Moral sexual


Dimensión socio-política de la sexualidad



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Dimensión socio-política de la sexualidad


Si bien es cierto que la relación interpersonal representa el significado más profundo e inmediato de la sexualidad humana, ella está llamada a abrirse a un horizonte más amplio, adquiriendo un significado social y político.

En primer lugar, la sexualidad es una energía que impulsa el proceso de socialización, ayudando al individuo a salir del ámbito interpersonal más inmediato, el de la familia, entablando relaciones cada vez más extendida, e incorporándose en nuevas estructuras sociales. Las normas que regulan la sexualidad son, como ya hemos visto, un testimonio del rol que se le reconoce a aquella en la edificación de la vida social.

La dimensión social está inscripta ya en la estructura biológica de la sexualidad. Dicha estructura está orientada funcionalmente a la procreación, y ella es la forma más inmediata de fecundidad del amor. Pero la fecundidad, entendida en un sentido personalista, no se agota en ello. La pareja está llamada a vivir otras formas de compromiso hacia los demás (sociedad e iglesia), a través de las cuales el amor humano explicita su dimensión de servicio del mundo. La fecundidad, por lo tanto, no es solamente procreativa, sino también socio-política.

En cuanto a la función social, enseña FC 44:

“Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente a favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas.”

Pero, además, esta función debe incluir una vertiente política:

“… las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido las familias deben crecer en la conciencia de ser «protagonistas» de la llamada «política familiar», y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad.” (ibid.)

  1. La reflexión filosófica


La aproximación fenomenológica a la sexualidad a través de diferentes disciplinas científicas ha puesto en evidencia su dinamismo intrínseco como fuerza o impulso de trascendencia radicado en la persona. Ya en el nivel biológico, ello queda de manifiesto tanto en su función procreadora como en su excedencia respecto de ella. En el nivel psicológico, las diferentes etapas evolutivas constituyen desafíos y oportunidades de apertura al otro, junto al riesgo correlativo de regresión y repliegue del sujeto sobre sí mismo. La antropología cultural permite constatar cómo la regulación racional de la sexualidad orienta su energía hacia la construcción de la sociedad, mientras que el debilitamiento de dicha regulación debido a la banalización y la privatización de la sexualidad en la cultura contemporánea ponen en peligro esta vital función.

Es necesario todavía abordar el tema desde la perspectiva de la antropología filosófica, procurando identificar las estructuras de significado que están en la base de la experiencia sexual humana, recogiendo los estímulos de la investigación científica y de las interpretaciones ideológicas y situándolos en un cuadro antropológico más amplio.


    1. La relación sexualidad – persona


Tanto la ideología cientificista como el actual estilo de vida consumista favorecen una concepción objetivista e instrumental del cuerpo humano. Nunca antes el cuerpo ha sido objeto de preocupación y de cuidado (actividad física, dietas, atención médica, cirugía estética, etc.), pero ello no significa necesariamente, y más bien oculta muchas veces de hecho, el significado y la dignidad personal de aquél. El cuerpo es tratado con frecuencia como algo que se tiene, que se exhibe, que se utiliza con distintos fines, pero no como lo que se es, la persona misma en la visibilidad de su existencia en este mundo.33

La corporeidad y la sexualidad, en efecto, no son datos accidentales o puramente instrumentales, sino que son parte integrante y necesaria del ser personal. La masculinidad y la feminidad no se reducen a una determinada conformación morfológica, con motivo de la cual los individuos realizan sus “opciones” subjetivas y las sociedades “construyen” sus visiones de género. Aquellas constituyen conformaciones estructurales del ser humano, las dos formas de la existencia de la persona humana como unidad de cuerpo y espíritu. Entre sexualidad y persona se establece, pues, una relación de circularidad: la sexualidad revela el misterio de la persona, y a su vez, el misterio de la persona revela la naturaleza última de la sexualidad humana.


    1. La “diferencia” sexual


La distinción entre masculinidad y feminidad no puede ser adecuadamente encuadrada en el concepto de diversidad.34 Ésta es una categoría empírica, que hace referencia a una pluralidad heterogénea, como cuando se habla en el campo de la ecología de la “defensa de la biodiversidad”, y aplicada al ámbito de la sexualidad introduce en la reflexión premisas propias de ciertas ideologías de género.

Masculinidad y feminidad deben caracterizarse más bien como la diferencia sexual. Este no es un concepto empírico sino ontológico. No parte de la pura pluralidad sino de la identidad de naturaleza del varón y la mujer. En el interior de esa unidad, el ser varón y el ser mujer constituyen polaridades mutuamente referidas, y ordenadas por lo tanto a la complementación. Pero tratándose de dos modos específicamente distintos del existir corporal de la persona, esta complementariedad no es simétrica (como dos mitades de una misma realidad individual), sino asimétrica: el varón y la mujer pueden complementarse en un vínculo de carácter sexual precisamente en razón de la diferencia sexual:35

“(La masculinidad y la feminidad) son como dos «encarnaciones» de la misma soledad metafísica frente a Dios y al mundo – como dos modos de «ser cuerpo» y a la vez hombre, que se completan recíprocamente –, como dos dimensiones complementarias de la autoconciencia y de la autodeterminación, y al mismo tiempo como dos conciencias complementarias del significado del cuerpo.”

Dicha diferencia, así comprendida, es parte constitutiva de la identidad personal, y no una determinación ulterior y accidental, y debe definirse entonces como diferencia relacional. En efecto, el hombre y la mujer no son individuos completos en calidad de tales que deben ser puestos en relación en un segundo momento. Cada uno de ellos tiene necesidad del otro para llega a ser lo que es, se configura en la reciprocidad de un encuentro con el otro sexo, encuentro que los compromete mutuamente.





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