Índice introducción la historia de jesúS


El sinsentido tiene un secreto sentido



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3. El sinsentido tiene un secreto sentido

¿Qué sentido tiene la muerte de Cristo? Para los apóstoles fue una auténtica sorpresa. Tanto es así, que huyeron (Mc 14, 27; Mt 26, 31). Ya la detención de Jesús había hecho que su comunidad se disolviese y se desperdigase (cf. Mc 14, 27; Mt 26, 31). Los más antiguos textos de las apariciones del Resucitado atestiguan que éstas se produjeron primeramente en Galilea (Mc 14, 28; 16, 7; Mt 26, 32; 28, 7, 16-20). Lo cual hace suponer que los apóstoles, después del fracaso de Cristo, regresaron a Galilea. La frustración de los discípulos queda atestiguada en el episodio de Emaús: «Nosotros esperábamos que sería él que iba a librar a Israel» (Lc 24, 21). Además, Jesús había muerto en la cruz, ese terrible suplicio procedente de los persas (Herodoto 3, 159, cuenta que el año 519 a. C. fueron crucificados en Babilonia 3.000 rebeldes) y asumido por los romanos que, para el judío, constituía el signo visible de la maldición divina (Dt 21, 23; Gal 3, 13) y la quintaesencia de la humillación y la ignominia (Hebr 12, 2). Según la mentalidad judía, al haber sido crucificado, Jesús había sido verdaderamente abandonado por Dios.



Todo indica que, en principio, los apóstoles no habían visto ningún significado salvífico en la muerte de Cristo. Los discursos de Pedro en el libro de los Hechos permiten entrever esta realidad. Allí se nos dice de un modo antitético: «Vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos... Pero Dios le resucitó» (Hech 2, 23, 36; 3, 14-15; 4, 10; 5, 30). Sólo a partir de la resurrección pudieron ir descifrando, cada vez con mayor claridad, el sentido de la muerte y la resurrección como dos escenas del mismo acto salvífico. La muerte de Cristo es vista entonces como perdón de nuestros pecados (ICor 15, 3). A esta luz se elaboraron los dichos evangélicos, puestos por la fe en labios de Jesús, en el sentido de que él había de ser entregado y muerto (Mc 8, 31; 9, 31; 10, 32-34 par), había de beber el cáliz del sufrimiento (Mc 10, 38), había de ser bautizado con un bautismo de sangre (Mc 10, 38; cf, Lc 12, 50), había de dar su vida en redención por muchos (Mc 10, 45), etc. Ese significado teológico, obtenido después de la resurrección y a la luz de ésta, pensamos analizarlo, sin embargo, más tarde. Por ahora, a pesar de esa interpretación elaborada por la comunidad, en el sentido de la revelación divina proporcionada por la resurrección, es lícito preguntar: ¿Tiene la muerte de Cristo, en sí misma considerada, relevancia teológica para nosotros hoy? Y hemos de responder: Sí, la tiene; y muy grande. Y ello por las siguientes razones: Toda la vida de Cristo consistió en darse, en ser-para-los-demás, en intentar y realizar en su existencia la superación de todos los conflictos. Viviendo lo originario del hombre tal como Dios lo quiso al hacerlo a su imagen y semejanza, juzgando y hablando siempre a partir de él, reveló una vida de extraordinaria autenticidad y originalidad. Con su predicación del Reino de Dios pretendió dar un sentido último y absoluto a toda la realidad. En nombre de ese Reino de Dios vivió hasta el final su ser-para-los-demás, incluso cuando la experiencia de la muerte (ausencia) de Dios se le hizo sensible, en la cruz, casi hasta el borde de la desesperación. Y a pesar del desastre y del fracaso total, no desesperó, sino que confió y creyó hasta el fin que Dios lo aceptaría. El sin-sentido aún tenía para él un secreto y último sentido. El sentido universal de la vida y la muerte de Cristo radica, por consiguiente, en que sobrellevó hasta el final el conflicto fundamental de la existencia humana, que consiste en pretender realizar el sentido absoluto de este mundo delante de Dios, a pesar del odio, la incomprensión, la traición y la condenación a muerte. Para Jesús, el mal no estaba ahí para ser comprendido, sino para ser asumido y vencido por el amor. Este comportamiento de Jesús abría a la existencia humana una nueva posibilidad: la de una existencia de fe en un sentido absoluto, incluso frente al absurdo, como lo fue la muerte inflingida por odio a aquél que se limitó a amar y a tratar de hacer el bien entre los hombres. De ahí que Bonhoeffer pueda decir que el cristiano está llamado hoy a vivir esa impotencia de Dios en el mundo: «Jesús no llama a una nueva religión, sino a la vida. Pero ¿qué aspecto tiene esta vida, esta vida de participación en la impotencia de Dios en el mundo?.

La vida, de este modo, es nueva vida y triunfa allí donde sucumben todas las ideologías y especulaciones humanas, es decir, en la desesperación, en el sufrimiento inmerecido, en la injusticia y en la muerte violenta. ¿Existe un sentido en todo ello? Sí, existe. Pero sólo si es asumido delante de Dios, en el amor y en la esperanza que van más allá de la muerte. Creer de este modo es creer con Jesús, que creyó. Seguirlo es verificar dentro de nuestras propias condiciones, que ya no son las de él, el mismo comportamiento. La resurrección revelará en toda su profundidad que creer y perseverar en el absurdo y en el sinsentido no carece de sentido.

Bonhoeffer expresó perfectamente, en una célebre poesía, el sentido profundo de la pasión para la vida del cristiano:

Los hombres se dirigen a Dios en su miseria,

imploran ayuda, piden felicidad y pan,

salvación de la enfermedad, de la culpa y de la muerte.

Todos hacen así, todos, cristianos y paganos.

Los hombres se dirigen a Dios cuando lo ven en peligro,

cuando lo encuentran pobre y despreciado, sin abrigo y sin pan,

cuando le ven devorado por el pecado, la debilidad y la muerte.

Los cristianos están con Dios en su pasión.

Dios está con todos los hombres cuando les ve en peligro,

sacia sus cuerpos y almas con su pan,

muere crucificado por cristianos y paganos,

y a unos y otros perdona en su Pasión.
7. LA RESURRECCIÓN: REALIZACIÓN DE UNA UTOPIA HUMANA

Jesús posee un significado que resulta determinante para nosotros porque resucitó. Aquí reside el núcleo central de la fe cristiana. Debido al hecho de la resurrección, sabemos que la vida y el sinsentido de la muerte tienen un verdadero sentido que, con este acontecimiento, adquiere una claridad meridiana. Con la resurrección se abrió para nosotros una puerta al futuro absoluto, e hizo su entrada en el corazón humano una esperanza indestructible. Si en verdad Jesús resucitó, entonces nosotros le seguiremos, y reviviremos todos en Cristo (cf 1 Cor 15, 20-22).

Jesús anunció al mundo un sentido absoluto, consistente en la liberación absoluta de todas las alienaciones que estigmatizan la existencia humana: liberación del dolor, del odio, del pecado y, finalmente, de la muerte. Su presencia actualizaba esa revolución estructural de los fundamentos de este viejo mundo, revolución que, en el lenguaje de la época, Jesús denominaba Reino de Dios. Sin embargo, contrariamente a lo que podría esperarse de él (cf Lc 24, 21), murió en la cruz exclamando: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Su muerte parecía no sólo haber enterrado las esperanzas de liberación, sino incluso haber destruido la rudimentaria fe de sus discípulos. La huida de los Apóstoles (Mc 14, 50), la frustración de los discípulos de Emaús (Lc 24, 21) y el miedo a los judíos (Jn 20, 19) lo sugieren con bastante claridad. ¿Acaso la muerte había sido más fuerte que aquel amor tan grande? ¿Acaso era la muerte, y no la vida, la última palabra de Dios sobre el destino de Jesús de Nazaret y de todos los hombres?

1. La grama no llegó a crecer sobre la tumba de Jesús

He aquí, sin embargo, que unos pocos días después de su muerte ocurrió algo inaudito y único en la historia de la humanidad: Dios le resucitó (Hech 2, 24; 3, 15; 4, 10; 10, 40). Y él se lo reveló a sus más íntimos discípulos. Pero no resucitó como quien regresa a la vida biológica que había disfrutado antes, a ejemplo de Lázaro o del joven de Naím, sino como quien, conservando su identidad de Jesús de Nazaret, se manifiesta totalmente transfigurado y plenamente realizado en sus posibilidades humanas y divinas. Lo que sucedió no fue la revivificación de un cadáver, sino la radical transformación y transfiguración de la realidad terrena de Jesús que llamamos resurrección. Ahora todo se había revelado: Dios no había abandonado a Jesús de Nazaret, sino que estaba a su lado, al lado de quien, según la ley, era un maldito (Dt 21, 23; Gal 3, 13; cf Hebr 4, 15). No permitió que creciese la grama sobre la tumba de Jesús, sino que hizo que se rompieran todas las cadenas y emergiera Jesús a una vida no amenazada ya por la muerte, sino sellada para la eternidad. Ahora se había demostrado cuan verdadera había sido la predicación de Jesús: la resurrección es la verificación de su anuncio de liberación total, especialmente con relación al dominio de la muerte. La resurrección significa la concreción del Reino de Dios en la vida de Jesús. Si el rechazo por parte de los hombres no había permitido que el Reino de Dios se concretase cósmicamente, sin embargo Dios, que vence en el fracaso y hace vivir en la muerte, lo realizó en la existencia de Jesús de Nazaret. Ahora sabemos que la vida y el sinsentido de la muerte tienen un verdadero sentido que, con la resurrección de Jesús, adquirió una claridad meridiana. Pensando en esto, puede Pablo exultar triunfante y burlón: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está,oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54b-55).

Jesús posee un significado que resulta determinante para nosotros porque resucitó. Si no hubiera resucitado, «vana serj^ nuestra fe» y «seríamos los más desgraciados de los hombres» (1 Cor 15, 14-19). Porque, en lugar de inscribirnos en el grupQ de los que dicen: «comamos y bebamos, que mañana moriré, mos» (1 Cor 15, 32), estaríamos huyendo de la realidad, enganados nosotros mismos y engañando a los demás con un mito de supervivencia y resurrección. Pero si en verdad Jesús resu. citó, entonces nosotros le seguiremos, y reviviremos todos erj Cristo (cf 1 Cor 15, 20-22), porque se ha abierto para nosotros una puerta al futuro absoluto, y ha hecho su entrada en el corazón humano una esperanza indestructible. Aquí reside el núcleo central de la fe cristiana, y sin ello dicha fe no se tiene en pie.

En este aspecto, poca ayuda nos prestan los historiadores. La resurrección no es un hecho histórico cualquiera, susceptible de ser aceptado por el historiador. Es un hecho únicamente captable en la fe. Nadie «vio» la resurrección. El evangelio apócrifo de San Pedro (hacia el año 150 d. C), que narra en un lenguaje fantástico cómo resucitó Cristo, fue rechazado por la Iglesia porque, ciertamente, la conciencia cristiana no tardó en comprender que no puede hablarse de la resurrección de Jesús de un modo tan «sensible». Lo único de que disponemos son unas apariciones y una tumba vacía. Y a partir de estas experiencias los Apóstoles, radiantes, llegaron a esta verdadera interpretación de la realidad de la nueva vida de Jesús: «El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24, 34). Para consolidar la realidad de la fe en la resurrección, por tantos hoy cuestionada, y para poder «dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza» (1 Pe 3,15), hemos de reflexionar, al menos brevemente, acerca de los datos bíblicos fundamentales.



2. ¿Qué dice la exégesis moderna sobre la Resurrección de Jesús?

Como ya hemos insinuado más arriba, hay dos datos determinantes en los relatos acerca de la resurrección de Jesús: la tumba vacía y las apariciones a los discípulos. Según serios estudios de exegetas católicos y protestantes acerca de las tradiciones que, recogidas o redactadas, dieron origen a los actuales Evangelios, se puede constatar lo siguiente: en la tradición, inicialmente, circulaban entre los primeros cristianos, de un modo autónomo y no mutuamente referencial, los dos relatos. Más tarde, como se observa en Mc 16, 1-8, cuando se compusieron los evangelios, se unieron (no sin tensiones internas) las dos tradiciones: los relatos que únicamente hablaban de la tumba vacía asumieron en su estructura los relatos de las apariciones. La antigua tradición de Mc 16, 5a, 8 decía así: «Las mujeres fueron al sepulcro. Lo encontraron vacío. Huyeron. Y por temor no dijeron nada a nadie». La aparición del ángel (Mc 16, 5b-7) y la del propio Resucitado en el evangelio de Juan (Jn 20, 11 ss) sería un añadido de la otra tradición que únicamente sabe de apariciones, no de la tumba vacía.



a) La tumba vacía no dio origen a la fe en la Resurrección

Sin embargo, si observamos con cuidado, el hecho de la tumba vacía no lo convierte ningún evangelista en prueba de la Resurrección de Jesús. En lugar de provocar fe, tal hecho dio origen al miedo, al espanto y al temblor, de tal suerte que las mujeres «salieron huyendo del sepulcro» (Mc 16, 8; Mt 28, 8; cf Lc 24, 4-8). El mismo hecho fue interpretado por María Magdalena en el sentido de que había sido robado el cuerpo del Señor (Jn 20, 2, 13, 15). Para los discípulos, por su parte, no pasa de ser una beatería de las mujeres (Lc 24, 11, 22-24, 34).

Como puede verse, la tumba vacía, en sí misma considerada, es presentada como una señal ambigua, sujeta a diversas interpretaciones, una de las cuales podría ser la de la Resurrección. Pero no hay ninguna necesidad intrínseca que obligue a constatar esto último excluyendo las otras posibilidades de interpretación. Sólo a partir de las apariciones se dilucida esa ambigüedad y puede entonces leerse por la fe como un signo de la Resurrección de Jesús. En este sentido, la tumba vacía es una señal que obliga a todos a pensar y hace reflexionar en la posibilidad de la Resurrección. Es una invitación a la fe, aunque aún no sea fe. La fe en que el Señor ha resucitado —y aquí reside la razón de la tumba vacía— se expresa en el lenguaje de la época poniendo en boca del ángel la explicación: el Nazareno «ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron» (Mc 16, 6c).

Sin pretender poner en duda la existencia de los ángeles, no tenemos necesidad de admitir, dentro de los criterios propiamente bíblicos, que un ángel se haya aparecido junto a la tumba. El ángel, especialmente para el judaismo post-exílico, sustituye al Dios-Yahvé en su trascendencia, manifestándose entre los hombres (cf Gn 22, 11-14; Ex 3, 2-6; Mt 1, 20). Las mujeres que vieron la tumba vacía habían oído hablar de las apariciones del Señor a los Apóstoles en Galilea. Y en seguida dieron con el sentido: si la tumba está vacía no es porque alguien haya secuestrado el cadáver, sino porque El ha resucitado. Esta interpretación de las mujeres es considerada como una revelación de Dios y la expresan en el lenguaje común de la época como si se tratara de una mensaje del ángel (Dios).



b) Las apariciones de Cristo, origen de la fe en la Resurrección

Lo que verdaderamente hizo que despareciera la ambigüedad de la tumba vacía y dio origen a la exclamación de fe de los Apóstoles (¡El Señor ha resucitado de verdad!) fueron las apariciones. Las fórmulas más antiguas de 1 Cor 15, 3b-5 y de Hech 3, 15 permiten entrever con suficiente claridad, en razón de su austera formulación carente de «pathos», que esas apariciones no son visiones subjetivas, producto de la fe de la comunidad primitiva, sino que se trata realmente de apariciones trans-subjetivas, testimonio de un impacto que se les impone desde fuera. En esto coinciden todos los exegetas de hoy, tanto católicos como protestantes, aun los más radicales. Es difícil determinar históricamente cuántas fueron esas apariciones, en qué lugar exacto se produjeron y quiénes fueron sus destinatarios. El texto literariamente más antiguo (1 Cor 15, 5-8, de entre los años 54-57) nos da cuenta de 5 apariciones del Señor vivo. En Mc 16, 1-8 no se habla de ninguna, si bien se dice claramente que el Resucitado se dejará ver en Galilea (7b). El final del Evangelio de Marcos (16, 9-20) condensa las apariciones relatadas en los otros evangelios y hay muy buenas razones para considerarlo como un añadido posterior al resto del evangelio de Marcos. Mateo (28, 16-20) refiere una sola aparición a los Once. La otra aparición a las mujeres, al marcharse de la tumba vacía (28, 9-10), es considerada por los exegetas como una elaboración ulterior a partir del texto de Mc 16, 6-7: las palabras del Resucitado son notablemente semejantes a las del ángel. Lc 24, 13-53 refiere dos apariciones: una a los discípulos de Emaús y otra a los Once y a los discípulos en Jerusalén.

Los relatos revelan dos tendencias fundamentales: Marcos y Mateo centran su interés en Galilea, mientras Lucas y Juan lo hacen en Jerusalén, con la preocupación de hacer resaltar la realidad corpórea de Jesús y la identificación del Cristo resucitado con Jesús de Nazaret. Serios estudios exegéticos nos permiten afirmar que las apariciones en Galilea son históricamente indudables. Las de Jerusalén serían las mismas que las de Galilea, pero transferidas a Jerusalén por motivos teológicos. Y es que, para la Biblia, Jerusalén posee un significado histórico-salvífico de primer orden: «De Sión (Jerusalén) viene la salvación» (cf Sal 14, 7; 110, 2; Is 2, 3; cf también Rom 11, 26). Allí tuvieron lugar la muerte, la Pascua y Pentecostés, lo cual es explotado teológicamente tanto por Lucas como por Juan.

Por lo que se refiere al modo de estas apariciones, los evangelios nos transmiten los siguientes datos:

Se describen como una presencia real y carnal de Jesús, el cual come, camina con los suyos, permite ser tocado y oído, y dialoga con ellos. Su presencia es tan real que se le puede confundir con un caminante, un jardinero o un pescador. Junto a esto, hay una serie de extraños fenómenos: aparece y desaparece; atraviesa las paredes.

Si se repara con más atención en los textos más antiguos como pueden ser los de 1 Cor 15, 5-8; Hech 3, 15; 9, 3-5; 26, 12-16; Gal 1, 15 y Mt 28, se observa sorprendentemente una representación espiritualizante de la resurrección. Textos más recientes, como los de Lucas y Juan, denotan una materialización cada vez mayor que culmina en los evangelios apócrifos de Pedro a los hebreos y en la «Epístola Apostolorum». Lo cual se explica si consideramos que la Pascua de Cristo, en la interpretación más antigua, atestiguada en Hech 2, 33; Lc 24, 26 y Flp 2, 6-11, aún no había sido concebida en términos de resurrección, sino de elevación y glorificación del justo sufriente. Se trata de lo que suele llamarse 'interpretación dentro del horizonte de la apocalíptica'. Pero con el tiempo, debido especialmente a las polémicas con los conversos procedentes del helenismo, se empezó a cuestionar si la glorificación de Cristo y su entronización junto a Dios se extendían también a su vida corpórea. Se preguntaba: ¿Es el Jesús de la gloria el mismo que Jesús de Nazaret? Entonces la comunidad primitiva, especialmente con Lucas y Juan, interpretó las apariciones y la tumba vacía dentro de otro horizonte de comprensión más adaptado a los cuestionamientos suscitados —el horizonte escatológico— y comenzaron a usar la terminología referente a la resurrección. Cristo, en su realidad terrestre y corporal, había sido totalmente transfigurado: ya no es un «espíritu» (Lc 24, 39), ni un «ángel» (Hech 23, 8-9). El que murió y fue sepultado es el mismo que el que resucitó (1 Cor 15, 3b-5). De ahí la preocupación por resaltar la realidad de las llagas (Lc 24, 39; Jn 20, 20, 2529), el hecho de que comiera y bebiera con sus discípulos (Hech 10, 41) o delante de ellos (Lc 24, 43). Los relatos de vivencias del Resucitado por parte de personas concretas, como María Magdalena (Jn 20, 14-18; cf Mt 28, 9-10) o los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), son adobados con motivos teológicos y apologéticos, dentro del esquema literario de las leyendas, con el fin de dejar muy clara para los lectores la realidad del Señor vivo y presente en la comunidad. El relato de los dos dicípulos de Emaús pretende garantizar a la ulterior comunidad, para la que ya no se producían apariciones del Señor, que también ella tenía acceso al Resucitado a través de la palabra de la Escritura, los sacramentos y la fracción del pan, exactamente igual que aquellos dos discípulos que se encaminaban de regreso a su ciudad.

De todo esto se desprende con toda claridad que la Resurrección no es ninguna creación teológica por parte de ciertos entusiastas de la persona del Nazareno. La fe en la Resurrección es fruto de un impacto recibido por los Apóstoles en virtud de las apariciones del Señor vivo. Se habían visto sorprendidos y dominados por dicho impacto, el cual excedía sus posibilidades de representación. De lo contrario, jamás habrían predicado al Crucificado como Señor. Sin «ese algo» que aconteció en Jesús, jamás habría habido Iglesia, culto y alabanza al nombre de aquel Profeta de Nazaret, y mucho menos se habría dado el testimonio máximo de esta verdad que lo constituye el martirio de tantos y tantos miembros de la Iglesia primitiva.

Pero al afirmarse la Resurrección no se afirman únicamente los magnolia Dei acontecidos en la vida de Jesús, sino que además se atestigua la posibilidad de transfiguración y actualización total y global de las posibilidades del mundo presente, de que la vida eterna venga a transformar la vida humana, y de que Dios pueda hacer realidad su Reino en el hombre. Escándalo para muchos (cf 1 Cor 1, 23; Hech 17, 32), la Resurrección es esperanza y seguridad de vida eterna para todos y para el mundo (cf 1 Pe 1, 3; 1 Cor 15, 50 ss.). Por eso la Iglesia primitiva, junto con la Resurrección de Cristo, proclamaba su significado para nosotros como esperanza (1 Pe 1, 3) de vida futura, como liberación total de esa nuestra esquizofrenia fundamental que llamamos 'pecado' (1 Cor 15, 3, 17; Rom 4, 25; Lc 24, 47; Hech 10, 43). Porque «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1 Cor 15, 20; Col 1, 18). El es «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom, 8, 29). Lo que para él es presente actual, será para todos nosotros futuro próximo.



3. Con la Resurrección todo se ilumina

La Resurrección produjo en los Apóstoles una transformación total y absoluta. Adquirieron un nuevo horizonte y una nueva mirada con la que podían leer, de un modo absolutamente nuevo, la realidad humana del pasado, del presente y del futuro. Y conviene que resaltemos en unos cuantos puntos lo que la Resurrección significó para la comunidad primitiva.



a) La Resurrección rehabilitó a Jesús ante el mundo

La muerte en la cruz había hecho de Cristo, a los ojos del mundo, un ser abandonado por Dios (Gal 3, 13). La fe que en él habían depositado los Apóstoles, atestiguada por su seguimiento, por su participación en la predicación de la Buena Nueva del Reino y por la perseverancia en las tentaciones de Jesús, se había visto quebrada. En ellos se hizo realidad la palabra de Cristo: «Todos os vais a escandalizar de mí» (Mc 14, 27; Mt 26, 31). Ellos, sencillamente, huyen y regresan a Galilea (Mc 14, 50; Mt 26, 56). Pero ahora todo se revoluciona: vuelven a creer en él no como en un mesías-libertador nacionalista (cf la petición de los hijos de Zebedeo: Mc 10, 37; Mt 20, 21; cf también LUC ¡); ¡¡; 22, 38; 24, 21; Hech 1, 6), sino como en el Hijo del Hombre del capítulo 7 de Daniel, «elevado», «sentado a la derecha de Dios» y «entronizado como Hijo de Dios con poder» (cf Rom 1, 4; Hech 13, 33; Mt 28, 18). Y con todo valor se atreven a proclamar ante los judíos: «Vosotros le entregasteis a la muerte... Pero Dios le ha resucitado de entre los muertos» (Hech 2, 23 s.; 3, 15; 4, 10; 5, 30; 10, 39 s.). Esa fe, como más adelante veremos, llegará a articularse cada vez con mayor profundidad, hasta descifrar el misterio de Jesús como el propio Dios que visitó a los hombres en carne mortal.



b) Con la Resurrección de Jesús se ha dado comienzo ya al fin del mundo

Esto constituye la fe firme de la Iglesia más primitiva. Mateo insinúa esta convicción incluso en la forma literaria con que relata la Resurrección de Jesús (28, 1-15): la baja del ángel, el terremoto, el apartar la piedra, la confusión de los guardias, así como los fenómenos acaecidos con ocasión de la muerte de Cristo, concretamente la resurrección de «muchos cuerpos de santos» (Mt 27, 51-53), todo ello revela evidentes rasgos apocalípticos. Con la salida de Jesús del sepulcro comenzaron a fermentar, en medio del mundo viejo, los nuevos cielos y la nueva tierra: el fin es inminente, con la resurrección de los demás hombres, principalmente de los que han creído (cf Rom 5, 17; 1 Cor 15, 45 ss.; 2 Cor 5, 10). Cristo es el primero de los muertos; los demás le seguirán en breve (1 Cor 15, 20; Rom 8, 29; Col 1, 18). El mismo Espíritu por el que Cristo resucitó habita ya en los fieles (Rom 8, 11) y va formando en todos ellos un cuerpo glorioso.




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