Modelos en psicopatologíA



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Modelos en Psicopatología

CONCEPCIONES ETIOLÓGICAS

Horacio Martinez.
En los orígenes de la tradición liberal los historiadores suelen situar a John Locke (1632/1704), quien al cuestionar la noción de ideas innatas y proponer que el origen de toda idea es la percepción, echa por tierra los argumentos que legitimaban a reyes y nobles en función de su linaje y herencia.1 En oposición a esta tradición, en la Francia postrevolucionaria, Joseph de Maistre (1753/1821) y Louis de Bonald (1754/1840) buscan reflotar los argumentos restauradores: “Todo aquello que conserva la estabilidad y jerarquía del orden social: Iglesia, familia, herencia, padres e hijos, reyes y súbditos, están sostenidos con firmeza por instintos y creencias colectivas. Ese suelo irracional, que nadie debe criticar, es el terreno nutricio de la autoridad”.2 En Inglaterra, voces similares, como la Edmund Burke (1729/1797), se alzan en el mismo sentido: “Los hombres no están atados por ninguna convención formal, ni menos por una obligación contractual, sino por una ignota madeja de hilos invisibles. (...) Las creencias, las tradiciones, los usos sociales, se sostienen por sí mismos, y si el hombre puede inconcientemente crearlos, más fuerte es el impacto que ellos ejercen sobre la conciencia individual”.3

Así, se recurre a nociones que buscan su sostén en metáforas naturalistas, para afirmar que los determinantes biológicos (llámense instintos o inconsciente) generan en cada individuo improntas innatas que han de resultar inmodificables. Ambas tradiciones (liberal una, conservadora la otra) recurren a argumentos psicológicos para hallar fundamento a sus concepciones políticas. En las sociedades científicas estos debates se proseguirán, sobre todo en torno a cuestiones de diagnóstico. En este sentido resulta ejemplar el caso del Salvaje del Aveyron, que mantendrá en vilo a la Sociedad de los observadores del hombre en torno a un niño salvaje y al hecho concreto de determinar si se trata de un cuadro de idiotismo congénito o bien de una incapacidad resultante de la falta de una educación adecuada que permita desarrollar un individuo socialmente apto.


El caso Víctor.

En los últimos días del año 1799 es hallado en los bosques del Aveyron (Francia) un muchacho de alrededor de 12 años, en "estado salvaje". Es internado en el hospicio de Rhodez, donde lo examina el profesor Bonaterre, quien luego escribirá acerca de él: "(el niño) no carece por completo de inteligencia ni de la capacidad de reflexionar y razonar (...). En toda otra circunstancia que no se relacionara con la satisfacción de sus necesidades naturales o su apetito, no manifiesta sino funciones puramente animales: si tiene sensaciones, éstas no hacen surgir idea alguna; carece también de la facultad de compararlas entre sí; podría decirse que no existe correspondencia entre su mente y su cuerpo y que no reflexiona; no tiene, por consiguiente, ni discernimiento, ni espíritu, ni memoria."4


Louis – François Jauffret, secretario de la Sociedad de los Observadores del Hombre (en la que se reunían historiadores, arqueólogos, geógrafos, médicos y filósofos), solicita que envíen al muchacho a París para que pueda ser estudiado por investigadores de la sociedad: "Sería muy importante", escribe, "para el progreso de los conocimientos humanos que un observador pleno de celo y de buena fe pudiera, apoderándose del muchacho y retrasando su proceso de civilización, controlar el conjunto de sus ideas adquiridas, estudiar el modo según el que las expresa y ver si la condición humana, abandonada a sí misma, es contraria por completo al desarrollo de la inteligencia."5


Como podrá entreverse, esta investigación busca corroborar las tesis acerca del espíritu humano que formaban parte del debate de entonces. Veamos sucintamente las ideas en juego:

  • Locke en Inglaterra en el siglo XVII, Condillac en Francia en el siglo XVIII, se proponen el estudio de las operaciones intelectuales y las facultades mentales en su relación con la experiencia sensible. Postulan la inexistencia de ideas innatas, y piensan al psiquísmo como el resultado de las experiencias vividas.

  • Estas ideas ganarán adeptos entre los médicos de fines del siglo XVIII (Cabanis, Pinel), que investigarán las bases fisiológicas que determinan los modos de percibir. Serán monistas, es decir, sostendrán un paralelismo entre el mundo psíquico y el mundo físico, que supone una explicación orgánica para cada fenómeno psicológico (en contra de los "espiritualistas" que pensarán el alma como un objeto independiente del organismo, dotado de valores y funciones que no pueden reducirse a las explicaciones mecánicas).

Si no existen ideas innatas, y lo que somos está determinado por nuestras experiencias: ¿cómo será el alma de este niño salvaje? ¿Podrá corroborarse en ella el famoso estado de naturaleza postulado, con distintos matices, por Hobbes y Rousseau, un estado previo a los efectos de la civilización?

En diciembre de 1800 Pinel leerá ante la Sociedad de los Observadores del Hombre un informe de los exámenes realizados al "salvaje" del Aveyron. Comparará, punto por punto, el estado de las diferentes funciones psíquicas del joven (memoria, juicio, capacidad perceptiva, habla) con la de otros jóvenes internados en Bicêtre, "cuyas condiciones pueden brindar analogías más o menos relevantes con las del muchacho del Aveyron".6 Este estudio comparativo lo llevará a extraer la siguiente conclusión: "Por ende debemos sostener, con un alto grado de probabilidad, que el muchacho del Aveyron debe ser considerado similar a los muchachos o a los adultos enfermos de idiotismo o de demencia". Dejando la duda acerca de si su estado mental es innato (idiotismo) o adquirido (demencia), lo cierto, para Pinel, es que el estado actual del joven es permanente, y que por tanto "no podemos alentar ninguna esperanza fundada de obtener ningún éxito con una instrucción sistemática y extensa".

En contra de esta opinión, Jean Itard, un médico que venía trabajando en el Instituto Nacional de Sordomudos de Sicard en tareas de reeducación, se propondrá con Víctor (nombre que le coloca al salvaje) una tarea de reeducación a lo largo de casi diez años.
La etiología en el pensamiento de Pinel.

Éste autor, poco afecto a los grandes sistemas especulativos, e interesado, en cambio, en extraer conocimientos de la observación directa de sus objetos de estudio, sostendrá hipótesis etiológicas no muy elaboradas, organizadas según el siguiente reparto:



  1. Causas físicas (golpes, malformaciones del cráneo, ebriedad, menopausia).

  2. Herencia.

  3. Causas morales (pasiones intensas, excesos).

Para éstas últimas (de clara naturaleza exógena) existía una cura posible a través del tratamiento moral.
"(...)En la alienación mental, la mente alterada puede ser conducida nuevamente a la razón con ayuda de la institución curativa. (...) Los contenidos de la mente dependen de las percepciones y de las sensaciones y modificando éstas, se modifica (...) todo el estado mental. El medio ambiente del alienado jugará entonces un papel capital en la cura. Es necesario aislarlo en una institución especial, primero para retirarlo de sus percepciones habituales, de aquellas que han engendrado la enfermedad (...); luego, para poder controlar completamente sus condiciones de vida. (...) El objetivo es 'subyugar y domar al alienado poniéndolo en estrecha dependencia de un hombre que, por sus cualidades físicas y morales, sea adecuado para ejercer sobre él un poder irresistible y para cambiar el círculo vicioso de sus ideas'".7
Es interesante resaltar algunos puntos de esta concepción:

  • En primer lugar, la fundación de un espacio terapéutico basado en una idea de esencia pedagógica: el alma es una tabla rasa sin huellas heredadas, que puede aprender estímulos que la dañen, desaprenderlos y aprender otros que la mejoren.

  • En segundo lugar, el forjamiento de una noción que aún hoy sigue formando parte del pensamiento psicopatológico, y que sostiene que el ambiente es la causa de la enfermedad, y por tanto es necesario aislar al paciente para poder curarlo (idea que justifica la existencia del asilo).


Morel.

Hacia mediados del siglo XIX los psiquiatras comenzaron a interrogarse más firmemente acerca de las causas de las enfermedades mentales. Falret criticó con dureza las concepciones psicopatológicas heredadas de Pinel y Esquirol, en la medida en que entendía que los cuadros clínicos por ellos descriptos no eran “verdaderas enfermedades”, sino simples momentos, “estados sintomáticos provisorios”. Se imponía un estudio detallado que permitiera construir verdaderas “entidades naturales”, y poco a poco lo central de ese estudio lo ocupará la etiología. Morel, discípulo de Falret, tomará a su cargo la concreción inicial de este propósito. “Me parece que una clasificación basada esencialmente en el elemento etiológico”, dirá, “era el mejor medio para salir de la vía demasiado exclusiva que se había seguido hasta ahora, al caracterizar a los alienados según las perturbaciones o las lesiones de las facultades intelectuales o afectivas”.8

La teoría causal de Morel toma en cuenta los siguientes elementos:
Primarias (de naturaleza orgánica): intoxicaciones, neurosis, simpáticas, idiopáticas.




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