Moral sexual


Sexualidad, cultura y sociedad



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Sexualidad, cultura y sociedad


Las consideraciones precedentes acerca de la psicología sexual, si bien incorporan como hemos visto el aspecto relacional, están centradas principalmente en el individuo y su proceso madurativo. Pero la persona concreta está desde el comienzo de su vida inmersa en un contexto cultural determinado, con sus propias creencias, valores y normas, y se encuentra inserta en un entramado de relaciones sociales que desbordan los vínculos familiares, y que poseen dinámicas propias, las cuales inciden profundamente en la sexualidad de los individuos. Por ello, es indispensable pasar a considerar el fenómeno de la sexualidad en su dimensión cultural y social.29
    1. Sexualidad y antropología cultural


La antropología cultural pone de manifiesto una gran variedad de normas y costumbres entre los diferentes pueblos, tanto en referencia a su contenido concreto como a su grado de obligatoriedad. Sin embargo, debajo de esa multiplicidad se encuentran notorias convergencias y similitudes.30

Por empezar, en todas las culturas y en todas las épocas ha existido una regulación de la sexualidad. Ésta nunca se deja librada a la espontaneidad de los instintos, sino que se ordena a través de una intervención racionalizadota, que busca encauzar su fuerza, potencialmente destructiva, de un modo positivo para la vida de la comunidad y de sus miembros. En dicha regulación se evidencian temas comunes: se manifiesta preocupación por la procreación y educación de los hijos; se busca encauzar los deseos sexuales que se dirigen a otros fines; se procura dar estabilidad a la familia y a la comunidad; se establece el tabú del incesto, especificando qué relaciones deben considerarse tales,31 y se diferencian los roles entre varones y mujeres, constituyendo estructuras de género. En esto se pone en evidencia la plasticidad de la sexualidad humana, que al ser menos determinada que la de los animales, es capaz de asumir significados superiores en el plano personal (señorío de sí) y social (fecundidad), aunque con variantes según los distintos contextos culturales.

Entre las normas que regulan y encauzan la energía sexual en cada cultura, merece una consideración especial la prohibición o tabú del incesto por su carácter fundante respecto de todo el orden sexual. El mismo “no es tanto una regla que prohíbe esposar a la madre, a la hermana o a la hija, cuanto la regla que obliga a dar a la madre, a la hermana o a la hija” (C. Lévy-Strauss). La sexualidad se convierte así en un intercambio de dones, en un instrumento de comunicación entre las familias. De este modo, conjurado el peligro de la endogamia (la unión sexual en el interior de la familia), aquella se revela como una fuerza esencial para la construcción, la estabilidad y la supervivencia de la toda comunidad. A su vez, si vinculamos la prohibición del incesto con lo visto anteriormente sobre la castración simbólica y la fusión con el origen (cf. supra 4.4) queda en claro que dicha prohibición, lejos de ser una pura invención cultural, tiene bases objetivas en la estructura misma de la psiquis humana y en las leyes que presiden el proceso de su estructuración.

Asimismo, la antropología cultural nos enseña a prestar atención a los diversos contextos en los que las normas se originan, y la exigencia de su continua resignificación a la luz del cuadro histórico en el que se insertan. (Por ej., las diferencias de roles entre el varón y la mujer deben ser evaluadas a la luz de las situaciones histórico-culturales en que se originan, para poner en evidencia las relaciones de dominio y servidumbre que las mismas pueden comportar).


    1. Contexto socio-cultural actual


La concepción y la vivencia de la sexualidad vigente en las sociedades occidentales, y difundida más allá de sus límites a través de la globalización, permite apreciar en una disociación entre: (1) una creciente aceptación de la idea de que el sexo debe ir unido al afecto, y la exaltación del placer a través de la cultura permisivo-consumística hoy dominante; y (2) entre la dimensión privada y la dimensión pública.

Por un lado, es claro que en nuestra cultura prevalece hoy la idea de que la actividad sexual debe ser expresión de afecto en la pareja. Esta constatación no puede considerarse trivial si se tiene en cuenta su relativa novedad en la historia occidental, en la cual hasta la irrupción del amor romántico el matrimonio era decidido y llevado adelante en base a otras razones, de orden económico, familiar y social. Hoy el elemento afectivo se ha tornado central en el vínculo sexual, matrimonial o no, y difícilmente alguien se atreva a justificar públicamente ese tipo de relación en base a motivos puramente utilitarios. Y correlativamente, las estadísticas demuestran una decadencia progresiva de la prostitución como fenómeno social aunque, por supuesto, ello no significa que vaya a desaparecer.32

Al mismo tiempo, sin embargo, se observa una preocupante hiper-genitalización de la sexualidad. Ello se debe en parte a una progresiva asimilación de esta dimensión a la lógica de producción-consumo, que la reduce a simple mercadería o “prestación” erótica objeto de intercambio. Si bien, por un lado, un clima más permisivo favorece la superación de la represión, y abre la posibilidad de vivir la sexualidad de un modo psicológicamente más sano, por otro lado ese mismo clima, debido a la progresiva desaparición de límites y pautas orientadoras, puede provocar una regresión a la etapa infantil, privando a la sexualidad de su significado relacional, con consecuencias como el narcisismo, la inmadurez y la violencia que afectan profundamente la profundidad y estabilidad de los vínculos.

En cuanto a la tensión entre la dimensión privada y pública, es posible constatar una privatización creciente de la sexualidad. A medida que el ámbito laboral es experimentado como opresivo y alienador de la propia personalidad, la vida privada se va cargando (y sobrecargando) de significados y exigencias, como espacio de libertad y realización afectiva. Así, la sexualidad entendida como ámbito de relaciones auténticas va perdiendo referencia a lo social-institucional, es decir, al matrimonio, que es visto como estructura puramente formal y por lo tanto, prescindible. Por lo mismo, la sexualidad se va separando de su proyección social más inmediata e importante, la procreación, para centrarse en el bienestar de la pareja.

En resumen, es necesario avanzar hacia un nuevo equilibrio que integre de un modo más armónico la visión de la sexualidad como expresión del amor y su función como fuente de gozo y placer, su dimensión privada e íntima y su proyección pública y social. Esto sólo puede lograrse a través de una profunda transformación de la cultura y de las mismas estructuras sociales, que permita una auténtica “liberación” sexual integral, a través de la cual las personas puedan construir vínculos maduros, estables, fecundos en todo sentido, tanto para la familia como para el conjunto de la sociedad.




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