Índice introducción la historia de jesúS



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Catálogo: 2013
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicologíA”
2013 -> Universidad nacional autónoma de honduras
2013 -> Universidad nacional autonoma de honduras facultad de ciencias sociales
2013 -> Campus universitario siglo XXI, S. C
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicología
2013 -> Gloria zuleima bedoya idarraga luisa fernanda beltran perez maria alejandra castro arellano
2013 -> Fundamentos para el rol de una economía solidaria dentro de la perspectiva de la idea de “economía plural”
2013 -> Vicedecanato de relaciones institucionales
2013 -> Vivir sin fumar

3. Conclusión: La relevancia teológica de las actitudes del Jesús histórico

La figura de Jesús que se desprende de estos punzantes Logia y breves relatos, es la figura de un hombre libre de prejuicios, con los ojos abiertos hacia lo esencial, volcado hacia los demás, principalmente hacia los más abandonados física y moralmente. Con ello nos demuestra que el orden establecido no puede redimir al hombre de su alienación fundamental. Este mundo, tal como es, no puede ser el lugar del Reino de Dios (cf 1 Cor 15,50). Requiere una reestructuracióa desde sus mismos cimientos. Lo que salva es el amor, la aceptación desinteresada del otro y la total apertura a Dios. Ya no hay amigos ni enemigos, prójimos y no-prójimos. Únicamente hay hermanos. Cristo intentó con todas sus fuerzas crear las condiciones necesarias para que irrumpiera el Reino de Dios como transfiguración absoluta de la existencia humana y del cosmos. Independientemente del éxito o del fracaso (el éxito no constituye criterio alguno para el cristianismo), el comportamiento de Jesús de Nazaret posee una enorme significación para nuestra existencia cristiana. Es cierto que el Jesús histórico ya no vive entre nosotros, sino únicamente el Cristo resucitado que está más allá de la historia. Sin embargo, tenemos derecho a hacer semejante reflexión porque el Cristo resucitado es el mismo que el Jesús histórico de Nazaret, sólo que totalmente transfigurado y elevado a la derecha de Dios, en el final de la historia pero también presente ahora entre nosotros como Espíritu (cf 2 Cor 3,17). Ese Jesús trajo al mundo una situación nueva. Haciendo uso de las palabras de Carlos Mesters: «No nos compete a nosotros juzgar a los demás, definiéndolos como buenos o malos, fieles o infieles, porque la distinción entre buenos y malos desaparecería si uno fuera bueno para los demás. Si existen malos, entonces que cada cual examine su conciencia y trate de ver si ha cerrado su corazón y no ha ayudado al otro a crecer. La miseria del mundo nunca puede ser disculpa o motivo para la fuga, sino que es una acusación para uno mismo. No es uno mismo el que debe juzgar la miseria, sino que es la miseria la que le juzga a uno y a su sistema y le hace ver sus propios defectos (cf Mt 7,1-5)».

(...) «La distinción entre prójimo y no-prójimo ya no existe. Ahora todo depende de uno. Si uno se aproxima, el otro será su prójimo. De lo contrario, no lo será. Y dependerá de su generosidad y apertura. La regla de oro consiste en hacer al otro lo que se quisiera que el otro hiciera con uno (Mt 7,12). La distinción entre lo puro y lo impuro ya no está fuera del hombre, sino que depende de uno mismo, de las intenciones de su corazón, que es donde se encuentra la raíz de las propias acciones. En este particular ya no existe el apoyo de las andaderas de la ley. El hombre tendrá que purificar su interior y, de ese modo, todo lo que está fuera de él será igualmente puro (cf Lc 11,41)... Tampoco existe ya la distinción entre obras piadosas y obras profanas, porque el modo de practicar las obras piadosas no debe distinguirse del modo de practicar las demás obras (Mt 6,17-18). La verdadera distinción es la que el hombre establece en su conciencia, confrontada con Dios (Mt 6,4,6,18). Y no existe tampoco la visión clara y jurídica de la ley. La ley ofrece un objetivo evidente, expresado en el Sermón de la Montaña: objetivo de donación total que exige camino a recorrer, generosidad, responsabilidad, creatividad e iniciativa por parte del hombre. Jesús permite que se observen aquellas tradiciones, con tal de que no perjudiquen sino favorezcan el objetivo principal (Mt 5,19-20; 23,23). La participación en el culto ya no ofrece al hombre ninguna garantía de estar a bien con Dios. La garantía radica en la actitud interior de quien procura adorar a Dios 'en espíritu y en verdad'. Esta actitud es más importante que la forma externa, y es ella la que juzga y atestigua la validez, de las formas externas del culto».

Las actitudes de Jesús han de ser seguidas por su discípulos, porque inauguran en el mundo un nuevo tipo de hombre y de humanismo que, para nosotros, es el más perfecto de cuantos han existido con capacidad para asimilar nuevos y extraños valores sin traicionar su esencia. Según ello, el cristiano no pertenece a ninguna familia particular, sino a la familia de todo el mundo. Todos son sus hermanos. Como decía el autor de la carta a Diogneto (Panteno [?] hacia el año 190): «Obedecen a las leyes establecidas, pero su vida sobrepasa la perfección de la ley... Toda la tierra extranjera es para ellos una patria, y toda la patria una tierra extranjera». Están en este mundo, trabajan en él, ayudan a construirlo y a dirigirlo. Pero no ponen en él sus últimas esperanzas. Quien, como Jesús, soñó con el Reino de los Cielos, ya no se contenta con este mundo tal como se encuentra, sino que se siente lleno de ambigüedades frente a este mundo, como un «parroquiano» en el sentido fuerte y primitivo que esta palabra tenía para S. Clemente Romano († 97) o para S. Ireneo († 202), es decir, se siente extranjero en camino hacia una patria más humana y más feliz. Durante algún tiempo debe morar aquí, pero sabe que, desde que apareció Jesús, el hombre puede soñar con un nuevo cielo y una nueva tierra.

Jesús devolvió al hombre a sí mismo, superando de ese modo una serie de profundas alienaciones que se habían incrustado en él y en su historia: en los asuntos importantes de la vida no hay nada que pueda sustituir al hombre: ni la ley, ni las tradiciones, ni la religión. El hombre debe decidirse de dentro afuera, frente a Dios y frente al otro. Para ello precisa creatividad y libertad. La seguridad no proviene de la observancia minuciosa de las leyes ni de la adhesión incondicional a las estructuras sociales y religiosas, sino del vigor de su decisión interior y de la autonomía responsable de quien sabe lo que quiere y para qué vive. No le faltaba razón a Celso, el eminente filósofo pagano del siglo III, cuando veía en los cristianos a hombres sin patria y sin raíces que se ponían frente a las instituciones divinas del imperio. Por su modo de vivir, decía este filósofo, los cristianos habían lanzado un grito de rebelión (foné stáseos). No porque estuvieran contra los paganos y los idólatras, sino porque estaban a favor del amor indiscriminado a paganos y cristianos, a bárbaros y romanos, y desenmascaraban la ideología imperial que hacía del Emperador un dios y, de las estructuras del vasto Imperio, algo divino. Como decía el Kerygma Petri, los cristianos formaban el tertium genus, un tercer género de hombres, distinto del de los romanos (primer género) y del de los bárbaros (segundo género), formado por unos y otros indiscriminadamente. Lo que ahora cuenta no son las categorías exteriores y las etiquetas que los hombres pueden adosar y despegar, sino lo que se revela en el corazón que se abre a Dios y al otro. Aquí es donde se decide quién es bueno y quién es malo, quién es divino y quién es diabólico, quién es religioso y quién es a-religioso. El nuevo comportamiento de los cristianos provocó, sin violencias, un tipo de revolución social y cultural en el Imperio Romano que está en la base de nuestra civilización occidental, hoy día amplísimamente secularizada y olvidada de su principio genético. Todo esto entró en el mundo a causa del comportamiento de Jesús, que llegó a las raíces del hombre y accionó el principio-esperanza, haciéndole soñar con el Reino, que no es un mundo totalmente distinto de éste, sino este mundo mismo, si bien totalmente nuevo y renovado.

5 JESÚS, UN HOMBRE DE EXTRAORDINARIO BUEN SENTIDO, FANTASÍA CREADORA Y ORIGINALIDAD

Antes de ponernos a atribuir títulos divinos a Jesús, los evangelios nos permiten hablar de él en un sentido muy humano; con él, como nos dice el Nuevo Testamento, «apareció la bondad y el amor humanitario de nuestro Dios». Jesús no pinta el mundo peor ni mejor de lo que es; ni se pone luego a morarlizar. Jesús encara la realidad con un extraordinario buen sentido, porque posee la capacidad de ver y poner todas las cosas en su debido lugar, y a ese buen sentido une su capacidad para considerar al hombre como más importante y más rico que su entorno cultural y concreto. Y es que en él se ha revelado lo que de más divino hay en el hombre y lo que de más humano hay en Dios.

El mensaje de Jesús es un mensaje de radical y absoluta liberación de la condición humana con respecto a todos sus elementos alienantes. El mismo se presenta ya como el hombre nuevo de la nueva creación reconciliada consigo misma y con Dios. Sus palabras y actitudes revelan a alguien liberado de las complicaciones que los hombres y la historia del pecado habían creado. Ve con suma claridad las realidades más complejas y las más simples, y va después a lo esencial de las cosas, que sabe decirlas de un modo breve, conciso y exacto. Jesús manifiesta un extraordinario buen sentido que sorprende a todos los que se hallan a su alrededor. Tal vez haya sido este hecho el que ha dado origen a la Cristología, es decir, al intento de la fe por descifrar el origen de la originalidad de Jesús y responder a la pregunta: Pero, en definitiva, ¿quién eres tú, Jesús de Nazaret?

1. Jesús, un hombre de extraordinario buen sentido y sana razón

Tener buen sentido es privilegio de los hombres verdaderamente grandes. Decimos de alguien que tiene buen sentido cuando, en cada situación, tiene la palabra certera, el comportamiento requerido, y acierta luego con el núcleo de las cosas. El buen sentido tiene que ver con la sabiduría concreta de la vida; consiste en saber distinguir lo esencial de lo secundario, la capacidad de ver y poner todas las cosas en su debido lugar. El buen sentido se sitúa siempre en el lado opuesto a la exageración. Por eso el loco y el genio, que en muchos aspectos se aproximan, aquí se distinguen fundamentalmente. El genio es el que radicaliza el buen sentido. El loco es el que radicaliza la desmesura. Jesús, tal como nos lo presentan los testimonios evangélicos, se manifestó como un genio del buen sentido. Un frescor sin precedentes rodea todo lo que él hace y dice. Dios, el hombre, la sociedad y la naturaleza se encuentran, en él, en una inmediatez extraordinaria. Jesús no hace teología, ni apela a principios superiores de moral, ni se pierde en una casuística minuciosa y fría. Sino que sus palabras y comportamientos inciden de lleno en lo concreto, allí donde la realidad sangra y se ve obligada a tomar una decisión ante Dios. Sus indicaciones son incisivas y directas: «Reconcilíate con tu hermano» (Mt 5, 24b). «No juréis en modo alguno» (Mt 5, 34), «No resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale también la otra» (Mt 5, 39), «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan» (Mt 5, 44), «Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 3).



a) Jesús es profeta y maestro.

Pero es diferente El estilo de Jesús nos recuerda a los grandes profetas. Efectivamente, surge como un profeta (Mc 8, 28; Mt 21, 11, 46). Sin embargo, no es como un profeta del Antiguo Testamento que requiere una llamada divina y una legitimación por parte de Dios. Jesús no pretende gozar de una visión de los misterios celestes a los que únicamente él tenga acceso. Tampoco pretende comunicar verdades ocultas e incomprensibles de extraordinario buen sentido para nosotros. Jesús habla, predica, discute y reúne discípulos en torno a sí como cualquier rabino de su época. Sin embargo, la diferencia entre los rabinos y Jesús es como la diferencia existente entre el cielo y la tierra. El rabino es un intérprete de las Sagradas Escrituras, en las que lee la voluntad de Dios. La doctrina de Jesús nunca se reduce a una explicación de textos sagrados, sino que lee la voluntad de Dios también fuera de las Escrituras, en la creación, en la historia y en la situación concreta. Acepta en su compañía a personas a las que un rabino rechazaría inapelablemente: pecadores, publícanos, niños u mujeres. Extrae su doctrina de las experiencias comunes que todo el mundo tiene y puede controlar. Y sus oyentes entienden en seguida. No se le. exigen otros presupuestos sino los del buen sentido y la sana razón. Todo el mundo entiende, por ejemplo, que no puede estar oculta una ciudad situada en la cima de un monte (Mt 5, 14); que no debemos jurar nunca, ni siquiera por nuestra propia cabeza, porque nadie puede por sí mismo hacer que ni uno solo de sus cabellos se vuelva negro o blanco (Mt 5, 36); que nadie puede hacer crecer ni un milímetro su estatura (Mt 6, 27); que el hombre vale mucho más que las aves del cielo (Mt 6, 26); que no está hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre (Mc 2, 27).



b) Jesús no pretende decir cosas a toda costa nuevas

Como es manifiesto, Jesús no apela nunca a una autoridad superior y que le venga de fuera para reforzar su propia autoridad y doctrina. Las cosas que dice poseen una evidencia interna. A él no le interesa decir cosas esotéricas e incomprensibles, ni a toda costa nuevas. Lc interesa decir cosas racionales que los hombres puedan entender y vivir. Si nos fijamos bien, Cristo no vino a traer una nueva moralidad, diferente de la que los hombres ya tenían. Más bien, sacó a la luz aquellas cosas que los hombres ya sabían o deberían saber desde siempre y que, a causa de su alienación, no habían llegado a ver, comprender y formular. Basta con que consideremos, a título de ejemplo, la regla de oro de la caridad (Mt 7, 12; Lc 6, 31): «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros». De Tales de Mileto (600 a. C.) se cuenta que, habiéndosele preguntado por la regla máxima del bien vivir, respondió: «No hagas el mal que veas en otros». En Pitacos (580 a. C.) encontramos una fórmula parecida: «No hagas tú aquello que aborreces en otros». Isócrates (400 a. C.) formula esto mismo de un modo positivo: «Trata a los demás del mismo modo que tú deseas ser tratado». Confucio (551/470 a. C), al preguntarle un discípulo si existe alguna norma que pueda ser seguida durante toda la vida, dijo: «El amor al prójimo. Lo que no deseas para ti, no se lo hagas a los demás». En el Mahabharata, el poema épico nacional de la India (entre 400 a. C. y 400 d. C), se lee lo siguiente: «Aprende la suma de la ley y, una vez que las hayas aprendido, piensa en ella: No hagas a nadie aquello que aborreces». En el Antiguo Testamento podemos leer: «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan» (Tob 4, 15). En tiempos del rey Herodes se presentó un pagano ante el célebre rabino Hillel, iniciador de la escuela rabínica en la que se formó San Pablo, y le dijo: «Deseo que me aceptes en el judaismo, pero a condición de que seas capaz de decirme toda la ley mientras me mantengo sobre un solo pie». A lo cual respondió Hillel: «No hagas a otros lo que no deseas que te hagan a ti. En eso se resume toda la ley. Todo lo demás es comentario. ¡Ve y aprende!» Cristo nunca leyó a Tales de Mileto, ni a Pitacos, y mucho menos a Confucio o el Mahabharata. Con su formulación positiva, que excede infinitamente a la negativa porque no pone límite alguno a la apertura y a la preocupación por el dolor y la alegría de los demás, Cristo se inscribe en la serie de los grandes hombres preocupados por la humanitas. «La epifanía de la humanidad de Dios culmina en la profesión, por parte de Jesús de Nazaret, de la regla de oro de la caridad humana». Cristo no pretende decir a toda costa algo nuevo, sino algo tan antiguo como el hombre; no algo original, sino algo que vale para todos; no algo sorprendente, sino algo que cualquiera puede comprender por sí mismo si tiene la mirada limpia y un mínimo de buen sentido. No le faltaba razón a San Agustín cuando decía: «Lo sustancial de lo que hoy se llama cristianismo ya estaba presente en los antiguos, y no ha dejado de estarlo desde los comienzos del género humano hasta que Cristo se encarnó en el mundo. Desde entonces, la verdadera religión, que ya existía, comenzó a llamarse cristiana».

c) Jesús apela a la sana razón porque desea que entendamos

Unos cuantos ejemplos más, entre otros muchos, evidenciarán hasta la saciedad el buen sentido de Jesús y su apelación a la sana razón humana. Jesús manda amar a los enemigos. ¿Por qué? Porque todos, amigos y enemigos, son hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5, 45). Jesús manda hacer el bien a todos indistintamente. ¿Por qué? Porque si hiciéramos el bien únicamente a los que nos lo hacen, ¿qué mérito tendríamos? También los pecadores actúan de ese modo (Lc 6, 33). Jesús prohibe al hombre tener más de una mujer. ¿Por qué? Porque así fue desde el principio. Dios creó una pareja: Adán y Eva (Mc 10, 6). Apenas sirve de nada decir: No matarás, o no cometerás adulterio. La misma ira y el mirar con deseo ya son pecado. ¿Por qué? Porque de nada vale combatir las consecuencias si primero no se corrige la causa (Mt 5, 22-28). No ha sido hecho el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre. ¿Por qué? Porque si un animal cae en un pozo en sábado, vamos a sacarlo de él. Ahora bien, el hombre es más que un animal (Mt 12, 11-12). Hemos de confiar en la providencia paternal de Dios. ¿Por qué? Porque Dios se ocupa de los lirios del campo, de las aves del cielo y de cada uno de nuestros cabellos. Y «vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Mt 10, 31). «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7,11). La ley dice que es pecado andar con pecadores, porque nos hacen impuros. Cristo no se aflige por ello. Hace uso de la sana razón y argumenta: «No necesitan médico los sanos, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17). No es lo que entra en el hombre lo que le hace impuro, sino lo que sale de él. ¿Por qué? Porque «todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, etc.» (Mc 7, 18-23). Este uso que Jesús hace de la sana razón sigue siendo muy relevante para nosotros desde el punto de vista teológico, porque nos demuestra que Cristo desea que entendamos las cosas. ¡Cristo no exigió una sumisión ciega a la ley!



d) Jesús no pinta el mundo peor ni mejor de lo que es

La forma que Jesús tiene de mirar la realidad es realmente penetrante y, al carecer de todo tipo de preconceptos, llega directamente al núcleo del problema. Sus parábolas demuestran que él conoce la realidad de la vida en su totalidad, buena y mala. No pinta el mundo peor ni mejor de lo que es. Ni se pone luego a moralizar. Su primera toma de postura no es de censura, sino de comprensión. No canta a la naturaleza en su 'numinosidad', como hace Teilhard de Chardin, e incluso Francisco de Asís, sino que la ve en su naturaleza creacional. Jesús habla del sol y de la lluvia (Mt 5, 45), del arrebol y del viento sur (Lc 12, 54-55), del relámpago que sale por oriente y brilla hasta el occidente (Mt 24, 27), de los pájaros que no siembran ni recogen en graneros (Mt 6, 26), de la belleza de los lirios del campo y de la hierba que hoy es y mañana será echada al horno (Mt 6, 30), de la higuera que anuncia la proximidad del verano al echar sus hojas (Mc 13, 28), de la cosecha (Mc 4, 3 ss.; 26 ss; Mt 13, 24 ss), de la polilla y la herrumbre (Mt 6, 19), de los perros que lamen las llagas (Lc 16,21), de los buitres que comen carroña (Mt 24, 28). Jesús habla de las espinas y abrojos, conoce el proceder del sembrador (Lc 8, 5-8), se refiere a la producción de los campos (Lc 12, 16-21) y sabe cómo se construye una casa (Mt 7, 24-27). Sabe también cómo hacen el pan las mujeres (Mt 13, 33), con qué preocupación busca el pastor a la oveja perdida (Lc 15, 4 ss), cómo trabaja el campesino (Mc 4, 3 ss), cómo duerme y descansa (Mc 4, 26 ss), cómo el amo exige cuentas a sus empleados (Mt 25, 14 ss), cómo éstos también pueden ser azotados (Lc 12, 47-48), cómo los parados se sientan en la plaza en espera de que se les dé trabajo (Mt 20, 1 ss), cómo los chiquillos hacen juegos de boda y sus amigos no quieren danzar, o cómo hacen juegos de entierro y los otros no se lamentan (Mt 11, 16-17). Jesús sabe de la alegría de la madre al dar a luz (Jn 16, 21), cómo los poderosos de la tierra esclavizan a los demás (Mt 20, 25) y cómo es la obediencia entre los soldados (Mt 8, 9). Jesús hace uso de ejemplos gráficos. Toma la vida tal cual es: Sabe sacar una lección del administrador que roba con astucia (Lc 16, 1-12), habla con toda naturalidad del rey que se dispone a guerrear (Lc 14, 31-33), conoce la envidia y el despecho de los hombres (Lc 15, 28) y él mismo se compara con el asaltante de una casa (Mc 3, 27). Hay una parábola que se considera auténtica de Jesús y que nos la transmite el evangelio apócrifo de Santo Tomás, en la que se muestra perfectamente la profunda y auténtica lucidez de Cristo: «El Reino del Padre es semejante a un hombre que quiso matar a un importante señor y, antes de hacerlo, desenvainó en su casa la espada y atravesó con ella la pared, porque quería saber si su mano era lo suficientemente fuerte. Después fue y mató al señor importante». Con este ejemplo quiere significar que Dios, al dar comienzo a una cosa, la lleva siempre hasta el final, a semejanza de ese asesino.

De todo lo anterior se desprende con claridad que Jesús es un hombre de extraordinario buen sentido. Pero ¿de dónde le proviene? Responder a esta pregunta ya es hacer Cristología, y tendremos que volver sobre ello.



e) En Jesús se manifiesta todo lo que es auténticamente humano: la ira y la alegría, la bondad y el rigor, la amistad, la tristeza y la tentación

Los relatos evangélicos nos dan cuenta de la vida absolutamente normal de Jesús. Jesús es un hombre que posee profundos sentimientos. Conoce el afecto natural que profesamos a los niños, a los que él abraza, les impone las manos y les bendice (Mc 10, 13-16). Lc impresiona la generosidad del joven rico: «fijando en él su mirada, le amó» (Mc 10, 21). Se admira ante la fe de un pagano (Lc 7,9) y ante la sabiruría de un escriba (Mc 12, 34). Y se maravilla de la falta de fe de sus paisanos de Nazaret (Mc 6, 6). Al presenciar el entierro del hijo único de una viuda, se siente comovido y, «compadecido de ella», se le acerca y la consuela: «No llores» (Lc 7, 13). Siente compasión por la gente hambrienta, errante como ovejas sin pastor (Mc 6, 34). Y si le indigna la falta de fe del pueblo (Mc 9,19), también se extasía con el candor de los sencillos, hasta el punto de orar agradecido al Padre (Mt 11, 25-26). Siente la ingratitud de los nueve leprosos a los que ha curado (Lc 17, 17-18) e increpa airado a las ciudades de Corozain, Betsaida y Cafarnaún por no haber hecho penitencia (Mt 11, 20-24). Lc entristece la ceguera de los fariseos, a los que mira «con ira» (Mc 3, 5). Hace uso de la violencia física contra los profanadores del Templo (Jn 2, 15-17). Se queja de la falta de inteligencia de los discípulos (Mc 7, 18). Se impacienta con Felipe y le dice: «Tanto tiempo estoy con vosotros, y ¿no me conoces?» (Jn 14, 9). Y se impacienta también con los fariseos: «Dando un profundo gemido... dice: '¿Por qué esta generación pide una señal?'» (Mc 8, 12). Lc ponen nervioso el espíritu de venganza de los apóstoles (Lc 9, 55) y las insinuaciones de Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás!» (Mc 8, 33). Pero también se alegra con ellos cuando regresan de su misión, y se preocupa de que no les falte nada: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: 'Nada'» (Lc 22, 35). No quiere que ellos le llamen maestro, sino amigo (Lc 12, 4; Jn 15, 13-15). Todo lo suyo es también de ellos (Jn 17, 22).

La amistad es una nota característica de Jesús, porque ser amigo es una forma de amar. Y él amó a todos hasta el extremo. Las parábolas nos demuestran que conocía el fenómeno de la amistad: La gente se reúne con los amigos para festejar (Lc 15, 6, 9, 29) y celebrar banquetes (Lc 14, 12-14); se recurre al amigo aun a riesgo de ser importuno (Lc 11, 5-8); hay amigos inconstantes capaces de traicionar (Lc 21, 16); la amistad puede ser vivida incluso por dos canallas como Pilato y Herodes (Lc 23, 12). El comportamiento de Jesús con los apóstoles, sus milagros, su actuación en las bodas de Cana, la multiplicación de los panes, todo ello nos habla de la amistad de Jesús. Su relación con Lázaro es de amistad: «Señor, aquél a quien tú quieres está enfermo... Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle» (Jn 11, 3-11). Cuando Jesús llora la muerte de su amigo, todos comentan: «Mirad cómo le quería» (Jn 11, 36). En Betania, con Marta y María, se sentía como en su casa (Mt 21, 17), y le gusta regresar allá (Lc 10, 38-42; Jn 11, 17).

Para muchos de nosotros, los hombres, la amistad con mujeres constituye un tabú. Pero en la época de Cristo, esto era aún más acusado. La mujer no podía aparecer en público con el marido, y mucho menos con un predicador ambulante como Jesús. Sin embargo, sabemos de la amistad de Jesús con algunas mujeres que le seguían y le servían a él y a sus discípulos (Lc 8, 3). Conocemos los nombres de algunas de ellas: María Magdalena, Juana, mujer de un funcionario de Herodes llamado Cusa, Susana y otras. Junto a la cruz de Jesús se constata la presencia de mujeres. Son ellas las que lo entierran y acuden al sepulcro a llorar al Señor muerto (Mc 16, 1 ss). Y son también mujeres las que ven al Resucitado. Jesús rompe con un tabú social al permitir ser ungido por una mujer de mala vida (Mc 14, 3-9; Lc 7, 37 ss), y conversa con una mujer «hereje» (Jn 4, 7 ss).

Aristóteles decía que no sería posible la amistad entre la divinidad y el hombre, a causa de la diferencia de naturaleza. El filósofo no podía imaginar la posibilidad de que Dios se manifestara en la carne cálida y acogedora de los hombres. En Jesús aparece todo lo que es auténticamente humano: la ira y la alegría, la bondad y el rigor, la amistad y la indignación. Hay en él un vigor innato, hay vitalidad y espontaneidad en todas sus dimensiones humanas. El participó de todos nuestros sentimientos y de los condicionamientos comunes a la vida humana, tales como el hambre (Mt 4, 2; Mc 11, 12), el cansamcio "(Jn 4, 6; Mc 4, 37 s), el frío y el calor, la vida incierta y la falta de cobijo (Lc 9, 58; cf. Jn 11, 53-54; 12, 36), las lágrimas (Lc 19, 41; Jn 11, 35), la tristeza y el miedo (Mt 26, 37) y las fuertes tentaciones (Mt 4, 1-11; Lc 4, l-13;Hebr 4, 15; 5, 2, 7-10). Su psiquismo es susceptible de hundirse en una terrible depresión, hasta el punto de obligarle a decir: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26, 38); vivió el pavor y la angustia de la muerte violenta (Lc 22, 44). Por eso, como dice el pastor de almas que escribió la carta a los hebreos, pudo «compadecerse de nuestras flaquezas», porque fue «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Hebr 4, 15).



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