Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning



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El examen riguroso demuestra que El Estado y la revolución, obra en la que Lenin sostiene que ha restablecido la pureza de la verdadera doctrina marxista, es una mezcla de elementos del marxismo y de declaraciones de Marx.
Lenin encontró en los soviets, como se desprende de los pasajes citados, la organización -o, para ser más exactos, los organismos- de esa forma particular del Estado, adaptada a un nuevo poder centralizado, que denomina el modelo del Estado “de base comunalista”. Modelo teórico, como es hoy evidente, de una nueva máquina de Estado -máquina de opresión- que nada tiene que ver con la Comuna de París según nos la describe Marx.
A diferencia de lo que afirma Lenin insistentemente, el no restablecimiento de la policía y la supresión de un cuerpo de funcionarios inamovibles y privilegiados, así como del ejército separado del pueblo, no constituían el carácter único de la Comuna.
Lo esencial de la Comuna era la destrucción del centralismo político y la abolición de todo poder estatal, para dar paso a la construcción de una nueva sociedad asentada sobre bases económicas y federalistas. Los consejos rusos eran, efectivamente, los órganos aptos para construir esa sociedad socialista.
Eran los órganos aptos para destruir totalmente -a ejemplo de la Comuna de París- el poder político del Estado, para eliminar radicalmente el Estado parásito, para reemplazar al Estado por el gobierno de los productores mismos, por la federación de las comunas autónomas, que tomarían en sus manos las iniciativas ejercidas hasta entonces por el Estado, como dice Marx. Ni hablar de la extinción del Estado, pues, tras su eliminación, es sustituido por órganos esencialmente diferentes. En esa sustitución consiste la “abolición” del Estado.
Los consejos -sólo los consejos- podían realizar el programa económico que, según Marx, era el objetivo de la Comuna: transformar los medios de producción -que hasta entonces sólo habían servido para esclavizar y explotar el trabajo- en simples instrumentos en manos de los trabajadores libres y asociados.
Pero este objetivo -finalidad de la Comuna de París y misión de los consejos- era lo opuesto del programa económico de Lenin, lo opuesto de la centralización de los medios de producción en manos del Estado, cualquiera que fuese su forma (Estado democrático- burgués o Estado proletario).
Según Lenin, el Estado proletario, que debía realizar tal programa, se originaba en los consejos. Los soviets debían servir de instrumentos para administrar el Estado sin la burguesía y contra ella, y constituir, pues, una dictadura, dictadura que habría de instaurar el socialismo estatal.
Pero asignar ese papel a los soviets no sólo significa rebajarlos a la categoría de simples órganos del Estado, despojarlos de su sentido esencial, anularlos en la práctica; significa también negar totalmente su papel histórico en la revolución.
De ninguna manera se podía utilizarlos con ese fin sin que perdieran por completo su carácter de organismos de autogestión. Para crear un nuevo Estado, una nueva máquina de opresión, eran tan poco utilizables como lo era la exposición de Marx sobre la Comuna de París para justificar la teoría del Estado “de base comunalista”. Entre los consejos y el Estado bolchevique hay la misma relación que entre la Comuna y el “Estado de base comunalista” de Lenin; exactamente la misma que entre la consigna de “todo el poder a los soviets” y la de “dictadura del proletariado”.
Para Lenin, los consejos no eran más que los órganos de un nuevo poder estatal en manos de quienes lo constituirían. Si los consejos no formaran parte del aparato estatal, si los trabajadores no tuvieran necesidad de él, los consejos carecerían de importancia, perderían toda significación, desaparecería su razón de ser. Sólo después de haber tomado la totalidad del poder, estarían los soviets en condiciones de desarrollarse verdaderamente, de desplegar a fondo sus fuerzas potenciales y su capacidad. No hay necesidad de analizar más ampliamente el pensamiento de Lenin cuando habla de la conquista del poder por los soviets: “No tomaremos el poder mientras no lo hayan tomado los consejos”. La plena expansión de la capacidad de los soviets después de la conquista del poder significaba, tan sólo, que los consejos habrían de convertirse en órganos del Estado, dirigido por el partido bolchevique; en órganos de la dictadura ejercida por ese partido.
Lenin tenía razón al decir que la fuerza creadora del pueblo había dado nacimiento a los consejos y que sin ellos la revolución se hubiera perdido; pero no es menos exacto afirmar que se hacía preciso destruir esa fuerza creadora una vez que los bolcheviques hubieran alcanzado su objetivo: la conquista del poder y la implantación de la dictadura. En efecto, los consejos, donde se manifestaba realmente la fuerza creadora del pueblo y donde se expresaba la voluntad de operar la transformación socialista; los consejos, que constituían los órganos de dicha transformación, eran incompatibles con los decretos del Estado, cuyo poder dictatorial inundaba el país.
Dice Rudolf Rocker: “La idea de los consejos es la expresión más cabal de lo que nosotros entendemos por revolución y abarca toda la parte constructiva del socialismo. La idea de la dictadura es de origen puramente burgués; nada tiene que ver con el socialismo. Está en contradicción fundamental con la idea constructiva del sistema de los consejos y el asociar por la fuerza esas dos concepciones tenía que acabar en la monstruosidad que es hoy la ‘comisariocracia’ bolchevique, fatal para la revolución rusa. No podía ser de otra manera. El sistema de los consejos no tolera dictaduras porque parte de postulados totalmente diferentes. En el bolchevismo se encarna la compulsión venida de arriba, la ciega sumisión a las órdenes. Las dos concepciones no pueden coexistir. En Rusia ha vencido la dictadura y es por eso que ya no hay soviets en ese país. Lo que de ellos queda es una horrible caricatura de la idea del soviet”.89
En ese trabajo, Rocker demuestra también que la idea de los consejos ya había sido propagada en el ala antiautoritaria de la I Internacional, oponiéndola a la idea burguesa de la dictadura política. Se había destacado la importancia de las organizaciones económicas para la transformación socialista de la sociedad, por lo que hay que ver en ellas -organizaciones de lucha en el terreno económico- los elementos de la futura sociedad socialista. El Congreso de Basilea (1869) adoptó una resolución por la que invitaba a los trabajadores a formar “asociaciones de industria”, las organizaciones más aptas para sustituir el sistema del salariado por la libre federación de los productores.
En la exposición de motivos, el belga Hins declaraba: “Los consejos de las organizaciones de oficios e industrias sustituirán al gobierno actual, y la representación de los trabajadores así organizados sustituirá de una vez para siempre los sistemas políticos del pasado”.90
Además, la idea ya se había expresado claramente a comienzos del decenio de 1840, en ese período del movimiento obrero inglés que podríamos denominar owenista o sindicalista. La idea fundamental del socialismo de Robert Owen y de críticos sociales como Thompson y Grey era la siguiente: la transformación de la sociedad sólo sería obra de las asociaciones libremente constituidas en el terreno económico. En 1833-34, cuando la idea cooperativista defendida por Owen se asoció con la concepción del movimiento sindical, nació un movimiento socialista de base económica y de carácter sindicalista revolucionario, que veía la solución de la cuestión social no en las reformas y en el parlamentarismo sino en que los productores tomaran en sus manos la producción.
Supresión de la autoridad estatal, desaparición de esa autoridad dentro de la “organización industrial”, sustitución del sistema gubernamental por la organización del trabajo, son las ideas rectoras del socialismo de Proudhon y fueron el objetivo de sus propuestas de reforma social y económica.
Bakunin las adoptó y las vinculó con el movimiento obrero organizado. Enunció los principios básicos del sindicalismo revolucionario, que debe considerarse como la prolongación de la tendencia bakuninista de la I Internacional.
Durante la revolución rusa, fue en los soviets donde esas ideas plasmaron con mayor fuerza y amplitud. Contrariamente a todas las organizaciones nacidas de los partidos políticos, de la autoridad y del Estado, los soviets eran una creación específica de los trabajadores, fundada sobre la noción de clase. No eran, pues, organizaciones electorales ni, por lo mismo, territoriales, sino grupos económicos y específicos. Allí donde hay individuos que trabajan en común o donde es preciso organizar el trabajo; allí donde hay que defender intereses concretos, en un lugar y un momento determinados, allí nace un soviet. El soviet, en cuanto organización, no limita su acción a la vida económica sino que la extiende a la vida social. Como los soviets se crean para cumplir una función, su acción se ejerce de abajo a arriba y son la negación absoluta del centralismo político y de toda organización estatal. Los soviets son antiparlamentarios; no son organizaciones de representantes sino de delegados e ignoran toda separación entre poder legislativo y ejecutivo y actúan en forma descentralizadora y federalista.
Así, la condición previa para el funcionamiento del sistema soviético es la autonomía de los organismos de base y la función social de los soviets se ejerce de abajo a arriba.
Los delegados del soviet son elegidos por sus compañeros de trabajo. Permanecen en contacto directo con quienes los han elegido y con el trabajo en cuyo interés se los ha elegido. Representan una unidad económica o social bien determinada: la fábrica, el barrio, el municipio, la región. Todos los obreros -y sólo los obreros- eligen, en la fábrica, el soviet de fábrica, así como los trabajadores del campo eligen, en sus distritos, el soviet de campesinos. Los soviets nacieron cuando la revolución estalló en toda Rusia, y como eran los órganos de la revolución tendían a ser no sólo los de la insurrección sino también los que asegurasen sobre nuevas bases la vida social.

Las posiciones de los partidos políticos impedían a éstos apoyar tal tendencia, pero, para lograr sus fines estatistas, buscaron la ayuda de los soviets. Los socialrevolucionarios y los mencheviques se afirmaron en los consejos para influir sobre el gobierno burgués; les era necesaria su colaboración para poder gobernar. Trataron de neutralizar la acción espontánea y la posición de fuerza de los soviets; procuraron acaparar las funciones políticas del Estado (Comisión de Control, coalición, Comité Central Campesino, Parlamento Preparatorio). En cuanto a los bolcheviques, sostuvieron a los consejos como “órganos de la insurrección” y organizaciones de lucha contra el gobierno burgués, y trataron de conquistar el poder por medio de ellos.


Pero los soviets, nacidos de la “fuerza creadora del pueblo”, habrían representado muy poca cosa si sólo hubieran servido para posibilitar la conquista del poder por un partido político o por una coalición, burguesa o del tipo que fuera. Nacidos de la revolución, eran expresión de ésta. La conmoción social engendraba una sociedad que debía cumplir nuevas funciones y que, por eso mismo, necesitaba de nuevos órganos. Por ello, los soviets resumen en sí todo el significado de la revolución rusa y su evolución es la de esa revolución.
Se podría comparar el papel de los consejos, en cuanto órganos de la revolución, con el de las comunas (o municipios) y con el de los “barrios” y las “secciones” de París en la revolución francesa. Así como la abolición de la autonomía de los municipios y la destrucción de las secciones parisienses fueron la muerte de la revolución, la abolición de la autonomía de los soviets y su transformación en organismos estatales anunciaron el fin de la revolución rusa y el comienzo de la contrarrevolución estatista.
En su gran obra sobre la revolución francesa -obra que no sólo esclarece sobre los acontecimientos revolucionarios del período 1789-1794 de la historia de Francia sino que es también una obra clásica sobre la revolución en general-, Kropotkin señaló la importancia que, para la revolución, tuvieron las comunas, y en particular la de París, en 1793. No basta -dice Kropotkin- que tantos o cuantos alzamientos populares salgan victoriosos; es preciso, además, que dejen huella en las instituciones, para que puedan nacer y arraigarse nuevas formas de vida social. El pueblo francés pareció comprender esta necesidad cuando, desde las primeras sublevaciones de 1789, implantó la comuna popular. El centralismo gubernamental intervino más tarde, pero la revolución empezó creando las comunas, que le dieron extraordinaria fuerza. En las aldeas, la comuna campesina exigió la abolición de las cargas sociales y le dio valor de ley; quitó a los nobles las tierras de propiedad comunal, que aquéllos habían usurpado; se alzó contra los señores y combatió al clero.
En las ciudades, la comuna urbana organizó la vida sobre bases nuevas: designó a los jueces y cambió la distribución de impuestos. En París, derrocó al rey; fue el foco y la verdadera fuerza de la revolución, fuerza que la revolución conservó mientras vivió la comuna. Las comunas fueron el alma de la revolución integral y sin su llama, que encendió a todo el país, la revolución no habría podido destruir al antiguo régimen. Más tarde, fue el municipio revolucionario del 10 de agosto de 1792, compuesto directamente por delegados de los barrios, el que se encargó del orden público, dirigió la insurrección y tuvo influencia decisiva en el curso de los acontecimientos.
Sin embargo, sería un error figurarse a los municipios de entonces como órganos administrativos modernos a los cuales los ciudadanos, después de unos días de excitación electoral, entregan ingenua y despreocupadamente la conducción de los asuntos públicos. La insensata confianza en el gobierno representativo, característica de nuestra época, no existía en tiempos de la gran revolución. La comuna, nacida de los movimientos populares, no se separaba del pueblo. Gracias a sus barrios, sus secciones, sus “clases” -que eran como otros tantos órganos de administración popular- la comuna seguía siendo pueblo y en ello residía su poderío revolucionario.

Para las elecciones, la ciudad de París -y la organización que se había dado se asemejaba a la de millares de comunas en provincias- había sido dividida en sesenta barrios, que debían designar a sus electores en segundo grado. Después de designarlos, los barrios debían desaparecer como cuerpos electorales.


Pero continuaron existiendo y se constituyeron, por propia iniciativa, en órganos permanentes de la administración municipal; se atribuyeron ciertas tareas y funciones que habían correspondido a la justicia o a diferentes ministerios del antiguo régimen. Además, se atribuyeron otras, de máxima importancia en el terreno económico. Entre otras cosas, restablecieron el enlace entre París y las provincias.
Después de la toma de la Bastilla, los barrios aparecen ya como los organismos reconocidos de la administración municipal.
Cada barrio organiza sus servicios según su voluntad. Para coordinarse entre sí, crean un centro de relaciones. Así se constituyó un primer esbozo de la comuna, de abajo a arriba, por la unión de las organizaciones barriales surgidas, en forma revolucionaria, de la iniciativa popular. Los barrios buscan la unidad de acción no en la sumisión a un comité central sino en la fusión de tipo federativo. El gobierno representativo se reduce al mínimo. Todo cuanto la comuna puede hacer por sí misma debe ser decidido por ella, sin intermediarios, sin delegación de poderes o, en todo caso, por delegados con mandato restringido, que quedan bajo control permanente de sus mandantes.
Los barrios se interesan en todos los asuntos importantes; más aún: con frecuencia toman la iniciativa y se dirigen a la Asamblea Nacional, por encima de los representantes oficiales en la comuna. Además, siempre que les fue posible, las ciudades de provincias se pusieron en contacto con el ayuntamiento de París. Se pone así de manifiesto el esfuerzo por establecer relación directa entre las aldeas y las ciudades de Francia, independientemente del parlamento nacional.
La liquidación y venta de los bienes del clero en beneficio de la nación -dispuesta por ley... en el papel- nunca se habría realizado si los distritos no se hubieran encargado de ponerla en práctica. Resolvieron tomar el asunto en sus manos e invitaron a todos los municipios a hacer lo mismo. Cuando los miembros de los concejos municipales protestaron por tal infracción de la ley, los barrios respondieron: “¿Cómo es posible que lo hecho por comisarios designados por el municipio con esa finalidad expresa sea menos legal que si lo hubieran hecho representantes directos del pueblo?”.
Cuando, con Robespierre, se constituyó el gobierno central, empezó la lucha contra la comuna, cuya fuerza residía en las secciones. Por eso el poder central trató, incansablemente, de someter a las secciones a su autoridad. La Convención les retiró el derecho de convocar sus asambleas generales. El Estado comenzó a centralizar todo. Quitó a las secciones el derecho de designar a los jueces de paz y las privó de sus funciones administrativas.
La creación de los comités revolucionarios ya había convertido a las secciones en órganos subordinados a la policía, que dependían del Comité de Salud Pública, es decir, del gobierno central. El Estado llegó a transformar a los miembros de los comités en funcionarios a sueldo; así, los comités se trocaron en engranajes del mecanismo estatal y quedaron bajo la dependencia de la burocracia del Estado. Ello significaba la muerte de las secciones en París y en las provincias. Y su muerte era la de la revolución. A partir de enero de 1794 -dice Michelet- la vida pública se redujo a nada en París. Las secciones ya no celebraban asambleas generales.
En marzo de 1794 se produjo la victoria de la contrarrevolución. Robespierre le había allanado el camino al destruir las tendencias radicales, que hubieran podido salvar a la revolución, y al atacar a ésta en sus cimientos con la centralización estatal, que destruía los organismos revolucionarios. Los defensores de la comuna fueron guillotinados; había triunfado el gobierno. Era el fin del largo combate que la comuna, foco de la revolución, había librado, desde el 9 de agosto de 1792, contra los representantes oficiales de la revolución. La comuna, que durante diecinueve meses había sido la antorcha de la Francia revolucionaria, quedaba reducida a la función de engranaje del la máquina del Estado. Así, la catástrofe se había hecho inevitable.91
La historia se ha repetido: también la revolución rusa se hundió cuando un nuevo centralismo político paralizó la “fuerza creadora del pueblo”. Cuando los soviets, los órganos creados por el pueblo -sin los cuales la revolución no hubiera podido vencer- se convirtieron en engranajes de la máquina del Estado bolchevique, también la revolución rusa fue atacada en sus cimientos.
Lo que hace conservador y contrarrevolucionario al poder -escribía Proudhon en 1848- es que una revolución es orgánica y creadora, en tanto que el poder del Estado es mecánico; nada hay más contrarrevolucionario que el poder.
Los jacobinos bolcheviques hablaron, hasta el último momento, del poder de los soviets, pero sólo pensaban en la dictadura.
Por su concepción autoritaria y gubernamental del socialismo, les era absolutamente imposible creer en la “fuerza creadora del pueblo”, de la que, sin embargo, hablaban. Su dogmática teoría del socialismo estatal los hacía incapaces de atribuir importancia constructiva a los soviets en la revolución social.
La única finalidad de los bolcheviques era obtener el poder político central. No por azar fueron simultáneas la conquista del poder y la celebración del II Congreso de los Soviets. En efecto, el Congreso se celebraba en momentos en que la consigna de “todo el poder a los soviets” alcanzaba el máximo de su fuerza. Comenzaba la lucha decisiva con el gobierno. Los bolcheviques, al fijar para el mismo día la fecha de su golpe de Estado, hacían que éste fuera “legítimo” por el Congreso de los Soviets. Así, podían mantener la consigna de la revolución hasta la toma del poder, y el partido podía, efectivamente, inscribir en sus banderas el lema de “todo el poder a los soviets”. Podían adueñarse del poder, puesto que los consejos estaban a punto de tomarlo. Hubiera sido muy peligroso para sus designios no mantener la ilusión de la conquista del poder por parte de los soviets; así lo admite Trotsky en las líneas siguientes, que son muy significativas:
“Sea como fuere, el partido no estaba en condiciones de tomar el poder por sí mismo, independientemente del Congreso de los Soviets y a espaldas de éste. Hacerlo hubiera sido un error, que no habría dejado de tener efecto sobre la actitud de los obreros y que habría podido pesar adversamente en el estado de ánimo de la guarnición. Los soldados conocían al Consejo de Diputados y a su Sección Militar. Al partido sólo lo conocían a través del Congreso. Y si el levantamiento se hubiera producido a espaldas del Congreso, sin relación con él, sin estar amparado por su autoridad, sin constituir, clara y manifiestamente para los soldados, la culminación de la lucha por el poder de los consejos, habría podido provocar peligrosos desórdenes en la guarnición”.92
Pero aunque los bolcheviques tomaran el poder después que se hubieran adueñado de él los soviets, no podían hacerlo sin la protección de éstos. La toma del poder por los bolcheviques no era el triunfo de la revolución; fue un golpe de Estado sobrevenido en el curso de la revolución. Ésta no había terminado el 24 de octubre, y duraría aún algunos meses, durante los cuales la autoridad de los bolcheviques no gozó de poder absoluto. Transcurrieron meses antes de que la dictadura quebrantara la fuerza de los soviets y el partido bolchevique usurpara todos los poderes por medio de la dictadura.
Sin duda, el gobierno constituido por los bolcheviques debía aparentar que se apoyaba en los soviets, pero nada en común tenía con la organización soviética. Ni se le pasaba por las mientes la idea de entregar el poder a los soviets, después de haberlo obtenido. La conquista del poder no tenía nada que ver con la creación de un Estado “según el modelo de la Comuna de París”.
Se formó el gobierno tal como lo habría hecho cualquier otro partido político que tomara el poder consistió en la ocupación de los ministerios del Estado, ese Estado burgués que había que “destruir”.
Mejor que la teoría de un tipo de Estado absolutamente nuevo que nacería con los soviets, el siguiente relato de Trotsky -aunque algo anecdótico- permite comprender cómo se formó, en la realidad, el Estado leninista de los soviets:
“Hemos tomado el poder, al menos en Petrogrado... Es preciso formar el gobierno. Algunos miembros del Comité Central celebramos una sesión improvisada en un rincón de la sala.
– ¿Cómo los denominaremos? -se pregunta Lenin en voz alta-. Ministros, no; es una palabra gastada, que a nadie le gusta. Entonces propongo:
– Podríamos llamarlos comisarios, ¡pero ya hay demasiados comisarios! ¿Altos comisarios, tal vez? No; ‘altos’ suena mal. ¿Y Comisarios del Pueblo?
– ¿Comisarios del Pueblo? Sí, podría ser -aprueba Lenin-. ¿Y el nombre del gobierno?
– Soviet, soviet, naturalmente... ¿Por qué no Soviet de los Comisarios del Pueblo?
– Soviet de los Comisarios del Pueblo -repite Lenin-. ¡Perfecto!”93
Todavía no había terminado la insurrección de Petrogrado -en la que no fueron los bolcheviques los únicos que participaron- cuando el partido bolchevique, antes de la apertura del II Congreso Panruso de los Soviets, proclamaba el “gobierno provisional revolucionario”, que recibiría el muy revolucionario nombre de Consejo de Comisarios del Pueblo.
Es verdad que en el manifiesto dirigido, ese mismo 25 de octubre, por el Congreso de los Soviets a los “obreros, soldados y campesinos”, se leía: “Apoyado por la enérgica y victoriosa insurrección de los obreros y de la guarnición de Petrogrado, el Congreso toma el poder [...] El Congreso decide que todo el poder, en las diferentes localidades, pase a los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos [...]”. Pero el Consejo de Comisarios del Pueblo, una vez constituido, no tenía intenciones de entregar el poder -que ya estaba en sus manos- al Congreso de los Soviets o a los soviets locales.


Marxismo y anarquismo
Capítulo i los antecedentes históricos antes de 1917
Capítulo ii lenin y el bakuninismo
Capítulo iii la revolución de octubre
Capítulo iv el estado bolchevique y los soviets



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