una profesión de fe en que, a la luz de la misma fe, se amalgaman en una unidad vital la historia y la interpretación de ésta. El declararse Mesías-Cristo no constituía en sí ninguna blasfemia; ya antes de Jesús de Nazaret, varios libertadores se habían presentado como Mesías. Y nunca fueron condenados a muerte por tal motivo. También resulta problemático determinar si Jesús, para expresar su conciencia de pregonero y realizador del Reino de Dios, hizo uso de títulos tales como Mesías-Cristo, Hijo del Hombre y otros. Como más adelante veremos con detalle, todo parece indicar que Cristo se apartó de los títulos conocidos y comunes en su tiempo. El era demasiado original y soberano como para poder encuadrarse dentro del universo de comprensión de una determinada cultura religiosa. En cualquier caso (y esto se funda en datos históricos), Cristo poseía, al menos al final de su vida, una conciencia nítida de su misión liberadora de todos los elementos alienantes del hombre y del mundo; de que, con él, se había cumplido el plazo para la irrupción del Reino de Dios y de que, con su presencia y actuación, ese nuevo orden de todas las cosas había comenzado ya a fermentar y a manifestarse. Esta conciencia se puso totalmente de manifiesto en el solemne interrogatorio dirigido por Caifas. Ahora bien, el mantener semejante pretensión significa situarse ya en la esfera de lo divino. Y esto, en un hombre, es blasfemia. Y lo es aún más por el hecho de que Jesús provoca un escándalo desmesurado, por una parte al arrogarse una conciencia que supone la esfera de lo divino y, por otra, al presentarse débil, sin los medios adecuados a su misión y entregado a merced de los esbirros. Semejante figura ¿no escarnece acaso las promesas de Yahvé en el sentido de una liberación total, especialmente con relación a los enemigos políticos?11 Ante semejante blasfemia, el Sanedrín en bloque, y cada uno de sus miembros (que eran setenta y uno), votaron: Lamaweth! Lamaweth!, es decir: «¡Reo es de muerte, reo es de muerte!» Se había dado un paso decisivo. A partir de entonces, todo en la historia del mundo se transformará, comenzando por Pedro, que se arrepiente (Mc 14, 72 par), y por Judas, que se ahorca (Mt 27, 5; cf. Hech 1, 16-20), y llegando hasta la posibilidad de existencia de la Iglesia de Cristo como continuadora de su predicación y de su realidad.

El proceso político ante el gobernador romano Poncio Pilato se efectúa con el fin de ratificar la decisión del Sanedrín. Con una refinada táctica diabólica, las acusaciones de orden religioso se transforman en difamaciones de orden político. Sólo así tienen posibilidad los sanedritas de ser oídos (véase el caso paralelo de Pablo y Galión en Hech 18, 14 ss). Lc acusan ante Pilato de considerarse un libertador político (Mesías), cosa que Cristo jamás pretendió ser; de predicar la subversión entre el pueblo por toda Judea, desde Galilea hasta la misma Jerusalén (Lc 23, 2-5). Al oir mencionar la palabra 'Galilea', Pilato se acuerda de que por aquellas fechas Herodes se encuentra en Jerusalén (Lc 23, 6-12), y a él, como tetrarca de Galilea, escenario de la mayor parte de la actuación de Jesús, le competía pronunciar la última palabra. Se conduce, pues, a Cristo ante Herodes para ser interrogado por éste. Pero a Herodes le irrita el silencio de Jesús y se lo devuelve a Pilato, no sin antes vestirle de rey con el fin de burlarse de Jesús. «Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados» (Lc 23, 12). En escarnecer a un inocente hasta los malvados se encuentran y son capaces de entablar una amistad hostil. Pilato, sin embargo, se da cuenta en seguida de que Jesús no es ningún revolucionario político, como los zelotes, ni pretende ejercer la violencia contra los romanos. Tal vez pueda tratarse de un ingenuo soñador religioso. Por ello repite tres veces: «Ningún delito encuentro en este hombre» (Lc 23, 4, 15, 22). El Nuevo Testamento, no se sabe si por motivos apologéticos (el gobernador debe testimoniar que el cristianismo no es peligroso para el Estado), o reflejando una situación histórica real, nos muestra tres intentos de Pilato por salvar a Jesús frente a quienes, con renovada insistencia, no dejan de gritar: «¡Crucifícale, crucifícale!» (Lc 23, 21): el episodio con Herodes, el malogrado intento de trocar a Jesús por el guerrillero y bandido Barrabás (Lc 23, 17-25) y, por último, la escena del Ecce Homo, tras haberle sometido a tortura (Jn 19, 1-6). Conocemos además, por otras fuentes, las características de «venalidad, violencia, extorsiones, malos tratos, ofensas, ejecuciones arbitrarias sin cuento, y crueldad irracional» (Filón, Leg. ad Caium, 38) que adornaban la personalidad de Pilato. Siente verdadero placer en mortificar a los judíos dando la impresión de que quiere salvar a Jesús. Únicamente ante la amenaza de poder caer en la enemistad del César (Jn 19, 12) es por lo que cede a los gritos del populacho y de los dirigentes judíos. San Juan dice sin el menor asomo de 'pathos': «Entonces se lo entregó para que fuera crucificado» (Jn 19, 16). Pero aún ordena redactar el titulus en tres idiomas: Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum. Todo está dispuesto. El sacrificio puede comenzar.

Según la costumbre romana, los condenados a morir en cruz (que por lo general son esclavos o rebeldes, y que, según dice Cicerón en Verres II, 5, 65, 165, constituye «el más bárbaro y terrible de los castigos») son primeramente flagelados sin misericordia. Después deben llevar a cuestas el travesano de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde ya se encuentra el madero vertical de la cruz. Se les desnuda y se les clava en la cruz, que normalmente tiene forma de «T»; después son izados unos dos o tres metros sobre el suelo, y permanecen durante horas o días en esa postura, hasta que llega la muerte por agotamiento, asfixia, hemorragia, rotura del corazón o colapso. Jesús permaneció en la cruz desde mediodía hasta las tres de la tarde. Los evangelios nos refieren que pronunció siete «palabras» cuyo valor histórico, sin embargo, es muy discutido: una de ellas aparece en Marcos (15, 34) y en Mateo (27, 46); tres en Lucas (23, 34, 43, 46) y otras tres en Juan (19, 26-27, 28, 30). Con todo, una de ellas no deja lugar a dudas acerca de su autenticidad. Es una palabra que constituye un escándalo porque provoca la punzante pregunta acerca de la autoconciencia de Jesús. Marcos ha conservado su formulación aramea: «Eloí, Eloí! Lama sabactaní? ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Cristo había vivido en una intimidad sin precedentes con su Dios, al que llamaba Abba, es decir, le trataba de tú, le llamaba 'papá', por así decirlo; en nombre de ese Dios había predicado el Reino de Dios y se había declarado constantemente en su favor (cf. Mt 11, 27). Pues bien,.ese Dios de amor y de humanidad había dejado solo a Jesús. Lo había abandonado. Es el mismo Jesús quien lo dice. Sin embargo, aunque Dios lo hubiera abandonado, Cristo no lo había hecho. Por eso, incluso en el grito de absoluta soledad es capaz de clamar: «¡Dios mío, Dios mío...» Y «lanzando un fuerte grito, expiró» (Mc 15, 37), entregándose confiado a quien le había abandonado, pero que seguía siendo «el Dios mío». El silencio de Dios del viernes santo, no obstante, será interrumpido el domingo de resurrección.

2. «Habiendo amado... amó hasta el extremo»

La muerte no fue ninguna catástrofe que sobreviniera repentinamente en la vida de Cristo. Su mensaje, su vida y su muerte forman una profunda unidad. La muerte violenta viene de algún modo supuesta en las exigencias de su predicación. Ya en un célebre texto de su «República», sentenciaba Platón: «El justo será flagelado, desollado, amarrado y cegado con fuego. Y cuando haya soportado todos los dolores, será clavado en la cruz» (Rep. 2, 5, 361 E). Jesús nunca leyó a Platón, pero sabía mejor que este gran filósofo de lo que son capaces el hombre y su sistema de seguridad religiosa y social. Sabía que quien quisiera modificar y mejorar la situación humana, liberando al hombre para Dios, para los demás y para sí mismo, habría de pagar con la muerte. Jesús sabe que todos los profetas han muerto violentamente (Lc 11, 47-51; 13, 34; Mc 12, 23). Y así mismo conoce el trágico final del último y el mayor de todos los profetas: Juan el Bautista (Mc 9, 13).

En su predicación Jesús había hecho la siguiente reivindicación soberana, no legitimada por ninguna instancia del mundo de su tiempo: Dios y su Reino se acercan; Dios está ahí para todos cuantos se conviertan y tengan esperanza, especialmente para aquellos que se consideran excluidos de su salvación y su misericordia; el pobre, por el hecho de serlo, no es pecador, como entonces se decía; ni el ciego lo es por culpa de su propio pecado o del pecado de sus padres (Jn 9, 3). Al predicar esto, Cristo entra inevitablemente en colisión con el orden religioso establecido. El bien y el mal determinados por el sistema social y religioso no tienen por qué ser en sí mismos bien y mal.

Decía el mundo de entonces: «Maldito el pueblo que no conoce la ley» (Jn 7, 49). Y Cristo predica de un modo particular a ese pueblo. Es impuro el que no se lava antes de comer. Y Cristo no ve por qué haya que considerar eso ninguna impureza. La impureza viene de dentro (Mc 7, 18-23). Se decía que no es pecado odiar a los enemigos (Mt 5, 43). Y Cristo afirma que se trata de un pecado merecedor del fuego eterno (Mt 5, 22). En el fondo, Cristo viene a anunciar que ni Dios ni el hombre pueden ser contenidos dentro de unas estructuras fijadas de antemano, ni sociales ni religiosas. El hombre no puede cerrarse sobre sí mismo, sino que ha de estar constantemente abierto a las intervenciones imprevistas de Dios. El mundo puede usar y abusar de la religión para, en nombre de Dios, tener bien amarrado al hombre. Pero Dios no quiere amarrar, sino liberar. Por eso, si Jesús viene en nombre de Dios a anunciar una liberación total, el sistema lo considerará blasfemo (Mc 2, 6), loco y enajenado (Jn 10, 20), impostor (Mt 27, 63), endemoniado (Mc 3, 22; Jn 7, 20) y hereje (Jn 8, 48). La religión puede liberar al hombre cuando es verdadera, pero puede esclavizarlo aún más cuando se abusa de ella. Puede hacer el mejor de los bienes, pero también el peor de los males. Y si el profeta persiste en la predicación de su mensaje, deberá contar con la violencia de parte del orden establecido. Con Cristo todo se convulsiona. Con él, un viejo mundo llega a su fin y hace su aparición otro mundo en el que los hombres tienen la oportunidad de ser juzgados no por lo que determinan los convencionalismos morales, religiosos y culturales, sino por aquello que, en el buen sentido, en el amor y en la total apertura a Dios y a los demás, se descubre como la voluntad concreta de Dios.



a) La fe y la esperanza de Jesús

Cristo nunca permitió que el mundo circundante le determinara en un sentido o en otro. Consciente de su soberanía, no entra en ningún compromiso, sino que vive inquebrantablemente a partir de lo que considera que es la voluntad de Dios, que consiste en la felicidad y en la liberación del hombre. Si para el Antiguo y el Nuevo Testamento la fe consiste fundamentalmente en poder decir 'Sí' y 'Amén' al Dios descubierto en la vida, en existir y fundamentarse en El como el sentido absoluto de todo, en volverse y aferrarse constantemente e El, entonces Jesús fue un extraordinario creyente y tuvo fe. La fe constituyó el modo de existir de Jesús, que se dejó determinar siempre a partir de Dios y del otro, y no simplemente a partir de las normas religiosas y los convencionalismos sociales de su tiempo. Soportó las contradicciones, los riesgos y las tentaciones que lleva consigo la aventura de la fe. Con razón, la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como ejemplo vivo del hombre que, a causa de su fe, ha creído y ha sabido «soportar la cruz sin miedo a la ignominia» que ello supone (Hebr 12, 2). Esta fe y esta esperanza suyas se vieron especialmente tentadas cuando fue cayendo paulatinamente en la cuenta de la encarnizada oposición que su mensaje y su persona encontraban en los diversos estratos sociales de su época. En un determinado momento, en la llamada 'crisis de Galilea' (Mc 9, 30 ss; Lc 9, 37 ss), Jesús se dio cuenta de que la muerte violenta entraba dentro de las posibilidades reales de su vida. Lc 9, 51 nos dice que «se afirmó en su voluntad», es decir, apretó los dientes y se decidió resueltamente a ir a Jerusalén. Y allá se va, al frente de sus discípulos llenos de miedo (Mc 10, 32), para allí anunciar y esperar el Reino de Dios. Y no dará un solo paso atrás, porque cree en su misión liberadora y espera contra toda esperanza.



b) ¿ Contaba Jesús con la posibilidad de una muerte violenta?

Es legítimo hacerse esta pregunta desde el momento en que se considera y se juzga la autoconciencia de Jesús: Jesús se concibe a sí mismo como el pregonero del nuevo orden que ha de ser introducido en breve por Dios. El mismo es el Reino ya presente, y la pertenencia al Reino depende de la aceptación o el rechazo de su persona. A su vez, el Reino de Dios significa la liberación total y estructural de toda la realidad con respecto a todos los elementos que la alienan, desde el dolor, la muerte, el odio y el legalismo hasta el pecado contra Dios. Siendo así, ¿podía Cristo contar con la posibilidad de una muerte violenta? Los Evangelios, tal como actualmente son, ponen de manifiesto que Jesús conocía su fatal destino. Por tres veces profetiza sus sufrimientos (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 32-34 y pars.) y asume la muerte como sacrificio para la redención de muchos (todos) (Mc 10, 45; Lc 22, 19 s; Mt 26, 26-28). Sin embargo, los más serios exegetas desde comienzos de siglo se preguntan: ¿Nos hallamos ante textos auténticos de Cristo o ante una interpretación teológica elaborada por la comunidad primitiva a la luz de la fe y la novedad de la resurrección? Las profecías son literariamente tardías y suponen un conocimiento bastante detallado de la pasión y la resurrección. Realmente parecen ser vaticinia ex eventu formulados posteriormente con el propósito de dar sentido al problema teológico que encierra la pregunta: Si Dios, mediante la resurrección, demostró estar del lado de Cristo, ¿por qué no lo manifestó antes?



A este problema real de la comunidad primitiva vendrían a responder las profecías. La expresión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45) es una de las más discutidas del Nuevo Testamento. Tal como aparece formulada, parece haber sido puesta en boca de Cristo por la comunidad, porque su parelelo en Lucas no posee carácter soteriológico: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22, 27). Pero aún más enconada es la discusión acerca del contenido histórico de los textos eucarísticos de carácter sacrificial (cf. ICor 11, 23-26; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15-20; Mt 26, 26-29), los cuales, según parece, suponen ya una teología y una praxis eucarística de la Iglesia primitiva. Y como Lc 22, 15-18, 29-30 «describe un acontecimiento que no posee ninguna vinculación orgánica con la vida de la Iglesia, sino tan sólo con el propio Cristo», todo viene a indicar que nos hallamos en presencia de un texto auténtico. Un texto que dice lo siguiente: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios... yo. por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel». Según este texto lucano, la última Cena tuvo un carácter escatológico. Sería la anticipación de la fiesta en el Reino de Dios, que Cristo deseó celebrar con sus amigos más íntimos antes de que hiciese su aparición el nuevo orden. Con lo cual se hace más inquietante la pregunta: ¿Contaba Jesús con la posibilidad de una muerte violenta? Para responder semejante pregunta conviene tener en cuenta las siguientes consideraciones: Cristo tenía conciencia de ser el instrumento determinante para la total venida del Reino. Todos los evangelios nos muestran en qué intimidad vivía Jesús con Dios; en todo hacía Su voluntad, la cual se manifestaba en su vida concreta de predicador y taumaturgo, en su relación con el pueblo, en las disputas con las autoridades religiosas de la época. Jesús vivía en la fe, en el sentido que hemos explicado, e iba descubriendo poco a poco, pero con una nitidez cada v,ez mayor la voluntad de Dios. Incluso podía ser tentado (Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13; Mt 4, 1-11; cf. Lc 22, 28.; Hebr 2, 18; 4, 15) y no saber qué futuro le estaba reservado. En el ambiente apocalíptico de la época, dentro del que se sitúa Cristo, se pensaba que el Reino habría de irrumpir después de un encarnizado combate entre las fuerzas del mal y del bien. Al final de su vida pública, cuando se siente cada vez más aislado y contestado, sus palabras se hacen sombrías (cf. Mc 8, 27 en adelante): se da cuenta de que la entrada en el Reino ha de ser a través del sufrimiento. Lucas conserva una expresión que es ciertamente auténtica de Jesús: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12, 50). Si ese bautismo significa entonces la muerte violenta o cualquier otra gran tribulación, ciertamente es algo que no está muy claro ni siquiera para el mismo Cristo. Pero él se. mantiene siempre fiel y jamás emplea evasivas. Es consciente de estar constantemente en las manos del Padre. Confía y espera que El, en medio de las mayores dificultades por las que pueda tener que pasar, habrá de intervenir para salvarlo. Lo importante, a pesar de todo, no es hacer la propia voluntad, sino la voluntad del Padre, que él no conoce exacta y definitivamente, ni sabe si ha de implicar tan sólo grandes dificultades o incluso la misma muerte. Su última gran tentación, en Getsemaní, evidencia la angustia, la inseguridad, pero también la resolución fundamental de hacer siempre la voluntad de Dios: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36, par). Jesús entreveía la posibilidad de la muerte, pero no tenía una certeza absoluta. Su grito postrero en la cruz, «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34), supone la fe y la esperanza inquebrantables de que Dios no había de dejarle morir, sino que habría de salvarlo aunque fuera en el último instante. Sin embargo, una vez en la cruz, sabe con toda certeza que Dios quiere que sea fiel hasta el final, hasta la muerte. Verdaderamente, San Juan ha expresado de maravilla la fidelidad de Jesús cuando, en su introducción a la Pasión, dice: «Jesús..., habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). Cristo acepta la injusta muerte que le es infligida por el odio de los hombres, como la voluntad última del Padre. Por eso los evangelistas expresan perfectamente el estado de ánimo de Jesús cuando le hacen decir: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30), «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46). Es la exacta expresión de la aceptación de su trágico final.


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