Módulo IV: La psicología en la Argentina Segunda Parte Historia de la Psicología Cátedra I



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Módulo IV: La psicología en la Argentina – Segunda Parte


Historia de la Psicología

Cátedra I


Modulo IV

Segunda Parte

Cynthia Acuña

Julio Del Cueto

Hernán Scholten

- 2008 -
INDICE

Listado de siglas utilizadas.
APA: Asociación Psicoanalítica Argentina

CEAL: Centro Editor de América Latina

CONICET: Con­sejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas

CPC: Cuadernos de Psicología Concreta

I TDT: Instituto Torcuato Di Tella

OMS: Organización Mundial de la Salud

PC/PCA: Partido Comunista/Partido Comunista Argentino

PCAP: Primer Congreso Argentino de Psicología

PEN: Poder Ejecutivo Nacional

RAP: Revista Argentina de Psicología

UBA: Universidad de Buenos Aires

UNT: Universidad Nacional de Tucumán.

1. INTRODUCCIÓN. MODERNIZACIÓN Y CULTURA EN LOS AÑOS SESENTA


En esta parte del módulo abordaremos un segundo momento de la historia de la psicología en Argentina, aquel que se abre con la creación de las carreras universitarias y la consecuente profesionalización de esta disciplina. Es a partir de este momento, como señala Vezzetti, que comienza la “historia de los psicólogos”.

Presentaremos, entonces, una etapa que se extiende desde 1957 hasta 1970 aproximadamente, focalizando nuestro análisis sobre lo que, a grandes rasgos, ha sido caracterizado como los años sesenta. Dicho período se inicia con la Revolución Libertadora que desplaza al peronismo del poder y ha sido definido como una etapa marcada por el desarrollismo y la modernización.

El golpe del 16 de septiembre de 1955 contó con el apoyo no sólo de la cúpula de las tres fuerzas armadas, los principales partidos políticos y la Iglesia, sino también de las federaciones de estudiantes universitarios, quienes se vieron en la situación de tener que apoyar a sectores conservadores para ponerle fin a un modelo universitario que era vivido como una “dictadura” (Töer/1, 1988: 29)1. Como consecuencia de esta participación en la Revolución Libertadora, el movimiento estudiantil adquirió una indiscutible influencia, llegando a ocupar un papel inédito en cuanto a la toma de decisiones académicas.

Por su parte, el campo científico se caracterizó, durante este período, por la destacada importación de teorías extranjeras. La introducción de nuevos modelos de ciencia, de nuevos conceptos para pensar la sociedad y la cultura marcó una diferencia importante respecto del período anterior (Sarlo, 2001). Comenzaron a desarrollarse nuevas lecturas del marxismo y del psicoanálisis, teorías que se presentaban como privilegiadas para interrogar y explicar “objetos” tales como las instituciones, los grupos, la familia, etc. Lo novedoso fue, más que la investigación de estos temas, el “cruce” epistémico y el punto de partida interdisciplinario como parte central del marco teórico de los sesenta. Esta apertura fue particularmente importante en sociología y psicología, en tanto aparecían como las disciplinas privilegiadas para dar cuenta de algunos interrogantes que planteaban los cambios sociales y psicológicos producidos en las últimas décadas. Según Hugo Vezzetti, “una […] voluntad de integración anti-ortodoxa, caracterizaba a algunas expresiones resonantes del universo ‘psi’. Pichon-Rivière hablaba de ‘epistemología convergente’, Bleger se proponía explícitamente rescribir una ‘psicología de la conducta’ que sería, hegelianamente, la superación de las corrientes anteriores de la psicología y el psicoanálisis; […] De modo que la oposición a las ortodoxias y la voluntad ‘interdisciplinaria’ constituían rasgos mayores de esa renovación y sintetizaban algo de un clima de época que era, sin duda, mucho más complejo” (Vezzetti, 1996b: 29-30).
Si bien la modernización cultural encontró, durante este período, un foco privilegiado en la Universidad, excedió, no obstante, el campo académico y se desarrolló en muchos espacios de la sociedad. Por ejemplo: en el campo artístico con la creación, en 1956, del Museo de Arte Moderno bajo el impulso de Rafael Squirru. Pero, sin duda, un hecho fundamental fue la creación del Instituto Torcuato Di Tella en 1958. Dentro del mismo fueron creados (entre 1963 y 1966) centros de arte e investigación que, en algunos casos, mantuvieron algún vínculo con la Universidad: el Centro de Artes Visuales, el Centro de Experimentación Audiovisual, el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, y especialmente el Centro de Investigaciones Sociológicas y el Centro de Investigaciones Económicas.
En el espacio editorial, un hecho de gran importancia fue la creación de EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), en 1958, y del CEAL (Centro Editor de América Latina) en 1967, el cual llegó a contar con 41 títulos y 446.000 ejemplares al poco tiempo de ser creado. Por su parte EUDEBA, dirigida por Boris Spivacow, llegó a publicar en el período ‘58-‘66 más de 800 títulos. Creada con la idea de una producción masiva de libros de calidad y a un precio accesible para un público que no los consumía, facilitó el acceso al libro a millones de lectores del país y del extranjero. La extensa red comercial de EUDEBA daba cuenta de que la editorial apuntaba a un público más amplio que el universitario (De Sagastizábal, 1995). Esta editorial no se especializó en ciencias sociales pero contribuyó a la diferenciación editorial del genero (Sorá, 2004: 279). Los libros no se agrupaban por disciplinas sino en distintas colecciones, “entre estas sería posible diferenciar un polo orientado hacia un público especializado [...] y otro hacia un público general [...] A pesar de ello, predominaba un intento por fundir ambos polos en un ideal de lector - ciudadano” (Sorá, 2004: 279).

Este acceso al libro por un nuevo público de lectores se relaciona, entonces, con transformaciones en el mercado cultural en general y editorial en particular. En este sentido, cabe destacar también la aparición de nuevas casas editoras durante la década del sesenta, como Jorge Álvarez, Fabril, Centro Editor y De la Flor, las cuales promovían la edición de obras contemporáneas.

Por su parte, en 1962 comienza a publicarse el semanario Primera Plana, fundada por Jacobo Timmerman, que llegó a tener una circulación de 100.000 ejemplares (King, 1985: 22). Su objetivo modernizador estaba dirigido, según Oscar Terán, “a acompañar y promover las innovaciones en diversos registros de la realidad nacional, con una renovación del estilo periodístico que inducirá modificaciones hasta en los diarios tradicionales” (Terán, 1991: 81). La revista Nueva Visión fue fundada en 1951 por Tomás Maldonado; comenzó como revista trimestral y tuvo una enorme importancia en el ámbito de la arquitectura de los años cincuenta. A partir de la fundación de dicha revista surge la Editorial Nueva Visión (que continúa incluso luego de que desaparece la revista), que desde sus inicios editó títulos vinculados al arte y las ciencias sociales2.
También los ámbitos privados (como la familia nuclear), estuvieron atravesados por la modernización, lo que significó una transformación de los hábitos y las costumbres producto de un proceso social que Gino Germani caracterizó con claridad en un libro ya clásico que trata el pasaje de la sociedad tradicional a la sociedad de masas.

Las prácticas intelectuales también cambiaron significativamente, al mismo tiempo que una cantidad de espacios sociales se transformaron. A partir de la Revolución Libertadora de 1955 se inauguran nuevos ámbitos de circulación intelectual. Durante los años ‘50 y hasta mediados del ’60 la calle Viamonte representó uno de los centros de irradiación cultural y comercial más importante de Buenos Aires. En sus alrededores, se ubicaban los principales centros del Instituto Di Tella (Florida, entre Charcas y Paraguay), las oficinas de la prestigiosa revista Sur, la Facultad de Filosofía y Letras, las librerías Verbum, Galatea, la editorial Eudeba (Viamonte y Florida) y los bares, lugares de encuentro de intelectuales y estudiantes: Chambery (Florida), el Cotto, el Moderno (Paraguay entre Maipú y Esmeralda). A esto habría que añadir las galerías de arte y teatros de la zona. La conexión entre estos lugares, que ofician de borde – y de centro- respecto de la Universidad, bosqueja una verdadera geografía intelectual.
1. 1. Modernización y espacio universitario
Según Beatriz Sarlo, la Universidad argentina no ha sido indiferente a las tensiones propias de la vida política argentina (Sarlo, 2001). En este sentido, es posible identificar a lo largo de unos cincuenta años, sucesivos intentos de refundación de la Universidad que acompañaron a los diversos avatares de la situación política argentina. Aquí vamos a situar tan solo aquellos que nos interesan en función del período histórico que estamos presentando.

El primer intento de refundación a destacar tiene lugar en 1947, durante el primer gobierno de Perón, a partir de la promulgación de la ley 13031, que removía los principios de autonomía universitaria de la Reforma de 1918.

A la escasa y poco valorada producción intelectual y científica de la Universidad peronista, le sucedió otra en la cual la creación de centros de investigación, nuevas carreras a nivel universitario y nuevos programas de enseñanza se constituyeron en espacios propicios para el desarrollo de una importante producción intelectual. Gino Germani en Sociología, José Bleger en Psicología, José Luis Romero en Historia, Ana María Barrenechea en Letras, encarnaron esa renovación.

La investigación en ciencias sociales cobró un fuerte impulso a partir de la creación del CONICET en 1957, que otorgó en sus comienzos más de un centenar de becas internas y externas (número que se incrementó en los años siguientes). Fueron muchos los estudiantes que optaron por realizar un doctorado en Francia, Inglaterra o Estados Unidos. Entre 1958 y 1962, la UBA otorgó 2570 becas a estudiantes y 220 a diplomados. Incluso los docentes –que hasta 1955 podían adquirir cierto prestigio profesional por enseñar en la Universidad– recién durante los años sesenta comienzan a ver en dicha actividad también una fuente de ingresos, debido al crecimiento del número de profesores con dedicación exclusiva (Sigal, 1991: 87-88).

Es en este período que Beatriz Sarlo sitúa el segundo intento refundador, cuyo comienzo ubica en 1955. Cuando la “Revolución Libertadora” intervino las Universidades, se abrió la posibilidad de introducir un proyecto novedoso que pretendió sentar las bases de una “nueva Universidad” por la vía de la modernización, retomando algunas de las consignas de la Reforma Universitaria (1918). Como veremos más adelante, las carreras de psicología, sociología y ciencias de la educación son producto de este proyecto modernizador.

El tercer cambio en el proyecto de Universidad se produjo con el golpe de Estado de 1966. Un mes después de la asunción de las nuevas autoridades estatales, todas las Universidades nacionales fueron intervenidas, desatándose una fuerte represión sobre estudiantes y profesores, en lo que se conoce como “la noche de los bastones largos”. Este hecho llevó a la renuncia de gran parte del claustro docente. Si bien uno de los principales objetivos del gobierno de facto era la despolitización de la Universidad, lo que se produjo fue más bien el efecto contrario: aceleró e intensificó una progresiva y creciente radicalización ideológica y política del estudiantado, correlativa a la que tuvo lugar en vastos sectores de la sociedad.

Correlativamente a estas sucesivas refundaciones, entre 1947 y 1966, el movimiento estudiantil se desplaza de un lugar marginal en la toma de decisiones en la política universitaria –como resultado de su oposición al gobierno peronista- a una participación activa en la discusión de los problemas universitarios. Beatriz Sarlo sostiene que la radicalización política e ideológica, que se profundizó aún más en la década siguiente, conduce a la creencia de que “las luchas verdaderamente importantes” se desarrollaban, fundamentalmente, en ámbitos distintos al espacio institucional de la Universidad, por lo cual el “problema de la Universidad” quedaba relegado a un plano secundario, subordinado a los problemas políticos de orden más general. En este sentido se sostenía que no podía, ni debía existir una “isla democrática” en un país dependiente y oprimido.



La reforma universitaria. Identidad y crisis (1955-1966)
El segundo de los proyectos de reforma universitaria mencionados tiene como particularidad el poseer un proyecto cultural global (que desborda el ámbito de la Universidad y se extiende a la sociedad) y el contar con los medios y recursos necesarios para efectivizarlo (Sigal, 1991). Más que de una restauración de la Universidad preperonista se trata de un nuevo proyecto –nucleado en las facultades de Ciencias Exactas y de Humanidades, especialmente de la Universidad de Buenos Aires– que suma el espíritu modernizador a las consignas de la reforma sobre el gobierno universitario (Sarlo, 2001: 63).

La idea de que la Universidad debía cumplir una “función social” puso en relación inmediata el proyecto universitario con el proyecto de país que se esperaba construir, extendiendo la Universidad más allá del espacio físico de sus aulas. La idea sostenida por los grupos reformistas era que la Universidad debía comprometerse con el desarrollo cultural y social de la Argentina desde un rol que le es propio: la producción de saberes y conocimientos. La Universidad debía constituirse en el instrumento de promoción de aquellos sectores económica y culturalmente desfavorecidos, es para ello que se crea la Secretaria de Extensión Universitaria.

Ahora bien, a medida que avanza el período que aquí analizamos se modificó la forma de entender esa “función social” de la Universidad. La idea de que la Universidad es un espacio privilegiado para pensar la problemática nacional a partir de los conocimientos que ella genera será profundamente cuestionada.


En términos generales, puede decirse que, la reforma implicó: la modificación en la forma de gobierno de la Universidad (co-gobierno); la elección de representantes estudiantiles por voto directo; el espíritu de autonomía; la consolidación del estudiantado como fuerza ideológica y política.

Es posible afirmar que la reforma, en este período, tuvo una doble cara: identidad y crisis. La identidad se sostuvo en la oposición al peronismo, que aglutinaba a sectores muy heterogéneos3. También consolidó elementos identitarios la incorporación del movimiento estudiantil y su novedoso papel en la toma de decisiones académicas.

La otra cara de la reforma, es decir la crisis, fue el resultado de múltiples factores. En primer lugar, el ya mencionado artículo 28 del controvertido Decreto-Ley 6403/55 del PEN, que permitió la creación de Universidades privadas, las cuales quedaban capacitadas para “expedir diplomas y títulos habilitantes siempre que se sometan a las condiciones expuestas por una reglamentación que se dictará oportunamente” (Sarlo, 2001). Esta ley generó importantes controversias ideológicas entre “laicos” y “libres” en tanto los que acompañaban el proyecto modernizador de la Universidad, veían en ella un ataque contra los principios de la reforma universitaria. Las movilizaciones a que dio lugar este debate tuvieron como efecto la renuncia del entonces Ministro de Educación Atilio Dell’ Oro Maini.

En segundo lugar, como señala Federico Neiburg, la creciente incorporación de temas de la política nacional convirtió a la Universidad, durante la etapa de su normalización, en un ámbito que reflejó la crisis del gobierno nacional. Los debates internos muestran que la UBA no se mantuvo ajena a los avatares políticos que se producían en el país; en cambio, se manifestó como “un espacio privilegiado para observar las relaciones y luchas entre importantes sectores de las elites sociales e intelectuales de la época” (Neiburg, 1999: 53).



Por último, los subsidios extranjeros –de las fundaciones Ford y Rockefeller, entre otras- promovieron un debate en torno a qué ciencia debía producirse en la Universidad argentina y cuál era la relación de ese modelo científico con la identidad nacional, debate que, hacia fines de los años sesenta, comenzó a ser pensado en términos de “colonización” y/o “dependencia”.

Es posible, en este sentido, establecer analogías entre los subsidios a la investigación de origen extranjero en el ámbito académico y científico universitario y aquellas inversiones a nivel nacional, cuyo máximo exponente es posible ubicar en relación a los contratos para la extracción y comercialización de petróleo con empresas foráneas. Lo interesante es que, paradójicamente, existieron grupos de investigación que, aunque rechazaron los contratos para la explotación petrolera, aceptaron no obstante los subsidios extranjeros. Esto implicaría, para Silvia Sigal, una disyunción que ”permitía, sin paradoja, rechazar el capital extranjero y aceptar los subsidios, conservando las convicciones nacionalistas y antiimperialistas fuera del espacio de la cultura” (Sigal, 1991).
Lo cierto es que, ya en 1962, el término “reforma” no remitía a un significado unívoco. La idea de “llevar la Universidad a la calle”, que se concretaba a partir de las actividades de extensión universitaria, se había transformado en hacer la Universidad en el país y para el país. Analía Payró lo expone, ese mismo año, de esta manera:

No queremos llevar la Universidad a la calle; queremos que la Universidad este construida con el país y en el país; no se quiere salvar la conciencia con cursos de extensión cultural nocturnos, no se quiere que el mito del Departamento de Extensión Universitaria subsista, porque se quiere que el estudiantado no encuentre en el reformismo una religión de salvación, ni que el reformismo sea paternalista, [...]. Y no quiere porque el reformismo es otra cosa y así debemos ser percibidos: como una fuerza que lucha por la liberación nacional (Sarlo, 2001:360-361).
1.2. Creación de las nuevas carreras universitarias de psicología
Es precisamente en el marco de la modernización cultural y del mencionado segundo proyecto de refundación de la Universidad que tiene lugar la profesionalización de la psicología en nuestro país –casi sesenta años más tarde que en EEUU, pero con una diferencia mucho menor respecto de sus pares latinoamericanos, e incluso antes que en algunos centros europeos4. Se inicia un segundo momento de la historia de la psicología en Argentina, más precisamente la “historia de los psicólogos”.

En efecto, desde una perspectiva que apunte a lo estrictamente profesional, es posible afirmar que, antes de los años sesenta, no existían psicólogos en nuestro país5. De hecho, cuando se organiza el Primer Congreso Argentino de Psicología (Tucumán, 13-22 de marzo de 1954), se reúnen allí, junto a representantes de la psicología a nivel internacional, más de un centenar de figuras locales ligadas a diversas disciplinas (filosofía, medicina, pedagogía, psiquiatría, etc.) e incluso provenientes de la iglesia católica, como Ismael Quiles y Leonardo Castellani. La Asociación Psicoanalítica Argentina, fundada en 1942, se hace presente a través de cuatro de sus miembros: Ángel Garma, Willy Baranger, Mauricio Knobel y Emilio Rodrigué.

Además de evidenciar un marcado interés por la disciplina, la multiplicidad de temáticas y perspectivas de los trabajados presentados –ordenados en diez comisiones organizadas según un eje temático [Ver cuadro 1] –­ muestra un panorama sumamente ilustrativo de la producción de conocimiento psicológico durante esos años.

Se trataba de una psicología con escasas o nulas conexiones con las producciones de los centros académicos y científicos internacionales, más allá del desarrollo –apreciable sobre todo a partir del número de ponencias presentadas en cada comisión– de una psicología aplicada con una clara orientación psicotécnica, es decir del uso de los test mentales como herramienta privilegiada de intervención psicológica6. En este sentido, es necesario tener en cuenta, por ejemplo, que para ese entonces ya se habían organizado la carrera de Psicotécnico y Orientador Profesional en la UNT (1950) y la carrera de Psicotécnico en la Universidad del Litoral (1953). Por otra parte, se había creado en el marco del Ministerio de Educación, el Laboratorio Psicotécnico del Instituto de Higiene y Medicina Social (Universidad de Cuyo) y el Consultorio de Orientación Profesional y Escolar, entre otros; en el marco del Ministerio de Marina, el Centro de Diagnóstico de Aptitud; el Instituto Regional Psicotécnico y Orientación Profesional del Ministerio de Salud Pública, etc.7

Cuadro 1

Comisión

Tema

Nº de trabajos presentados

I

Problemas históricos y epistemológicos de la Psicología

26

II

Psicología General

  1. Problemas metodológicos y de precisión terminológica

  2. Orientaciones de la Psicología

  3. Estructura de la psique y sus funciones.

18

III

Psicología Especial

  1. Psicología genética y comparada

  2. Psicología diferencial, caracterológica y de la personalidad.

  3. Psicología evolutiva del niño y del adolescente.

22

IV

Psicología Social y del Arte

27

V

Técnicas Psicológicas de Exploración

  1. Psicoestadística

  2. Test psicométricos y proyectivos

26

VI

Aplicaciones educacionales

  1. Psicología del educando y del educador.

  2. Higiene del escolar.

  3. Educación diferencial y Orientación Vocacional.

42

VII

Aplicaciones médicas

  1. Relaciones de la psicología con la medicina.

  2. Técnicas de exploración y contribuciones psicológicas a las especialidades médicas.

  3. Psicopatología e Higiene Mental.

31

VIII

Aplicaciones forenses y militares

  1. Psicología jurídica.

  2. Psicología del delincuente.

  3. Reeducación de menores delincuentes.

  4. Psicología militar.

  5. Aplicaciones psicológicas específicas en las fuerzas armadas.

14

IX

Aplicaciones económicas

  1. Psicología y economía.

  2. Profesiografía, selección y orientación profesional.

  3. Ergología e Higiene Fabril.

13

X

Perspectivas y necesidades de los estudios psicológicos en nuestro país.

  1. La enseñanza y la investigación de la Psicología en Argentina.

  2. Formación del psicólogo profesional.

15

Cuadro confeccionado a partir de las Actas del Primer Congreso Argentino de Psicología, Universidad Nacional de Tucumán. 1955.





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