Módulo IV: La psicología en la Argentina Segunda Parte Historia de la Psicología Cátedra I



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actuación en la resistencia francesa. En los pocos artículos que dedicó al psicoanálisis durante este período lo denunció y rechazó en términos ideológico-políticos, considerándolo como “reaccionario” y “burgués”.

Bleger, por su parte, sostenía que había una continuidad entre aquellos dos períodos, ya que los juicios aparentemente contradictorios que Politzer emitió respecto del psicoanálisis correspondían a diferentes perspectivas de análisis, complementarias entre sí: científica en el primer período, ideológico-política en el segundo.

Es aquella primera perspectiva de análisis la que Bleger se propuso retomar, tanto en Psicoanálisis y dialéctica materialista como en su posterior Psicología de la conducta (1963), para completar el inconcluso proyecto politzeriano.

En 1958, siguiendo a Politzer, Bleger situaba al drama como objeto de la psicología, al mismo tiempo que consideraba, como el problema fundamental del psicoanálisis, el divorcio entre la “dramática” y la “dinámica”. La innovación freudiana en el campo de la psicología lo constituía la dramática, esto es “la descripción, comprensión y explicación de la conducta en función de la vida del paciente, en función de toda su conducta” (Bleger, 1958: 88). Por el contrario, la dinámica respondía a una abstracción teórica con la que Freud buscaba dar cuenta de los hechos que enfrentaba en su práctica. Según Bleger, “la práctica psicoanalítica involucra una dramática de mayor riqueza que la que hasta ahora alcanzamos a captar y expresar” y es al intentar formularla en términos teóricos que Freud recurrió a categorías abstractas –como la de libido– que explican la conducta del sujeto particular como resultado de un interjuego de fuerzas impersonales y ahistóricas.

Pocos meses después de la publicación de Psicoanálisis y dialéctica materialista tuvo lugar un debate en el seno del PCA en el cual se le reprochará a Bleger su “orientación política e ideológica”, induciéndolo a realizar una “militancia más activa en el partido” que le permitiera “superar debilidades ideológicas y a encontrar una salida correcta en el campo concreto de la psicología” (Espectador, 1959:78. El destacado es nuestro).

Hacia 1961, Bleger será expulsado de las filas del PCA. Si bien los motivos explícitos de esta separación no han sido aún totalmente esclarecidos, sin duda, la publicación del libro y la polémica subsiguiente jugaron en ello un importante papel.


2.2. El proyecto teórico de una nueva psicología
En Psicología de la conducta, publicado en 1963, el drama ya no constituía el centro de la reflexión de Bleger ni tampoco era aquel divorcio entre dramática y dinámica el problema fundamental que enfrentaba. A partir de una apreciación de la fragmentación y segmentación de la psicología contemporánea, buscaba resolver su falta de coherencia y unidad merced a una “teoría general de la conducta”.

Esto no implica, sin embargo, que no sea posible establecer ciertas relaciones entre las propuestas de Psicoanálisis y dialéctica materialista y Psicología de la conducta. En primer lugar, permanece la referencia a la filosofía marxista, a partir de la cual las diferencias entre las diferentes escuelas psicológicas no son consideradas irreconciliables ya que Bleger asume que la dialéctica y la contradicción son inherentes a la realidad misma. Por otra parte, es posible apreciar una resonancia politzeriana en el rechazo de los principales mitos sobre los cuales se han asentado las psicologías tradicionales y la propuesta de una concepción del hombre como ser concreto, social e histórico.

Por otro lado, es necesario destacar que tanto la noción de drama como la noción de conducta cumplen, en cierta medida, la misma función crítica. En efecto, en la lectura de Bleger una y otra implican un rechazo a la dicotomía, ya tradicional dentro de la psicología, entre una visión centrada en la vida interior y otra que pone el acento en las manifestaciones externas del hombre.

A su vez, esta nueva psicología se presenta como una ruptura con cualquier tradición psicológica local, autorizándose en referentes teóricos de origen extranjero. En efecto, como ya antes lo había hecho Pichon-Rivière, Bleger ve la necesidad de modernizar la psicología a partir de la incorporación de nuevas corrientes psicológicas tales como el neo-conductismo, la fenomenología, la tradición “comportamental” francesa, fundamentalmente a través de los aportes de Daniel Lagache, el psicoanálisis, la Gestalttheorie y la teoría del campo de Kurt Lewin. En este aggiornamiento de la disciplina, el psicoanálisis ha sido desplazado de aquel lugar central que había ocupado en su obra anterior.

Al integrar mediante una dialéctica de la conducta los aportes de las escuelas psicológicas contemporáneas, Bleger no hace más que continuar y actualizar aquel proyecto politzeriano de una psicología concreta a partir de una idiosincrática noción de conducta.

El punto de partida lo constituye la definición de conducta propuesta por Daniel Lagache y a partir de allí, merced a los variados referentes teóricos a los que nos referimos anteriormente, Bleger introduce una serie de precisiones cuyo fin era complejizar dicha definición inicial. Por un lado, la idea de áreas de la conducta –área de la mente, área del cuerpo y área del mundo externo– a partir de la cual enfatizaba la “unidad y pluralidad fenoménica de la conducta”. A continuación, introduce la noción de campo [Lewin], según la cual la conducta debería ser entendida como el emergente de una situación dada y no como “una mera exteriorización de cualidades internas del sujeto”. Por otra parte, la noción de ámbito hacía referencia a las diferentes perspectivas –psico-social, socio-dinámica o institucional– desde las cuales toda conducta podría ser abordada. Finalmente, a partir de la idea de diferentes niveles de integración, cada uno de ellos con una organización y una legalidad específica, Bleger introducía una jerarquización de las ciencias que se ocupan de la conducta. En este sentido, la conducta no era ya el objeto exclusivo de la psicología sino que ésta se ocupaba de aquellos fenómenos ubicados en el más complejo de estos niveles de integración: el nivel psicológico-social.
Ahora bien, además de constituir la elaboración teórica de una nueva psicología, este libro abría las puertas a una consideración sistemática de un nuevo perfil para el psicólogo, a través de la ya aludida noción de ámbitos de la conducta.

En efecto, será a partir de la intervención de Bleger que comenzará a perfilarse una primera definición de un rol y un “espacio profesional” para el psicólogo en Argentina. Como lo afirma Vezzetti:



Por una parte, la unidad de la psicología como disciplina científica busca resolverse en la unidad de la “conducta”, de acuerdo con la inspiración de Lagache recibida a través de Pichon-Rivière. Por otra, la unidad y la consolidación del quehacer profesional busca sostenerse en un programa de acción social planificada: la psicohigiene (Vezzetti, 2004: 297).
2.3. Higiene mental y psicohigiene.
A partir del momento en que comenzaron a graduarse los primeros psicólogos, empezó a adquirir un mayor relieve el problema de la definición y delimitación de su quehacer profesional. En efecto, en los años que van desde la creación de las carreras hasta comienzos de los sesenta, se produjo una disputa con el campo médico por el ejercicio de la psicoterapia. La falta de reglamentación de la profesión del psicólogo, la indefinición de sus incumbencias y la formación clínica que comenzaban a recibir los estudiantes de psicología, parecían poner en peligro la exclusividad que hasta entonces habían tenido los médicos en la práctica psicoterapéutica17. No obstante, muchos de los profesores de las recién creadas carreras de psicología eran médicos o psiquiatras, algunos incluso aceptaban la posibilidad de que los psicólogos fueran autorizados a “curar por medio verbales”, lo cual llevó estas disputas al interior mismo del campo psiquiátrico.

En octubre de 1959, el Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires publicaba una solicitada en la que expresaba su preocupación porque la carrera de psicología fomentaba el ejercicio ilegal de la medicina.

Ese mismo año, en la Tercera Conferencia Argentina de Asistencia Psiquiátrica, se destacaba el daño que podían ocasionar, en el área de la patología mental, “seres extraños a la medicina”. Se sostenía, en las conclusiones, que “deben ejercer la psicoterapia únicamente los médicos” y que a los psicólogos solo se les debía permitir “colaborar en el estudio e investigación de la personalidad”. Esto no excluía la posibilidad de que se integraran a equipos asistenciales, siempre que permanecieran “bajo la dirección responsable de los médicos” (Klappenbach, s.f).

Esta campaña hostil frente a un rival aún inexistente –los primeros psicólogos comienzan a graduarse hacia 1961- hallaría eco en los medios de comunicación masiva. El primer director de la carrera de psicología de la UBA, Marcos Victoria, consideraba a la práctica de la psicoterapia por parte de los psicólogos como “ejercicio ilegal de la medicina”. Esta postura aparecería explicitada en tres artículos publicados en el diario La Razón durante 1960 [Ver cuadro 4].

El seminario de higiene mental para graduados, que dictó Bleger en 1961, pretendía precisamente dar una respuesta a la cuestión de la práctica profesional del psicólogo. En efecto, ya en la clase inaugural18, Bleger situaba el problema del rol del psicólogo en estrecha relación con la salud pública y con la higiene mental, más específicamente, con la psicohigiene.

Tomando como punto de partida la clasificación formulada por la OMS, Bleger consideraba a la higiene mental como una “rama de la salud pública”.



Cuadro 4

EI primer conflicto serio provocado en todos los países en que el psicólogo profesional ha comenzado a actuar, es el conflicto de jurisdicciones con los médicos; con los médicos psiquiatras, por supuesto. Y no se trata de problemas científicos sino ásperamente profesionales, comerciales, si se quiere. (Entiéndase bien: comprar un tarro de aceite o un traje de medida no es lo mismo que pagar los honorarios de un médico o el informe de un psicólogo. Empleo la palabra “comerciales” para hacerme entender rápido) (…)

Una resolución inconsulta de la Universidad de La Plata, destinada a facilitar el ejercicio de la profesión a los futuros psicólogos que egresen de sus aulas, los autoriza a “ejercer la psicoterapia por medios verbales”. ¿Habrán pensado las autoridades de esa casa de estudios que un psicólogo inexperto (y a quien no obliga ningún juramento médico) puede provocar el suicidio de un deprimido ansioso por una conducta terapéutica mal conducida? ¿Habrán pensado lo que puede ocurrir en el seno de una familia, uno de cuyos miembros presenta trastornos de conducta, con la entrada de una psicóloga improvisada (eso ocurre todos los días entre nosotros), sin la debida experiencia para afrontar situaciones psicosociales complejas y que ponen a prueba a los médicos más fogueados? En esas circunstancias, hemos visto producirse divorcios y acentuarse crueles disensiones familiares; niños se han fugado de sus hogares, después de escuchar palabras imprudentes o consejos librescos mal explicados a los interesados. Pero la falta de responsabilidad de los psicólogos de pacotilla no se detiene allí.


Fuente: Marcos Victoria, 1960: “El psicólogo contra el médico” en Victoria, Marcos, 1965: Psicología para todos, Buenos Aires, Losada. Incluido en Dagfal, A. y Borinsky, M., 1999.


Para ser más precisos, se trataba de la “administración de los conocimientos, actividades, técnicas y recursos psicológicos que ya han sido adquiridos [por los psicólogos], para encarar los aspectos psicológicos de la salud y la enfermedad como fenómenos sociales y colectivos” (Bleger, 1966: 28). Ahora bien, en la medida en que la higiene mental constituía hasta ese momento una práctica médico psiquiátrica19, Bleger se veía en la obligación de efectuar una operación que permitiera, en el marco de un seminario dirigido a psicólogos, articular dicha práctica con el rol de este nuevo profesional.

En este sentido, comenzaba definiendo la psicohigiene como una rama especial de la higiene mental que trascendía las fronteras de la medicina, en la medida en que ella “interesa particularmente al psicólogo clínico”. En efecto, el objetivo principal de la psicohigiene no era el tratamiento y la curación de las enfermedades sino su prevención y, en un sentido aún más amplio, la promoción de la salud:

El psicólogo clínico debe salir en busca de su “cliente”: la gente en el curso de su quehacer cotidiano. El gran paso en psicohigiene consiste en esto: no esperar a que venga a consultar gente enferma, sino salir a tratar, intervenir en los procesos psicológicos que gravitan y afectan la estructura de la personalidad, y –por lo tanto- las relaciones entre los seres humanos, motivando con ello al público para que pueda concurrir a solicitar sus servicios en condiciones que no impliquen enfermedad (Bleger, 1966: 37).

Mas adelante, introducirá nuevas precisiones en torno a su concepción de la psicohigiene y su relación con la higiene mental y el campo de la salud pública. Efectivamente, Bleger afirmaba que los objetivos de la psicohigiene estaban “legítimamente por fuera del campo de la salud pública misma” (Bleger, 1966: 108) y aquella era definida como “la utilización de recursos (conocimientos y técnicas) psicológicos para mejorar y promover la salud de la población (y no sólo evitar enfermedades)” (Bleger, 1966: 185). [Ver cuadro 5]



En este sentido, sostenía Bleger, es en la psicohigiene donde el quehacer del psicólogo encuentra su verdadera función social y por ello no debería alentárselo al ejercicio de la psicoterapia:

...si las carreras de psicología se dan como misión fundamental la formación de psicoterapeutas, en ese caso y desde el punto de vista social, las carreras de psicología constituyen un fracaso; [...] se les debe munir [a los psicólogos] de los conocimientos e instrumentos necesarios para actuar antes de que la gente enferme, dentro de actividades grupales, institucionales y de trabajo en la comunidad. (Ibídem)

Bleger sostenía que la función de la intervención del psicólogo en la comunidad era encaminar los cambios sociales en forma armónica y progresiva de modo tal que el psicólogo, como psicohigienista, debería convertirse en un auténtico agente de cambio social. Esta función social del psicólogo, sostenida en un marxismo reformista, se justificaba a partir de una consideración de la sociedad como un cuerpo relativamente integrado, en cuyo seno el psicólogo estaría llamado a operar desde un campo científico autónomo con las herramientas que le provee su saber específico.

Esta tarea centrada en la promoción de la salud podría ser llevada adelante, como referimos anteriormente, en distintos ámbitos, entre los cuales se destaca,

Cuadro 5

Sin ánimo de presentar una clasificación exhaustiva o integral, los tipos de situación o de problemática en los que el psicólogo debe intervenir se pueden agrupar de la siguiente manera: 1) Momentos o períodos del desarrollo o de la evolución normal: embarazo, parto, lactancia, niñez, pubertad, juventud, madurez, edad crítica, vejez; 2) Momentos de cambio o de crisis: inmigración o emigración, casamiento, viudez, servicio militar, etc.; 3) Situaciones de tensión normal o anormal en las situaciones humanas: familia, escuelas, fábricas, etc.; 4) Organización y dinámica de instituciones sociales: escuelas, tribunales, clubes, etc.; 5) Problemas que crean ansiedad en momentos o períodos más específicos de la vida: sexualidad, orientación profesional, elección de trabajo, etc.; 6) Situaciones altamente significativas que requieren información, educación o dirección: crianza de los niños, juegos, ocio en todas las edades, adopción de menores, etc. Como es fácil deducir, el psicólogo interviene en todo lo que incluye o implica seres humanos, para la protección de todo lo que concierne a los factores psicológicos de la vida, en sus múltiples manifestaciones: se interesa, en toda su amplitud, por la asimilación e integración de experiencias en un aprendizaje adecuado, con plena satisfacción de todas las necesidades psicológicas
Fuente: Bleger, José, 1966: Psicohigiene y Psicología Institucional. Buenos Aires, Paidós. p. 40.


por la atención que Bleger le dedicó y por los desarrollos a que dio lugar, el de las instituciones. En efecto, en Psicohigiene y psicología institucional (1966), el análisis del problema de las instituciones ocupa más de un tercio del libro. El autor señalaba allí que la psicología institucional no es un mero vástago de la psicología aplicada, sino más bien un ámbito propicio para la investigación y el desarrollo de la psicología como profesión. En este sentido, la tarea primordial del psicólogo en una institución sería investigarla y analizarla, y no centralizarse en la atención de los individuos enfermos que la conforman. El “cliente” –señalaba Bleger– es la institución misma en su totalidad y dentro de ella el psicólogo es sólo un “colaborador”. Esto no significa que su quehacer pueda homologarse al de un “agente de coerción” dado que sus objetivos siguen siendo la búsqueda de la salud y la plenitud del ser humano.

Para la realización de dichos objetivos, el psicólogo debía servirse del método clínico, más precisamente, del encuadre psicoanalítico “adaptado a las necesidades de este ámbito y a los problemas que aquí tenemos que enfrentar” (Bleger, 1966: 66)



Es en este punto que podemos ubicar ese cruce entre la psicología y un “psicoanálisis en extensión” –es decir un psicoanálisis volcado hacia espacios que exceden el marco restringido del consultorio- que estaría llamado a constituirse en el fundamento teórico-práctico de la psicohigiene y que se plasma en el “psicoanálisis operativo”. Esta noción, elaborada por Pichon-Rivière, es una variante del “psicoanálisis aplicado” que, a su vez, toma los aportes del “psicoanálisis clínico” –entendido no sólo como una técnica o una terapéutica sino también como un método de investigación– para intervenir en las “situaciones humanas de la vida concreta” (Bleger, 1966: 178)20.

La propuesta de Bleger buscaba, entonces, conciliar un programa de intervención pública con un psicoanálisis que, descentrado de su función asistencial e individual, estaba llamado a constituirse en el fundamento de esa práctica psicológica abierta a la comunidad (Vezzetti, 2004).


Ahora bien, en la medida en que la psicohigiene hacía referencia a la formación y a la práctica profesional de los psicólogos, se constituyó en uno de los focos privilegiados de los debates para dirimir conflictos de legitimidad dentro de este nuevo campo disciplinar. Las posturas impugnadoras hacia Bleger no sólo estarán dirigidas a su concepción teórica de la disciplina, plasmada en su Psicología de la conducta, sino también a la forma en que considera la relación entre psicología y sociedad.


Cuadro 6

Tres formas del psicoanálisis

Hasta aquí nos hemos referido exclusivamente al psicoanálisis clínico (a su valor y trascendencia en los problemas de la salud y la higiene mental), pero de­bemos también hacer mención del psicoanálisis apli­cado, cuyo origen y desarrollo se remonta al mismo Freud.



La denominación "psicoanálisis aplicado" no es to­talmente correcta, ya que no se trata únicamente de la aplicación del psicoanálisis, sino de un verdadero procedimiento de investigación, y para corroborar lo dicho, basta recordar los estudios de Freud sobre la Gradiva de Jensen, Miguel Ángel, Moisés, el caso Schreber, el pintor Christoph Haizmann, Dostoievski, etc.; y en otro sentido, también estudios como Tótem Y tabú. El psicoanálisis aplicado reduce también la complejidad de los fenómenos, como también lo hace el Psicoanálisis clínico, pero en una dirección muy defi­nida: en la amortiguación del impacto directo de la relación transferencial-contratransferencial, que hace que algunos problemas (como los de la psicosis) puedan haber sido primero investigados más profundamente con el procedimiento del psicoanálisis aplicado.

El estudio de obras literarias o artísticas no es el único campo en que resulta posible utilizar el psico­análisis aplicado, ya que el mismo puede ser beneficioso igualmente en el caso de distintas manifestaciones culturales y de distintos comportamientos o actividades (el espectador, el artista, el inventor, etc.), y también en el estudio de pautas culturales y en el de la inte­racción individuo-sociedad (Kardiner, Erikson, etc.). […]



Los resultados del psicoanálisis aplicado tienen los mismos beneficios y las mismas limitaciones sociales que los resultados del psicoanálisis clínico: no podemos basar directamente en ellos un beneficio inme­diato y directo sobre la salud mental de una comunidad entera, pero sus aportes pueden ser vehiculizados, de la misma manera como lo hemos señalado para el caso del psicoanálisis clínico.

[…]Una tercera forma de psi­coanálisis es lo que quiero señalar en esta oportunidad (en relación con el tema básico que en este capítulo me interesa desarrollar) y que puede ser considerado como una variante del psicoanálisis aplicado. Lo deno­minamos psicoanálisis operativo.



Este último se caracteriza por ser un psicoanálisis aplicado, es decir, se realiza fuera del contexto en el que se lleva a cabo el psicoanálisis clínico, pero tiene algunas características especiales que lo diferencian del psicoanálisis aplicado y que quiero ahora señalar:

  1. Se utiliza en situaciones humanas de la vida co­rriente, en cualquier actividad o quehacer o en toda institución en la que intervienen eres humanos, es decir, en la realidad y la situación viva y concreta (educación, trabajo, juego, ocio, etc.), y en situacio­nes de crisis normales por las que necesariamente pasa el ser humano (cambios de lugar, de estado civil, de empleo, paternidad o maternidad, muerte de familia-res, etc.), además de las crisis normales del desarrollo.

  2. Se indaga —al igual que en el psicoanálisis apli­cado— los dinamismos y las motivaciones psicológicas inconscientes, pero se utiliza dicha indagación para lograr modificaciones a través de la comprensión de lo que está ocurriendo, cómo y por qué.

  3. Esta intervención (operación) se realiza a tra­vés de múltiples procedimientos, sea interpretando las relaciones, la tarea, los procedimientos, la organiza­ción, la institución, la comunicación, etc., para lograr una modificación de las situaciones, la organización o las relaciones interpersonales, en función de la inda­gación realizada y de las conclusiones obtenidas. Al introducir la modificación o la interpretación, ello se hace a título de hipótesis, de tal manera que la misma se ratifica o rectifica con la continuidad de la obser­vación. Como se ve, no consiste en una operación única, sino en una reiteración enriquecedora del mis­mo circuito formado por la observación-intervención­-observación. El desiderátum es el de un proto-apren­dizaje, es decir, el logro de que los seres humanos puedan reconocer y reflexionar sobre lo que ocurre en un momento dado, reconocer las motivaciones, ac­tuar de acuerdo con ese conocimiento. sin sucumbir de inmediato a la ansiedad y recurrir a mecanismos de defensa perturbadores.

  4. Hemos tratado de sistematizar el encuadre (la estrategia y la técnica) del psicoanálisis operativo en un trabajo reciente sobre psicología institucional, ba­sado en las experiencias realizadas fundamentalmente a partir de los aportes de E. Pichon Rivière, por lo que no entraremos ahora en los detalles del mismo, que nos apartaría muchísimo de nuestro tema central presente; señalaremos también aquí —al respecto— los trabajos fundamentales de E. Jaques. De igual ma­nera, toda la psicología y psicoterapia grupal de ins­piración psicoanalítica debe ser incluida como va­riantes del psicoanálisis operativo. Un próximo paso todavía necesario en la psicología grupal es el de su utilización fuera del consultorio, es decir, en las situa­ciones e instituciones de la vida real y diaria.

El psicoanálisis operativo abre perspectivas sumamente importantes en el campo de la higiene mental y en el de la psicoprofilaxis, en el hecho de posibilitar una utilización del psicoanálisis en una escala de ver­dadera trascendencia social. El psicoanálisis opera­tivo no es un psicoanálisis nuevo y distinto; es una estrategia para utilizar los conocimientos psicoanalí­ticos.

Fuente: Bleger, José, 1966: Psicohigiene y Psicología Institucional. Buenos Aires, Paidós. Pp.176 -180



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