Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning



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El Consejo de Comisarios del Pueblo, compuesto, al principio, sólo de bolcheviques, llevaba en sí el germen de la evolución que conduciría a la dictadura de un partido sobre los soviets.
No se debe asociar la institución de los Comisarios del Pueblo -es decir, la institución de un poder centralizado- con la proclamación de la toma del poder por los soviets. Fue sólo posteriormente -teniendo en cuenta la realidad- cuando esa institución, expresión de la dominación del partido, se convirtió en parte integrante de la constitución e imposibilitó la formación de un verdadero sistema soviético. En efecto: el 10 de julio de 1918, esa constitución era aprobada por el V Congreso Panruso de los Soviets, congreso bolchevique, por lo demás, ya que la dictadura del Estado había suprimido todas las otras tendencias socialistas.
Aunque, en el papel, todo el poder pertenecía a los soviets, la constitución ya mostraba la absoluta oposición que existía entre un partido amo del Estado y una organización soviética. Poner todo el poder en manos del Comité Ejecutivo Central del Congreso de los Soviets significaba reducir a nada la autonomía, elemento capital del sistema soviético. La constitución establecía que eran de competencia del Congreso Panruso de los Soviets y de su Comité Ejecutivo Central todas las cuestiones que ellos “considerasen de su incumbencia” (art. 50°). Concepción, ésta, tan elástica que ya, de acuerdo con la constitución, habían sido quitados a los consejos locales muchos de sus derechos.
La actividad de los consejos locales, de distrito, etc., se limitaba, conforme al artículo 61°, a la “ejecución de todas las decisiones de los organismos superiores del poder de los soviets”.
Pero esos organismos superiores no eran otros que los comisarios, es decir, los ejecutores de las decisiones del Partido Comunista.
En vez de dar, efectivamente, plenos poderes a los consejos para los asuntos de su incumbencia; en vez de reservar el estudio en común sólo a los problemas que exigían una solución de tipo general o a los que superaban las fuerzas de los soviets, se creó un poder central que anulaba la autonomía e iniciativa de los soviets y su razón de ser. El poder central significa la dominación de un partido político; es el estatismo, la regimentación impuesta de arriba a abajo.
Criticando la constitución del Estado soviético, Alexandr Schreider demuestra claramente que la misma expresa la concepción bolchevique del Estado, basada sobre el viejo principio de la soberanía. Ha sido cambiado el poseedor del poder, pero la noción de poder no ha sido modificada. No es de extrañar, pues, que los métodos de gobierno de los bolcheviques se parezcan tanto a los antiguos. El Estado soberano ha de ser todopoderoso y no puede tolerar ningún poder competitivo. Le es preciso luchar contra las tendencias a la descentralización administrativa, contra las uniones económicas locales, contra las asociaciones laborales -que transforma en organismos estatales- y, sobre todo, contra los soviets:
“La autonomía de los organismos de administración local compiten peligrosamente con el centralismo. Los bolcheviques, que con tanto celo habían predicado la necesidad de la toma del poder por los soviets locales, se dieron prisa, en cuanto tuvieron en sus manos las riendas del poder, a disminuir al máximo posible la autoridad de los organismos locales. La constitución del 10 de julio acaba de meter en cintura a los soviets locales que se mostraban rebeldes. Bajo la dominación bolchevique se han ido transformando en órganos ejecutores del poder central, encerrados en una red inextricable de organizaciones que aseguran su dependencia financiera y económica”.94
Nos llevaría demasiado tiempo continuar la discusión de la crítica -destacable, en muchos aspectos- que formula Schreider y examinar más de cerca su proyecto de constitución federalista, que reconoce la autonomía de los soviets locales. Nos parece, sin embargo, que la crítica jurídica que de la constitución soviética hace Schreider y su crítica -correcta, por cierto- del principio de soberanía, base de dicha constitución, no bastan para explicar el hecho de que “en lugar de una república de trabajadores, haya surgido una oligarquía de partido”.
El hecho, en efecto, no se debe a la concepción autoritaria y dictatorial que tenían los bolcheviques acerca del Estado sino a su adhesión de principio a la noción de Estado y al papel decisivo que le asignaban en el socialismo. Porque las concepciones bolcheviques sobre el Estado y sobre el socialismo son inseparables.
Los bolcheviques eran socialistas de Estado y la doctrina económica del socialismo fijaba también los medios políticos aptos para realizarlo. Ahora, que todo socialismo estatista es inconciliable con una organización soviética. Como los bolcheviques no sólo eran socialistas de Estado sino también jacobinos, partidarios de la dictadura y de la autoridad, surgió, favorecido por las circunstancias -la lucha defensiva contra el exterior- ese poder dictatorial del Estado, esa oligarquía de partido que adopta la forma de dictadura de Estado.
De más está decir que la dictadura de los bolcheviques destruyó a los soviets, pero no porque fuera dictadura -lo que sólo determina el modo de destrucción, a saber, el terror-. La razón esencial reside en el socialismo estatal. Toda forma de socialismo estatal significa la negación del sistema soviético y es inconciliable con el federalismo. El federalismo es un concepto económico y sólo se puede aniquilar el centralismo político del Estado por medio de la economía. La organización federalista de la sociedad sólo es posible en la medida en que los consejos son, efectivamente, organismos de administración, inclusive en el terreno de la economía.
Está claro que el partido de Lenin, socialista de Estado por convicción, no podía servirse de los soviets ni de la organización soviética para realizar su programa. Por ello, también la actitud de los bolcheviques con respecto a la Constituyente fue vacilante. Desde el estallido de la revolución de febrero se habían pronunciado en favor de la convocatoria de la Constituyente.
El 18 de marzo decía Stalin, refiriéndose a las condiciones necesarias para la victoria de la revolución: “[...] la rápida convocatoria de la Asamblea Constituyente es la tercera condición para la victoria de la revolución”,95 y el 24 de octubre, día de la toma del poder, expresaba: “El poder debe pasar a manos de los diputados obreros, campesinos y soldados. El poder pertenece a un nuevo gobierno, que, elegido por los consejos, puede ser depuesto por ellos y es responsable ante ellos. Sólo un gobierno como éste puede asegurar, a su debido tiempo, la convocatoria de la Asamblea Constituyente”.96
Después de la revolución de octubre, Lenin propuso que se aplazara la fecha de las elecciones, que se ampliara el derecho de voto y que se hicieran nuevos padrones electorales. El decreto que instituía el Consejo de Comisarios del Pueblo -donde se decía que “el poder gubernamental corresponde al Consejo de Comisarios del Pueblo” y que “el control de la actividad del Consejo de Comisarios del Pueblo y el derecho de revocarlos corresponden al Congreso Panruso de los Soviets y a su Comité Ejecutivo Central”- comenzaba con estas palabras: “Para gobernar al país hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente, es preciso formar un gobierno obrero y campesino provisional, que tomará el nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo”. La convocatoria de la Constituyente era popular entre las masas campesinas, pues la revolución agraria estaba ligada a ella. Por razones tácticas, los bolcheviques no aplazaron la convocatoria, aunque el resultado no fuera seguro para ellos.97
Tienen razón los bolcheviques cuando dicen que la Constituyente, elegida conforme a los padrones antiguos, había sido superada por los acontecimientos revolucionarios y los reagrupamientos de partidos y que, por ejemplo, daba a los socialrevolucionarios de derecha una mayoría totalmente en contradicción con la actitud de los campesinos. Cuando los bolcheviques advirtieron que quedaban en minoría, se volvieron adversarios de la Constituyente, pero no por razones de principios, como los anarquistas, que desde hacía meses difundían la consigna de “¡Abajo la Constituyente! ¡Viva la libre federación de los soviets!”. Se hicieron adversarios de la Constituyente porque les pareció que no estaba dispuesta a legalizar el golpe de Estado. Si el partido bolchevique hubiera tenido la mayoría, probablemente habría organizado el Estado soviético con ayuda de un parlamento.
Cuando por fin se reunió la Asamblea (5 de enero), los bolcheviques se mantuvieron a un lado. La Constituyente celebró sesión durante algunas horas, bajo la presidencia de Chernov, y fue disuelta por un anarquista, Anatol Zhelezniakov, marino de la flota del Báltico, que custodiaba el palacio de Táurida, donde se reunía la Asamblea. Era ya tarde, pasada la medianoche, cuando Zhelezniakov entró armado en la sala y dijo: “Es hora de terminar esta comedia. Mis soldados están cansados y quieren dormir. Señores, vuélvanse a sus casas. La Asamblea Constituyente queda disuelta”.
Si los bolcheviques habían recusado la Constituyente, no era porque existiese incompatibilidad entre ésta y la organización de los soviets sino porque no servía para afianzar la toma del poder por el partido. Incluso los socialrevolucionarios de izquierda, que siempre habían sido partidarios de la Constituyente -aunque no estaban poseídos como los bolcheviques por la fe en la omnipotencia del Estado- aprobaron la disolución de la Asamblea. Participaban en el gobierno desde diciembre y ocuparon siete cargos de Comisarios del Pueblo hasta marzo de 1918;98 fue el único período en que los bolcheviques no ejercieron el poder en exclusividad.
Los soviets habían sido aptos para organizar la insurrección; sin ellos hubiera sido imposible tomar el poder al amparo del II Congreso de los Soviets y con la consigna de “Todo el poder a los soviets”. Pero el partido amo del gobierno no podía utilizarlos para lograr su objetivo, que excluía la actividad autónoma de los consejos tanto en la política como en la economía. No era posible conciliar los objetivos del partido con el poder político de los soviets ni con el poder económico de éstos. El objetivo del partido era el socialismo estatal y, para alcanzarlo, se imponía que los soviets fuesen meros órganos burocráticos del Estado y de la dictadura, vale decir, instrumentos del Comité Central del partido bolchevique.
Había que aniquilar a los soviets en cuanto órganos de la revolución y de la autogestión política y económica, en la medida en que se consolidaba el poder del partido político, pues se oponían irreductiblemente al programa económico de ese partido, que, para realizar dicho programa, se esforzaba por adueñarse de la totalidad del poder del Estado.
En septiembre de 1917, escribía Lenin:
“[...] ¿Se atreverán los bolcheviques a tomar ellos solos todo el poder del Estado? Ya en el Congreso de los Soviets de toda Rusia, en una interrupción que hube de hacer a uno de los discursos ministeriales de Tsereteli, tuve ocasión de contestar a esa pregunta con un categórico ‘sí’. Y no sé que los bolcheviques hayan dicho nunca, ni en la prensa ni de palabra, que no debamos tomar nosotros solos el poder.99 Sigo sosteniendo el punto de vista de que un partido político en general, y en particular el partido de la clase de vanguardia, no tendría derecho a existir, sería indigno de considerarse como un partido y representaría en todos los aspectos un triste cero a la izquierda, si renunciase al poder en momentos en que tiene la posibilidad de conquistarlo”.100
Así, en vez de los consejos, es el partido quien toma el poder el poder del Estado, para que el Estado pueda aplicar las medidas económicas que abran paso al socialismo. El Estado controlará la vida económica. Es verdad que también los bolcheviques difundían la consigna popular de “control obrero”, tras de la que se abría camino, con creciente ímpetu, la exigencia de que las fábricas pasaran totalmente a manos de los obreros. Pero pronto se vio que los bolcheviques daban a esa consigna un sentido harto particular, como el que habían dado a la de “todo el poder a los soviets”. En efecto: aunque decían “control obrero”, pensaban -así lo declara Lenin- “control del Estado”, mas esta fórmula habría evocado la terminología de los reformistas burgueses.
“Cuando nosotros decimos: ‘control obrero’, colocando siempre esta consigna junto a la de dictadura del proletariado, inmediatamente después de ella, damos a entender con nitidez a qué Estado nos referimos. El Estado es el órgano de dominación de una clase [...] Si es del proletariado, si se trata del Estado proletario, es decir, de la dictadura del proletariado, entonces sí puede el control obrero erigirse en un régimen general, universal, omnipresente, minucioso y concienzudo de cálculo de la producción y distribución de los productos”.101
Ese régimen de cálculo resulta posible merced a los aparatos que el capitalismo ya ha creado. Además del aparato de opresión que forman el ejército permanente, la policía y la burocracia, el Estado moderno posee un aparato, enlazado muy íntimamente a los bancos y los consorcios, un aparato que efectúa un vasto trabajo de cálculo y registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo de las manos de los capitalistas:
“Los grandes bancos constituyen el ‘aparato del Estado’ que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya formado del capitalismo; aquí nuestra tarea consiste en extirpar todo aquello que desfigura al modo capitalista ese magnífico aparato, en hacerlo aún mayor, aún más democrático, aún más universal. La cantidad se trocará en calidad. Un banco único del Estado, el más grande de los grandes, con sucursales en cada distrito, en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato socialista. Supone una contabilidad nacional, un cálculo nacional de la producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, el esqueleto de la sociedad socialista”. “De este ‘aparato del Estado’ (que bajo el capitalismo no es totalmente del Estado) podemos ‘apoderarnos’ y ponerlo ‘en marcha’ de un solo golpe, con un solo decreto [...] La ‘clave’ de la cuestión no consistirá siquiera en la confiscación de los bienes de los capitalistas sino precisamente en el control obrero omnímodo, ejercido en escala nacional, sobre los capitalistas y sus posibles adeptos”.102
En La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla, folleto escrito en la misma época (septiembre de 1917), Lenin desarrolló más detalladamente el programa económico que pensaba realizar. Veremos a continuación las medidas inmediatas que proponía. No tienen otra significación que la de preparar el socialismo dictatorial o, más simplemente, el capitalismo de Estado. Las más importantes eran:103


  1. Nacionalización de los bancos, es decir, la fusión de todos ellos en un banco del Estado:

“Y sólo este control sobre los bancos, centro, eje principal y mecanismo básico de la circulación capitalista, permitirá llevar a cabo de hecho, y no sólo de palabra, el control de toda la actividad económica, de la producción y de la distribución de los productos más importantes. [...] Y el Estado alcanzaría por primera vez la posibilidad, primero, de conocer [...] las operaciones financieras más importantes, luego, la posibilidad de controlarlas, la posibilidad de regular la vida económica y, finalmente, la de obtener millones y miles de millones para las grandes operaciones de Estado [...]”.




  1. La nacionalización de los bancos trae necesariamente la nacionalización de los consorcios industriales y comerciales:

“Los bancos se hallan indisolublemente entrelazados con las ramas más importantes de la industria y del comercio. Eso quiere decir, de una parte, que no es posible nacionalizar sólo los bancos, sin tomar medidas encaminadas a implantar el monopolio de Estado sobre los consorcios comerciales e industriales (el del azúcar, el del carbón, el del hierro, el del petróleo, etc.), sin nacionalizar estos consorcios”.


Los grandes consorcios ya han sido “socializados” por el desarrollo previo del capitalismo:


  1. “La sindicación obligatoria, o sea, la organización obligatoria de los industriales, por ejemplo, en consorcios, rige ya prácticamente en Alemania. Tampoco esta medida representa nada nuevo. [...] es una especie de impulso que el Estado imprime al desarrollo capitalista, el cual conduce en todas partes a la organización de la lucha de clases [...] es una especie de impulso que el Estado imprime al desarrollo capitalista, el cual conduce en todas partes a la organización de la lucha de clases [...] es la condición previa inexcusable de todo control más o menos serio y de toda economía del trabajo del pueblo”.

“La sindicación obligatoria, o sea, la organización obligatoria en consorcios bajo el control del Estado, es una medida preparada ya por el capitalismo [...] y será completamente realizable en Rusia, para los soviets, para la dictadura del proletariado; he aquí lo que nos proporcionará un ‘parato del Estado’ universal, moderno y exento de todo burocratismo”.104




  1. La agrupación obligatoria de toda la población en sociedades de consumo bajo el control del Estado:

“El monopolio del trigo, el sistema de racionamiento del pan, el servicio general obligatorio de trabajo son, en manos del Estado proletario, en manos de los soviets investidos de todo el poder, el medio más eficaz de cálculo y control”.105



Es verdad que tales métodos no se los habían imaginado los teóricos del socialismo, pero ello no impide a Lenin considerarlos apropiados para realizar el socialismo:
“El monopolio del trigo y el sistema de racionamiento del pan no fueron implantados por nosotros sino por el Estado capitalista beligerante. Éste ha creado ya, en el marco del capitalismo, el servicio general obligatorio de trabajo, que es un régimen de presidio militar para los obreros”.106
Uno se pregunta qué relación pueden tener con el socialismo esos métodos de capitalismo de Estado, esas medidas que son un presidio militar para los trabajadores de los países capitalistas, la cartilla del pan impuesta por la guerra imperialista, el monopolio del Estado sobre los consorcios comerciales e industriales, la sindicación obligatoria, destinada a estimular el desarrollo capitalista. En una palabra: qué tienen que ver con el socialismo esas medidas del Estado, capitalistas y opresoras.
Lenin responde que, aplicadas en un Estado burgués -la organización de la clase dominante-, conducen al capitalismo monopolista de Estado. En Alemania dieron lugar al capitalismo monopolista de Estado de tiempos de guerra, que es un presidio militar para los obreros y un régimen de protección militar para las ganancias de los capitalistas. Pero cuando las mismas medidas no son aplicadas por el Estado de los capitalistas y los grandes terratenientes sino por un Estado democrático revolucionario -es decir, por un Estado que destruye todos los privilegios-, el resultado es completamente diferente:
“[...] veréis que el capitalismo monopolista de Estado, en un Estado verdaderamente democrático-revolucionario, representa inevitablemente, infaliblemente, ¡un paso, pasos hacia el socialismo!”
En efecto, cuando una empresa capitalista gigantesca se convierte en monopolio, sirve a todo el pueblo. Si se convierte en monopolio de Estado, el Estado [...] dirige todas las empresas.
¿En interés de quién? O bien en interés de los terratenientes y los capitalistas [...] o bien en interés de la democracia revolucionaria, y en ese caso ello será precisamente un paso hacia el socialismo.
Pues el socialismo no es más que el paso siguiente después del monopolio capitalista de Estado. O dicho en otros términos, el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que, por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista”.107
Porque el capitalismo monopolista de Estado es la más completa preparación material para el socialismo: “La guerra imperialista es la víspera de la revolución socialista
[...] La guerra, al acelerar extraordinariamente la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, pone de este modo a la humanidad extraordinariamente cerca del socialismo: tal es, precisamente, la dialéctica de la historia”.108
Ése era el programa económico de Lenin en vísperas de la conquista del poder. Ese trabajo nos muestra, mejor que cualquier otro texto, qué entendía Lenin por “socialismo”: ¡el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado!
Ahora se comprende por qué la condición previa del socialismo era un fuerte poder del Estado y se comprende lo que significa el Estado soviético, ese Estado del tipo de la Comuna de París. ¡Como si la Comuna de París se hubiera propuesto favorecer el capitalismo de Estado, instituir el monopolio estatal y la dictadura económica! Esta concepción del socialismo considerado como monopolio de Estado determina ya el papel del Estado. Ni hablar de abolición o destrucción del Estado, pues la mencionada concepción supone el más monstruoso fortalecimiento y crecimiento del poder del Estado, una centralización desconocida hasta ahora.
El Estado fue siempre una institución política de opresión al servicio de una clase dominante que, por medio del aparato estatal, disponía del monopolio del poder; ese monopolio posibilitaba el de la propiedad. El capitalismo es un sistema económico de explotación porque pone en manos de una minoría la propiedad de los medios de producción. Pero si el monopolio capitalista se convierte en capitalismo de Estado; si ambos monopolios -el del poder y el de la propiedad- se confunden en uno solo y se reúnen en una sola mano en vez de destruirse mutuamente, de neutralizarse, entonces se transforman, merced a la unión, en un poder formidable. La unión de los dos monopolios no disminuye la eficacia de las funciones de ambos sino que, por el contrario, la multiplica. La concentración de la opresión política y de la explotación económica no engendra la libertad; da origen a una esclavitud “racionalizada”.
El programa de Lenin muestra las razones por las cuales el dirigente bolchevique insistió siempre en la necesidad del Estado y del poder del Estado, sobre todo en el período revolucionario; indica cuál era la verdadera naturaleza de la nueva máquina de Estado que, según él, nacería de los consejos; evidencia, asimismo, cuál era su pensamiento cuando escribía que el nuevo tipo de Estado era una forma de administración del Estado sin la burguesía y contra la burguesía.
De la “fuerza creadora del pueblo” nacieron los soviets, que hicieron la revolución organizando la expropiación directa a los expropiadores, tomando posesión de las tierras y de las fábricas, desbaratando la resistencia de los terratenientes y los capitalistas, destruyendo el Estado -la vieja institución política de opresión-, llevando la revolución al ejército y obteniendo la paz por la fuerza. ¿Podían, pues, los consejos, servir de instrumento para la construcción de un nuevo aparato estatal centralista, destinado a aplicar medidas para la implantación del capitalismo de Estado, para hacer avanzar al capitalismo? ¿Era acaso posible que los consejos facilitaran el cumplimiento de tales medidas?
Ésa era, en efecto, la aberrante concepción de Lenin; ése era el papel que asignaba a los consejos; ésa era la idea que tenía de la revolución social.



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