Índice introducción la historia de jesúS



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c) Cristología positiva

Sin embargo, había otros muchos que se admiraban y, al mismo tiempo, percibían la originalidad de Jesús. ¿Cómo calificarle? ¿Qué nombre darle? Y comienzan por llamarle médico (Hech 2, 22; Lc 5, 17; Mt 8, 16) y, más tarde, rotó; (rabino, maestro: Mc 9, 5; 11, 21; Mt 26, 49). Sin embargo, al contrario que los demás rabinos, Jesús no es un biblista que trate de fundamentar teológicamente sus afirmaciones en textos bíblicos. «Enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mt 7, 29). De los rabinos de entonces ¿quién hablaba con aquella soberanía que prescindía de todo tipo de exégesis e interpretación de la ley, para limitarse simplemente a redargüir «Habéis oído que se dijo a los antepasados... pero yo os digo...» (Mt 5, 21 ss.), con lo cual, o racionalizaba aún más la prohibición de matar (Mt 5, 21-26), de cometer adulterio (Mt 5, 2730) y de jurar (Mt 5, 33-37), o bien abolía pura y simplemente las determinaciones legales sobre el divorcio (Mt 5, 31-32), la venganza (Mt 5, 38-42) o el odio a los enemigos (Mt 5,43-48)? Su modo de hablar recuerda mucho el modo de hablar de un profeta*. Y, de hecho, se le calificó muchas veces de profeta: «¿Quién es éste?», se preguntaba toda la ciudad de Jerusalén. «Y la gente respondía: 'Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea'» (Mt 21, 11; Lc 24, 19; Mt 21,46; Mc 6, 15; 8, 28; 14, 65). El propio Jesús se considera a sí mismo inserto en la línea profética (Mc 6, 4; Lc 13, 33), pero es consciente de que va mucho más allá: «aquí hay algo más que Jonás» (Mt 12, 41), porque «la ley y los profetas llegan hasta Juan» (Lc 16, 16; Mt 11, 12-13). Jesús, al contrario que los profetas anteriores a él, no legitima nunca su vocación profética (cf Am 6, 14; Is 1, 24); jamás apela a visiones o voces venidas de lo alto. Sus palabras se sustentan por sí mismas, y él actúa como si él mismo fuese la última instancia. ¿Quién es Jesús? ¿Qué título puede expresar adecuadamente su autoridad, su soberanía y su buen sentido? ¿Tal vez el de hijo de David (Mt 9, 27; 15, 22; 20, 30; 12, 23; 21, 9)? Según el testimonio de la tradición de la Iglesia primitiva, Jesús pertenecía al linaje de David (Rom 1, 3; Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38)". Pero él jamás concedió importancia a este hecho. Las esperanzas del pueblo imaginaban que el rey-liberador político había de ser un hijo de David. Jesús, sin embargo, rechaza semejante mesianismo y, a su vez, replica: «Si el mismo David le llama Señor (al Mesías liberador), ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?» (Mc 12, 37). ¿Quién es Jesús? ¿Pueden los hombres responder esta pregunta? ¿Podrá hacerlo tal vez el propio Jesús?



2. Jesulogía: ¿Cómo se concebía Jesús a sí mismo?

¿Cómo se concebía Jesús a sí mismo?10 ¿Qué títulos emplea para referirse a sí mismo? Debemos aquí distinguir claramente entre la conciencia que de sí mismo y de su misión tenía Jesús y las formas en que lo expresó. Es indudable (y esto ha quedado claro en los anteriores capítulos) que Jesús, al menos al final de su vida, poseía una nítida conciencia de que su persona era determinante para la irrupción del Reino, y de que él se hallaba en una relación única con Dios. Quien llama a Dios «Abba-Padre», es porque se siente hijo suyo. Sin embargo, el Jesús de los Sinópticos jamás empleó directamente la expresión «Hijo de Dios». Únicamente los demonios (Mc 3, 11; 5, 7), las voces celestes que se oyen en el bautismo y en la transfiguración (Mc 1, 11; 9, 7) y Pedro en su profesión de fe —considerada como una revelación de Dios (Mt 16, 16)— afirman que Jesús es Hijo de Dios. Las gentes que se burlan de él al pie de la cruz atribuyen a Jesús el haber afirmado: «Soy Hijo de Dios» (Mt 27, 43), pero esto es, evidentemente, un añadido del evangelista Mateo.

Dos veces, no obstante, emplea el propio Jesús la expresión absoluta de 'Hijo' (Mc 13, 32; Mt 11, 27): «Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre»; «todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar». Este título expresa, por un lado, la soberanía del Hijo y, por otro, su obediencia y su sumisión al Padre, como se desprende claramente de la oración de acción de gracias (Mt 11, 25 ss.). Sin embargo, este título no poseía para la tradición judaica la menor significación mesiánica. San Juan llegará a asumirla y tematizarla, mostrando cómo precisamente en esa relación íntima del Hijo con el Padre residió la oposición del judaismo contra Jesús (Jn 5, 18; 10, 30 ss.; 19, 7). Pero esto ya no es jesulogía, sino cristología; es una reflexión sobre Jesús que se hace a la luz de la Resurrección, y no tanto expresión de su autoconciencia. Nosotros creemos que su profunda experiencia del Padre, y de su correspondiente filiación, constituían el fundamento de la conciencia de Jesús de ser el Enviado y el Inaugurador del Reino de Dios. Para expresar esta experiencia religiosa, Jesús no usó el título de 'Hijo de Dios'. Pero este mismo hecho sirvió de fundamento a la comunidad primitiva para llamarle con razón 'Hijo unigénito de Dios'.

La intimidad con el Padre le autoriza a hablar y actuar en el lugar de Dios. Para expresar esta su conciencia, parece ser que Jesús no asumió ninguna de las representaciones mesiánico-escatológicas comunes al judaismo y a las esperanzas de liberación del pueblo. Jesús era demasiado sencillo, soberano, original y vinculado a las clases humildes y a los desclasados sociales como para autocalificarse con títulos de honra y hasta de excelencia divina. Jesús no vino a predicar al Mesías, al Cristo, al Hijo de Dios, sino a dar vida, con palabras y hechos, al Hijo de Dios, al Cristo y al Mesías. Aquí reside el significado del llamado 'secreto mesiánico' del Evangelio de Marcos. Será tarea teológica y cristológica de la Iglesia primitiva descubrir, a la deslumbrante luz de la Resurrección, al Dios y al Mesías que se esconden tras las actitudes de Jesús. No porque la comunidad llame a Jesús 'Hijo de Dios' y 'Cristo' va a serlo, sino que, porque lo es de hecho, puede llamárselo con toda razón la comunidad.

Y estas mismas reflexiones valen también por lo que se refiere al título de Hijo del Hombre, que en los Sinópticos aparece casi exclusivamente en boca de Cristo. Hay tres tipos de empleo de este título: el primero es cuando habla Jesús del Hijo del Hombre en el sentido de las esperanzas apocalípticas y dice que El ha de venir sobre las nubes, haciendo siempre la distinción entre el yo de Jesús y el Hijo del Hombre (Mc 8, 38; 13, 26; 14, 62; Mt 24, 27, 37, 39, 44). El Hijo del Hombre es alguien diferente de Jesús.

En un segundo grupo de pasajes habla Jesús del Hijo del Hombre no en un contexto de parusía triunfal, sino de sufrimiento, muerte y resurrección del Hijo del Hombre (Mc 8, 31, 9, 31; 10, 33-34). Ya hemos indicado anteriormente que esos pasajes y profecías sobre la muerte y la resurrección no parecen haber sido pronunciados por Jesús, porque presuponen ya la Pasión y la Pascua hasta en sus más mínimos detalles, sino que habría sido una elaboración cristológica de la comunidad creyente para explicar el sentido redentor de la muerte de Cristo.

Hay todavía un tercer grupo de pasajes en los que no se habla de los sufrimientos ni de la parusía del Hijo del Hombre, sino de su poder para perdonar los pecados (Mc 2, 10), de su soberanía frente al sábado (Mc 2, 28), de su libertad para mantener amistad con los marginados y los pecadores (Mt 11, 19), o de su condición como de apatrida, que no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20). Como han observado competentes e ¡lustres exegetas, también en estos pasajes se puede detectar la labor cristológica de la Iglesia primitiva que ya había identificado al Hijo-del-Hombre-con-poder, del capítulo 7 de Daniel, con el Jesús histórico. El poder del Jesús histórico y su libertad frente al status social y religioso se deben al hecho de que El es ya el Hijo del Hombre exaltado a la diestra de Dios, si bien bajo una apariencia humilde y escondida.

Es también bastante improbable que Jesús haya usado para sí el título de Hijo-del-Hombre-viniendo-con-poder-sobrelas-nubes. No hay ninguna afirmación de Jesús que pretenda establecer la relación entre su existencia terrena y su figura de juez universal. De lo que sí habría hablado Jesús es del futuro del Hijo del Hombre, pero en tercera persona. Sin embargo, como perfectamente atestiguan Mc 8, 38 y Lc 12, 8-9, estableció una íntima relación entre él y el Hijo del Hombre: «Todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios». Debido a la Resurrección, la comunidad primitiva tuvo motivos para identificar a Jesús con el Hijo del Hombre, hasta el punto de que, en muchos pasajes, la expresión 'Hijo del Hombre' sustituye al pronombre jo (Mt 16, 13; Mc 8, 27), o viceversa (Mt 10, 32; Lc 12, 8-9; Mc 8, 38). A causa de la Resurrección, las palabras del Jesús histórico acerca del Hijo del Hombre pudieron ser entendidas como palabras acerca de sí mismo, con lo que se estableció un puente entre la jesulogía y la cristología: el título de 'Hijo-del-Hombre-con-poder', reinterpretado, puede mostrar la continuidad entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe, entre el Hijo del Hombre que en su vida terrena permaneció encubierto y el Hijo del Hombre que, mediante la resurrección y la exaltación a la derecha de Dios, se reveló en todo su esplendor.

Lo mismo podemos decir del título de Mesías o Cristo. El análisis crítico de los textos no permite afirmar que Jesús utilizara para sí semejante título, que en aquella época se representaba fundamentalmente de tres modos: el Cristo (ungido, salvador) habría de manifestarse o como un rey-liberador político, o como un sumo sacerdote de la casa de Aarón, o como el 16. Id., p. 124, con la bibliografía allí citada a favor de este punto de vista.

Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes con poder. Por lo que se refiere a su origen, el Mesías o Cristo no es una figura sobrenatural, sino sencillamente un liberador terreno. Pero Jesús se distancia de estas imágenes; él posee, ciertamente, la conciencia de ser el liberador de la condición humana, pero evita usar títulos que puedan objetivarle únicamente como liberador político rival del Emperador Romano. La confesión de Jesús ante el Sanedrín (Mc 14, 62) expresa la fe de la comunidad primitiva en Jesús como Cristo y como el único y verdadero liberador esperado. La confesión de Pedro (Mc 8, 29), «Tú eres el Cristo», en los términos en que viene expresada, no parece haber sido un hecho histórico. Pedro, en nombre de la comunidad eclesial constituida tras la Resurrección, de la cual es jefe, expresa la fe común a todos: Tú eres el Cristo. Este titulo se convirtió después en nombre, de suerte que el término 'Jesucristo ' expresa a un tiempo la realidad del Jesús histórico y la del Cristo de la fe. Es un nombre que sugiere ya la continuidad entre la jesulogía y la cristología.

Lo importante es comprender que los títulos de alteza y de divinidad atribuidos a Jesús no pretenden fundamentar la autoridad y la soberanía mostradas por Jesús en su vida terrena. Antes al contrario, intentan descifrar y explicar esa autoridad y esa soberanía. ¿Por qué actuó él de ese modo? ¿De dónde le venía tanto poder? ¿Por qué es Profeta? ¿Por qué es Hijo de David, Hijo del Hombre y Mesías? Ningún título conseguía expresar la radicalidad del buen sentido, de la fantasía creadora y de la soberanía de Jesús. No fueron los títulos los que dieron origen a esa autoridad, sino la autoridad la que dio origen a los títulos. Sin embargo, ninguno de ellos consigue expresar plenamente la riqueza de la figura de Jesús, ante el cual todos, hasta los demonios, se admiraban. ¿Quién eres tú en definitiva, Jesús de Nazaret?

3. La Resurrección de Jesús: La Cristología directa

La Resurrección supuso un profundo cambio que acabó con todas las ambigüedades de que estaban rodeadas las actitudes y las palabras de Jesús, haciendo ridicula la cristología negativa. Se desencadenó entonces el proceso cristológico directo que ha llegado hasta nuestros días. La Resurrección hizo aún más radicales la pregunta y la admiración de los discípulos: ¿Quién es Jesús? ¿Cómo calificar el misterio de su persona? ¿Cómo entender su misión salvífica? La Iglesia primitiva adoptó una serie de títulos e imágenes de su mundo cultural; en primer lugar, la comunidad judeo-cristiana de Palestina concibe al Jesús resucitado dentro de las categorías escatológicas y apocalípticas propias del judaismo de la época. Más tarde, la comunidad judeo-cristiana de la diáspora, sometida ya a la influencia de la cultura griega, amplía el horizonte de comprensión y denomina a Jesús con otros epítetos. Por fin, cuando se forman las comunidades griegas, se descifra el misterio de Jesús dentro de las categorías culturales propias del mundo griego. El proceso cristológico intentará siempre, hoy como ayer, situar a Jesús dentro de la totalidad de la vida humana tal como es vivida y concebida por los hombres dentro de la historia. En cada horizonte de comprensión, ya sea judío o griego, ya se trate del de nuestro mundo de la segunda mitad del siglo XX, la fe hará que «Cristo sea todo en todas las cosas» (Col 3, 11).



a) Para la comunidad cristiana de Palestina, Jesús es el Cristo, el Hijo del Hombre, etc.

La resurrección de Jesús fue primeramente considerada por la comunidad primitiva como elevación y glorificación del justo junto a Dios (Hech 2, 24, 33; 5, 30-31; cf 3, 13-15). Por eso los primeros títulos que se atribuyen al Resucitado son los de 'Santo' y 'Justo' (Hech 3, 14) y el de 'Siervo de Dios' (Hech 4, 27).

El cargó sobre sí con nuestras iniquidades y murió, siendo inocente, a manos de hombres inicuos (Hech 2, 23; 3, 14-15). El fue realmente el siervo doliente del que hablaba Isaías (52, 13-53, 12), el justo que conduce a la vida (Hech 3, 14-15). Exaltado (Hech 2, 33; 5, 31) y glorificado (Hech 3, 13), es ahora ej Hijo del Hombre retenido en el cielo y dispuesto a venir para ser el juez escatológico (Hech 3, 20-21). A él le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18). El es el Mesías esperado por los antepasados y por toda la humanidad que, para traer la salvación y la liberación, pasó primero por el sufrimiento y por la muerte (Lc 24, 26). Pero, en virtud de la Resurrección, fue entronizado como Mesías-Cristo (Hech 2, 36), tal como ya había sido predicho por las antiguas profecías (Sal 2, 7; 110, 1). Ese concepto de Mesías-Cristo contradice frontalmente las esperanzas populares de un libertador político glorioso. Si es el Mesías, entonces también ha de ser hijo de David y el profeta escatológico anunciado en el Deuteronomio (18, 15, 18s.; Hech 3, 22-23). En su condición de Cristo, es también Señor de todas las cosas (Hech 2, 36); y con él también ha comenzado ya la restauración de todo (Hech 3, 21).

La comunidad primitiva aguardaba su definitiva manifestación clamando en arameo: Maran atha, «Ven, Señor» (1 Cor 16, 22). En la comunidad de Palestina, al Resucitado se le llama también Hijo de Dios. Para el Antiguo Testamento, hijo de Dios es ante todo Israel (Ex 4, 22); después, el rey (Sal 2, 2) y, más tarde, también el justo podía ser considerado Hijo de Dios. Sin embargo, según la concepción primitiva, 'hijo de Dios' poseía un carácter jurídico y no físico, como es el caso en la posterior evolución que se produce con Pablo y Lucas". Jesús, Hijo de David, hace realidad la profecía de 2 Sam 7, 14: «Yo seré para él padre y él será para mí hijo»; como dice Lucas, «el Señor Dios le dará el trono a David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 32b-33). Antes de la Resurrección, Jesús era descendiente de David; ahora se le presenta como el rey universal, jurídicamente llamado Hijo de Dios (cf Rom 1, 3-4). Como puede colegirse, todos esos títulos son propios de la cultura judaica. Y dentro de ella se interpreta y se califica a Jesucristo con todos los epítetos de honra y gloria existentes.



b) Para los judeo-cristianos de la diáspora, Jesús es el nuevo Adán y el Señor

Los judeo-cristianos de la diáspora estaban sometidos a la influencia de la cultura griega. Tratan de descifrar la riqueza del misterio de Jesús a base de conceptos tomados de la tradición judaica, si bien enriquecidos con nuevas imágenes procedentes de su medio ambiente. De este modo se atribuye a Jesús el título de 'Señor'23. Tanto originariamente como hoy día, 'Señor' es un título de gentileza con el que se denomina a Jesús en los evangelios por parte de los paganos (Mt 8, 8; Mc 7, 28), pero también por parte de los judíos (Mt 8, 21; 18, 21). Después de la Resurrección, la comunidad de Palestina comenzó a llamar al Resucitado 'Señor', en el sentido escatológico del término, es decir, en el sentido de que El será quien venga a traer la consumación del mundo. En el mundo helénico, los judeocristianos invocan a Jesús como Señor para aclamarlo y celebrar su presencia de Resucitado en las comunidades. Los cristianos llegan a definirse como «los que invocan el nombre del Señor» (1 Cor 1, 2; Rom 10, 13). Este uso procede de la traducción griega del Antiguo Testamento (Septuaginta: Joel 3, 5; Hech 2, 21).

Los cristianos, a diferencia de los judíos, no se reúnen solamente en nombre del Dios-Yahvé, sino en nombre del Señor Jesús. Señor, en el mundo helénico, significaba 'el Rey'. Cristo es Señor, sí; pero no al modo político. Cristo desempeña funciones divinas: rige sobre todo el cosmos y sobre todos los hombres. Señor no significa aún igualdad con Dios, sino tan sólo que Dios le dio el poder hasta la parusía para realizar su obra liberadora de todas las fuerzas enemigas de Dios y del hombre. De esta forma se presenta, pues, como el mediador único. Y por eso la comunidad lo aclama. Con la Resurrección se ha manifestado el hombre nuevo. Quien está en Cristo ya es nueva creación (2 Cor 5, 17). Por eso Cristo es también considerado por la comunidad como la nueva humanidad y el nuevo Adán (Rom 5, 12-21; 1 Cor 15, 21-22). El es el sumo sacerdote inmaculado, mediador de la nueva y eterna alianza (Hebr 2, 14 18; 4, 14).

c) Para los cristianos helenistas, Jesús es el Salvador, Cabeza del cosmos, Hijo Unigénito de Dios, y Dios en persona

Los cristianos helenistas, que vivían dentro de la atmósfera de un mundo cultural distinto, interpretaron con categorías propias el sentido de la soberanía de Jesús. Para ellos, que no eran judíos, los títulos de Mesías, Hijo del Hombre, etc., apenas significaban nada. Sin embargo, manifestaban una especial sensibilidad por el título de 'Salvador'.24 El emperador era considerado como salvador; en los ritos mistéricos se invocaba a la divinidad como salvadora de la muerte y de la materia. Para el Nuevo Testamento, Jesús es venerado como Salvador, especialmente en su epifanía, a semejanza de la epifanía del emperador en una ciudad (Lc 2, 11; 2 Tim 1, 10; Ti 2, 13); epifanía, la de Jesús, que nos libra de la muerte y del pecado (2 Tim 1, 10).

Juan llama a Jesús «salvador del mundo» (4,42; 1 Jn 4, 14), no sólo en el sentido de liberador de los hombres y del mundo, sino también para insinuar que, a diferencia de los emperadores, sólo El es el Salvador. Los helenistas también conocían a muchos hijos de dioses {theios anér), engendrados por una virgen como emperadores (Alejandro Magno), taumaturgos (Apolonio de Tiana) o filósofos (Platón). El hijo de dios pertenece a la esfera divina. Los helenistas comenzaron a entender el título bíblico atribuido a Cristo —Hijo de Dios— en un sentido que ya no era jurídico, sino físico.25 Cristo es, de hecho, el Hijo Unigénito de Dios enviado al mundo (Rom 8,3).

Y entonces, si es Hijo de Dios, el siguiente paso consistirá en reflexionar acerca de su preexistencia junto a Dios. El célebre himno de la carta a los Filipenses describe la trayectoria del Hijo de Dios: primero subsiste en su condición divina; pero después toma la condición de siervo para, finalmente, ser exaltado como Señor absoluto y cósmico (2, 6-11). El es el primogénito, engendrado antes que todas las cosas (Col 1, 15); en El, por El y para El, todas las cosas poseen su existencia y su consistencia (Col 1, 16-17). El es la Cabeza del cosmos (Ef 1, 10; Col 2 10) y mediante El todo llega a su término (1 Cor 8, 6).

Pero no sólo la obra de la redención depende de Cristo. Al ser preexistente, tiene también una acción que realizar en el acto creador de Dios, como prototipo supremo en el cual y para el cual todo tiene su origen y sentido. Así, Cristo es, de alguna forma, «todo en todas las cosas», el Cristo cósmico (Col 3, 11).

San Juan da otro paso adelante cuando denomina a Cristo como 'Logos'. El Logos era Dios (Jn 1, 1b) y se hizo carne y puso su tienda entre nosotros (1, 14). Por más que se discuta acerca del origen de este título de 'Logos' (Verbo, o Palabra), lo cierto es que, para Juan, el mismo Jesús terreno en persona es la Palabra. Para Juan, la Palabra no puede ser separada de la Persona y transmitida independientemente, como mero contenido de conocimiento. La Palabra es la Persona, de tal forma que sólo posee la salvación quien se adhiere a la Persona, es decir, quien cree en ella. Pero ¿qué significa creer en Jesús-Palabra? Para San Juan, significa aceptar a Jesús como revelador del Padre y una sola cosa con El (Jn 10, 30). Si la Palabra se encarnó, entonces también transfiguró la realidad toda. De ahí que Cristo pueda afirmar: yo soy la luz, el pan verdadero, el agua viva, el camino, la verdad, la vida. Al decir que Cristo es la Palabra y la Palabra era Dios (Jn 1, Ib), se alcanzó el más alto punto del proceso cristológico. La soberanía y la autoridad de Jesús, confirmadas por la Resurrección, reciben aquí su más exhaustiva interpretación. El es Dios, titulo que aparece con toda claridad, al menos tres veces en el Nuevo Testamento (Hebr 1, 8; Jn 1, Ib; 20, 28; y muy probablemente: Jn 1, 18; Ti 2, 13; 1 Jn 5, 20; Rom 9, 5 y 2 Pe 1, 1). Esto acaeció hacia el año 90, fuera de Palestina, y constituyó ciertamente la gran contribución de los cristianos helenistas al proceso cristológico. Se había alcanzado la radicalidad del misterio de Jesús: Es el Dios encarnado, a un mismo tiempo Dios y hombre.

Con este último título, Dios, se descubrió la máxima profundidad escondida en la autoridad, en el buen sentido y en la fantasía creadora de Jesús. Únicamente utilizando nombres divinos y atribuyéndole la divinidad misma, puede darse una respuesta adecuada a la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15).

Pero, para llegar a semejante formulación, hubo que pasar por un largo proceso de interpretación. Todo lo que había de importante y de esencial para la vida y para la historia le fue atribuido a Cristo, incluso la realidad más sublime y esencial que puede haber: Dios.

No hemos visto más que unos cuantos de los nombres dados a Jesús. Pero hay otros que son también significativos y nos muestran cómo fue Cristo insertado concretamente dentro de la vida. Se le llama 'cimiento' (1 Cor 3, 11), piedra angular que todo lo sustenta (Ef 2, 20-21), puerta (Jn 10, 7), cabeza de todas las cosas (Ef 4, 15; 1, 10), principio y fin de todo (Apoc 22, 13), el 'sí' y el 'amén' de Dios a los hombres (2 Cor 1,1920; Apoc 3, 14), la luz (Jn 1, 4), el camino (Jn 14, 6), el pan verdadero (Jn 6, 35), el agua (cf Jn 4, 10), el buen pastor (Jn 10, 11), la vid verdadera (Jn 15, 1), la paz (Ef 2, 14), la sabiduría de Dios (1 Cor, 1, 30), el poder de Dios (1 Cor 1, 24), la gloria de Dios (Jn 1, 14), la imagen visible del Dios invisible (2 Cor 4, 4 y Col 1, 15), el cordero inmaculado (Apoc 5, 12; 1 Pe 1, 19) que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29), la roca de donde brotó el agua para que bebieran los judíos (1 Cor 10, 4), el agua que calma la sed en el desierto (Jn 7, 37-39; 4, 13-14), el verdadero maná (Jn 6, 32-34), el templo nuevo (Jn 2, 21), el Dios-con-nosotros (Mt 1, 23) y otros muchos nombres que nos revelan cuan esencial es Cristo para la vida humana.

4. Conclusión: No basta con dar títulos a Jesús y llamarle: «¡Señor, Señor!»

Todos los títulos que hemos referido pretenden siempre lo mismo: descifrar la figura de Jesús que los Apóstoles habían conocido: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos» (1 Jn 1, 1). Paradlo, cada grupo —palestinense, judeo-cristiano de la diáspora, cristiano-helenista— utilizó los títulos más nobles y todo lo mejor que poseían en sus respectivas culturas. Cada cual colaboró a su manera en la tarea de descifrar al Jesús histórico que habían conocido, muerto y resucitado, en Palestina. Conviene hacer notar que los títulos y nombres, incluso los de más carácter divino, no pretenden desvanecer la figura del hombre-Jesús, sino que, más bien, desean ponerla de relieve. No pretenden fundamentar la soberanía y la autoridad de Jesús, sino expresarlas y realizarlas. Al final, después de un largo proceso de meditación sobre el misterio que se escondía de Jesús, sino expresarlas y realzarlas. Al final, después de un Nazaret en su vida, su muerte y su resurrección, sólo podía serlo el mismo Dios. Y entonces fue cuando le llamaron 'Dios'.

De este modo se rompen todos los conceptos humanos. Se define un misterio por medio de otro misterio. Pero hay en ello una ventaja: el misterio del hombre podemos vislumbrarlo de alguna manera, porque todo el que vive con autenticidad su propia humanidad se enfrenta con dicho misterio a cada paso.

El misterio humano evoca el misterio de Dios. ¿Qué significa el que un Hmbre sea Dios? ¿Cómo puede ser Jesús de Nazaret el Verbo encarnado? Se esconde aquí un misterio que la fe profesa y la teología se ve obligada a meditar en alta voz.

El nombre de Jesucristo ya nos insinúa una respuesta: Existe una unidad: Jesús es al mismo tiempo Cristo. Hombre y Dios son realidades distintas, pero en Jesucristo llegaron a formar una unidad sin confusión y sin mutación. En un ulterior capítulo trataremos de articular nuestra fe sobre este dato cristológico. Pero en cualquier reflexión teológica es preciso no olvidar que dicha reflexión no viene en primer lugar, ni debe sustituir a la fe. Más importante que la reflexión es la vida. San Juan, polemizando con los teólogos gnósticos que olvidaban este supuesto fundamental, subrayó con toda claridad que cualquier cristología ha de ir unida a la ética: «Quien dice que permanece en El, debe vivir como vivió El» (1 Jn 2, 6). «No todo aquél que hace cristología y dice: '¡Señor, Señor'!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21-23). Cristo sigue llamando e invitando al seguimiento, a fin de que podamos alcanzar la meta que El hizo totalmente realidad y nos propuso como tarea a cumplir constantemente.



Leonardo boff
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