Modulo 2- lengua y literatura – Ciclo Orientado



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En latín, “persona” significaba máscara y designaba el papel interpretado por el actor, no el texto dramático. De hecho, muchas veces un actor hacía la mímica y otro leía la obra. Es decir, en un principio, el personaje estaba enteramente subordinado a la acción.



Es a partir del Renacimiento cuando los personajes comienzan a adquirir vida propia, siendo actor y personaje una misma cosa.
Ya en el teatro clásico francés del siglo XVII, los personajes se vuelven seres autónomos, que acentúan el discurso más que la acción. A partir del siglo XVIII y hasta comienzos del siglo XX, en el drama romántico y burgués, crece la dimensión social de los personajes. Además, el contexto adquiere importancia suprema, haciendo imposible la distinción entre intérprete y personaje puesto que el realismo domina la escena.
En cuanto a la clasificación de los personajes, los protagonistas o principales son aquellos indispensables para el desarrollo de la historia. En cambio, los personajes secundarios son los que ayudan a poner de relieve al protagonista, haciéndolo hablar, actuar y calificándolo. También se utiliza el término antagonista para identificar al oponente del personaje principal y figurantes para aquellos que aparecen en escena pero no hablan.

  1. Breve historia del género





    1. Nacimiento de la tragedia


Todos los años en Grecia se celebraban en los meses de febrero y marzo fiestas en honor a Dionisio –dios del vino, la fertilidad y el éxtasis– que incluían un rito estructurado. En él se evocaba la muerte del dios, su descuartizamiento (para fecundar la tierra) y su posterior resurrección y glorificación, acompañado de vino y orgías. Todo esto era representado en los ditirambos o danzas y lamentaciones de los coreutas (integrantes del coro), quienes utilizaban máscaras de sátiros o machos cabríos. Estas celebraciones, muy comunes en el siglo VI a.C., dieron origen a lo que más tarde sería la tragedia (canto del macho cabrío).

En efecto, un actor se separaba del coro y recitaba la parte de alguno de los personajes mencionados en el canto utilizando una máscara humana de tela enyesada y una peluca.

De acuerdo a la “Poética” de Aristóteles, la tragedia es la imitación de una acción heroica y completa en sí misma. Es enriquecida con adornos artísticos adecuados (ritmo, armonía y música) para las diversas partes de la obra (verso o canciones) y es presentada en forma dramática –no como narración– con incidentes que exciten piedad y temor, produciendo la catarsis de tales emociones.

Esto quiere decir:


  1. Los personajes de la tragedia siempre eran personajes elevados: se trataba de héroes históricos o míticos, o de reyes o príncipes.

  2. La obra debía tener principio, nudo y desenlace. La trama no debía abarcar más de un día.

  3. Los personajes representan la acción y no hay nadie que la narre.

  4. Los adornos del espectáculo eran principalmente la música y, en segundo lugar, las máscaras y disfraces.

5. Los hechos de la tragedia conmovían al espectador al punto de aliviarlo de sus emociones mediante los sentimientos de piedad y temor. A esta especie de purga anímica que la tragedia provoca se la llama catarsis, que en griego quiere decir exactamente purga.

La tragedia griega tuvo su etapa de mayor esplendor durante el siglo V a.C., el siglo de oro de Atenas. Los máximos representantes fueron Esquilo (“La Orestíada”, “Los siete contra Tebas”), Sófocles (“Antígona”, “Edipo Rey”) y Eurípides (“Electra”, “Hipólito”).


A continuación leeremos un fragmento de “Edipo Rey”. Esta tragedia, seguramente la más famosa entre todas las tragedias clásicas, presenta la historia de Edipo, rey de Tebas, quien estaba condenado desde antes de nacer a cumplir un destino nefasto: matar a su padre y tener hijos con su madre. Como esto le había sido avisado a su padre Layo desde antes del nacimiento de su hijo, el rey decide asesinarlo. Para esto, lo manda a un monte con un sirviente de su confianza para que lo dejara morir allí. Previamente, le habían sido atados los pies. El pastor se conmueve y se lo entrega a un pastor, quien lo lleva a los reyes de Corinto que no tenían hijos. Le ponen Edipo, que quiere decir “pies hinchados”. Crece sano con los reyes de Corinto hasta que consulta su futuro y se entera del horrible destino que lo esperaba. Decide, entonces, abandonar Corinto, pensando que los reyes de allí eran sus verdaderos padres.
Vagando por los caminos, encuentra en un cruce a Layo, a quien mata junto con sus acompañantes, a excepción de un viejo sirviente que casualmente era aquel que lo había dado al pastor. Ignorante de que había cumplido la primera parte de la profecía, sigue su camino. Llega a Tebas, se casa con su madre (sin saberlo, claro) y tienen cuatro hijos. Pasados los años, una peste azota Tebas. Edipo se entera por un adivino de que el mal cesará cuando el asesino de Layo sea castigado. Comienza así una investigación que acaba hallándolo a él culpable de los males que deseaba castigar. Angustiado e intuyendo el final, tiene un diálogo con su esposa- madre en el que ella le dice: “todos los mortales soñaron yacer con su madre, no hay nada de malo en ello”. Por supuesto, ella a esa altura teme la verdad pero espera que todo sea una confusión. Finalmente, ella se suicida y él se destierra, luego de cegarse.
Esta tragedia adquirió enorme trascendencia por Freud quien la utilizó para explicar la evolución sexual inconsciente de los seres humanos. El padre del psicoanálisis sostenía que el complejo de Edipo, es decir, el amor a la madre y el deseo hacia ella, es una etapa que todos los individuos atraviesan, y que es superada por identificación con el modelo paterno. Así, el niño se identifica con el padre y busca una mujer distinta de su madre.

En la escena que leerán a continuación, Edipo habla con el servidor que lo entregó de pequeño y desenmascara su identidad

Servidor: ¡Desdichado! ¿Por qué? ¿De qué más deseas enterarte?

Edipo: ¿Le entregaste el niño por el que pregunta?

Servidor: Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!

Edipo: Pero a esto llegarás, si no dices lo que corresponde.

Servidor: Me pierdo mucho más aún si hablo.

Edipo: Este hombre, según parece, se dispone a dar rodeos.

Servidor: No, yo no, pues ya he dicho que se lo entregué.

Edipo: ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era de tu familia o de algún otro?

Servidor: Mío no. Lo recibí de uno.

Edipo: ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué casa?

Servidor: ¡No, por los dioses, no me preguntes más, mi señor!

Edipo: Estás muerto, si te lo tengo que preguntar de nuevo.

Servidor: Pues bien, era uno de los vástagos de la casa de Layo.

Edipo: ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?

Servidor: ¡Ay de mí! Estoy ante lo verdaderamente terrible de decir.

Edipo: Y yo de escuchar, pero, sin embargo, hay que oírlo.

Servidor: Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está dentro, tu mujer, es la que mejor podría decir cómo fue.

Edipo: ¿Ella te lo entregó?

Servidor: Sí, en efecto, señor.

Edipo: ¿Con qué fin?

Servidor: Para que lo matara.

Edipo: ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?

Servidor: Por temor a funestos oráculos.

Edipo: ¿A cuáles?

Servidor: Se decía que él mataría a sus padres.

Edipo: Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste a este anciano?

Servidor: Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría a otra tierra de donde él era. Y éste lo salvó para los peores males. Pues si eres tú, en verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con un funesto destino.

Edipo: ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh, luz del día, que te vea ahora por última vez! ¡Yo he resultado nacido de los que no debía, teniendo relaciones con los que no podía y habiendo dado muerte a quienes no tenía que hacerlo!




    1. El medioevo. Autos sacramentales

Luego de una larga desaparición a principios de la Edad Media, el teatro se reinicia en el ámbito religioso a partir del siglo X. Surge de una necesidad de acercamiento a los fieles y lo hace en forma de “tropos” (fragmentos de diálogo en latín) intercalados en la liturgia de las grandes celebraciones de Pascua o Navidad. En esta etapa, el realismo fue ingresando mediante figuras humanas como las parteras de la virgen o Judas regateando con los sacerdotes por su paga. El drama litúrgico, entonces, comenzó a representarse en los atrios o claustros, fuera del recinto sagrado y en el idioma del país. De esa manera se arribó, un poco más tarde, al teatro profano.

En el siglo XIII, a partir de la instauración de la fiesta del Corpus Christi, se intensificaron las representaciones sobre carromatos. Allí se representaban cuadros vivientes de la Pasión de Jesús, que reciben en España el nombre de autos sacramentales. Uno de los elementos más llamativos de esta pieza dramática era su complejidad escenográfica. Las representaciones se montaban sobre carros gigantescos donde se ordenaban escenas y figuras del Antiguo y Nuevo Testamento. Los cuadros llegaban a setenta, eran representados durante varios días por unas ciento cincuenta personas y abarcaban el infierno con su fuego, los diablos y hasta ángeles en pleno vuelo.


    1. La Commedia dell’ Arte






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