Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning



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CAPÍTULO III
LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE

La “Revolución de Octubre” empezó el 27 de febrero de 1917 y finalizó en el transcurso del año 1918, al imponerse definitivamente la dominación del partido bolchevique, pese a las amenazas que para esa dominación suponía la contrarrevolución militar. La revolución que estalló a fines de febrero de 1917 significaba el derrumbamiento de un régimen en quiebra y acababa con una dinastía corrompida. Después de dos años de guerra, la situación militar era catastrófica. Las pérdidas de “material humano” se contaban por millones; la mitad estaba constituida por muertos y heridos. La terminación victoriosa de la guerra imperialista era casi inimaginable. Pocos meses antes de la revolución, el socialpatriota Kerenski describía la situación en estos términos:


“A principios del invierno de 1916, ya se podían observar los signos amenazadores del agotamiento del país y del comienzo del derrumbe: crisis de los transportes, desorganización del abastecimiento, detención progresiva de las industrias de guerra, descenso de la producción de carbón, rápida disminución del número de altos hornos en funcionamiento, relajación de la disciplina en el ejército y aumento de las deserciones (el número de desertores llegó, el 1º de enero de 1917, a la cifra de 1.200.000, aproximadamente). Tal era la verdadera situación de Rusia durante el invierno de 1917”.76
Cuando se vio que la autocracia hacía oídos sordos a todas las advertencias y que el zar se oponía a cualquier reforma, los círculos militares y burgueses proyectaron un golpe de Estado.
Con una revolución palaciega dirigida por el ejército, pensaban obligar al zar a abdicar en favor de su hermano. En los propios medios allegados a la monarquía se había tratado ya de provocar un cambio de régimen con el asesinato de Rasputin (17 de diciembre de 1916). Los políticos de la Duma se preparaban para tomar el poder. La revolución popular espontánea se adelantó a los planes de los conspiradores. Fue precedida por una oleada de huelgas económicas, pues las condiciones de vida de los trabajadores eran cada día más difíciles.
El 22 de febrero estalla la rebelión en Petersburgo: la policía es impotente; los obreros de las grandes fábricas se declaran en huelga el 24 de febrero; 200.000 trabajadores se lanzan a la calle y manifiestan contra el zarismo y contra la guerra. El gobierno trata de destruir por la fuerza el movimiento, pero los cosacos se mantienen neutrales. El 27, la guarnición de Petersburgo se pliega a los insurrectos: la revolución ha triunfado.
Para el historiador P. N. Miliukov, imperialista y monárquico constitucional, el estallido de la revolución popular es el punto más oscuro en la historia del hundimiento del antiguo régimen.
La efervescencia que se apoderó de las masas obreras y que fue signo precursor del desastre no tiene origen muy claro para Miliukov. Según él, una de las causas oscuras de la explosión revolucionaria fue la actividad de los agentes secretos de los alemanes. El propio gobierno tuvo parte activa en ello, dice el historiador. Además de los golpes de Estado preparados por los políticos y los militares, también la policía preparaba la insurrección.
En vez de esperar a que la revolución se produjera, el gobierno prefirió hacerla nacer artificialmente -como había hecho el ministro del Interior Durnovo, en diciembre de 1905-, para aplastarla en las calles. En aquellas huelgas incesantes andaba la mano de la policía, afirma Miliukov.

No es necesario poner en duda las provocaciones premeditadas del gobierno o la presencia de los agentes secretos de los alemanes (sobre cuyas actividades Miliukov tendría que suministrar pruebas) para reconocer la indigencia de esta nueva filosofía de la historia, que ve en los agentes secretos de los alemanes las palancas de la historia universal. Las aseveraciones del historiador Miliukov -que no prueban absolutamente nada, aun cuando Miliukov pudiera probar en los hechos la exactitud de las mismas- son tanto más interesantes cuanto que nos permiten conocer su mentalidad de político. En su descripción de los acontecimientos, se advierte la desilusión que experimenta al ver que el derrocamiento del régimen llega por un camino muy diferente del que habían previsto los revolucionarios políticos golpistas; y se advierte, sobre todo, cierta inquietud, causada por el inesperado acontecimiento que volvía inútil la revolución decidida en la cumbre. De ahí, precisamente, la pregunta obsesiva sobre los “orígenes” de la conmoción. A decir verdad, Miliukov está en parte de acuerdo con un observador del movimiento revolucionario, V. B. Stankievich, que lo caracteriza así: “Las masas marcharon espontáneamente, como si obedecieran a un llamado interior que escapara a su dominio. Ningún partido podía atribuirse el honor de haber desencadenado el movimiento; ningún partido podía explicarlo”.


Pero Miliukov no lo cree. Como era evidente que los partidos de izquierda no dirigirían el movimiento, forzosamente debía andar en él “la mano de un jefe”. Pues si no son los políticos los que hacen la revolución, ¡tienen que ser los agentes secretos! Además, en la explicación que da de los acontecimientos revolucionarios, el propio Miliukov reduce a cero el papel de tales agentes, pues, en otro pasaje de su historia de la revolución rusa, dice que los círculos políticos preveían la insurrección.
Habían comprendido que, con el régimen y el gobierno existentes, era imposible terminar la guerra victoriosamente (victoriosamente para el imperialismo ruso y las finanzas anglofrancesas), e incluso que era inevitable una explosión revolucionaria.
Precisamente por eso se planeaba el golpe de Estado: para conjurar la amenaza de derrumbamiento del régimen y para prevenir la amenaza de la explosión revolucionaria.
La mayoría de la Duma combatió hasta el fin la idea de llegar a la democratización del régimen por la vía del golpe de Estado: “Pero como la mayoría se dio cuenta de que los hechos cobrarían cariz violento y de que se desarrollarían al margen de la Duma del Estado, se aprestó a dirigir la revolución hacia vías pacíficas, ya que prefería una revolución desde arriba a una revolución desde abajo”.77 Cuando esta última se produjo, adelantándose a la primera, los políticos se apresuraron a ponerse al frente del movimiento. Se reconoció entonces -escribe Miliukov- “que la Duma del Estado, ya por su acción durante la guerra, había hecho mucho en favor del éxito del movimiento”.
A ninguno de los dirigentes de la Duma se le ocurrió negar el importante papel que había desempeñado en la revolución (pese a los agentes alemanes que, según parece, habían sido tan decisivos para desencadenarla).
“Pero se veía bien, se veía con claridad, toda la amplitud y la seriedad de la revolución, cuyo carácter inevitable ya había sido comprendido antes de que se produjera.” Lo serio de esta revolución consistía en que era más profunda y más vasta que el fallido golpe de Estado con que se quiso evitarla. De todos modos el resultado era el mismo -derrocamiento de la autocracia-, aunque los medios y los fines eran diferentes.
Las finalidades del movimiento, a cuyo éxito -de creerse a Miliukov- tanto habían contribuido los miembros de la Duma, eran diametralmente opuestas a las de los dirigentes políticos que habían proyectado el golpe de Estado. Terminar la guerra, destruir al zarismo era lo que movía a la revolución “desde abajo”; continuar la guerra, salvar a la dinastía de los Romanov por medio de la monarquía constitucional, era el objetivo de la revolución “desde arriba”, la de los políticos burgueses. A pesar de ello, estos últimos trataron -al ponerse a la cabeza de la revolución... triunfante- de guiarla hacia vías pacíficas, a fin de utilizarla para realizar el proyectado programa del golpe de Estado. Ya tenían previstas las medidas que adoptarían y hasta la composición del nuevo gobierno. Éste no tardó en formarse, dentro del “Comité Provisional” de la Duma, que había tomado el poder momentáneamente. Al frente del primer “gobierno revolucionario” y -según nos informa Miliukov- conforme a las negociaciones entabladas antes de la revolución, se puso al príncipe Lvov, bien conocido por la mayoría de los integrantes del Comité Provisional. Además, se designó a dos ministros “por las relaciones que tenían con los círculos conspirativos que habían preparado la revolución” (esto es: el golpe de Estado que no llegó a concretarse).
Desde este punto de vista, el cambio de régimen de febrero ofrece la imagen clásica de la revolución política burguesa. Con ayuda de las masas populares revolucionarias, la burguesía derroca al absolutismo para usurpar el poder político y ponerlo al servicio de sus intereses económicos. Una vez logrado este fin, el deber del pueblo queda cumplido y la revolución ha terminado.
En su gran obra sobre la revolución francesa, Kropotkin describe detalladamente el proceso. Todas las revoluciones del siglo XIX repitieron el clásico ejemplo. En su Caliban parle, el escritor francés Jean Guehénno ha descrito irónicamente el papel histórico del pueblo:
“Soy el artesano y la víctima de las revoluciones. Ése es mi destino. [...] Aseguro el triunfo de los demás y nunca soy triunfador. Hecha la revolución, me ponen en la puerta del palacio, como al sirviente a quien despiden. Así lo quiere el protocolo: no soy lo bastante distinguido. Después que he levantado los adoquines, que he alzado las barricadas, que he ocupado la Central de Correos y Telégrafos, que he puesto en fuga, con sólo mostrarme, al Jefe de Policía y al Ministro del Interior, que he enarbolado en los techos de los edificios públicos, como un albañil orgulloso de su obra, la bandera de la nueva ley, viene hacia mí un señor seguido de varios notables, me da las gracias, me estrecha la mano, pronuncia un discurso en que elogia mis virtudes, propias de la antigüedad clásica, y cortésmente, a los sones del himno nacional, vuelve a ponerme en la puerta, aconsejándome de mil maneras que sea juicioso y me vaya a casa”.
El señor que en este caso pronunció el discurso fue Miliukov. Declaró que el zar abdicaría, que le sucedería su hijo, el príncipe Alexei, y que se entregaría el poder al gran duque, hermano del zar. Pero en eso Miliukov se mostró más monárquico que el zar, quien, el mismo día, abdicó en favor de su hermano, pese a la presión de Miliukov, que esperaba conservar la monarquía constitucional hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyentey resolver así, de antemano, el problema de la forma del Estado. Era el programa de la “revolución desde arriba” y el gobierno burgués provisional trataba de ponerlo en práctica.
Pero la “revolución desde abajo” tenía sus propios objetivos y los móviles que la guiaban eran totalmente diferentes de los que impulsaban al movimiento político a servirse de la revolución para llegar al poder. El poder dual que caracteriza a la revolución de febrero es producto de la oposición entre las finalidades perseguidas en la lucha contra el absolutismo.
Por primera vez en la historia de las revoluciones modernas, los que se habían rebelado para derribar al antiguo régimen no dejaron el ejercicio exclusivo del poder en manos de los usurpadores burgueses de la victoria. Lejos de compartir con éstos el poder político, crearon una fuerza organizada completamente distinta de la clase y de las instituciones burguesas. En esto, la revolución de febrero se separó de todas las revoluciones políticas precedentes. En las organizaciones de clase creadas por los obreros y por los campesinos -por los soldados- se expresó el carácter social de la revolución. El hundimiento del zarismo no significó tan sólo la abolición de la dominación feudal por parte de la burguesía y de los terratenientes sino también, y al mismo tiempo, la lucha de la clase obrera y los campesinos contra el feudalismo y el capitalismo. La revolución de febrero fue política y social. La historia, de febrero a octubre, es la historia del combate entre estas dos fuerzas, hasta la victoria de la revolución social.
Si la revolución política tuvo su expresión en el “gobierno provisional” -que, después de preparar el golpe de Estado, no vaciló en tomar a su cargo los asuntos del Estado y la continuación de la guerra-, la “revolución desde abajo”, por su parte, encontró una forma organizativa para consolidar y manifestar su fuerza. Es verdad que no tenía un plan preciso y elaborado de antemano, pero sí tenía una experiencia histórica: la de 1905. Y sobre la base de esa experiencia, inmediata y espontáneamente, se constituyeron los “consejos”, cuya formación subraya la relación existente entre el movimiento socialista y revolucionario de febrero y la “primera revolución rusa”. El mismo día en que los miembros de la Duma crearon su Comité Provisional, que tenía la misión de tomar el poder del Estado, se formó en Petrogrado el Comité de Diputados Obreros, que, en su primera sesión, resolvió constituir una organización con los delegados del ejército: el Soviet de Diputados Obreros y Soldados.
En su primera reunión, el Soviet se negó a participar en el gobierno exclusivamente burgués -en el cual, sin embargo, se había aceptado al socialpatriota Kerenski- y planteó las condiciones en que daría “apoyo” al gobierno. Publicó una “orden” dirigida al ejército, en que invitaba a éste a formar comités y le informaba que, en las acciones políticas, sólo debía obedecer al Soviet de Petrogrado; al Comité Provisional de la Duma, únicamente en caso de que las decisiones de este último no fueran contrarias a las del Soviet. Así se manifestaba la existencia de la dualidad de poderes, tanto más cuanto que el Soviet disponía de la fuerza real y el Estado ya no tenía organismos represivos a su servicio. El poderío de la policía zarista había sido desbaratado en todo el país. Cuando el gobierno decretó la destitución de los gobernadores y el licenciamiento de la policía, y reconoció la autoridad de los organismos de autoadministración, se limitó a legalizar el hecho consumado, como tan a menudo hacen los gobiernos revolucionarios.
Lo esencial de la revolución política consistió en tratar de mantener -lo más intacta posible- la vieja máquina estatal y de poner dique a la acción revolucionaria de las masas, factor de descomposición para los organismos estatales y de desorganización para el Estado.
El carácter dual de la revolución -su tendencia política y su tendencia social- se expresó en ese doble poder del gobierno provisional y de los soviets. En el fondo, expresaban -aun cuando su oposición no siempre se manifestara con claridad- las dos causas primeras del derrocamiento del régimen: por un lado, la tentativa de proseguir la guerra; por otro, el descontento de las masas, contrarias a su continuación. La caída del zarismo rompió el poderosísimo encanto que había enviado y retenía en el frente a millares de campesinos que peleaban en las trincheras por fines que les eran completamente ajenos. De ahí que la lucha por la paz fuera también la lucha contra el gobierno provisional, cuya principal preocupación consistía en proseguir la guerra. La cuestión de la paz ponía al desnudo la oposición entre las fuerzas que animaban a la revolución y la política del gobierno, que, gracias a aquélla, había llegado al poder. La formación de los comités de soldados hacía trizas la vieja disciplina militar y el Estado ya no podía disponer del ejército a su antojo.
El carácter social de la revolución se expresaba en el hecho de que ésta luchaba no sólo contra la monarquía y la guerra sino también contra el capitalismo y la gran propiedad territorial.
Las reivindicaciones económicas de los obreros fabriles, que exigían el control de la producción y una justa distribución de los bienes; los movimientos por aumentos salariales y la ocupación de fábricas en diversos puntos del país; las exigencias de los campesinos, que reclamaban la posesión de la tierra, y, especialmente, los medios empleados para hacer triunfar tales reivindicaciones mostraban a las claras que se trataba de un movimiento profundamente social. En él se patentizaba la oposición a la revolución política. Los obreros y los campesinos, en vez de apoyar al gobierno revolucionario burgués para obtener de él la satisfacción de sus reivindicaciones, formaban sus propias organizaciones de clase, económicas, apolíticas y dirigidas contra el Estado: los comités de fábrica, en la industria; los soviets campesinos y los soviets de diputados campesinos, en el campo.
Las reivindicaciones sociales del campesinado se expresaron en organizaciones formadas espontáneamente. Inmediatamente después de la revolución, los campesinos iniciaron la rebelión contra los propietarios rurales, la destrucción de los castillos y la ocupación de las tierras. En los meses siguientes, el movimiento, dirigido por las organizaciones campesinas, se consolidó y se extendió a todo el país. El 9 de marzo, el gobierno provisional decidió reprimir los “disturbios agrarios”. Pero ya no disponía de poder real para aplicar tal resolución y para proteger a los propietarios. Trató entonces de desviar el movimiento que no podía contener, y quiso “legalizarlo”: por ley del 21 de abril, reguló las atribuciones de los consejos. Además, creó un comité central campesino, encargado de formular proposiciones encaminadas a la solución de la cuestión agraria; no obstante, la solución definitiva quedaba en manos de la Constituyente.
Pero, como la Constituyente no sería convocada hasta después de la guerra, la decisión del gobierno equivalía a aplazar la solución del problema agrario por tiempo indeterminado.
Por supuesto, el Comité Ejecutivo de Petrogrado, dominado por los mencheviques y los socialrevolucionarios, apoyó al gobierno en su lucha contra la acción directa de los campesinos.
Advirtió a éstos contra todo intento de resolver por sí mismos la cuestión de la tierra, asegurándoles que los disturbios agrarios no beneficiarían al campesinado sino a la contrarrevolución, y que la confiscación inmediata de las tierras podía perjudicar gravemente al país.
Mientras en toda Rusia los soviets de campesinos empezaban a tomar posesión de la tierra y a repartirla, el comité central campesino, en su sesión del 20 de mayo, adoptó una resolución por la que ordenaba, entre otras cosas, lo siguiente:
“La futura reforma agraria debe descansar sobre el principio de que la población rural activa debe entrar en posesión de todas las fincas rústicas que tengan un papel importante en la economía. Hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente, nadie podrá decidir sobre la solución definitiva de la cuestión agraria y, menos aún, llevar a la práctica tal decisión. Las tentativas de la población para poner remedio a su falta de tierras, tomando posesión de ellas por su cuenta, constituyen un serio peligro para el Estado y, en vez de resolver la cuestión agraria, plantearán un sinfín de problemas nuevos, que no pueden ser resueltos sin que se altere violentamente la vida colectiva del pueblo”.
No cabe duda de que esta “acción directa” del movimiento social moderno, ejercida tan ampliamente, significaba serio peligro para el Estado. Pese a la resolución del comité, continuó la incautación directa de las tierras y su reparto, sin esperar a las decisiones de la Asamblea Constituyente. Los socialdemócratas mencheviques y los socialrevolucionarios, a la par, se pusieron en contra de esta solución del problema agrario.
Los campesinos, a quienes la revolución había prometido la tierra, tenían la obligación de aguardar hasta que la Asamblea Constituyente -cuya convocatoria se posponía indefinidamente- hubiera adoptado resolución al respecto. Cuando Kerenski, después de la insurrección del 3 de julio, emprendió la formación del gobierno -cuya mayoría estaba compuesta por socialistas- la declaración ministerial anunció la reforma agraria, que consistía en la elaboración de un “proyecto de ley”, el que debería ser sometido a la Asamblea Constituyente. En cambio, como medida práctica, se debía garantizar a la futura Constituyente la libre y total disposición de todas las propiedades rurales del Imperio. Para mantener el “orden en el régimen de propiedad”, debía desarrollarse la red de comités campesinos, “que son organizados por el Estado y están dotados de plenos poderes, precisos y determinados por la ley, sin anticiparse a lo que se decida respecto del derecho de propiedad sobre las tierras, decisión que es de competencia exclusiva de la Asamblea Constituyente”.
La ocupación de tierras por la fuerza y “todos los medios análogos para satisfacer localmente y en forma arbitraria el hambre de tierras” estarían en contradicción con el ordenamiento general del régimen agrario en el marco del Estado y amenazarían no sólo a “la futura reforma agraria sino también al Estado”.
De acuerdo con estos principios, que respondían a los intereses de los terratenientes, el menchevique Tsereteli, ministro del Interior del gobierno de coalición, envió, el 17 de julio, una circular a los comisarios del gobierno: como representantes del poder en las provincias, debían reprimir con la máxima energía los “desórdenes anarquistas” y castigar, por contrarios a la ley, toda confiscación arbitraria de bienes y de tierras, los actos de violencia de cualquier naturaleza y la incitación a la guerra civil.
Las medidas gubernamentales no podían menos que agravar las contradicciones y, además, mostraban cómo los partidos socialistas, una vez en el poder, trataban de anular por todos los medios la importancia de los soviets y de encerrar a la revolución dentro de un marco político y burgués. Los socialrevolucionarios -el partido campesino-, que tenían la dirección casi exclusiva de las organizaciones campesinas, participaron activamente en esta evolución. Aunque uno de los suyos, Chernov, era ministro de Agricultura, no apoyaron las reivindicaciones de los campesinos, que reclamaban la tierra, y, por el contrario, dieron su apoyo a las medidas represivas aplicadas contra los miembros de los soviets y a la táctica de los políticos burgueses, que aplazaba hasta después de la guerra la solución del problema agrario. Esto contribuyó a reducir cada vez más su influencia sobre los campesinos; mientras tanto, a causa de la política de coalición, ya habían perdido la dirección de las grandes masas obreras y campesinas. Al mismo tiempo, el ala izquierda, bajo la conducción de Kamkov y Spiridonova, ganaba influencia; luego se separó del partido, para formar el partido independiente de los socialrevolucionarios de izquierda.
En el campo, el verdadero estado de ánimo de los campesinos no se manifestaba en el seno de los S-R sino en las organizaciones económicas campesinas; igualmente, la clase obrera expresaba sus sentimientos en los comités de fábrica más que en los soviets, sometidos a la influencia de los socialrevolucionarios y de los mencheviques. Los comités de fábrica habían nacido, en los primeros días de la revolución, en Petersburgo y en Moscú y poco después surgían también en las provincias. Eran elegidos por los obreros de cada fábrica, lo cual explica la escasa influencia de los partidos en la elección. Desde el principio, los soviets de fábrica tuvieron tendencias más radicales que el soviet de diputados obreros y soldados. Resolvían todos los problemas de la fábrica y presentaban sus reivindicaciones a los patronos. Los patronos y el gobierno se veían obligados a reconocer a los comités de fábrica como los representantes de la clase obrera. En Petrogrado, los comités concertaron acuerdos sobre la jornada de ocho horas, mientras que en Moscú ya la habían aplicado sin convenio previo. El 30 de mayo se realizó la primera conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado, que creó la Unión de Comités de Fábrica y eligió su consejo central. Las consignas lanzadas por los comités -“control de la producción” y “reparto de los bienes”- adquirirían, cada vez más, el significado de la apropiación de la fábrica por los obreros.
Por supuesto, el gobierno provisional era incapaz de resolver los problemas que había planteado la revolución. No podía dar la tierra a los campesinos ni satisfacer la principal exigencia de las masas, que era la de poner término a la guerra. El gobierno burgués había llegado al poder gracias a la revolución, pero no tenía intención de aplicar las consignas de ‘¡Abajo el zarismo!”, “¡Abajo la guerra!”. Cuanto más se prolongaba la guerra, más claras resultaban estas contradicciones. El manifiesto por la paz que el Comité Ejecutivo del Soviet de Diputados Obreros y Soldados había dirigido “a los pueblos del mundo” el 14 de marzo expresaba el deseo de paz de las masas, aunque sin llamar a la acción revolucionaria para acabar con la guerra por parte de Rusia. Exhortaba a los trabajadores de todos los países a “unir sus fuerzas para terminar con la horrible matanza que deshonra a la humanidad y arroja sombras sobre la aurora en que nació la libertad de Rusia”, pero al mismo tiempo declaraba que el ejército seguiría defendiendo a Rusia: “Defenderemos resueltamente nuestra libertad contra todos los atentados de la reacción interna y externa. La revolución rusa no retrocederá ante las bayonetas de los invasores y no se dejará aplastar por los ejércitos extranjeros”. Eso sí, el manifiesto señalaba en términos muy claros la muerte de la vieja Rusia y el nacimiento de la nueva Rusia democrática:
“[...] la democracia rusa ha dado en tierra con el despotismo zarista, de secular existencia, y entra en vuestra familia como miembro igual en derechos y, en el combate por nuestra liberación común, como fuerza digna de respeto. El principal sostén de la reacción mundial, el gendarme de Europa, ya no existe [...] El pueblo ruso goza de total libertad política. Puede decir su palabra para establecer libremente el régimen interior del país, así como su política exterior. Al dirigirnos a todos los pueblos agobiados y arruinados por esta guerra monstruosa, declaramos que ha llegado la hora de entablar la batalla decisiva contra la rapacidad de los gobiernos de todos los países; que ha llegado la hora, para todos los pueblos, de resolver por sí la cuestión de la guerra y de la paz”.
Pero era el monárquico Miliukov quien, por el momento, determinaba la política exterior, y, en este punto, su programa no era otro que el del zarismo imperialista.
En su llamamiento del 6 de marzo, el gobierno provisional declaraba sin rodeos que se proponía ayudar al ejército a continuar la guerra hasta la victoria final. El 18 de abril, Miliukov publicó una nota que comentaba en estos términos la declaración del gobierno: “Las declaraciones del gobierno provisional, penetradas del nuevo espíritu de la democracia, no pueden dar el menor pretexto para creer que la revolución política que acaba de producirse signifique el debilitamiento de Rusia en la lucha común de los aliados. Todo lo contrario, el esfuerzo del pueblo entero para continuar la guerra mundial hasta la victoria decisiva se ha vuelto aún más enérgico, por la conciencia que de sus responsabilidades ha tomado la colectividad”.
¡Qué lejos estaban esas declaraciones de los verdaderos sentimientos del pueblo, que no había hecho la revolución para continuar la “lucha común” al servicio de los intereses de los imperialistas rusos y de la Entente! Eso se vio al día siguiente, en cuanto fue conocido el comentario de Miliukov y los soldados manifestaron en las calles de Petersburgo al grito de: “¡Abajo la política de anexiones! “¡Abajo Miliukov!”. El día subsiguiente hubo una manifestación contra la guerra y contra el gobierno, con la consigna de “¡Todo el poder a los consejos!”. El 1° de mayo Miliukov se vio obligado a dimitir.
La lucha de Miliukov contra el régimen autocrático no iba dirigida -que yo sepa- contra la política exterior del zar sino contra las insuficiencias en la aplicación de esa política; no contra la guerra, sino contra la mala conducción de la guerra. La política exterior del gobierno provisional era la de Miliukov, es decir, la de antes de la revolución: conquista de territorios extranjeros, sometimiento de naciones extranjeras, posesión de los estrechos de los Dardanelos, liquidación de Turquía, dominio sobre los Balcanes... Es verdad que la diplomacia inglesa había apoyado esas exigencias, pero ellas iban contra los intereses imperialistas de Inglaterra; por lo tanto, a Rusia le era preciso apoderarse de los territorios en disputa, y hacerlo antes de que se firmara la paz, pues el “mapa de la guerra” tendría importancia decisiva en la aplicación de los acuerdos diplomáticos. Estaba claro que la continuación de la guerra por parte de Rusia era de interés vital para la Entente.
Los socialpatriotas, que tenían fuerte mayoría en los soviets, hicieron todo lo posible por aplacar el descontento de las masas e inducirlas a continuar la guerra. Con tal fin, les mintieron acerca de los verdaderos objetivos de la política exterior, diciendo que éstos eran los del programa de la “democracia revolucionaria” y que respondían al espíritu del manifiesto por la paz. Para apoyar los esfuerzos de sus camaradas rusos, que trataban de poner a la revolución rusa al servicio del imperialismo de los aliados, los ministros socialimperialistas de la Entente -Albert Thomas, Henderson y Vandervelde- fueron a Rusia, a proposición de la Comisión Militar Francesa residente en el país.
Mencionemos la observación de Miliukov acerca de la gestión del socialdemócrata Tsereteli, que ocupaba un cargo de dirección en el Comité Ejecutivo de los Soviets: “Conservaba en principio tendencias internacionalistas, pero en la práctica dirigía la línea de la colaboración orgánica con el gobierno y de apoyo al mismo”. Como, a pesar de ello, las masas no mostraban gran entusiasmo por continuar la guerra, y a fin de disipar su desconfianza con respecto a la política exterior de Miliukov, los jefes socialpatriotas tuvieron que entrar en el gobierno. El 6 de mayo se formó el primer gobierno de coalición.
Tenía seis ministros socialistas, y Miliukov debió retirarse. El verdadero “director espiritual” de la coalición era el delegado francés, Albert Thomas.78 Había que encontrar un medio para canalizar el ímpetu revolucionario y ponerlo al servicio de la continuación de la guerra. Albert Thomas creyó haberlo encontrado con el ingreso de los socialistas en el gobierno.
Frente a las masas, los socialistas fingían una activa política de paz, cuando en realidad practicaban la vieja política imperialista. El Ministerio de Relaciones Exteriores no se encomendó a un socialista sino a Tereshchenko, que continuó la vieja política y conservó su cargo en los gobiernos de coalición sucesivos, hasta el momento en que estalló la revolución de octubre. La declaración del gobierno, en lo tocante a la política exterior, era equívoca y falaz. Sin embargo, Tereshchenko proclamaba en forma categórica que no tenía la menor intención de proponer inmediatamente la concertación de la paz general: “La cuestión de la paz general no puede ser discutida hasta después de la guerra. La guerra no ha terminado, y nosotros, naturalmente, la continuaremos”.
Miliukov tiene razón cuando dice que fue a él a quien se sacrificó en el ara de los soviets, y no a su política. Así, en vez de hacer una política de paz, el gobierno socialburgués preparaba la continuación de la guerra. Los jefes socialistas, pues, que habían entrado en el gobierno para realizar los fines imperialistas de Rusia y de la Entente, mentían deliberadamente a las masas. Lo que el gobierno burgués era incapaz de hacer se haría ahora con la colaboración de los socialistas. El socialista Kerenski fue designado ministro de Guerra. El emisario del imperialismo francés, Albert Thomas, había cumplido su misión. Pero sólo a los socialistas había convencido de la necesidad de ocuparse de los asuntos del imperialismo burgués; las masas, a despecho de todos los esfuerzos, no mostraban ningún entusiasmo por una nueva ofensiva.
Ahora que el zar había sido derrocado, el soldado no quería más que una cosa: echar al terrateniente, para satisfacer el “hambre de tierras”. Millares de campesinos aspiraban a la paz y a la tierra y su sentimiento era más fuerte que las argumentaciones con que los socialpatriotas demostraban la necesidad de una nueva ofensiva para servir a los intereses de los imperialistas.
Al final de la primera semana de la revolución, ya muchos soldados habían vuelto a sus casas. La disgregación del ejército proseguía incesantemente y la noticia de los alzamientos agrarios la aceleraba. Millares de soldados abandonaron las trincheras, pues querían estar presentes en la distribución de tierras. En el frente, los actos de fraternización se multiplicaban.

La acción de los comités de soldados había destruido totalmente la disciplina del ejército. El 10 de junio, en la mayoría de las ciudades, hubo manifestaciones contra el gobierno y contra la ofensiva; ésta terminó en completo desastre militar. La pena de muerte, restablecida el 12 de julio, no podía cambiar el desastre en victoria, pero sí ahondó el foso que separaba a las masas y al gobierno de coalición.


Mientras tanto, la oposición a la ofensiva de Kerenski había provocado una insurrección armada, que se produjo el 3 de julio en Petersburgo. Las crecientes persecuciones contra los revolucionarios, así como la ofensiva patriótica, que fortalecía a la contrarrevolución, habían elevado al máximo la voluntad popular de resistir al gobierno. El 4 de julio hubo una manifestación armada. Pero ya el 2 había estallado una crisis ministerial y el partido cadete se había retirado del gobierno. Cuando llegaron a Kronstadt las noticias de la manifestación del 3 de julio, que exigía que el poder pasara a los soviets, se tomó la decisión de marchar a Petersburgo sin demora. El mismo día 12.000 obreros y marinos, armados, entraron en la ciudad, por donde desfilaron con estas consignas: “¡Abajo la guerra!”, “¡Las fábricas para los obreros, la tierra para los campesinos!”, “¡Abajo el poder político y el capitalismo!”, `¡Nada tenemos que defender en el frente mientras el poder económico esté en manos de la burguesía!”, “¡La unión de la ciudad y el campo, en la libertad, es la garantía del triunfo revolucionario!”, “¡Viva la revolución mundial!”, “¡Todo el poder a los soviets locales!”.
El gobierno y el Comité Ejecutivo de los Soviets salieron victoriosos del enfrentamiento. Los obreros y marinos fueron desarmados y tuvieron que regresar a Kronstadt; se detuvo a muchos activistas anarquistas y bolcheviques. Además, el 6 de julio, ya terminada la insurrección,79 tropas del frente -leales al gobierno- entraron en la ciudad: la contrarrevolución volvía a levantar cabeza.
Kerenski tomó entonces la jefatura del gobierno: los socialistas estaban en mayoría, pero Tereshchenko siguió siendo ministro de Relaciones Exteriores y con él continuó la política imperialista. Ya no se volvió a hablar de la política de paz de los soviets, cuya fuerte posición había sido quebrantada el 3 de julio. La reacción seguía su curso, fortalecida por el nuevo gobierno, que se instaló el 24 de julio y en el que reingresó el partido cadete. El gabinete, de mayoría socialista, estaba sometido a la presión de la reacción social y militar. Se persiguió implacablemente a los revolucionarios, se restringieron los derechos de los comités militares, se exigió que la pena de muerte fuera aplicada también en la retaguardia y la política exterior se tornó más agresiva. La reacción se preparaba para asestar un golpe decisivo a la revolución. En agosto, el general reaccionario Kornilov trató de dar un golpe de Estado para establecer la dictadura militar. So pretexto de defender la capital contra una insurrección de los bolcheviques, y luego de haber roto relaciones con el gobierno, Kornilov envió tropas del frente sobre Petersburgo. El gobierno no habría podido detener el golpe de Estado si los obreros no se hubieran alzado espontáneamente en defensa de la revolución.
Se constituyó el Comité de Defensa Popular, que organizó la resistencia. Se llamó a todo el país a defender la revolución. Los ferroviarios y los postales aislaron el cuartel general. Se alertó a los comités militares y se los exhortó a que tomaran medidas para desbaratar los planes reaccionarios de los generales. Cuando la población de Kronstadt se enteró de la traición de Kornilov, envió a 3.000 marineros en defensa de Petersburgo; pero éstos no iban, simplemente, a defender del golpe militar al gobierno que los había desarmado el 6 de julio y había encarcelado a sus dirigentes, sino a salvar la revolución. Cuando se propuso al Comité Ejecutivo de los Soviets que recurriera a los revolucionarios más probados -esto es, a los de Kronstadt- para defender a los soviets, el menchevique Chjeidze exclamó: “Claro que son los revolucionarios más probados, pero me temo que después no podamos desembarazarnos de ellos”.
Y así fue. Una vez desbaratado el putsch de Kornilov, los marineros de Kronstadt se negaron a volver a su base, exigieron la libertad de los compañeros presos y amenazaron con libertarlos por la fuerza. A instancias del soviet de Kronstadt, los marinos decidieron regresar. Se dirigieron al muelle desfilando por las calles de Petersburgo con banderas desplegadas y al grito de: “¡Exigimos la libertad de los detenidos!”, “¡Todo el poder a los soviets locales!”.
La intentona de Kornilov fracasó sin lucha y antes de que sus tropas llegaran a Petersburgo, pues cuando éstas comprendieron de qué se trataba, se negaron a seguir adelante. El general que las mandaba fue detenido por sus soldados. El armamento general de los obreros, que se habían organizado en defensa de la revolución y que formaban un verdadero ejército popular, fue el origen de la Guardia Roja, que combatió exitosamente a la contrarrevolución, antes de que los bolcheviques crearan su Ejército Rojo, estatal y fundado sobre el servicio militar obligatorio.
El putsch de Kornilov obró poderoso efecto en el estado de ánimo de las masas. Cada vez se extendía más la exigencia de que los soviets tomaran el poder. El movimiento de acción directa campesina iba en aumento. La Rusia central era presa de la rebelión campesina. En el ejército, las ideas revolucionarias cundían con un vigor desconocido hasta entonces: los soldados destituían a los oficiales y prácticamente reinaba el caos en el ejército y la marina. Los comités revolucionarios, que, siguiendo el ejemplo de Petrogrado, se habían constituido en todo el país para combatir la contrarrevolución, no querían disolverse.
La tentativa de implantar la dictadura militar había sido, para las masas de toda Rusia, la señal de que se imponía salvar a la revolución. Este impulso, que había derrotado a Kornilov sin combate, afianzó definitivamente a la revolución.
Mientras el poder efectivo estaba ya en manos de los soviets, los jefes de la “democracia revolucionaria” seguían, imperturbables, su política de coalición con los partidos burgueses. Después que Kerenski creó un efímero Directorio, de cinco miembros, los socialrevolucionarios y los mencheviques volvieron a integrar el gobierno en compañía de la burguesía reaccionaria; fue ésta la cuarta coalición (25 de septiembre). Tereshchenko, como siempre, seguía en el Ministerio de Relaciones Exteriores; al igual que Briand, conservaba su puesto a pesar de todos los cambios de gobierno e impasiblemente aplicaba la política imperialista de Miliukov.
Entre tanto, el estado de ánimo de las masas se manifestaba en la composición de los soviets, donde la influencia de los bolcheviques aumentaba vertiginosamente. En septiembre, obtuvieron la mayoría en los soviets de Petersburgo y Moscú así como en los comités militares. Las consignas eran: el poder a los soviets y convocatoria de la Asamblea Constituyente y del II Congreso Panruso de los Soviets; pero la que prevalecía era la de luchar contra el gobierno de socialistas y burgueses. El partido bolchevique se disponía a tomar el poder y se preparaba para apoderarse de la dirección de la insurrección. A proposición del soviet de Petersburgo, se constituyó el Comité Militar Revolucionario, que se convirtió en el Estado mayor de la guarnición de la ciudad y arrebató prácticamente todo el poder a las autoridades militares; estaba controlado por los bolcheviques y desempeñó decisivo papel en la caída del régimen. La noche del 25 de septiembre, el Comité pasó al ataque.

El barrio donde tenía asiento el gobierno fue cercado y se ocuparon los puntos estratégicos de la ciudad. El día que se inauguró en Petersburgo el II Congreso de los Soviets, los bolcheviques eran dueños del poder.




Marxismo y anarquismo
Capítulo i los antecedentes históricos antes de 1917
Capítulo ii lenin y el bakuninismo
Capítulo iv el estado bolchevique y los soviets



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