Manual del aprendiz estudio interpretativo sobre el valor



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ASIENTOS Y LUGARES

De ambos lados, Norte y Sur, están los asientos, respectivamente, de los Aprendices, de los Compañeros y de los Maestros: los primeros tienen que sentarse en la región menos iluminada por el Sol por ser todavía incapaces de soportar la plena luz del Mediodía, en donde los compañeros y los Maestros, del lado del Occidente y del Oriente, respectivamente, trabajan con provecho, los primeros ayudando a los segundos.


La parte oriental del Templo se halla elevada sobre tres gradas, con respecto al piso de la Logia, significándose con ello que no se puede llegar al Mundo de las Causas sino elevándose por medio de la abstracción y de la meditación a las regiones superiores del pensamiento, donde aparecen con claridad los Principios originarios que constituyen la Esencia Eterna de las cosas sensibles.
Sobre esta elevación se sientan, respectivamente, al Norte y al Sur, y a la derecha e izquierda del Ven.·.M.·., el Secretario y el Orador, y más abajo, el Hospitalario y el Tesorero, el Portaestandarte y el Maestro de ceremonias. Estos, con los dos Diáconos, los dos Expertos y el Guardatemplo constituyen los Oficiales de la Logia, que cooperan con los tres Dignatarios en las diferentes ceremonias que se desarrollan para el orden y armonía de los trabajos.
De acuerdo con la etimología que hemos dado para esa palabra, el templo masónico no tiene ventanas: esto significa que no recibe luz de afuera, sino únicamente de adentro. Por esta razón tiene que cerrarse herméticamente al mundo profano y su puerta está vigilada constantemente por el Guardatemplo, armado de espada, símbolo de la vigilancia que constantemente debemos ejercer sobre todos nuestros pensamientos, palabras y acciones, para hacer de ellos un uso constructivo, y progresar constantemente en el sendero de la Verdad y de la Virtud.

PARTE CUARTA

APLICACIÓN MORAL Y OPERATIVA DE LA


DOCTRINA SIMBÓLICA DEL GRADO DE APRENDIZ

TRABAJO DEL APRENDIZ
Desbastar la piedra bruta, acercándola a una forma en relación con su destino: he aquí la tarea o trabajo simbólico al que tiene que dedicarse todo Aprendiz para llegar a ser el obrero que posee enteramente su Arte.
En este trabajo simbólico, el Aprendiz es a la vez obrero, materia prima e instrumento. Él mismo es la piedra bruta, emblemática de su actualmente todavía muy imperfecto desarrollo, a la que tiene que convertir en una forma, o perfección interior, que se halla en estado latente dentro de esa imperfección evidente, de manera que pueda tomar y ocupar el lugar que le corresponde, de acuerdo con el Plan, en el edificio al que está destinada.
Dado que la Perfección es infinita, y en su estado absoluto inasequible, únicamente podemos esperar acercarnos a la perfección ideal que nos es dado concebir, en el estado o etapa de progreso en que actualmente nos encontramos. Nuestro progreso se desarrolla, pues, a través de grados sucesivos de perfección relativa, y el propio reconocimiento de nuestra imperfección por un lado (la piedra bruta), y el de un ideal que anhelamos, por el otro, son las primeras condiciones indispensables, para que pueda haber un tal esfuerzo o trabajo.
El trabajo mismo consiste en despojar a la piedra de sus asperezas, poniendo primero en evidencia las caras ocultas en el estado de rudeza de la piedra; luego, rectificando esas caras, alisándolas y quitándoles todas aquellas protuberancias que la alejan de una forma armoniosa como la que es preciso lograr.
Es importante notar que no se trata de acercar la piedra a la forma de un determinado modelo exterior, si bien esto puede servir de incitación e inspiración, sino que el modelo o perfección ideal ha de buscarse dentro de la misma piedra, de cuyo fuero íntimo ha de ser manifestada o educida la forma propia que a cada piedra idealmente le pertenece. O sea, saliéndonos de la metáfora, se trata de reconocer y manifestar la perfección innata del Ser Intimo, de la Idea Divina que mora en cada uno de nosotros, cuya expresión relativa y progresiva es el objeto constante de la existencia.


LOS INSTRUMENTOS DE LA OBRA

Ese trabajo de la piedra, que también históricamente es el primer trabajo humano, necesita para su perfección tres instrumentos característicos, que son el martillo, el cincel y la escuadra. Esta nos sirve de medida a fin de asegurarnos de que la obra más propiamente activa de los dos primeros procede con las normas o criterios ideales universalmente reconocidos y aceptados; aquéllos son los medios complementarios con los cuales la perfección concebida o reconocida ha de hacerse efectiva.


La escuadra representa fundamentalmente la facultad del juicio que nos permite comprobar la rectitud o falta de la misma, o sea la octogonalidad de las seis caras que se trata de labrar, así como de sus aristas y de los ocho ángulos triedros en que se unen, con objeto de que la piedra sea rectangular, como ha de serlo toda piedra destinada a formar parte de un edificio.
Por medio de la escuadra es como nuestros esfuerzos para realizar el ideal que nos hemos propuesto pueden ser constantemente comprobados y rectificados. De manera que estén realmente encaminados en la dirección del ideal, según lo muestra la simbólica marcha del Aprendiz, que nos enseña la cuidadosa aplicación de ese precioso instrumento sobre cada paso y en cada etapa de nuestra diaria existencia.
En cuanto al martillo y el cincel, como instrumentos propiamente activos, precisamente representan los esfuerzos que, por medio de la Voluntad y de la Inteligencia, necesitamos hacer para acercarnos a la realización efectiva de esos Ideales, que representan y expresan la perfección latente de nuestro Ser Espiritual. El martillo, que utiliza la fuerza de gravedad de nuestra naturaleza subconsciente, de nuestros instintos, hábitos y tendencias, es, pues, emblemático de la Voluntad, que constituye la primera condición de todo progreso, y es al mismo tiempo el medio indispensable para realizarlo.
Necesitamos querer antes de poder hacer, y también para hacer y poder hacer, siendo la Voluntad la fuerza primaria de la cual pueden considerarse derivadas todas las demás fuerzas, y por lo tanto aquella que a todas puede dominar, atraer y dirigir.
Debemos, sin embargo, precavernos de los excesos a los que pudiera conducirnos el culto exagerado de la facultad volitiva, dado que los resultados de esta Fuerza soberana entre todas las fuerzas cósmicas pueden también ser destructivos, cuando no se la aplique y dirija constructivamente por medio del discernimiento que se necesita para su manifestación más armónica, de acuerdo con la Unidad de todo lo existente. Pues así como el martillo empleado sin el auxilio del cincel, que concentra y dirige la fuerza de aquél en armonía con los propósitos de la obra, pudiera fácilmente destruir la piedra en lugar de acercarla a la forma ideal para su destino, así igualmente la Voluntad que no se acompaña con el claro discernimiento de la Verdad no puede nunca manifestar sus efectos más sutiles, benéficos y duraderos.
El propósito inteligente que debe dirigir la acción de la voluntad es lo que representa precisamente el cincel, como instrumento complementario del martillo en la Obra masónica. Esa facultad que determina la línea de acción de nuestro potencial volitivo no es menos importante que esto, dado que de su justa aplicación, alumbrada por la Sabiduría que se manifiesta como discernimiento y visión ideal, dependen enteramente la cualidad y bondad intrínsecas del resultado: una hermosa obra de arte sobre la cual se ha de cernir la admiración de los siglos, o bien la obra tosca y mal formada que revela una imaginación enferma y un discernimiento todavía rudimental.
Para que la acción combinada de ambos instrumentos sea realmente masónica, esto es, útil y benéfica para el propósito de la evolución individual y cósmica, tiene que ser constantemente comprobada y dirigida por la Escuadra de la Ley o norma de rectitud, cuyo ángulo recto representa la rectitud de nuestra visión, que nos pone en armonía con todos nuestros semejantes y nos hace progresar rectamente en la Senda del Bien.
Esta función eminentemente directora de la Escuadra, que representa y expresa la Sabiduría, hace de la misma el símbolo más apropiado del Ven.’.M.’., así como el martillo, emblema de la Fuerza, puede atribuirse al Primer Vigilante, y el cincel, productor de la Belleza, al Segundo. Y así como la actividad combinada de los tres instrumentos es indispensable para la obra masónica, así igualmente la cooperación más completa de las tres Luces de la Logia es indispensable para que ésta pueda desarrollar una labor realmente fecunda.


EL IDEAL

Los dos Vigilantes representan también, respectivamente, el nivel y la plomada. Esta última principalmente concierne al Aprendiz, en cuanto muestra la dirección vertical de sus esfuerzos y de sus aspiraciones, para realizar lo que hay de más elevado en su ser y en sus potencialidades latentes.


Este esfuerzo, en sentido opuesto a la gravedad de los instintos, es el que caracteriza al masón en su deseo de mejoramiento. Su mira debe, pues, dirigirse constantemente hacia el Ideal más elevado de su alma, para realizarlo en cada pensamiento, palabra y acción.
Así como la planta crece y progresa por medio de sus esfuerzos verticales, así también nosotros, fijando nuestra mirada en el Ideal que nos revela la verdadera luz, creceremos en su dirección y llegaremos a encarnarlo, adelantándonos en la senda de nuestro progreso individual.
Este es el uso que debemos hacer de la plomada para levantar el simbólico Templo a la Gloria del Gran Arquitecto, de que proceden nuestras más elevadas aspiraciones: el Templo que construimos o levantamos en nuestro interior con nuestra propia vida, la actividad constructora que obra en nosotros según los planes de la Inteligencia Creadora o Principio Evolutivo del Universo, a la cual tenemos el privilegio de cooperar conscientemente con nuestro entendimiento y buena voluntad.
El Templo y la piedra cúbica son una misma cosa: el Ideal que debemos realizar individualmente y en nuestra vida esforzándonos en superar nuestros defectos y debilidades, y en vencer y dominar nuestros vicios, instintos y pasiones, que son las asperezas de la piedra bruta que representa nuestro estado de imperfección.
El perfeccionamiento de sí mismo: he aquí la parte esencial y fundamental en la Obra del Aprendiz. Un perfeccionamiento que consiste en educar, o sea educir: sacar fuera y manifestar a la Luz las gloriosas posibilidades de nuestra Individualidad, despojándonos de los defectos, errores, vicios e ilusiones de la personalidad, el antifaz que esconde nuestra más verdadera naturaleza.
Caminar y esforzarse hacia la Luz, buscar la Verdad y establecer en su dominio el Reinado de la Virtud, libertarse progresivamente de todas las sombras que oscurecen y nos impiden la manifestación de esta Luz Interior que debe brillar siempre más clara y firmemente, esclareciendo y destruyendo toda tiniebla, es, en síntesis, la noble tarea de todo verdadero masón.
Una vez que hayamos abierto los ojos a este superior estado de conciencia y que la hayamos directamente reconocido, esta Luz que está en nosotros se manifestará naturalmente alrededor de nosotros en la vida toda, así como en nuestros pensamientos, palabras y acciones.


PENSAMIENTO, PALABRA Y ACCIÓN



Pensar, hablar y obrar, según mejor podamos, de acuerdo con nuestros más íntimos ideales y profundas convicciones, es un trinomio que directamente nos concierne en cada momento de nuestra diaria existencia.
Pensar bien es pensar rectamente, de acuerdo con la escuadra del Juicio, orientando toda nuestra actividad mental hacia lo que en sí sea bueno, bello y verdadero. El pensamiento recto es pensamiento positivo y constructivo, sentado sobre las fundaciones inviolables de la Verdad y del Bien: los pensamientos negativos y deprimentes y todos los pensamientos inarmónicos que descansan sobre la ilusión deben desecharse de la mente, así como Jesús lo hizo simbólicamente con los profanadores del Templo.
Esa misma escuadra debe apoyarse, según nos lo indica el signo de Aprendiz, sobre la garganta, para medir todas nuestras palabras, de conformidad con nuestros ideales y sentimientos más elevados, rechazando todas aquellas que no se conformen con esa medida, de manera que nunca se hagan ellas portavoces de nuestras tendencias más bajas y negativas, de nuestros errores y juicios superficiales, de nuestros resentimientos y pasiones mezquinas, o del dominio que la ilusión puede tener todavía sobre nosotros. Debemos, asimismo, evitar toda crítica que no sea realmente constructiva, y sobre todo nos permitirnos ninguna expresión que no sea inspirada por una verdadera benevolencia.
El dominio de las palabras es más fácil que el de los pensamientos, y, en la medida de la sinceridad individual, tiende a producirlo. Pero este último es, naturalmente, el más importante dado que nuestras palabras no pueden expresar sino aquello que “se encuentra en nuestro corazón”. De aquí cómo a la selección de las palabras deberá seguir la de los pensamientos, según lo indica, como veremos, el signo del Compañero.
De la misma manera, según dominemos nuestras palabras y pensamientos, nos será posible dominar también nuestras acciones. Y así llegaremos al tercer punto: obrar bien, o sea acertadamente, y en nivel con las leyes morales de equidad y justicia que gobiernan las relaciones armónicas entre los hombres, y en aplomo con nuestros mismos principios, ideales y aspiraciones. Este es, pues, el signo con el cual se hace universalmente conocer y reconocer el Masón.


EL TOQUE

También el toque tiene un sentido profundo, de lo que no se dan cuenta la mayoría de los masones, dado que significa, de una manera general, la capacidad de reconocer la cualidad real que se esconde bajo la apariencia exterior de una persona, y, por lo tanto, implica un grado de discernimiento proporcionado al grado de comprensión que hemos individualmente alcanzado.


Mientras el hombre profano al conocimiento de la Verdad (que se consigue por medio de la iniciación) basa sus juicios y sus apreciaciones sobre consideraciones puramente exteriores, el iniciado se esfuerza en verlo todo a la Luz de lo Real y juzga de una manera bien distinta, por haber adquirido, en un grado proporcionado al de su iniciación, la facultad de ver las cualidades reales, íntimas y profundas de las cosas.
En vez de quedarse en la superficie, en la máscara que constituye la personalidad, o sea la parte más superficial e ilusoria del hombre, se esfuerza en ver su individualidad, o la expresión individualizada del Principio Divino en él, que constituye su Espíritu, el Hombre-Real, Eterno e Inmortal.
Los golpecitos son los toques simbólicos con los cuales la cualidad de masón vibrará en respuesta natural y espontáneamente manifestándose como tal. Este reconocimiento prepara el abrazo fraternal en el cual se comunica la Palabra, o sea el Verbo y el Ideal más elevado que se halla presente en sus corazones y que esconden celosamente para el mundo profano de la crítica y de la malevolencia, las “malas hierbas” que sofocarían e impedirían el crecimiento de esos preciosos gérmenes espirituales.
Cada golpe es un esfuerzo para penetrar debajo de la piel, o sea bajo la ilusión de la apariencia, hasta encontrar el Ser Real; es la búsqueda individual, para descubrir el Misterio Final dentro de uno mismo y de todas las cosas en las tres etapas que representan las palabras evangélicas: Buscad y encontraréis, pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, refiriéndose a la Verdad, a la Luz y a la Puerta del Templo.
Así pues, el toque manifiesta y reconoce la cualidad de iniciado en los Misterios de la Construcción, que se desarrollan en el individuo y en todo el Universo. Y expresa también, como consecuencia natural, la Solicitud fraternal que el iniciado manifestará en todas sus relaciones con sus semejantes, y particularmente con sus hermanos.


LA PALABRA

Así como el toque muestra que el masón debe esforzarse por penetrar en la esencia profunda de las cosas en vez de quedarse en la superficie, la Palabra muestra su acto de fe y la actitud interior de su conciencia.


La palabra Sagrada que el aprendiz consigue como premio final de sus esfuerzos, después de haberse sometido a las pruebas de la iniciación, muy lejos de ser una palabra sin sentido, tiene un significado profundo cuya comprensión y aplicación bien vale el esfuerzo que ha sido menester para conseguirla. Es una palabra que se da secretamente para que permanezca en el secreto de la conciencia, y el aprendiz haga de ella el uso fecundo que demuestra su compensación.
La Palabra Sagrada significa: EN ÉL LA FUERZA, y es, por lo tanto, el implícito reconocimiento (consecuencia de la iluminación recibida, como resultado de sus esfuerzos en los viajes del Occidente al Oriente) de que la Fuerza Verdadera y Real no reside en el mundo de la apariencia ni en las cosas materiales, sino en el Mundo Trascendente en el cual se halla el Principio Inmanente de todo.
Este reconocimiento, cuando sea efectivo y profundo convencimiento del alma, debe producir un cambio completo en la actitud de un ser: el iniciado se distinguirá así del profano, y, en vez de poner como éste su confianza en las cosas y medios exteriores, la pondrá únicamente en el principio de la Vida, que es el Principio del Bien, cuya presencia y omnipotencia ha reconocido dentro de su propio ser.
El conocimiento y el uso de la Palabra Sagrada es, pues, la base de la verdadera libertad e independencia: cesando de depender por completo de las cosas externas y del capricho de los hombres, el iniciado se libra de las consideraciones materiales, que atan a todos los que todavía no conocen en dónde se hallan la Fuerza y el Poder Verdaderos, y los hacen más o menos esclavos de estas cosas.
Así aprende el iniciado a no doblar nunca la rodilla ante los hombres, por elevados que sean sus puestos y los cargos que puedan tener en la sociedad, y se hace igual a los reyes tratando a todos los hombres sin orgullo ni arrogancia, e igualmente sin miedo y sin temor, o sea simplemente como hermanos.
Pero saber doblarla ante el eterno, reconociéndolo como la única Realidad y el único Poder, quitándose como Moisés, ante el zarzal ardiente, los zapatos de la ignorancia y presunción, y humillando delante de Él las asperezas de su personalidad, para poder recibir Su Luz y hacerse receptivo a Su Influencia, en íntima comunión, en el místico secreto del alma.


EL PRIMER MANDAMIENTO

La Palabra Sagrada del Aprendiz tiene un significado análogo al Primer Mandamiento: Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro dios delante de mí. Aquí también vemos el implícito reconocimiento de una sola Realidad, la Realidad Espiritual de todo; de un solo Principio, Poder y Fuerza: el Principio de la vida, que es el Principio del Bien y el Poder y la Fuerza que en Él únicamente residen.


Y la segunda parte del mandamiento nos muestra cómo en este reconocimiento debemos encontrar el poder soberano que nos asiste y nos hace triunfar sobre toda ilusión o creencia en el poder o en la fuerza de las cosas exteriores. La confianza debe ponerse única y exclusivamente en lo Real, en aquella Realidad de la cual hemos adquirido (como resultado de la iniciación) la conciencia y el contacto interior, y que es por lo tanto nuestro “Padre o Señor”, ya no en los falsos dioses de las consideraciones triviales a los que tributan su adoración la mayoría de los hombres.
Este Principio que vive en nosotros es nuestro Dios, o sea la Luz que nos ha conducido fuera de Egipto, la ilusión de los sentidos, el país de las tinieblas y de la esclavitud. El éxodo de Israel es, pues, una pintoresca imagen de la iniciación, del éxodo individual del pueblo elegido de los iniciados, fuera del dominio o país de la esclavitud, en donde reinan los falsos dioses, o sea las ilusiones de los sentidos, para llegar a la Tierra Prometida de la libertad y de la independencia.


LA PRIMERA COLUMNA

La Palabra Sagrada del Aprendiz es también el nombre de la primera de las dos columnas que se hallan a la entrada del simbólico Templo levantado por la iniciación: el Templo de la Verdad y de la Virtud.


Esto quiere decir que su reconocimiento es el Principio Básico (o columna) que puede conducirnos a atravesar la Puerta de dicho Templo: sin este reconocimiento nunca podremos esperar ingresar en él; su puerta permanecerá cerrada hasta que no reconozcamos esas dos columnas, de las cuales únicamente la primera compete al grado de Aprendiz.
Esta columna cerca de la cual el Aprendiz recibe su salario es pues la Columna de la Fe, columna que él mismo debe levantar en él y hacer de ella un punto de apoyo. Es un principio del que nunca debe separarse, en sus pensamientos , palabras y acciones, bajo cuya sola condición podrá actuar de una manera siempre segura y constructiva en todas las circunstancias de su vida.
De cuanto ya hemos dicho se desprende con toda claridad la importancia de la Palabra y de la interpretación de su significado, por ser la inteligencia y el uso de dicha Palabra lo que verdaderamente hace al iniciado y al masón. Esta Palabra puede y debe aplicarse indistintamente en todas las condiciones de la existencia, estando en ella el Poder de libertarnos del mal y establecernos en el Bien.
Si, por lo tanto, aprendemos a permanecer fieles a esta Palabra o íntimo reconocimiento, toda forma de miedo o de temor cesará de dominarnos y de tener poder sobre nosotros: si la Fuerza es en Él (que es la Realidad y el Principio del Bien), toda apariencia del mal es sólo una ilusión que tiene poder sobre nosotros mientras nuestra mente reconoce esta ilusión como “realidad”, pero que desaparece tan pronto como cesamos de darle en nuestro fuero íntimo realidad y poder.
El temor es, pues, la única cadena que nos ata al mal y puede darle algún dominio sobre nosotros; si cesamos de temerle y, con pleno y profundo convencimiento de nuestra conciencia, le negamos al mal verdadera existencia y realidad, huirá de nosotros como huyen las tinieblas al aparecer la Luz. Esto explica cómo Daniel, verdadero iniciado y fiel a la Palabra, pudo estar perfectamente tranquilo en medio de los leones hambrientos, y cómo éstos no le hicieron ningún daño.
Esta columna de Fe absoluta en el Principio o Realidad cuya existencia y omnipotencia ha reconocido en sí mismo, es la que el Iniciado debe levantar en su interior para que le sirva de base sobre la cual apoyar todos sus esfuerzos, lo mismo de baluarte que de defensa en cualquier circunstancia o peligro.

EL PRINCIPIO DEL BIEN
La palabra reconoce implícitamente el Bien como único Principio, Realidad y Poder, y consecuentemente el Mal como pura ilusión y apariencia que no tiene Realidad ni poder verdaderos.
Esta es la enseñanza de todos los iniciados: de aquellos que han llegado a penetrar y establecerse con su conciencia por encima del dominio de lo aparente, en donde el Bien y el Mal figuran como poderes iguales, como pares de opuestos irreconciliables que luchan constantemente uno contra otro, y que se alternan como el día y la noche, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte.
El iniciado sabe que, detrás del mundo de la apariencia, existe una sola y única Realidad, y que esta Realidad es el Bien: Bien Infinito, Omnipresente y Omnipotente; que fuera de esta única y sola Realidad, nada existe y nada puede existir. Que lo que consideramos mal es una sombra inconsistente, una verdadera irrealidad, una pura y sencilla ilusión de nuestros sentidos y de nuestra imaginación, que debe ser superada en lo más íntimo de nuestra conciencia para que pueda desaparecer como concreción exterior.
La primera letra de la Palabra Sagrada, con la cual es costumbre nombrar la Columna del Norte, nos recuerda este Principio del Bien, en el cual debemos poner toda nuestra confianza, la que nos hará partícipes de sus beneficios, pues un Principio se hace operativo únicamente en cuanto es reconocido, y vive y reina en nuestra alma.
El hombre esclavo de la ilusión del mal, reconociéndolo como poder y realidad, le da preponderancia en su vida, y sus esfuerzos para combatirlo remachan las cadenas de la esclavitud. Únicamente cuando lo reconoce como ilusión, y cesa consecuentemente de tener poder en su conciencia, es cuando en realidad se libera de él.

USO DE LA PALABRA
La Palabra se hace efectiva por medio de su aplicación en oportunas afirmaciones y negaciones entendidas para conducir nuestro ser interno al reconocimiento o percepción de la Verdad que la misma Palabra quiere revelarnos. Muy explícitas y oportunas son sobre este punto las palabras del más grande Iniciado que conocemos: Si perseveráis en mi Palabra (o en la Palabra) conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres.
La Palabra debe, pues, afirmarse y repetirse con fidelidad y perseverancia para que pueda conducirnos a la conciencia de la Verdad que encierra. Entonces esta Verdad se hará efectiva en nuestra vida, convirtiéndose en verdadero poder que nos libertará del error, del mal y de la ilusión.
Además todas nuestras palabras, indistintamente, tienen un poder constructivo o destructivo sobre nuestro ser, nuestro carácter, nuestra vida y nuestras relaciones: las palabras positivas tienen un poder constructivo, las negativas destructivo; las primeras unen y atraen, las segundas desunen y alejan. Es, pues, de importancia esencial que elijamos muy cuidadosamente lo que pensamos y lo que decimos, pues detrás de cada palabra o pensamiento está aquel mismo Poder del Verbo que se halla en el principio de toda cosa: Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que es existiría.
Afirmar el Bien, negar el Mal; afirmar la Verdad, negar el Error; afirmar la Realidad, negar la Ilusión: he aquí en síntesis cómo debe usarse constructivamente la Palabra. Como ejemplo damos una afirmación característica que debe leerse y repetirse individualmente, en íntimo secreto, y a semejanza de la cual muchas otras pueden formularse.
Existe una sola Realidad y un solo Poder en el Universo: Dios, el Principio, la Realidad y el Poder del Bien, Omnipresente y Omnipotente.
En consecuencia, nada hay que temer fuera del mismo temor: como no existe ningún Principio del Mal, éste no tiene realidad y poder verdaderos, y es sólo una imagen ilusoria que debe reconocerse como tal para que desaparezca.
Existe una sola Realidad y un solo Poder en mi conciencia: Dios, el Principio, la Realidad y el Poder del Bien, la Omnipresencia, Omnisciencia y Omnipotencia del Bien.
Por consiguiente, el mal no puede tener sobre mí y sobre mi vida poder alguno, si yo mismo (dándole vida o combatiéndolo) no le reconozco y confiero temporalmente realidad y poder: es un dios falso que se antepone al Verdadero Dios, que es Bien Infinito, una sombra ilusoria que impide que resplandezca la Luz de lo Real.
El Espíritu Divino es en mí, Vida Eterna, Perfección Inmortal, Infinita Paz, Infinita Sabiduría, Infinito Poder, Satisfacción de todo justo deseo, Providencia y Manantial de todo lo que necesito y se manifiesta en mi vida: mis ojos abiertos a la Luz de la Realidad ven doquiera Armonía y Buena Voluntad: el Principio Divino que se expresa en todo ser y en toda cosa.

EL PLAN DEL GRAN ARQUITECTO
El masón coopera a la expresión o realización del plan del Gran Arquitecto, o Inteligencia Creadora, cuyas obras aparecen doquiera en el Universo. Este plan es la Evolución: la Evolución Individual y la Evolución Universal de todos los seres, el progreso incesante y la elevación de la conciencia, en constante esfuerzo y en una superación igualmente constante de las imitaciones, constituidas por sus realizaciones anteriores.
El Plan del Gran Arquitecto obra automáticamente en la vida de los seres inconscientes, que se sienten empujados hacia delante, hasta el momento en que ellos mismos alcanzan el plano o nivel de la autoconciencia, que caracteriza el estado humano y diferencia al hombre del animal, que no tiene necesidad de darse cuenta de la razón de los impulsos que lo dominan ni de las Fuerzas que lo conducen.
Pero para los seres dotados de autoconciencia y de las facultades del juicio y del libre albedrío (los que comieron del simbólico fruto del Árbol del Bien y del Mal), el progreso cesa de ser posible en un estado de mera pasividad, y se necesita comprensión e inteligente cooperación, en proporción con el desarrollo de estas dos facultades.
En otras palabras, mientras la Naturaleza, por sus propios esfuerzos, evoluciona como resultado de una actividad de millones de años, a través de los reinos mineral, vegetal y animal, hasta producir su Obra Maestra, el hombre, cuyas posibilidades espirituales lo distinguen por completo de los seres inferiores; y para que pueda éste transformarse en un ser todavía más elevado y perfecto, en un Maestro, se necesita que el hombre coopere voluntariamente con la Obra de la Naturaleza o Plan del Gran Arquitecto.
El masón se distingue así del profano, en cuanto entiende y realiza esta cooperación voluntaria y consciente, convirtiéndose en un Obrero dócil y disciplinado de la Inteligencia Creadora, esforzándose en seguir el Sendero que conduce al Magisterio, o sea a la perfección de la Magna Obra del Dominio completo de sí mismo y de la redención o regeneración individual.
Pero este Magisterio es para el Aprendiz un Ideal necesariamente lejano: él se halla todavía en los primeros pasos del sendero, en sus primeros esfuerzos de tal cooperación voluntaria, con un Plan, una Ley y un Principio Superior que lo conducirán a realizar las más elevadas posibilidades de su ser, y para ello las cualidades que ante todo debe adquirir son precisamente docilidad y disciplina.
Es digno de nota que estas dos palabras vengan respectivamente de los dos verbos latinos docere y discere, que significan “enseñar” y “aprender”. Dócil es el adjetivo que denota la disposición para aprender, la actitud o capacidad necesaria para recibir la enseñanza.
Disciplina, en sus dos sentidos de “enseñanza” y “método de reglas a los que uno se sujeta”, viene de discípulo, término equivalente al de aprendiz. Por lo tanto, ser disciplinado debe considerarse como el requisito fundamental del Aprendizaje, que es la disciplina a la cual el aprendiz o discípulo naturalmente se somete para poder ser tal.
La disciplina es la parte que al aprendiz compete en el Plan del Gran Arquitecto: la harmonización de todo su ser y de todas sus facultades que lo hará progresar de acuerdo con las Leyes Universales, transformándolo de piedra bruta en piedra labrada, capaz de ocupar dignamente su lugar y llenar el papel y las obligaciones que le competen.
Esta disciplina es voluntaria, y de ninguna manera pudiera ser impuesta de afuera, o por otra parte de otros: es la disciplina de la libertad que tiene en la libertad individual su base indispensable, y es al mismo tiempo la que otorga al hombre su más verdadera libertad y la custodia. Y es una disciplina libertadora, en cuanto libra a las Fuerzas Espirituales latentes, al “Dios encadenado” que vive y espera en el corazón de todo hombre, y es la fuente de sus más íntimos anhelos, de sus más nobles ideales, de sus más altas aspiraciones.

LA GRAN OBRA
El Plan del Gran Arquitecto está entendido para la realización de una Gran Obra. Esta tiene dos aspectos: individual y universal, a los cuales el masón está igualmente llamado a cooperar con sus esfuerzos y actividad.
Ya hemos visto que la autodisciplina es el medio por el cual el aprendiz se prepara para llegar a comprender y realizar las fases más elevadas de la Gran Obra de Redención y Regeneración Individual, a raíz de la cual el hombre se transformará en un ser que estará en un nivel superior al de la humanidad, en un verdadero sabio o Maestro, en un superhombre.
Pero sus esfuerzos no deben dirigirse exclusivamente hacia lo interior, sino que en lo profundo del alma el masón buscará la Luz que guía y alumbra la conciencia, y es al mismo tiempo inspiración para su actividad exterior, con la que tiene el privilegio de cooperar en el Plan del Gran Arquitecto, en la Gran Obra para el bien y el progreso del mundo y de sus semejantes.
Por modesta que sea la actividad, tarea o trabajo que a cada masón le compete en la vida profana, cesa de ser una carga y se convierte así en una actividad noble y digna en cuanto lo considera como realmente es, es decir, como su parte en el gran Plan para la evolución de todos los seres, como su cooperación individual y consciente a la Gran Obra Universal.
No hay, de esta manera, trabajo humilde que no se halle ennoblecido y dignificado. Por otro lado, no hay dificultad o problema superior a nuestras fuerzas que no nos sea dado resolver, cuando nos demos cuenta de que el Plan del Gran Arquitecto es y tiene que ser perfecto en todos sus detalles, ninguno de los cuales puede haber olvidado la Inteligencia suprema, que además se halla constantemente con nosotros y al alcance de nuestra inspiración para guiarnos e iluminarnos.
La dignificación del trabajo como de toda actividad hecha con la debida disposición de espíritu, es decir, con la mejor inteligencia y buena voluntad de que uno dispone, como cooperación a una Gran Obra Universal, dirigida por la Inteligencia Suprema o Gran Arquitecto del Universo, es sin duda uno de los méritos más grandes de la Masonería. Ningún ser humano, cualesquiera que sean sus condiciones y su posición social, tiene el derecho a vivir ocioso, sino que cada cual debe esforzarse en trabajar constructivamente en servicio, utilidad o beneficio de sus semejantes. Y debe dedicarse a lo que sabe y puede hacer mejor, y al par que sea útil y provechoso al máximo.
La actividad de cada hombre ha de ser pura y simplemente expresión de aquella parte del Plan del Gran Arquitecto que particularmente se le refiere. Esto es, la expresión de su Ideal más elevado de actividad, en relación con sus capacidades actuales, y la que mejor exprese las cualidades, facultades y potencialidades latentes de su ser, que eleve su espíritu y lo haga progresar constantemente.
Por esta razón las profesiones deshonrosas y las que especulan sobre la desgracia de los demás, como las de verdugo, carnicero, usurero, espía, mantenedor de prostíbulos, etc., son indignas de la calidad de masón, mientras las nobles profesiones materiales, por humildes que sean (no olvidando que de una de ellas la Masonería tiene su origen y simbolismo), siempre dignifican su categoría masónica.
En fin, cualquiera que sea su actividad u oficio, el masón deber obrar constantemente en perfecto acuerdo con sus Principios y su Ideal más elevado, anteponiendo las razones y consideraciones espirituales a las materiales, absteniéndose de cuanto no apruebe su conciencia y de lo que no crea perfectamente justo, recto y digno de su cualidad de masón. Pero poniendo cuidado al mismo tiempo de que un juicio superficial no le haga despreciar y considerar como indigno aquello que, en realidad, aporta en su lugar un real beneficio y constituye una actividad útil o necesaria.

A SU “GLORIA”
La Masonería hace constantemente sus trabajos a la Gloria del G.·.A.·.. Así también debe hacerlo cada masón, en su actividad individual, sin cuidarse de la comprensión, aprobación o reconocimiento de los hombres y de la compensación de sus esfuerzos, buscando primeramente realizar la Gloria o expresión del Principio Divino en él.
Debe tener presente que su obra o trabajo, aunque dirigidos hacia una particular finalidad, no sirven menos para este objeto que para glorificar al Dios silencioso que en él mora, lo inspira y lo guía a cada momento, deseoso de encontrar siempre una más plena y perfecta expresión de sí mismo.

Igualmente debe tener presente que este Principio interior y trascendente, que es Perfecta Inteligencia y Omnipotencia, es a quien debe servir primeramente, cualquiera que sea su directa o indirecta dependencia exterior, y no anteponer la aprobación y satisfacción de ésta a la de Aquél.


Como la palabra “servir” nos lleva naturalmente a hablar del servicio, es necesario que digamos algo sobre cómo debe entenderse masónicamente. Todas estas palabras provienen del latín servus, que significaba originariamente “esclavo”, por ser “salvado” o conservado en vida en lugar de ser matado, como se hacía un tiempo con los prisioneros.
Es claro que el masón, siendo hombre libre, nunca debe trabajar con espíritu servil, es decir como esclavo. Aunque es cierto que cualquier actividad, desde la más humilde a la más elevada, puede y debe considerarse como un servicio hecho en beneficio de los demás (el rey o presidente de una república que entienda perfectamente su deber sirve a sus ciudadanos, del mismo modo que lo hace el barrendero), el masón, fiel a sus Principios, tiene el privilegio de servir con libertad, es decir, haciéndose guiar constantemente por los motivos más elevados y por consideraciones morales e ideales, más bien que por conveniencias materiales, como lo hace el esclavo de éstas, que no cesa de ser tal, aún en su mundana dignidad de rey.


LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Sin duda, el primero y fundamental entre los deberes del masón es realizar la calidad de tal, esforzándose en comprender lo que verdaderamente significa esta calidad. Si bien es cierto que la iniciación confiere el título de masón, la calidad tiene que ser adquirida individualmente, esforzándose en poner en práctica, como fórmula operativa, la iniciación simbólica que ha recibido.


Estudiar el simbolismo masónico y esforzarse para hacer efectiva la Verdad encontrada o descubierta, de manera que a cada adelanto del pie izquierdo (inteligencia o comprensión de la Verdad) corresponda un igual adelanto del pie derecho (aplicación práctica de dicha Verdad), en perfecta escuadra con el primero. En esto debe aplicarse con todas sus energías el masón de cualquier grado, pues nunca pierde por su progreso en la carrera masónica su carácter primero de aprendiz.
La búsqueda de la Verdad debe hacerse individualmente (como individual es la iniciación, y el Camino que la realiza), y la ayuda de los demás puede servir únicamente de guía, con la condición de que sea un experto, es decir de quien ya conoce el camino. Todas las demás teorías, opiniones y creencias que se vociferan alrededor de nosotros son otros tantos murmullos a los que no debemos dar importancia, si verdaderamente queremos llegar al término de nuestras aspiraciones.
Pero para buscar eficazmente la Verdad y alcanzarla se necesita el vehemente deseo de poseerla, es decir, un deseo cuya fuerza sea suficiente para impulsarnos, con la energía necesaria, fuera del camino usual de las frivolidades, adentro y por encima de la misma ilusión de los sentidos, conduciendo gradualmente nuestros pasos desde el Occidente hacia el Oriente. Si este deseo no existe, es necesario esperar hasta que despierte, pues vano sería emprender el viaje sin este impulso íntimo que sólo puede darnos la fuerza de superar y vencer todos los obstáculos que encontremos en nuestro simbólico Camino.
La búsqueda debe hacerse igualmente con perfecta libertad de espíritu, habiéndose despojado de todos los errores, prejuicios y creencias que son los metales o moneda corriente del mundo profano, ejercitándose en pensar por uno mismo, sin tener otra mira que la Verdad, a la cual llegaremos cuando logremos superar los mismos límites de nuestro pensamiento.

LOS TRES DEBERES

La búsqueda de la Verdad nos conducirá naturalmente a reconocer los tres deberes, objeto de nuestra consideración en el Testamento, es decir, nuestra triple relación: 1º con el Principio de Vida; 2º con nosotros mismos; y 3º con la humanidad, en la cual debemos reconocer otros tantos hermanos, es decir, otras tantas expresiones paralelas del mismo Principio de Vida.


De esta trina relación, el masón, como ejecutor testamentario de sí mismo, está llamado a ser y dar viviente testimonio.
Su deber con el Principio de Vida está implícito en la búsqueda de la Verdad que acabamos de considerar y que conduce naturalmente al Individuo y reconocer su exacta relación con este Principio, y a reconocerlo como Realidad y Esencia Verdadera de todo. Pero el masón no puede simplemente limitarse a reconocer a la Gran Realidad del Universo como un Principio Abstracto, sino que está llamado a hacer de este reconocimiento un uso constructivo y práctico.
Esto se hace por medio del uso de la palabra de que hemos hablado anteriormente, la Palabra de la Verdad que establece nuestra íntima y directa relación con el Principio de la Verdad, que es también el Principio de la Vida y del Ser.
Nuestro deber o relación con nosotros mismos consiste en establecer una más perfecta conexión o alineamiento entre las dos partes o polaridades distintas de nuestro ser, es decir, entre personalidad e individualidad, entre nuestro Ser Mortal y nuestro Ser Inmortal, de manera que la primera, en vez de ser la máscara que la esconde, sea una siempre más completa expresión de la segunda, llegándose a la perfección cuando las dos estén íntimamente unificadas y cese toda distinción.
Este es el simbólico trabajo de la piedra bruta que debe ser conducida, por medio del esfuerzo constante de la Voluntad y del Pensamiento, en armonía con los Principios Ideales, a fin de realizar su perfección interior hasta que la forma exterior no se haya identificado con la misma Perfección Ideal y Latente.
Nuestro deber o relación con la humanidad no es menos importante que los precedentes, de los cuales es la consecuencia natural: el iniciado reconoce a un hermano en cada hombre, y en cada ser viviente una expresión del mismo Principio de Vida que siente en sí mismo. Este reconocimiento se manifestará primero con la abstención de todo lo que pueda perjudicar, dañar o hacer sufrir a otro ser viviente; y luego amando a nuestros hermanos o semejantes como a nosotros mismos.
En otras palabras, se trata de poner en práctica los dos aspectos del mandamiento o Regla Áurea de la vida: No hagas a los demás lo que no quisieras que a ti te hicieren y Haz a los demás lo que desearías para ti mismo.


SECRETO Y DISCRECIÓN


La disciplina del silencio es una de las enseñanzas fundamentales de la Masonería. Quien habla mucho piensa poco, ligera y superficialmente, y la Masonería quiere que sus adeptos se hagan más bien pensadores que habladores.


No se llega a la Verdad con muchas palabras ni discusiones, sino más bien con el estudio, la reflexión y la meditación silenciosa. Por consiguiente, aprender a callar es aprender a pensar y meditar. Por esta razón la disciplina del silencio tenía una importancia tan grande en la escuela pitagórica, en donde a ninguno de los discípulos se le permitía hablar, bajo ningún pretexto, antes de que hubiesen transcurrido los tres años de su noviciado, período que corresponde exactamente al del aprendizaje masónico.
Saber callar no es menos importante que saber hablar, y este último arte no puede aprenderse a la perfección antes de habernos adiestrado en el primero, rectificando por medio de la escuadra de la reflexión todas nuestras expresiones verbales instintivas.
En el silencio las ideas se maduran y clarifican, y la Verdad aparece como la Verdadera Palabra que se le comunica en el secreto del alma a cada ser. El Arte del Silencio es, pues, un arte complejo, que no consiste únicamente en callar la palabra exterior, sino que se hace realmente completo con el silencio interior del pensamiento: cuando sepamos acallar el pensamiento es cuando la Verdad puede íntimamente revelarse y manifestarse a nuestra conciencia.
Para poder realizar esta disciplina del silencio, también hemos de comprender el significado y el alcance del secreto masónico. Dado que el masón tiene que callarse ante las mentalidades superficiales o profanas sobre todo aquello que únicamente los que se han iniciado en su comprensión pudieran entender y apreciar.
Por otro lado, los signos y medios de reconocimiento, y todo cuanto se refiere a los trabajos masónicos, deben conservarse en el secreto más absoluto, puesto que de este secreto depende la perfecta aplicación, utilidad y eficacia de los mismos. Son éstos los medios exteriores o materiales con los cuales está formada y se suelda y se hace efectiva la mística cadena de solidaridad que, con la Masonería, abraza toda la superficie de la tierra.
Ninguna razón justificaría que el masón violara el secreto al que se obligó con solemne juramento, sobre la manera de reconocerse entre los masones y el carácter de sus simbólicos trabajos, ni aún cuando lo creyere útil para su propia defensa o en defensa de la Orden.
Como siempre lo hicieron los iniciados, los masones deben soportar estoicamente y dejar sin contestación las acusaciones y calumnias de las cuales fueran objeto, esperando con tranquila seguridad que la verdad triunfe y se revele por sí misma, por la propia fuerza inherente en ella, como siempre inevitablemente tiene que suceder.
El iniciado debe, pues, renunciar siempre a su propia defensa, cualesquiera que puedan ser las acusaciones y ofensas que se le hagan. Más bien debe estar dispuesto a sufrir, si es necesario, una condena inmerecida: Sócrates y Jesús, entre otros, son dos ejemplos luminosos, cuyo martirio se ha transmutado en apoteosis. La verdad, que silenciosamente atesta con su conducta, se hará sin embargo, de por sí, su defensa segura e infalible.
En lo que se refiere al ritual masónico, es cierto que buena parte de las formalidades en uso en la Sociedad no permanecieron enteramente secretas. Pero es igualmente cierto que no pueden ser de utilidad verdadera sino para los masones, que de la misma manera que los instrumentos del arte determinado sólo sirven para los obreros expertos y capacitados en el arte. La gran mayoría de las obras que tratan de Masonería siempre caen, directa o indirectamente, en las manos de masones que, por otro lado, son los únicos capacitados para realmente entenderlas.
Así pues, es deber del masón cuidar que se observe el secreto también en aquellas partes del ritual masónico que puedan haber llegado a conocimiento del público, absteniéndose igualmente de negar como de afirmar la autenticidad de las pretendidas revelaciones que se encuentran en obras que tratan de nuestra Institución, y que muchas veces revelan supina ignorancia además de superficialidad.

Y en cuanto al verdadero “secreto masónico”, su naturaleza esotérica lo pone para siempre al abrigo de los espíritus superficiales, tanto fuera como dentro de nuestra Sociedad. Aunque pueda hablarse de este secreto con toda claridad en las obras del género de la presente, quien escribe sabe bien que su comprensión y entendimiento no pueden ir más allá de lo que haya destinado la Oculta Jerarquía que gobierna la Orden: los que leen y entienden o bien son masones deseosos de conocer el oculto significado del simbolismo de nuestro Arte, o bien lo son en espíritu y no dejarán de hacerse buenos masones cuando la ocasión se les presente. Para los espíritus superficiales estas obras no ejercerán atracción alguna.


La discreción del masón que entiende los secretos del Arte debe ejercerse también con sus hermanos que no poseen todavía la suficiente madurez de espíritu, que es condición necesaria para que pudieran hacer un uso provechoso de sus palabras.
La Verdad no sirve y no puede ser recibida por quien no se halle todavía en condición de entenderla, o prefiera vivir en el error: todo esfuerzo que hagáis para convencerlo se transmutará en vuestro personal perjuicio. Dejad, pues, en paz a todos aquellos hermanos sinceros, y muchas veces entusiastas, que entienden la Masonería a su manera, con espíritu semiprofano, y se esfuerzas en practicarla con buena voluntad, en la medida de su entendimiento.
El masón que conoce la verdadera palabra debe estar siempre dispuesto a dar la letra que corresponde, cuantas veces le sea pedida. Pero debe esperar siempre que esta letra le haya sido directa o indirectamente pedida y hacer que su letra se halle en perfecta correspondencia y armonía con la letra encontrada y dada como pregunta. A cada cual se le contesta cuando se juzga necesario, según las ideas que el mismo ha expresado: no hacerse comprender bien es dañoso igualmente para quien habla y para quienes escuchan.

NECESIDAD DE LA TOLERANCIA
La más amplia Tolerancia es, por lo tanto, necesaria en materia de ideas y opiniones, imponiéndose como primera condición de la vida y de la actividad masónica, y como postulado necesario para que las diferencias entre las ideas no impidan la realización de la solidaridad y del espíritu de fraternidad que siempre han de reinar entre los masones.
Que cada cual se esfuerce individualmente y según las posibilidades de su inteligencia y haga el uso mejor y más sabio de sus conocimientos; pero que cuide de no censurar a los demás, ya sea porque él no entiende o porque ellos no entiendan, ya que siempre ocurre uno de ambos casos, y frecuentemente ambos a la vez.
Toda opinión sincera merece, por tal razón, ser respetada aunque no convengamos en lo concreto sobre la misma. Y la verdadera libertad de pensamiento se mide por la libertad que cada individuo sabe conceder a los demás.
La diferencia de ideas nunca debe producir como resultado una falta de simpatía y menos aún antipatía entre dos hermanos: los que lo hacen faltan a sus deberes de masón. Más bien deben tratar de comprenderse y de identificarse mutuamente lo mejor posible con el punto de vista contrario. Toda antipatía es fundamentalmente una falta de comprensión, mientras que comprensión y simpatía son sinónimos.
Por otro lado, siendo infinitos los puntos de vista desde los cuales puede considerarse la Verdad, es siempre presuntuoso, denotando fanatismo y estrechez de miras el hacerse juez de las opiniones ajenas. En realidad, a ninguno puede considerársele absolutamente en el error, y pocos son los que pueden afirmar estar absolutamente en la Verdad: la mayoría de las opiniones que se expresan participan, en diferente medida, del error y de la verdad, siendo tentativas y aproximaciones progresivas entre las dos polaridades.
Es además y sobre todo importante que cada hombre busque, encuentre y se abra su propio camino individual hacia la Luz: nunca podemos, por lo tanto, pretender encontrar una absoluta uniformidad de opiniones y de ideas, si bien es cierto que éstas se acercan entre ellas, tanto más cuanto más convergen las mentes individualmente hacia la Verdad. Pero, cada cual tiene que pensar por sí mismo y nadie puede tomarse el trabajo por los otros, si bien puede ayudarlos estimulando su pensamiento.

DEBERES DE LA LOGIA
Los masones se agrupan en logias según sus afinidades naturales, de orden intelectual, social o profesional. Cada Logia tiene así su particular fisonomía y orientación, expresión colectiva de los ideales y tendencias individuales de los que la interpretan.
Como fundamental unidad masónica, toda Logia representa una distinta encarnación de la Orden de la cual es el exponente, una particular interpretación y realización de las finalidades, propósitos e ideales de la Masonería Universal. Esta vive, se manifiesta y obra en cada una de sus Logias indistintamente, como el Espíritu Uno que anima a todos los seres del universo, siendo cada ser una distinta expresión individualizada del mismo Principio.
Cada Logia se halla directamente relacionada con las que le precedieron, en las cuales fueron iniciados sus fundadores y miembros afiliados; y de la misma manera está relacionada con las Logias que pueden ser formadas por sus miembros, que en ella recibieron la investidura y cualidad de masón. Así todas las Logias del Universo, las que existieron en los años y siglos pasados, las que existen en la actualidad, las que se crearán en un futuro, forman, con su filiación y descendencia, una cadena ininterrumpida que se extiende desde épocas inmemoriales, testimoniando la Vida Una que anima al cuerpo múltiple de la Institución y hace que todas las Logias estén enlazadas unas con otras.
Así se transmitieron universalmente, de Logia en Logia, modificándose en parte y adaptándose, las antiguas tradiciones y los usos y fórmulas rituales. Y así toda Logia formada por masones regularmente iniciados, sin distinción de filiación u obediencia, puede decirse y es efectivamente, en su jurisdicción, la representante de la Orden.
Todo masón tiene el deber de afiliarse o concurrir a la formación de una Logia; y, dentro de su Logia, todo masón debe cooperar como mejor pueda a la actividad impersonal del conjunto del que forma parte integrante, aportando a la Obra Común el tributo de su pensamiento y buena voluntad.
Cada uno de los miembros de la Logia tiene su deber particular, según el puesto que ocupa y la actividad que le corresponde, de los que debe hacerse intérprete fiel. Todo cargo indistintamente es una oportunidad para manifestar y ejercer las cualidades que para aquel cargo especialmente se requieren.
Así, el Venerable es especialmente quien debe iluminar la Logia con la Sabiduría y el Recto Juicio que simbólicamente representa, dirigiendo constructivamente su actividad. El Primer Vigilante debe manifestar discernimiento, claridad y fuerza en las decisiones, cooperando con el Venerable al orden de los trabajos, a su exactitud y perfecto desarrollo. El Segundo Vigilante debe hacerse el exponente de la Armonía, cuidando de que todos se mantengan en un nivel de perfecta equidad y comprensión, resolviendo así sus dificultades.
El Secretario tiene encomendada la tarea de anotar y registrar fielmente todas las actividades de la Logia, así como la de trazar sus planchas. Mientras el Orador que se sienta enfrente de él tiene a su cargo la de hacerse portavoz de las palabras y de los pensamientos de sus hermanos, lo mismo que de toda la Orden en su conjunto, haciendo de la palabra el uso más fecundo y constructivo.
El Tesorero es el depositario de los valores tanto espirituales como materiales, y su más especial cuidado ha de ser que éstos sean siempre empleados para fomentar y enaltecer a aquellos. El Hospitalario se hace exponente de la solidaridad de la Logia, cuidando de que nunca se relaje el lazo de unión que siempre ha de existir entre todos los miembros de la Orden.
El Maestro de Ceremonias debe cuidar del orden y de la armonía, así como del prestigio de los trabajos. El portaestandarte debe custodiar el Ideal o Logos particular que la Logia representa y encarna.
Los dos diáconos, a semejanza de Mercurio e Iris, han de ser mensajeros de la Sabiduría y de la Voluntad que se expresan en el Taller. Y los dos Expertos han de demostrar su pericia como guías de los candidatos y demás miembros todavía inexpertos sobre el Camino simbólico de la Luz.
El Guardatemplo debe cuidar con toda atención la cobertura de la Logia, y de la cualidad realmente constructiva de los elementos y materiales que ingresen en ella, de manera que sus trabajos sean eficientes y completos.
Finalmente, cada miembro de la Logia se esforzará en ser realmente una de las columnas del simbólico Templo que la misma Logia representa, fijando su mirada en los Principios Ideales que constituyen su techado, y apoyando firmemente los pies sobre el suelo de la contingencia y de la realización objetiva. De esta manera, el cumplimiento individual de los deberes que a cada hermano le están encomendados hará que la Logia prospere y aporte una contribución efectiva a la prosperidad y al progreso de la Orden.

LOS “TRABAJOS” MASÓNICOS
Los trabajos representan la actividad colectiva de los hermanos en la Logia. Lo que caracteriza a estos trabajos y los distingue de las reuniones y asambleas profanas es el ceremonial especial según el cual se desenvuelven y, particularmente, se abren y se cierran, ceremonial cuya peculiar nota distintiva es el orden, manifestándose en ese ritmo constante que favorece la continuidad de los ya realizados.
Tanto la apertura como el cierre de los trabajos se verifica en horas convencionales y simbólicas, sobre las cuales el Ven.·.M.·. se informa cerca del Pr.·.Vig.·.. En la mayoría de los rituales actualmente en uso, estas horas son del mediodía a la medianoche para los tres grados simbólicos, significando el mediodía (la hora en que el sol se halla en el cenit, en la plenitud de su poder luminoso y calorífico) la madurez espiritual necesaria para ser masón, y la medianoche (en la que la luz del día ha desaparecido por completo por hallarse el sol en el nadir), el momento en el que ya no es posible actuar eficazmente en los mismos.
Sin embargo, en nuestra opinión es más razonable y más conforme a las antiguas tradiciones masónicas que los trabajos se abran y cierren en horas diferentes para los distintos grados (que representan diferentes épocas o etapas de evolución) y que, particularmente para el grado de aprendiz, los trabajos se abran a la salida del sol (es decir, aquél período de la vida en el cual la luz espiritual se manifiesta primero en la conciencia) y se cierren al mediodía (o sea en la hora en la que la plenitud de la luz permite el paso a una cámara o grado superior).
También desde el punto de vista del simbolismo material, estas horas son las más apropiadas para el trabajo especial del aprendiz (desbastar la piedra bruta, acercándola a una forma en relación con su destino), mientras las horas sucesivas pueden ser útilmente aprovechadas por otros obreros que completen el trabajo de los primeros, llevando las piedras y disponiéndolas oportunamente en el edificio que se está construyendo, para cuyo objeto fueron labradas.
El reconocimiento de la hora debe acompañarse de la edad, que tiene su valor equivalente, representando aquella época o estado en la evolución individual en que es posible tomar parte en los trabajos masónicos, es decir, obrar en armonía con la Ley y el Principio Constructivo del Universo. Los tres años del aprendiz significan, en la evolución individual, el paso en las tres grandes etapas evolutivas representadas por los tres reinos de la naturaleza: mineral, vegetal y animal, en los cuales se desarrolla progresivamente aquella individualidad que en el estado humano aparece en su perfección, como autoconciencia, con las cualidades que la acompañan: el pensamiento consciente, el juicio y la libre voluntad.
No debemos descuidar el particular de que el Ven.·.M.·. se informa precisamente cerca del Prim.·. Vig.·. respecto de la hora como de la edad. Por medio de estas preguntas, el primero no sólo se asegura de la calidad masónica de la persona con quien habla, que constituye la primera condición para que los trabajos se verifiquen, sino que hace evidente la necesidad (o segunda condición) de que el tiempo, que representa el momento evolutivo y las circunstancias externas, sea además oportuno y favorable.
La actividad masónica necesita tiempo y condiciones especialmente adaptadas; necesita que la responsividad del ambiente haga fecunda y próspera la labor que queremos emprender. Cuando ésta no lo sea, la pregunta quedará sin contestación, y habrá que esperar hasta que llegue la hora.
En otras palabras, permaneciendo dentro de nuestro corazón tenazmente fieles a nuestros ideales, proyectos y aspiraciones, así como a los esfuerzos que hayamos emprendido, hemos de saber esperar la hora con Fe inmutable: el tiempo no puede dejar de hacernos justicia y recompensará infaliblemente nuestra perseverancia.

APERTURA DE LOS TRABAJOS
La primera condición para que pueda procederse a la apertura de los trabajos es que la Logia se encuentre a cubierto, tanto exterior como interiormente: exteriormente a cubierto de las indiscreciones profanas, e interiormente por la calidad de masones que todos los presentes tienen que demostrar.
Al Guardatemplo es a quien le incumbe asegurar que se halla el Templo perfectamente aislado del exterior y cuidarlo, además, constantemente, durante el desarrollo de los trabajos, vigilando, armado de espada, la Puerta del Templo, y abriéndola, con el permiso del Ven.·., únicamente a los que sean reconocidos como genuinos y legítimos masones. Simboliza el Guardatemplo la facultad que se encuentra al umbral de nuestra conciencia, la que tiene que vigilar que no ingresen en la misma los errores profanos y todos aquellos pensamientos que no reciban la aprobación de su Ser más elevado (el Ven.·. M.·.).
La hermética cerrazón interior se asegura por medio del signo que hacen los presentes, a la invitación del Ven.·.M.·., y de cuya exactitud éste se asegura con la ayuda de los dos Vigilantes. El signo indica la cualidad del masón u Obrero consciente y disciplinado del Principio Constructivo del Universo, y asegura al mismo tiempo la fidelidad y discreción que deben siempre acompañarse a dicha cualidad, representando la vigilancia que el masón se dispone a observar sobre sus palabras, y la perfecta rectitud con la cual medirá éstas, lo mismo que sus pensamientos y acciones.
Sigue a este doble aseguramiento un diálogo entre el Ven.·. y los principales oficiales de la Logia, por el cual se cerciora de que cada cual esté en su lugar y sea consciente de los deberes y obligaciones que le corresponden. El Guardatemplo, el Segundo y Primer Diácono, el Segundo y Primer Vigilante, son interrogados sucesivamente, y cada cual declara su respectiva función, como razón explicativa del lugar en que se sientan.
El diálogo prosigue entre el Ven.·. y el Pr.·. Vig.·., declarando este último sus atribuciones y deberes del primero, por el hecho de sentarse en el Oriente, y los principios y finalidades de la Orden en general y de las reuniones masónicas en particular.
Habiendo cumplido con estas diferentes modalidades iluminativas y explicativas, y con la seguridad de que la hora y la edad son convenientes, adecuadas y oportunas, el Ven.·.M.·. y después ambos Vigilantes hacen a todos los presentes la invitación a que le ayuden a abrir los trabajos. Esta invitación muestra en primer lugar la necesidad de que todos se den cuenta de la importancia y solemnidad del momento, preliminar para la invocación del G.·.A.·. en su tríplice expresión, fijando toda atención sobre las palabras que se van a pronunciar, y que necesitan el unísono espiritual de los corazones de todos los miembros de la Logia, despertando en cada cual un eco profundo. En segundo lugar hace hincapié sobre la cooperación, como condición indispensable para la eficiencia de cualquier actividad masónica.

ENCENDIMIENTO DE LAS LUCES
Teniendo el Ven.·. la seguridad de que todos los presentes han recibido la invitación que se les ha transmitido, todos se ponen de pie y a la orden y el Ven.·. enciende la antorcha simbólica de la Sabiduría del Gran Arquitecto, invocándolo para que alumbre los trabajos.
El Primer Vigilante lo imita, encendiendo su luz, que simboliza la Fuerza Omnipotente del Eterno, e invocándola para que acreciente y haga prosperar esos mismos trabajos. Y el Segundo Vigilante hace lo mismo con su antorcha, que simboliza la Belleza Inmortal del Principio de la Vida Universal, invocándola para que los adorne.
Esta iluminación preventiva de la Logia precede y predispone a la solemne invocación que se hace a la Gloria del Gran Arquitecto y en el nombre de la Masonería Universal, con la cual se declaran abiertos los trabajos, siendo esta declaración acompañada por los toques de las tres luces y confirmada con el signo y la batería de todos los presentes. Estos elementos, que subrayan la invocación, confieren a la ceremonia una austera y profunda belleza.
Habiéndose declarado abiertos los trabajos, a la Gloria del Ser Supremo, el primer cuidado será ahora que la Palabra Divina, o sea el Logos, brille en la Logia y dirija la actividad constructora de los obreros en el Templo simbólico. Con este fin, estando todos los representantes de pie y a la orden, el Primer Vigilante, acompañado por el Maestro de Ceremonias, se encamina solemnemente hacia el Ara, para abrir el Libro Sagrado y el Compás, disponiendo oportunamente éste y la escuadra sobre las misteriosas palabras con las cuales se inicia el Evangelio de S.·.J.·.
Al pronunciarse estas palabras brilla la Luz del Delta y toda la Logia se ilumina completamente para que los trabajos puedan desarrollarse en orden y armonía, manifestándose efectivamente la presencia del Gran Arquitecto dentro de todos los presentes, como Ideal Inspirador de la actividad.

CLAUSURA DE LOS TRABAJOS
Antes de proceder a la clausura de los trabajos, se concede la palabra “en bien general de la Orden, del Taller en particular y de la humanidad”, después de lo cual se inunda el tronco de solidaridad.
Con el primero de esos actos se da a todo hermano que lo desee la oportunidad de hablar sobre algún asunto particular que le interese, dirigiendo sobre el mismo la atención de la Logia. También se aprovecha esta ocasión para presentar las excusas de los hermanos que no hayan podido asistir a la tenida, y para saludar a los hermanos visitantes que representan a sus respectivas Logias. Estos igualmente pueden tomar la palabra, trayendo a la Logia la expresión de sus sentimientos fraternales, así como los mensajes especiales de los cuales hayan sido encargados, estrechándose así íntimamente las relaciones de amistad entre las diferentes Logias.
Con el segundo acto, cada masón expresará su solidaridad con toda la Familia Masónica y Humana, por medio de una contribución proporcionada a sus medios y depositada secretamente en el tronco, que será destinada a aliviar las desgracias ajenas, o bien como cooperación para alguna obra benéfica.
La clausura de los trabajos se verifica en forma inversamente análoga a la ceremonia de apertura: habiéndose concedido la palabra, circulará el tronco y dado lectura al Acta del Secretario (es más conveniente que esto se haga al término de la misma tenida, en vez de dejarla para la siguiente, para que todos puedan juzgar mejor su exactitud), el Ven.·. se informa de si los hermanos de las dos columnas están contentos y satisfechos.
Esta ha de ser, pues, la actitud de todos los hermanos en la Logia, cuando los trabajos hayan sido convenientemente conducidos. Obtenida la seguridad de que así es, se informa al Ven.·. cerca del Pr.·.Vig.·. sobre la edad y la hora, y como éstas son justas, anuncia por conducto de los Vigilantes a toda la Logia que va a proceder a la clausura de los trabajos, requiriéndose para este acto la cooperación unánime de todos los presentes, lo mismo que para la apertura.
Hecho el anuncio, con el fin de que todos los hermanos se dispongan en actitud conveniente para participar en la ceremonia, la palabra sagrada pasa del Oriente al Occidente, y del Occidente al Sur, por conducto de los Diáconos, y, siendo debidamente recibida por el Segundo Vig.·., éste lo anuncia, comunicando que todo es justo y perfecto.
Puede ahora procederse a la clausura propiamente dicha, que se hace por medio de los golpes simbólicos que repiten las tres luces, y mediante la fórmula pronunciada por el Ven.·.M.·., con lo cual se declaran cerrados, siguiendo también a esta declaración el signo y la batería.
Entonces el Pr.·.Vig.·., acompañado por el Maestro de Ceremonias, procede a la clausura del Libro y del Compás, y se apaga la Luz del Delta, después de lo cual también se apagan las tres antorchas simbólicas, que corresponden a las tres Luces de la Logia, con palabras análogas a las que fueron pronunciadas al ser encendidas.
Antes de separarse, es costumbre jurar el secreto sobre los trabajos en los cuales los presentes acaban de participar. Este secreto constructivo representa el silencio que tiene que preceder a toda nueva actividad, pudiéndose comparar a la oscuridad protectora que, dentro del seno de la tierra, favorece la germinación de la semilla en sus primeros estados hasta que no se haya abierto su camino hacia la luz.
Después de lo cual se procede a formar la cadena, manifestando ésta en forma tangible el lazo de fraternidad que debe existir entre todos los masones, símbolo de la unión íntima de todas las buenas voluntades, necesaria para el triunfo de las buenas causas y el progreso de la humanidad.
Es conveniente que se dedique este momento que precede a la separación de los hermanos a que éstos se recojan algunos instantes, concentrando la mente sobre alguna afirmación que sugiere el Ven.·.M.·.

CÓMO DEBE ENTENDERSE LA SOLIDARIDAD
La solidaridad es el sentimiento de unión que nace de un común Ideal, de una comunidad de aspiraciones, una unión consolidada en el mundo espiritual, que se manifiesta exteriormente en pensamientos, palabras y acciones por medio de los cuales se hace evidente y se realiza en términos de vida.
Los que luchan por una particular idea son solidarios en todo lo que se relaciona con aquella idea. Y los que más bien que por una idea particular, se esfuerzan para lograr el triunfo impersonal del Bien, de la Verdad y de la Virtud (como son, o deberían ser, los masones), convendría que se hallaran todavía más hermanados entre sí, dado que el triunfo de las más nobles aspiraciones humanas no puede conseguirse sino con la cooperación y los esfuerzos unidos de todos los que las comprenden.
La solidaridad de los masones debe ser, pues, solidaridad en el Bien, en la Verdad y en la Virtud, solidaridad en todo lo que sea Justo, Noble, Digno y Elevado. Una solidaridad pronta para expresarse en cualquier momento con palabras y acciones perfectamente conformes a estas aspiraciones que deben dirigirnos y con las cuales verdaderamente se realiza el místico Reino de los Cielos sobre la tierra y se hace la Voluntad de Dios, que es el Bien y su triunfo, así en el cielo como en la tierra.
Cuando así lo hacen los verdaderos masones se demuestran verdaderos cristianos, entendiendo y poniendo en práctica las palabras del sublime Maestro de Nazaret, las que interpretan y aplican por medio del Compás y de la Escuadra, que son los instrumentos de la inteligencia con los cuales conocemos la Verdad y estamos capacitados para aplicarla constructivamente a las necesidades de la existencia.

CÓMO DEBE REALIZARSE LA FRATERNIDAD
Se habla mucho de fraternidad entre los masones, como entre los miembros de otras sociedades que la sustentan entre sus objetos; pero, si del campo de la palabra y de la pura teoría, dirigimos nuestra mirada a la práctica de la vida diaria, vemos cómo la efectiva realización de la fraternidad deja mucho que desear, y ésta es la causa de que muchos se desilusionen y pierdan toda confianza sobre la veracidad de este ideal.
Y, sin embargo, nunca podemos esperar una realización de fraternidad diferente del entendimiento particular de cada cual. En otras palabras, no es suficiente que uno se llame masón o que sea miembro de otra fraternidad para que los demás deban sentirse con derecho a exigir una manifestación de fraternidad en todos los campos de la vida, conforme a sus particulares ideales.

El amor se da, pero nunca puede exigirse: lo mismo debe decirse de la fraternidad, que no puede ser sino una manifestación del amor. Ninguna verdadera y sincera manifestación de fraternidad puede obtenerse si no es en cuanto uno verdaderamente la siente y realiza interiormente: un masón se hará verdadero masón y hermano según sienta en sí mismo el Ideal Masónico y se reconozca como hermano de los demás.


Cuando uno progresa en el Sendero de la Vida (del cual la Masonería nos ofrece en sus ceremonias una maravillosa interpretación) y se acerca al reconocimiento (que no es únicamente un frío concepto o percepción intelectual, sino directa conciencia y sentimiento) de la realidad del Principio Único de todo, siente entonces interiormente, y de una manera siempre más clara, su íntima unión y solidaridad con toda manifestación de la Vida, y de esta íntima conciencia y sentimiento, una verdadera comprensión y realización de la fraternidad será la consecuencia espontánea y natural.
Que cada cual, pues, se eleve, a su manera, y según mejor pueda, sobre su egoísmo y su ignorancia, y que reconozca su verdadera naturaleza, manifestación del Principio de Vida que vive en todos los seres (y que ha recibido en Masonería el nombre de Gran Arquitecto), reconociendo así sus deberes, o sea su relación con el mismo Principio de Vida, con sí mismo y con sus semejantes. Este es el camino por medio del cual la Masonería enseña la fraternidad y busca su más práctica y efectiva realización.
Esta fraternidad será primeramente entre hermanos, pues sólo los que la entienden y se reconocen como hermanos pueden realizarla; pero, como el Amor no puede tener ningún límite verdadero, y no existe condición o estado en que no pueda manifestarse, no hay ser o manifestación de la Vida Universal, a quienes no pueda y deba extenderse. Esta es la Fraternidad de Iniciados y de los verdaderos Maestros.
Busquemos, pues, el Principio Supremo y básico de todo, reconozcamos la Verdad de la Unidad de la Vida y de la íntima indivisibilidad de todos los seres: en la proporción en que efectivamente lleguemos a este conocimiento, llegaremos también a reconocer y realizar la verdadera Fraternidad Masónica, y ésta cesará de ser una vana utopía y un ideal abstracto fuera de las posibilidades humanas. Así se realiza el Gran Mandamiento del que nos habla Jesús, cuya segunda parte, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es el corolario natural de la primera: “ama a Dios (el Principio o Realidad de la Vida) con todas tus fuerzas, con toda tu alma y con todos tus pensamientos”.

CÓMO DEBE PRACTICARSE LA CARIDAD
Se habla también mucho, en Masonería y en otras instituciones filantrópicas, de caridad y beneficencia, como deberes que los más afortunados tienen para con los “desdichados y desheredados de la suerte”. Pero difícilmente caridad y beneficencia llegan a ser verdaderamente caritativas y benéficas, por cuanto proceden del error, más bien que de la verdad, y así contribuyen muchas veces a reforzar y hacer estático o crónico el mal que quieren eliminar, reforzando su raíz.
Como lo enseñaron todos los sabios de todos los tiempos (y ésta puede ser, en cierta manera, la piedra de parangón de la verdadera Sabiduría), la raíz y la causa primera de todos los males debe buscarse en el error o en la ignorancia. Y hasta que no se remedie este error y esta ignorancia, toda forma de caridad no será más que un paliativo, pues no elimina la raíz del mal, sino que muchas veces la hace, con la propia conciencia del mal que estimula, aún más fuerte y vital.
Por ejemplo, no hay duda que el Tronco de Solidaridad oportunamente circulado a favor de un hermano necesitado, o de otro caso piadoso, puede constituir una ayuda útil y providencial, especialmente si los presentes se muestran generosos en sus contribuciones; como puede serlo la ayuda directa a uno o a otro hermano. Pero si con la ayuda pecuniaria (cuyo valor y efectividad no pueden ser sino temporales y transitorios) los presentes acompañan, como casi siempre sucede, sus sentimientos y pensamientos de compasión y, peor aún, de conmiseración, o en cualquier forma se considera a la persona necesitada como impotente y en estado de inferioridad, la influencia de estos pensamientos hace muy poco deseable y efectiva la ayuda, en cuanto contribuye a abatir más bien que a realzar su estado moral y la confianza en uno mismo.
Lo mismo debe decirse, con mayor razón, de toda forma de beneficencia que, más que una simple y espontánea manifestación del espíritu de fraternidad entre hermanos libres e iguales, haga manifiesta la distancia que media entre bienhechor y beneficiado, o de alguna manera se resuelva para éste la dádiva en humillación, con la cual paga muy cara la ayuda recibida. No decimos nada de la beneficencia que sirve de pretexto a la ostentación y la vanidad, pues en este caso difícilmente pudiera considerarse digna de tal nombre.
La verdadera beneficencia debe ser secreta y espontánea, y no debe envolver en sí ninguna forma de humillación. Prevenir las necesidades de un hermano que se halle manifiestamente en dificultades es mucho más fraternal que esperar que éste pida una ayuda, pues con la petición ésta ya se halla casi pagada y ninguna cosa se paga tan cara como pidiéndola.
La mano que da con verdadero espíritu de fraternidad debe esconderse, y “la izquierda no debe saber lo que hace la derecha”. Debería así proscribirse absolutamente la práctica en uso en algunas Logias de Pedir a otros Talleres una contribución en la ayuda a algún hermano, y especialmente dar el nombre de este hermano. Ni en el mismo Taller debiera darse el nombre de la persona socorrida, pues no hay necesidad de que sea conocida, con excepción de los que directamente intervienen en ayudarla.

LA AYUDA MÁS VERDADERA
Aunque la ayuda directa puede ser en algunos casos útil y necesaria (siempre que sea una verdadera manifestación espontánea de solidaridad y fraternidad), es mucho mejor dirigirse a la raíz del mal, en vez de contentarse con remediar temporalmente sus síntomas exteriores.
La persona que se halla en difíciles circunstancias materiales tiene antes que todo necesidad de ser ayudada espiritual y moralmente, con pensamientos positivos que realcen su estado de ánimo abatido, y tengan para él el efecto de las palabras taumatúrgicas: ¡Levántate y anda! Ayudar a un hermano a caminar sobre sus propios pies es mucho mejor que proveerlo de muletas. Facilitar un medio de ganar por sí mismo lo que necesita es mucho más fraternal, deseable y digno que facilitarle una ayuda que lo ponga, como beneficiado, en condición de inferioridad.
Pero cuando esto no sea posible momentáneamente, el compartir lo que uno tiene, con verdadero espíritu de solidaridad fraternal, según propio dictado de la conciencia, debe ser considerado como un deber elemental, un privilegio y una oportunidad para todo iniciado que verdaderamente sienta en su corazón el lazo de fraternidad, la mística cadena de unión que lo une a todos los seres, y en particular a aquellos con los cuales tiene una más profunda afinidad moral y espiritual.
No se entiendan las precedentes consideraciones para alejar a nadie de sus deberes de solidaridad para con sus semejantes en general, y sus hermanos en particular, sino más bien para que sean mejor atendidos y practicados, despojados de toda ostentación por parte de quien da y de toda humillación hacia quien recibe, como conviene para una verdadera expresión del espíritu masónico, que no puede ser nunca aislamiento negativo ni deprimente solicitud.
Elevarse sobre los sentimientos y los conceptos profanos de caridad, para realizar la verdadera fraternidad de los iniciados, en la que lo que uno hace por un hermano lo hace con el mismo espíritu que lo hiciera para sí mismo, sin adeudarle ninguna obligación o deber de mostrarse reconocido, ha de ser el ideal de todos los verdaderos masones.

EL RESPETO A LA LEY
El respeto a la Ley y a la Autoridad Constituida (y, por consecuencia, a cualquier forma de gobierno sin distinción) ha sido siempre uno de los primordiales requisitos de la Masonería y de las reglas de conducta de los iniciados de todos los tiempos.
Aunque éstos reconozcan por encima de toda Ley y Autoridad humana la Ley Suprema de la Verdad y la Suprema Autoridad del Espíritu, y en un tan íntimo reconocimiento encuentren una perfecta libertad y descansen en ella (una libertad interior que ninguna condición externa podría quitarles ni limitar), no pueden desconocer en las Leyes y Autoridades humanas otras tantas manifestaciones y emanaciones de la Ley y Autoridad Divina, en la cual únicamente pueden aquéllas ejercer y poseer el poder.
Por esta razón el iniciado, si bien perfectamente libre de todo espíritu de sujeción o humillación, se impone el deber de respetar las Leyes y Autoridades del país en que se encuentre, sin discutir su legitimidad; y si fuera víctima de un atropello o de una injusticia, no se opondrá al adversario, sino que esperará de la Ley y del Poder Supremo aquella perfecta justicia que nunca será esperada en vano cuando se tenga en ella absoluta confianza.
En otras palabras, el iniciado ve a los hombres y a las cosas como expresiones muchas veces inconscientes de poderes, fuerzas, leyes o necesidades que aquellos desconocen: por esta razón, nunca inculpa a los hombres y a las circunstancias, sino que acepta serenamente la apariencia del mal, sin dejarse cegar por éste, y sin considerarlo como definitivo (en cuyo caso él mismo se haría su esclavo y su víctima), pero sí preparándose para ver doquiera el triunfo inevitable de la Justicia y del Bien.
Por consiguiente, el verdadero iniciado nunca será un revolucionario o un rebelde, un conspirador en contra de la Ley de la Autoridad constituida: conociendo la ilusión de los medios y remedios exteriores, procurará remediar interiormente las cosas y males externos; y esto se hace por medio de la comprensión del amor y de la cooperación más útil, eficaz y constructivamente que con medios exteriores de violencia y rebeldía.
Para los masones, las Leyes y Autoridades Masónicas (así como las Leyes y Autoridades Religiosas para los miembros de determinada religión) deben ser consideradas con respeto, así como las Leyes y Autoridades exteriores. Pero, por encima de estas leyes escritas, el verdadero masón debe recordar que la Suprema y más verdadera Ley Masónica es la que el Gran Arquitecto graba en el corazón de todo Adepto fiel, es decir, la que es interiormente reconocida como expresión de la misma Verdad; y que ninguna autoridad Masónica es superior a la Suprema Autoridad del Gran Arquitecto, que es el Principio y la Realidad sobre la cual descansa todo el Universo.

EL “SALARIO” DEL APRENDIZ
El salario que el Aprendiz recibe, como resultado de sus esfuerzos, a semejanza del salario percibido por el obrero como premio y compensación de su trabajo, debe ser objeto de una especial consideración.

Los antiguos obreros recibían, además de los víveres en especie, un sueldo o compensación en dinero para comprar la sal y otras cosas que necesitaban; de aquí vino el nombre de salario. Pero tal vez no es completamente extraño al término de salario del Aprendiz el hecho de que éstos lo reciben cerca de la Col.·.B.·.que es la que corresponde al principio hermético femenino de la sal, del cual hemos hablado en su lugar.


El Aprendiz recibe el salario acercándose, después de su trabajo, a la Col.·.B.·.. Esto quiere decir que el resultado de sus esfuerzos lo consigue el iniciado acercándose al reconocimiento del Principio de Omnipotencia, expresado en el sentido de la Palabra que es el nombre de dicha columna y que, como dijimos, significa: “En él la Fuerza”.
En otras palabras, el Aprendiz progresa, y en este progreso recibe la compensación de sus esfuerzos, según se acerca, como fin de sus estudios y deducciones, a este reconocimiento vital que realiza el primer deber de su testamento; es decir, en la medida de la Fe que desarrolla en el Principio de Vida y en su poder, como columna o sostén de su vida individual.
El progreso del Aprendiz está caracterizado por el desarrollo de esta Fe y confianza en el Principio Espiritual de la Vida, en el cual tenemos nuestro origen, que nos ha creado o manifestado (como distintas expresiones individualizadas de su Ser o Realidad, divididas y separadas en la apariencia, pero íntimamente unidas e inseparables en esencia y realidad), que continuamente nos sostiene, nos guía y nos dirige hacia el desarrollo y la expresión de las más elevadas posibilidades que todavía se encuentran en estado latente en nuestro ser.
Esta fe, propia de quien se ha iniciado en el conocimiento de lo Real que se esconde detrás de la apariencia exterior o visible de las cosas –y que no es fe ciega, en cuanto se basa sobre la propia conciencia de la realidad-, es algo desconocido para el profano, esclavo de la ilusión de los sentidos, quien confunde la apariencia con la realidad, y no habiéndolo reconocido (por no haber podido ingresar en su conciencia), niega la existencia de un Principio Espiritual como Causa Inmanente y Trascendente de la realidad visible.
No puede lograrse este conocimiento, esta convicción que es un estado interior, sin el estudio, el trabajo y la perseverancia: es, pues, la Fe iluminada de que hablamos, un verdadero salario, fruto o resultado de largos y persistentes esfuerzos sobre el Camino de la Verdad, después de haberse despojado de todas las superficialidades, creencias positivas y negativas, errores y prejuicios del mundo profano.
Así establece el iniciado una relación iluminada con el Principio de Vida, cuya realidad ha reconocido en su conciencia, relación que tiene su base en el reconocimiento expresado por la misma Palabra Sagrada, que será de ahora en adelante una verdadera columna en la cual puede apoyarse con toda confianza y que lo sostiene en sus dudas y vacilaciones.
CONCLUSIÓN
Hemos llegado al término de esta reseña interpretativa de los símbolos del primer grado masónico, en la cual nos habíamos propuesto, como objeto fundamental, dar a quien ávidamente busca la Verdad, a quien desea penetrar y reconocer el sentido iniciático de dichos símbolos, una clave que le sirva para abrir, por sus propios esfuerzos, la Puerta Hermética del Misterio, tras la cual se encierran impenetrablemente para el entendimiento profano.
No hemos dado ni hemos pretendido dar la Verdad, por la sencilla razón de que ésta nunca puede darse exteriormente, sino que tiene que ser buscada y reconocida en lo profundo del alma; sólo hemos indicado, o mejor dicho, nos hemos esforzado en aclarar el Camino que la Masonería enseña en esta búsqueda individual, por medio de sus símbolos, ceremonias y alegorías. El secreto masónico tiene que ser buscado y encontrado individualmente, pues de otra manera cesaría de ser tal.
Los labios de la Sabiduría están cerrados fuera de los oídos de la comprensión. Sólo quien se halla en un particular estado de conciencia y madurez espiritual puede reconocer interiormente determinada Verdad, comprendiendo y sacando provecho de las palabras que quieren indicarla o revelarlo.
La Esfinge, aquel maravilloso monumento que nos queda de la más antigua civilización egipcia, es una representación escultórica de este hecho: es muy difícil decir si sus labios están abiertos o cerrados; más bien puede decirse que están abiertos y cerrados al mismo tiempo, detrás de la sonrisa misteriosa que los anima. Verdadero símbolo de la enseñanza esotérica, la Esfinge habla todavía para quien tiene oídos para oír, pero permanece en hermético silencio para quien no ha ingresado en aquel estado de conciencia en el cual la Verdad espiritual puede ser reconocida y asimilada.
Lo mismo debe decirse de los símbolos masónicos: como la Esfinge, hablan para quien los escucha con los oídos de la comprensión, pero guardan su secreto para quien no sabe descubrirlo.
La Masonería es una Ciencia y un Arte que se revelan progresivamente a quien se esfuerza y persevera en el estudio y en la práctica, por medio de la comprensión y del uso de sus instrumentos simbólicos. Así pues, la distinción entre masón y profano no puede ser determinada únicamente por la ceremonia con la cual un profano es admitido y reconocido como miembro de la Orden, sino que depende de la efectiva realización de esta cualidad.
La mayoría de los masones permanecen irremediablemente profanos en lo que se refiere al entendimiento y a la realización de la finalidad iniciática de la Orden y al sentido verdadero de símbolos y ceremonias. Pero esto no les impide ser buenos masones, si se esfuerzan sinceramente, en la medida de su comprensión y, sobre todo, si son fieles a sus ideales y ponen en práctica lo que han entendido de los Principios Morales de la Orden. No hay necesidad de conocer la Doctrina Esotérica revelada por los símbolos masónicos para practicar los principios de la fraternidad, pero sí es necesario saber discernir entre la ilusión exterior del egoísmo y de la separatividad, y la Realidad de la Unidad Interior de todo, para comprenderla y realizarla efectivamente.
Todo hombre sincero encuentra, pues, en la Masonería un Camino de Progreso que se hace siempre más efectivo en la medida de su buena voluntad y perseverancia, un progreso al mismo tiempo intelectual y moral, adaptándose su enseñanza simbólica perfectamente a la comprensión de todas las inteligencias, aunque no les sea dado a todos penetrar el verdadero significado íntimo de dicha enseñanza.
Pero siempre el progreso será el resultado del esfuerzo individual y del ardor y de la perseverancia con los cuales se esfuerza cada cual en realizar las finalidades de la Orden, encaminándose hacia una más profunda comprensión de la Verdad y poniendo los pies de una manera más firme, equilibrada y segura sobre la Senda de la Virtud.



1 La impersonalidad de esta obra y la naturaleza íntima y secreta de su Fuente principal, no nos dispensan de dar el debido crédito a todos los que nos han precedido en la interpretación del simbolismo masónico, y cuya obra ha inspirado nuestra labor, que, sin ser enteramente original, no deja de serlo en su mayor parte. Entre los que más se han adelantado a esta interpretación y cuya guía e inspiración nos han sido más preciosas, creemos deber citar especialmente a Oswald Wirth, con sus Manuales para los tres grados, su hermosa revista Le Symbolisme y demás obras esotéricas, ilustradas por dibujos originales, algunos de los cuales hemos aprovechado en este libro y en los siguientes.


1 Hablando en lenguaje geológico, al principio de la era cuaternaria o bien el mismo período terciario.

1 Confróntese con lo dicho por Jesús: “Mis palabras son espíritu y vida”.

2 El documento se llama “Leyland-Locke Ms.” Y su fecha sería del 1436, estando escrito en el antiguo inglés de aquella época. Refiriéndose a la Masonería, contesta a la pregunta: ¿de dónde vino?, diciendo que empezó “con los primeros hombres del Este, que fueron antes de los primeros hombres del Oeste”, siendo transmitida en Occidente por los venecianos. Después de lo cual sigue literalmente así:

“How comede ytt yn Engelonde?

“Peter Gower, a Grecian journeyed for kunnynge yn Egypte and yn Syria, and yn everyche lande whereat the Venetians hadde plauntedde Maconrye, and wynnynge entrance yn al Lodge of Maconnes, he learned muche, and retournedde and worked yn Grecia Magna wachsynge and becommynge a myghitye wysacre and gratelyche renowned, and here he framed a grate Lodge at Groton, and maked many Maconnes, some whereoffe dyd journeye yn France, and maked many Maconnes wherefromme, yn process of tyme, the arte passed yn Engelonde.

Es evidente que Peter Gower, Venetians y Groton son alteraciones fonéticas, respectivamente, de Pitágoras, Fenicios (en inglés Phoenicians) primitivamente por los Fenicios en todas sus colonias –y esto concuerda perfectamente con el origen fenicio del arquitecto Hiram del Templo de Salomón-, llegó por intermedio de Grecia a Italia, de donde, en tiempo de las conquistas romanas, franqueó su camino en los demás países de la Europa occidental.



1 Aunque, tal vez, el origen más probable de la palabra Janus deba buscarse en un hipótetico Dianus (masculino de Diana), análogo a divinus en el sentido de “celestial”, o Divinidad del Cielo.

1 En latín norma significa “escuadra”.

1 Dado que los otros cuatro sólidos regulares pueden precisamente resolverse en tetraedros.

1 Gramática, del griego gramma, “letra, signo, incisión”.



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