Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning


CAPÍTULO IV EL ESTADO BOLCHEVIQUE Y LOS SOVIETS



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CAPÍTULO IV
EL ESTADO BOLCHEVIQUE Y LOS SOVIETS

“Mientras los soviets no hayan tomado el poder, no lo tomaremos nosotros”, declaraba Lenin en su informe sobre la situación política y el gobierno provisional, presentado a la conferencia de los bolcheviques de Petrogrado el 14 de abril de 1917.80


Los consejos eran la expresión de la revolución popular, los organismos creados por ella, los instrumentos de su victoria. Por medio de los soviets, la revolución realizaría su programa social. Y si en la exigencia de “todo el poder a los soviets” se ve la consigna característica de la revolución en su marcha hacia adelante, la significativa frase de Lenin sobre la toma del poder resume, entonces, la posición del partido bolchevique con respecto a los soviets y a la revolución. La declaración de Lenin es importante porque da testimonio histórico de sus concepciones teóricas y tácticas en aquella época, pero también porque contiene en germen todo el desarrollo ulterior de la revolución hasta octubre y la toma del poder por el partido bolchevique, y anuncia la declinación de la revolución bajo la dictadura del Estado bolchevique.
“No somos blanquistas, no somos partidarios de la toma del poder por una minoría”, había escrito Lenin en Pravda unos días antes, el 9 de abril. En la misma época redacta sus Cartas sobre la táctica, comentario de las tesis expuestas en su discurso del 9 de abril y, sobre todo, respuesta a las críticas que ese sensacional discurso había provocado en su propio partido. Contra la acusación de blanquismo, dice Lenin:
“En mis tesis me he precavido contra cualquier tentativa de pasar por encima del movimiento campesino, o pequeñoburgués en general, que todavía no ha agotado sus posibilidades; contra cualquier tentativa de jugar a la toma del poder por un gobierno obrero; contra cualquier aventura blanquista, pues he invocado formalmente la experiencia de la Comuna de París. Y, como se sabe, según demostró Marx en 1871 y Engels en 1891, esa experiencia excluyó totalmente el blanquismo, aseguró la dominación directa, inmediata, incondicional de la mayoría y la actividad de las masas únicamente en la medida en que la propia mayoría se afirma en forma consciente. En mis tesis, he orientado todo, de manera perfectamente explícita, hacia la lucha por la preponderancia dentro de los soviets de obreros, campesinos y soldados [...] Quien sea capaz de pensar y aprender, no podrá dejar de comprender que el blanquismo es la conquista del poder por una minoría, mientras que los soviets de diputados obreros, etc., son, notoriamente, la organización directa e inmediata de la mayoría del pueblo. Una acción orientada a la lucha por la influencia dentro de los soviets no puede, literalmente no puede, hundirse en el pantano del blanquismo. Tampoco puede hundirse en el pantano del anarquismo, pues el anarquismo niega la necesidad del Estado y del poder del Estado durante el período de transición que va desde la dominación de la burguesía a la dominación del proletariado. Yo defiendo, por el contrario, con claridad que excluye todo equívoco, la necesidad del Estado durante ese período; no del Estado parlamentario burgués, sino, de acuerdo con Marx y con la experiencia de la Comuna de París, de un Estado sin ejército permanente, sin policía opuesta al pueblo, sin burocracia por encima del pueblo”.81
Figuras dirigentes del partido bolchevique se manifestaron contra el programa propuesto por Lenin: transformación inmediata de la revolución en revolución social (aunque esto no significaba, para Lenin, la instauración inmediata del socialismo), toma inmediata del poder y establecimiento de la dictadura.
Esos dirigentes entendían que la revolución democrático-burguesa aún no había terminado. Al día siguiente de la publicación de las tesis de Lenin, Kamenev escribía en Pravda:
“Consideramos inaceptable el esquema general del camarada Lenin porque parte de la idea de que la revolución democrático- burguesa ya ha terminado y porque prevé la inmediata transformación de esta revolución en revolución social”.82
Las ideas de la oposición -que había sido la tendencia dominante en el partido antes de la llegada de Lenin a Petrogrado- se pueden expresar, pues, en estos términos: revolución proletaria, no; consolidación de la revolución democrática, impulso hacia la izquierda, ejerciendo presión sobre la burguesía en el poder, en la hipótesis de que esa presión no desbordara los límites del régimen democrático-burgués.83 Si hubiera triunfado esa línea, dice Trotsky, “la revolución habría pasado por encima del partido, y habríamos visto una insurrección de las masas obreras y campesinas sin la dirección del partido, es decir, unas jornadas de julio en escala gigantesca, que ya no habrían sido un simple episodio, sino un desastre”.84
Desde el principio, Lenin juzgó correctamente la situación y comprendió que la revolución de febrero no era solamente democrática y política sino que además señalaba el comienzo de una formidable conmoción social. También comprendió que esa revolución social se expresaba en los soviets y que, por consiguiente, sólo era posible luchar contra el gobierno burgués sirviéndose de los soviets. Los bolcheviques no los habían inventado ni organizado. No podían lanzar la consigna de la toma del poder por los consejos -creaciones espontáneas de la población trabajadora- porque el programa bolchevique nunca había tenido otra finalidad que la del marxismo: la conquista del poder estatal por un partido político.
Pero como los soviets no eran organizaciones del tipo de los partidos políticos, mal podían luchar para tomar el poder del Estado. Cuanto más se extendía la revolución, cuanto más se apartaban del gobierno burgués los obreros y campesinos revolucionarios, cuanto más se alejaba la revolución social de la revolución política, más influencia adquirían los soviets y más claramente se manifestaba su carácter antiestatal. Conforme se acercaba a su solución decisiva la insostenible situación de la “dualidad de poderes”, la acción revolucionaria dejaba de dirigirse únicamente contra el gobierno para convertirse en lucha a muerte contra el Estado y por la totalidad del poder para los soviets.
Cuando Lenin escribía: “No tomaremos el poder mientras no lo hayan tomado los soviets”, el sentido exacto de la frase era éste: sólo los consejos pueden derribar el antiguo poder y nosotros, el partido bolchevique, sólo podremos llegar al poder apoyándonos en los consejos. Ése era el significado de “todo el poder a los soviets”. La teoría de la destrucción del Estado burgués, proclamada por Lenin desde el comienzo de la revolución, se fundaba sobre el movimiento antiestatal de los soviets, que era la expresión de la lucha por la revolución social, revolución social realizada por la acción directa y no con la ayuda del poder político de la “democracia revolucionaria”.
Lenin había fundado su teoría y su táctica sobre esa su clara comprensión del desarrollo revolucionario. Veía que la toma del poder, finalidad de su partido -el Partido Obrero Socialdemócrata (bolchevique)-, sería más rápida -e, inclusive, que sólo con esta condición resultaría posible- si rompía totalmente con la revolución democrático-burguesa y con los partidos que querían impulsarla hacia la izquierda bajo la presión de su acción opositora. Lenin comprendía que la revolución, una vez comenzada, no se detendría en la fase de la “democracia revolucionaria”; que las condiciones reales del desarrollo revolucionario habían hecho trizas el esquema doctrinal de la abolición “histórica” del feudalismo y del absolutismo por parte del poder democrático de la burguesía.
La revolución seguía adelante; los soviets seguían existiendo. La revolución iba, incluso, más adelante que los programas de los socialdemócratas, aun de los que se titulaban bolcheviques. Con razón dice Lenin: “El país de los obreros y de los campesinos pobres está mil veces más a la izquierda que los Chernov y los Tsereteli, y cien veces más a la izquierda que nosotros”.85 Y como la revolución, según observaba Trotsky acertadamente, “habría pasado por encima del partido” si no se hubiera aceptado la táctica de Lenin, se adoptaron las consignas de la revolución como consignas del partido, para lograr los fines políticos y estatales de éste. Así, en el país que estaba más a la izquierda que el partido que se había proclamado la vanguardia, la revolución habría seguido su marcha sin esa vanguardia y hasta hubiera pasado por encima de ella. La revolución no era obra, pues, del partido.
En verdad, los que señalamos son simples hechos históricos y no revelaciones de la historia, pero han quedado olvidados a causa de las leyendas difundidas por los bolcheviques (lo que no significa que se pueda borrar la historia). Son, sin embargo, hechos indispensables para comprender la revolución rusa y la revolución en general. Y las manifestaciones que hemos citado son dignas de destacar porque las hicieron dos de los jefes más eminentes del partido bolchevique, el partido que se presenta como identificado con la revolución -aunque, en realidad, sólo la usurpó- y que, llevado al poder por la ola revolucionaria, sólo pudo conservarlo matando el espíritu de la revolución con la imposición de una dictadura terrorista y reaccionaria sobre un país que estaba cien veces más a la izquierda que él mismo.
Para que la revolución no pasara por encima del partido, para que éste lograse el poder, los bolcheviques debían tratar de adueñarse de los soviets; así llegarían al poder con éstos. El 24 de octubre, cuando los bolcheviques ocuparon los ministerios, no habían comenzado aún las deliberaciones del II Congreso
Panruso de los Soviets; de modo que lo anunciado en aquella declaración de Lenin: “Mientras los consejos no hayan tomado el poder, no lo tomaremos nosotros”, si bien no se realizó en la letra, sí se realizó en el espíritu. Pues, a fines de octubre, la toma del poder por los soviets ya no era solamente una consigna; se había convertido en realidad. No por obra de la casualidad se produjo el golpe de Estado de los bolcheviques simultáneamente con la realización del II Congreso. Para los bolcheviques, los soviets tenían un solo significado: el de instrumentos para la conquista del Estado por el partido y medio para conservar y consolidar el poder. “Todo el poder a los soviets” era, pues, mera consigna estratégica, válida mientras sirviese a aquellos designios. Después de tomar el poder, el partido, dueño del gobierno, no toleró esa consigna; la Cheka, en su típica jerga, la estigmatizó, aplicándole -lo que es muy significativo- la calificación de contrarrevolucionaria. Y quienes siguieron proclamándola después de octubre -tal, el caso de los rebeldes de Kronstadt- fueron ejecutados, encarcelados, deportados o desterrados.
Lenin y su partido nunca la tomaron en serio. Y no podían hacerlo porque les hubiera sido preciso asignar a los consejos una misión constructiva en la edificación de la sociedad socialista y eso estaba en absoluta contradicción con la concepción bolchevique de las vías conducentes al socialismo. Poner en práctica esa consigna hubiera significado reemplazar el sistema del Estado por una nueva organización social, cuyas funciones políticas y económicas habrían sido totalmente ejercidas por los soviets.
Pero no se podía conciliar la edificación de la sociedad socialista, así encaminada, con el socialismo estatal de Lenin. Lenin siempre repitió que la condición indispensable para realizar el socialismo era un poder estatal fuerte. De febrero a octubre, en innumerables artículos, discursos y tesis, volvió a insistir en la necesidad de conquistar el poder estatal y de fundar un nuevo Estado. La meta de la revolución era -según él- destruir el viejo Estado e instituir un Estado del tipo de la Comuna de París.
En El Estado y la revolución (septiembre de 1917), Lenin hizo una extensa exposición de lo que entendía por “Estado del tipo de la Comuna”. Trató, por sobre todo, de que su idea del Estado pareciera fiel a la ortodoxia marxista, basándose en La guerra civil en Francia y en la descripción que, de la Comuna de París, da Marx. Pero su intento resultó fallido, como hemos demostrado en el capítulo “Leninismo y bakuninismo”. Sometida al examen crítico, su interpretación es insostenible.
En la teoría del “Estado del tipo de la Comuna”, la fundación de un nuevo Estado -un Estado proletario- es elemento esencial. Sin embargo, Marx no dice una sola palabra sobre el particular y cualquier alusión a una nueva máquina de Estado y opresión en La guerra civil... es pura invención de Lenin. Con esta fábula procuró dar base marxista a su estrategia de la toma del poder. La conquista del poder estatal por el partido descansaba sobre la hipótesis de que sólo la victoria de los soviets posibilitaba la caída del viejo Estado y la victoria de la revolución:
“Mientras los consejos no hayan tomado el poder, no lo tomaremos nosotros”. Cabe comparar a los consejos con el “modelo de la Comuna de París” -al menos como lo describe Marx- precisamente en lo tocante a la eliminación radical del Estado parásito y a la sustitución del centralismo político por una organización social de base económica y federalista. Pero Lenin no podía servirse del “modelo de la Comuna de París” sin dar a los consejos una función en la construcción del socialismo.
Conforme a su singularísima interpretación de La guerra civil..., el Estado del tipo de la Comuna concuerda, más bien, con la toma del poder (después que los soviets lo han conquistado); es decir, con el establecimiento de un nuevo poder estatal centralizado y con la transformación de los consejos en órganos de ese Estado. La concordancia entre la Comuna y los consejos, en la versión de Lenin, es en extremo equívoca, no sólo porque existe efectivamente sino también porque se basa en la concordancia -que da mucho que pensar- entre la teoría y la estrategia del dirigente bolchevique. La equívoca concordancia nace, precisamente, de una doble falsificación: interpretación errónea de la Comuna, en lo teórico; alteración del carácter de los consejos, en la práctica.
¿Qué papel atribuía Lenin a los soviets en la conquista del Estado y en la creación de un nuevo Estado? En El Estado y la revolución hay una exposición puramente teórica, referida, principalmente, a la fundación de “un Estado del tipo de la Comuna”. Pero la función que mencionamos surge con más claridad de los artículos y discursos de Lenin desde el estallido de la revolución de febrero hasta octubre: en ellos es donde toma posición sobre los acontecimientos y fija la táctica de su partido.
Reuniremos aquí los pasajes más importantes de esos textos, sin unirlos entre sí y sin seguir el orden cronológico, pero citando las palabras del propio Lenin:
“¿Se debe derribar inmediatamente al gobierno provisional? [...] No se le puede derribar inmediatamente, pues se sostiene gracias a un pacto directo e indirecto, formal y efectivo, con los soviets de diputados obreros y, sobre todo, con el principal de ellos, el soviet de Petrogrado; en general, no se le puede ‘derribar’ por la vía habitual, pues se asienta en el ‘apoyo’ que presta a la burguesía el segundo gobierno, el soviet de diputados obreros, y éste es el único gobierno revolucionario posible, que expresa directamente la conciencia y la voluntad de la mayoría de los obreros y campesinos. La humanidad no ha creado hasta hoy, ni nosotros conocemos, un tipo de gobierno superior ni mejor que los soviets de diputados obreros, braceros, campesinos y soldados”.86
“¿Cuál es la composición de clase de este otro gobierno? El proletariado y los campesinos (con uniforme de soldado). ¿Cuál es el carácter político de este gobierno? Es una dictadura revolucionaria, es decir, un poder que se apoya directamente en la conquista revolucionaria, en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo, y no en la ley promulgada por el poder centralizado del Estado. Es un poder completamente diferente del de la república parlamentaria democrático-burguesa del tipo general que impera hasta ahora en los países avanzados de Europa y América. Esta circunstancia se olvida con frecuencia, no se medita sobre ella, a pesar de que en ella reside toda la esencia del problema. Este poder es un poder del mismo tipo que la Comuna de París de 1871. Los rasgos fundamentales de este tipo de poder son:


  1. La fuente del poder no está en una ley, previamente discutida y aprobada por el Parlamento, sino en la iniciativa directa de las masas populares desde abajo y en cada lugar; en la ‘toma’ directa del poder, para emplear un término en boga.




  1. Sustitución de la policía y del ejército -como instituciones apartadas del pueblo y contrapuestas a él- por el armamento directo de todo el pueblo; con este poder guardan el orden público los mismos obreros y campesinos armados, el mismo pueblo en armas.




  1. Los funcionarios y la burocracia son sustituidos también por el poder directo del pueblo o, al menos, sometidos a un control especial, se transforman en simples mandatarios, no sólo elegibles sino amovibles en todo momento, en cuanto el pueblo lo exija; se transforman de casta privilegiada, con una elevada retribución, con una retribución burguesa de sus ‘puestecitos’, en obreros de un ‘arma’ especial, cuya remuneración no exceda el salario corriente de un obrero calificado. En esto, y sólo en esto, radica la esencia de la Comuna de París como tipo especial de Estado. [...] en la medida en que los soviets existen [...] existe en Rusia un Estado del tipo de la Comuna de París”.

“Los obreros, con su instinto de clase, han comprendido que, en el período revolucionario, necesitan una organización completamente diferente de la habitual, y han tomado el buen camino, el que les muestran las experiencias de nuestra revolución de 1905 y de la Comuna de París de 1871”.


“Los soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., son incomprendidos no sólo en el sentido de que la mayoría no ve con claridad su significación de clase ni su papel en la revolución rusa; son incomprendidos también en el sentido de que representan una nueva forma, o más exactamente, un nuevo tipo de Estado”.
“La revolución rusa comenzó a crear, primero en 1905 y luego en 1917, un Estado precisamente de ese tipo. La República de los Soviets de diputados obreros, soldados, campesinos, etc., congregados en la Asamblea Constituyente de los representantes del pueblo de toda Rusia, o en el Consejo de los Soviets, etc.: he ahí lo que está encarnando ya en la vida en nuestro país, ahora, en este momento, por iniciativa de un pueblo de millones de hombres, que crea por iniciativa propia la democracia a su manera [...]
“Tenemos necesidad de un poder estatal revolucionario, tenemos necesidad del Estado durante un período de transición determinado. El marxismo se distingue del anarquismo en que reconoce la necesidad del Estado y del poder estatal durante el período revolucionario, en general, y en la época del tránsito del capitalismo al socialismo, en particular”.
“El marxismo se distingue del ‘socialdemocratismo’ pequeñoburgués y oportunista de los señores Plekhanov, Kautsky y Cía. en que el Estado que aquél considera necesario para esos períodos no es un Estado como la república parlamentaria burguesa corriente sino un Estado del tipo de la Comuna de París”.
“De la república parlamentaria burguesa es fácil volver a la monarquía (la historia lo demuestra), ya que queda intacta toda la máquina de opresión: el ejército, la policía y la burocracia. La Comuna y los soviets de diputados, obreros, soldados, campesinos, etc., destruyen y eliminan esa máquina”.
“La república parlamentaria burguesa dificulta y ahoga la vida independiente de las masas, su participación directa en la edificación democrática de todo el Estado, de abajo a arriba. Con los soviets de diputados obreros y soldados ocurre lo contrario”.
“Los soviets reproducen el tipo de Estado que iba formando la Comuna de París y que Marx calificó de ‘la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo’.”
“[...] Marx, basándose en la experiencia de la comuna de París, enseña que el proletariado no puede simplemente tomar posesión de la máquina del Estado ya existente y ponerla en marcha para sus propios fines; que el proletariado debe destruir esa máquina y sustituirla por otra nueva [...] Esa nueva máquina del Estado fue creada por la Comuna de París, y los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos de Rusia representan también un ‘aparato del Estado’ del mismo tipo”.
“El proletariado no puede ‘adueñarse’ del ‘aparato del Estado’ y ‘ponerlo en marcha’. Pero sí puede destruir todo lo que hay de opresor, de rutinario, de incorregiblemente burgués en el antiguo aparato del Estado, sustituyéndolo por uno nuevo, por su propio aparato. Este aparato lo constituyen precisamente los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos”.
“En efecto, si el proletariado y la democracia revolucionaria no necesitan ningún nuevo aparato del Estado, entonces los soviets pierden toda razón de ser...
“Los soviets sólo podrán desarrollarse verdaderamente, desplegar a fondo sus fuerzas potenciales y su capacidad al adueñarse de todo el poder del Estado, pues de otro modo no tienen nada que hacer [...]”
“Si la iniciativa popular de las clases revolucionarias no hubiera creado los soviets, la revolución proletaria en Rusia se vería condenada al fracaso, pues, con el viejo aparato, el proletariado no podría, indudablemente, mantenerse en el poder, y en cuanto al nuevo aparato, es imposible crearlo de golpe”.87
“Los soviets de obreros y campesinos representan un tipo nuevo de Estado, un tipo nuevo y superior de democracia; son la forma de la dictadura del proletariado, el medio de gobernar el Estado sin burguesía y contra la burguesía”.88
En el capítulo anterior hemos expuesto, a grandes rasgos, la teoría leninista del Estado y hemos mostrado que era imposible e inadmisible remitirse a La guerra civil... para sustentar los tres elementos esenciales de esta teoría:


  1. la destrucción del Estado burgués;




  1. la fundación de un nuevo Estado centralizado;




  1. la extinción del nuevo Estado proletario. Para dar base marxista a la teoría que había elaborado -destrucción del Estado burgués, creación y extinción del nuevo Estado-, Lenin hizo una interpretación de La guerra civil... que, sometida al examen crítico, resulta enteramente falsa.

La “destrucción” del Estado no significaba solamente -como entendía Lenin- la aniquilación de la máquina del Estado burgués sino la abolición de toda forma de Estado; destruir el Estado burgués no tenía por finalidad instalar, en lugar de aquél, un nuevo Estado. El nuevo poder centralizado fue pura invención de Lenin, que incorporó a la exposición antiestatista de Marx.


En el nuevo Estado proletario que había edificado, Lenin injertó la teoría de la extinción. Pero en La guerra civil... no se habla para nada de “extinción” sino de abolición inmediata y completa del Estado (abolición “radical”).
Como hemos señalado, esta exposición, claramente antiestatista, no tiene ninguna relación -y nadie puede establecerla- con una concepción de la extinción del Estado basada sobre el materialismo histórico de Marx y Engels, con la teoría de un proceso histórico apoyado en la evolución de las relaciones de producción, en cuyo decurso se suprime el Estado.


Marxismo y anarquismo
Capítulo i los antecedentes históricos antes de 1917
Capítulo ii lenin y el bakuninismo
Capítulo iii la revolución de octubre



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