Marxismo y anarquismo en la revolución rusa Arthur Lehning


CAPÍTULO II LENIN Y EL BAKUNINISMO



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CAPÍTULO II
LENIN Y EL BAKUNINISMO

Una táctica cara a los socialdemócratas para combatir a los bolcheviques consistía en colgar a esta desviación de la “verdadera” doctrina marxista el sambenito de “anarquismo” o de “resurrección del bakuninismo”. Así, Gavronski, en el superficial trabajo donde hace el balance de la revolución rusa, escribe lo siguiente: “Toda la ideología de los bolcheviques estaba penetrada de las ideas del socialismo utópico o inclusa del más auténtico anarquismo. Creían que se daban ya todas las condiciones para un orden social nuevo y equitativo y que, para liberar al pueblo de las últimas cadenas de la esclavitud y la opresión, bastaba un núcleo de gente activa y dispuesta a cualquier sacrificio... En esto, su táctica era, en el fondo, anarquista”.25


En su obra sobre la sociología marxista, el profesor Cunow -socialdemócrata- lanza esta audaz apreciación: “La teoría del bolchevismo, o, para ser más exactos, del leninismo, no es más que un retorno al bakuninismo”.26 Incluso se han reeditado, oportunamente, dos escritos marxistas -tristemente célebres- para demostrar, con ellos, que Marx y Engels, en la época en que combatían al bakuninismo, ya reprochaban al bolchevismo del futuro. Esos trabajos son: el libelo de Engels titulado Los bakuninistas en acción27 y el folleto dirigido contra la Alianza, coronación de las intrigas de Marx contra Bakunin y el a la antiautoritaria de la I Internacional. Acerca de ese folleto, pudo decir Max Nettlau, biógrafo de Bakunin: “No conozco nada tan lleno de mentiras, de calumnias y de falsificaciones”. El mismo juicio han dado otros escritores, algunos de ellos auténticos marxistas, como Franz Mehring (en su biografía de Marx), Brupbacher, Steklor, Robert Michels. Ello no ha sido obstáculo para que el “historiador” socialdemócrata Wilhelm Bloss reeditara “esa crítica ingeniosa y mordaz” -así lo dice en el prólogo28-, con el objeto de atacar al bolchevismo, hermano gemelo del anarquismo, “pues el bolchevismo de hoy no es sino el anarquismo de otrora”. El prólogo del “folleto contra el precursor del bolchevismo” tiene igual valor que el contenido del folleto, en el cual, precisamente, se reproduce una carta auténtica de Bakunin, fechada en 1872, que hubiera justificado sobradamente algunas dudas sobre la condición de hermanos gemelos del bakuninismo y del bolchevismo. Veamos lo que dice Bakunin: “Para hacerte una exposición exacta de nuestras aspiraciones, me basta decirte una sola cosa [...] Execramos el principio de la dictadura, la sed de poder, la autoridad [...] Estamos persuadidos de que todo poder político es, infaliblemente, fuente de corrupción para los gobiernos y causa de servidumbre para los gobernados. Estado significa dominación, y la naturaleza humana está constituida de tal suerte que toda dominación acaba en explotación”. La declaración de Bakunin no tiene, por cierto, resonancias bolcheviques.
Además de que el anarquismo no necesitaba resucitarse en Rusia -donde estaba vivo y se oponía a la teoría marxista-, basta echar un vistazo a la acción práctica de los bolcheviques para comprender que esas dos corrientes nada tienen en común.
Si la revolución rusa ha presentado fuertes tendencias anarquistas, ellas se manifestaron -precisamente- a pesar de los bolcheviques, cuyo partido no puede identificarse con esa revolución. Y si el partido adoptó soluciones anarquistas, lo hizo -únicamente- para llegar al poder con más facilidad, empujado por la ola de la revolución, e instaurar así su socialismo estatal. El desarrollo de la revolución rusa ha demostrado, también, que las tendencias anarquistas se debilitaban a medida que se consolidaba el poderío del partido bolchevique. En conclusión, los bakuninistas, como es sabido, fueron encarcelados, asesinados o desterrados de la patria revolucionaria; no se permitió ninguna propaganda anarquista y las organizaciones anarquistas fueron disueltas.
Para los historiadores y teóricos socialdemócratas cuyos conocimientos, en lo tocante al anarquismo, no pasan del folleto contra la Alianza, es tarea por cierto arriesgada el tratar de negar toda vinculación teórica del bolchevismo con el marxismo.
La publicación de esos escritos, más bien sospechosos, podría explicarse con la suposición -nada inexacta- de que un socialdemócrata alemán no manifiesta el menor entusiasmo por un movimiento de rótulo anarquista. Pero después de tal discusión -de cariz asaz demagógico-, los Kautsky y los Cunow deberían haber demostrado, en forma más rigurosa, sus asertos sobre el “retorno al bakuninismo”; la referencia al folleto contra la Alianza no resuelve la cuestión de la “fraternidad gemelar” entre bolchevismo y anarquismo.
En las páginas que siguen examinaremos con más detenimiento las relaciones entre el bolchevismo y el anarquismo, y mostraremos que no hay absolutamente ningún punto común entre la teoría leninista y el anarquismo, y que las concordancias que en apariencia hubo durante el período revolucionario no pueden borrar las diferencias fundamentales que existieron desde el principio.

Lenin proclamó que su teoría era el verdadero marxismo. En torno de la verdadera concepción marxista del Estado se produjeron apasionados debates. En la exégesis del evangelio marxista, la discusión versa, principalmente, sobre este punto: ¿se debe conquistar el poder político en el Estado burgués o es preciso destruirlo primero y crear un nuevo aparato estatal, para establecer el socialismo? Como es sabido, Lenin sostiene esta última opinión y en diversas obras -particularmente en El Estado y la revolución- ha tratado de demostrar, apoyándose en citas de Marx, que su interpretación concordaba con la ortodoxia marxista. Lo esencial de esta argumentación se encuentra en el célebre trabajo sobre la Comuna de París, en el que Marx muestra la necesidad de destruir el aparato del Estado burgués.


Y sin embargo, dicha argumentación fracasa totalmente si se establece el mínimo vínculo entre las declaraciones de Marx sobre la Comuna de París -y otras más a las cuales se adhiere Lenin- y los pasajes de los escritos de Marx y Engels donde se expresa la concepción “anarquista” de la meta final hacia la cual se encamina la evolución de la sociedad. Para Marx y para Engels, dicha meta final es la sociedad sin Estado y sin clases.
En la sociedad socialista, no habrá poder político propiamente dicho porque ya no habrá clases que oprimir y los antagonismos de clase serán suprimidos. “En el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá a la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y sus antagonismos; y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clase dentro de la sociedad civil”.29
Y Engels dice en el Anti-Dühring: “El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad -la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad- es, paralelamente, su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí misma.
El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas. El Estado no será abolido; se extinguirá”.30
En El origen de la familia..., Engels estudia el nacimiento del Estado y habla de la sociedad que reorganizará la producción sobre la base de la asociación libre e igualitaria de los productores y que relegará todo el aparato estatal al museo de antigüedades.
Estas declaraciones sobre la sociedad anarquista y antiautoritaria considerada como finalidad del socialismo parecen estar en abierta contradicción con la práctica del marxismo, que, según se sabe, no tiene otro objetivo que la conquista del poder político, es decir, la conquista del Estado. Sólo es dable comprender tal contradicción a la luz de la propia sociología del marxismo, del “materialismo histórico” y de su método dialéctico. La evolución hacia la sociedad sin clases, en el sentido de la teoría marxista, podría resumirse así:
Según Engels, el Estado es producto, únicamente, de las condiciones económicas. En la sociedad primitiva -que no conocía la existencia de clases- la división del trabajo hizo surgir antagonismos.
Además, la propia sociedad engendraba funciones bien determinadas que creaban, en la división del trabajo, una rama particular; ésta se volvía independiente al convertirse en fuerza pública, en Estado, que se oponía entonces a la sociedad escindida en clases como un poder, que -aunque surgido de esa sociedad- se alzaba por encima de ella, separándose cada vez más. Tal poder era necesario para impedir que los antagonismos nacidos de los divergentes intereses económicos de las clases destruyeran a éstas y, con ellas, a la sociedad.
Como el Estado nace de los antagonismos de clase, se convierte en poder al servicio de la clase económicamente más poderosa y, por regla general, se convierte en una máquina cuya función esencial es oprimir a la clase explotada. El desarrollo histórico de ese Estado de clases se confunde con el desarrollo de la historia, que, según la conocida frase del Manifiesto Comunista, es la historia de la lucha de clases. Y ésta no es sino la lucha que opone a las fuerzas productivas con las relaciones de producción, lucha que constituye el desarrollo dialéctico de la evolución económica de la sociedad. Las fuerzas productivas siempre se ven obligadas, en determinadas fases de la historia, a hacer estallar las relaciones de producción y, en un momento dado, están “maduras” para pasar de la propiedad privada a la propiedad colectiva. El Estado transforma los medios de producción en propiedad estatal. Y con este acto suprime el antagonismo entre Estado y sociedad. Esa supresión es la finalidad del movimiento socialista. La transformación de los medios de producción en propiedad estatal es el último acto independiente del Estado en cuanto tal. Por medio de ese acto, se echan los cimientos de la sociedad sin clases; el Estado se extingue.
La abolición de la dominación de clase, meta de la revolución proletaria, tiene fundamento económico. La propia ley de la producción capitalista determina por un lado la concentración del capital, pero por otro hace crecer la miseria y la explotación, así como la rebeldía del proletario, que se vuelve cada vez más numeroso y, por obra del sistema capitalista de producción, se instruye, se une y se organiza. El monopolio capitalista se convierte en obstáculo para el modo de producción que ha prosperado en él y bajo su autoridad. La concentración de los medios de producción y la sociedad de los trabajadores llegan a un grado en que ya no pueden seguir soportando el caparazón del capitalismo. Éste se hace trizas. La propiedad capitalista ha llegado a su fin. Los expropiadores son expropiados.
La forma que adopta el Estado en el período de transición que transforma los medios de producción en propiedad estatal es la “dictadura del proletariado”, realizada sobre la base de una “república democrática”. En el pensamiento de Marx, es el proletariado organizado en clase dominante; la mayoría de los trabajadores, convertidos en proletarios por la evolución de la producción.
No nos es posible, aquí, ahondar más en la concepción marxista del Estado. Sabemos hoy que el punto de vista de Engels -que atribuye el nacimiento del Estado a causas puramente económicas- no corresponde a la realidad. El propio Marx calificó de pamplinas y niñerías esa “ley de la acumulación primitiva”, al menos en lo tocante al origen del modo de producción capitalista, y en el magnífico capítulo XXIV de El Capital demostró el papel que han desempeñado los medios ajenos a la economía para dar nacimiento a ese modo de producción. “Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavitud, el robo y el asesinato, la violencia, en una palabra”.31 A los teóricos del Estado, de todas las tendencias, los anarquistas oponen esta concepción: el Estado no es, en modo alguno, producto orgánico de la sociedad, ni consecuencia de los antagonismos de clase, sino la causa de éstos; la sociología moderna ha confirmado tal concepción, que en el “sistema” de Franz Oppenheimer encuentra fundamento científico amplio y definitivo.32
Lo indefendible de la hipótesis acerca del nacimiento del Estado y, sobre todo, el rechazo de la utopía marxista de la “supresión” del Estado por el desarrollo dialéctico del proceso de producción dan lugar a una posición totalmente diferente en la cuestión del paso al socialismo, es decir, a la sociedad sin clases y sin Estado, como con razón se la denomina. El socialismo anarquista considera que la historia, indiscutiblemente, es la historia de la lucha de clases y reconoce, con Marx, que el deber del proletariado es suprimir los antagonismos de clase, luchando contra la clase capitalista para destruir el monopolio de su poder económico. Pero este monopolio sólo ha podido existir por obra del monopolio del poder, esto es, por la fuerza organizada como Estado, que primero dio nacimiento a aquél y que, en posesión de ambos monopolios, ha cobrado un desarrollo cada vez mayor; de ahí la necesidad de destruir el monopolio del Estado político, así como el monopolio económico.
La importancia de la concepción del Estado es evidente en lo tocante a la teoría y a la práctica de la transformación social. Lenin, en muchas oportunidades, ha señalado que la forma en que se conciba el papel del Estado será factor decisivo de la táctica revolucionaria encaminada a transformar la sociedad capitalista y edificar el socialismo. “Hoy, cuando empieza la revolución socialista en todo el mundo [...] el problema del Estado adquiere máxima importancia y puede afirmarse que se ha convertido en la cuestión más candente, en el foco de todas las discusiones políticas contemporáneas”.33 Y escribe Luppol acerca de la doctrina leninista del Estado: “El problema del Estado es la piedra de toque de la metodología de la acción social [...] La teoría y la práctica de la transformación revolucionaria de la sociedad giran en torno del problema del Estado”.34 En los meses -y las semanas- que precedieron a la revolución de octubre, Lenin se ocupó muchas veces de la cuestión del Estado. Muy particularmente lo hizo en su obra El Estado y la revolución, escrita en agosto, es decir, cuando los bolcheviques ya no podían pensar seriamente en recibir de la Constituyente el poder estatal, y cuando la consigna. “todo el poder a los soviets” encontraba cada día más eco entre los trabajadores.
En esa obra, Lenin cree haber restituido a la doctrina marxista del Estado su verdadero carácter, principalmente en dos puntos: uno, la teoría de la autosupresión y la extinción del Estado; otro, el concepto de dictadura del proletariado, vale decir, de esa forma particular de gobierno y de Estado para el período de transición entre la sociedad capitalista y la sociedad socialista.
Lenin trata de demostrar que la doctrina marxista implica la imposibilidad, para el Estado burgués, de realizar la socialización de los medios de producción. Es necesario destruir antes a ese Estado, desbaratar todo su aparato y fundar un nuevo Estado: el Estado proletario del período de transición, que no es sino la dictadura del proletariado o la continuación de la lucha de clase del proletariado bajo otras formas, y que creará las condiciones necesarias para el advenimiento del comunismo.
Igual que el Estado burgués, el Estado proletario es un organismo de represión contra una clase; la burguesía, en este caso.
Con su victoria, el proletariado toma el poder estatal, la organización centralizada del poder y la fuerza útil, para aplastar la resistencia de los explotadores y para orientar a la gran masa de la población hacia el camino del socialismo. La dictadura del proletariado es el acceso al poder por la vanguardia de la clase explotada.
Para el proletariado, el Estado proletario no es un fin en sí sino un medio para acabar con el Estado mismo, después de haber hecho desaparecer la sociedad de clases. De ahí que ese Estado dirigido contra la burguesía esté también contra el Estado mismo y, para cumplir cabalmente su función, no le basten reivindicaciones aparentes -al estilo del Estado burgués- sino que le sea imperiosa la destrucción de la clase enemiga. Por todas esas razones, la formación de un Estado proletario fuerte es una de las tareas fundamentales del proletariado.35 La concepción leninista del Estado y de la dictadura debía restablecer también la “verdadera” doctrina de Marx sobre el Estado. Uno de los exégetas del leninismo ha afirmado que Lenin no sólo restableció y reconstruyó esa doctrina sino que, además, la interpretó y desarrolló su contenido.36 Pero que en esa reconstrucción e interpretación se tomó muchas libertades es cosa que basta demostrar con la afirmación siguiente: “Todo lo que durante cuarenta años -de 1852 a 1891- enseñaron y demostraron Marx y Engels, a saber, que el proletariado necesariamente debía destruir la maquinaria del Estado burgués, el renegado Kautsky lo ha olvidado, desfigurado o echado por la borda”.37
Tal afirmación no es una interpretación o una restitución de la doctrina marxista sino, simplemente... un error. Fácilmente se puede demostrar, con numerosas citas, lo absurdo de la aseveración.
La contradicción entre el programa formulado por Marx en La guerra civil en Francia y sus concepciones habituales aparecerá claramente en la cuestión de la acción práctica.
La concepción que Marx quería imponer -dictatorialmente- a todas las secciones de la Internacional era la siguiente: “La conquista del poder político ha pasado a ser la tarea principal de la clase obrera y esta clase debe apoyar todo movimiento político capaz de conducir a la emancipación del proletariado”.
¿Deben los obreros participar en la acción parlamentaria?
Acerca de este punto se separaban las dos tendencias principales de la Internacional, y la tentativa de Marx de establecer como obligación el empleo de medios políticos para realizar la emancipación económica fue causa directa del derrumbe de la Internacional. Por una ironía de la historia, en el momento en que la lucha entre la tendencia “autoritaria” y la “antiautoritaria” llegaba a su apogeo, Marx -bajo el efecto prodigioso del alzamiento revolucionario del proletariado parisiense- expuso las ideas de ese movimiento, que eran contrarias a las que él representaba. Y lo hizo en tales términos que casi podría tomarse ese criterio por el programa de la tendencia antiautoritaria, a la que Marx combatía por todos los medios.
Bakunin decía entonces, en carta al periódico La Liberté, de Bruselas: “[...] esta insurrección dio por tierra con todas las ideas de los marxistas, que, ante ella, tuvieron que quitarse el sombrero. Más aún: contra la lógica más elemental y contra sus verdaderos sentimientos, proclamaron que su programa y sus finalidades eran los de los insurrectos. El viraje fue grotesco, pero forzoso; tuvieron que hacerlo so pena de verse desbordados y abandonados por todos”.38
En toda la obra de Marx no hay ningún escrito que haya sido interpretado y comentado de manera tan absurda y antojadiza como La guerra civil en Francia. Jaeckh, por ejemplo, escribió una historia de la Internacional; el libro, carente de todo sentido crítico y de todo espíritu científico, presenta como verdades históricas todas las leyendas y falsificaciones marxistas, y sin embargo, para Kautsky, la exposición de los hechos es correcta en todos los puntos esenciales. Jaeckh llega a la conclusión siguiente: el programa de la Comuna, conforme lo interpreta Marx, hace aparecer a ésta como la primera tentativa del proletariado por realizar la conquista del poder político...39
Por parte de los bolcheviques se ha llegado a afirmar que La guerra civil... -según la interpretación que de ella hace Lenin (sin tal puntualización, bien podría decirse que ignoran totalmente hasta qué punto tienen razón)- compendiaba la doctrina de la Primera Internacional acerca del Estado y demostraba que la Tercera era la heredera legítima de la Primera.40
Aparte de la inexactitud de esta afirmación de Lenin -de acuerdo con la cual, en aquella época, Marx y Engels parecen no haber hecho otra cosa que enseñar la destrucción del aparato estatal conforme al ejemplo de la Comuna de París-, no llega uno a comprender por qué imperiosos motivos no se tienen en cuenta, en relación con la concepción de Marx y Engels sobre el Estado, las declaraciones posteriores a 1891, como aquel conocido pasaje de 1895. En él, Engels afirma que la acción parlamentaria es el primer deber de la social democracia, pues -dice-, para los “revolucionarios”, los medios legales son más útiles que los medios ilegales, y la burguesía se ve obligada a reconocer con pavor: la legalidad nos mata. Al querer enhebrar declaraciones diversas, pertenecientes a períodos variadísimos, Lenin emprende una tarea imposible, destinada al fracaso, sobre todo en lo tocante a esa Guerra Civil..., que está en el centro de su discurrir: tratar de fundar el acierto de su teoría sobre la autoridad de las propias palabras de Marx.
En este nuestro trabajo no hacemos ninguna exégesis de Marx: que sean los eruditos del marxismo quienes disputen en qué medida las declaraciones de Lenin son fieles a la ortodoxia marxista. No nos interesa, en absoluto, invocar la autoridad de Marx en favor o en contra de Lenin. Para determinar la posición de Marx con respecto al parlamentarismo, no tenemos necesidad de seguirlo en todas sus declaraciones, pues no son, en modo alguno, de importancia decisiva para nuestra investigación.
En efecto: el valor variable que Marx, en el curso de su evolución, atribuyó al parlamentarismo nunca provino de un cambio de principios en su concepción del Estado o del poder estatal sino, tan sólo, de una diferente concepción acerca del método a seguir para conquistar el poder del Estado. Y la diferencia entre el anarquismo, por un lado, y el marxismo y todas las demás corrientes autoritarias, por otro, no reside en el método para conquistar el poder estatal -finalidad de todos los partidos políticos- sino, al contrario, en el valor que se atribuye a ese poder. El anarquismo se distingue de todas las ideologías socialistas de Estado precisamente porque niega la necesidad -indispensable, para todas esas tendencias- de un poder político centralizado para transformar la sociedad capitalista en sociedad socialista.
Y ese escrito de Marx, donde su antiparlamentarismo no procede de un método táctico sino que se vincula con una profunda crítica del Estado, debe ser estudiado en hondura, por cuanto está en el centro del discurrir de Lenin. Las relaciones del leninismo con el marxismo han de tenerse en cuenta en la medida en que son indispensables para exponer claramente hasta qué punto la destrucción del Estado desempeña un papel en el leninismo y cuáles son los vínculos entre aquélla y éste. A tal fin, es preciso hacer un estudio más riguroso de La guerra civil en Francia, acerca de la cual dice Engels, en su prefacio: [en ella] “se esboza la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y enérgicos, pero tan precisas y sobre todo tan exactos, que no han sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicados sobre este tema”.
Sin duda, el brillante manifiesto del Consejo General de la Internacional sobre la Comuna de París -“negación, en adelante histórica, del Estado”-41 no tiene cabida en la construcción del sistema del “socialismo científico”. Y para reconstruir ese sistema menos aún se puede utilizar La guerra civil..., que es no marxista en el más alto grado. Para que sirviera a los designios de Lenin, era preciso además -como veremos- interpretarla en forma absolutamente arbitraria. La Comuna de París nada tenía en común con el socialismo estatista de Marx; antes bien, estaba bastante próxima a las ideas de Proudhon y a las teorías federalistas de Bakunin. Franz Mehring admite que los juicios de Marx sobre la Comuna confirmaban expresamente lo que Bakunin sostenía sin cansancio, e incluso atribuye el auge de la acción agitativa de Bakunin a la profunda impresión que la Comuna de París había causado en el proletariado europeo.42 Marx elogiaba a la Comuna, que había destruido el poderío del Estado moderno y acabado con el poder estatal, lo que representaba una victoria para el principio de autonomía y de libre federación. Decía al respecto: “[...] la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines.
El poder centralizado, con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, la burocracia, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo- procede de los tiempos de la monarquía absoluta y sirvió a la clase burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo. [...] Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase. Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases, se acusa con rasgos cada vez más destacados el carácter puramente represivo del poder del Estado [...] El grito de ‘república social’ con que la revolución de febrero fue anunciada por el proletariado de París no expresaba más que el vago anhelo de una república que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase. La Comuna era la forma positiva de esta república”.43
Frente al marxismo oportunista y reformista de los socialdemócratas, frente a Kautsky y a Bernstein, Lenin recurre a esta cita de Marx: “La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está”. La declaración muestra irrefragablemente cuál era el verdadero pensamiento de Marx: la conquista del poder del Estado -de la que siempre habló- no significa la conquista del poder político en el marco del Estado burgués democrático; por el contrario, será preciso destruir el Estado burgués, máquina que no puede funcionar en beneficio del proletariado. En el prefacio de 1872 a la nueva edición del Manifiesto Comunista, Marx y Engels reiteraron aquella declaración, señalando que, sobre el particular, el Manifiesto había envejecido. Y, en 1891, Engels escribe en su introducción a La guerra civil...: “La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que [...] tiene que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella [...]”. Pero sería un error, piensa Lenin, interpretar esta exposición de los rasgos esenciales y de la significación histórica de la Comuna como si Marx confundiera la destrucción de la máquina del Estado burgués con la destrucción del Estado en general y como si alguna vez hubiera combatido el centralismo.

Bernstein había dicho entre otras cosas -y no estaba errado- que el programa de Marx en La guerra civil... “por su contenido político presenta, en todos los rasgos esenciales, la mayor semejanza con el federalismo de Proudhon”. He aquí la respuesta de Lenin:


“Esto es sencillamente monstruoso: ¡confundir las concepciones de Marx sobre la ‘destrucción del poder estatal, del parásito’, con el federalismo de Proudhon! [...] Marx coincide con Proudhon en que ambos abogan por la ‘destrucción’ de la máquina moderna del Estado. Esta coincidencia del marxismo con el anarquismo (tanto con el de Proudhon como con el de Bakunin) no quieren verla ni los oportunistas ni los kautskianos, pues los unos y los otros han desertado del marxismo en este punto. [...] Marx discrepa con Proudhon y con Bakunin precisamente en la cuestión del federalismo (no hablando ya de la dictadura del proletariado) [...] Marx es centralista. En los pasajes suyos recitados más arriba, no se aparta lo más mínimo del centralismo. ¡Sólo quienes se hallen poseídos de la ‘fe supersticiosa’ del filisteo44 en el Estado pueden confundir la destrucción de la máquina estatal burguesa con la destrucción del centralismo!”45
Tenemos aquí un ejemplo típico de los procedimientos de discusión que emplea Lenin en El Estado y la revolución, escrito plagado de contradicciones dondequiera que se trate de La guerra civil... y los anarquistas. Que Marx era centralista nadie lo discute, y Bernstein menos que nadie. Interesa saber si lo era también en La guerra civil..., cosa que Lenin debería haber demostrado al referirse a ese trabajo. Intentó hacerlo y fracasó completamente. Si, para empezar, no es exacto que los pasajes citados nada tengan que ver con el federalismo, ello es aún menos exacto en lo referente a todos los pasajes que Lenin no cita.
Tomemos la última frase del texto de Marx que reproducíamos páginas atrás: “La Comuna era la forma positiva de esta república [...] que no acabase sólo con la forma monárquica de la dominación de clase sino con la propia dominación de clase”, y veremos que se habla de la abolición del Estado en sí, del Estado que, según la concepción de Marx -y de Lenin también- no es sino la expresión de la dominación de una clase por otra.
¿Por qué había que destruir la máquina del Estado burgués? ¿Con qué se la sustituiría? A estas preguntas, Lenin responde citando los siguientes pasajes del escrito de Marx:
“La Comuna estaba formada por los consejeros municipales elegidos por sufragio universal en los diversos distritos de la ciudad. Eran responsables y revocables en todo momento. La mayoría de sus miembros eran, naturalmente, obreros o representantes reconocidos de la clase obrera. [...] En vez de continuar siendo un instrumento del gobierno central, la policía fue despojada inmediatamente de sus atributos políticos y convertida en instrumento de la Comuna, responsable ante ella y revocable en todo momento. Lo mismo se hizo con los funcionarios de las demás ramas de la administración. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros. Los intereses creados y los gastos de representación de los altos dignatarios del Estado desaparecieron con los altos dignatarios mismos”.46
Una vez llegado ahí, Marx continúa en estos términos -que Lenin no cita-: “Los cargos públicos dejaron de ser propiedad privada de los testaferros del gobierno central. En manos de la Comuna se puso no solamente la administración municipal, sino toda la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado”. Estas medidas no eran sólo valederas para París sino también para toda la nación. Después de haber destruido el poder central y abolido el ejército permanente y la policía, instrumentos del gobierno; después de haber suprimido la burocracia, de haber acabado con el poder del clero y de haber liberado a la totalidad de los establecimientos de instrucción de toda injerencia de la Iglesia y del Estado; después de haber dispuesto que los funcionarios judiciales habían de ser funcionarios electivos, responsables y revocables; después que todas las funciones esenciales del Estado fueron así anuladas, estaría libre el camino para una nueva organización de la sociedad basada sobre la comuna, sobre el municipio, es decir, para una sociedad fundada enteramente sobre el federalismo. Marx dice más adelante -¡y sigue Lenin sin citarlo!- que “[...] la Comuna de París había de servir de modelo a todos los grandes centros industriales de Francia. Una vez establecido en París y en los centros secundarios el régimen comunal, el antiguo gobierno centralizado tendría que dejar paso también en las provincias al gobierno de los productores por los productores”.47
Según Marx, el principio fundamental de la Comuna consistía en sustituir el centralismo político del Estado por el gobierno de los productores por los productores y por la federación de comunas autónomas que tomarían en sus manos la iniciativa llevada hasta entonces por el Estado. El país no sería ya gobernado de arriba abajo, sino que se gobernaría por sí, de abajo a arriba: “[...] la Comuna habría de ser la forma política que revistiese hasta la aldea más pequeña del país [...] Las comunas rurales de cada distrito administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente, y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo (instrucciones) de sus electores”.48
¡Ni rastros, pues, de centralismo! Pero sólo en apariencia, dice Lenin, pues “aquí Marx no habla en manera alguna del federalismo por oposición al centralismo, sino de la destrucción de la vieja máquina burguesa del Estado [...]”.49
Y sigue luego una “interpretación” de Lenin que no cabe calificar de falsificación consciente, pues es tan torpe que a nadie se le ocurre que Lenin haya pensado verdaderamente lo que decía. He aquí lo que dice Marx:
“Las pocas -pero importantes- funciones que aún quedarían para un gobierno central no se suprimirían, como se ha dicho, falseando de intento la verdad, sino que serían desempeñadas por agentes comunales y, por tanto, estrictamente responsables. No se trata de destruir la unidad de la nación sino, por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era más que una excrescencia parasitaria. Mientras que los órganos puramente represivos del viejo poder estatal habían de ser amputados, sus funciones legítimas habían de ser arrancadas a una autoridad que usurpaba una posición preeminente sobre la sociedad misma, para restituirla a los servidores responsables de esa sociedad”.
En esa “unidad de la nación” es donde Lenin descubre el centralismo de Marx. Según Lenin, Marx usa intencionadamente esa expresión para oponer el centralismo democrático, proletario, al centralismo burgués, militar y burocrático. Éstos son los argumentos con que Lenin, para demostrar el centralismo de Marx, enfrenta a Bernstein, quien ha confundido el programa de la constitución federalista con el federalismo proudhoniano:
“A Bernstein no le cabe, sencillamente, en la cabeza que sea posible un centralismo voluntario, la unión voluntaria de las comunas en la nación, la fusión voluntaria de las comunas proletarias para aplastar la dominación burguesa y la máquina burguesa del Estado. Para Bernstein, como para todo filisteo, el centralismo es algo que sólo puede venir de arriba, que sólo puede ser impuesto y mantenido por la burocracia y el militarismo”.50
¡Nadie mejor que Lenin para desfigurar los hechos y ponerlos cabeza abajo! Cuando se queda sin argumentos, introduce una palabra y con ello salva la situación. Aquí está la prueba de que “Marx es centralista” -prueba convincente hasta en el caso de La guerra civil...-: Marx no sólo es centralista, sino, más aún, ¡es un “centralista voluntario”! Hasta hoy, había que ser un carcamal o un filisteo para creer que el signo distintivo del centralismo es, precisamente, el de actuar, unir, organizar, forzar o imponer de arriba a abajo. Pero Lenin ha descubierto un nuevo centralismo, cuya función es actuar de abajo a arriba, que reconoce la independencia y la autonomía de todos los elementos que se organizan para realizar su unidad; en una palabra: el famoso “centralismo voluntario” extraído de La guerra civil..., que antes se designaba con el ambiguo término federalismo.51
Con arreglo a la interpretación de Lenin, como las comunas debían fusionarse para constituir una unidad nacional, forzosamente hay centralización. Marx había señalado que la Comuna de París no significaba la resurrección de las comunas medievales, las cuales, en ciertos aspectos, eran organismos independientes y precedieron al poder del Estado, que luego las destruiría. Había señalado, asimismo, que no se trataba de una unión de pequeños Estados, sino que “el régimen comunal habría devuelto al organismo social todas las fuerzas que hasta entonces venía absorbiendo el Estado parásito, que se nutre a expensas de la sociedad y entorpece su libre movimiento. Con este solo hecho habría iniciado la regeneración de Francia”.
Así, en vez de la unidad impuesta por el Estado, el régimen comunalista habría de establecer una unidad orgánica por me dio de la federación de las comunas. En el federalismo, Lenin sólo ve separatismo, disgregación en elementos aislados, como si ese régimen no fuera otra cosa más que la organización de la sociedad sobre bases racionales, orgánicas y económicas. Además, ¿acaso la palabra federalismo, por sí sola, no significa unión por medio de un pacto, alianza, y por consiguiente agrupación de elementos que estaban separados? Es una unión sin explotación económica y sin opresión, para cuya existencia es condición previa la destrucción radical del poder político del Estado. Naturalmente, Lenin no quiere ni oír hablar de la destrucción del Estado como tal, ni de la desaparición de la centralización.
De ahí, para servir a sus fines, esa interpretación carente de sentido: el centralismo voluntario.
Después de haber encajado el centralismo entre las ideas de Marx, Lenin da un paso más y explica que la Comuna sirve como ejemplo, no sólo para la destrucción del Estado burgués, sino, también, para la construcción de la nueva máquina del Estado proletario.52 Según Lenin, una de las diferencias entre marxistas y anarquistas consiste en que estos últimos -partidarios de la destrucción del Estado-, tienen una idea completamente confusa acerca de cuál ha de ser el instrumento que lo sustituya y de cómo ha de emplear el proletariado el poder revolucionario.
Otra de las diferencias estriba en que los anarquistas quieren destruir el Estado de la noche a la mañana, mientras que los marxistas reconocen que este fin sólo ha de alcanzarse después que la revolución socialista haya destruido las clases, como resultado de la instauración del socialismo, que conduce a la extinción del Estado.
La singular interpretación que ha dado Lenin de La guerra civil... de Marx sirve para probar que la “verdadera” doctrina del marxismo era la siguiente:

  1. el Estado burgués debe ser destruido;




  1. es preciso crear una nueva máquina estatal fundada sobre el centralismo;




  1. ese Estado proletario se extinguiría.

Tales son los tres puntos fundamentales de la función del Estado en la interpretación leninista del marxismo, los tres elementos esenciales de la doctrina del Estado en el leninismo marxista.


A los fines de nuestra investigación, era imprescindible buscar las relaciones entre leninismo y bakuninismo; estudiar a fondo La guerra civil y citar largos pasajes de la obra, con objeto de mostrar claramente la ilación de las ideas de Lenin, cuando cita -o no cita- esos pasajes. Era necesario el examen minucioso para poder analizar la obra de Lenin y comprender la conclusión -paradójica, en apariencia- a que hemos llegado: queda demostrado que El Estado y la revolución no conserva ninguna idea anarquista; queda demostrado, además, que Lenin funda arbitrariamente su teoría sobre la concatenación de ideas anarquistas que figuran en La guerra civil...
Además de ser errónea y falsificada su interpretación de La guerra civil..., Lenin falsea también ese trabajo todas las veces que lo invoca para defender su teoría, en cuyo centro se alza un nuevo poder estatal monstruosamente centralizado. Son tentativas inadmisibles e imposibles, que no se sostienen en ninguno de los tres puntos esenciales de su doctrina del Estado. Constituye, o no, la doctrina leninista del Estado una reconstrucción marxista, lo cierto es que no cabe utilizar La guerra civil... para tal reconstrucción. Es un cuerpo extraño en la doctrina leninista del Estado proletario -e inclusive un cuerpo extraño desfigurado-, como lo es en el “socialismo científico” de Marx y Engels.
Los malabarismos que con fines demagógicos hace Lenin con las citas de Marx no se pueden tomar en serio ni desmienten la exactitud de los hechos que señalamos.
Hemos mostrado, en varias oportunidades, que la obra de Marx se sale del marco del “marxismo”, y hemos explicado por qué. Citaremos aquí el testimonio de un marxista que no fue un “socialpatriota”, que no se unió a los oportunistas o a los reformistas sino que revistó entre los marxistas revolucionarios, entre los neomarxistas, cuyas figuras más conocidas son Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo. Nos referimos a Franz Mehring, que, acerca de La guerra civil en Francia, escribió:
“Por agudas que estas manifestaciones fuesen, representaban sin embargo una cierta contradicción con las doctrinas que Marx y Engels venían manteniendo desde hacía un cuarto de siglo y que ya proclamaran en el Manifiesto Comunista. Con arreglo a ellas, aunque entre las consecuencias últimas en que había de traducirse la futura revolución proletaria se contaba la disolución de esa organización política a que se da el nombre de Estado, esa disolución había de ser gradual y paulatina [...] para alcanzar esa meta y otras mucho más importantes de la revolución social futura era menester que la clase obrera empezase adueñándose del poder político organizado que era el Estado [...] Con esta concepción no se avenía del todo bien el aplauso tributado a la Comuna de París en la alocución del Consejo General por haber empezado extirpando hasta en sus raíces aquel Estado parasitario”.53
Surge claramente de esta crítica del biógrafo de Marx que las declaraciones antiestatistas de Marx y Engels sobre la Comuna de París no tienen ninguna relación -y que, además, no es posible establecerla- con aquellos pasajes de sus otros trabajos donde se trata de la extinción del Estado, concepción que, como hemos visto, se vincula con todo el sistema del “socialismo científico” y que sólo es comprensible a partir de este sistema.

Al nacer la Comuna de París no existían, en absoluto, las condiciones económicas necesarias para poder transformar la propiedad privada en propiedad colectiva. Como dijo Marx, “la Comuna quería convertir la propiedad privada en una realidad, transformando los medios de producción -la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo-, en simples instrumentos del trabajo libre y asociado”.54 Por lo tanto, no centralizaba los medios de producción en manos del Estado. Su finalidad no era tratar de que el Estado se “extinguiera” sino abolirlo “de la noche a la mañana”. La destrucción del Estado no era la conclusión ineluctable de un proceso histórico y dialéctico ceñido a rígidas leyes, proceso en el cual el proletariado, convertido en clase dirigente, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción y -con ellas y en forma absoluta- las condiciones de existencia de esas contradicciones, suprimiendo así su propia dominación como clase. En una palabra, la extinción del Estado, en la teoría marxista, está determinada por una fase superior de la sociedad, fase determinada, a su vez, por un modo superior de producción. Se trata, pues, de un proceso histórico.


La Comuna de París, sin embargo, destruía el Estado sin cumplir ninguna de las condiciones que, según ese proceso, son previas a esa destrucción.
Proclamar que La guerra civil... contiene la “verdadera” doctrina marxista sobre el Estado es arrojar por la borda al marxismo en su totalidad; significa la negación completa de su desarrollo, desde el Manifiesto Comunista hasta El capital y el Anti-Dühring (incluido el capítulo de esta obra cuyo título es todo un programa: “Del socialismo utópico al socialismo científico”).
Por consiguiente, para restablecer la doctrina marxista sobre la “extinción” del Estado -respecto de la cual tenía razón al sostener que había sido “olvidada” por la socialdemocracia oportunista y reformista-, Lenin no podía reivindicar el programa de La guerra civil... Ese texto tampoco sirve para los otros dos puntos de la doctrina leninista del Estado: creación de una nueva máquina estatal y destrucción de la antigua. En efecto, como hemos demostrado detalladamente, la Comuna, al destruir el Estado burgués, no se proponía sustituirlo por otro Estado. La concordancia con la teoría de Lenin es sólo aparente. Lo que quiere Lenin es la destrucción del Estado burgués porque es burgués; la Comuna, en cambio, quiere destruir ese Estado porque es Estado.
La diferencia es de principios y las dos concepciones se oponen diametralmente. Extirpar el Estado parásito es destruirlo totalmente. La intención de la Comuna no era fundar una nueva máquina estatal sino sustituir al Estado por una organización colectiva asentada sobre bases económicas y federalistas. Más aún, afirmamos que la destrucción del Estado consistía, precisamente, en esa sustitución, que era no el fin sino el medio. Por ello Marx -a diferencia de Lenin- nunca habla de la necesidad de un organismo represivo especial para combatir a la burguesía. La destrucción del poder burgués consistía en despojarlo de todos los elementos esenciales que constituían su fuerza y, por lo tanto, en aniquilar la máquina política, militar, jurídica y burocrática del Estado. Además, para defender a la nueva sociedad, la Comuna adoptó medidas conducentes a imposibilitar la formación de una nueva máquina estatal burocrática y de todo nuevo organismo represivo.
Engels lo comprendió muy bien, cuando, en su introducción a La guerra civil..., escribió: “La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder nuevamente ese poder recién conquistado, la clase obrera tiene, por un lado, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, por otro, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento”.55 La Comuna comprendió, pues, que, además de destruir la vieja máquina del Estado, era necesario impedir la formación de una nueva.
La teoría del organismo represivo no es sino una ideología tendiente al restablecimiento de la dictadura política del Estado.
El supuesto “período de transición” entre la destrucción del Estado burgués y la “extinción” del Estado proletario no es más que la perpetuación del principio jacobino del Estado, el gubernamentalismo, cuya historia -como bien dice Proudhon- es la historia del martirio del proletariado.
La meta de los bolcheviques siempre fue la conquista del poder político. Es probable que Lenin, al subrayar las metas anarquistas, lo hiciera para tranquilizar a los anarquistas, que desempeñaban importante y activo papel en la revolución. Lo cierto es que la afirmación de que sólo se trataba de un período de transición movió a los anarquistas a participar activamente en el establecimiento de la dictadura estatal de los bolcheviques.
Al explicar que el Estado del período de transición se extinguiría, se incitaba a gran número de anarquistas a considerar como aliados a Lenin y a su partido. “Muchos de ellos aceptaron la famosa dictadura del proletariado porque se afirmaba que era, tan sólo, un inevitable período de transición, en bien de la revolución.
No quisieron, o no pudieron, comprender que precisamente esa idea de la dictadura necesaria, reconocida como fase transitoria, encerraba un gran peligro”.56 Hasta hoy no se han visto signos de extinción del Estado. Diez años de “período de transición” han sido más que suficientes para demostrar que la dictadura es la muerte de la revolución y han justificado las palabras de Bakunin: “Si en nombre de la revolución se constituye un Estado -aun provisional-, se engendrará la reacción”. La fundación del “Estado proletario” ha demostrado, también, que por ese medio es absolutamente imposible destruir la vieja máquina estatal, pues es preciso hacerse cargo de ella, o restablecer los órganos esenciales del Estado burgués. Sólo se puede destruir el Estado sustituyéndolo por una organización basada en otros principios. Esa organización fue el soviet.
La idea de los “consejos” significaba la autoorganización, la auto actividad y la iniciativa personal de los trabajadores, sin la cual era imposible la formación de la sociedad socialista. La idea de los consejos -en cuanto autoorganización de los obreros sobre bases económicas- era la negación del principio estatista, del socialismo gubernamental y de la teoría de la dictadura del proletariado. Volveremos más extensamente sobre el tema de los soviets en la revolución y veremos entonces que, para los bolcheviques, los soviets fueron tan sólo un medio para lograr sus fines: apoderarse del aparato estatal y asegurar al partido el monopolio de la revolución.
En el pensamiento de los bolcheviques, los soviets debían ser, a lo sumo, engranajes de la nueva máquina estatal. La consigna específicamente anarquista de “todo el poder a los consejos” significaba, para Lenin, todo el poder en manos de nuestro partido.
No menos falso es ver en el leninismo la síntesis de Marx y Bakunin -como han sostenido algunos revolucionarios-,57 una especie de retorno al bakuninismo. La diferencia entre las finalidades que persiguen los anarquistas y los bolcheviques, además de evidente en la práctica, ha sido claramente destacada por los leninistas, desde el principio, en el terreno de la teoría.
Ya en mayo de 1917, Lenin decía en un discurso sobre la cuestión agraria:
“Rechazamos del modo más enérgico las objeciones que se formulan contra los bolcheviques, los ataques de la prensa capitalista, las afirmaciones de quienes nos acusan de anarquistas, pues consideramos esos ataques como mentiras y calumnias de mala fe. Anarquistas son quienes niegan la necesidad de un poder del Estado, pero nosotros sostenemos su absoluta necesidad, no sólo hoy en Rusia, sino en cualquier Estado, incluso en el que se halle en un momento de transición directa hacia el socialismo. Un poder de lo más firme es indudablemente necesario”.58
En la teoría bolchevique nunca ha habido negación del Estado y ni siquiera se ha propugnado el debilitamiento de las funciones del poder estatal, punto que podría justificar una vinculación con el anarquismo. Todo lo contrario, para los bolcheviques, la finalidad de la revolución ha sido siempre la conquista del poder político. La revolución debe crear un nuevo aparato estatal, que permitirá ejercer la dictadura. Conquistar el poder estatal no es, solamente, apoderarse de la vieja organización sino, también, crear una nueva: “La revolución destruye la antigua forma y crea una nueva”.59
El programa de la III Internacional, adoptado en su primer congreso, insiste en la necesidad de crear una nueva organización estatal: “La victoria del proletariado se basa en la desorganización del poder del adversario y en la organización del poder de los trabajadores que consiste en la destrucción del aparato estatal burgués y en la construcción de un aparato estatal proletario”.60 Y el nuevo manifiesto comunista de la III Internacional (1919) dice: “La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cuál será, en el futuro, el factor de la ‘producción nacionalizada’? ¿El Estado imperialista o el Estado? ¿el proletariado victorioso?”.
Ello significa que el leninismo, aquí, vuelve a concordar con las concepciones que Marx exponía en su Manifiesto Comunista de 1848: el proletariado deberá servirse del Estado para transformar la propiedad privada de los medios de producción en propiedad estatal, y utilizará su poder político para arrancar poco a poco a la burguesía todo el capital y para centralizar en manos del Estado los medios de producción.
Es una doctrina marxista -y no bakuninista- la que pretende realizar el socialismo con la estatización de los medios de producción, pasando antes por la conquista del poder político.
Que la conquista se produzca con o sin destrucción de la vieja máquina estatal; que el poder político se conquiste en el marco de un régimen democrático del Estado burgués; que sea consecuencia de la formación de un Estado proletario, por la vía parlamentaria o por la de una insurrección conforme a los métodos blanquistas, son cuestiones que sólo tienen importancia para determinar las relaciones entre marxismo y leninismo; para la interpretación, el restablecimiento y el desarrollo de la doctrina marxista; para las relaciones entre la socialdemocracia y el bolchevismo. Pero son completamente secundarias para estudiar las relaciones entre el bakuninismo -anarquismo y sindicalismo revolucionario- y aquellas dos doctrinas, sean cuales fueren los matices y las interpretaciones que puedan cambiar la apariencia de la una y de la otra. La concepción que constituye el elemento esencial común a ambas -esto es, la concepción de la necesidad del aparato estatal, de la conquista del poder político considerado como requisito indispensable para realizar el socialismo- es, precisamente, la diferencia decisiva y fundamental entre esas teorías y el bakuninismo. En este punto se separan -y no sólo desde la aparición del bolchevismo- las dos vías radicalmente diferentes que conducen a la realización del socialismo.
La delicada cuestión está en el origen de todas las diferencias que existen, en la teoría y en la práctica, entre las dos tendencias; de ella parten tales diferencias y ella es la que separa a las dos corrientes principales del movimiento obrero: la autoritaria y la antiautoritaria, entre las cuales no existen -y no pueden existir- ni transiciones ni matices intermedios.
De todos modos, el leninismo -no así la actual teoría revisionista- está en concordancia con la doctrina marxista ortodoxa en el siguiente punto: después de haber “estatizado” la producción, el Estado se extinguirá. En efecto, también para Lenin, el socialismo es una sociedad sin clases.61 Y como el Estado es siempre la expresión de una sociedad de clases, debe desaparecer al ser suprimidas las clases: “El proletariado sólo temporalmente necesita del Estado. No discrepamos en modo alguno con los anarquistas en cuanto al problema del Estado como meta”.62 Lenin reconoce la índole clasista del Estado, debida a su propia naturaleza, y, de ahí, la imposibilidad de conciliar el socialismo con el Estado. Sin embargo, para poder realizar la sociedad sin clases, es necesario fundar primero un nuevo Estado, a fin de dirigir los medios de represión contra los explotadores. Para llegar a la supresión de las clases, es menester una “dictadura provisional” de la clase oprimida:
“El proletariado necesita el Estado, repiten todos los oportunistas, socialchovinistas y kautskianos, asegurando que ésa es la doctrina de Marx y “olvidándose” de añadir que, en primer lugar, según Marx, el proletariado sólo necesita un Estado que se extingue, es decir, organizado de tal modo, que comiencea extinguirse inmediatamente y que no pueda por menos de extinguirse; y, en segundo lugar, que los trabajadores necesitan un “Estado”, “es decir, el proletariado organizado como clase dominante”.63
¿Por qué es inevitable la extinción? ¿Por qué el Estado proletario comienza a extinguirse inmediatamente? La teoría de Lenin, por desgracia, no lo explica. Mientras que la dictadura del proletariado está justificada meticulosamente, no hay una sola palabra acerca de estos problemas, decisivos para la realización del socialismo. Los hechos hablarán con mucha más elocuencia.
Para restablecer y desarrollar la doctrina marxista, Lenin tomó por su cuenta la concepción de Marx sobre la sociedad sin clases. Marx reconoció -y su análisis es perfectamente correcto- el carácter y la función clasistas del Estado; nunca defendió otra concepción del socialismo que no fuera la de una sociedad sin clases y sin Estado. Mientras en la sociedad haya antagonismos de clases, forzosamente existirá una clase oprimida y para que ésta se libere será menester la creación de una nueva sociedad. Mientras haya antagonismos de clases, existirá el Estado, que es la expresión de esos antagonismos; de ahí que la sociedad socialista -es decir, sin clases- sólo sea posible en una sociedad sin Estado y se identifique con ella. Por lo tanto, la finalidad del movimiento socialista consiste en suprimir esa contradicción entre sociedad y Estado. Después del derrumbamiento de la vieja sociedad, no habrá una nueva dominación de clase, cuyo colofón sería un nuevo poder político:
“La condición de la emancipación de la clase obrera es la abolición de todas las clases, del mismo modo que la condición de la emancipación del tercer Estado, del orden burgués, fue la abolición de todos los Estados, de todos los órdenes”.64
En la sociedad sin clases -ideal de todos los socialistas-, logra su libertad no sólo el proletariado sino la humanidad entera; esta sociedad, con la cual comienza el “reinado de la libertad”, no es en Marx -ya lo hemos dicho- la expresión de una idea filosófica, sino la conclusión lógica del desarrollo económico de la sociedad capitalista. El curso de ese desarrollo era, para Marx, un proceso dialéctico y estaba sujeto a leyes. Con su genial análisis de la economía, Marx había descubierto la ley de la evolución dialéctica de aquélla. Consideraba que esa ley era absoluta y que se aplicaba a la historia, cuyo desarrollo seguía un curso necesario, del que nada podía desviarla. Con la ley del empirismo dialéctico, creía haber descubierto lo que rige dialécticamente a la historia y creía poder predecir el curso de la evolución de la sociedad. Pero el proceso no se desarrollaba con la necesidad inmanente en que creía Marx. Su sistema científico, gracias al cual creía haber triunfado de todas las “utopías”, desembocaba en una utopía “científica”. La evolución del Estado -que, conforme a la lógica, había de conducir a su autosupresión- era el desarrollo de una dialéctica utópica, y la extinción del Estado, una utopía fundada sobre una dialéctica abstracta.
Los hechos históricos muestran que su curso sigue otra dirección, e incluso una dirección opuesta. Dondequiera que el movimiento obrero se ha desarrollado bajo la influencia de las ideas marxistas, vemos que no es la sociedad la que ha suprimido al Estado, sino, al contrario, que es el Estado el que ha suprimido a la sociedad. En vez de tender a una sociedad sin Estado, vemos que el Estado y sus poderes se fortalecen de manera inaudita. La conquista del poder político engendra el despotismo del Estado, que ya casi no se diferencia de las dictaduras burguesas y que constituye una amenaza mortal para toda forma de socialismo.
No podemos indicar aquí las causas sociológicas de esta evolución, tan absolutamente contraria a las previsiones de Marx. Al hacer depender la supresión del Estado de la estatización de los medios de producción y a ésta de la conquista del poder político, Marx forzosamente tenía que reemplazar por el partido político a la clase económica oprimida, cuya misión siempre es suprimir el antagonismo de clases mediante la socialización de los medios de producción. En cambio, la finalidad del partido es, siempre, adueñarse del Estado y utilizarlo en interés propio.
El partido, como tal, no puede ser nunca la organización de la clase, pues la organización de ésta sólo es posible en el terreno económico. Al orientar su actividad hacia la conquista del Estado, el partido se torna cada vez más estatal y, en la “marcha hacia el poder”, su carácter y su finalidad cambian completamente. Si, durante decenios, un movimiento ha tenido determinada posición con respecto al Estado, tal posición no puede menos que influir sobre la sociedad y actuar psicológicamente sobre los afiliados a ese movimiento. La idea de la sociedad sin clases ya no tiene punto de apoyo en la evolución real de la sociedad ni en la lucha de clases, y menos aún en la voluntad o en el pensamiento; pierde toda realidad, se extingue. Como consecuencia del carácter del partido, éste no puede proponerse nunca la supresión del Estado, ya que, por su naturaleza, tiende a conquistarlo, conservarlo y utilizarlo.
Éste es, pues, el resultado teórico que se desprende de los hechos. Como la verdadera actividad de la socialdemocracia ha estado exclusivamente dirigida a la conquista del poder político; como esa finalidad se ha ido logrando de manera cada vez más completa; como los funcionarios del partido han tomado en sus manos los cargos del Estado, ya nadie cree en la extinción del Estado, ni aun como cosa de lejanísimo futuro.
La supuesta concepción marxista del Estado que nace de la actividad reformista y revisionista abandona, pues, hasta en teoría, la utopía marxista de la sociedad sin clases.65 La ideología que acompaña a los dirigentes del partido en la marcha hacia el poder ve a la postre, en el Estado democrático próspero, el signo anunciador del socialismo. E incluso el socialismo, a decir verdad, ya no es otra cosa que ese Estado “más ampliamente desarrollado”; es “la Organización y la Administración”, y esto último ni siquiera en el sentido de la economía -como pensaba el saintsimonismo- sino en el de la política; es la organización estatal de la república democrática.
Los hechos han demostrado que ese Estado democrático -conquista de la revolución- no era “palanca” para llegar al socialismo (de Estado) ni, mucho menos, “terreno” favorable a la evolución hacia el socialismo; por el contrario, el tal “terreno” es mucho más propicio a la reacción y al fascismo, según lo demuestra el curso que siguió la república austríaca a partir del 15 de julio de 1927.
La práctica revisionista y reformista de la socialdemocracia ha hecho que no se hable de la extinción del Estado ni siquiera en teoría, y que se excluya de la doctrina socialdemócrata, por vana utopía, la sociedad sin clases, es decir, la sociedad socialista según Marx. Pero, a su vez, la práctica del bolchevismo demuestra que el Estado proletario bolchevique está tan poco dispuesto a extinguirse como el Estado burgués democrático.
¿Interpretó Lenin a Marx correctamente? Pregunta ociosa ante la evidencia de que su concepción es totalmente desmentida por la realidad.
De acuerdo con la teoría bolchevique, la dictadura habría de ser un “fenómeno provisional” y, según Lenin, la extinción del Estado comenzaría “inmediatamente”. Para provocar tal evolución, se fortalecieron de manera inaudita los medios de poder estatal y se instituyó una policía que supera, con mucho, a la del viejo Estado zarista. ¡Método singular es éste de abolir el Estado fortaleciéndolo y destruyendo, simultáneamente, todo lo que contribuye a debilitarlo! En vez de transformarse en instrumento de opresión contra los antiguos explotadores, la tal dictadura del proletariado se ha convertido en el poder del Estado ejercido por un partido, poder que vuelve a oprimir políticamente y a explotar económicamente a las masas trabajadoras.
“Bajo la dictadura del proletariado, institución, meramente provisional -escribe el teórico leninista Bujarin- los medios de producción no pertenecen a toda la sociedad sin excepción, sino al proletariado, a su organización estatal. Provisionalmente, la clase obrera -esto es, la mayoría de la población- tiene el monopolio de los medios de producción. De ahí que en ese momento no haya relaciones de producción enteramente “comunistas”.
Todavía existe la división de la sociedad en clases; todavía hay una clase dominante -el proletariado- y existe el monopolio de todos los medios de producción por parte de esa “nueva” clase, así como hay un poder estatal (el poder proletario) que oprime a sus enemigos. Pero en la medida en que se destruya la resistencia de los antiguos capitalistas, terratenientes, banqueros, generales y obispos, el orden social sometido a la dictadura del proletariado se transformará en comunismo sin necesidad de revolución alguna”.66
Eso, en teoría. Porque es una falsedad afirmar que “la clase obrera, esto es, la mayoría de la población”, monopoliza los medios de producción; por el contrario, según la teoría de Lenin, quien ejerce la dictadura es la vanguardia de la clase obrera, es decir, el partido bolchevique (¡no hablemos, entonces, de la mayoría de la población!). De modo que los medios de producción pertenecen a ese partido, el único que maneja el Estado y que, por intermedio de la burocracia, afirma su dominación en beneficio propio. Por eso el ex comunista Max Eastman ha dicho, con razón, que todo el control de la riqueza y de la producción industrial de una sexta parte de la superficie de la tierra estaba en manos de unos 18.000 funcionarios del Partido Comunista ruso.67 Los hechos muestran que surge una nueva clase dirigente, la que -como no podía menos de ser- actúa según la naturaleza propia de toda dominación de clase, es decir, explota a una clase oprimida y se expresa en la opresión política ejercida por un nuevo Estado, el Estado de los funcionarios, el Estado burocrático. Y como para el partido bolchevique todos los medios son buenos para llegar al poder, todos los medios serán buenos, también, para conservarlo. La dictadura del partido bolchevique ha confirmado la exactitud de este juicio de Bakunin: el Estado es siempre patrimonio de una clase privilegiada, en último término, de la burocracia, y si después de la revolución surge un poder dictatorial, ese poder necesariamente creará un nuevo Estado, una nueva clase que explotará al pueblo.
De acuerdo con la doctrina que hemos examinado, el Estado nace de la dominación de una clase y tiene por función mantener los antagonismos de clase. Y sin embargo -siempre de acuerdo con esa doctrina-, es, precisamente... ¡el instrumento más adecuado para suprimir las clases e inutilizarse a sí mismo! La práctica ha demostrado cabalmente lo absurdo de tal teoría. El verdadero carácter del Estado no se ha modificado bajo la dominación de los bolcheviques y la supuesta dictadura del proletariado no carece de las consecuencias sociales y psicológicas que entraña inevitablemente toda dictadura. Las previsiones de Proudhon y Bakunin se han confirmado: si se intenta afirmar el socialismo por medio del Estado, sólo se engendrará la reacción.
Pues, a estas alturas, ¿quién puede esperar seriamente que debilite el poder del Estado una dictadura caracterizada por un centralismo como no se había conocido nunca y por el reinado de la burocracia y el terror? Después de conocida la práctica del bolchevismo, sostener -como hacen los leninistas- que el Estado proletario se extinguirá inmediatamente y que, por su naturaleza, no puede sino extinguirse es, no sólo una abstracción teórica, carente de sentido, sino, sencillamente, una burda superchería.
El fracaso del comunismo bolchevique es algo más que el fracaso de un sistema; es, en todas sus manifestaciones, la condena aplastante del principio político en la revolución y de los métodos del socialismo autoritario. Ese fracaso ha demostrado que la aplicación de ciertos métodos, bien definidos, es inseparable del carácter de esos métodos. Existe una dictadura de los métodos; por eso, para realizar la libertad -por ejemplo- el método a emplear no es la dictadura, y por eso el Estado no puede servir para dar nacimiento a una sociedad sin Estado.
No se puede alcanzar por un medio cualquiera un fin bien determinado, pues cada medio entraña consecuencias muy precisas; de ahí que resulte imposible independizar el medio del fin.
Estamos de acuerdo, pues, con la primera mitad de la célebre proposición formulada por Bernstein -o atribuida a Bernstein-: “el movimiento lo es todo”. La interpretamos así: el movimiento debe estar indisolublemente ligado a la meta final, debe apuntar siempre a ese fin e inspirarse en él, y los medios que ponga en práctica para alcanzarlo deben estar en concordancia con él.
La desenfrenada violencia y el terrorismo de los bolcheviques no son, pues, sino la consecuencia de su fe supersticiosa en la omnipotencia del poder político y la última ratio de su dictadura.
En todo caso, si Marx pensaba que había que revolucionar las cabezas antes de hacer la revolución, hoy, en Rusia, los marxistas blanquistas piensan que después de la revolución ¡hay que cortar las cabezas a los revolucionarios! “Queréis organizar el trabajo” -escribía Proudhon, en 1848, contra los jacobinos socialistas de su época- “y no tenéis otro método que la violencia, ni otra autoridad que la dictadura, ni otro principio que el terror, ni otra teoría que la bayoneta”.
Desde el bando reformista del marxismo se ha señalado que, si bien Marx habló de dictadura, no la entendía como ejercicio del poder por una minoría apoyada en el terror sino, por el contrario, como obra de la mayoría, y que, por consiguiente, la concepción de los bolcheviques estaba en desacuerdo con la de Marx. ¡Pues si es así -agregamos nosotros-, mucho más lo está con la de Bakunin!
El comunista revolucionario Graco Babeuf, el conspirador clásico de la revolución francesa, fue el primero en defender la doctrina de la instauración del comunismo por decreto; quería conquistar el poder político por un golpe de Estado, obra de una minoría bien organizada. La concepción de Babeuf -como la mayoría de las ideas de la revolución francesa- se inspiraba en la “igualdad natural” de Rousseau y su programa comunista estaba tomado de los filósofos moralistas de finales del siglo XVIII, como Morelly, Mably y, en parte, Condorcet.
La revolución -que había abolido los privilegios de la nobleza y el clero, destruyendo así el régimen feudal- había concedido cierta igualdad ante la ley, por la constitución de 1791, pero no había dado al pueblo la igualdad de derechos políticos. La constitución de 1793 abolió los privilegios electorales y proclamó la libertad política. Como es sabido, esta constitución, cuyo artículo primero establecía: “la finalidad de la sociedad es el bien común”, nunca fue puesta en vigor; se la suspendió “provisionalmente” para dar paso a la dictadura de Robespierre.
Lo que se denominó el Régimen del Terror llevó a término la revolución, es decir, legalizó la abolición definitiva de los derechos feudales, conquista ya obtenida por los campesinos mediante la acción directa. El régimen de Robespierre -que inauguró el poder burgués propiamente dicho y legalizó la propiedad- creó nuevos privilegios, ligados a la propiedad y a la riqueza, pero creó también la centralización política, que abrió luego el camino a Napoleón y que serviría de ejemplo a todos los Estados modernos.
La conjuración de Babeuf se proponía hacer que la igualdad fuera una realidad en la vida social, pues para entonces ya era evidente que no es posible realizar la igualdad sin suprimir la desigualdad de bienes. La igualdad se establecería merced al comunismo de Estado. Un gobierno dotado de poder dictatorial regularía la producción y la distribución. Nadie podría consumir nada perteneciente a la “comunidad nacional de bienes”, si no le era dado por la Autoridad; nadie tendría derecho a expresar opiniones que no hubieran sido previamente reconocidas, por la más alta instancia de la Dictadura, como provechosas para la República y para la Igualdad. Sólo los bolcheviques han puesto en práctica estos proyectos. Los decretos preparados por Babeuf y sus amigos constituyen, hasta en sus menores detalles, el más perfecto comunismo estatal y ofrecen el cuadro más desolador que de la sociedad se pueda imaginar.
El golpe de Estado, al igual que las futuras leyes del Estado había sido proyectado minuciosamente; pero una traición lo hizo fracasar. La conspiración apuntaba contra el Directorio, que había tomado el poder tras la contrarrevolución del 9 de Termidor (24 de julio de 1794) y la caída de Robespierre. Era el régimen de la república burguesa, que restablecía los privilegios de la burguesía y volvía a abrogar la constitución de 1793. Los conjurados se proponían derribar al gobierno contrarrevolucionario y poner realmente en vigor la constitución de 1793.
Pero su finalidad no era solamente instalar un nuevo gobierno; darían buenas leyes a toda Francia, para realizar la felicidad general y la igualdad universal, con cuyo objeto recurrirían a la dictadura. Habían visto de cerca, y admirado, el ejemplo de un poder político centralizado de tipo dictatorial. No valía la pena modificar o mejorar la dictadura jacobina: era perfecta.

Philippe Buonarroti, que participó en la conspiración y fue miembro del “Directorio Secreto”, escribió la historia de aquélla.


El libro, publicado en 1828, muestra la psicología de los complotados babuvistas y puede considerarse, hasta el día de hoy, como un manual clásico para el estudio de la dictadura. Buonarroti describe minuciosamente los preparativos del golpe de Estado. Los conjurados estaban de acuerdo en que era necesario instalar una nueva autoridad después de la caída del gobierno.
¿En qué forma? Juzgaban que el sufragio universal era demasiado peligroso porque el pueblo, lejos de aspirar al régimen del “orden natural”, no estaba en condiciones de elegir a los hombres capaces de conducirlo a la situación de la feliz sociedad primitiva. La revolución ha demostrado sobradamente -agrega- que el pueblo no sabe elegir a los hombres adecuados y que, para ejercer la autoridad revolucionaria, se necesita un gran número de hombres sagaces y valerosos, a fin de liberar definitivamente a las masas de la influencia de los enemigos de la Igualdad. Por lo tanto, ¡dictadura provisional! ¿Quién la ejercería?
Problema de gran importancia, cuya solución, como lo demuestra la evolución de la dictadura soviética, no siempre ha sido sencilla. Uno de los conjurados, Darthé, amigo de Babeuf y condenado a muerte junto con él, recomendaba la dictadura personal. Los demás reconocían sus ventajas, pero entendían que mayores eran sus inconvenientes, dificultad de elección, temor de que se usara abusivamente de ella, semejanza aparente con la monarquía y dificultad casi insalvable de superar ese prejuicio. Por tales razones, se resolvió confiar el poder a un pequeño grupo de hombres.68
Después de tomar el poder político, la dictadura promulgaría los decretos y así se haría realidad el comunismo. Ésta es la idea que da su significación histórica a la tentativa de dictadura jacobina y babuvista. Este socialismo por decreto es el que después se convertiría en elemento esencial de todos los sistemas socialistas autoritarios. El libro de Buonarroti ejerció gran influencia sobre las sociedades secretas que se formaron bajo el reinado de Luis Felipe, y, a partir de 1835, surgieron conspiraciones “blanquistas”, dirigidas, sobre todo por Barbès y Blanqui, que adoptaban los métodos y las finalidades de Babeuf. Fueron también estas ideas las que el supuesto bakuninista Tkachov difundió en Rusia y las que el bolchevismo aplicó, en escala mundial, no sólo en cuanto a las finalidades sino también en los métodos e incluso en el texto literal de sus decretos.
Lo esencial de estas ideas reside no tanto en la táctica conspirativa del golpe de Estado como en la utilización del poder político conquistado en esa forma. También ahí hay concordancia fundamental entre el bolchevismo y el marxismo. Es muy cierto que Marx se retractó de su concepción inicial, puramente blanquista; que subordinó la conquista del poder político a ciertas condiciones resultantes de las relaciones de producción, y que, además, la asignó a una clase y no a un partido. Pero no es menos cierto que la fe en la omnipotencia del poder político permanece incambiada en lo esencial. Marx creía haber superado científicamente las doctrinas de los grandes pensadores socialistas, de los saintsimonianos, de Fourier, de Owen y de Proudhon, todos los cuales concordaban en cuanto a la transformación de la sociedad por medios sociales. Pero, en realidad, sólo había fundado una nueva utopía con su evolución dialéctica, a la vez social y política. Hecho esto, el camino volvía a estar libre para el babuvismo, pero entonces el marxismo dejaba de ser la superación de todos aquellos “utopistas” y significaba, en cambio, un retorno a los jacobinos y al estatismo burgués.
En la obra donde expone el programa del revisionismo, Bernstein señala las fuertes tendencias blanquistas de Marx y de Engels. Lo esencial del blanquismo, en efecto, no es la teoría del putsch o la manía de las sociedades secretas. Ver en el blanquismo sólo una teoría de la revolución preparada por un pequeño partido revolucionario que actúa conforme a planes bien estudiados es detenerse en lo accesorio. Este aspecto corresponde a la táctica y, en parte, es cosa circunstancial. No por condenar el putschismo se libra uno del blanquismo. “El blanquismo es más que la teoría de una táctica; su táctica es emanación de una teoría más hondamente soterrada: la teoría de la inmensa capacidad creadora del poder político revolucionario y de su expresión, la expropiación revolucionaria”.69
En lo tocante a la posibilidad de usar el poder político con fines económicos, Marx y Engels no van más allá de su inicial doctrina blanquista, que se remonta a 1793 y 1796, a Robespierre y a Babeuf. La exposición de Bernstein es correcta; sólo hay que completarla. El carácter del blanquismo no reside en la táctica del putsch sino en la teoría de la transformación de la sociedad por medio del poder político revolucionario. Se trata de instaurar el socialismo por la vía de los decretos, y entonces la forma de Estado que darán esos decretos no reviste capital importancia.
Así como la táctica empleada para conquistar el poder político es de importancia secundaria en lo tocante a la naturaleza del blanquismo, así la forma del poder político no desempeña su papel decisivo para caracterizar al socialismo por decreto. Todos los sistemas del socialismo autoritario coinciden en que el socialismo sólo se puede realizar por medio del Estado; ése es, dentro del marxismo, el punto de convergencia de la socialdemocracia y del bolchevismo. Pero eso tiene importancia únicamente en la medida en que la socialdemocracia todavía persiga finalidades socialistas. La historia de este movimiento en la república alemana -desde Noske a Zörgiebel- muestra que los socialdemócratas por principio no son adversarios de la dictadura y que incluso son partidarios de la dictadura militar. Por cierto, no se trata, en su caso, de utilizar el poder militar con fines económicos o para implantar el socialismo sino, todo lo contrario, para asesinar a los trabajadores en nombre de una feroz reacción y en beneficio de la burguesía. Cuando ese partido tuvo en sus manos el poder político revolucionario, actuó como los fascistas y abrió paso al fascismo: es lo que Rudolf Rocker expuso en un brillante artículo sobre los sangrientos sucesos de mayo de 1929 en Berlín. Además, ese partido no es, hablando con propiedad, ni blanquista ni marxista y menos aún socialista. Es un partido (pequeño) burgués que persigue supuestas finalidades democráticas en una república capitalista.
Los bolcheviques, por el contrario, han restaurado no sólo las tendencias blanquistas del marxismo sino también elementos del blanquismo y del babuvismo. Además, no lo niegan:
Trotsky, por ejemplo, ha señalado esa coincidencia. Según Kautsky, el bolchevismo despertó a nueva vida las ideas anarquistas y antipolíticas de Proudhon, combatidas y vencidas por Marx. Trotsky rechaza tal opinión: “[...] desde el punto de vista teórico, esta afirmación es una de las más desvergonzadas del folleto [...] Kautsky podría compararnos -y estaría mucho más en lo cierto- con los adversarios de los proudhonianos -los blanquistas-, que comprendían la necesidad del poder revolucionario y no subordinaban la conquista de éste a la observancia supersticiosa de las reglas formales de la democracia”.70
Sea cual fuere la relación que, dentro del bolchevismo, pueda existir entre las ideas marxistas y las blanquistas, queda fuera de toda duda que aquél nada tiene que ver con el bakuninismo.
Pues lo que Bakunin siempre combatió más fue, precisamente, el principio jacobino del Estado y la revolución; la idea de que la conquista del poder político traería transformaciones sociales y de que el Estado abriría el camino al socialismo y a la libertad. Si no condenaba los intentos revolucionarios que se producían en Rusia -“el camino de la liberación por la ciencia está cerrado para nosotros”, decía- era porque éstos no constituían intentonas golpistas encaminadas a conquistar el poder sino alzamientos que procuraban la destrucción total del Estado moscovita, sin la que sería imposible una nueva organización de la sociedad.
Igualmente falso es establecer paralelos entre los proyectos que formuló Bakunin para crear una sociedad secreta de revolucionarios y las “sociedades secretas” de los babuvistas y los blanquistas. Bakunin creía que con una organización secreta podría alcanzar las finalidades libertarias que se proponía: la destrucción del Estado y de todo poder estatal, creencia que sólo cabe explicar y comprender relacionándola con la vida y la época del propio Bakunin. Pero su objetivo seguía siendo el opuesto al de todos los conspiradores políticos formados en la escuela del jacobinismo, que perseguían la implantación de una dictadura revolucionaria.71
Para Bakunin, la dictadura era la negación del socialismo.
Ningún otro pensador socialista, ni antes ni después de él -ni siquiera “nuestro grande y verdadero maestro Proudhon”-, comprendió mejor que Bakunin el nexo indisoluble que une a la libertad y a la igualdad. A su juicio, la libertad meramente política era la libertad de la esclavitud y, como el comunista jacobino Babeuf, tenía conciencia de que la libertad, sin igualdad económica, era tan sólo una palabra. Las experiencias de las revoluciones francesas de medio siglo le habían enseñado que no se llega a la libertad por la igualdad política sino por la libertad económica y por la abolición de todos los privilegios políticos y económicos.
Para él, la condición primera era la igualdad; la libertad sólo sería posible después de la igualdad, en ella y por ella, pues toda libertad fuera de la igualdad constituiría un privilegio, la dominación de una minoría y la esclavitud de la gran mayoría. La filosofía de Bakunin está regida enteramente por este concepto de libertad, que no es abstracto y metafísico, sino humano, vale decir, social. Había comprendido Bakunin que, para que el individuo sea libre, es preciso que todos lo sean y que, por lo tanto, la libertad no es cosa individual sino social. Sólo con la libertad de los otros se afirma y alcanza su plenitud la libertad de cada individuo. Para ser libre, hay que estar rodeado de hombres libres y ser reconocido por ellos como hombre libre. Bakunin defendía la igualdad económica y social porque sabía que, sin ella, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moral y el bienestar de cada uno, así como la prosperidad de las naciones, no serían más que mentiras.
Si bien esta concepción es como un hilo conductor que nos guía a través de todos los escritos de Bakunin, hay otro, que se entrelaza con el primero para recordarnos que la igualdad no puede existir sin la libertad.
La igualdad sin libertad era, a los ojos de Bakunin, una ficción detestable, inventada por impostores para engañar a imbéciles:
“[...] pero como al mismo tiempo soy partidario de la libertad -condición primera de la humanidad-, creo que la igualdad debería ser establecida en el mundo por la organización espontánea del trabajo libre y de la propiedad colectiva, por la libre federación de las comunas, nunca por la acción suprema y tutelar del Estado”.72
Entendía que la igualdad sin libertad era el despotismo del Estado:
“[...] y el Estado no puede subsistir ni un solo día sin tener por lo menos una clase explotadora y privilegiada: la burocracia”.
La conspiración de Babeuf y otras tentativas análogas forzosamente tenían que fracasar, porque, en los sistemas de todas ellas, la igualdad estaba asociada con el poder y la autoridad del Estado, y por ello mismo excluía la libertad. Como ya había dicho Proudhon, la combinación más funesta que se pudiera formar sería la que uniese al socialismo con el absolutismo, la aspiración del pueblo a la liberación económica y al bienestar material con la dictadura y la concentración de todos los poderes políticos y sociales en manos del Estado.
“Que el futuro nos libre de los favores del despotismo -prosigue Bakunin- y que nos salve de las consecuencias desastrosas y embrutecedoras del socialismo autoritario, doctrinal, estatal. Seamos socialistas, pero no nos convirtamos nunca en pueblos rebaños. Busquemos la justicia, la plena justicia política, económica y social, pero jamás por otro camino que el de la libertad. Fuera de la libertad no puede haber nada vivo y humano, y el socialismo que la expulse de sí o que no la acepte como base y como único principio creador nos llevará rigurosamente a la esclavitud y a la bestialidad”.73
Por eso Bakunin consideraba completamente errada “la idea de los comunistas autoritarios de que la revolución social puede ser decretada y organizada por una dictadura o por una asamblea constituyente surgida de una revolución política”. Sólo después de la abolición del Estado -condición primordial, insoslayable, de la liberación efectiva-, podrá la sociedad organizarse sobre nuevas bases, pero no de arriba a abajo, no de acuerdo con un plan quimérico o por obra de decretos promulgados por un poder dictatorial:
“[...] tal sistema conduciría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase que nada tiene en común con la masa del pueblo; y esta clase volvería a explotarlo y a someterlo, so pretexto del bien común o de la salvación del Estado”.74
El folleto contra la Alianza -que pretende demostrar la coincidencia del bakuninismo con el bolchevismo- reproduce el Programa y objetivos de la organización revolucionaria de los hermanos internacionales. Bakunin resume en él su pensamiento: “[...] el triunfo de los jacobinos o de los blanquistas sería la muerte de la revolución”. Y tras esta condenación, tan precisa, del futuro bolchevismo, expresa:
“[...] somos los enemigos naturales de esos revolucionarios - futuros dictadores, reglamentadores y tutores de la revolución- que, aún antes de que sean destruidos los Estados monárquicos, aristocráticos y burgueses de la actualidad, ya sueñan con la creación de Estados revolucionarios nuevos, tan centralizadores y despóticos como los Estados que hoy existen [...] De revolucionaria no le quedará más que el nombre a la nueva autoridad; será una nueva reacción, porque significará para las masas populares -gobernadas por decretos- una nueva condena a la obediencia, a la inmovilidad, a la muerte, es decir, a la explotación por parte de una nueva aristocracia revolucionaria”.75
Y en su obra El Estado knuto-germánico, escribe: “Con los decretos no se extirpa nada. Por el contrario, los decretos y todos los actos de la autoridad consolidan lo que quieren destruir”.
Hay que golpear a la reacción con los hechos y no hacerle la guerra con decretos. Por eso Bakunin era adversario de todo Estado -así del reaccionario como del titulado revolucionario-, pero también del Estado de transición durante el período revolucionario, del Estado proletario “que se extingue”, del tipo marxista-leninista: “[...] cuando en nombre de la revolución se quiere crear el Estado, aunque sólo sea el Estado provisional, se crea la reacción y se trabaja por el despotismo, no por la libertad; por la institución del privilegio y contra la igualdad”.
¡Conque Bakunin precursor del bolchevismo! Basta con las citas que hemos hecho para que esa peregrina afirmación se desplome (y en cada página de sus obras se encontrarán pasajes como los citados). Una refutación tan completa y exacta de la teoría y la práctica del bolchevismo es única en la literatura socialista, y causaría asombro a los historiadores.
El 4 de abril de 1917, cuando, al día siguiente de su llegada a Petrogrado, Lenin pronunció su primer discurso en el soviet y expuso su programa, el socialdemócrata Goldenberg hizo -según se dice- la observación siguiente: “Lenin presenta hoy su candidatura a un trono que está vacante en Europa desde hace treinta años: el trono de Bakunin. En las modernas palabras de Lenin se percibe el eco de viejas ‘verdades’ de un anarquismo primitivo y superado”.
El doctor Elías Hurwicz, que recoge este comentario en su Historia de la última revolución rusa, lo considera “agudo”; y sin embargo, como surge de su bibliografía, Hurwicz conoce la gran biografía de Bakunin escrita por Nettlau. Por nuestra parte, podemos afirmar, con toda tranquilidad, que los conocimientos que sobre el anarquismo tienen esos teóricos del “socialismo científico” que han descubierto en el bolchevismo un retorno al bakuninismo no van más allá del folleto contra la Alianza. Por “agudo” que sea el comentario sobre el trono de Bakunin, resiste tan poco el examen crítico como las afirmaciones, menos “agudas”, sobre el “retorno al bakuninismo” o sobre el Bakunin “precursor”.
Concedamos que los socialdemócratas estén por encima de ese anarquismo primitivo y superado, del que no conocen ni aun lo elemental. Pero las “verdades” enunciadas por Bakunin son inmortales, no porque sean oráculos sin réplica o dogmas inapelables sino porque expresan un profundísimo conocimiento de la vida y porque nacen de una inagotable fuente de vida: la aspiración apasionada a la verdadera emancipación del hombre.
Puede que, al cabo de medio siglo, las ideas de Bakunin hayan sido superadas por los socialdemócratas, pero no por la historia. No habría valido la pena demostrar la falsedad de una afirmación de los teóricos e historiadores socialdemócratas si no fuera porque, al hacerlo, se ha demostrado algo que es más importante: hasta qué punto la historia ha corroborado a Bakunin. En sus trabajos él dijo siempre que el socialismo estaba condenado a muerte si se entregaba al Estado y a la dictadura.
Hoy podemos leerlos como comentario crítico de la historia de la revolución rusa y de su trágica declinación bajo la dictadura del Estado bolchevique. Por ello, las enseñanzas que deben extraerse de estos hechos históricos harán que todos los verdaderos socialistas vayan a Bakunin y que sólo hoy empiece a sentirse su verdadera influencia.



Marxismo y anarquismo
Capítulo i los antecedentes históricos antes de 1917
Capítulo iii la revolución de octubre
Capítulo iv el estado bolchevique y los soviets



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