Moral sexual


Valoración de los llamados “actos parciales”



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Valoración de los llamados “actos parciales”


Si consideramos que la relación humana es una relación que crece, que se desarrolla progresivamente en el tiempo, el gesto sexual debe ser valorado sobre la base de la posibilidad que el mismo tiene, de expresar de modo coherente el nivel de maduración del encuentro. Es diverso el significado de un gesto sexual realizado por dos personas que se han conocido poco tiempo antes y todavía no han elaborado ningún proyecto común de futuro, respecto al significado del mismo gesto cumplido por dos novios entre los cuales existe una comunión de sentimientos profundos y una seria decisión de querer vivir juntos y para siempre, aunque esa decisión no haya sido aún convertida en pública a través del matrimonio.

Decir que el significado es diverso, no significa por eso mismo legitimar este tipo de actos (“parciales”), ni menos aún el uso completo de la sexualidad en el noviazgo, sino sólo subrayar la exigencia de un juicio articulado en relación a los actos parciales o limitados, que adquieren un valor diverso según el momento de crecimiento de la relación y del significado que les es atribuido por los novios121.


Perspectivas pedagógico-pastorales


Es claro que no basta proclamar abstractamente la ilicitud de las relaciones prematrimoniales. Es necesario crear las condiciones para que esta normativa sea efectivamente vivible. Ello reclama una obra de largo alcance, en lo cultural, educativo y sociopolítico, que involucra tanto las instituciones laicas como eclesiales.

1. En el terreno cultural es preciso crear las condiciones para la superación de la concepción privatizada del sexo, que lamentablemente tiene hoy una amplia difusión. El amor no es un hecho puramente privado frente al cual la sociedad no tiene nada que decir. Es preciso revalorizar el significado de la institución matrimonial, clarificando su valor positivo.

2. Esto, sin embargo, no basta. El problema de las relaciones prematrimoniales debe ser inscripto en el contexto más amplio de la educación a la sexualidad, que reclama el aporte de las familias y de las estructuras sociales. Debe ser propuesto de un modo renovado el valor de la castidad, no como frustración de legítimas exigencias, sino como renuncia a la expresión inmediata de los instintos en vista a la adquisición de un modo más auténtico de vivir el encuentro con el otro en la donación de sí.

3. Por último, el redimensionamiento de la cuestión de las relaciones prematrimoniales comporta, tanto en el terreno eclesial como en el social, la eliminación de los obstáculos que impiden el correcto desenvolvimiento de las relaciones humanas y la creación de condiciones positivas que favorezcan su crecimiento y su orientación hacia el matrimonio. La coincidencia entre la plena maduración de la relación entre los novios y la elección del matrimonio a menudo se torna difícil a causa de las condiciones injustas de la sociedad actual. El esfuerzo fundamental está en remover tales obstáculos, y en crear un nuevo modelo de convivencia en el cual la sexualidad sea presentada y vivida no en un modo mercificado y consumístico, sino en manera auténticamente humana y liberadora. Quizás el mejor modo de des-dramatizar este problema, y de hacer accesible el cumplimiento de la norma moral, es el de restituir al noviazgo su dignidad civil y eclesial, y en este último ámbito, pensar en una espiritualidad que cualifique este tiempo decisivo de la existencia humana122.




1 Seguimos aquí a E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 11-41; id, Amor, sexualidad, 21-34.

2 Un resumen de su visión puede leerse en E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 141-142.

3 Congregación para la doctrina de la fe, Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual, Persona humana, en. de 1976 (en adelante, PH).

4 En un modo similar, dice el CEC 2332: «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con el otro».

5 Las reflexiones que siguen sobre antropología sexual están tomadas, en su mayor parte de G. Piana, Orientamenti di etica sessuale, en T. Goffi – G. Piana (ed.), Corso di morale, II. Etica della persona, Queriniana, 282-377

6 Cf. M. Vidal, Moral de Actitudes, II.2º. Moral del amor y de la sexualidad, PS, Madrid 1991, 16s.

7 El psicoanálisis es una disciplina fundada por S. Freud que pretende la investigación de las causas de ciertos trastornos psicológicos y su tratamiento basándose en la hipótesis de que muchos problemas psicológicos están alimentados por el residuo de impulsos y conflictos reprimidos en la niñez. Los psicoanalistas tratan de llevar estos sentimientos reprimidos al plano del conocimiento consciente, donde el paciente, en teoría, podría resolverlos, cf. “Psicoanálisis”, en J.M. Farré Martí (dir.), Diccionario de psicología, Océano, Barcelona 1999, 280.

8 Para ampliar este tema, se puede consultar: X. Thévenot, «Cristianismo y desarrollo sexual», Concilium 175 (1982), 228-240; Id., «Nuevas orientaciones en moral sexual», Concilium 193 (1984) 471-479.

9 Sigmund Freud (Freiberg, 1856 - Londres, 1939) fue un médico y neurólogo austriaco, creador del psicoanálisis.

10 Un tratamiento claro y resumido, M. Vidal, Moral de actitudes, II.2, 35-36.

11 F. Fornari ha desarrollado ampliamente la contraposición entre el carácter predatorio y alucinatorio de la sexualidad infantil o pregenital fundada en el principio del placer y en el principio de la apropiación, y el carácter consciente y realista de la sexualidad madura o genitalidad, fundada en el reconocimiento de la complementariedad y por consiguiente, en la necesidad recíproca por la cual es constituida y sobre el principio del intercambio que la hace funcional a una convivencia social verdaderamente humana, mientras la pregenitalidad es destructiva y funcional al instinto de muerte (cf. Genitalidad y cultura, Milán 1979).

12 Sigo en este punto a G. Gatti, Educazione morale cristiana, 17-36.

13 Erik Ericsson, (1902 - 1994), fue un psicólogo estadounidense de origen alemán, destacado por sus contribuciones en psicología evolutiva. Estudió psicoanálisis en Viena. Fue psicoanalizado por la misma Anna Freud, hija de Sigmund Freud. Huyó a los Estados Unidos con la invasión nazi. Enseñó en Harvard, Yale y Berkeley. En 1950 escribió Childhood and Society, libro que contenía las bases argumentales de su versión sobre la teoría freudiana.

14 Jacques-Marie Émile Lacan (París, 1901 - 1981). Psicoanalista francés. Médico psiquiatra de profesión, es mejor conocido por su trabajo que subvirtió el campo del psicoanálisis. Es considerado uno de los analistas más influyentes después de Sigmund Freud. Buscó reorientar el psicoanálisis hacia la obra original de Freud, de cuyo sentido consideraba que el psicoanálisis post-freudiano se había desviado cayendo en una lógica a veces biologicista, u objetivadora de la realidad. Llevó adelante este propósito enfatizando la función del lenguaje en la estructuración de la personalidad, como explicaremos a continuación. Las reflexiones que siguen están tomadas de X. Thévenot, Repères éthiques, Mullhouse, Éditions Salvador, 1982, 36-54.

15 A. Cencini – A. Manenti, «Psicología y formación», 275-285.

16 X. Thévenot, «Vivre chrétiennement des difficultés sexuelles», en Repères Étiques, 54-59.

17 X. Thévenot, «Repères éthiques», 57.

18 X. Thévenot, «Repères éthiques», 57.

19 Los capítulos 4 a 6 y 8 son, en su mayor parte, traducción y resumen de G. Piana, Orientamenti di etica sessuale, en T.Goffi – G.Piana (ed.), Corso di Morale, II, Etica della persona, Queriniana, Brescia 1990, 281-377.

20 En este tema sigo a J. Noriega, El destino del eros. Perspectivas de moral sexual, Palabra, Madrid 2005, 76-87.

21 J. Noriega, El destino del eros, 81.

22 Sigo en este tema a J. Noriega, El destino del eros, 154-159. Cf. CEC 2521-2527, donde se señalan algunos aspectos de la relevancia práctica personal y social del pudor.

23 Cfr. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad, 84.

24 Ver por ejemplo los ritos unidos al parto (Lv 12,6), al flujo menstrual (Lv 15,19-30), a la polución nocturna (Lv 15,1-7; Dt 23,11), a las relaciones sexuales que no hacen idóneo para el culto (cfr. Lv 15,18), especialmente a los sacerdotes (cfr. Ex 20,26), etc.

25 Sobre la relación entre eros y ágape, cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, 3-15.

26 Sigo en este tema a J. Guillet, Jésus Christ dans notre monde, Desclée de Brouwer, collection Christus-essais, N° 39. J. Guillet (Lyon, 1919 – 2001) fue especialista en temas bíblicos, profesor de exégesis del NT en la École de la Foi en Friburgo, y en la Facultad de Teología del Centro Sèvres de París.

27 A. Barral-Baron, Le célibat, chemin de vie, Cerf, Coll. Foi vivante, N° 249, Paris, 1990, p. 109.

28 Esta reflexión es tomada de A. Cencini, “La virginidad como revelación de la verdad del corazón humano”, Boletín OSAR 23 (mayo 2005), 23-39.

29 A. Cencini, “La virginidad”, 32.

30 A. Cencini, Por amor, 235.

31 Cfr. A. Cencini, Por amor, 236.

32 Cfr. A. Cencini, Por amor, 238.

33 Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano (1983), 6.

34 Aunque sea implícitamente, el consentimiento a la comunión personal en la diferencia sexual, con todas sus implicancias, importa el consentimiento a la alianza con el Creador de tales diferencias y de su sentido. Cf. J. Noriega, El destino del eros, 72-73.

35 G. Bresciani, Personalismo e morale sessuale, citato por A. Cencini, Por amor, 286.

36 Cfr. H. U. von Balthasar, Teodramática, citado por A. Cencini, Por amor, 288.

37 C.S. Lewis, El problema del mal.

38 “La continencia por el reino de Dios, se hace en relación a la masculinidad o feminidad de la persona que hace tal opción, se realiza de acuerdo con la plena conciencia del significado esponsal que la masculinidad y la feminidad contienen dentro de sí”, Juan Pablo II, «Virginidad o celibato “por el reino de los Cielos”», Catequesis, 1982.

39 S. Grygiel, Verginitá, citado por A. Cencini, Por amor, 194.

40 Un caso especialmente delicado es el del término porneia, que aparece a menudo en los catálogos de vicios que excluyen del Reino de los Cielos, y que puede revestir el significado genérico de conducta sexual contraria a la fe en Cristo, o designar pecados específicos como adulterio, incesto (1 Cor 5,1-5), fornicación u homosexualidad (Rom 1,26-27).

41 Este criterio lo tomo de M. Rhonheimer, Ética de la procreación, RIALP, Madrid 2004, 64-131.

42 Hay que recordar, en efecto, que el deseo sexual es el más intenso de todos los deseos sensibles, como el placer sexual es el más intenso de todos los placeres sensuales (cf. II-II, 153, 4).

43 La versión corregida en 1997 de este número decía: «otros factores ... que reducen e incluso anulan la culpabilidad moral» (subrayado nuestro). No se comprende con claridad el motivo del cambio: si el acto es compulsivo, realizado sin libertad, no hay lugar para la responsabilidad moral, ni siquiera atenuada.

44 Se puede ver un ejemplo en A. Royo Marín, Teología moral para seglares, 49ss.

45 Para una descripción del complejo proceso de percepción de los valores: E. López Azpitarte, Fundamentación de la ética cristiana, 132-135.

46 E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad, 321.

47 Cf. M. Rhonheimer, Ética de la procreación, 71-75.

48 M. Rhonheimer, Ética de la procreación, 79-82.

49 Una trascripción del texto del dictamen en E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 341-342; Id, Amor, sexualidad y matrimonio, 182-183.

50 En virtud del principio de totalidad, lo dicho en relación a las «enfermedades del organismo» es válido para los problemas psicológicos, como el tratamiento de la ciesofobia o neurosis del embarazo, cfr. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 362-364; Id, Amor, sexualidad y matrimonio, 190-192.

51 «Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica» (CEC 2370). Por ello, «no se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia» (CEC 2363).

52 La valoración ética de las conductas sexuales no depende sólo de los motivos, sino de la naturaleza de la persona y de sus actos (cfr. PH 5).

53 Sigo en este punto a M. Rhonheimer, «Anticoncepción, mentalidad anticonceptiva y cultura del aborto: valoración y conexiones», en R. Lucas Lucas (ed.), Comentario interdisciplinar a la Evangelium Vitae, BAC, 435-452.

54 M. Rhonheimer, «Anticoncepción», 451.

55 FC 31 invita a los teólogos a colaborar con el Magisterio para iluminar cada vez mejor «los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones personalistas de esta doctrina». Para la reflexión teológica, seguimos a M. Rhonheimer, Ley natural y razón práctica, 138-167.

56 Cfr. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 364-374; id, Amor, sexualidad, 188-189, 192-196.

57 Cf. Congregación para la Doctrina de la fe, La vocación ecle­sial del teólogo (24.V.1990), 24-32.

58 En el mismo sentido, Suiza, Canadá, Bélgica, Inglaterra y Gales. López Azpitarte apoya esta doctrina en los textos arriba citados.

59 Cfr. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 378; id, Amor, sexualidad, 195-196.

60 Cfr. M. Rhonheimer, Ley natural y razón práctica, 455-464; Id., La perspectiva de la moral, 348-368.

61 Cfr. Mons. J. Suadeau, «Profilácticos o valores familiares. Frenando la expansión del SIDA», L’Osservatore Romano, Edición diaria, 19-4-2000.

62 El texto dice: “En cuanto a lo demás, digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no la despida; y, si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no le despida … Pero si la parte no creyente quiere separarse, que se separe; en ese caso, el hermano o la hermana no están ligados: para vivir en paz os llamó el Señor”.

63 Como, por ejemplo, entre dos no católicos, de los cuales uno está bautizado y el otro no, cuando una de las artes ingresa a la Iglesia católica y la otra no quiere continuar la vida marital; o cuando, en el mismo supuesto, el matrimonio está roto de hecho, y una de las partes quiere contraer matrimonio con una parte católica.

64 Históricamente, esta doctrina fue decidida por el Papa Alejandro III, como solución de compromiso para zanjar la discusión entre quienes sostenían, siguiendo la tradición del derecho romano, que el matrimonio se constituye por el consentimiento de los contrayentes (Universidad de París), y quienes se volcaban a favor de la tradición germánica de la copulación (Universidad de Bolonia).

65 Este argumento es recogido en CEC 2385.

66 En este sentido, CEC 2382.

67 Es la tesis de J. Bonsirven, Le divorce dans le Nouveau Testament, 1948.

68 Esta es la opinión de P. Hoffmann, “Las palabras de Jesús sobre el divorcio y su interpretación en la tradición neotestamentaria”, Concilium 55 (1970) 223-224. También R. Schnackenburg, El mensaje moral del Nuevo Testamento, I. De Jesús a la iglesia primitiva, Herder, Barcelona 1989, 175-181.

69 Para un estudio detallado: E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 400-405.

70 E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 406 y nota 43.

71 E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 397-398; B. Häring, ¿Hay una salida?, 61-80, en que desarrolla la espiritualidad oriental de la «oikonomia» y su aplicación a la disciplina del matrimonio.

72 Cfr. H. Gruber, «Divorcio y nuevas nupcias», en Selecciones de Teología 139, 212-222.

73 Jean Bernhard diferencia entre matrimonio instaurado (por el mutuo consentimiento) y matrimonio consagrado por la vida en común (que sería el único absolutamente indisoluble). Por su parte, J.T. Finnegan habla de matrimonio “psicológicamente consumado”, cuando los esposos se unen no sólo físicamente sino en las varias dimensiones de su vida. Pablo VI se opuso a estas hipótesis de “consumación existencial” en su discurso a la Rota de febrero de 1976, cf. B. Petrà, Il matrimonio può morire?, 81-84.

74 Es la propuesta de B. Petrà, Il matrimonio può morire?, en especial, 233-245.

75 Proposición 14, 3 y 4.

76 Proposición 14, 6.

77 También el Catecismo hace referencia a las «diferencias considerables» entre las distintas situaciones, cfr. CEC 2386.

78 Para el texto en castellano: Selecciones de Teología 132 (1994) 341-350.

79 Congregación para la doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar, 14-9-94.

80 Cf. B. Petrà, Il matrimonio può morire?, 97-101.

81 Cfr. E. López Azpitarte, Ética de la sexualidad y del matrimonio, 425-426. Este tipo de solución se denomina frecuentemente “solución de fuero interno”, “de buena fe” o de “buena conciencia”, que para algunos autores se restringe al supuesto de que los cónyuges estén convencidos de la invalidez de su primer matrimonio (conflict situation), y para otros se extiende al caso de que los cónyuges supieran que la primera unión es válida pero irremediablemente fracasada, cf. B. Petrà, Il matrimonio può morire?, 52-63.

82 M. Rhonheimer, Ley natural y razón práctica, 476. Un tratamiento extenso del tema en ibid., 464-500.

83 J. Medina Estévez, «La acción pastoral hacia personas que tienen un status familiar irregular». El texto puede encontrarse en AICA nº 2173, 11-8-1998, Doc. 453.

84 Cf. B. Petrà, Il matrimonio può morire?, 25.

85 Este tema es resumen y traducción de la obra ya citada de G. Piana, Orientamenti di etica sessuale, 336ss.

86 Como señala el documento Persona humana, aunque no se puede establecer con certeza si la Sagrada Escritura reprueba este pecado bajo una denominación especial, la tradición ha entendido que el mismo era condenado en el N.T. cuando habla de “impureza” (cf. PH 22).

87 Congregación para la Educaciòn Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano (1-11-1983).

88 En este mismo sentido señala CEC 2352: “Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral” (subrayado nuestro); cf. PH 9.4.

89 Siglas de



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