Índice introducción la historia de jesúS


c) Cristo contestatario, reformador, revolucionario y liberador



Descargar 0.7 Mb.
Página19/20
Fecha de conversión11.12.2018
Tamaño0.7 Mb.
Vistas183
Descargas0
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20

c) Cristo contestatario, reformador, revolucionario y liberador

El mundo de los tres últimos siglos se caracteriza por su gran movilidad social. La mentalidad científica y las posibilidades de la técnica han transformado el entorno, tanto natural como social. Las formas de convivencia se suceden las unas a las otras. Las ideologías legitimadoras de uno u otro status social o religioso se ven sometidas a severa crítica. Si no se consigue derribarlas, al menos son desenmascaradas. El hombre de hoy se define mucho más desde el futuro que desde el pasado. En función del futuro elabora nuevos modelos de dominación científica del mundo, proyecta nuevas formas de organización social y política, y llega a crear utopías en cuyo nombre «contesta» a la situación establecida y sociológicamente dada. Así es como surgen los reformadores, los contestatarios y los revolucionarios. No pocos consideran y siguen a Cristo como a un contestatario y un libertador, como un reformador y un revolucionario. Y hasta cierto punto, hay en todo ello gran parte de verdad.

Pero no debemos confundir los términos. Cristo no se define por un contra; no es ningún plañidero. Cristo está a favor del amor, de la justicia, de la reconciliación, de la esperanza y de la total realización del sentido de la existencia humana en Dios. Si está en contra, es porque primero se define a favor. Predica, usando los términos actuales, una auténtica revolución global y estructural: un Reino de Dios que no es liberación del yugo romano ni grito de rebeldía de los pobres contra los latifundistas judíos, sino liberación total y absoluta de todo aquello que aliena al hombre, desde el dolor y la muerte hasta (y muy especialmente) el pecado. El Reino de Dios no puede ser reducido y privatizado a una sola dimensión del mundo, porque es la globalidad del mundo la que debe ser transformada en el sentido de Dios. Y precisamente en este sentido, que excluye la violencia, es como puede llamarse a Cristo contestatario y revolucionario. En nombre de ese Reino, Jesús «contesta» el legalismo, la rigidez de la religión judía y la estratificación socio-religiosa de su tiempo, que discriminaba a las personas entre puras e impuras, que distinguía entre profesiones honorables y malditas, entre prójimos y no-prójimos, etc. Pero conviene dejar muy claro lo que significa ser revolucionario y reformador . Reformador es aquél que desea mejorar su mundo social y religioso. El reformador no pretende crear algo absolutamente nuevo. Acepta el mundo y la forma social y religiosa que tiene ante sí, e intenta ennoblecerlo, elevarlo. En este sentido, también Jesús fue un reformador. Había nacido dentro del judaismo y se había adaptado a los ritos y costumbres de su pueblo. Pero intentó mejorar el sistema de valores religiosos. Planteó por ello unas duras exigencias; radicalizó el mandamiento de no matar, exigiendo la erradicación de la causa que suele originar la muerte: el odio; radicalizó igualmente el mandamiento de no desear a la mujer del prójimo, postulando el decoro en la mirada; dio una mayor profundidad al amor al prójimo, ordenando amar también a los enemigos.

Como se ve, Cristo fue, en este sentido, un reformador. Pero fue algo más. No se limitó a repetir el pasado, perfeccionándolo. Dijo también algo nuevo (Mc 1, 27). Y en esto sí fue un gran revolucionario; quién sabe si el mayor de toda la historia... El revolucionario, a diferencia del reformador, no pretende tan sólo mejorar la situación, sino que intenta introducir algo nuevo y cambiar las reglas del juego, en lo religioso y en lo social. Cristo predica un Reino de Dios que no consiste en la mejora de tal o cual parcela del mundo, sino en una transformación global de las estructuras de este mundo viejo, la novedad y la jovialidad de Dios reinando sobre todas las cosas. Ser cristiano es ser nueva creación (2 Cor 5, 17); y Reino de Dios, según la tradición del Apocalipsis, es el nuevo cielo y la nueva tierra (Apoc 21,1) donde «no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (21, 4). En cuanto que Cristo predica y promete esa buena nueva para el hombre, está anunciando una auténtica revolución. Pero es únicamente en este preciso sentido como se le puede llamar revolucionario, y no en el sentido emocional e ideológico de revolucionario en cuanto violento o rebelde frente a la estructuración político-social. Tal vez la palabra más adecuada seria la de Liberador de la conciencia oprimida por el pecado y por toda clase de alienaciones; Liberador de la triste condición humana en sus relaciones para con el mundo, para con el «otro» y para con Dios.



d) Jesucristo, arquetipo de la más perfecta individualización

Uno de los deseos fundamentales de cualquier hombre es el de conseguir una cada vez mayor integración de todos los dinamismos de su vida consciente, subconsciente e inconsciente. El hombre es un nudo de relaciones en todas las direcciones. La integración de todas las pulsiones de la vida humana constituye un proceso doloroso, no siempre exento de conflictos y dramas existenciales. El viaje más largo y azaroso que el hombre realiza no es hacia la Luna o hacia otros astros, sino hacia el interior de sí mismo, en busca de un centro que todo lo atraiga, lo polarice y lo armonice. A esta búsqueda incesante la denominamos, en el lenguaje de la psicología de los complejos de C. G. Jung, proceso de individualización. El proceso de individualización se realiza en la capacidad del hombre de acercarse, cada vez más, al símbolo o arquetipo de Dios —SelbstSelf—, que se constituye en el centro de las energías psíquicas del hombre. El arquetipo de Dios (Selbst) es el responsable de la armonía, la integración y la asimilación del yo consciente con sus dinamismos, y principalmente del yo inconsciente formado por la poderosa e insondable masa hereditaria de las experiencias de nuestros primitivos ancestros vegetales, animales, humanos, del pueblo, de la nación, del clan, de la familia y de otras diferenciaciones de orden histórico, colectivo o individual. Cuanto más consigue el hombre crear un núcleo interior integrador y asimilador, tanto más se individualiza y se personaliza. La religión que adora al Dios divino y no simplemente al Ser infinito, necesario al sistema metafisico, desempeña un papel decisivo en este proceso. Personas de una extraordinaria integración, como los místicos, los grandes fundadores de religiones y otras personalidades de admirable humanidad, constituyen arquetipos y símbolos del Selbst. Jesucristo, tal como es presentado en los evangelios y creído por la comunidad de fe, aparece como la más perfecta y acabada actualización del Selbst (arquetipo de Dios). Surge como la personificación de la etapa más consumada de todo el proceso de individualización, hasta el punto de identificarse, y no sólo aproximarse al arquetipo Selbst (Dios).

De este modo, Cristo adquiere un significado transcendental para la humanidad: el hombre que somos cada uno de nosotros, experimentado como un misterio; el hombre que supera infinitamente al hombre y que se siente como un haz ilimitado de posibilidades y que, al mismo tiempo, se experimenta a sí mismo limitado y preso de las estrecheces de los condicionamientos históricos, percibe ahora, una vez muerto y resucitado Jesús, que él ya no es una posibilidad asintótica y un ansia jamás realizada de integración total, sino que, al menos en un hombre, esa integración se ha realizado en toda su pureza y diafanidad, como la luz del primer amanecer de la creación. Y porque somos solidarios los unos con los otros, tenemos la esperanza de que esa realidad ya presente en Cristo se haga también realidad en cada hombre capaz de abrirse al Absoluto. De momento, Cristo va delante de nosotros como camino, luz, arquetipo y símbolo del ser más integrado y perfecto que jamás haya irrumpido en el mundo, hasta el punto de sumergirse en el propio y recóndito misterio de Dios e identificarse con El.

e) Jesucristo, nuestro hermano mayor

La absoluta integración de Jesús consigo mismo y con Dios (encarnación) no tuvo lugar en una vida espectacular, sino en la cotidianeidad de una vida con sus naturales altibajos. Mediante la encarnación, Dios asumió la totalidad de nuestra precaria condición humana, con sus angustias y sus esperanzas, con sus limitaciones (muerte de Dios) y sus ansias de infinito. Este es el gran significado teológico de los oscuros años de la infancia y la adolescencia de Jesús: él es un hombre como todos los hombres de Nazaret: ni un superhéroe, ni un santo que llamara la atención, sino un hombre solidario con la mentalidad y con la población de la aldea; un hombre que participa del destino de la nación sojuzgada por las fuerzas de ocupación extranjeras. No dejó nada escrito. Desde el punto de vista literario, se pierde en la masa anónima de los desconocidos.

Mediante la encarnación, pues, Dios se abajó tanto que se escondió al hacer su aparición en la tierra. Por eso la Navidad es la fiesta de la secularización: Dios no tenía miedo de la materia, de la ambigüedad y pequenez de la condición humana. Fue precisamente en esa humanidad, y no a pesar de ella, donde Dios se reveló. Cualquier situación humana es suficientemente buena, por tanto, para que el hombre se sumerja en sí mismo, madure y encuentre a Dios. Cristo es nuestro hermano, puesto que participó del anonimato de casi todos los hombres y asumió la situación humana, que es idéntica para todos: la vida merece la pena de vivirse tal como es, cotidiana, monótona como el trabajo de cada día, y exigente a la hora de demostrar paciencia para convivir con los demás, escucharlos, comprenderlos y amarlos. Pero es nuestro hermano mayor en cuanto que, dentro de esa vida humana que supo asumir, tanto en la oscuridad y el ocultamiento como en la notoriedad, vivió de un modo tan humano que fue capaz de revelar a Dios y, mediante su muerte y resurrección, hacer realidad todos los dinamismos de que somos capaces. Como decía un conocido teólogo, «el cristianismo no anuncia la muerte de Dios, sino la humanidad de Dios». Y éste es el gran significado de la vida terrena de Jesús de Nazaret.

f) Jesús, Dios de los hombres y Dios-con-nosotros

De todo lo hasta aquí expuesto, algo tiene que haber quedado bien claro, y es que la alternativa «Dios o el hombre» es una falsa alternativa, como también lo es la de «Jesús o Dios». Dios se revela en la humanidad de Jesús. La encarnación puede ser vista como la realización exhaustiva y radical de una posibilidad humana. Jesús Dios-Hombre se manifiesta, pues, como el Dios de los hombres y el Dios-con-nosotros. Y desde esta comprensión del asunto hemos de desmitificar nuestro concepto ordinario de Dios, que nos impide ver a Cristo como hombre-revelador-del-Dios-de-los-hombres en su humanidad. Dios no es nigún rival del hombre, ni éste lo es de Dios. En Jesucristo descubrimos un rostro de Dios desconocido por el Antiguo Testamento: un Dios capaz de hacerse «otro», capaz de venir a nuestro encuentro en la frágil realidad de una criatura, capaz de sufrir; un Dios que sabe lo que significa ser tentado, sufrir decepciones, llorar la muerte de un amigo, ocuparse de los «don nadies» que no tienen en este mundo la más mínima posibilidad y anunciarles la absoluta novedad de la liberación de Dios. Así es como se mostró. Dios no está lejos del hombre, no es un extraño al misterio del hombre. Al contrario: el hombre concibe siempre a Dios como aquel supremo e inefable misterio que envuelve la existencia humana; que, aun cuando se deje sentir, no se deja encerrar en ningún concepto o símbolo y, cuando se revela en la humanidad de Jesús, su máxima manifestación, tampoco permite que su realidad se agote en un nombre o título de grandeza. Pero éste es el Dios humano que revela la divinidad del hombre y la humanidad de Dios.

A partir de ahora, el hombre ya no podrá ser pensado, consiguientemente, sin vincularlo con Dios y, en concreto, nosotros, los hombres, tampoco podremos imaginar a Dios sin relacionarlo con el hombre, a causa, precisamente, de Jesucristo Dios-Hombre. El camino hacia Dios pasa por el hombre, y el camino hacia el hombre pasa por Dios. Las religiones del mundo han experimentado a Dios, élfascinosus y el tremendus, en la naturaleza, en el poder de las fuerzas cósmicas, en las montañas, en el sol, en los ríos, etc. El Antiguo Testamento descubrió a Dios en la historia. El cristianismo, por fin, lo vio en el hombre. En Jesús se hizo evidente que el nombre no es tan sólo el lugar en que Dios se manifiesta, sino que puede constituir un modo de ser del propio Dios, una expresión manifiesta de la historia de Dios. Esto al menos se hizo realidad en Jesús de Nazaret. Y las consecuencias de todo esto son de suma trascendencia teológica: la vocación del hombre es la divinización. El hombre, para hacerse hombre, requiere extrapolarse de sí mismo y que Dios se hominice. Si el hombre puede ser el lugar donde se articule la historia de Dios, ello sólo es posible en la libertad, la donación y la apertura espontánea del hombre a Dios. Con la libertad se produjo una ruptura, una superación de la necesidad cósmica y de la lógica matemática, el comienzo de lo imprevisto, de lo espontáneo, de lo creativo. Hizo su aparición el misterio indescifrable. Con la libertad todo es posible: lo divino y lo demoniaco; la divinización del hombre y su absoluta frustración, como consecuencia de su obstinación en cerrarse a la autocomunicación amorosa de Dios. Con Jesús nos percatamos de la indescifrable profundidad humana, capaz de enlazar con el misterio de Dios, y descubrimos también la proximidad de Dios, que llega a identificarse con el hombre. Como perfectamente lo dice San Clemente de Alejandría († 211 o 215), «cuando hayas encontrado realmente a tu hermano, entonces habrás encontrado también a tu Dios»

4. Conclusión: Cristo, memoria y conciencia crítica de la humanidad

La cristología, hoy como ayer, trata de responder quién es Jesús. Preguntar ¿quién eres?, es preguntar por un misterio. Las personas no se pueden definir y encuadrar dentro de una situación. El preguntar: ¿quién eres tú, Jesucristo, para nosotros hoy? significa confrontar nuestra existencia con la suya y sentirse desafiado por su persona, por su mensaje y por el sentido que se desprende de su comportamiento. Sentirse afectado por Cristo hoy significa ponerse en el camino de la fe, que comprende quién es Jesús no tanto a base de darle nuevos títulos y nombres diferentes, sino tratando de vivir aquello que él mismo vivió: intentar siempre salirse de sí, buscar el centro del hombre no en uno mismo, sino fuera de sí, en el otro y en Dios, tener el valor de arriesgarse por los demás, de ser el Cristo-arlequín o el Cristo-idiota de Dostoiewski que jamás abandona a los hombres; que prefiere a los marginados; que sabe soportar y ha aprendido a perdonar; que es revolucionario, pero que jamás discrimina a nadie y sabe meterse allí donde está el hombre; que es objeto de burlas y, al mismo tiempo, es amado; tenido por loco y, a la vez, manifestando una sabiduría asombrosa. Cristo supo poner un y donde nosotros solemos poner un o, con lo cual consiguió reconciliar a los contrarios y ser el mediador de los hombres y de todas las cosas. El es la permanente e incómoda memoria de lo que deberíamos ser y no somos, la conciencia crítica de la humanidad que hace que ésta no se contente jamás con lo que es y con lo que ha logrado conquistar. Sino que debe caminar y hacer realidad aquella reconciliación, alcanzando un grado de humanidad capaz de manifestar la insondable armonía de Dios todo en todas las cosas (cf 1 Cor 15, 28). Sin embargo, mientras esto no sucede, Cristo, como decía Pascal, sigue siendo injuriado, sigue agonizando y muriendo por cada uno de nosotros (cf. Pensées, n.° 553). Es en este sentido como podemos recitar el siguiente Credo para un tiempo secular:

«Creo en Jesucristo,

que siendo 'un hombre solo que nada podía realizar',

que es como también nosotros nos sentimos,

sin embargo luchó para que todo cambiara,

por lo cual precisamente fue ejecutado.

Que es el criterio para verificar

cuan esclerotizada está nuestra inteligencia,

cuan sofocada nuestra imaginación,

cuan desorientado nuestro esfuerzo,

porque no somos capaces de vivir como él vivió.

Que nos hace temer cada día

que su muerte haya sido en vano,

porque lo enterramos en nuestras iglesias

y traicionamos su revolución

con nuestra cobardía y nuestra obediencia a los poderosos.

Que resucitó en nuestras vidas

para que nos liberemos

de los prejuicios y los despotismos,

del miedo y del odio,

y llevemos adelante su revolución,

siempre en dirección al Reino».
13. JESUCRISTO Y EL CRISTIANISMO

Reflexiones sobre la esencia del Cristianismo

Jesucristo no es un ser errático dentro de la historia del mundo, porque representa a la suprema emergencia de los dinamismos que el propio Dios puso dentro de la creación y, especialmente, dentro del hombre. Tales dinamismos fundan un cristianismo anterior a Cristo y con independencia de la fe explícita en Jesucristo. Cristiano no es simplemente el que confiesa con sus labios a Cristo, sino el que, tanto hoy como ayer, vive la estructura y el comportamiento que vivió Cristo: amor, perdón, apertura total a Dios, etc. Las religiones que viven y enseñan esto son formas concretas que el cristianismo universal puede asumir. La Iglesia Católica se presenta, institucionalmente, como la mejor articulación histórica del cristianismo. Mientras los hombres y el mundo no hayan alcanzado la plenitud en Dios, Cristo sigue esperando y sigue teniendo un futuro.

Al término de nuestras reflexiones cristológicas se impone, naturalmente, una reflexión de carácter más universal acerca del cristianismo y algunas de sus estructuras más fundamentales.

Cristianismo viene de Cristo. Ahora bien, Cristo no es originalmente un nombre propio de persona, sino un título. Al aplicárselo a Jesús de Nazaret crucificado y resucitado, la comunidad primitiva quería expresar su fe en que en aquel hombre se habían realizado las más radicales expectativas del corazón humano: liberación de la ambigua condición humana y cósmica, e inmediatez con Dios. El es el ecce homo, el hombre nuevo y ejemplar que reveló en toda su profundidad lo que es y lo que puede el hombre: abrirse a Dios hasta el punto de poder identificarse con El. La encarnación constituye precisamente la realización absoluta y exhaustiva de esta posibilidad que, contenida siempre dentro del horizonte de la realidad humana, se concretó por primera vez en Jesús de Nazaret. Su historia personal reveló un modo de ser-hombre, una forma de comportarse, de hablar y de relacionarse con Dios y con los demás hombres que rompía con todos los criterios comunes de interpretación religiosa. Su profunda humanidad dejaba traslucir unas estructuras antropológicas dotadas de una limpidez y una transparencia para con lo divino que superaban todo lo que hasta entonces había brotado en la historia religiosa de la humanidad. Tan humano como Jesús sólo podía serlo el propio Dios.

Por todo esto, Jesús de Nazaret fue designado, con toda razón, como Cristo. Y en él se basa y se comprende el cristianismo. En la base del cristianismo, por consiguiente, se encuentra Jesucristo. Y en la base de Jesucristo hay una vivencia, un comportamiento, un modo de ser hombre y una estructura que, al ser vivida radicalmente por Jesús de Nazaret, hizo posible que se le designara como el Cristo. Existe pues, una estructura cristica dentro de la realidad humana que se manifiesta de forma absoluta y exhaustiva en la vida, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret.

1. El cristianismo es tan vasto como el mundo

La estructura cristica es anterior al Jesús histórico de Nazaret. Preexistía ya dentro de la historia de la humanidad. Siempre que el hombre se abre a Dios y al otro, siempre que se da verdadero amor y superación del egoísmo, siempre que el hombre busca la justicia, la solidaridad, la reconciliación y el perdón, existe verdadero cristianismo y emerge la estructura cristica dentro de la historia humana. Así pues, puede haber cristianismo antes del Cristianismo; pero además, puede darse también el cristianismo fuera de los límites cristianos. Es decir, el cristianismo no se realiza tan sólo allá donde es profesado explícitamente y es vivido ortodoxamente, sino que se manifiesta siempre y allá donde el hombre dice sí al bien, a la verdad y al amor. Antes de Cristo, el cristianismo era anónimo y latente. Aún no poseía un nombre, aun cuando existiese y fuese vivido por los hombres. El cristianismo adquirió nombre con Jesucristo. Jesús lo vivió con un carácter tan profundo y absoluto que pasó a llamarse, por antonomasia, Cristo. El que no se llamara cristianismo no significa que fuera inexistente. Existía, aunque en una forma escondida, anónima y latente. Con Jesús llegó a su más alta expresión de visibilidad, explicitación y revelación. La tierra siempre había sido redonda, aun antes de que lograra demostrarlo Magallanes. América no comenzó a existir cuando la descubrió Cristóbal Colón. Existía ya antes, aunque aún no fuera explícitamente conocida. Algo parecido ocurre con el cristianismo y con Cristo. Cristo nos reveló la existencia del cristianismo dentro de la realidad humana. Por eso fue él quien dio nombre al cristianismo, del mismo modo que Américo Vespucio, el segundo descubridor de América, dio su nombre al continente recién descubierto. San Agustín, que comprendió perfectamente esta realidad, pudo decir: «La substancia de lo que hoy llamamos Cristianismo existía ya en los entiguos y estaba presente desde los orígenes de la humanidad. Al fin, cuando Cristo se manifestó en la carne, aquello que siempre había existido comenzó a llamarse religión cristiana» (Retr. 1,12, 3). Por eso podemos afirmar que el cristianismo es tan vasto como el mundo humano. Pudo hacerse realidad entonces, antes de Cristo, y puede seguir haciéndose realidad hoy fuera de los límites «cristianos», allí donde la palabra cristianismo no es empleada o no es ni siquiera conocida. Más aún: puede también haber cristianismo en casos en los que, por culpa de una conciencia errónea, el cristianismo se ve combatido y perseguido. Por eso, el cristianismo no es simplemente una cosmovisión más perfecta. Tampoco es una religión más sublime, y mucho menos una ideología.

El cristianismo es la vivencia concreta y consecuente, en la estructura cristica, de lo que Jesús de Nazaret vivió como total apertura al otro y al Gran Otro, amor indiscriminado, fidelidad inquebrantable a la voz de la conciencia y superación de todo lo que ata al hombre a su propio egoísmo. Con toda razón decía Justino († 167), el primer gran filósofo cristiano: «Todos los que viven conforme al Logos son cristianos. Así, entre los griegos, Sócrates, Heráclito y Otros; y entre los no-griegos, Abrahán, Ananías, Azarías, Elias y otros muchos, de los que nos llevaría mucho tiempo citar nombres y obras» {Apología I, 46). El cristianismo, pues, puede articularse tanto en lo sagrado como en lo profano, tanto en esta como en aquella cultura, tanto ayer como hoy o mañana. En su humanidad, Jesús vivió con tal radicalidad la estructura crística que debe considerársele como el más eximio fruto de la evolución humana, como el nuevo Adán, según la expresión del apóstol Pablo (1 Cor 15, 45); como el hombre que logró alcanzar la meta del proceso de humanización del propio hombre.Por eso, el verdadero cristiano no es simplemente el que así se denomina y se afilia a la religión cristiana, sino el que vive y hace realidad en su vida —evidentemente de un modo deficiente y aproximado, puesto que nos hallamos en la historia— aquello que Cristo vivió y por lo que fue apresado, condenado y ejecutado. Ratzinger lo ha expresado con enorme acierto: «No es verdadero cristiano el miembro confesional del partido, sino aquél que se ha hecho realmente humano en virtud de su vivencia cristiana. No el que observa servilmente un sistema de normas y leyes, con vistas únicamente a sí mismo, sino el que se ha hecho libre para la simple bondad humana». Ser cristiano es vivir la vida humana en aquella profundidad y radicalidad en la que es capaz de abrirse el misterio de Dios y comulgar con él. No es el cristiano y el católico el que es bueno, verdadero y justo, sino que el bueno, verdadero y justo es cristiano y católico.



Leonardo boff
Los relatos de la infancia de jesús: ¿teología o historia?
Ni de más ni de menos a jesús-dios;



Compartir con tus amigos:
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2017
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos