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La plena hominización del hombre supone la hominización de Dios



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2. La plena hominización del hombre supone la hominización de Dios

¿Podemos determinar de un modo más comprensible en qué consiste la estructura crística? La estructura crística es una posibilidad de la existencia humana. El hombre, a diferencia del animal, se define como el ser abierto a la totalidad de la realidad, como un nudo de relaciones orientado en todas las direcciones. Pero sólo se realiza si se mantiene siempre abierto y en comunión permanente con la realidad en su conjunto. Sólo estando en el otro está dentro de sí mismo. Sólo saliendo de sí es capaz de llegar a sí. Sólo ex-istiendo (saliendo de sí: ex) vuelve a sí. El yo no existe si no es creado y alimentado por un tú. Únicamente dando, puede el hombre poseer. Por eso, el hombre debe siempre transcenderse a sí mismo. Por medio de su pensamiento se sumerge en el horizonte infinito del ser. Cuanto más se abre al ser, tanto más puede estar a la escucha y hacerse hombre.

Pero dar no significa tan sólo transcenderse a sí mismo y salir de sí. Significa también capacidad de recibir el don del otro. Amando y dejándose amar por los otros, el hombre descubre su propia y verdadera profundidad y su misterio. Cuanto más orientado esté el hombre al infinito y al otro, mayores serán sus posibilidades de hominizarse, es decir, de hacer realidad su ser-hombre. El hombre más perfecto, completo, definitivo y acabado es aquél que puede identificarse y ser-uno con el Infinito. Ahora bien, Jesús de Nazaret fue el ser humano que hizo realidad esta posibilidad humana hasta el extremo y, de ese modo, logró llegar a la meta de la hominización. Porque estuvo de tal manera abierto a Dios que se vio totalmente repleto de El, por lo cual es preciso llamarle «Dios encarnado». Y precisamente por eso puede entenderse lo que tan perfectamente ha formulado J. Ratzinger: «La completa hominización del hombre supone la hominización de Dios». Es decir, el hombre, para llegar a ser verdaderamente él mismo, ha de poder hacer realidad las posibilidades inscritas en su naturalesa, especialmente la de poder ser uno con Dios. Cuando el hombre llega a una comunión con Dios capaz de hacerle formar con El una unidad sin confusión, sin división y sin mutación, entonces es cuando alcanza su más alto grado de hominización. Y cuando esto ocurre, Dios se humaniza y el hombre se diviniza, y surge entonces en la historia Jesucristo. De ahí que podamos completar el pensamiento de Ratzinger afirmando que la completa hominización del hombre supone su divinización. De este modo, el hombre se ve superado infinitamente no por la aniquilación de su propio ser, sino por la plena realización de la ilimitada capacidad de comunión con Dios de que ha sido dotada su naturaleza. El término de la antropogénesis reside en la cristogénesis, es decir, en la inefable unidad de Dios y el hombre en un solo ser, Jesucristo.

El cristianismo se hace concreto en el mundo siempre que haya hombres que, a semejanza de Cristo, se abran a la totalidad de la realidad, especialmente a «aquel supremo e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, en el que tenemos nuestro origen y hacia el que caminamos», Dios. Esta apertura, como veremos un poco más adelante, puede adoptar las más diversas expresiones, tanto en lo sagrado como en lo profano. Lo verdaderamente decisivo no son tales o cuales expresiones o articulaciones, sino que se produzca la apertura y sea constantemente susceptible de un nuevo e indefinido perfeccionamiento. Lo que, de un modo absoluto e irreversible, fue realizado por Jesús de Nazaret ha de realizarse también, en la medida en que cada uno sea capaz, en toda persona humana. Allí donde prospera la estructura crística, allí se robustece y se verifica la hominización. Y allí donde la estructura crística fenece por culpa del enclaustramiento del hombre sobre sí mismo, allí también se obstaculiza y se detiene el crecimiento hominificador del hombre. Esta apertura al otro es tan decisiva que de ella depende la salvación o la absoluta frustración humana. En la llamada parábola de los 'cristianos anónimos' (Mt 25, 31-46), el Juez divino medirá a todos los hombres por la capacidad que hayan demostrado de amar a sus semejantes. Quien haya recibido al peregrino, vestido al desnudo, alimentado al hambriento y saciado al sediento, no sólo ha acogido a un hombre, sino que ha acogido también, de un modo misterioso, al propio Dios. En el fondo, esto significa que la unión en el amor y la apertura a un tú humano suponen, en último término, una apertura al Tú absoluto y divino. Dios está siempre presente dondequiera que haya amor, solidaridad, unión y crecimiento verdaderamente humanos. No se salva simplemente el que se ha adherido a la confesión cristiana, sino el que ha vivido la estructura crística. No el que ha dicho: «¡Señor, Señor!» y ha construido con ello toda una forma de comprensión del mundo, sino el que ha actuado conforme a la realidad crística. En este sentido, de poco valen los modelos o las etiquetas cristianas, sino que lo que cuenta es la vivencia concreta y consecuente de una realidad y de un determinado tipo de comportamiento que Jesús de Nazaret tematizó, radicalizó e hizo ejemplar. En esto consiste fundamentalmente el cristianismo.



3. La estructura crística y el misterio del Dios Trino

Si la estructura crística consiste esencialmente en dar y saber recibir el dar (don) del otro, entonces, si bien se observa, está en íntima referencia al propio misterio de Dios. La esencia de Dios, si es que puede utilizarse este lenguaje humano, se realiza en el amor, en dar y saber recibir: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8 y 16). Dios existe únicamente comunicándose y subsistiendo como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es Padre porque se autocomunica y se entrega. Esta comunicación se llama «el Hijo». Y el Hijo, a su vez, se da, sale totalmente de sí mismo y se entrega al Padre, el cual lo recibe plenamente. Este mutuo amor y donación del Padre y el Hijo se denomina «Espíritu Santo», el cual procede del Padre y del Hijo. El Padre no existe sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre, ni el Espíritu Santo sin el Padre y el Hijo. En la donación total, completa y absoluta del uno al otro, el Dios Trino realiza eternamente su ser infinito. La estructura contenida en la creación toda, especialmente en la realidad humana, y que llegó a su máxima expresión en Jesús de Nazaret, fue creada en analogía a la propia estructura del misterio de Dios Trino. Pero fue a través de Jesucristo como le fue revelado esto, de un modo explícito, a la conciencia humana, no tanto por medio de palabras cuanto por la manera que tuvo Jesús de vivir su ser humano, en una diáfana, límpida y total apertura y donación a Dios y a los hombres. Por eso, únicamente a partir de Jesucristo llegaron la revelación y la teología al conocimiento del Dios Trino y Uno. Jesús no sólo reveló ser el Hijo de Dios encarnado, sino que también reveló el carácter filial de todo hombre (Rom 8, 14).



4. El cristianismo: Una respuesta responsable a una pro-puesta

Si quisiéramos expresar con otras palabras la estructura crística, diríamos que consiste en una respuesta dada con responsabilidad a una pro-puesta divina. Dios también se autodona al hombre; le hace una propuesta de comunión con El, de amor y de unión. A esta pro-puesta divina el hombre tiene que dar una res-puesta. La reciprocidad exige pagar con amor el amor recibido. Esta exigencia interna no surge de parte de aquél que se da y ama, sino de parte de aquél que se deja amar y es amado. Aceptar la pro-puesta de amor del otro significa ya dar amor y dar una res-puesta. De ahí que el saber recibir sea una de las formas, tal vez la más originaria, de dar, porque crea la atmósfera indispensable para el encuentro, para el diálogo y para el crecimiento del amor.



La pro-puesta de Dios se manifiesta dentro de la conciencia humana, que es el lugar donde Dios habla a cada persona. Siempre que la conciencia se siente responsable y experimenta el desafio de salir de sí para aceptar al otro, para asumir una tarea, allí está Dios haciendo una pro-puesta. La pro-puesta puede surgir dentro de la vida, en los signos de los tiempos y en las exigencias de la situación concreta. Siempre que nos vemos llevados a crecer, a amar, a salir de nosotros mismos, a abrirnos a los demás y a Dios, a asumir la res-ponsabilídad ante la propia conciencia y ante los demás, allí está teniendo lugar una pro-puesta que exige que se de una res-puesta con fidelidad. Se está dando, si es que el hombre es capaz de abrirse y amar, la concretización de la estructura crística. La historia humana puede ser vista como la historia del éxito o el fracaso de la estructura crística, es decir, puede ser analizada como la respuesta feliz o desafortunada que los hombres, dentro de los condicionamientos históricos y sociales propios de cada época, han dado a Dios; es decir, hasta qué punto han sido capaces de crear estructuras que hayan facilitado y hecho realidad los valores fundamentales del amor, la fraternidad, la comprensión entre los hombres y la apertura consciente a Dios. De ahí que toda la inmensa dimensión de la historia humana puede ser considerada como historia de la salvación y de la perdición humanas. La experiencia nos enseña que la res-puesta humana jamás consigue agotar la pro-puesta divina. Pero no sólo eso, sino que además se caracteriza por una fundamental ambigúedad: la de ser a un mismo tiempo historia de la apertura y del enclaustramiento del hombre, res-puesta positiva y res-puesta negativa a la pro-puesta divina. La historia de la salvación humana es un inmenso labrantío donde crecen, a un mismo tiempo, la cizaña y el trigo. La historia del Antiguo y el Nuevo Testamento puede servir de ejemplo de cómo todo un pueblo, a lo largo de más de dos mil años, en un «crescendo» cada vez mayor, ha ido dando una res-puesta positiva a la pro-puesta divina. Sin embargo, hubo alguien en quien se llegó a una perfecta adecuación entre la pro-puesta de Dios y la respuesta del hombre. Hubo alguien que estuvo abierto a Dios en proporción a su inefable comunicación. Jesús de Nazaret fue quien realizó de manera absoluta la estructura crística, hasta el punto de que su res-puesta se identificó con la pro-puesta. Como ya hemos visto suficientemente, es precisamente en esa unión inmutable, indivisible e inconfundible en lo que consisten la encarnación de Dios y la subsistencia del hombre y de Dios en el único y mismo Jesucristo. En este sentido, Jesús de Nazaret es el mejor don de los hombres a Dios y, al mismo tiempo, el más excelso don de Dios a los hombres. De este modo emerge como el sacramento del encuentro entre Dios y la humanidad, como el punto focal en el que todo, Creador y creación, llega a una unidad, alcanzando con ello la meta final de la historia creacional.

5. El cristianismo católico: La articulación institucionalmente más perfecta del cristianismo

Si el cristianismo consiste, fundamentalmente, en la respuesta res-ponsable a la pro-puesta divina, entonces hemos de constatar que la res-puesta humana puede articularse históricamente de muchas maneras. En su res-puesta, el hombre asume su cultura, su modo de concebir el mundo, su pasado... todo su mundo, en definitiva. Las religiones del mundo, tanto hoy como antaño, y a pesar de la existencia de elementos cuestionables y hasta condenables, desde el punto de vista cristiano, representan en sí mismas la res-puesta y la re-acción religiosa de los hombres frente a la pro-puesta y la acción de Dios. Por eso las religiones pueden y deben ser consideradas como expresiones o articulaciones de la estructura crística, al tiempo que concretizan de alguna forma la propia Iglesia de Cristo. En este sentido, no existen religiones naturales. Todas ellas tienen su origen en una re-acción a la acción salvífica de Dios que se dirige y es ofrecida a todos indiscriminadamente. La diversificación de las religiones responde a la diversidad de las culturas y cosmovisiones que caracterizan la res-puesta a la pro-puesta de Dios.

Pero la pro-puesta transciende todas las res-puestas y va igualmente dirigida a todos y cada uno de los hombres. De ahí que pueda afirmarse que las religiones constituyen los caminos ordinarios por los que el hombre se dirige a Dios, lo experimenta y recibe de El la salvación. En cuanto res-puestas humanas a la pro-puesta divina, las religiones pueden cometer errores e interpretar inadecuadamente la pro-puesta de Dios. Por eso, cuando decimos que las religiones articulan y concretizan, cada una a su modo, la estructura cristica, no pretendemos con ello legitimar todo lo que en ellas se da. La propia religión debe mantenerse en actitud de apertura, criticarse a sí misma y crecer en una res-puesta cada vez más congruente a la pro-puesta de Dios. El Antiguo Testamento, sin ir más lejos, nos da una lección ejemplar: desde unas formas primitivas de religiosidad y unas representaciones de Dios demasiado antropomórficas y hasta demoníacas, fue elevándose hacia formas cada vez más puras, hasta llegar a la concepción de un Dios transcendente, revelador y creador de todo. La Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en virtud de su íntima e ininterrumpida vinculación con Jesucristo, a quien predica, conserva y vive en sus sacramentos y ministerios, y por quien se deja criticar continuamenter puede y debe ser considerada como la más perfecta articulación institucional del cristianismo. Porque en ella se logró la más pura interpenetración de ambos. En ella se encuentra la totalidad de los medios de salvación. Aun cuando ella misma se sepa pecadora y peregrina, y lejos aún de la casa paterna, está convencida, sin embargo, de llevar adelante, sin error sustancial alguno, a Cristo y su causa. La Iglesia no agota la estructura crística, ni se identifica pura y simplemente con el cristianismo, pero sí es su objetivación y concreción institucional más perfecta y acabada, hasta el punto de que en ella se realiza ya, en germen, el propio Reino de Dios, y ella vive ya los primeros frutos de la nueva tierra y el nuevo cielo.

Pero no pretendemos, con todo esto, negar el valor religioso y salvífico de las demás religiones. Lo que sucede es que, en comparación con la Iglesia, todas ellas manifiestan su deficiencia. No hay duda de que conservan su legitimidad; pero deben dejarse interrogar por la Iglesia a fin de poder abrirse y crecer hacia una apertura cada vez más coherente con la pro-puesta de Dios manifestada en Jesucristo. La Iglesia, a su vez, no deberá envanecerse de sí misma, sino mostrarse igualmente abierta al Dios que se revela y se manifiesta en las religiones, y aprender de éstas aquellas facetas y dimensiones de la experiencia religiosa que haya sido tematizada en dichas religiones mejor que en la misma Iglesia, como sucede con el valor de la mística de la India, el despojamiento interior del budismo, el cultivo de la palabra de Dios en el protestantismo, etc. Sólo será la Iglesia verdaderamente católica, es decir, universal, porque sabrá ver y acatar la realidad de Dios y de Cristo fuera también de su propia articulación y de los límites sociológicos de su propia realidad.



6. Jesucristo «Todo en todas las cosas»

Si la estructura crística es un dato de la historia y una estructura antropológica que debe hacerse realidad en cada hombre para poder salvarse, y que fue exhaustivamente concretizada por Jesús de Nazaret, entonces podemos formular una útima pregunta: ¿Dónde se origina? ¿Cuál es su fundamento último y transcendente? Esta pregunta era formulada por la teología tradicional en otros términos: ¿Cuál es el motivo de la encarnación: la redención del pecado de los hombres o la perfección y glorificación del cosmos? Durante siglos, los tomistas dominicos y los escotistas franciscanos han discutido encarnizadamente. Los tomistas, citando ciertas frases de la Escritura y la fórmula del credo, «por nuestra salvación bajó del cielo y fue concebido por el Espíritu Santo», respondían que la encarnación se debe al pecado del hombre. Los franciscanos, por su parte, con otros textos tomados de las cartas a los Efesios y a los Colosenses, respondían que Cristo se habría encarnado, aun sin el pecado, porque todo había sido hecho para él y por él. Sin Cristo, le faltaría algo a la creación, y el hombre jamás llegaría a su completa hominización. La afirmación de que la humanidad estaba esperando al Salvador ha de ser entendida ontológicamente, no cronológicamente. Es decir, el hombre ansia ser cada más él mismo y realizarse totalmente. Ansia, por lo tanto, su divinización. Y esto, no sólo antes de Cristo, sino también después de él. Es la dinámica misma de la creación entera la que converge hacia el hombre y llega en él a una decisiva culminación. Lo que Cristo realizó deberá realizarse también en sus hermanos.

De lo hasta ahora reflexionado creemos que ha quedado clara nuestra postura. Cristo no es un ser errático dentro de la historia de la humanidad, sino que es su sentido y su cúspide. Es el ser que por primera vez llegó al término de la andadura, a fin de darnos la esperanza y la seguridad de que también nosotros hemos sido destinados a ser lo que él llegó a ser, y de que, si vivimos lo que él vivió, también llegaremos al mismo final. El carácter excelso de Cristo no es un azar histórico, ni un puro hecho antropológico. Desde toda la eternidad había sido predestinado por Dios a ser aquél que había de amar a Dios, en forma divina, desde fuera de Dios; a convertirse en el hombre capaz de hacer realidad todas las posibilidades contenidas en su naturaleza humana, especialmente la de poder ser uno con Dios. Jesús, el Verbo encarnado, se encuentra en una relación única con el plan de Dios. Constituye un momento del propio misterio de Dios. El plan de Dios, en la medida en que podemos deducirlo de la propia revelación y de la reflexión teológica, está orientado a la gloria de Dios, la cual se realiza haciendo participar de su vida, su amor y su propio misterio, a toda la creación. La gloria de Dios consiste también en la gloria de las criaturas. La creación entera está inserta en el propio misterio íntimo de Dios Trino. No es algo externo a Dios, sino uno de los momentos de su completa manifestación. Dios se comunica totalmente y engendra al Hijo, y en éste, a los infinitos «imitables» del Hijo. El Hijo, o el Verbo, es el Pensamiento eterno, infinito y consustancial de Dios Padre. La creación entera son los pensamientos de Dios que pueden ser creados y realizados, dando origen a la creación de la nada. En cuanto pensamientos de Dios, son engendrados en el mismo acto de engendrar al Hijo y, como son producidos activamente por Dios en el Hijo, reflejan al Hijo y son imagen y semejanza suya. La más perfecta imagen y semejanza del Hijo eterno es la naturaleza humana de Cristo. Por eso, ya en el seno de la Santísima Trinidad, todas las cosas llevan en su ser íntimo las marcas y señales del Hijo. Para que la naturaleza humana de Cristo fuera realmente la más perfecta imagen y semejanza del Hijo y pudiera tener y dar la suma gloria a Dios, desde «fuera» de Dios, Dios decretó la unión de dicha naturaleza con la Persona eterna del Hijo. Es decir, Dios quiso que Jesús de Nazaret pudiera vivir con tal intensidad y profundidad su humanidad, que llegara a hacerse una sola cosa con Dios y ser, a un mismo tiempo, Dios y hombre.

Si todas las cosas habían sido creadas por Dios en el Hijo, y si este Hijo se encarnó, entonces todas las cosas reflejan al Hijo eterno encarnado. La estructura crística posee un origen trinitario. Todas las cosas están abiertas a un crecimiento indefinido, porque el ser de Dios es amor, comunicación e infinita apertura. Y la comunicación total de Dios se llama 'Hijo' o 'Verbo'. De ahí que todas las cosas de la creación posean la estructura del Hijo, en cuanto que todas las cosas se comunican, están en relación hacia fuera y realizan su ser, auto-dándose. El Hijo, pues, estuvo actuando siempre en el mundo desde su primer momento creacional; después actuó de un modo más denso, cuando se encarnó en Jesús de Nazaret y, por fin, hizo que su acción adquiriera dimensiones cósmicas mediante su resurrección. De este modo, en palabras de San Pablo, Cristo «es todo en todas las cosas» (Col 3, 11). La estructura crística que invadía toda la realidad asumió forma concreta en Jesús de Nazaret porque, desde toda la eternidad, éste había sido pensado y querido como aquel ser «focal» en quien había de producirse por vez primera la total manifestación de Dios dentro de la creación. Esta manifestación significa la más acabada interpenetración de Dios y el hombre, la unidad inconfundible e indivisible y la meta de la creación, que queda ahora inserta dentro del propio misterio trinitario. De este modo, Jesucristo se constituye en el paradigma y modelo de lo que ha de acontecer con todos los hombres y con toda la creación. En él vemos el futuro ya realizado. La historia y el proceso evolutivo cósmico pueden adquirir un carácter ambiguo y, no raras veces, dramático. Pero en Jesucristo se nos revela que el final será bueno y está ya garantizado por Dios en favor nuestro. Por eso Jesucristo adquiere para toda la realidad pasada, presente y futura, un valor interpretativo decisivo y esclarecedor. A través de él se nos ha hecho evidente que el cosmos y, particularmente, el hombre no podrán jamás llegar a sí mismos y a su completa perfección si no son divinizados y asumidos por Dios. Cristo es el penúltimo eslabón de este inmenso proceso. En él se realizó de modo paradigmático lo que habrá de suceder con toda la realidad, a saber, que conservando la alteridad de cada ser, Dios será todo en todas las cosas (1 Cor 15, 28).



7. Conclusión: La esperanza y el futuro de Jesucristo

Mientras no se haga realidad el «panteísmo cristiano» del «Dios todo en todas las cosas» (cf 1 Cor 15, 28), Jesucristo sigue gozando de esperanza y poseyendo un futuro. Sus hermanos y la patria humana (el cosmos) aún no han sido transfigurados como él. Siguen aún en camino, viviendo la ambigüedad con que se manifiesta el Reino de Dios en este mundo: en la debilidad, en la ignominia, en el sufrimiento y en las persecucuiones. Jesús no es tan sólo un individuo, sino una persona. Y como tal, con-vive y posee su cuerpo místico, del que es solidario. Jesús resucitado, aun cuando haya realizado en su vida el Reino de Dios, espera, sin embargo, que lo que se concretó y comenzó con él llegue a feliz término. Así como los santos del cielo, según palabras del Apocalipsis (6, 11), tienen que esperar «hasta que se complete el número de sus consiervos y hermanos», así también espera Jesús a los suyos. Clorificado junto a Dios, «está siempre vivo para interceder en su favor» (Hebr 7, 25), por su salvación y por la transformación del cosmos. De este modo Jesús resucitado sigue viviendo una esperanza. Sigue esperando el crecimiento de su Reino entre los hombres, porque su Reino no comienza a existir al otro lado de la muerte, sino que tiene su inicio ya en este mundo siempre que se instaura una mayor justicia, se robustece el amor y se abre un nuevo horizonte en la captación de la palabra y de la revelación de Dios dentro de la vida. Jesús sigue esperando que la revolución por él iniciada, en el sentido de la comprensión entre los hombres y Dios, del amor indiscriminado a todos y dé la continua apertura al futuro en que Dios viene con su Reino definitivo, penetre cada vez más profundamente las estructuras del pensar, el obrar y el planear humanos. Sigue esperando que el semblante del hombre futuro, que permanece velado en el hombre presente, se haga cada vez más re-velado. Jesús sigue esperando que la pro-missio (promesa) de Dios acerca de un futuro feliz para el hombre y para el cosmos se transforme en una missio (misión) humana de esperanza, de alegría y de vivencia, en medio de los absurdos existenciales, del sentido radical de la vida. Mientras todo esto no haya irrumpido aún totalmente, Jesús sigue esperando.



Por eso todavía existe un futuro para el Resucitado. De hecho, él ya ha venido. Pero, para nosotros, sigue siendo el que ha de venir. El futuro de Cristo no reside tan sólo en su parusía y en la total apocalipsis (revelación) de su divina y humana realidad. El futuro de Cristo ha de hacer realidad algo más que aún no ha sido plenamente concluido y realizado: la resurrección de los muertos, sus hermanos; la reconciliación de todas las cosas consigo mismas y con Dios; la transfiguración del cosmos. Con razón puede decir San Juan: «Aún no se ha manifestado lo que seremos» (1 Jn 3, 2). Lo primero aún no ha pasado, y aún no se han oído las palabras: «Lo viejo ya ha pasado... He ahí que hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21, 4-5). Todo eso también es futuro para Cristo. Sin embargo, el futuro será el futuro de Jesucristo: lo qué ya aconteció con él, acontecerá de un modo análogo con sus hermanos y con el resto de la realidad. El fin del mundo, por consiguiente, no debe ser representado como una catástrofe cósmica, sino como la consumación y consecución del fin como meta y plenitud. Lo que ya está fermentando en el interior de la creación será totalmente realizado; lo que ahora está latente se hará absolutamente patente y plenamente 'dispuesto'. Entonces hará su aparición «la patria y el hogar de la identidad» (E. Bloch) de todo con todo y con Dios, sin caer por ello en una identificación de homogeneidad. La situación de éxodo, que constituye lo permanente del proceso evolutivo, se verá transformada en una situación de estar con Dios en la casa paterna, donde «no habrá noche; ni habrá necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos» (Apoc 22, 5). Entonces se dará la auténtica Génesis 14: implosionarán y explosionarán el hombre y el mundo a los que Dios ha querido y amado de un modo real y definitivo. A través de Jesucristo adquirimos esta esperanza y esta certeza, porque «en él todas las promesas de Dios han tenido su sí y su amén» (2 Cor 1, 20).

Mientras nos hallamos en camino, tenemos el rostro vuelto hacia el futuro, hacia el Señor que viene, repitiendo las palabras de infinita añoranza que solía recitar la Iglesia Primitiva: «¡Venga tu gracia y pase este mundo! Amén. ¡Hosanna a la casa de David! El que sea santo, que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia. ¡Maran athá! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Amén!» (Didajé. Catecismo de los primeros cristianos).

Leonardo boff
Los relatos de la infancia de jesús: ¿teología o historia?
Ni de más ni de menos a jesús-dios;



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