Moral sexual



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La reflexión filosófica


La aproximación fenomenológica a la sexualidad a través de diferentes disciplinas científicas nos ha permitido comprender ya la sexualidad como una fuerza o impulso de trascendencia radicado en la persona. Ya en el nivel biológico, ello queda de manifiesto tanto en su función procreadora como en su excedencia respecto a la misma. En el nivel psicológico, las diferentes etapas evolutivas constituyen desafíos y oportunidades de apertura al otro, así como el correlativo riesgo de regresión y repliegue en sí mismo. La antropología cultural permite constatar en la regulación racional de la sexualidad su función en la construcción de la sociedad, mientras que la banalización y la privatización de aquélla en la cultura contemporánea ponen en peligro esta función.

La reflexión filosófica debe delinear las estructuras de significado que están en la base de la experiencia sexual humana, para lo cual acoge estos estímulos de la investigación científica y de las interpretaciones ideológicas y las sitúa en un cuadro antropológico más amplio.


    1. La relación sexualidad – persona


El sexo es considerado cada vez más como una realidad que implica radicalmente a la persona humana en su ser y en su existir. Ello es consecuencia de la corporeidad que no es un dato accidental o puramente instrumental, sino que es parte integrante y necesaria del ser personal. Es preciso superar, entonces, cierta concepción tradicional de la sexualidad que tendía a tratarla como una función biológica, la función generativa, en cierta manera extrínseca a la persona, de modo que la cuestión moral era planteada en términos de licitud o ilicitud del uso de esta facultad, y del placer venéreo.

La sexualidad es una conformación estructural del ser humano, una forma o estilo de existencia (Merleau-Ponty), una modalidad del ser en el mundo (Heidegger). Su influencia no se reduce, pues, a su ámbito específico, sino que repercute en todas las manifestaciones de la existencia personal. Entre sexualidad y persona se establece una relación de circularidad: la sexualidad revela el misterio de la persona, y a su vez, el misterio de la persona revela la naturaleza última de la sexualidad humana.
    1. El significado inter-personal


En este contexto, la sexualidad asume el significado de instrumento y signo del encuentro interpersonal. Ella aparece como la puerta de salida de sí mismo y el ingreso al mundo de las personas, como la posibilidad misma del encuentro. Es el lugar donde el hombre experimenta su indigencia existencial y vive la apertura hacia los otros.

1. La diferenciación entre masculino y femenino es vivida, en el ámbito humano, específicamente bajo la forma de encuentro, es decir, de diferenciación relacional. Conocer al otro es llegar a ser uno mismo. El hombre y la mujer no son dos individuos que deben ser puestos en relación, sino que llegan a ser aquello que son únicamente en la reciprocidad del “cara a cara” corpóreo que los compromete mutuamente. Experimentan aquello que soy solamente en la reciprocidad.

2. El destino al cual tiende la sexualidad por sí misma, y a la cual el hombre debe progresivamente orientarla si no quiere bloquear su evolución y traicionar su significado, es la capacidad de una relación oblativa, que es el vértice de la maduración personal. La existencia sexuada es un radical descubrimiento de la reciprocidad, y por ello, de la necesidad y el deseo del otro. El amor emerge, en este contexto, como la expresión del deseo del hombre de realizarse en la comunicación. Ello puede realizarse en la medida en que el varón y la mujer se reconocen y se aceptan recíprocamente como seres diversos y, precisamente por ello, tienden a la total comunión. El gesto sexual es el “lugar humano” de esa revelación recíproca.

3. La sexualidad emerge así como la raíz y el lenguaje del amor humano. El amor tiene una estructura cuasi-sacramental: en ella, la sexualidad tiene el rol de medio expresivo de una realidad que la trasciende. El amor humano no se realiza fuera o más allá de la sexualidad, sino a través de la misma.

Ello, sin embargo, no debe ocultar el carácter estructuralmente ambivalente del lenguaje sexual. El encuentro sexual puede hacerse instrumento de encierro narcisístico y de reificación del otro, sin real encuentro humano. Por ello la sexualidad debe ser constantemente humanizada, ayudada a integrarse en la dinámica de la relación interpersonal.

    1. El placer sexual


Estas conclusiones pueden ser apoyadas desde el análisis fenomenológico del deseo sexual en sí mismo, tema muchas veces descuidado. “¿Qué es lo que deseamos en el deseo sexual?”20

En el deseo sexual encontramos una polaridad básica:



  • se dirige a algo sensible, pero incluye en sí el deseo de algo más. Por un lado, busca el placer sensual, poder saciar la tensión que se experimenta frente al valor sexual.

  • Pero, en el hombre, conocer sensiblemente es ya conocer intelectualmente. El deseo sensible esconde, por lo tanto, un deseo espiritual.

No se trata de dos deseos distintos, sino de dos polos del mismo deseo. Entre ellos existe una desproporción constitutiva: se busca el placer sensible, pero se pretende la felicidad. El valor del placer sensible reside en que testimonia la bondad del cuerpo, y es una invitación para que el hombre se auto-trascienda. Pero no puede procurar por sí mismo la felicidad, puesto que se dirige a bienes concretos, por lo que es incapaz de abrazar toda la vida y plenificarla.

El deseo sexual es un deseo de poseer al otro. Pero no simplemente su cuerpo, sino sobre todo su reconocimiento, a través del cual el que desea se reconoce a sí mismo. Se introduce así un elemento de reciprocidad. Por ello la satisfacción sexual no puede reducirse al mero placer físico. En su misma estructura están inscritos los rasgos de la alteridad.

Nuestra interpretación del placer depende de nuestro concepto de la felicidad. Si aceptamos el giro subjetivista del concepto moderno de felicidad, como un estado de satisfacción de los deseos y necesidades, el placer sexual será visto como una realidad meramente instrumental. Pero un signo de que este modo de pensar no es correcto, es el hecho de que el placer no lo buscamos directamente. Lo que buscamos en modo directo es la realidad objetiva que nos satisface: viajar, saber, amar, contemplar, etc. En el fondo, lo que buscamos es una plenitud última, una vida lograda:

“El deseo natural de felicidad es la estructura formal de todo deseo humano, con un influjo decisivo en cada deseo, ya que lo abre a una plenitud que va más allá de lo que inmediatamente busca”21

La sexualidad juega un papel decisivo en la determinación de aquello en lo que consiste la verdadera felicidad: adecuadamente interpretado, el deseo sexual muestra un ideal de vida buena, consistente en la plenitud de una comunión entre el varón y la mujer, que se realiza de un modo específico en la entrega sexual. El placer sexual tiene una dimensión figurativa que consiste precisamente en remitir a esta plenitud.




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