Índice introducción la historia de jesúS



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Catálogo: 2013
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicologíA”
2013 -> Universidad nacional autónoma de honduras
2013 -> Universidad nacional autonoma de honduras facultad de ciencias sociales
2013 -> Campus universitario siglo XXI, S. C
2013 -> Proyecto de internet con información del área de psicología
2013 -> Gloria zuleima bedoya idarraga luisa fernanda beltran perez maria alejandra castro arellano
2013 -> Fundamentos para el rol de una economía solidaria dentro de la perspectiva de la idea de “economía plural”
2013 -> Vicedecanato de relaciones institucionales
2013 -> Vivir sin fumar

c) Primacía del elemento crítico sodre el dogmático

La tendencia general del hombre, y en particular de las instituciones, es la de estancarse en un ordenamiento existencial que haya tenido éxito en una determinada época. Surgen entonces los mecanismos de auto-defensa y la mentalidad dogmática que teme y reprime todo tipo de crítica que pretenda hacerse en nombre de la funcionalidad de las instituciones todas y de la apertura permanente hacia el futuro que la sociedad debe siempre mantener si no quiere perder el ritmo de la historia. De ahí la primacía del elemento critico que la reflexión teológica asume entre nosotros frente a las tradiciones eclesiásticas y las instituciones eclesiales, que si en otro tiempo tuvieron su funcionalidad, hoy se han hecho muchas veces obsoletas, anacrónicas, expresión por excelencia de un conservadurismo que impide obstinadamente el diálogo entre fe y mundo, entre Iglesia y sociedad. La crítica asume un carácter acrisolador y purificador del meollo de la experiencia cristiana, a fin de que pueda ser encarnada entre nosotros dentro de la experiencia histórica que estamos viviendo. d) Primacía de lo social sobre lo personal El problema que más aflige a la sociedad sudamericana es la marginación social de inmensos sectores de la población. El problema difícilmente puede plantearse en una dimensión de conversión personal. Existen males estructurales que trascienden a las personas individuales. La Iglesia, lo quiera o no, está inmersa en un contexto que la trasciende. ¿Cuál ha de ser su función? ¿La de actuar como aceite dentro de la maquinaria social, o como arena? Por otra parte, no puede permitirse el lujo de crear su propio y pequeño mundo dentro de ese otro gran mundo, sino que debe participar críticamente en el impulso global de liberación que está atravesando la sociedad sudamericana. Al igual que Jesús, deberá prestar una especial atención a los sin-nombre y a los sin-voz; deberá acentuar muy particularmente las dimensiones seculares y liberadoras que el mensaje de Cristo encierra en sí, y deberá destacar adecuadamente el futuro que el mismo Cristo promete a este mundo en el que, entre la cizaña y el trigo, está creciendo el Reino futuro, no para unos cuantos privilegiados, sino para todos.



e) Primacía de la ortopraxis sobre la ortodoxia

El punto flaco de la cristología de los manuales clásicos reside precisamente en aquello donde cree tener su punto fuerte: en la sistematización filosófico-teológica. Aquella cristología no condujo a una ética y a un comportamiento típicamente cristianos. El tema fundamental de los evangelios sinópticos, el del seguimiento de Cristo, fue muy escasamente tematizado y traducido a actitudes concretas. La ortodoxia, es decir, el pensarniento correcto sobre Cristo, tenía siempre la primacía sobre la ortopraxis, es decir, el actuar correcto a la luz de Cristo. A esto se debe el que la Iglesia predicara con mucha frecuencia al Cristo liberador, pero no era precisamente ella la que solía liberar o apoyar a los movimientos de liberación. No es infrecuente que la Iglesia deje al cristiano comprometido en la más absoluta orfandad. Esto ha originado en los últimos años una auténtica y constante emigración de los mejores cerebros y de las fuerzas más activas. Sin embargo, sabemos que para Cristo y para la Iglesia primitiva, lo esencial no consistía en reducir el mensaje de Cristo a categorías sistemáticas de comprensión intelectual, sino en crear nuevos modos de actuar y de vivir en el mundo. Este momento praxiológico del mensaje de Cristo es particularmente perceptible en la reflexión teológica de América Latina.



5. Conclusión: Hablar en silencio a partir de Jesucristo

Nuestro ensayo cristológico pretende reflexionar a partir de Jesucristo, dentro del amplio horizonte esbozado en las páginas precedentes. Ya no nos está permitido ser científicamente ingenuos o acríticos. Lo queramos o no, somos herederos de las discusiones cristológicas de los últimos decenios, aun cuando recibamos dicha problemática dentro de nuestro horizonte latinoamericano. Lo que aquí decimos con palabras acerca de Cristo y su mensaje no significa nada frente a lo que la fe en él vislumbra y acepta agradecida. «Enmudezca y recójase, pues es el Absoluto», decía Kierkegaard, y lo repetía Bonhóffer al comienzo de su tratado sobre Jesucristo. «Sobre cosas de las que no podemos hablar», recomendaba Wittgenstein, «es preferible que callemos». Sin embargo, hemos de hablar sobre Jesucristo y a partir de él. No ciertamente para definirlo a él, sino a nosotros mismos. No el misterio, sino nuestra postura ante el misterio. Cualquier estudioso de Jesucristo experimenta lo que testificaba el ardiente místico que fue San Juan de la Cruz: «Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin y término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo San Pablo del mismo Cristo, diciendo: 'En Cristo moran todos los tesoros y sabidurías escondidos' (Col 2,3)».


3. EN DEFINITIVA, ¿QUE PRETENDIÓ JESUCRISTO?

En principio, Jesús no se predicó a si mismo, ni a la Iglesia, sino el Reino de Dios. Reino de Dios es la realización de la utopía fundamental del corazón humano de la total transfiguración de este mundo, libre de todo lo que le aliena, como puede ser el pecado, el dolor, la división y la muerte. Jesús viene y anuncia: «Se acabó el tiempo de espera. ¡El Reino está cerca!». No sólo promete esa nueva realidad, sino que comienza ya a realizarla y a mostrarla como posible en este mundo. No vino, por consiguiente, a alienar al hombre y a transportarlo a otro mundo. Vino a confirmar una buena noticia: este mundo siniestro tendrá un fin bueno, humano y divino.

En medio de la general confusión actual de ideas, en medio del diálogo entre las diversas confesiones cristianas y de la confrontación con las diversas religiones, nos vemos llevados a preguntarnos con toda simplicidad: ¿Qué pretende, en definitiva, el cristianismo? ¿Qué pretendió y qué vino a hacer, en definitiva, Jesucristo? ¿Qué es lo que hacemos cuando profesamos la fe cristiana y tratamos de vivir el mensaje de Jesús imitando y siguiendo su vida? Necesitamos saber lo que queremos. Para justificar ante nosotros mismos, y legitimar ante los demás, las razones de nuestra esperanza (cf 1 Pe 3,15). Si quisiéramos definir el horizonte más amplio desde el que podemos comprender a Jesucristo y su mensaje, entonces, en pocas palabras, podríamos decir: Jesucristo pretende ser, en su propia persona, la respuesta de Dios a la condición humana.

1. Para comprender las respuestas necesitamos entender las preguntas

Si Jesucristo pretende ser la respuesta de Dios a la condición humana, entonces es conveniente saber a qué preguntas de la condición humana pretende él ser la respuesta. Nosotros sólo entendemos cuando comprendemos las preguntas a las que algo, o alguien, pretende ser la respuesta. ¿Cuáles son estas preguntas? He aquí algunas de ellas, verdaderamente fundamentales, que estigmatizan nuestra existencia desde que tenemos conocimiento de ella, tanto en el pasado como en el presente: ¿Por qué el hombre no consigue ser feliz? ¿Por qué no puede amar? ¿Por qué se encuentra dividido en sí mismo, atormentado por preguntas últimas? Todos los animales tienen su habitat en el mundo, mientras que el hombre aún sigue buscando su verdadero lugar. ¿Por qué hay separación, dolor y muerte? ¿Por qué no se puede conseguir una forma de relación fraterna entre los hombres y, en lugar de ello, lo que hay es legalismo y esclavitud? ¿Por qué para conseguir la paz se hace la guerra y, para evitar la guerra, el hombre se arma y se prepara para ella? De los 3.400 años de historia de la humanidad que podemos fechar por medio de la literatura o de otras fuentes, 3.166 años fueron años de guerra. Y los 234 años restantes no fueron ciertamente años de paz, sino de preparación para la guerra. Hay una alienación que atraviesa de cabo a rabo toda la realidad humana, individual, social y cósmica. ¿Quién será capaz de traer la paz, la salvación y la reconciliación de todo con todos? Hay en el hombre un principio-esperanza, generador de constantes utopías de superación y felicidad suprema, atestiguado por todas las culturas y civilizaciones, aun las más primitivas, desde el Epos de Gilgamesh de los pueblos babilónicos o de nuestros indios tupís-guaranís o apapocuvas-guaranís, hasta las modernas utopías del admirable mundo nuevo o de un mundo totalmente planetizado y 'amorizado', principio del que da también testimonio el Apocalipsis cuando dice: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y rio habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasadoHe ahí que hago un mundo nuevo» (Apoc 21,4-5). Todas las religiones e ideologías conocen estas preguntas y dan, a su modo, una respuesta. Y el hombre desconsolado sigue diciendo con San Pablo: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?« (Rm 7,24).

Sin embargo, he ahí que aparece un hombre en Nazaret. Un hombre se alza en Galilea, revelándose más tarde como el mismo Dios bajo condición humana y anunciando la respuesta de Dios a todos esos interrogantes: «¡Se acabó el tiempo de la espera! ¡El alborear del nuevo orden está al caer y será traído por Dios! ¡Cambiad de vida! ¡Creed en esta buena noticia!» (cf Mc 1,14; Mt 4,17; Lc 4,18 s).

2. Jesús predica un sentido absoluto para nuestro mundo

Cristo no comenzó predicándose a sí mismo, ni se anunció como Hijo de Dios, Mesías o Dios. Los títulos que los evangelios atribuyen a Jesús son, en su inmensa mayoría, expresiones de la fe de la comunidad primitiva. Para ella, la Resurrección de Jesús constituye la gran modificación: sólo ahora comprendía profundamente quién era Jesús y lo que Jesús significaba para toda la historia de la salvación. En ese clima fueron desentrañando el secreto último del predicador y taumaturgo de Nazaret (cf Hech 2,22-23), atribuyéndole títulos de excepción, desde el de «el Santo» y «el Justo» (Hech 3,14), o «el Siervo de Dios» (Hech 4,27), hasta el de «Hijo de Dios», «Mesías» y, por último, el título de Dios mismo. Lo que estaba latente e implícito en las palabras, signos y actitudes del Jesús histórico quedó entonces, después de la Resurrección, patente y explícito. Los títulos que la fe le atribuyó expresan con toda exactitud quién fue Jesús desde su nacimiento hasta la cruz: el esperado de las naciones, el salvador del mundo, el Hijo de Dios, el mismo Dios hecho condición humana. Todo esto lo veremos con mayor detenimiento en otros capítulos a lo largo del presente libro.



Cristo no comenzó predicándose a sí mismo, sino al Reino de Dios. ¿Qué es lo que significa el 'Reino de Dios', que indiscutiblemente constituye el centro de su mensaje? Para los oyentes de Jesús significaba algo muy distinto de lo que significa para los oídos del creyente moderno, para quien el Reino de Dios es la otra vida, el cielo, lo que hay después de la muerte. El Reino de Dios —que aparece 122 veces en los evangelios y, de ellas, 90 en labios de Jesús— significaba para los oyentes de Jesús la verificación de una esperanza, al fin del mundo, de superación de todas las alienaciones humanas, de destrucción de todo mal físico o moral, del pecado, del odio, de la división, del dolor y de la muerte. El Reino de Dios sería la manifestación de la soberanía y el señorío de Dios sobre este mundo siniestro, dominado por las fuerzas satánicas en lucha contra las fuerzas del bien; el término con el que poder expresar que Dios es el sentido último de este mundo, que El no tardará en intervenir para sanar toda la creación en sus fundamentos, instaurando el nuevo cielo y la nueva tierra. Esta utopía, que constituye el anhelo de todos los pueblos, es objeto de la predicación de Jesús, el cual promete que ya no será utopía, sino una realidad que habrá de ser introducida por Dios. Por eso, al predicar por primera vez en la sinagoga de Galilea y leer el pasaje de Isaías 61,1 ss. («El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido. Mc ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor»), dice: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4,18-19.21). A la pregunta que desde la cárcel le hace llegar Juan el Bautista, «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?, responde Jesús: «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11,3,5). Aquí está la señal de la total transformación: quien es capaz de introducir semejantes realidades, ha de ser el liberador de la humanidad. Cristo se concibe como liberador porque predica, presencializa e inaugura el Reino de Dios. El Reino de Dios es.la revolución y la transfiguración absoluta, global y estructural de esta realidad, del hombre y del cosmos, purificados de todos los males y llenos de la realidad de Dios. El Reino de Dios no pretende ser otro mundo, sino el viejo mundo transformado en nuevo. Si Mateo emplea la expresión 'Reino de los cielos', en lugar de la de 'Reino de Dios', es porque, como buen judeo-cristiano, procura evitar el nombre de Dios y, en su lugar, emplea la palabra 'cielo'. El Reino de Dios no significa únicamente la liquidación del pecado, sino de todo lo que el pecado significa para el hombre, para la sociedad y para el cosmos. En el Reino de Dios, el dolor, la ceguera, el hambre, las tempestades, el pecado y la muerte ya no tendrán lugar.

Lucas lo expresa perfectamente cuando anuncia que con Jesús ha llegado «el año de gracia del Señor» (4,19). Por detrás de esta expresión se esconde una de las grandes utopías del Antiguo Testamento. El Éxodo refiere que cada siete años debía festejarse el año sabático (Ex 23,10-12; 21,2-6). En ese año todos deberían sentirse hijos de Dios y, precisamente por eso, todos debían considerarse hermanos. Los esclavos serían liberados. Las deudas serían perdonadas, y las tierras equitativamente distribuidas. Ningún amo debería olvidar que cada uno de los hombres es, para Dios, un ser libre (Dt 15,12-15). El levítico (25,8-16) resalta esta idea social prescribiendo que cada cincuenta años se celebre un año jubilar. Cada cual regresará a su tierra, que le será devuelta para él y su familia. Sin embargo, este ideal social jamás se vio cumplido. El egoísmo y los intereses creados fueron siempre más fuertes. Por eso no tardó en convertirse en una promesa para los tiempos mesiánicos (cf Is 61,1 ss.). El mismo Dios habrá de instaurar el año sabático de la gracia, la reconciliación social y el perdón de las deudas. Jesús se alza en Galilea y proclama que él va a traer el año de gracia del Señor, que él va a realizar una vieja utopía del pueblo. Que el egoísmo va a ser superado por un nuevo orden de las cosas de este mundo.



3. Una vieja utopía se está realizando

Los milagros de Cristo, antes que revelar su divinidad, lo que pretenden es mostrar que el Reino ya está presente y en fermentación dentro del mundo viejo; una utopía tan antigua como el hombre está verificándose: la liberación total. «Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Lc 11,20). «Nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte» (Mc 3,27). El es el más fuerte que vence al fuerte. El es la escatología realizada. Con su venida se celebran las bodas del tiempo de la salvación. El es el vino nuevo y el nuevo vestido (cf Mc 2,18-22) del cosmos renovado. Su presencia transformael mundo y a los hombres: las dolencias son curadas (Mt 8,16- 17), el luto se transforma en alegría (Lc 7,11-17; Mc 5,41-43), los elementos le obedecen (Mt 8,27), la muerte se convierte en apenas un sueño (Mc 5,39), los pecados son perdonados (Mc 2,5) y los demonios impuros dejan paso al espíritu de Dios (Mt 12,28). Es tiempo de alegría, no de ayunos. Por eso clama Jesús: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. «Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis». (Lc 6,20-. 1). Con Cristo se anuncia «el año de gracia del Señor» (Lc 4,19) que ya no tendrá fin.



4. El Reino de Dios no es un territorio, sino un nuevo orden de las cosas

El Reino de Dios que Cristo anuncia no consiste en la liberación de tal o cual mal, de la opresión política de los romanos, de las dificultades económicas del pueblo, o únicamente del pecado. El Reino no puede ser reducido a este o a aquel otro aspecto, porque lo abarca todo: el mundo, el hombre y la sociedad; la realidad toda debe ser transformada por Dios. De ahí la frase de Cristo: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: 'Vedlo aquí o allá', porque el Reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17,20-21). Esta difícil expresión «el Reino de Dios está entre vosotros» significa, según la más reciente exégesis: «El nuevo orden introducido por Dios está a vuestra disposición. No preguntéis cuándo ha de ser establecido en el futuro. Por tanto, no corráis de acá para allá, como si el Reino de Dios estuviera vinculado a algún lugar determinado, sino, más bien, decidios ya y comprometeos con él. Dios quiere ser vuestro señor. Abrios, pues, a su deseo. Dios está esperándoos ahora de un modo especial. Preparaos y aceptad este último ofrecimiento de Dios». El Reino de Dios, como puede deducirse, supone dinamismo, notifica un acontecimiento y expresa la intervención de Dios ya iniciada, pero que aun no ha sido totalmente acabada. Por eso, al predicar y hacer presente el Reino, Cristo nos enseña a rezar: «venga a nosotros tu Reino» (Lc 11,2; Mt 6,10). La predicación del Reino se efectúa en dos tiempos: el presente y el futuro. En el presente ya lo estamos viendo encima de nosotros. Queda por ver su futuro, cuando el tiempo del mundo pecador ya haya pasado (Mt 19,28; Lc 17,26-30), los sufrimientos hayan desaparecido (Mt 11,5), no exista ya el luto (Mc 2,19), la muerte haya sido suprimida (Lc 20,36) y los muertos resuciten (Mt 11,5). Los fundamentos del antiguo orden se conmoverán: «Los últimos serán los primeros» (Mc 10,31), los pequeños serán grandes (Mt 18,4), los humildes serán maestros (Mt 5,4), los enfermos serán curados, los sordos oirán (Mt 11,5) y los oprimidos serán liberados (Lc 4,18). La situación del hombre ante Dios se verá totalmente transfigurada porque los pecadores serán perdonados (Mt 6,14) y les será devuelta a los hombres la gloria (la vestidura celeste de los ángeles) (Mc 12,25), los elegidos dispersos volverán a ser reunidos (Lc 13,29) y los hijos de Dios se encontrarán en la casa paterna (Lc 15,19), donde toda hambre y toda sed serán saciadas y se desbordará la risa alegre del tiempo de la liberación (Lc 6,21).



5. El Reino de Dios no es únicamente espiritual

De todo lo anterior se deduce un dato evidente: El Reino de Dios, en contra de lo que piensan muchos cristianos, no significa algo puramente espiritual o no perteneciente a este mundo, sino que es la totalidad de este mundo material, espiritual y humano que ha sido introducido ya en el orden de Dios. Si así no fuera, ¿cómo habría podido Cristo entusiasmar a las masas? Algunos de los antiguos textos siguieron conservando este tono original: «Os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios» (Mc 14,25). En otra ocasión, a quienes lo abandonan todo por amor al Reino, les promete el ciento por uno en casas y hacienda (Mc 10,30). Y a sus discípulos les dice: «Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, ...para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Lc 22,29-30; cf Mt 19,28). El estallido de este nuevo orden será inminente: «No pasará esta generación hasta que todo esto suceda» (Mc 13,30). En cierta ocasión concreta aún más y afirma: «Os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reinó de Dios» (Mc 9,1). Y a los discípulos les dice: «Os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre» (Mt 10,23). Cristo es consciente de que, con él, se ha iniciado ya el fin de este mundo viejo. El mismo pertenece ya al Reino. La participación en el nuevo orden está condicionada a la adhesión a su persona y a su mensaje. Semejante predicación se sitúa, de un modo visual, dentro de la atmósfera apocalíptica (expectativa del fin del mundo), típica de la época neotestamentaria. Como hombre de su tiempo, Jesús también respira esa atmósfera, aunque se diferencia de ella profundamente. A pesar de ello, se puede preguntar: ¿Por qué adoptó Cristo la idea del Reino de Dios, del mesianismo y del fin del mundo como vehículo de su mensaje? ¿Por qué se refiere a la inminente irrupción del Reino? ¿Por qué habla del Hijo del hombre que vendrá glorioso sobre las nubes, así como de un juicio final y de todo el simbolismo de las esperanzas mesiánicas? Para responder a estas preguntas es preciso considerar brevemente el sentido religioso del lenguaje apocalíptico (referido al fin del mundo).



6. «Y el pueblo se hallaba en ansiosa expectación»

En sus Antigüedades Judaicas refiere Flavio Josefo que los judíos de los años 100 a.C. hasta el 100 d.C. tenían como principal preocupación la de «liberarse de toda clase de dominación por parte de otros, a fin de que solamente Dios sea servido» (Ant. 17,11,2). A partir del exilio (587 a.C), los judíos vivieron prácticamente sin libertad: de los sucesores de Alejandro Magno pasaron a soportar el yugo romano. Las posibilidades de liberación se habían agotado. Tan sólo una intervención de Dios podría devolverles la libertad, la independencia. Surge entonces una abundante literatura apocalíptica, especialmente en el tiempo de los Macabeos, que comienza con el libro de Daniel, y cuyo objetivo es el de inspirar la confianza al pueblo y abrirle una perspectiva feliz a base de descripciones del reino futuro, de la restauración de la soberanía davídica y de la entronización del señorío absoluto de Dios. El tema del Reino de Dios llega a hacerse central en la literatura bíblica de la época post-exílica y en el tiempo que media entre ambos Testamentos. El Reino de Dios posee una indiscutible connotación política en el sentido judío, es decir, en el sentido de que la política forma parte de la religión y se refiere, concretamente, a la liberación con respecto a todas las fuerzas opresoras. También el señorío de Dios sobre todas las cosas tenía que manifestarse políticamente. El Mesías será aquél que instaure el Reino dé Dios. El pueblo entero se preparaba para su venida. Los fariseos pensaban que, mediante una minuciosa observancia de toda la ley, se apresuraría el advenimiento de la transformación de este mundo. Los esenios y los monjes de la comunidad de Qumran se retiraban al desierto para, en un clima de absoluta purificación, de observancia legal y viviendo en un estado ideal, poder aguardar y acelerar la irrupción del nuevo orden. Los zelotes (fervorosos) opinaban que, mediante acciones de guerrilla y de violencia, se debía provocar la intervención salvífica de Dios. Su lema era: «Sólo Yahvé es Rey, y sólo a El serviremos». Y en nombre de esta idea contestaban a los Césares, el censo, los impuestos y el tributo capital, que en aquella época se concretaba en el reconocimiento del Emperador como señor y dios. La venida del Mesías habría de transformarlo todo, haciendo también que se verificara el fin de este mundo con el comienzo del reinado eterno de Dios. Los apocalípticos estudiaban y procuraban de modo especial descifrar los signos de los tiempos mediánicos, al tiempo que hacían cálculos de semanas y años en su intento por determinar, tanto en el espacio como en el tiempo, los acontecimientos salvíficos.

A pesar de sus elementos cosmovisionales, la apocalíptica judía revela el eterno optimismo que constituye la esencia de toda verdadera religión. La situación triste y ambigua de este mundo pecador conocerá su fin algún día; algún día se apiadará Dios de los hombres y se decidirá a liberarlos para Sí de todos los elementos alienantes. El Reino de Dios es la expresión simbólica de esta verdad trascendental. Predicar y anunciar el Reino de Dios, como hicieron los apocalípticos y el mismo Jesús, significa testimoniar un sentido último de la realidad del mundo y su carácter de radical perfectibilidad que ha de ser actualizada única y exclusivamente por Dios. El mesianismo y las categorías en que se expresaba la apocalíptica eran, en ese sentido, medios adecuados para que Jesús comunicara su mensaje liberador y revelara su identidad de Hijo de Dios, de Dios encarnado y de salvador del mundo. Únicamente en ese lenguaje podía Cristo hacerse entender por sus oyentes, que «se hallaban en ansiosa expectación» (cf Lc 3,15). Cristo participaba de los deseos fundamentales del corazón humano de liberación y de nueva creación. Esa esperanza, expresada en el audaz lenguaje apocalíptico, constituyó el vehículo de la principal revelación de Dios en el mundo.

A pesar de estos elementos comunes, la predicación de Cristo se aparta de las expectativas mesiánicas del pueblo. Cristo jamás alimentó el nacionalismo judío; jamás dijo una palabra de rebelión contra los romanos, ni quiso hacer la menor alusión a la restauración del reinado davídico, aun cuando el pueblo le aclamara en este sentido con ocasión de su entrada en Jerusalén (Mc 11,10) y a pesar de que en la inscripción de la cruz se escribiera: «El rey de los judíos» (Mc 15,26). Los mismos discípulos no ocultaban su tendencia nacionalista: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel», dicen resignados los discípulos de Emaús (Lc 24,21; cf 19,11), mientras los apóstoles, en la despedida definitiva de Cristo, le preguntan: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hech 1,6). En este sentido, Cristo descepciona a todos. Su predicación acerca del Reino también se aparta de las fantásticas especulaciones de los apocalípticos con respecto al fin del mundo y a los signos que han de producirse en la naturaleza y en las naciones. Cristo renuncia a las fabulosas descripciones del juicio final y la resurrección de los muertos. A la pregunta que más inquietaba al pueblo, «¿Hasta cuándo, Señor?» (cf Sal 80,5; 74,10; cf Dan 9,4-19), Cristo responde sencillamente: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,44). Lo que más destaca en Jesús es la autoridad con que anuncia el Reino y lo hace presente por medio de signos y gestos inauditos.

A pesar de ello, el mesianismo político, a juzgar por las tentaciones de Jesús narradas en los sinópticos (Mc 1,12-13; Mt 4,1-11; Lc 4,1-13), constituyó para Cristo una auténtica tentación. Hace ya tiempo que los exegetas vienen interpretando la tentación como «una experiencia espiritual de Jesús, puesta en forma parabólica (Mashal) para instrucción de los apóstoles». Cristo superó las tentaciones del mesianismo político que, en su tiempo, se manifestaba en tres modalidades o corrientes: la profética, con la aparición del mesías en el desierto; la sacerdotal, con la manifestación del libertador en el templo; y la política, con la revelación del mesías en la montaña de Dios. Ahora bien, las tres tentaciones narradas por los sinópticos pretenden mostrar cómo Jesucristo superó los tres tipos de mesianismo (del desierto, de lo alto de la montaña y del pináculo del templo). El es, evidentemente, el Mesías-Cristo, pero no de tipo político. Su Reino no puede ser privatizado y reducido a una sola parte de la realidad, como es la política. El vino para sanar toda la realidad en todas sus dimensiones: cósmica, humana y social. El gran drama de la vida de Cristo fue su intento por suprimir el contenido ideológico que se encerraba en la expresión 'Reino de Dios' y hacer que el pueblo y los discípulos comprendieran que significaba algo mucho más profundo: que exige la conversión de la persona y la transformación radical de su mundo, en el sentido del amor a los amigos y enemigos y la superación de todos los elementos hostiles al hombre y a Dios. A quienes se escandalizan de la contradicción existente entre sus pretensiones y su sencillo origen de una humilde familia, les dice: «¡Dichoso aquél que no se escandaliza de mí!» (Lc 7,23; Mt 11,6). El Reino de Dios se presenta débil y carente de aparatosidad. Pero es como la semilla que se echa en tierra (Mc 4,26 ss), como el grano de mostaza, menor que todas las semillas de Palestina (Mt 13,31 ss), o como el fermento en la masa (Mt 13,33). La aparente pequenez esconde y promete un glorioso futuro: un poco de fermento levanta toda la masa; la semilla crece y produce espigas repletas de trigo; el grano de mostaza «crece y se hace mayor que todas las hortalizas» (Mc 4,32). En el comienzo ya está presente el final. Con Cristo, el Reino comenzó ya a actuar en el mundo. El viejo orden ya se encuentra caminando hacia su término. Ya despunta el sol que no conoce ocaso; ha irrumpido el tiempo de la liberación. En el siguiente capítulo analizaremos la predicación de Jesús sobre el Reino que significa una revolución en el modo de pensar y actuar de la persona, así como una transformación global del mundo y de las cosas de la persona.



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