Índice introducción la historia de jesúS



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12. ¿COMO LLAMAR HOY A JESUCRISTO?

La fe en Cristo constituye un continuo proceso de inserción de lo que él significa, en nuestra comprensión de la vida, del hombre y del mundo. ¿Cómo podemos expresar nuestra fe en fórmulas que resulten inteligibles para nosotros y que constituyan nuestra aportación a la tarea de descifrar el misterio de Cristo? En el presente capitulo pondremos de relieve que la humanidad de Cristo, reveladora de Dios y de las respuestas a los humanos anhelos, constituye el puente que nos une a Cristo. La admiración por El, tanto ayer como hoy, está en el origen de toda cristología. Después pasaremos revista a algunos de los nombres o títulos con los que hoy introducimos a Cristo en nuestro mundo de comprensión: Jesús como «homo revelatus», como futuro-presente, conciliación de contrarios, revolucionario, arquetipo de la más perfecta individualización, Dios de los hombres. Jesús-Hombre es constante recuerdo critico de lo que deberíamos ser y aún no somos, invitación permanente a que tratemos de ser cada vez más.

En las precedentes consideraciones hemos tratado de articular en sus principales coordenadas el llamado proceso cristológico. Cada grupo cultural (judíos palestinos, judíos de la diáspora y griegos) atribuía a Cristo los mayores y más excelsos títulos de honra y gloria que conocían, en un intento por descifrar la riqueza que se había revelado en la muerte y la resurrección de Cristo. En el Nuevo Testamento se consignan cerca de diferentes títulos o nombres otorgados a Jesús. En los siglos siguientes fueron añadiéndose otros. Lo que se hizo fue, sencillamente, confrontar en la fe la globalidad de la vida con el misterio de Cristo, insertándolo dentro de la existencia humana de tal forma que surgiera él como el liberador, como el sentido de la vida y del mundo, como el que, dentro ya del camino, nos indica con seguridad la meta final, ofreciendo de este modo armonía, coherencia, luz y sentido a la problemática fundamental vivida por los hombres.

1. En Cristología no basta con saber lo que otros supieron

La fe en Cristo constituye un continuo proceso de inserción de lo que él significa, en nuestra comprensión de la vida, del hombre y del mundo. Hasta ahora ha predominado en la cristología la perspectiva sacral; la mayor parte de sus títulos se proclamaban dentro de la esfera cúltica de. la liturgia. Otros títulos, sin embargo, poseen un carácter eminentemente secular, como los de las cartas a los Efesios y a los Colosenses, donde se celebra a Cristo como cabeza del cosmos y de la Iglesia, como aquel elemento que confiere su existencia y consistencia a toda la realidad. Pero estos títulos no fueron adecuadamente explotados en la teología y en la vivencia concreta de la fe. Si reparamos en las formulaciones litúrgicas, en los manuales de cristología y, en general, en todos los libros acerca de Cristo, percibiremos apesadumbrados el predominio del pensamiento historicista y la falta de fantasía creadora de la fe. Sabemos con todo detalle lo que otros han sabido en el pasado, cómo han tratado de integrar a Cristo dentro de su horizonte de comprensión, pero estamos pésimamente informados acerca de cómo hemos de llevar adelante ese mismo proceso y cómo lo estamos haciendo concretamente. ¿Cómo llamamos a Cristo hoy? ¿Qué aportación podemos hacer, con toda la riqueza que nuestro mundo nos ofrece, a la tarea de descifrar su misterio? ¿Qué títulos podemos otorgarle que signifiquen nuestro amor y nuestra adhesión a su persona y a su mensaje? ¿En qué sentido es nuestra vida el lugar hermenéutico para entender con mayor profundidad los títulos tradicionales? Cuando la juventud hippy dice: «Jesús es la salvación», «Jesús es mi Señor», «Todos somos hermanos en el cuerpo de Cristo», o cuando, más desenfadadamente, dice: «¡Únete a Jesús, 'tío'. No necesitas el 'chocolate'. Te basta con un poco de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cristo es un 'viaje' eterno», ¿no será que los títulos y nombres de salvación, señor, cuerpo de Cristo, seguimiento de Jesús, asumen un contenido más matizado y concreto que únicamente vive y puede testimoniar nuestra generación, con lo cual estamos ya aportando nuestra colaboración a la tarea de revelar quién es Jesús?



a) La fe en Cristo no se reduce al arcaísmo de las fórmulas

La figura de Jesús está tan cargada y rodeada de títulos y declaraciones dogmáticas que se ha hecho casi inaccesible para el hombre de la calle. Su atractivo y su 'numinosidad', su innato vigor y el desafío que supone Cristo, vienen ya encuadrados dentro de un modo de comprensión que tiende, cuando no se comprende el sentido de las fórmulas, a empeñar su originalidad, a ocultar su rostro humano y a desterrarlo de la historia, con el fin de hipostasiarlo como a un semi-dios que habita fuera de nuestro mundo. La fe debe liberar la figura de Jesús de los impedimentos que lo atan y lo reducen. Por eso no es todavía tener fe el proclamar a Jesús como Mesías, Señor, Hijo de David, Hijo de Dios, etc., sin preocuparse por saber lo que estos títulos pueden significar para nuestra vida. Para quien, como nosotros, no es judío, ¿qué significa realmente 'Mesías', 'Hijo de David', 'león de Judá'?

La fe en Cristo no se reduce al arcaísmo de las fórmulas, por muy venerables que sean, ni al arqueologismo bíblico. Creer en Jesús como acto existencial y modo de vivir es confrontar la totalidad de la propia vida personal, social, eclesial, cultural y global con la realidad de Jesús. La fe se realiza en el encuentro entre la vida y su mensaje. Por otro lado, interrogamos a Cristo, acudimos a él con nuestras preocupaciones y buscamos en él una respuesta a la condición humana. Es en este diálogo donde se alimenta la fe y donde Cristo se inserta dentro del contexto general de la existencia. Tener fe significa poseer la capacidad de escuchar su voz que habla dentro de nuestra propia situación. Todo auténtico encuentro con Cristo conduce a una crisis que actúa como un crisol purificador y acrisolador (crisol y acrisolar provienen de la palabra crisis, que en sánscrito significa purificar y, en griego, llevar a una decisión): porque en él encontramos un tipo de profundidad humana que nos cuestiona; en su vida, las palabras y los hechos se hacen estructuras originarias auténticamente palpables del ser humano en su relación para con el Absoluto, las cuales hacen reavivar el recuerdo de lo que cada ser humano debería ser ante los demás, ante el mundo y ante Dios.

Esta norma que nace del contacto con Cristo adquiere una doble función: en primer lugar, la función crítico-juzgadora de nuestra situación, la cual no armoniza con la norma de vida de Cristo, y por eso nos juzga y nos hace sentir la distancia y la inmensidad del camino que aún nos queda por recorrer; y en segundo lugar, la función crítico-acrisoladora y salvadora: el punto de referencia absoluto que descubrimos en Cristo nos confiere un nuevo impulso, pone a nuestro alcance la posibilidad de una conversión y nos da la certeza de que, con El, podemos alcanzar la meta. En este sentido, Cristo constituye la permanente crisis de la existencia humana. Pero se trata de una crisis que desempeña la función de un crisol que purifica, acrisola y salva.



b) La fe no permite ideologizar los títulos de Jesús

Puede existir un peligro para la cristología cuando, en un afán de adaptación, se asimilan los títulos bíblicos de Cristo dentro de los patrones culturales, sin la menor crítica y sin la necesaria conciencia de su relatividad histórica. Es inevitable que los elementos culturales entren a formar parte del proceso cristológico. La encarnación de Cristo, como ya indicamos extensamente en nuestra introducción, como que se prolonga dentro de la historia, asimilando valores humanos al misterio de Cristo. Sin embargo, persiste el peligro de que dicho proceso degenere en una ideologización de un status social y religioso, y que busque en la cristología su justificación. Así, determinados Papas y reyes encontraron en el título de 'Cristo-Emperador-Rey' una base ideológica para justificar su propio poder, no siempre ejercido según el mensaje de Cristo, y muchas veces en contra de dicho mensaje. Sin demasiada auto-crítica, se identificaban sin más como representantes de Cristo en la tierra. Así, por ejemplo, el título de 'Cristo-Rey' fue concebido a imagen del rey feudal o del monarca absoluto romano-bipantino. Más tarde, con la crisis de las monarquías absolutistas, se concibió a Cristo-Rey como el portador de los poderes de legislar, ejecutar y juzgar. Además se consideraba a Cristo como el legitimador del sistema eclesiástico. El carácter normativo del misterio de Cristo se identificó pura y simplemente con las intervenciones de la Iglesia, y se encuadró a Cristo dentro de los límites del horizonte de comprensión de un tipo de teología oficial. Únicamente a través de la Iglesia se llega a Cristo, se decía. Con lo cual, importantes parcelas de la historia y de la vida, no vinculadas a la estructura eclesiástica, caían fuera del alcance del misterio de Cristo. El Cristo profeta, maestro, rey, señor, etc. —suele afirmarse— sigue viviendo en la jerarquía eclesiástica, portadora de la función profética, organizativa y docente. En todo esto hay mucho de verdad, pero no toda la verdad.

Se ha olvidado con demasiada facilidad que el Cristo profeta y maestro no se dejaba acomodar al status quo de maestro y de profeta, y que fue precisamente combatido, apresado y liquidado por los maestros de su tiempo. Ninguna realidad histórica concreta puede agotar la riqueza de Cristo. De ahí que no pueda absolutizarse ninguno de los títulos otorgados a Cristo, como tampoco el Reino de Dios puede ser privatizado e identificado sin más ni más con la Iglesia o con un régimen de cristiandad. Los títulos y el mensaje de Cristo se resisten a ser ideologizados para legitimar o sacramentalizar una situación establecida.

Pero también es cierto lo contrario: lo mismo que las clases dominantes entendían a Cristo a su propia medida, las clases sufrientes y oprimidas lo interpretaban, a El y su predicación del Reino, como una revolución social. Con Cristo, los que no tenían voz, social y religiosamente, comenzaron a tener voz y valor ante Dios: Había sido a ellos a quienes había El anunciado la Buena Nueva de la liberación total. Pero aquí puede producirse la reducción de ver únicamente este aspecto de Cristo o de restringir su mensaje única y exclusivamente a la vivencia del amor al prójimo. Nosotros creemos que el amor es central y esencial a la predicación de Jesús. Pero su mensaje es mucho más amplio y promete una total y absoluta liberación del hombre y del cosmos para Dios. El amor es la esfera en la que esto es vivido, esperado y proclamado.

Con todo, preferiríamos estar al lado de éstos, que al mef nos han aprendido esto del evangelio, mejor que al lado del aquéllos, que afirman fanáticamente la totalidad de la ortodoxia mientras toleran a su alrededor las injusticias y las barbaridades y han perdido la capacidad de escuchar la frase de Cristo que dice: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Lo importante no es únicamente hacer cristología, sino seguir a Cristo. Y en ambos casos falta un verdadero conocimiento de Cristo porque tampoco ha existido un auténtico encuentro con El; un encuentro en el que el hombre interroga, pero se deja también interrogar. Para entender a Cristo necesitamos ir a El no con nuestras respuestas, sino con nuestras preguntas. Y el encuentro no es para que El legitime nuestras soluciones, sino para que las cuestione y las critique, para que nos enriquezca con su luz, para que hable y responda a las preguntas que le hacemos desde nuestra situación. Esto es especialmente válido y aplicable a cualesquier intento moderno de llevar adelante el proceso de desciframiento de la realidad de Cristo.

A pesar de estos peligros no estamos dispensados, sin embargo, de prestar nuestra colaboración, en la fe, a la cristología vivida dentro de la existencia. Cada generación debe enfrentarse al misterio de Jesús y darle los nombres que correspondan a la vivencia que se tenga de su inagotable realidad. En el fondo, la fe adulta de cada cristiano se ve desafiada a hablar de El y a partir de El, bien o mal, según le sea dado a cada cual.

Entonces, ¿qué significa en definitiva Jesús para nosotros, hoy, especialmente en nuestra situación brasileña y latinoamericana? Pero antes de responder a esta pregunta, conviene aclarar un punto muy importante:

2. El puente entre Cristo y nosotros

Si Cristo posee para nosotros un valor determinante, es porque en él encontramos la respuesta a los problemas y a las esperanzas de la condición humana. Respuesta que implica a Dios y al hombre. Y la encontramos en la realidad misma de Cristo. Por eso, la fe vio en él al Hombre-Dios. De este modo profesamos que en Cristo tenemos el camino y, al mismo tiempo, la meta del camino: por el hombre vamos a Dios y, a través de Dios, comprendemos quién es el hombre. Ya hemos visto que fue en su humanidad donde la fe descubrió la divinidad. Por eso, tanto ayer como hoy, la humanidad constituye el puente que nos une a Cristo. Pero no la humanidad entendida como algo estático, estanco, categorizable, sino la humanidad como un misterio: cuanto más se la conoce, tanto más ilimitado es lo que de ella queda por conocer, hasta llegar a perderse (y esto podemos verlo en la Encarnación) dentro del misterio de Dios. Pero ¿en qué sentido la humanidad de Cristo es puente entre El y nosotros y hace que nos sintamos en comunidad solidaria con El? En el sentido de que en la humanidad de Cristo, en su fantasía creadora, en su enorme buen sentido, en su originalidad, en la soberanía de su manera de hablar y de actuar, en su relación única con el Padre y en el amor que profesaba a todos, surgió una realidad que todos los hombres esperaban y esperan: la solución a los conflictos fundamentales de la vida (la alienación, el pecado, el odio, la muerte...), dentro de un nuevo sentido de realidad y de comunión con Dios en la intimidad del Padre con el Hijo, que envuelve y reconcilia incluso a los propios perseguidores y asesinos. Con El se creó una situación que los hombres pudieron ver con sus propios ojos: en él se da la parusía (venida) y la epifanía (manifestación) del liberador de la condición humana en la totalidad de sus relaciones con Dios, con el «otro» y con el cosmos.

La resurrección vino a confirmar que, con Cristo, la historia había llegado a su término. Pero no en el sentido cronológico, porque la historia ha proseguido hasta hoy, sino término en el sentido de meta y de culmen: en Cristo la historia alcanzó el punto Omega hacia el cual tendía. La muerte había sido superada, todas las posibilidades latentes en el ser y en el hombre habían sido realizadas, y el hombre había sido insertado en la esfera divina. De este modo, Cristo se convirtió en el nuevo ser, el nuevo Adán, el nuevo cielo y la nueva tierra, la verificación de las esperanzas humanas de liberación total y de realización humano-divina. De ahí que Cristo asumiera una función única en la historia: la de ser un símbolo-realidad y una Gestalt (tipo, paradigma) para nosotros. El sigue hablándonos y cautivándonos con la misma fascinación de los primeros momentos de la resurrección. Hoy como ayer, la admiración por Jesús está en la base de la cristología.

Es propio de la Gestalt activar las fuerzas de los hombres y hacer visibles determinadas estructuras fundamentales de la realidad humana, logrando que cada cual se encuentre a sí mismo en la Gestalt y en el símbolo-real. Antes de Cristo habían aparecido otros muchos (cf Hebr 1, 1; 11, 1-40) que también manifestaron, cada cual a su manera, la nueva realidad que ahora había irrumpido en Cristo con toda su originalidad y pujanza y, por primera vez en la historia, de un modo tan cristalino como las aguas de la montaña, y de un modo tan profundo que sólo la encarnación del propio Dios podría explicar adecuadamente. Nosotros hoy, como el hombre de todas las épocas, andamos en busca de esta realidad reconciliadora y totalizante. Los cristianos la encontramos en Jesús. Por eso, con razón le llamamos Cristo, el Esperado, el Ungido y el Prometido. En su vida, muerte y resurrección encontramos ya realizado lo que el corazón humano anda buscando y lo que Dios nos prometió como futuro. Y porque creemos en ello, podemos con todo derecho decir: no conocemos a nadie tan profundamente como a Jesús. Porque le conocemos no tanto por las fuentes de información del pasado, sino por aquellas estructuras profundas de nuestro ser que en él, en Jesús, han adquirido una plenitud divina. Por eso, él es nuestra Gestalt, el Símbolo-realidad, el camino, la luz, la verdad de Dios y del hombre a un mismo tiempo. ¿Cómo expresamos hoy el encuentro de nuestros anhelos con la realidad de Jesús? Trataremos de apuntar, aunque sea fragmentariamente, algunas pistas.



3. Elementos de una cristología en lenguaje secular

a) Cristo como el punto Omega de la evolución, el «homo revelatus» y el futuro presente

A pesar de las dificultades aún no resueltas, nuestra actual concepción del mundo es evolucionista. Con ello se quiere afirmar que este mundo es fruto de un largo proceso en el que las formas imperfectas han ido convergiendo hacia formas cada vez más perfectas, hasta alcanzar la actual fase de elevación. Mirando hacia atrás, podemos detectar un sentido en esa evolución de la realidad. Por más oscura que se presente la explicación de fenómenos aislados, en los que parecen tener valor el azar y el absurdo, no podemos negar que toda la globalidad ha estado orientada por una entelequia (sentido latente): de hecho, la cosmogénesis desembocó en la biogénesis, de la cual surgió la antropogénesis y, de ésta, para la fe cristiana, emergió la cristogénesis. La realidad que nos rodea no es un caos, sino un cosmos (armonía). Cuanto más avanza, más se complica; cuanto más se complica, más se unifica; y cuanto más se unifica, más se concientiza. El espíritu, en este sentido, no es un epifenómeno de la materia, sino su máxima realización y concentración en sí misma. La materia constituye la prehistoria del espíritu.

En esta perspectiva, el hombre surge no como un error de cálculo o un ser abortivo de la evolución, sino como el sentido más pleno de ésta, como el punto en el que el proceso global adquiere conciencia de sí mismo y pasa a autogobernarse. Ahora bien, la comunidad primitiva vio en Jesús la suprema revelación de la humanidad humana, hasta el punto de revelar totalmente el misterio más profundo e íntimo que encierra en sí: Dios. Por consiguiente, para nuestra visión evolucionista, Cristo es el punto Omega, el vértice en el que todo el proceso logró, en un ser personal, alcanzar su meta y, de ese modo, extrapolarse hacia la esfera divina. En él, Dios ya lo es todo en todas las cosas (cf 1 Cor 15, 28), y él es el centro entre Dios y la creación. El hombre que Dios quiso y que constituye radicalmente su imagen y semejanza (Gn 1, 26) no está tanto en el primer hombre surgido del mundo animal, sino en el hombre escatológico que irrumpió hacia el interior de Dios al final de todo el proceso evolutivo-creacional. Cristo encarnado y resucitado presenta las características del hombre definitivo. El hombre que estaba latente a lo largo del proceso ascensional, en él se hizo patente: él es el homo revelatus. Y por eso es el futuro ya anticipado en el presente, el final que se manifiesta en el medio y a lo largo del camino. De este modo, asume un carácter determinante de incentivador, integrador, orientador y punto-imán de atracción para quienes aún se encuentran en la difícil y lenta ascensión hacia Dios.

Cristo constituye un absoluto dentro de la historia. Y al decir esto, hay dos afirmaciones implícitas: que es absoluto porque realiza las esperanzas mediánicas del corazón humano. El hombre vive de un principio-esperanza que le hace soñar en una liberación total. Son muchos los que han aparecido y han tratado de ayudar al hombre a caminar hacia Dios, tanto en la dimensión religiosa como en la cultural, política, psicológica, etc. Pero nadie ha conseguido mostrar al hombre una radical liberación de todos los elementos alienantes, desde el pecado hasta la muerte. Esto sólo se hizo patente en la resurrección, al menos por lo que se refiere a la figura de Jesús. En él se dio un Novum cualitativo, con lo cual quedó encendida una inextinguible esperanza: la de que nuestro futuro es el presente de Jesús. El es el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29; Col 1, 18). En este sentido, Cristo es un absoluto dentro de la historia. Y este su carácter no lo adquirió en detrimento de otros personajes anteriores o posteriores a él, como Buda, Confucio, Sócrates, Gandhi, Lutero King y otros muchos, sino dando forma plena y radical a lo que todos ellos han vivido y llevado adelante. Sin embargo, al afirmar que Cristo es un absoluto dentro de la historia, porque realiza de modo exhaustivo los dinamismos de esa misma historia, hay implícita otra afirmación: por ser lo que es, Cristo está también fuera de nuestro modelo de historia. El la superó y fundó otra historia en la que quedaron superadas las ambigüedades del proceso histórico de pecado-gracia, integración-alienación... Con él se inaugura el nuevo ser, únicamente polarizado en la positividad, en el amor, en la gracia, en la comunión total. Como absoluto, dentro y fuera de la historia, es también crisis permanente para todos los Gestalt y símbolos-reales del absoluto y de la liberación total dentro de la historia. De este modo, se transformó en un patrón por el que pueden medirse todas las cosas sin necesidad de reducirlas o menospreciarlas. La grandeza de Cristo no está en relación al empequeñecimiento o humillación de los otros, sino precisamente en relación a la capacidad que tengamos de ver su realidad también verificada en la auténtica grandeza de las grandes figuras y personalidades que han sido liberadoras a lo largo de la historia humana.



b) Cristo como conciliación de contrarios, medio divino y formidable curtimbre

La creciente unificación del mundo a través de todos los canales de comunicación está creando en los hombres una conciencia planetaria, ecuménica y solidaria, en su búsqueda de un nuevo humanismo. El encuentro entre las culturas y las diversas interpretaciones del mundo, tanto occidentales como orientales, origina una crisis de todos los humanismos tradicionales, desde el clásico greco-romano, pasando por el cristiano y el renacentista, hasta el humanismo técnico o el humanismo marxista. De esta fermentación, y de la confrontación de los diversos horizontes y modelos, nacerá una nueva comprensión del hombre y de su función en el universo. En este proceso, Jesucristo podrá desempeñar un factor determinante, porque su Gestalt es la reconciliación de contrarios, tanto humanos como divinos.

En primer lugar, se presenta como mediador entre Dios y el hombre en el sentido de que realiza el deseo fundamental del hombre de experimentar lo Inexperimentable y lo Inefable en una manifestación concreta. Como mediador, no es una tercera realidad formada a partir del hombre y de Dios. Esto haría de Cristo un semi-dios y un semi-hombre, con lo que no representaría ni a Dios ni al propio hombre. Para poder representar a Dios ante los hombres y a los hombres ante Dios, tendrá que ser totalmente Dios y plenamente hombre. Ya dijimos, cuando expusimos el sentido de la encarnación, que Jesús-hombre manifiesta y representa a Dios en la radicalidad de la existencia humana centrada no en sí misma, sino en Dios. Cuanto más hombre es, más revela a Dios. De este modo, puede representar a Dios y al hombre sin alienarse, ni con respecto a Dios ni con respecto al hombre. Quien consiga ser tan profundamente humano como Jesús, hasta el punto de hacer posible que en sí mismo se manifieste al mismo tiempo Dios, estará dando sentido a la historia humana y quedará erigido como Gestalt del auténtico y fundamental ser humano.

Cristo configura igualmente la conciliación de contrarios humanos. La historia humana es ambigua, hecha de paz y de guerra, de amor y de odio, de liberación y de opresión. Cristo asumió y reconcilió esta condición humana. Perseguido, contestado, rechazado, preso, torturado y aniquilado, no pagó con la misma moneda, sino que amó a quien le perseguía y redimió al que le torturaba, asumiéndolos ante Dios: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). No se limitó a sufrir la cruz, sino que la asumió como forma de amor y de fidelidad a los hombres. De este modo, venció la alienación y el cisma existente entre los hombres, con un vigor que es el vigor del ser nuevo que se reveló en él. La cruz es el símbolo de la reconciliación de contrarios: signo del odio humano y del amor de Dios. Y así creó Jesús una situación totalmente nueva en la humanidad, un medio divino, un mundo reconciliado dentro del mundo dividido, con un dinamismo y una eficacia histórica que llega hasta nosotros hoy y queperdurará siempre.

Desde el momento en que, por la fe, por el seguimiento, el amor y los sacramentos, nos hacemos partícipes de este foco conciliador y reconciliador, nos convertimos también en nueva creación y experimentamos en nosotros la fuerza del mundo futuro. La juventud hippy lo expresaba con su lenguaje tan característico: Jesús constituye una formidable curtimbre. Tras esta expresión se articula una vivencia típicamente cristiana que hace que Cristo sea lo que es: el conciliador de los contrarios existenciales y el integrador de las diversas dimensiones de la vida humana en su búsqueda de sentido y de luz para su andadura. Es éste, también, el contenido humano latente en las fórmulas clásicas de la cristología del Hijo del hombre, del Siervo doliente de Dios y del Mesías rechazado.



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