Naturaleza, objeto y método de la Antropología filosófica



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TOMADO Y ADAPTADO DE:
García Cuadrado, José Ángel. Antropología filosófica. Una introducción a la filosofía del hombre. Pamplona, Universidad de Navarra, 2001, pp. 21-35
Naturaleza, objeto y método de la Antropología filosófica
1. LA PREGUNTA SOBRE EL HOMBRE
«Todos los hombres desean saber».1 La aspiración natural de todo hombre por alcanzar la verdad y la sabiduría se encuentra desde los orígenes mismos de la humanidad. Este saber se dirige de manera especial hacia el hombre mismo, porque la pregunta acerca de la verdad del hombre afecta a lo más íntimo de la felicidad y destino humano. «¿Quién soy yo?»: «¿qué he de hacer de mi vida para que sea una vida plena?»; «¿existe otra vida después de la muerte? ». Estas preguntas son las formuladas, de manera más o menos explícita, en todo filóso­fo, o mejor dicho, en todo hombre y en toda cultura. Por esta razón, Juan Pablo II afirma: «Tanto en Oriente como en Occidente es posible distinguir un camino que, a lo largo de los siglos, ha llevado a la humanidad a encontrarse progresiva­mente con la verdad y a confrontarse con ella. Es un camino que se ha desarro­llado —no podía ser de otro modo— dentro del horizonte de la autoconciencia personal: el hombre cuanto más conoce la realidad y el mundo tanto mejor se co­noce a sí mismo como ser único en su género, y al mismo tiempo cada vez más se pone ante él la pregunta acerca del sentido de la realidad y de su propia exis­tencia. Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida. La exhortación "Conócete a tí mismo" estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fun­damental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como "hombre" pre­cisamente en cuanto "conocedor de sí mismo"».2

La definición de hombre como «conocedor de sí mismo» parece relevante desde el punto de vista antropológico. Sin embargo, la pregunta del hombre sobre sí no se limita a su propia individualidad. Es posible que la cuestión sobre el hombre se plantee en términos de «¿quién soy yo?», de modo análogo a como un niño se pregunta «¿quiénes son mis padres?», o «¿cómo soy yo?», es decir, aten­diendo a la propia singularidad. Pero cuando estas cuestiones se universalizan adquieren el estatuto de filosóficas. Los términos del problema ya no se plantean dentro de los límites de la particularidad, sino de la universalidad y esencialidad: «¿qué es (esencialmente) el hombre (todo hombre)?» […].

«Conócete a tí mismo»: este ideal filosófico del hombre griego continúa viviendo en el hombre contemporáneo, incluso de manera más urgente. Sin embargo, a pesar del empeño por conocerse más a sí mismo, el hombre sigue sien­do en gran medida un misterio para el hombre […].
2. DELIMITACIÓN DEL TÉRMINO «ANTROPOLOGÍA»
La etimología de la palabra «Antropología» proviene del griego anthropos (hombre) y logos (tratado o ciencia): así pues, nos encontramos frente a una ciencia o disciplina acerca del hombre. La utilización de este término aplicado a la ciencia del hombre es relativamente reciente.8 Kant, por ejemplo, define la An­tropología como «una doctrina del conocimiento del hombre ordenada sistemáti­camente». La definición apenas citada resulta lo suficientemente amplia para acoger lo que ahora entendemos por Antropología filosófica, pero tiene el incon­veniente de ser excesivamente vaga e imprecisa. De hecho, el término «Antropo­logía» encierra cierta ambigüedad semántica, puesto que son muy diversas las ciencias que tienen por objeto al hombre. En efecto, «lo primero que evoca hoy el nombre de antropología es un conjunto de conocimientos empíricos o positi­vos (...) que se preocupan de la especie humana, de su origen, de la prehistoria, de las razas y costumbres primitivas, etc. (paleoantropología). En un sentido más amplio, "antropología"' puede designar todos aquellos conocimientos de orden histórico, psicológico, sociológico, lingüístico, etc. que aborden desde distintas perspectivas el "fenómeno humano" ("ciencias humanas"). Pero el término admi­te todavía un significado distinto y más radical: aquella reflexión última sobre el ser del hombre y su constitución ontológica, que forma parte de la filosofía (...) y posee como tal una dimensión metafísica».10

Así pues, a la hora de sistematizar los distintos saberes sobre el hombre se pueden distinguir, al menos, tres tipos de disciplinas:

a) Antropología física o etnografía. Es el estudio del hombre desde el punto de vista físico; es decir, estudia los rasgos corporales, morfológicos y fisiológicos de los individuos o grupos humanos, según las diversas localizaciones geográfi­cas y climáticas. En otras palabras, realiza el tratamiento sistemático de las razas humanas y el origen de las mismas. Esta disciplina aporta datos muy reveladores sobre la dimensión corpórea del hombre, pero resulta insuficiente porque metodológicamente no puede acceder a los aspectos espirituales del mismo. Se debe evitar el peligro de una visión reductivista del hombre que pretende agotar la rea­lidad humana reduciéndola a un aspecto de la misma. Este reductivismo sólo es posible desde unos presupuestos cientificistas.

b) Antropología cultural o etnología. Esta disciplina se centra en el análisis de la historia, estructura y desarrollo de las diversas culturas humanas. «Es la ciencia que estudia los modelos típicos de comportamiento de un grupo humano pata descubrir los códigos o reglas de hábitos o tendencias, tanto en el lenguaje, en las acciones, en las técnicas y en las creaciones como en sus normas socio-po­líticas, su filosofía, su arte y su religión».11 El objeto de estudio de la antropología cultural son los efectos y obras «objetivadas» del espíritu humano, pero no estudia directamente la naturaleza y esencia del ser humano. No obstante, pro­porciona datos muy valiosos que corresponde a la Antropología filosófica tratar desde la perspectiva metafísica.

c) Antropología filosófica o Filosofía del hombre. Es un estudio sistemático del hombre por sus causas últimas y principios esenciales del ser y obrar humanos. Éste es el centro de nuestra reflexión: nos proponemos estudiar al hombre en su globalidad. De esta manera los otros dos sentidos del término son asumidos pero desde una perspectiva diversa: «Ésta es, en parte, la tarea de la "antropología filosófica"; ella podría establecer un fundamento último y unas metas unitarias a esa abigarrada serie de disciplinas especiales que hoy se ocupan del hombre: la física, la biología, la etnología, las ciencias psicológicas y sociales, las ciencias de la cultura, etc.».13 Para evitar la ambigüedad del término «Antropología» nos referiremos a ella también como «Filosofía del hombre» donde se aprecia de ma­nera más explícita el carácter filosófico de la reflexión sobre el hombre.
3. OBJETO DE ESTUDIO DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Como ya se apuntó anteriormente, la Filosofía del hombre, en cuanto disci­plina filosófica, se propone como objeto de estudio el hombre en sus dimensio­nes esenciales. Es decir, mira al hombre no desde sus aspectos accidentales o cam­biantes, sino desde la unidad que proporciona el saber último sobre la realidad. «Esta "antropología filosófica” se propone la cuestión de "qué es el hombre" en su sentido más profundo y radical, que ha sido común a los filósofos de todos los tiempos».14

Es precisamente la consideración filosófica (y en última instancia metafísi­ca) lo que lleva a que se estudie al hombre en su globalidad, y no aspectos par­ciales del mismo. La parcialidad del objeto de estudio es propia de las ciencias particulares, que con métodos propios y diversificados se proponen analizar al­gunas dimensiones específicas de su objeto. Así, por ejemplo, la paleoantropología estudia el origen de la especie humana partiendo del análisis de los restos fó­siles humanos que se conservan: las conclusiones a las que se llegan pueden constituir una ayuda para la Antropología filosófica, pero los datos aportados por esta ciencia son sectoriales. De la misma manera, para la Antropología sociocultural resultará interesante conocer mejor los hábitos alimenticios de los nativos de las Islas Fiji, pero ese estudio carece, en principio, de relevancia para la Filo­sofía del hombre. Desde otro punto de vista, para el médico puede ser de enorme interés conocer la patología de los enfermos de hígado, pero puede dejar indife­rente al filósofo que se pregunta por la radicalidad (esencialidad) del ser humano. Por último, para el sociólogo puede ser básico saber estadísticamente qué pien­san los ciudadanos del siglo XXI sobre el papel de la ONU en el concierto inter­nacional; pero esos datos estadísticos no deberían alterar a quien se cuestiona el modo de ser y obrar del hombre en cuanto hombre.

Con esto queremos hacer ver que ninguna ciencia particular sobre el hom­bre (ya se llame paleoantropología, sociología, medicina, etc.) puede llegar al nú­cleo último de la realidad esencial del mismo. Corresponde a la Antropología fi­losófica realizar la síntesis de esas disciplinas particulares desde una perspectiva metafísica. En definitiva, podemos decir que «el objeto de la antropología filosó­fica es el estudio filosófico del hombre, es decir, el estudio de su esencia, para encontrar una respuesta a la pregunta: "quién es el hombre", tomado en la unidad y en la globalidad de su existir y de su naturaleza».15 La Antropología filosófica es la disciplina que tiene por objeto al hombre, estudiado por sus últimas causas y principios más radicales: estudia al hombre y sus operaciones esenciales en su globalidad.

No pretendo ocultar, con esta sencilla definición, las dificultades implícitas que acerca del objeto de estudio de la Antropología filosófica se han planteado desde diversas instancias. En primer lugar, el existencialismo de Sartre niega que exista una esencia del hombre. Una concepción del hombre —típicamente mo­derna— coloca lo más específicamente humano en el hecho de que el hombre posee una «plasticidad» tal que puede comportarse «como un dios o como una bestia». Gracias a su libertad, el hombre es dueño de su propia existencia y pue­de «hacerse a sí mismo». No posee, por tanto, una naturaleza fija y estable: el su­jeto humano, mediante su obrar libre va configurando su propia esencia […].

Otra dificultad proviene de parte de la tradición fenomenológica, que repara en el hecho de que el objeto de estudio es a la vez el sujeto de esta ciencia. La cuestión central es: «¿Puede un sujeto ser, a la vez, sujeto y objeto de una cien­cia? Por otra parte, si del hombre hacemos un objeto científico ¿no lo deforma­mos en su misma realidad de sujeto? Pero si no hacemos de él un objeto ¿cómo podemos conocerle? De suyo, la persona parece inobjetivable, en una cierta me­dida, porque a diferencia de cualquier otro ente de la naturaleza su ser parece no estar fijado ni ser fijable (...) sino que consiste primariamente en un realizarse di­námico del ente que somos como sujetos».17 Si estas preguntas no reciben una respuesta adecuada habremos de considerar la imposibilidad de poseer un cono­cimiento intelectual «objetivo» del hombre.

Max Scheler es el filósofo que con mayor claridad se planteó esta dificultad. Según él, la persona humana es «inobjetivable» desde el conocimiento intelec­tual. A diferencia de lo que sucede con el resto de los seres naturales, el hombre no es un «objeto» sino un «sujeto». Considerarlo como un «objeto» lleva consi­go la pérdida de su especificidad. El hombre no es una «cosa» en el mundo (un qué) sino una «persona» (un quién): la consideración «objetualista» deforma lo que la persona realmente es, puesto que nos proporciona únicamente una visión abstracta del sujeto humano. Y la persona es algo único, irrepetible. Scheler pien­sa que objetivar personas es perderlas como personas, y por esta razón sostiene que el único camino apropiado para tener «experiencia» de la persona es el cono­cimiento no-objetivo o «empático». Un ejemplo nos puede ayudar a comprender la posición de Max Scheler. Hay una serie de conocimientos que el hombre posee de modo adecuado únicamente por experiencia propia y no porque otros se lo hayan contado. Por ejemplo, yo «no sé» realmente qué es el frío hasta que lo he experimentado. En efecto, puedo llegar a comprender una explicación física de lo que es el frío, así como los efectos que produce en el organismo; pero ninguna explicación racional (objetiva) puede sustituir la experiencia personal de «sentir frío» (o miedo o alegría). Pues de manera similar, a la persona humana solo puedo acceder a través de una experiencia subjetiva de «empatía» o connaturalidad con su existir concreto.

[…] Esta breve descripción […] nos habla de la peculiaridad de la persona humana, pero no invalida la capacidad de conocer «objetivamente» al hombre. De hecho, la objetivación es posible en el autoconocimiento o cuando examinamos los motivos de nuestra conducta. Conocer «objetivamente» no significa «hacer un objeto al hombre»; quiere decir que, como sucede con cualquier otra realidad, al hombre puedo «ponerlo frente a mí» (obiectum) y, a través de su obrar llegar a descubrir algunos aspectos esenciales que me sirvan para responder de manera cada vez más plena a la pregunta radical ¿qué es el hombre? Es cierto que no podemos tener un conocimiento pleno del sujeto personal, pero «el problema no está, por tanto, en la objetividad, sino en el carácter parcial de ella. El objeto no se nos da nunca de modo pleno, ni intensiva ni extensivamente. Captamos aspectos».19 Así pues, afirmar que nuestro conocer es «objetivo» quiere decir que todo conocimiento es sobre algo «y a su vez, nin­gún conocimiento es definitivamente claro y distinto. No hay nada de lo que po­damos decir: lo conozco perfectamente».20

[…] Aplicada esta postura inmanentista al conocimiento del hombre, se puede llegar a afirmar que el objeto de la filosofía del hombre es «lo que e1 hombre piensa de sí mismo», «la representación que el hombre tiene de sí mismo» o «la autocomprensión o autoconciencia del hombre». Estas afirmaciones son válidas siempre y cuando no nos hagan olvidar que ese conocimiento es del hombre mis­mo, el sujeto personal de carne y hueso […].

El descubrimiento de la verdad esencial, ya lo hemos dicho, no puede ser to­tal, porque siempre se podrá conocer más y mejor el «misterio» o «enigma» del hombre. Además, el conocimiento sobre el hombre no es repentino. Para acceder a lo esencial del hombre es preciso partir de su obrar, que es lo más manifiesto para nosotros. Este proceso de acceso a la realidad esencial del hombre es lo que constituye el método o modo de proceder de la Antropología filosófica. Pero an­tes de pasar a tratar del método es preciso poseer una primera noción acerca del tipo de realidad que nos proponemos estudiar (objeto de estudio) para poseer los instrumentos metodológicos adecuados que permitan un conocimiento global, y no fragmentario, de la persona humana.
4. LA PRECOMPRENSIÓN DEL HOMBRE COMO ESPÍRITU ENCARNADO
Uno de los problemas principales de toda ciencia lo constituye siempre el punto de partida: «¿por dónde empezar?». Cualquier pregunta siempre se encamina a saber algo nuevo; pero toda pregunta se realiza desde un cierto saber ya. En otras palabras, en el caso del hombre, «para poder formularse este interrogante, el que pregunta antes debe tener una idea de sí mismo», aunque sea una idea vaga, confusa e indeterminada. […] Si podemos dis­tinguirnos, es que nos conocemos. Y, sin embargo, no. Ante un interrogatorio míni­mamente agudo, no sabemos dar cuenta con precisión de lo que somos y de quiénes somos. Esa distancia entre el saber y el no saber obliga a caminar, a cubrir ese tramo, y eso es el método. Para ponerse a andar, a reducir la paradoja de que, sin duda, sabes, pero caes en la cuenta de que no sabes, hace falta primero que todo tropezar, quitarte la seguridad primera, y así caer en la cuenta de que no sabes.

Afortunadamente nuestro conocimiento del hombre no ha de partir de cero. En efecto, el conocimiento espontáneo (el sentido común) nos proporciona valio­sas informaciones acerca del ser humano. Es todavía un conocimiento vago y no sistemático, pero puede constituir el punto de partida de nuestra investigación. Nuestro conocimiento espontáneo se nos hace presente con facilidad en la expe­riencia cotidiana, pero está mediado también por una tradición cultural y una his­toria.

[…] percibimos espontánea­mente el miedo a la muerte, el deseo de justicia, el amor a la verdad y a las per­sonas, el ansia de felicidad, etc. Todas esas experiencias subjetivas nos sirven para postular, al menos teóricamente, una dimensión que trasciende lo instintivo y material: es decir, nos hablan de la dimensión espiritual del hombre. Es posible que, como consecuencia de nuestra posterior reflexión antropológica, lleguemos a la conclusión de que el ámbito de la espiritualidad responde a una ilusión hu­mana, una creencia infundada. Tendremos entonces que replantearnos la existen­cia de esa dimensión espiritual en el hombre. Pero no parece legítimo negar de entrada el valor de esa creencia como verdadera. De hecho, a lo largo de la histo­ria de la cultura y de las civilizaciones es fácil comprobar la constante creencia de que en el hombre están presentes estas dos dimensiones constitutivas.

En efecto, en la historia de la conciencia filosófica ha habido un consenso casi generalizado en destacar dos principios en el hombre: cuerpo y alma, o ma­teria y espíritu. De esta manera. Platón concebía al hombre como un alma ence­rrada en un cuerpo, mientras que Aristóteles definía al hombre como un «animal racional». En la actualidad se prefiere hablar del hombre como de «un espíritu encarnado», «un cuerpo espiritualizado», «un espíritu en el mundo» o «un espíri­tu en el tiempo», etc. Todas estas descripciones tienen en común el destacar el as­pecto corpóreo y espiritual a la vez., como rasgo distintivo del hombre con res­pecto al resto de los vivientes.

[…] El método de la Antropología filosófi­ca, si quiere alcanzar lo más radical del hombre, debería ser capaz de dar cuenta de la dimensión corporal y espiritual del hombre. Una metodología que a priori concibiera al hombre como «puro espíritu» o «sólo materia» se manifestaría insuficiente para dar cuenta de la realidad del hombre: se trataría necesariamente de metodologías reductivas.

Un posible reductivismo es el materialismo. Para el materialismo el hom­bre sólo se compone de un principio, la materia, de tal manera que no existe una diferencia esencial entre el hombre y los demás seres vivos. Toda la realidad es materia, que existe desde siempre y por lo tanto no ha sido creada por nadie. La materia evoluciona según unos procesos inmanentes y en sus estados más avan­zados se presenta como conciencia. En realidad, lo que denominamos alma o espíritu no son más que «epifenómenos» (manifestaciones) de la materia. Además, si el hombre es nada más que materia, entonces es susceptible de ser completa­mente comprendido desde las ciencias experimentales, que se caracterizan por el uso exclusivo del método empírico-positivo.

Otro posible reductivismo es la postura contraria, que presentará al hombre esencialmente identificado con el espíritu. La pregunta «¿qué es el hombre?» se reduce a «¿cuál es la esencia del alma?». Esto es lo característico del espiritualismo, de marcado sabor platónico. La gran dificultad para los espiritualistas es ex­plicar el hecho de […] que el hombre «está» en un cuerpo y, por eso, en realidad su problema se reconduce al de las relaciones entre el alma y el cuer­po, aspecto que trataremos al hablar de la unión sustancial en el hombre.

En definitiva, se trata de subrayar ahora que la presencia en el hombre de dos elementos heterogéneos (alma y cuerpo, o espíritu y materia) reclaman que el método de la Antropología filosófica sea capaz de acceder tanto a las dimensiones materiales como espirituales de la persona humana. En caso contrario obtendría­mos sólo una visión incompleta y deforme de lo que es la persona humana.


5. EL MÉTODO DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
En las ciencias se entiende por método el camino o proceso para alcanzar el conocimiento de algo. El conocimiento de la compleja realidad humana (cuerpo y espíritu) debe atenerse en primer lugar a la diversidad de planos epistemológi­cos […].
5.1. Los planos metodológicos
En ocasiones se ha reparado la presencia a lo largo de la historia de dos en­foques fundamentales a la hora de abordar el estudio de la persona humana. […] Pensa­mos que la realidad humana es tan rica y compleja que no puede abarcarse con una sola mirada. Es necesario aproximarse a ella desde diversas perspectivas o planos metodológicos. […] En definitiva, para acceder a la realidad humana hemos de distinguir diversos planos de estudio:

a) Plano de la exterioridad: Se trata de considerar de modo experimental al ser humano, como un «objeto» más dentro del mundo material. En efecto, el hombre gracias a su dimensión material y corpórea es susceptible de ser analiza­do por las ciencias empíricas (por ejemplo, la psicología experimental, la etno­grafía, la paleontología, la sociología, la genética, etc.). Estas ciencias se caracte­rizan por la experimentación y observación sistemática de los fenómenos físicos. Este método científico es necesario para descubrir aspectos de la esencia huma­na, pero resulta insuficiente porque el hombre no es sólo un objeto físico suscep­tible de observación experimental, sino que es fundamentalmente un sujeto, una persona (un «quién»), con una dimensión espiritual, que escapa a la observación empírica. Con esto, no queremos decir que estas ciencias experimentales no pro­porcionan conocimientos útiles para la Antropología filosófica: lo que queremos afirmar es que este plano empírico-positivo debe ser integrado con otros planos epistemológicos, y sobre todo, «leer» esos datos empíricos desde una perspectiva metafísica.

b) Plano de la interioridad: La experiencia humana no sólo se puede hacer «desde fuera», es decir, considerando al hombre como un objeto físico suscepti­ble de un estudio empírico o estadístico. Para «desentrañar» la realidad humana hay que acceder al hombre «desde dentro», es decir, describiendo los estados de conciencia del sujeto humano. En este análisis consiste el método fenomenológico propuesto por Husserl y otros autores contemporáneos como Max Scheler. Se­gún la metodología fenomenológica se ha de analizar el obrar humano desde la propia existencia, mediante la descripción de los fenómenos vitales a partir de cómo se presentan a mi subjetividad.

c) Plano metafísico: La aproximación a la realidad humana no se puede re­ducir a la perspectiva de la ciencia experimental: la aplicación unilateral del método científico-experimental es la postura propia del cientificismo, cuya con­secuencia inmediata es una concepción materialista del hombre. La superación del cientificismo proviene de la adopción de otros planos metodológicos y de una lectura metafísica de los datos empíricos. Desde este punto de vista, cabe definir la Antropología filosófica como: «un saber que tiene por objeto al hom­bre, y que (...) se constituye como una síntesis de conocimientos aportados por las ciencias biológicas, las ciencias humanas y ciencias sociales, en el plano fi­losófico, lo que en último término significa una comprensión metafísica de los conocimientos aportados por las ciencias positivas al conocimiento del ser hu­mano».29

[…] Como ya hemos apuntado anteriormente, la metodología propia de la Filo­sofía del hombre requiere trascender el plano de la experiencia (ya sea objetiva o subjetiva) hasta alcanzar un conocimiento último de la compleja realidad huma­na. Por eso, la Antropología filosófica no se contrapone a la perspectiva metafísi­ca: más bien se complementan mutuamente. «En este sentido, la metafísica no se ha de considerar como alternativa a la antropología, ya que la metafísica permite precisamente dar un fundamento al concepto de dignidad de la persona por su condición espiritual. La persona, en particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexión metafísica».
5.2. Los pasos metodológicos
Desde una perspectiva científica, podemos decir que, como sucede con todo conocimiento, también en la Antropología filosófica debemos partir de la expe­riencia para remontamos después a las causas y principios esenciales de la reali­dad. Sin embargo, la noción de «experiencia» es susceptible de recibir, en el caso de la Antropología filosófica, un doble tratamiento: desde la exterioridad y desde la interioridad en correspondencia a los planos metodológicos antes menciona­dos.

[…] En efecto, el modo ordinario de conocer que tiene el hombre es proceder de lo más conocido hasta lo menos conocido, es decir, mediante una cierta compara­ción se aprecian las semejanzas y desemejanzas lo que permite una primera categorización de la realidad. También el hombre como objeto de estudio admite este tipo de conocimiento analógico. La realidad humana presenta rasgos comunes con el mundo material, y más todavía con el resto de seres vivos, y de entre éstos se asemeja más a aquellos animales superiores dotados de conocimiento sensi­ble. Es bueno conocer aquellos aspectos de la realidad comunes a los dos reinos (animal y humano), pero sin obviar las grandes diferencias que hay entre los dos, ya sea a nivel meramente orgánico (el cuerpo de una rata o un mono es bastante diferente al de una persona humana), ya sea a nivel espiritual (del que no se en­cuentran signos en el mundo animal).

Así pues, el punto de partida de nuestra investigación es la experiencia. En realidad, «experiencia exterior» y «experiencia interior» son indisociables en el ser humano «La experiencia que el hombre puede tener de alguna realidad exte­rior a sí mismo está siempre asociada a la experiencia del propio yo, de forma que nunca experimenta nada exterior sin al mismo tiempo tener la experiencia de sí mismo».

Hay que tener en cuenta que la esencia o naturaleza no se descubre de modo inmediato, sino a través del obrar. De acuerdo con el adagio escolástico de que «el obrar sigue al ser» podemos descubrir la naturaleza a través de sus operacio­nes. Por ejemplo, es fácil deducir la presencia de hombres a partir de determina­dos restos arqueológicos: no se sabe de ningún otro ser que se construya casas para vivir. De los efectos producidos por la actividad humana se alcanza un as­pecto específico de su naturaleza. Por lo tanto, el modo correcto de proceder de la Antropología filosófica sería partir de la descripción de los fenómenos y del obrar humanos (ya sea desde la exterioridad objetiva o ya sea desde la interiori­dad subjetiva), para pasar después a un análisis inductivo que devele lo esencial del mismo. Por último, mediante un proceso deductivo (vuelta al sujeto particular) se enriquece progresivamente el conocimiento de la esencia y del obrar del hombre. Por esta razón, puede decirse que el método de la Antropología filosófi­ca es a la vez descriptivo-experimental, inductivo y deductivo, según el siguiente proceso: «El primer paso, la descripción, suele denominarse análisis fenomenológico, en su sentido amplio de descripción de fenómenos. El segundo paso suele denominarse análisis ontológico, y es un momento inductivo. Hay todavía un ter­cer momento, que se acostumbra llamar deductivo, y que consiste en deducir de la esencia del fenómeno otras propiedades que han de pertenecerle y que no han sido tomadas de la experiencia».



Es importante respetar este orden en el modo de conocer. Los tratados clási­cos de psicología racional han sido en ocasiones considerados como deductivistas en la medida en que tomando como punto de partida los principios metafísi­cos (el alma y sus facultades) se deducen sus actos y operaciones. Ciertamente una antropología deductivista correría el peligro de convertirse en una antropolo­gía «abstracta» donde el hombre particular no sena capaz de reconocerse a sí mismo. El deductivismo antropológico lleva a considerar la esencia metafísica del hombre como desconectada del sujeto humano real, que es particular, irrepe­tible e histórico.


1 Aristóteles, Metafísica, I, 1

2 Juan Pablo II. Fides et ratio.No. 1 en Anuario Filosófico, 32 (1999), pp. 689.696

8 Clásicamente el estudio filosófico del hombre se incluía en los tratados De anime («Acerca del Alma»); con el tiempo, pasó a denominare Psicología: Psiqué (alma) y logos (ciencia). Este término de Psicología era todavía el empleado para referirse al tratado sobre el hombre hasta el siglo XX. En la actualidad parece más acertado hablar de Antropología filosófica o Filosofía del hombre, porque el hombre no es sólo su principio vital o alma, sino una realidad más compleja compuesta de alma y cuerpo.

10 Ibáñez Langlois, J.M. Introducción a la Antropología filosófica. 5ª edición. Pamplona, EUNSA, 1999, pp. 11-12

11 Vélez Correa, J. El hombre: un enigma. Antropología Filosófica. México, Consejo Episcopal Latinoamericano, 1995, p. 33

13 Ibáñez Langlois, J.M., Op. Cit, p. 14

14 Ibid., p. 12

15 Basto, G. Filosofía dell’uomo. Bologna, Edizioni Studio Dominicano, 1995, p. 9

17 Valverde, C. Antropología filosófica, Valencia, Edicep, 1995, p. 28

19 Alvira, R. La razón de ser hombre. Ensayo acerca de la justificación del ser humano. Madrid, Rialp, 1998, p. 49

20 Ibid., p. 52

29 Choza, J. Antropología Filosófica. Madrid, Rialp, 1988, p. 16


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