México en la visión de Octavio Paz Voluntad de forma



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México en la visión de Octavio Paz

Voluntad de forma
Octavio Paz

La geografía de México es abrupta. Dos poderosas cordilleras, la Sierra Madre Occidental y la Oriental, corren paralelas a lo largo de su territorio; hacia el norte, penetran en el oeste de los Estados Unidos mientras que, hacia el sur, se enlazan en el istmo de Tehuantepec y forman un nudo de montañas. Las dos serranías dividen al país en tierras bajas y en tierras altas, dispuestas en terrazas sucesivas que culminan en una inmensa altiplanicie. Imposible no pensar en la pirámide trunca, forma emblemática de la civilización mesoamericana. La complicada geografía es responsable de la multiplicación de extensos valles –cada uno encerrado entre montañas, como una fortaleza- y de la variedad de climas y paisajes. Ascender a la ciudad de México desde las playas arenosas y ardientes de Veracruz es recorrer todos los paisajes, de la sofocante vegetación de los trópicos a las tierras templadas de la meseta. En las tierras bajas el aire es caliente y húmedo; en el Altiplano es seco y, en las noches, levemente frío. Del vaho impresionista y sus colores violentos a la sobriedad de una composición regida por la geometría del dibujo. Contrastes y oposiciones pero, asimismo, combinaciones súbitas y conjunciones insólitas. El sol del trópico ilumina cada día los picos desnudos y la nieve perpetua de los volcanes que rodean al Valle de México.

En los mapas, México tiene la forma de una cornucopia. Esta imagen, exacta visualmente, no da cuenta de la realidad histórica. México ha sido y es una frontera entre pueblos y civilizaciones. En el período precolombino entre la civilización mesoamericana y las tribus nómadas que vagaban por lo que hoy es el sur de los Estados Unidos y el norte de México; en la edad moderna, entre las dos versiones de la civilización europea que se han implantado y desarrollado en nuestro continente: la angloamericana y la latinoamericana. Pero las fronteras no sólo son obstáculos divisorios sino puentes. Una de las funciones históricas de México ha sido la de ser un puente entre el mundo de habla inglesa y el mundo de habla española y portuguesa.

La historia de México no es menos intrincada que su geografía. Dos civilizaciones han vivido y combatido no sólo en su territorio sino en el alma de cada mexicano: una oriunda de estas tierras y otra venida de fuera pero que se ha enraizado tan profundamente que se confunde con el ser mismo del pueblo mexicano. Dos civilizaciones y, en el interior de cada una de ellas, distintas sociedades con frecuencia divididas por diferencias de culturas y de intereses. Desgarramientos internos, enfrentamientos externos, rupturas y revoluciones. Saltos violentos de un período histórico a otro, de una fe a otra, del politeísmo al cristianismo, de la monarquía absoluta a la república, de la sociedad tradicional a la moderna. Letargos prolongados y bruscos levantamientos. Sin embargo, es perceptible a través de todos los trastornos una voluntad que tiende, una y otra vez, a la síntesis. De nuevo aparece la figura de la pirámide: convergencia de culturas y sociedades diferentes, superposición de siglos y de eras. La pirámide concilia a las oposiciones pero no las anula. El proceso (ruptura-reunión-ruptura-reunión) puede verse como un leitmotiv de la historia de México. El verdadero nombre de ese proceso es voluntad de vivir. O más exactamente: pervivir, lo mismo frente a la discordia y la derrota que ante la incertidumbre del mañana. Voluntad a veces ciega y otras lúcida, siempre secretamente activa, incluso adopta la forma pasiva del tradicionalismo.

La voluntad de vida es voluntad de forma. La muerte, en su expresión más visible e inmediata., es disgregación de la forma. La niñez y la juventud son promesas de forma; la vejez es la ruina de la forma física; la muerte, la caída en lo informe. Por esto, una de las manifestaciones más antiguas y simples de la voluntad de vida es el arte. Lo primero que hizo el hombre al descubrir que era una criatura mortal, fue levantar un túmulo. El arte comenzó con la conciencia de la muerte. El mausoleo, desde la Antigüedad, es un homenaje al muerto y un desafío a la muerte: el cuerpo se corrompe y se volatiliza pero queda el monumento. Queda la forma. No sólo estamos amenazados por la muerte; el tiempo mismo, que nos hace, nos deshace.

Cada escultura y cada pintura, cada poema y cada canción, es una forma animada por la voluntad de resistir al tiempo y sus erosiones. El ahora quiere salvarse, convertido en piedra o en dibujo, en color, sonido o palabra. No hay nada en común, en apariencia, entre los jaguares estilizados de los olmecas, los ángeles dorados del siglo XVII y la colorida violencia de un óleo de Tamayo, nada, salvo la voluntad de sobrevivir por y en una forma. Me atreveré a decir, además, algo que no es fácil probar pero sí sentir: una mirada atenta y amorosa puede advertir, en la diversidad de obras, y épocas, una cierta continuidad. No la continuidad de un estilo o una idea sino de algo más profundo e indefinible: una sensibilidad.



Mesoamérica

Una civilización extraña

Cada civilización provoca en nosotros una respuesta distinta en la que se mezclan de manera indistinguible el gusto y el concepto, la sensación y la idea. Las obras de las antiguas culturas de México invariablemente suscitan una impresión de extrañeza. Esta palabra designa, en primer término, la sorpresa que sentimos ante algo que nos parece inesperado, único o singular. Sorpresa ante lo ajeno, lo que viene del exterior; asimismo, ante lo que es raro, extraordinario. La emoción que embargó a los conquistadores españoles cuando, desde las alturas, vieron por primera vez el valle, el lago y las pirámides de la ciudad de México, corresponde con fidelidad a esta sumaria definición de la extrañeza. Bernal Díaz del Castillo, que no era dado a la hipérbole, refiere con sencillez ese momento inolvidable: “Y desque vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme... nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís... y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que vían, si era entre sueños. Y no es de maravillar que yo aquí lo escriba de esta manera, porque hay que ponderar mucho en ello que no sé cómo la cuente: ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como víamos”. Las sensaciones que el cronista describe en unas cuantas frases en su Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, las han sentido y vivido después incontables viajeros, historiadores, escritores y simples curiosos. Los enigmas atraen e irritan a los hombres. La enigmática civilización antigua de México ha intrigado a muchas generaciones y no cesa de fascinarnos.

La extrañeza comienza en sorpresas y termina en interrogación. Ante el objeto extraño nos preguntamos: ¿que es, de dónde viene, qué significa? Estas preguntas no sólo expresan curiosidad sino una inquietud indefinida, un malestar que en ciertos casos puede transformarse en zozobra y aun en horror. Se trata de un sentimiento ambiguo, hecho de atracción y de repulsión: lo extraño es, simultáneamente, maravilloso y horrible. Lo maravilloso nos atrae: es lo único, lo mágico o fantástico, lo prodigioso y, en su género, perfecto; el horror, en cambio, es miedo y repulsión pero también respeto y veneración ante lo desconocido o lo sublime. El horror no es terror: es fascinación, embrujo. Racine habla del “santo horror” y Baudelaire expresa en dos versos admirables la ambigua seducción de este sentimiento:

J’ai peur du sommeil comme on a peur d’un grand trou,


Tout plein de vague horreur, menant on ne sait ou...1

Las esculturas y monumentos de los antiguos mexicanos son obras a un tiempo maravillosas y horribles; quiero decir: obras que están impregnadas del sentimiento confuso y sublime de lo sagrado. Un sentimiento que brota de creencias e imágenes que vienen de profundidades psíquicas muy antiguas y, además, radicalmente otras. No obstante, a pesar de su extrañeza, de una manera oscura y casi nunca racional nos reconocemos en ellas. O más exactamente: vislumbramos a través de sus formas complicadas una parte enterrada de nuestro propio ser. En esos objetos extraños –esculturas, pinturas, relieves, santuarios- contemplamos el fondo insondable del cosmos y nos asomamos a nuestro sin fondo.

Desde el principio, como siempre ocurre, se intentó aminorar la extrañeza de la civilización mesoamericana y de su arte. Parecía inexplicable que los indios americanos, por sí solos y sin contacto con el exterior, hubiesen creado sociedades tan complejas y que, en muchos aspectos, rivalizaban con las europeas. Así, la cuestión del origen de los indios americanos se asoció con el tema de la originalidad de sus culturas. Doble misterio: por una parte, la extrañeza radical de esa civilización, tan distinta a la europea; por la otra, el sospechoso parecido de algunos de sus ritos –la confesión, el bautismo, la comunión, el sacrificio- con los del cristianismo. Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España, exalta las virtudes morales e intelectuales de los indios, “hábiles para todas las artes mecánicas..., las liberales y la santa Teología...en las cosas de policía echan el pie delante a muchas otras naciones que tienen gran presunción de políticas... perfectos filósofos y astrólogos...”. Sin embargo, al llegar al tema de sus creencias y sus ritos, no vacila en decir que han sido inspirados por el demonio y que son una caricatura abominable de los misterios cristianos.

La colaboración del diablo en las instituciones religiosas y políticas de los indios es un tema que se repite a lo largo de los siglos XVI y XVII. Otros autores no acudieron a la intervención sobrenatural sino a fantásticas interpretaciones históricas. Para algunos, los indios eran una de las tribus perdidas de Israel, para otros eran fenicios o cartagineses o egipcios. Esta última hipótesis fue muy popular entre los círculos cultivados del siglo XVIII y fue sostenida con brío y brillo por el famoso Athanasius Kircher. A finales del mismo siglo varios jesuitas sostuvieron que el dios Quetzalcóatl (Serpiente Emplumada) no era otro que el apóstol Santo Tomás. También en esa época el erudito Sigüenza y Góngora escribió que los indios mexicanos habían llegado a estas tierras guiados por Neptuno, gran caudillo y navegante que después había sido deificado por los paganos. Así pues, no es exagerado decir que al descubrimiento de América siguió un largo período de encubrimiento. Hubo que esperar hasta finales del siglo XVIII para que comenzase el lento redescubrimiento de las civilizaciones americanas –un proceso que aún no termina.

Aceptar la originalidad de las dos grandes civilizaciones americanas –la andina y la mesoamericana- era y es difícil. Sin embargo, la opinión general de los historiadores y los antropólogos acepta hoy su autoctonía. El origen asiático de los indios es indudable; también lo es que, al llegar a nuestro continente, contaban con algunas creencias y nociones básicas. Sobre ellas, al cabo de los siglos, edificaron y elaboraron tanto sus complejas concepciones religiosas como sus soberbias construcciones y sus artes. Por ejemplo, la visión cuadripartita del universo inspirada en los cuatro puntos cardinales, fundamento de su cosmología y de la arquitectura piramidal, es característica también de la antigua China. Pero este y otros parecidos no afectan la esencial y fundamental originalidad de las dos civilizaciones. Ambas desarrollaron gérmenes propios y fueron creaciones autónomas. Rasgo notable: la comunicación entre andinos y mesoamericanos fue esporádica y discontinua. Vivieron aislados, encerrados en ellos mismos. Su horizonte mental se abría no hacia el más allá geográfico sino hacia el ultramundo de lo sobrenatural. En América, dos civilizaciones nacen, crecen y se desarrollan sin conocerse apenas; su historia es un lento proceso hecho de repeticiones y variaciones que no alteran sus rasgos esenciales.

En el Viejo Mundo la historia fue el continuo choque de civilizaciones y pueblos, religiones y filosofías. En América no hubo nada parecido a la influencia de la astronomía babilónica o del alfabeto fenicio en el Mediterráneo, a la adopción de la escultura grecorromana por el budismo indio o a la influencia de esa religión en el sudeste asiático y en Tibet, China y Japón.

Los griegos combaten y dialogan con los persas y los egipcios, los japoneses se apropian de la escritura china y de la filosofía política de Confucio, los chinos traducen los grandes textos budistas de la India, los pueblos mediterráneos saltan del politeísmo al monoteísmo cristiano, los eslavos adoptan el alfabeto cirílico, la ola del Islam cubre la mitad del mundo conocido y llega hasta España, los filósofos medievales redescubren a Aristóteles a través de Averroes, etc. La extraordinaria riqueza, variedad e inventiva de las civilizaciones del Viejo Mundo se debe sin duda a la pluralidad de pueblos y culturas en continua relación unos con otros: luchas, inmigraciones, fusiones, imitaciones y, en fin, incontables recreaciones colectivas. Ninguna de las grandes civilizaciones europeas y asiáticas, ni siquiera las más ensimismadas: India y China, han sido enteramente originales. América fue un continente sustraído a la historia mundial durante milenios y esta inmensa soledad explica la originalidad de sus creaciones; asimismo, su más obvia y fatal limitación: el primer contacto con el exterior aniquiló a esas sociedades. Carentes de defensas biológicas, las poblaciones indígenas de Mesoamérica fueron fáciles víctimas de los virus europeos y asiáticos; la misma indefensión, en el dominio psicológico y espiritual, explica su vulnerabilidad frente a la civilización europea.

Épocas, pueblos, culturas

La palabra Mesoamérica, empleada por los historiadores y antropólogos desde hace medio siglo, designa un conjunto de pueblos que ocuparon lo que en nuestros días es el centro y el sur de México, hasta Yucatán, Chiapas, Belice, Guatemala y Honduras. Se ha dividido la historia mesoamericana en tres períodos: el Formativo (1500 a.C.-300 d.C.), el Clásico (300-900 d.C.) y el Posclásico (900-1500). Estos términos pueden inducir a confusión: no hay nada clásico en el sentido de opuesto a romántico, en el arte de Teotihuacan o de Uxmal; clásico aquí designa el período del apogeo de Mesoamérica.

Las fechas son relativas: la verdadera civilización comienza hacia 1000 a.C. con los olmecas; el Clásico se inicia en Teotihuacan un siglo antes que en la zona maya y termina también antes, al despuntar el siglo VIII. Durante estos 2500 años nacieron, florecieron y cayeron notables culturas en distintas regiones. La más antigua, raíz de las otras, fue obra de los misteriosos “olmecas”, en la caliente y fértil costa del Golfo de México. Ignoramos cómo se llamaban realmente los olmecas y qué idioma hablaban. Al comenzar el siguiente período (Clásico Temprano) aparecen dos grandes centros, uno en la altiplanicie, Teotihuacan, y el otro en Oaxaca, Monte Albán (zapoteca). Ignoramos también la lengua que se hablaba en Teotihuacan. Esta ciudad fue una verdadera metrópoli cosmopolita, en la que había barrios de extranjeros como en las grandes ciudades del siglo XX. La influencia de Teotihuacan fue enorme en todos los pueblos de Mesoamérica y se hizo particularmente visible en el período formativo de los mayas (Kaminaljuyú e Izapa).

Hacia el siglo IV comienza la gran época maya, al principio deudora de los olmecas. Dos de sus grandes ciudades, Tikal y Palenque, merecen compararse con Teotihuacan. Mejor dicho: son su réplica estética. En Teotihuacan, la geometría rigurosa de las pirámides, la vastedad de las plazas y la desnudez de los espacios; entre los mayas, la proliferación de los símbolos, el predominio de la curva y la voluta, las enormes masas de piedra convertidas en un follaje de formas fantásticas. En Teotihuacan y Monte Albán la arquitectura es una importante masa regida por líneas inflexibles y ángulos rectos ante un espacio vacío; en tierra maya, la arquitectura se vuelve escultura y la escultura se transforma en máscaras que encubren al edificio. Los símbolos ahogan muchas veces al arte mesoamericano, como las citas y las alusiones eruditas a la poesía de Pound. Los mayas no se libraron enteramente de la tiranía de los símbolos pero su mayor libertad imaginativa los llevó, lo mismo en la escultura que en la pintura, a un arte de líneas gráciles, a ratos cercano al naturalismo de Occidente. En la costa del Golfo floreció otra gran cultura, probablemente heredera directa de los olmecas, que nos ha dejado El Tajín, un admirable conjunto de edificios, entre ellos la perfecta Pirámide de los Nichos. Las causas del derrumbe de estos grandes centros, entre los siglos IX y X, sigue intrigando a los historiadores. Las declinaciones son enigmáticas: ¿conocemos realmente las causas de la decadencia de Roma?

El período Posclásico es el de la reconstitución. Tuvo momentos no menos brillantes que los del Clásico: pienso en Chichen Itzá y en México-Tenochtitlan. En el Altiplano, al comienzo de este período, se hizo sentir la influencia maya (Cacaxtla, Xochicalco). En Oaxaca, otro logro extraordinario de los zapotecas: Mitla.2. Los muros de sus edificios están hechos de mosaicos geométricos que, iluminados por el sol o la luna, vibran como si fuesen un espacio viviente. Dos culturas marginales pero que nos han dejado obras notables: los huastecos, rama separada del árbol maya, pueblo de escultores de formas sólidas y plenas, y los mixtecos, que sobresalieron en la orfebrería y en la pintura de los códices. Entre el siglo X y el XI aparecen en el centro de México los pueblos nahuas. Uno de ellos, el tolteca, funda Tula, metrópoli militar y religiosa. Su memoria está asociada a la leyenda de Quetzalcóatl (Serpiente Emplumada) y a su lucha con Tezcatlipoca, un dios rival que lo engaña, lo hace pecar y lo derrota. ¿Un mito? Sí, pero también un hecho histórico: Quetzalcóatl reaparece entre los mayas, en Yucatán, como un caudillo fundador de pueblos y con el nombre de Kukulcán (Serpiente Emplumada en maya).3. La síntesis maya-tolteca fue afortunada y se llama Chichén Itzá, un nombre que designa a uno de los complejos arquitectónicos más notables de Mesoamérica, conjunción de la geometría del Altiplano y la exuberancia maya.

La suerte de los toltecas y de los maya-toltecas fue la misma de sus predecesores: la destrucción. En el siglo XIV surge un nuevo poder; otra nación nahua, los mexicas, más conocidos como aztecas, fundan México-Tenochtitlan. Ciudad doble, ciudad hecha de piedra, agua y reflejos, Tenochtitlan maravilló y hechizó a los españoles, sus conquistadores. La historia de su sitio hace pensar en la suerte de Troya. Su memoria nos desvela todavía. Cuando hojeamos un álbum de viejos grabados en donde aparecen los lagos, los volcanes y los templos, los pensamientos se desvanecen,

en una claridad en forma de laguna.
Rima feliz de montes y edificios,
se desdobla el paisaje en el abstracto
espejo de la arquitectura.
[...]
Las olas hablan nahua
[...]
(estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,
manto de plumas sobre el agua,
Tenochtitlan todo empapado en sangre)...4

 

Una constelación guerrera

A pesar de la variedad de naciones, lenguas, culturas y estilos artísticos, lo primero que sorprende es la unidad de estos pueblos: todos ellos compartiendo ciertas ideas y creencias. De ahí que no sea ilegítimo llamar civilización mesoamericana a ese conjunto de naciones y culturas. Unidad en el espacio y continuidad en el tiempo: desde el primer milenio antes de Cristo hasta el siglo XVI, los distintos pueblos mesoamericanos desarrollan, reelaboran y recrean un núcleo de conceptos básicos, así como de técnicas e instituciones sociales y políticas. Hubo, como he indicado, cambios y variaciones, derrumbes violentos de ciudades y naciones, aparición de otras, períodos de anarquía seguidos de otros de predominio de este o aquel pueblo, pero nunca se rompió la continuidad de la civilización.

La relativa uniformidad del mundo mesoamericano es visible, en primer término, en el dominio de la cultura material y técnica. La gran revolución económica fue la domesticación del maíz, que transformó en sedentarios a los nómadas. No es extraño que lo hayan divinizado. Otra los característica: la ausencia de animales de tiro y, en consecuencia, de la rueda y del carro (salvo curiosamente, como juguetes). Por último, una tecnología más bien primitiva y que no llegó a rebasar la Edad de Piedra, excepto en ciertos dominios, como la exquisita orfebrería. Sobresalieron también en el trabajo y pulido de la obsidiana, el jade y distintas clases de piedras, así como en la pintura, los códices, la plumaria y otras artes. Fueron grandes arquitectos y escultores. En cambio, no dominaron el arte de la navegación. Todo esto ha hecho decir a un eminente historiador, Michael D. Coe, que para encontrar a los verdaderos contemporáneos de los mesoamericanos, en el sentido cultural, hay que ir a la Edad de Bronce en Europa. Es cierto, en parte. Digo "en parte" porque si se piensa en los otros logros de los mesoamericaos -el calendario, la numeración por posiciones, el descubrimiento del cero, la astronomía, la arquitectura, las artes, la poesía- la diferencia con los pueblos de la Edad de Bronce es enorme. Una civilización no se mide únicamente por su tecnología sino por su pensamiento, su arte, sus instituciones políticas, sus logros morales.

Mesoamérica puede verse como una constelación de naciones. Lenguas distintas e intereses encontrados pero instituciones políticas semejantes, parecida organización social y cosmogonías similares. Un mundo que hace pensar en las polis griegas o en las repúblicas italianas del Renacimiento.

Como a ellas, dos notas definen a las sociedades mesoamericanas: la homogeneidad cultural y las intensas, feroces rivalidades. En el Altiplano hubo una impresionante sucesión de ciudades-Estado (Teotihuacan, Tula, Tenochtitlan) que pretendieron la dominación total sobre los otros pueblos, sin nunca lograrlo del todo. Las otras grandes ciudades-Estado (Monte Albán, El Tajín, Tikal, Copán, Palenque) guerrearon sin cesar pero no fueron expansionistas, al menos en el grado de las del Altiplano. Un paréntesis: los historiadores modernos se resisten a llamar ciudades -salvo en los casos de Teotihuacan y Tenochtitlan- a los grandes conjuntos arquitectónicos. Prefieren usar otro término: "centros ceremoniales". Expresión desafortunada: es difícil admitir que las grandiosas construcciones de esos lugares hayan servido únicamente como teatros de ritos religiosos y de funciones públicas. Casi seguramente fueron también centros políticos y administrativos, residenciales de la realeza, la aristocracia militar, el sacerdocio y la alta burocracia, según puede verse en Palenque. Sea como sea, la pluralidad de ciudades-Estado (o de "centros ceremoniales") fue la realidad permanente de la historia mesoamericana. Y con ella, su doble consecuencia: la guerra y el comercio.

El comercio tuvo una función internacional; una vasta red de intercambios unía a todas las regiones, incluso a las más apartadas. Existían centros de comercio internacional que recuerdan a nuestros "puertos libres". Además, como las caravanas orientales, grupos de comerciantes recorrían todas las rutas. A veces se convertían en bandas guerreras y otras en espías, tácticas tan antiguas y universales como la política y la guerra. Así los teotihuacanos llegaron a la zona maya y establecieron puestos en la América Central; por su parte, los mayas penetraron en el Altiplano y, a la caída de Teotihuacan, dejaron las huellas de su paso (y de su genio artístico) en Cacaxtla y Xochicalco. En fin, los comerciantes aztecas eran uno de los brazos de la política exterior de México-Tenochtitlan.

Entre los aztecas la clase superior estaba compuesta por la nobleza hereditaria (pilli) y los guerreros profesionales (tecuhtli). Se trata de una división tradicional y común a los otros pueblos. El sacerdocio compartía con los guerreros nobles la cúspide de la pirámide social. Durante muchos años los historiadores llamaron "período teocrático" al del esplendor de la civilización mesoamericana y algunos supusieron que se trataba de una época pacífica, sobre todo en la zona maya. A la luz de los avances de la epigrafía maya, se ha desvanecido esta hipótesis, se ha minimizado la importancia de la clase sacerdotal y se ha subrayado el carácter dinástico de las sociedades mesoamericanas. Sin embargo, no hay que exagerar: aquella civilización era profunda y fervientemente religiosa, como no dejaron de observarlo con asombro Cortés, Bernal Díaz del Castillo y los primeros misioneros. El fundamento de la realeza era la religión y quien dice religión dice sacerdocio.

Así en Europa, la realeza y la nobleza feudal no habrían sido posibles sin el papado. La realeza por derecho divino fue una institución universal en Mesoamérica, a juzgar por los indicios olmecas -las cabezas monumentales quizá son efigies de soberanos divinizados- y por los monumentos mayas, zapotecas, toltecas y aztecas. Al descifrar parcialmente las inscripciones mayas, conocemos hoy los nombres de muchos reyes y las fechas de sus batallas, victorias, ascensión al trono y otros fastos de sus reinados. Los jefes supremos eran de sangre divina y casi siempre, a su muerte, eran divinizados.

De ahí que el rey tuviese también funciones sacerdotales. Las fronteras entre lo político y lo religioso eran muy tenues; había imbricación entre el poder real, el militar y el sacerdotal.

Se ha señalado el carácter predominantemente religioso del arte mesoamericano. Al mismo tiempo, casi todas sus representaciones aluden a la guerra o a ritos estrechamente asociados a ella, como el sacrificio de los prisioneros o los emblemas, atributos y símbolos relativos a las dos órdenes militares, las águilas y los jaguares. La guerra mesoamericana posee un significado dual: es política y es religiosa, es búsqueda de ganancias materiales y es un ritual. En su primer aspecto, la guerra es la otra cara del comercio, quiero decir, es una de las consecuencias de la pluralidad de ciudades-Estado y de sus intereses antagónicos. Las guerras no tenían por objeto primordial la conquista; tampoco se pretendía la aniquilación del enemigo, salvo en casos excepcionales: se buscaba someterlo y convertirlo en tributario. La idea de imperio, en el sentido de una sociedad plurinacional en la que un Estado no sólo domina sino gobierna a las otras naciones, no aparece en Mesoamérica en ningún momento, ni siquiera en períodos expansionistas como los de Tula y Tenochtitlan. La noción de imperio era ajena a la tradición mesoamericana, ya que estaba en abierta contradicción con el principio básico que inspiraba y justificaba la actividad guerrera: conseguir prisioneros para el sacrificio. Más adelante desarrollaré este punto; por ahora, basta con indicar que la guerra fue endémica en Mesoamérica. Mejor dicho, era consustancial pues correspondía tanto a la ideología como a la índole de aquel mundo.

Otro rasgo característico es lo que he llamado la naturaleza circular de la historia mesoamericana. Quizá mi afirmación puede parecer demasiado tajante; sin embargo, no es inexacta. La civilización mesoamericana no sólo aparece milenios más tarde que las del Viejo Mundo sino que su historia fue un constante recomenzar, un levantarse, caer y levantarse de nuevo para volver a empezar. De ahí, sin duda, el carácter primitivo o arcaico tanto de sus técnicas como de ciertas costumbres e instituciones, entre ellas los sacrificios humanos. Este andar a tropezones o en círculos se debe, como ya dije, a que las culturas mesoamericanas no recibieron más influencia del exterior -a diferencia de las de Europa y Asia- que las de los bárbaros que vagaban y merodeaban por las llanuras y desiertos del norte. Esas tribus nómadas no eran una amenaza militar en las épocas de apogeo de las grandes ciudades- Estado del Altiplano pero apenas éstas se debilitaban, sea por convulsiones internas o por otras circunstancias, se presentaban, saqueaban las ciudades e, incluso, se establecían en las ruinas. Tras un período más o menos largo, los descendientes de los invasores rehacían por su cuenta la cultura de las ciudades que habían asolado. A veces la nueva versión era superior a la precedente, otras era una copia grosera. De los olmecas a los aztecas, la civilización mesoamericana no ofrece sino variantes del mismo modelo, en ocasiones sublimes como Teotihuacan y otras imaginativas y brillantes como Palenque y Tikal. En suma, hubo comienzos y recomienzos, perfeccionamientos y declinaciones, no cambios. En el Viejo Mundo el continuo trasiego de bienes y técnicas, dioses e ideas, lenguas y estilos produjo transformaciones inmensas; en Mesoamérica las inmigraciones aportaron sangre fresca, no ideas nuevas: Tula repite a Teotihuacan y Tenochtitlan a Tula.




Sacrificio y transfiguración

El mito mexicano de la creación del mundo refiere que los dioses se juntaron en Teotihuacan para crear, por quinta vez, al mundo. Dos de ellos, tras hacer penitencia, se arrojaron a la hoguera y se convirtieron en el sol y la luna. Pero no se movían, fijos en el cielo. Ante el universo paralizado y en trance de perecer, los demás dioses decidieron sacrificarse; así pusieron en movimiento al sol, a la luna y al universo entero. En otro momento del mismo mito, el sol desfallece; para ponerse en movimiento, necesita alimentarse con la sangre de las estrellas. Oposición entre la noche y el día, el cielo nocturno y el diurno: guerra celeste. Las estrellas son vencidas y sacrificadas, el sol bebe su sangre y el día se echa a andar. Victoria cíclica: el combate se repite cada día y cada día el sol debe vencer a la noche. En el primer relato, el autosacrificio de los dioses crea al mundo; en el segundo, la guerra divina y la sangre de las estrellas vencidas anima al sol y mantiene en vida al universo. Aquí aparece otro rasgo del sacrificio, hasta ahora apenas advertido: el universo es movimiento y el movimiento es transformación incesante, continua metamorfosis. Al poner en movimiento al universo, el sacrificio inicia la cadena de las transformaciones entre los dioses. Comienza así ese prodigioso ballet de dioses y diosas, todos enmarcados y transformándose sin cesar en sus contrarios -que son sus gemelos. En suma, la función del sacrificio es triple: crea al mundo, lo mantiene y, al mantenerlo, lo transforma. La tarea de mantener al cosmos en movimiento fue una obsesión de los pueblos mesoamericanos. Creían que el universo está siempre en peligro de detenerse y perecer. Para evitar esta catástrofe, los hombres deben alimentar al sol con su sangre.

Con ligeras variantes que no alteran su significado esencial, este mito aparece entre los mayas y en los otros pueblos mesoamericanos. Se trata de la concepción básica de su cosmogonía; además, es el eje de su vida espiritual. El sacrificio, en su doble forma, como dádiva de la sangre propia y como ofrenda de la del prisionero vencido en la batalla, es una visión del mundo y del puesto del hombre en el cosmos. Así, es el fundamento de la ética del hombre mesoamericano: por el sacrificio, el hombre colabora con los dioses y se diviniza. Para todos los mesoamericanos la vida de aquí abajo es un reflejo del drama cósmico. Los hombres imitamos o reproducimos los actos de los dioses. En este sentido, la vida no es sino un rito; el mundo es el teatro de los dioses y las acciones de los hombres son ceremonias que reproducen el gesto fundador del mundo: el autosacrificio y la guerra celeste. Visión polémica del cosmos: guerra celeste, guerra de los elementos y guerra de los hombres. Aunque todos los seres vivos, de los dioses a las hormigas, participan en este drama, la responsabilidad de cada hombre aumenta a medida que su posición es más alta en la pirámide social. El príncipe, el guerrero y el sacerdote están más cerca de los dioses y así sus obligaciones son mayores en la diaria tarea de recrear al mundo y mantenerlo.

Los relieves mayas de Yaxchilán muestran a los personajes reales que martirizan sus cuerpos y derraman su sangre. Esas ceremonias a veces eran públicas y a plena luz, ante el pueblo agolpado en los flancos de la pirámide; otras eran secretas, en cámaras subterráneas y a la luz de las antorchas. La pérdida de sangre y la ingestión de alucinantes provocaban visiones en las que aparecía, entre las fauces de una serpiente fantástica, un antepasado divino. Los sacerdotes, los guerreros, la nobleza y la gente del común, repetían en una forma cada vez más atenuada los ritos penitenciales de los monarcas. También en la otra actividad complementaria del autosacrificio, la guerra, eran proporcionales la responsabilidad, las recompensas y los riesgos. El destino del guerrero noble hecho prisionero era la piedra de sacrificios (la “piedra divina"), mientras que la esclavitud era la suerte de los prisioneros plebeyos. El caído en el combate, convertido en pájaro, o en mariposa, acompañaba al sol en su diario y peligroso viaje por el cielo y el inframundo; las mujeres muertas en el parto también eran divinizadas. Por último, aparte de las ganancias materiales y los honores públicos, el vencedor participaba en el proceso cósmico y comulgaba con las fuerzas divinas.

El puente mágico era, precisamente, la sangre del prisionero sacrificado. Este es el sentido de un rito que escandalizó a los españoles por su parecido con el sacramento cristiano de la eucaristía: el vencedor comía un pequeño trozo del muslo del prisionero inmolado.

Es imposible cerrar los ojos ante la función central de los sacrificios humanos en Mesoamérica. Su frecuencia, el número de las víctimas y la crueldad de muchas de esas ceremonias han provocado la reprobación de muchos. Actitudes explicables pero que no ayudan a la comprensión; es como condenar a un terremoto o azotar a un río que se desborda. No excluyo el juicio moral en la historia; pienso que, antes de juzgar, debemos comprender. Los conquistadores españoles no ocultaron su perplejidad al comparar la templanza y la dulzura de las costumbres de los aztecas con la crueldad de sus ritos. Un psicoanalista podría atribuir la exacerbación de las tendencias agresoras y autopunitivas al rígido puritanismo de aquellas sociedades.

Pero entonces, ¿qué decir de la crueldad del circo romano en una época de laxa sexualidad? Otros culpan al delirio religioso o a la terrible tiranía de las aristocracias militares y sacerdotales o al carácter absolutista de la ideología dominante o al terror estatal o la lucha despiadada entre los estados. Ninguna de estas explicaciones es enteramente satisfactoria; no son falsas: son incompletas. Tal vez todas las explicaciones históricas lo son. Entre las causas de cualquier hecho histórico hay una que es cambiante, inasible y abismal: el hombre.
Podemos aproximarnos a este tema desde otra perspectiva. Cualquiera que sea nuestro juicio sobre los sacrificios humanos, es indudable que la noción de sacrificio ha sido uno de los fundamentos de todas las religiones y de la mayoría de los sistemas éticos. También me parece indudable que el rigor y el ascetismo de aquellos hombres y mujeres, su entereza frente a la adversidad y su serenidad ante la muerte, son ejemplos de fortaleza y, en el sentido antiguo de la palabra, de virtud. Dos notas definen a su moral: la solidaridad con el cosmos y el estoicismo individual. Nada más opuesto a nuestras actitudes ante la naturaleza y ante nosotros mismos. Nuestro ideal, durante siglos y con las consecuencias que hoy conocemos, ha sido dominar y explotar al mundo natural y, con resultados también funestos, "liberar" nuestras pasiones. La sociedad moderna es incomparablemente más tolerante e indulgente que las del pasado pero ¿no hemos sido contemporáneos de los regímenes totalitarios, de los campos de concentración y de varias matanzas colectivas? La visión mesoamericana del mundo y del hombre me estremece. Es una visión trágica que, simultáneamente, me exalta y me anonada. No me seduce pero es imposible no admirarla. Sahagún cita una frase que el sacerdote dirigía al príncipe en el momento de ascender al trono: "se dice que los reyes y señores comen pan de dolor". Moral heroica a un tiempo insensata y sublime. Su pesimismo no doblega ni disuelve a la voluntad: la afila y la templa. Nos enseña a ver de frente al destino.

 

Dos, cuatro y cinco

En el mito de la creación del mundo se dice que cuando Nanahuatzin y Tecuciztécatl se lanzaron a la hoguera para convertirse en el sol y la luna, "un águila entró en el fuego y también se quemó y por esto tiene las plumas hoscas y negruzcas; a la postre entró el jaguar y no se quemó sino se chamuscó y por eso quedó manchado de negro y blanco. De esto se tomó la costumbre de llamar a los hombres diestros en la guerra águilas y jaguares". Esta versión del mito es azteca pero la dicotomía águila/jaguar es más antigua y se extiende a todos los pueblos de la altiplanicie y de la costa del Golfo de México. Es el origen mítico de las dos órdenes guerreras, águilas y jaguares, agrupaciones a un tiempo militares y religiosas, como los templarios medievales. Aparecen de un modo prominente en Tula y Tenochtitlan pero no son exclusivos del mundo nahua sino que pertenecen a todos los pueblos mesoamericanos. En Teotihuacan figuran emblemas de las dos órdenes y los célebres frescos de Cacaxtla, de factura maya, tienen como tema la rivalidad de las dos órdenes. El fresco principal muestra una batalla entre guerreros ricamente ataviados; las vestiduras de pieles y plumas (jaguares y águilas) son simbólicas pero el combate es real: lujo y sangre. El ritmo que anima a la composición, las lanzas que se cruzan y los escudos que resplandecen, todo, hace pensar en los torneos del “gótico florido” o en ciertas pinturas de Uccello. Las dos órdenes representan los dos aspectos de la realidad; la dualidad noche/día, origen de la guerra celeste que pone en marcha al universo, está simbolizada por los dos animales sagrados. La mitología de Mesoamérica es una prodigiosa danza de transformaciones: si el águila es el sol, el jaguar es “el sol de la noche”. Esta visión del jaguar como un sol llameante en la oscuridad de la selva nocturna habría regocijado a William Blake, que creía en la universalidad de la imaginación poética: “Tyger! Tyger! Burning bright/ in the forests of the night”.

La sorprendente metáfora del jaguar como un sol nocturno aparece también entre los mayas. Se trata de una expresión más del dualismo que está en la base del pensamiento mesoamericano y que es la raíz tanto de su cosmología como de sus ideas filosóficas y morales. El dualismo se hace patente desde el principio de una manera casi obsesiva en las figurillas de barro de Tlatilco (hacia 1200 a.C.). Algunas ostentan dos cabezas, en otras una mitad del rostro es una calavera, y la otra una fisonomía riente y otras, en fin, están provistas de dos narices y dos bocas, insólita prefiguración de ciertas pinturas de Picasso. Los aztecas tenían un dios, el dios supremo, que llamaban Ometéolt, el Señor de la Dualidad. Más que un dios era un concepto. Las fuentes mencionan a dos formas de la divinidad dual: Ometecuhtli, la masculina, y Omecíhuatl, la femenina. Esta divinidad doble era el origien de todos los seres y las cosas pero no se le rendía culto: literalmente estaba más allá. “En la filosofía azteca”, dice Michael D. Coe, “ésta era la única realidad y todo lo demás era ilusión”. El Señor de la Dualidad tenía una contrapartida infernal: el Señor y la Señora de la Muerte. Cada dios tenía su doble animal, además de la contrapartida femenina, también doble. Por ejemplo, en el mito de la creación del mundo se menciona a Xochiquetzal (Flor Erguida), diosa joven, pero figura como dos diosas con el mismo nombre y un atributo distinto: “la de la falda verde” y “la de la falda roja”. Otro ejemplo es Xólotl (el Gemelo), patrón de las formas dobles de la naturaleza como el anfibio axólotl. En el Códice Borgia pueden verse, las espaldas pegadas como siameses, a Mictlantecuhtli, dios de la muerte, y a Quetzalcóatl, dios de la vida. Esta representación -y no es la única- nos enfrenta a un arte profundamente intelectual, en el que la forma también es concepto. Un arte, en el sentido mejor de la palabra, filosófico.

La dualidad se desdobla en cuatro, número que es el arquetipo de Mesoamérica. El Señor de la Dualidad engendra a los cuatro Tezcatlipocas, cada uno de un color diferente y que corresponde a cada uno de los puntos cardinales. Los dioses mayas tienen cuatro aspectos, cuatro formas, cuatro funciones. Cada uno de ellos tiene, a su vez, una consorte desdoblada en cuatro manifestaciones. Como los aztecas, los mayas creían en las cuatro creaciones o edades del mundo, seguidas por una quinta, la actual. A esta creencia en las cuatro edades corresponde de nuevo la división del espacio en cuatro regiones, conforme a los cuatro puntos cardinales con uno en el centro. Para los mayas el color del centro era el verde; para los aztecas, el centro era el sol del movimiento, el sol que anima nuestra era y que un día lo destruirá. El cielo maya estaba sostenido por cuatro Bacabs; en el centro, crecía un árbol prodigioso, la ceiba perennemente verde. El sacerdote encargado de los sacrificios tenía cuatro acólitos, llamados Chac, como el dios de la lluvia. Los ejemplos pueden multiplicarse ad nauseam. El cuatro regía a Mesoamérica como la triada a los pueblos indoeuropeos.

La pirámide cuadrangular y escalonada es la forma canónica de la arquitectura religiosa mesoamericana. Es una proyección del cuadrilátero que forma los cuatro puntos cardinales. Las pirámides eran santuarios y tumbas. El santuario estaba en lo alto de la plataforma en que culmina la construcción; la tumba, como en Egipto, era una cámara subterránea. El modelo de la forma piramidal fue la montaña. Analogía que aparece también en Egipto, Mesopotamia y la India: el mundo es una montaña y el arquetipo de la montaña es la pirámide. En la esfera de las representaciones religiosas, la pirámide tiene un equivalente: el cielo, compuesto de 13 zonas superpuestas, y el inframundo, compuesto por nueve. Pero la pirámide es algo más que la representación simbólica de la montaña que son el mundo y el ultramundo; el movimiento que proyecta al cuadrilátero hacia arriba (o hacia abajo) lo transforma en tiempo. La pirámide es espacio convertido en tiempo; a su vez, en la pirámide el tiempo se vuelve espacio, tiempo petrificado. La salida y la puesta del sol, los movimientos de las constelaciones, las aparaciones y desapariciones de la luna, de Venus y de los otros planetas, rigen la orientación de las pirámides y su relación con las otras construcciones. En Uaxactún, dice Mary Ellen Miller, la colocación de las pirámides servía para señalar el paso del tiempo y los movimiento de los astros.? 5. En Chichén Itzá, en la pirámide llamada El Castillo, cada equinoccio de otoño pueden verse siete segmentos luminosos recorrer las escaleras: son siete trozos de la serpiente que asciende a la tierra desde las profundidades del inframundo.

Las pirámides eran tumbas y de ahí que fuesen representaciones del inframundo y de sus nueve zonas. En Palenque, en el Templo de las Inscripciones, sepulcro del rey Pakal, la pirámide tiene nueve niveles; adentro en el centro del nivel inferior, se halla la magnífica cámara mortuoria. Y hay más: 13 cornisas suben de la tumba al piso superior. Nueve y 13: los pisos del inframundo y del cielo. En Tikal la Pirámide 1, asimismo tumba de un monarca, tiene nueve niveles. En Copán hay otro notable ejemplo de pirámide funeraria de nueve terrazas; se trata (quizá) de la tumba del rey Jaguar de Humo. En cambio, la pirámide de Tenayuca, cerca de México tiene 52 cabezas de serpiente: los 52 años de siglo azteca. La de Kukulcán en Chichén Itzá tiene nueve terrazas dobles: los 18 meses del año; sus escaleras tienen 364 gradas más una de la plataforma: los 365 días del calendario solar. En Teotihuacan las dos escaleras de la Pirámide del Sol tienen, cada una, 182 gradas: 364 más una de la plataforma. El templo de Quetzalcóatl tiene 364 fauces de serpiente. En El Tajín la pirámide principal tiene 364 nichos más uno escondido. Nupcias del espacio y el tiempo, representación del movimiento por una geometría pétrea.

La pirámide no es el único ejemplo de la transformación del espacio en tiempo. El movimiento vertical que alza al cuadrilátero pueden ser tambien horizontal; la metamorfosis se repite, el espacio se despliega y se vuelve tiempo, ahora convertido en calendario. La forma que asume es dual: el calendario lunar de 260 días y el solar de 360, más cinco finales, sin nombre y de significación funesta. Eran los días vacíos. Los aztecas, siempre poetas, los representaban como cinco enmascarados con pencas de maguey. El calendario lunar servía para la adivinación y tenía connotaciones religiosas y mágicas; así como en Occidente se nace bajo el signo de una estrella, en Mesoamérica se nacía bajo un signo del calendario lunar. Los signos eran ambiguos pues consistían en un haz de prodisposiciones que podían enderezarse o torcerse, según el caso, por medio de conjuros y, como dice Sahagún, “por la diligencia o la negligencia y flojedad” de cada uno. No es necesario detenerse en los sutiles e intrincados pormenores de los dos celendarios pero sí es útil señalar que la rotación de los dos calendarios forma un ciclo de 18 980 días, al cabo de los cuales un día determinado volvía a ocupar su posición inicial. Así pues, cada conjunción tardaba 52 años en repetirse: el siglo mesoamericano, dividido en cuatro partes de 13 años cada una. Los mayas perfeccionarios el calendario al introducir la llamada “cuenta larga”. Idearon, como nosotros, una fecha ideal para comenzar la cuenta de los años; para nosotros es el nacimiento de Cristo, para ellos una fecha de actividad divina (el punto cero de la creación) que corresponde, en nuestro calendario, a 3 114 a.C. Calendario: tiempo hecho piedra y piedra giratoria.

Al desplegarse horizontalmente, el cuadrilátero original –los cuatro puntos cardinales- tiende a volver sobre sí mismo y transformarse en un círculo, con un punto en el centro, inmóvil y no obstante activo. Aunque la concepción cíclica del tiempo fue general en muchos pueblos –apenas si necesito recordar a los griegos y a los romanos- sólo en la India tuvo la complejidad y el refinamiento que alcanzó en Mesoamérica. El calendario mesoamericano no sólo es tiempo vuelto espacio y espacio en movimiento sino que contiene, implícita, una filosofía de la historia fundada en los ciclos. El famoso disco basáltico llamado Piedra del Sol expresa con muda y plástica energía esta concepción. En el centro, la imagen del dios sol y el signo de nuestra era (4 Movimiento); a su alrededor, los símbolos de las cuatro eras o soles que han precedido a la actual; enseguida, otro anillo con los signos de los 20 días; y todo circundado por dos serpientes de fuego. El signo 4 Movimiento es el del comienzo del mundo pero, también, el de su fin por un cataclismo. El sol del movimiento es la energía que pone en marcha al universo y hace girar a los astros, a los signos y a las estaciones. Energía terrible, sol siempre sediento de sangre; por esto aparece –realismo espeluznante- con la lengua de fuera. El movimiento, que es giro rítmico, danza del tiempo, un día va a desacordarse. En el sentido musical, el desacuerdo es una desafinación; en el moral e histórico significa discordia. Así, desacuerdo es ruptura del ritmo cósmico y del orden social. En la Piedra del Sol los aztecas leían su principio, su mediodía y su fin.


El espejo de la dualidad

Los historiadores subrayan el adelanto de la astronomía mesoamericana y la precisión de sus cálculos, sobre todo entre los mayas. Entendámonos: su astronomía era, asimismo una astrología y una mitología. Los movimientos del cielo se veían como una historia divina, hecha de los combates, uniones y transformaciones de los astros-dioses; a su vez, las historias mitológicas eran una traducción de los giros de las estrellas y los planetas. El famoso “juego de pelota” es una traducción ritual de estas ideas. La antiguedad del juego se confunde con la de la civilización mesoamericana: entre las figurillas de la cultura neolítica de Tlatilco hay varios jugadores de pelota; en San Lorenzo, el sitio olmeca más antiguo, hay huellas inequívocas del juego de pelota, entre ellas una espléndida escultura de un jugador (decapitada y enterrada durante la destrucción violenta que sufrió ese lugar). Desde entonces hasta la llegada de los españoles, los pueblos de Mesoamérica practicaron con pasión este juego. En todos los santuarios y centros ceremoniales hay canchas rectangulares, limitadas por muros a veces decorados con relieves alusivos. Probablemente el gran foco de irradiación estuvo en la costa del Golfo, en El Tajín. En ese sitio se han encontrado 11 terrenos de juego, algunos notables por sus relieves que adornan sus muros. Probablemente la gente de El Tajín, heredera de la cultura olmeca, se había especializado en la producción de pelotas elásticas de hule.6.

 

También proceden de esa zona ciertos objetos en piedra llamados yugos, palmas y hachas. Los dos primeros son casi seguramente representaciones pétreas de las defensas de caucho que revestían los jugadores para protegerse, como los cascos y petos acolchados que usan ahora los jugadores de fútbol americano. Las hachas servían quizá como marcadores. Estos objetos son verdaderas esculturas, con frecuencia de gran belleza, unos por la economía y la energía de sus formas, otros por su expresividad y otros, en fin, por el movimiento sinuoso y elegante de sus líneas. Algunos de los campos de juego son grandiosos, como el de Chichén Itzá, y otros, como los de Copán y Monte Albán, nos sorprenden por sus proporciones simétricas y por su armonía con el paisaje circundante. Uno de los grandes aciertos de los mesoamericanos fue haber hecho de la arquitectura una réplica del mundo natural. En Teotihuacan y en Monte Albán, diálogo entre las montañas y las altas moles geométricas de las pirámides; en Tikal y Palenque la relación se establece entre la vegetación delirante y el barroquismo fantástico de los templos y los palacios.



Este antiguo juego ritual se practicaba, según parece, de dos maneras: como un deporte y como un rito.? 7Este segundo aspecto, sin duda el más antiguo, es el tema de los relieves de El Tajín, Chichén Itzá y otros lugares. Como en el caso de los guerreros águilas y jaguares, el eje del rito es el combate celeste del sol contra las estrellas y del día frente a la noche, la dualidad polémica que mueve al mundo. La batalla del fresco de Cacaxtla es la pintura de un ritual en el que los guerreros águilas y jaguares representan (y pagan con su vida) el drama cósmico. El juego de pelota fue un rito de parecido significado y desenlace semejante: en un relieve de El Tajín se ve al capitán del equipo vencido en el momento de ser sacrificado. Otro relieve muestra un jugador decapitado: siete serpientes brotan de su tronco mutilado. En Chichén Itzá un relieve repite la misma imagen terrible. Las serpientes significan fertilidad: el sacrificio es vida.

Las matemáticas mesoamericanas no fueron menos notables que su astronomía. Dos descubrimientos capitales en la historia del ingenio humano: la numeración por posiciones y el cero o signo de nulidad. Ambos fueron hechos por los olmecas y después perfeccionados por los mayas. La escritura también comenzó con los olmecas y fue desarrollada más tarde por los otros pueblos, sobre todo por los zapotecas de Monte Albán. También hay escrituras del mismo tipo -jeroglíficos con algunos elementos fonéticos, a manera de logogrifos- en Teotihuacan, El Tajín y otros sitios. Todavía no se han podido descifrar esas escrituras, salvo los glifos toponímicos y las fechas del calendario. La escritura mixteca y más tarde la azteca combinaron la pictografía con el fonetismo. Un ejemplo azteca:“el nombre de la población Atlan se escribe con el pictograma agua (atl) y con el pictograma diente (tlan)”.? 8.   Una verdadera adivinanza.

El sistema más completo –y más complejo- fue el ideado por los mayas pues combina la ideografía con el fonetismo de manera más total y sutil. Los mayas deben de haber poseído una extensa literatura, a juzgar por los Libros de Chilam Balam y por el Popol Vuh, escritos después de la Conquista pero que recogen muchas de sus tradiciones religiosas y cosmogónicas, sus ritos y las profecías de sus sacerdotes. La inmensa mayoría de los códices mayas fue destruída. Sólo nos quedan cuatro; el más importante entre ellos, conservado en Dresden, se ocupa únicamente de temas astrológicos y rituales. Tenemos, además, las numerosas inscripciones en los templos y en las estelas. Estas inscripciones acompañan a las figuras labradas en los relieves o esculpidas en las estelas. Su función era semejante a la de las leyendas y títulos en nuestros periódicos y libros al pie de un grabado o de una fotografía: informan sobre un suceso y sus actores. Los extraordinarios avances últimos en el desciframiento de la escritura maya han cambiado muchas de nuestras ideas sobre la historia de ese pueblo. Sin embargo, todavía estamos lejos de comprender cabalmente su escritura.9.

Si algún día llegaran a descifrarse del todo esas inscripciones, temo que nos decepcionarían; lo más probable es que consistan en hileras de nombres, fechas, fastos palaciegos y hechos de guerra. La verdadera literatura –poemas, leyendas, cantos y cuentos- debe de haber sido oral, como entre los aztecas, los únicos que nos han dejado un admirable corpus de poesía.


No sólo los principios básicos y los mitos fueron los mismos para todos los pueblos de Mesoamérica; también su panteón fue semejante. Con nombres distintos y en lenguas diferentes veneraron a los mismos dioses con ritos parecidos. Dioses del cielo y dioses de la vegetación, dioses guerreros y dioses de la fertilidad, dioses civilizadores y dioses del placer. Dioses y diosas: el dios de la lluvia, Tláloc en la altiplanicie y Chac en Yucatán; la diosa del agua, Chalchiuhtlicue, la de la falda de jade; el dios sol y la diosa luna; Coatlicue, la de la falda de serpientes, de cuyo tronco decapitado nace Huitzilopochtli armado, como Minerva de la frente rota de Júpiter; el viejo dios del fuego; el joven dios del maíz, Xipe el Desollado y la diosa Tlazltéotl, Mariposa de Obsidiana, la flechadora, diosa de la confesión y del baño de vapor, diosa Barredora de Inmundicias de la Casa del Alma; la Serpiente Emplumada, Quetzacóatl en la altiplanicie y Kukulcán en Yucatán, dios que asciende del Golfo y sopla un caracol marino y se llama Noche y Viento (Yohualli Ehécatl), dios del aliento vital y dios destructor de la segunda era del mundo, Estrella de la Tarde y Estrella Matutina, dios 1 Caña que desapareció por el lugar en donde “el agua del cielo se junta con el agua del mar” (el horizonte) y que volverá a aparecer por ese mismo lugar y ese mismo día para recobrar su herencia: Quetzalcóatl, dios pecador y penitente, pintor de palabras y escultor de discursos; Mixcóatl, Serpiente de Nubes, Vía Láctea, dios negro y azul constelado de puntos blancos: cielo nocturno….

La mitología mesoamericana es un teatro de metamorfosis prodigiosas que nunca tuvo un Ovidio. Como los cuerpos celestes, las plantas y los animales, los dioses cambian continuamente y se transforman. Tláloc, dios de la lluvia aparece como dios guerrero entre los mayas de Yaxchilán; Xochipilli (1 Flor), dios del canto y la danza, se transforma en Cintéotl, el maíz naciente; Xochiquetzal es la mujer del mancebo Piltzintecuhtli, que no es otro que Xochipilli, aunque, en otro momento del mito, la diosa se convierte en la consorte de Tezcatlipoca. ¿Cuál de todos? Pues hay cuatro: el Tezcatlipoca negro, Espejo Humeante, dios jaguar que ve en su espejo el fondo de los hombres y que se convierte en su doble contrario, el joven Huitzilopochtli, el colibrí, que es el Tezcatlipoca azul. En el otro punto del espacio aparece el Tezcatlipoca blanco, que es Quetzalcóatl, y en el cuarto punto, entre el maíz verde y la tierra ocre, el Tezcatlipoca rojo, que es Xipe Totec. Los dioses aparecen y desaparecen como los astros en la boca de la noche, como el sol en el oeste, como el pájaro entre dos nubes, como el coyote entre los pliegues del crepúsculo. Los dioses son tiempo pero no tiempo petrificado sino en perpetuo movimiento: danza de las metamorfosis, danza que es “guerra florida”, juego ilusorio y cruel, baile de reflejos lanzados por cuatro espejos que se enfrentan y combaten, se enlazan y se vuelven hogueras, se apagan y vuelven a encederse. ¿Quién los enciende y quién los apaga? El Señor de la Dualidad.




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