Manual del aprendiz estudio interpretativo sobre el valor


MANUAL DEL APRENDIZ ESTUDIO INTERPRETATIVO SOBRE EL VALOR



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MANUAL

DEL APRENDIZ



ESTUDIO INTERPRETATIVO SOBRE EL VALOR


INICIATICO DE LOS SÍMBOLOS Y ALEGORIAS

DEL PRIMER GRADO MASÓNICO Y MISTICA


DOCTRINA QUE EN ELLOS SE ENCIERRA



POR




MAGISTER

PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN

Al presentar esta tercera edición, especialmente destinada a los masones latinoamericanos, de nuestro primer Manual, creemos nuestro deber agradecer de todo corazón a todos los QQ.·. HH.·. que han tenido conocimiento de la primera, por la verdaderamente bondadosa y cordial acogida que en todos los países de habla española ha sido dispensada.


Esto se debe sin duda, fundamentalmente, al hecho de que el impulso espiritual por el cual muchos han sido atraídos entre las columnas de la Augusta Institución –cuyo objeto es labrar el progreso de la Humanidad sobre la tríplice base de la educación moral, del progreso espiritual y del mejor discernimiento y cumplimiento de nuestros deberes- despierta en su interior el deseo, primeramente latente, de penetrar el significado profundo de los símbolos y de la Sociedad, así como de las posibilidades que se nos revelan en su comprensión.
Esta obra, y las que sobre el mismo tema se han escrito y se escribirán, simplemente responden, en el mecanismo universal de la Ley de Causalidad, al deseo de conocer, que constituye el presupuesto indispensable de todo aprendizaje, y el único que puede darnos la llave para penetrar en el Santuario luminoso de la Eterna Verdad. Nada podemos conocer sin antes haber obtenido el deseo de saberlo, y ninguna verdad podemos aceptar, que no venga de afuera, si esa verdad no corresponde a un deseo interior, en el cual ya se encuentra en un estado de oscura intuición.
El libro se dirige, pues, únicamente a los que desean conocer la razón y la profunda base espiritual de nuestra Orden; los que no se conforman con ver en ella solamente una sociedad cordial de los hombres honrados que se asisten mutuamente y se ocupan de beneficencia, sino que quieren encontrar en ella los medios y las directivas para hacerse verdaderos obreros del progreso humano.
Y sabemos que su número crece silenciosa y continuamente, y que no dejan de hacerse, por medio de la coherencia a sus ideales y convicciones, la mística “levadura” que deberá levantar la Institución a la altura de sus mayores posibilidades.
En toda la masonería latinoamericana puede verse actualmente este estado de inquietud, que es en sí una profecía evidente del Nuevo Espíritu que en la misma debe encararse –aquel Espíritu que debe hacerla en el Nuevo Mundo uno entre los mayores factores que deben cooperar al establecimiento de la Nueva Era Humana: de una civilización basada sobre los valores humanos, morales e ideales, más bien que sobre los valores materiales. Una sociedad que tenga como principal objeto el progreso, la felicidad y el bienestar de todos los hombres, reconociendo que el verdadero bien de cada uno se halla íntimamente unido al mayor bien de todos los demás.
A todos los obreros de la Paz, de la Armonía y de la Solidaridad, en cualquier campo que trabajen, vaya con este libro el Mensaje de un común anhelo que hará efectiva, en un mañana no muy lejano, la paz, la armonía, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad sobre toda la superficie de la tierra. Escribimos estas palabras mientras perdura todavía el recuerdo de la guerra fratricida que ensangrentó los campos y las ciudades de España, mientras sigue aún la lucha en el Lejano Oriente, mientras en Europa no se disipan todavía oscuras amenazas y hondos temores. Pero, detrás de estas sombras y de estos nubarrones vemos desde ahora el principio claro y luminoso de una nueva espléndida Aurora, en la cual deben encararse y resplandecer todos los anhelos, ideales y aspiraciones de progreso que se han madurado y se van madurando en estos períodos más oscuros.
Ideales, directivas y orientaciones claras y seguras: he aquí la vital necesidad del momento actual. Únicamente en ellas puede basarse una disciplina clara e iluminada, coherente y homogénea que ha de constituir la gran fuerza del Centro –exponente de todos los hombres que piensan y saben- que debe dominar, equilibrar y paulatinamente absorber todas las tendencias extremistas, igualmente indeseables. De esta fuerza deben hacerse núcleo, si no la Masonería como institución, los masones individualmente, que comprenden los deberes y privilegios inherentes en el estudio y en la práctica del Arte.
El estudio de la Verdad y la práctica de la Virtud, que es esencialmente coherencia a la primera en pensamientos, palabras y obras: he aquí los instrumentos poderosos de que dispone todo masón consciente de su cualidad –el Compás y la Escuadra simbólicos que debe entrelazar en su actividad, y con los que hace efectivo también su progreso individual.
Nuestra obra impersonal, como la misma Verdad que nos habla a cada uno en el místico recogimiento de nuestro propio Cuarto de Reflexión, se dirige por esta razón más íntima y directamente a todo masón, para encaminar y guiar sus pasos en el Santuario de la Comprensión, en donde, sin embargo, sólo puede entrar por sus propios esfuerzos. Por esta razón deseamos que el lector haga completa abstracción de la personalidad de quien la ha escrito, y que simplemente la considere una Voz Amiga, o bien, como la Voz de la Verdad que habla en su propio fuero interior.1

PREFACIO A LA CUARTA EDICION

En su cuarta edición esta obrita ha sido nuevamente revisada, ligeramente aumentada, corregida y modificada en muchas partes; la construcción simbólica de nuestro Templo Ideal no puede darse nunca como concluida, así como nunca podemos dar por terminada la modesta labor sobre nuestras piedras individuales, para acercarlas a la perfección innata de nuestro Ser Espiritual.


En las trágicas horas que actualmente vivimos, en la grave crisis que el mundo está atravesando, más necesario que nunca es el Mensaje que nuestra Orden lleva a todos los hombres de buena voluntad que han tocado a las puertas de sus Templos y han pasado por las pruebas simbólicas, para buscar la Verdadera Luz: una orientación clara y segura en medio de las tinieblas, de la oscuridad y de la incertidumbre que vivimos.
Esta Orientación, este Mensaje Eterno que la Masonería lleva al mundo, hoy como ayer, es el Mensaje de una Obra Constructiva, animada por el más alto ideal que puede inspirarnos, en armonía con los Planes del G.·. A.·., y por lo tanto dirigida al Bien de todos nuestros semejantes.
Los masones son constructores, y nunca pueden dejar de ser tales mientras sean masones. Por lo tanto, sigue siendo su deber hacer Obra Constructiva, o la obra más constructiva que puedan realizar, aún cuando en torno de ellos parezcan triunfar y dominar momentáneamente las tendencias y las fuerzas destructivas. Como constructores debemos seguir afirmando y sosteniendo los Principios Ideales y Valores Morales, ya que únicamente sobre ellos puede establecerse en el mundo el Reinado de la Luz, de la Paz y de la Felicidad.
El Imperio del Mundo pertenece a la Luz. La Fuerza debe ser dominada, guiada y dirigida por la Sabiduría para producir resultados armónicos, satisfactorios y duraderos. Todos los hombres de todas las razas son nuestros hermanos. Todos los pueblos son elegidos, cada uno para su particular misión y función dentro de la humanidad, y la relación que debe haber entre todas las naciones ha de ser la Fraternidad.
Sigamos, pues, construyendo fielmente el Templo de nuestros Ideales, buscando nuestra inspiración en los Planes del G.·. A.·., pues “en Él está la Fuerza” y “Él los establecerá”. Esos Planes son Eternos y Perfectos como la creación y el universo que manan de ellos y constantemente les obedecen. Nuestros más altos ideales nacen de esos Planes y los revelan a nuestra inteligencia. Mientras busquemos esa inspiración y le seamos fieles, nuestros esfuerzos y nuestra obra, por modestos o grandes que sean, no serán nunca vanos.
Sea la Masonería para nosotros no solamente un hermoso conjunto simbólico, y un medio para establecer nuevas amistades y relaciones, sino algo más íntimo y vital, que se aplique a la solución de los diarios problemas de la existencia, nos enseñe la Ciencia y el Arte Real de la Vida, nos abra y nos indique el Camino de la Verdad.
Según los masones, individualmente descubrimos y hacemos efectivos los valores eternos de nuestra Orden, así podrá ésta subsistir, a través de los peligros que actualmente amenazan su existencia, cumpliendo con la función social orientadora que le pertenece.
Seamos verdaderos masones, en la medida de nuestro discernimiento y capacidad, esforzándonos por progresar en un grado siempre más elevado de comprensión; hagamos, tanto dentro de nuestras LL.·. como en nuestras tareas diarias, una verdadera labor masónica, y la Masonería vivirá, como todo lo que es útil y tiene una función necesaria en la vida del mundo, superando victoriosamente las pruebas entendidas para demostrar su verdadera cualidad.
EL APRENDIZ

Cualquiera que haya sido vuestro propósito y el anhelo de vuestro corazón al ingresar en la Augusta Institución que os ha acogido fraternalmente como uno de sus miembros, es cierto que no habéis entendido, en el principio, toda la importancia espiritual de este paso y las posibilidades de progreso que con el mismo se os han abierto.


La Masonería es, pues, una Institución Hermética en el triple profundo sentido de esta palabra: el secreto masónico es de tal naturaleza, que no puede nunca ser violado o traicionado, por ser mística e individualmente realizado por aquel masón que lo busca para usarlo constructivamente, con sinceridad y fervor, absoluta lealtad, firmeza y perseverancia en el estudio y en la práctica del Arte.
La Masonería no se revela efectivamente sino a sus adeptos, a quienes se dan enteramente a ella, sin reservas mentales, para hacerse verdaderos masones, es decir, Obreros Iluminados de la Inteligencia Constructora del Universo, que debe manifestarse en su mente como verdadera luz que alumbra, desde un punto de vista superior, todos sus pensamientos, palabras y acciones.
Esto se consigue por medio de las pruebas que constituyen los medios con los cuales se hace manifiesto el potencial espiritual que duerme en estado latente en la vida rutinaria, las pruebas simbólicas iniciales y las pruebas posteriores del desaliento y de la decepción. Quien se deja vencer por éstas, así como aquel que ingresa en la Asociación con un espíritu superficial, no conocerá nada de lo que la Orden encierra bajo su forma y su ministerio exterior, no conocerá su propósito real y la oculta Fuerza Espiritual que interiormente la anima.
Su tesoro se halla escondido profundamente en la tierra: sólo excavando, o sea buscándolo por debajo de la apariencia, podemos encontrarlo. Quien pasa por la Institución como si fuera una sociedad cualquiera o un club profano, no puede conocerla; sólo permaneciendo en ella largamente, con fe inalterada, esforzándonos en hacernos verdaderos masones, y reconociendo el privilegio inherente a esta cualidad, se nos revelará su oculto tesoro.
Desde este punto de vista, y cualquiera que sea el grado exterior que podamos conseguir, o que ya se nos haya conferido para compensar en alguna forma nuestros anhelos y deseos de progreso, difícilmente nos será dado superar realmente el grado de aprendiz. En la finalidad iniciática de la Orden, somos y continuaremos siendo aprendices por un tiempo mucho mayor que los simbólicos tres años de la edad. ¡Ojalá fuéramos todos buenos aprendices y lo fuéramos en toda nuestra existencia! Si todos los masones nos esforzáramos primero en aprender ¡cuántos males que se han lamentado y se lamentan no tendrían razón de existir!
Este pequeño Manual quiere ser una Sintética Guía para los aprendices de todas las edades masónicas, presentando en sus páginas, en forma clara y sencilla, las explicaciones que nos parecen necesarias para entender y realizar individualmente el significado de este grado fundamental, en el cual se halla todo el programa iniciático, moral y operativo de la Masonería.
Ser un buen Aprendiz, un Aprendiz activo e inteligente que pone todos sus esfuerzos en progresar iluminadamente sobre el sendero de la Verdad y de la Virtud, realizando y poniendo en práctica (haciéndola carne de su carne, sangre de su sangre y vida de su vida) la Doctrina Iniciática que se halla escondida y se revela en el simbolismo de este grado, es sin duda mucho mejor que ostentar el más elevado grado masónico, permaneciendo en la más odiosa y deletérea ignorancia de los principios y fines sublimes de nuestra Orden.
No se tenga, por consiguiente, demasiada prisa en la ascensión a grados superiores: el grado que se nos ha otorgado, y exteriormente se nos reconoce, es siempre superior al grado efectivo que hemos alcanzado y realizado interiormente, y difícilmente podrá tacharse de excesiva la permanencia en este primero, por grandes que sean nuestros deseos de progreso y los esfuerzos que hagamos en ese sentido. Comprender efectivamente el significado de los símbolos y ceremonias que constituyen la fórmula iniciática de este grado, y practicarlo en la vida de todos los días, es mucho mejor que salir prematuramente de él, o desdeñarlo sin haberlo comprendido.
La condición y estado de aprendiz precisamente se refiere a nuestra capacidad de aprender: somos aprendices, en cuanto nos hacemos receptivos, nos abrimos interiormente y ponemos todo el esfuerzo necesario para aprovecharnos constructivamente de todas las experiencias de la vida y de las enseñanzas que en cualquier forma recibamos. Nuestra mente abierta, y la intensidad del deseo de progresar, determinan esta capacidad.
Estas cualidades caracterizan al Aprendiz y lo distinguen del profano, ya sea dentro o fuera de la Orden. En el profano (según se entiende masónicamente esta palabra) prevalecen la inercia yl a pasividad, y, si existe un deseo de progreso, una aspiración superior, se hallan como sepultados o sofocados por la materialidad de la vida, que convierte a los hombres en esclavos supinos de sus vicios, de sus necesidades y de sus pasiones.
Lo que hace patente el estado de aprendiz es precisamente el despertar del potencial latente que se halla en cada ser y produce en él un vehemente deseo de progresar; caminar hacia delante, superando todos los obstáculos y las limitaciones, y sacando provecho de todas las experiencias y enseñanzas que encuentra a su paso. Este estado de conciencia es la primera condición para que uno pueda hacerse masón en el sentido verdadero de la palabra.
Toda la vida es para el ser activo, inteligente y diligente, un aprendizaje incesante; todo lo que encontramos en nuestro camino puede y debe ser un provechoso material de construcción para el edificio simbólico de nuestro progreso, el Templo que así levantamos, cada hora, cada día y cada instante a la G.·. D.·. G.·. A.·., es decir del Principio Constructivo y Evolutivo en nosotros. Todo es bueno en el fondo, todo puede y debe ser utilizado constructivamente para el Bien, a pesar de que pueda presentarse bajo la forma de una experiencia desagradable, de una contrariedad imprevista, de una dificultad, de un obstáculo, de una desgracia o de una enemistad.
He aquí el programa que debe esforzarse en realizar el Aprendiz en la vida diaria; solamente mediante este trabajo inteligente, diligente y perseverante puede convertirse en un verdadero obrero de la Inteligencia Constructora, y compañero de todos los que están animados por este mismo programa, por esta misma finalidad interior.
El esfuerzo individual es condición necesaria para este progreso. El aprendiz no debe contentarse con recibir pasivamente las ideas, conceptos y teorías que le vienen del exterior, y simplemente asimilarlos, sino trabajar con estos materiales, y así aprender a pensar por sí mismo, pues lo que caracteriza a nuestra Institución es la más perfecta comprensión y realización armónica de los dos principios de Libertad y Autoridad, que se hallan a menudo en tan abierta oposición en el mundo profano. Cada cual debe aprender o progresar por medio de su propia experiencia y con sus propios esfuerzos, aunque aprovechando según su discernimiento la experiencia de quienes le han precedido en el mismo camino.
La Autoridad de los Maestros es, simplemente, Guía, Luz y Sostén para el Aprendiz, mientras no aprenda a caminar por sí mismo, pero su progreso será siempre proporcionado a sus propios esfuerzos. Así es que esta Autoridad –la única que se reconoce en Masonería- no será nunca el resultado de una imposición o coerción, sino el implícito reconocimiento interior de una superioridad espiritual o, mejor dicho, de un mayor adelanto en el mismo sendero que todos indistintamente recorremos: aquella Autoridad natural que conseguimos conociendo la Verdad y practicando la Virtud.
El aprendiz que realice esta sublime Finalidad de la Orden reconocerá que en sus posibilidades hay mucho más de lo que se había percatado cuando pidió primero su afiliación y fue recibido como hermano.
El impulso que le movió desde entonces fue sin duda, en su raíz, más profundo que las razones conscientes determinantes: en aquel momento, actuaba en él una Voluntad más alta que la de su personalidad ordinaria, su propia voluntad individual, que es la Voluntad de lo Divino en nosotros. Sea, pues, consciente de esta Razón Oculta y profunda que motivó su afiliación a una Orden Augusta y Sagrada por sus orígenes, por su naturaleza y por sus finalidades.
A todos nos es dado el privilegio y la oportunidad de cooperar al renacimiento iniciático de la Masonería, para el cual están maduros los tiempos y los hombres: hagámoslo con aquel entusiasmo y fervor que, habiendo superado las tres simbólicas pruebas, no se deja vencer por las corrientes contrarias del mundo profano, ni arrastrar por el ímpetu de las pasiones, ni desanimar por la frialdad exterior, y que, llegando a tal estado de firmeza, madurará y dará óptimos frutos.
Pero, antes que todo, aprendamos. Aprendamos lo que es la Orden en su esencia, cuáles fueron sus verdaderos orígenes; el significado de la Iniciación Simbólica con la que hemos sido recibidos; la Filosofía Iniciática de la cual se nos dan los elementos, con el estudio de los primeros Principios y de los símbolos que los representan; la triple naturaleza y valor de Templo alegórico de nuestros trabajos y la cualidad de éstos; la palabra que se nos da para el uso y que constituye el Ministerio Supremo y Central. Recibiremos así el salario merecido como resultado de nuestros esfuerzos y nos haremos obreros aptos y perfectamente capacitados para el trabajo que se nos demanda.

PARTE PRIMERA

LOS ORIGENES DE LA INSTITUCIÓN


CONSIDERACIONES PRELIMINARES
De las tres preguntas: “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? y ¿Adónde vamos?”, en las que puede subdividirse y expresarse el Gran Misterio de la experiencia, así como el principio de todo conocimiento verdadero y de toda sabiduría, la primera es la que especialmente le compete al Aprendiz.
Referida a nuestra Institución, esta pregunta nos plantea en primer término, para tratar de conocer su esencia, el problema en sus orígenes –o sean aquellas instituciones, sociedades, costumbres y tradiciones en las que la Masonería tiene su raíz, su principio espiritual, aunque sin derivar directamente de ellas. Desde este punto de vista es cierto, según lo dicen los catecismos, que sus orígenes se pierden “en la noche de los tiempos”, o sea en aquellas antiquísimas civilizaciones prehistóricas de las que se han perdido los vestigios y la memoria, y que se remontan probablemente a centenares de millares de años antes de la era actual.1
Los primeros rituales, basados en las tradiciones bíblicas (por descansar en ellas principalmente la fe de sus redactores), nos dicen que “Adán fue iniciado al Or.·. del Edén, por el Gr.·. A.·. en todos los ritos de la Masonería”, significando esto, evidentemente, que los orígenes de la Masonería deben hacerse remontar hasta la primera sociedad humana, de la que Adán es un símbolo, correspondiendo con la Era Saturnina o Edad de Oro de la tradición grecorromana, y el Satya Yuga de los hindúes.
Es cierto, pues, que nacieron, ya en la aurora (que todas las tradiciones concuerdan en considerar luminosa) de la civilización, ese íntimo deseo de progreso, esa profunda aspiración hacia la Verdad y la Virtud, ese deseo de obrar recta y sabiamente, de los que la masonería constituye, para sus adeptos, la encarnación.
Pero si el espíritu masónico debió existir desde las primitivas épocas –conocidas y desconocidas- de la historia, y no fue extraño al primer hombre (si tal existió), manifestación natural de su deseo de progreso, de sus esfuerzos constructivos para alcanzarlo, y si debió de expresarse naturalmente en una forma adaptada y conveniente en las primeras comunidades –íntimas y por ende secretas- de hombres que se apartaban de los demás por su deseo de saber y penetrar el Misterio Profundo de las cosas, es cierto que no siempre se manifestó exactamente en la forma en que hoy se conoce, se ejerce y practica.
Sin embargo, los principios inmutables sobre los cuales ha sido establecida, y que constituyen su espíritu y su característica fundamental, no pueden haber sufrido variaciones substanciales, y establecidos en épocas de antigüedad incalculable, han debido de permanecer los mismos a través de todas sus metamorfosis o encarnaciones exteriores.
También debe remontarse (por su carácter y su transmisión ininterrumpida) a la más remota antigüedad, los signos, símbolos y toques, la íntima esencia de las alegorías y el significado de las palabras que corresponden a los diferentes grados; aunque las alteraciones de las leyendas –en su forma exterior- puedan haber sido notables, sin embargo, por el medio elegido y reducido en el cual fueron transmitidas, por el aparato exterior, las pruebas y la fidelidad que se les pedían a los iniciados, siempre ha debido de reducirse a lo mínimo, y por ser más bien intencionales (es decir, causadas por necesarias adaptaciones) que causales.
Además, girando dichas alegorías alrededor de un mismo tema o Idea Madre fundamental, estas alteraciones han debido de ser más bien cíclicas, gravitando alrededor de un mismo punto y repasando, por consecuencia, más de una vez por una misma forma o por formas análogas.
A pesar del secreto que debió de caracterizar constantemente la actividad de la Orden, en las diferentes formas asumidas exteriormente, doquiera podemos encontrar algunos vestigios que confirman esta aserción: en los Templos sagrados de todos los tiempos y de todas las religiones, entre las estatuas, grabados, bajos relieves y pinturas; en los escritos que nos han sido transmitidos, en representaciones simbólicas de origen muy diferente, en las mismas letras del alfabeto, podemos encontrar varias trazas de una intención indudablemente iniciática o masónica (siendo los dos términos, hasta cierto punto, equivalentes); y alguna vez no aparecen en estas representaciones los mismos signos de reconocimiento.
Igualmente en la mitología, y en las leyendas y tradiciones que constituyen el folklore literario y popular, hay muchas trazas de los misterios iniciáticos, de aquella Palabra Perdida a la cual se refiere nuestra Institución, con su enseñanza esotérica revelada en una forma simbólica.
El aspecto esotérico de la religión –conocida exotéricamente- debe de haber conservado en todos los tiempos esta doble característica, cualquiera que haya sido la forma exterior particular en que se ha manifestado en los diferentes pueblos y en épocas diversas de la historia.

LA DOCTRINA INTERIOR
Todos los pueblos antiguos conocieron, además del aspecto exterior o formal de la religión y de las prácticas sagradas, una enseñanza paralela interior o esotérica que se daba únicamente a los que se reputaban moral y espiritualmente dignos y maduros para recibirla.
El aspecto esotérico de la religión –conocida exotéricamente por los profanos- lo suministraban especialmente los llamados Misterios (palabra dericada de “mysto”, término que se aplicaba a los neófitos, y que significa etimológicamente mudo o secreto, refiriéndose evidentemente a la obligación de secreto, sellada por juramento, que se le pedía a todo iniciado), de los cuales la Masonería puede considerarse como heredera y continuadora, por medio de las corporaciones de constructores y otras agrupaciones místicas que nos transmitieron su Doctrina.
Esta Doctrina Interior –esotérica y oculta- es esencialmente iniciática, por cuanto se alcanzará únicamente por medio de la iniciación, es decir ingresando a un particular estado de conciencia (o punto de vista interior), pues sólo mediante él puede ser entendida, reconocida y realizada.
La Doctrina Interior ha sido siempre y sigue siendo la misma para todos los pueblos y en todos los tiempos. En otras palabras, mientras para los profanos (los que se quedan delante o fuera del Templo, es decir sujetos a la apariencia puramente exterior de las cosas) ha habido y hay diferentes religiones y enseñanzas, en aparente contraste las unas con las otras, para los iniciados no ha habido ni hay más que una sola y única Doctrina, Religión y Enseñanza: la Doctrina Madre Ecléctica o Religión Universal de la Verdad, que es Ciencia y Filosofía, al mismo tiempo que Religión.
De esta enseñanza iniciática, esotérica y universal, común a todos los pueblos, las razas y los tiempos, las diferentes religiones y las distintas escuelas han constituido y constituyen un aspecto exterior más o menos imperfecto e incompleto. Y las luchas religiosas siempre han caracterizado aquellos períodos en los cuales por la inmensa mayoría de sus dirigentes, fue perdida de vista aquella esencia interior que constituye el Espíritu de la religión, comprendiéndose únicamente el aspecto profano o exterior. Pues el fanatismo siempre ha sido acompañante de la ignorancia.

LOS MISTERIOS
Hubo misterios instituidos en todos los pueblos conocidos por la historia en la era precristiana: en Egipto como en la India, en Persia, Caldea, Siria, Grecia y en todas las naciones mediterráneas, entre los druidas, los godos, los escitas y los pueblos escandinavos, en la China y entre los pueblos indígenas de América. Pueden observarse trazas de ellos en las curiosas ceremonias y costumbres de las tribus de África y Australia, y en todos los pueblos llamados primitivos, a los que tal vez, más justamente, deberíamos considerar como supérstites degenerados de razas y civilizaciones más antiguas.
Tuvieron fama especialmente los Misterios de Isis y de Osiris en Egipto; los de Orfeo y Dionisios y los Eleusinos en Grecia, y los de Mitra, que, desde Persia, se extendieron, con las legiones romanas, por todos los países del imperio. Menos conocidos y menos brillantes, especialmente en su período de decadencia y degeneración, fueron los de Creta y los de Samotracia, los de Venus en Chipre, los de Tammuz en Siria y muchos otros.
También la religión cristiana tuvo en el principio sus Misterios, como surge de los indicios de naturaleza inequívoca que encontramos en los escritos de los primitivos Padres de la Iglesia, enseñándose a los más adelantados un aspecto más profundo e interno de la religión, a semejanza de lo que hacía el mismo Jesús, que instruía al pueblo por medio de parábolas, alegorías y preceptos morales, reservando al pequeño círculo elegido de los discípulos –los que escuchaban y ponían en práctica la Palabra- sus enseñanzas esotéricas. La esencia de los Misterios Cristianos se ha conservado en las ceremonias que constituyen actualmente los Sacramentos.
Igualmente la religión musulmana, así como el Budismo y la antigua religión brahmánica, tuvieron y tienen sus Misterios, que han conservado y conservan hasta hoy muchas prácticas sin duda anteriores al establecimiento de dichas religiones, reminiscencia de aquellos que se celebraban entre los antiguos árabes, caldeos y arameos y fenicios, por lo que se refiere a la primera, y entre los pueblos del Asia Central y Meridional, por los segundos.
Aunque los nombres difieran, y difieran más o menos la forma simbólica y los particulares de la enseñanza y de su aplicación, ha sido característica fundamental y originaria de todos la transmisión de una misma Doctrina Esotérica, en grados distintos y sucesivos, según la madurez moral y espiritual de los candidatos, a los cuales se sometía a pruebas (muchas veces difíciles y espantosas) para reconocerla, subordinándose la comunicación de la enseñanza simbólica, y de los instrumentos claves para interpretarla, a la firmeza y fortaleza de ánimo demostradas en superar estas pruebas.
La propia Doctrina nunca ha variado en sí misma, aunque se haya revestido de formas diferentes (pero casi siempre análogas o muy semejantes) e interpretada más o menos perfecta o imperfectamente y de una manera más o menos profunda o superficial, por efecto de la degeneración, a la que con el tiempo sucumbieron los instrumentos o medios humanos a los cuales se había confiado. Esta unidad fundamental, así como la analogía entre los medios, puede considerarse como prueba suficiente de la unidad de origen de todos los Misterios de un mismo y único Manantial, del cual han derivado igualmente, o fueron inspiradas, las diferentes instituciones y tradiciones religiosas, y la Masonería, en sus formas primitivas y recientes.
LA UNIDAD DE LA DOCTRINA

Esta Coctrina Madre Ecléctica que ha sido perpetuamente la Fuente inagotable de las enseñanzas más elevadas de todos los tiempos (faro de Luz inextinguible, conservado celosa y fielmente en el Misterio de la Comprensión y del Amor, que nunca dejó de brillar, aún en las épocas más oscuras de la historia, para los que han tenido “ojos para ver y oídos para oír”) es la propia Doctrina Iniciática manifestada en los Misterios Egipcios, Orientales, Griegos, Romanos, Gnósticos y Cristianos, y es la misma Doctrina Masónica que se revela por medio del estudio y la interpretación de los símbolos y ceremonias que caracterizan nuestra Orden.


Es la Doctrina de la luz interior de los Misterios Egipcios que se despertaba en el candidato y se hacía siempre más firme y activa en la medida en que él llegaba a osirificarse, o sea conocer su unidad e identidad con Osiris, el Primero y Unico Principio del Universo. Y es la misma Doctrina de la Luz simbólica que los candidatos vienen a buscar en nuestros Templos, y que se realiza individualmente en la medida en que uno se aparta de la influencia profana o exterior de los sentidos, y busca en secreto entendimiento en lo íntimo de su ser.
Es la Doctrina de la Vida Universal que se encierra en el simbólico grano de trigo de Eleusis, que debe morir y ser sepultado en las entrañas de la tierra, para que pueda renacer como planta, a la luz del día, después de abrirse camino a través de la oscuridad en que germina. Y es la misma doctrina por la cual el candidato, habiendo pasado por una especie de muerte simbólica en el cuarto de Reflexión, renace a una vida nueva como Masón y progresa por medio del esfuerzo personal dirigido por las aspiraciones verticales que simboliza la plomada.
Es la Doctrina de la redención cristiana, que se consigue por medio de la fidelidad en la palabra, con la cual el Cristo o Verbo Divino (nuestra percepción interior o reconocimiento espiritual de la verdad) nace o se manifiesta en nosotros, y nos conduce, según la antigua expresión brahmánica, “de la ilusión a la Realidad, de las tinieblas a la Luz, de la muerte a la Inmortalidad”. Y es la misma doctrina del Verbo o Logos sobre la cual colocamos nuestros instrumentos simbólicos al abrirse la logia, es decir, al principiar la manifestación del Logos.
Es pues, siempre y doquiera, una misma enseñanza que se revela en infinitas formas, adaptándose a la inteligencia y capacidad comprensiva de los oyentes; una Doctrina secreta o hermética, revelada por medio de símbolos, palabras y alegorías que sólo pueden entender y aplicar en su real sentido los oídos de la comprensión; una doctrina vital que debe hacerse en nosotros carne, sangre y vida, para obrar el milagro de la regeneración o nuevo nacimiento, que constituye el Télos o “fin” de la Iniciación.

LA JERARQUÍA OCULTA
El reconocimiento de la identidad fundamental de esta Doctrina en sus múltiples dispensaciones y manifestaciones exteriores, de la idéntica finalidad de éstas y de la identidad de los medios universalmente empleados para enseñarla, en sus distintas adaptaciones, a las diferentes circunstancias de tiempo y lugar, como sello de su origen común, nos hace patente la existencia de una Oculta Jerarquía, una Fraternidad de Sabios y Maestros, que ha sido a través de las edades su íntima, secreta y fiel depositaria, manifestándola exteriormente en formas análogas o diferentes, según la madurez de los tiempos y de los hombres.
Los orígenes de esta Fraternidad Oculta de Maestros de Sabiduría, llamada también Gran Logia Blanca (y, en la Biblia, Orden de Melkizedek), pueden trazarse hasta las primeras civilizaciones humanas, de las cuales estos Maestros, como Reyes-Sacerdotes Iniciados (según lo indica el mismo nombre genérico Melkizedek), fueron Reveladores e Instructores, puede decirse, desde la aparición del primer hombre sobre la tierra. Su existencia ha sido y puede ser reconocida por todos los discípulos adelantados, de los cuales los Maestros se han servido y se sirven para su Obra en el mundo.
Debemos a esta Jerarquía Oculta, formada por los genuinos Intérpretes, Depositarios y Dispensadores de la Doctrina Secreta, el primitivo establecimiento de todos los Misterios y de todos los cultos, en sus formas más antiguas, más puras y originarias, así como de la Institución Masónica, y de todo movimiento progresista y libertador.
Elevar y libertar a las conciencias, conducir a los hombres desde las tinieblas de la ignorancia y de la ilusión a la Luz de la Verdad, desde el vicio a la Virtud, desde la esclavitud de la materia a la libertad del espíritu, ha sido siempre y es constantemente la finalidad de estos Seres superiores, de estos verdaderos Maestros Incógnitos en sus actividades en el mundo.
Todo Movimiento elevador y libertador debe considerarse, directa o indirectamente, inspirado por esta Jerarquía, formada por los que se elevaron y libertaron por sí mismos, sobreponiéndose a todas las debilidades, limitaciones y cadenas (que atan a la mayoría de nosotros y nos hacen otros tantos esclavos de la fatalidad o de la necesidad en apariencia, pero, en realidad, de nuestros mismos errores e ilusiones), y realizando así el verdadero Magisterio.
Por el contrario, todo movimiento (político, social u oculto) que tienda a limitar, esclavizar, entorpecer y adormecer la conciencia de los hombres tiene una opuesta y diferente inspiración, siendo obra manifiesta del Señor de la Ilusión, o sea el movimiento de reflujo de las olas espirituales. La libertad individual y el respeto pleno de la misma han sido siempre y son la característica de la línea derecha de la Evolución Ascendente, mientras esclavitud y coerción señalan el camino izquierdo o descendente.

LAS COMUNIDADES MÍSTICAS
Al lado de las antiquísimas instituciones oficiales de los Misterios –protegidas por los reyes y gobiernos con leyes y privilegios especiales, por su reconocida influencia benéfica y moralizadora, e instintivamente veneradas por los pueblos- existieron en todo Oriente, y especialmente en la India, Persia, Grecia y Egipto, muchas comunidades místicas que, mientras por un lado pueden ser comparadas a los actuales conventos y órdenes monásticas, por el otro algunas de sus características las relacionan íntimamente con la moderna Masonería.
Estas comunidades –algunas de las cuales tuvieron, y otras no, carácter decididamente religioso- nacieron, evidentemente, de la necesidad espiritual de agruparse para llevar, al abrigo de las condiciones contrarias del mundo exterior, una vida común más conforme con los ideales e íntimas aspiraciones de sus componentes.
Las características de estas comunidades, que constituyen un trait d’union con nuestra Orden, se refieren igualmente a su doble finalidad operativa y especulativa –en cuanto se dedicaban igualmente a trabajos y actividades materiales, así como a los estudios filosóficos y a la contemplación-, a la iniciación como condición necesaria para ser admitidos en ellas, y a los medios de reconocimiento (signos, palabras y toques) que usaban entre sí y por medio de los cuales abrían sus puertas al viajero iniciado que se hacía reconocer como uno de ellos, y le trataban como hermano, cualquier que fuese su procedencia.
De estas místicas comunidades habla mucho Filóstrato en su vida de Apolonio de Tiana, basándose en los apuntes de Damis, discípulo (o, mejor dicho, compañero de viaje, pues por no ser Iniciado, casi siempre debía quedarse a la puerta de los Templos y Santuarios que no tenían misterios para su Maestro) del gran filósofo reformador del primer siglo de nuestra Era, que viajó constantemente de una a otra comunidad, así como de Templo en Templo de distintas religiones, en donde siempre encontró hospitalidad y acogida fraternal, compartiendo con ellos el Pan de la Sabiduría.
Las más conocidas fueron las de los Esenios entre los hebreos, de los Terapeutas del Alto Egipto, de los Gimnósofos en la India. Este último término –que significa literalmente sabios desnudos- parece muy bien aplicarse a los yoguis, en su triple sentido moral, material y espiritual, en cuanto se despojaban de toda su riqueza o posesión material, reducían su traje a lo más sencillo, y se desnudaban espiritualmente con la práctica de la meditación, que, en sus aspectos más profundos, es un despojo completo de la mente (la “Creadora de la Ilusión”) y de las facultades intelectuales, de las cuales está revestido nuestro Ego o Alma para su actuación como “ser mental”.


LAS ESCUELAS FILOSÓFICAS
Tampoco hemos de olvidar, en esta sintética enumeración de los orígenes de la Masonería, las grandes escuelas filosóficas de la antigüedad: la vedantina en la India, la pitagórica, la platónica y la ecléctica o alejandrina en Occidente, las que, indistintamente, tuvieron su origen e inspiración en los Misterios.
De la primera diremos simplemente que su propósito fue la interpretación de los libros sagrados o Vedas (Vedanta significa etimológicamente fin de los Vedas), antiguas escrituras brahmánicas inspiradas, obra de los Rishis, “videntes” o “profetas”, con propósito claramente esotérico, como lo muestra su característica primitivamente advaita (“antidualista” o unitaria), con el reconocimiento de un único Principio o Realidad, operante en las infinitas manifestaciones de la Divinidad, consideradas éstas como diferentes aspectos de esta Realidad Unica.
La escuela establecida por Pitágoras, como comunidad filosófico-educativa, en Crotona, en la Italia meridional (llamada entonces Magna Grecia), tiene una íntima relación con nuestra institución. A los discípulos se les sometía primeramente a un largo período de noviciado que puede parangonarse con nuestro grado de Aprendiz, en donde se les admitía como oyentes, observando un silencio absoluto, y otras prácticas de purificación que los preparaban para el estado sucesivo de iluminación, en el cual se les permitía hablar y que tiene una evidente analogía con el grado de Compañero, mientras el estado de perfección se relaciona evidentemente con nuestro grado de Maestro.
La escuela de Pitágoras tuvo una decidida influencia también en los siglos posteriores, y muchos movimientos e instituciones sociales fueron inspirados por las enseñanzas del Maestro, que no nos dejó nada como obra suya directa, en cuanto consideraba sus enseñanzas como vida y prefería, como él mismo decía, grabarlas (otro término característicamente masónico) en la mente y en la vida de sus discípulos, más bien que confiarlas como letra muerta al papel.1
Con relación a Pitágoras, cabe recordar aquí un curioso y antiguo documento masónico,2 en el cual se le atribuye al Filósofo por excelencia (fue él quien usó primitivamente este término, distinguiéndose como amigo de la sabiduría de los sofos o sofistas, que ostentaban, con un orgullo inversamente proporcional al mérito real, el de sabios) el mérito de haber transportado las tradiciones masónicas orientales al mundo occidental grecorromano.
De la escuela platónica y de su conexión con las enseñanzas masónicas, es suficiente que recordemos la inscripción que había en el atrio de la Academia (palabra que significa etimológicamente “oriente”), en donde se celebraban las reuniones: “Nadie entre aquí si no conoce Geometría”; alusión evidente a la naturaleza matemática de los Primeros Principios, así como al simbolismo geométrico o constructor que nos revela la íntima naturaleza del Universo y del hombre, y de su evolución.
La filiación de estas escuelas en los Misterios es evidente por el hecho de que Platón, como Pitágoras y todos los grandes filósofos de aquellos tiempos, fueron iniciados en los Misterios de Egipto y Grecia (o en ambos), y todos nos hablan de ellos con el más grande respeto, aunque siempre someramente, por ser entonces toda violación del secreto castigada por las leyes civiles hasta con la muerte.
De la escuela ecléctica o neoplatónica de Alejandría de Egipto diremos la doble característica de su origen y de su finalidad, en cuanto nació de la convergencia de diferentes escuelas y tradiciones filosóficas, iniciáticas y religiosas, como síntesis y conciliación de las mismas, desde aquel punto de vista interior en el cual se revela y se hace patente su fundamental unidad.
Esta tentativa de unificación de escuelas y tradiciones diferentes, por medio de la comprensión de la Unidad de la Doctrina que en ellas se encierra, fue renovada unos siglos después por Ammonio Saccas, constituyendo, además, un privilegio constante y universal característico de los verdaderos iniciados en todos los tiempos.

LA ESCUELA GNÓSTICA
Directamente relacionada con la escuela ecléctica alejandrina, ha sido la tradición o escuela gnóstica del Cristianismo, considerada y perseguida después como herejía por la Iglesia de Roma.
El gnosticismo quiso conciliar y fundir hasta lo posible el cristianismo entonces naciente con las religiones y tradiciones iniciáticas más antiguas, sustituyendo al dogma (doctrina ortodoxa, de la cual se nos pide una aceptación incondicional como “acta de fe”) la gnosis (conocimiento o comprensión por medio de la cual se llega a la Doctrina Interior).
Según esta escuela, el Evangelio, a semejanza de todas las escrituras y enseñanzas religiosas, debe interpretarse en su sentido esotérico, es decir, como expresión simbólica y presentación dramática de Verdades espirituales.
El Cristo, más bien que una atribución personal de Jesús, sería el conocimiento o percepción espiritual de la Verdad que debe nacer y nace en todo iniciado, que se hace así su verdadero cristóforo o cristiano. El mismo Jesús sería también el nombre simbólico de este principio salvador del hombre, que lo conduce “del error a la Verdad y de la Muerte a la Resurrección”.
La misma Fe (pistis) se consideraba como medio para llegar a la Gnosis, más bien que la aceptación pasiva e incondicionada de alguna afirmación dogmática, presentada como una Verdad revelada.
A pesar de las interpolaciones posteriores, es cierto que el Evangelio, las Epístolas y el Apocalipsis de Juan revelan muy claramente un fundamento gnóstico (la misma doctrina o tradición gnóstica se decía instituida por los discípulos o secuaces de San Juan), y esta tradición gnóstica o juanítica representa en el Cristianismo el punto de contacto más directo con la Masonería.

LA CÁBALA HEBREA
Las antiguas tradiciones orientales y herméticas encuentran en la Cábala y Alquimia dos nuevas encarnaciones occidentales que no fueron extrañas a los orígenes de la moderna Masonería.
La Cábala (del hebraico qabbalah, “tradición”) representa la Tradición Sagrada conocida por los hebreos, a su vez derivada de antiguas tradiciones caldeas, egipcias y orientales en general. Trata especialmente del valor místico y mágico d elos números y de las letras del alfabeto relacionados con principios numéricos y geométricos, que encierran en sí otros tantos significados metafísicos o espirituales, de los cuales aparece la íntima concordancia y la unidad fundamental de las religiones.
La antigüedad del movimiento cabalista, cerca de los hebreos, ha sido negada por algunos críticos modernos, pero generalmente se admite su existencia después de la captividad de Babilonia, haciéndose así manifiesta su afirmación de la doctrina de los magos caldeos. Especial importancia tienen en la cábala las palabras sagradas y Nombres Divinos, atribuyéndose a los mismos un poder que se hace operativo por su correcta pronunciación –doctrina común a todas las antiguas tradiciones, que también ha sido desarrollada de una manera racional en la Filosofía de la India, en donde el sonido o Verbo es considerado como un espectro de la Divinidad (Shabdabrahman).

ALQUIMIA Y HERMETISMO
Como del Oriente asiático han venido las doctrinas cabalistas, al Egipto y a la tradición hermética (de Hermes Trismegisto o Thot, el fundador de los misterios egipcios) se hace remontar la Alquimia (palabra árabe que parece significar “la Substancia”) de los que se llamaban a sí mismos verdaderos filósofos.
El significado común y familiar del adjetivo hermético puede darnos una idea de la secreteza por medio de la cual los alquimistas acostumbran ocultar la verdadera naturaleza de sus misteriosas pesquisas. No debe por lo tanto extrañarnos si la mayoría sigue creyendo aún hoy que sus principales objetos fueran los de enriquecerse por medio de la piedra filosofal, que debía convertir el plomo en oro puro, y alargar notablemente la duración de su existencia, librándose al mismo tiempo de las enfermedades por medio de un elixir y de una milagrosa panacea.
En esa mística lapis philosophorum, sin embargo, nosotros los masones no podemos dejar de reconocer una particular encarnación, un estado de pureza, refinamiento y perfección de la misma piedra en cuyo trabajo principalmente consiste nuestra labor. Y cuando reflexionamos sobre el secreto simbólico, en el cual a nuestra semejanza envolvían sus trabajos, para ocultarlos a los profanos del Arte, no nos puede caber la menor duda de que, por encima de esas finalidades materiales, que justificaban para los curiosos sus ocupaciones, los verdaderos esfuerzos de todos los verdaderos alquimistas fueran dirigidos hacia objetos esencialmente espirituales.
La piedra filosofal no puede ser, pues, sino el conocimiento de la Verdad, que siempre ejerce una influencia transmutadora y ennoblecedora sobre la mente que la contempla y se reforma en su imagen y semejanza. Unicamente por medio de ese conocimiento, que es realización espiritual, pueden convertirse las imperfecciones, las pasiones y las cualidades más bajas y viles del hombre en aquella perfección ideal de la que el oro es el símbolo más adecuado.
Con esta clave se nos hace relativamente fácil entender el misterioso lenguaje que los alquimistas emplean en sus obras, y cómo la propia personalidad del hombre sea el atanor, mantenido al calor constante de un ardor duradero, en donde tienen que desarrollarse todas las operaciones.
El parentesco entre el simbolismo alquímico y el masónico aparece con bastante claridad en el grabado que reproducimos, sacado de una ilustración de la obra de Basilio Valentino sobre la manera de hacer el oro oculto de los filósofos y aportado por otros autores.

La Gran Obra de los alquimistas, y la que perseguimos en nuestros simbólicos trabajos, nos presentan, efectivamente, una idéntica finalidad común a todas las escuelas iniciáticas, ya sea en el significado místico de realización individual, como en una iluminada y bien dirigida acción social, que tiene por objeto el mejoramiento del medio y la elevación, el bien y el progreso efectivos de la humanidad.



TEMPLARIOS Y ROSACRUCES
Las tradiciones herméticas orientales encontraron en Occidente otros tantos canales para su expresión, durante la Edad Media y el principio de la Edad Moderna, en las muchas sociedades y órdenes místicas y secretas, aunque aparentemente con diversa finalidad exterior, que se manifestaron aquí y allá, todas íntimamente relacionadas con la Tradición Iniciática y ligadas interiormente por la afinidad de los medios de manifestación y una identidad fundamental de orientación.
Entre estos movimientos, los dos más conocidos y que más han influido en la Masonería, son la Orden del Templo, que tuvo su apogeo y su período de esplendor en el siglo XIII, y la Fraternidad Rosacruz, que influyó especialmente en el siglo XVII.
La Orden de los caballeros del Templo nació de las Cruzadas y el contacto que se estableció con ocasión de las mismas entre los caballeros venidos del Occidente y las místicas comunidades orientales depositarias de tradiciones esotéricas. Como Orden fue fundada en 1118 por dos caballeros franceses, Hugues de Payens y Godefroid de St. Omer, con el fin de proteger a los peregrinos que iban a Jerusalén después de la Primera Cruzada.
Los caballeros hacían los tres votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, como las demás órdenes religiosas, y la Orden comprendía en sí misma un cuerpo eclesiástico propio, dependiente directa y únicamente del Gran Maestro de la Orden y del Papa. Así los místicos secretos de los cuales la Orden se hizo depositaria podían ser guardados con toda seguridad.
El secreto en el cual se desarrollaban las ceremonias de recepción, y se comunicaban los misterios a los que se reputaban dignos y maduros para poseerlos, fue el pretexto de las acusaciones de inmoralidad y herejía que se hicieron a la Orden, siendo en realidad motivadas estas acusaciones por la ignorancia, el celo y la codicia de su inmensa riqueza. Esta última fue principalmente la razón que llevó a Felipe el Hermoso, rey de Francia, en el año 1307, a aprehender sin previo aviso a todos los Templarios, que fueron torturados y juzgados muy sumariamente por el Tribunal de la Inquisición, con el preciso intento de acabar con la Orden, cuyo fin fue sellado trágicamente en 1314 (cuatro meses después de su abolición privada por obra del pontífice) por la bárbara muerte inflingida a su Gran Maestro Jacques de Molay, que fue quemado vivo delante de la catedral de Nôtre Dame de París.
También el movimiento filosófico conocido con el nombre de Fraternitas Rosae Vía tuvo sus orígenes en el contacto de Occidente con el Oriente, y con las secretas tradiciones que aquí pudieron conservarse más libre y fielmente: Cristian Rosenkreutz, su místico fundador, nació, según la tradición de la cual se habla en la Fama Fraternitatis, en 1378, y muy joven viajó por Chipre, Arabia y Egipto, donde le fueron revelados muchos importantes secretos, que llevó consigo a Alemania, donde fundó la Fraternidad, destinada a reformar a Europa. Después de su muerte fue sepultado secretamente en una tumba preparada expresamente para él, que debía permanecer desconocida para los miembros de la misma Fraternidad, hasta que fue casualmente descubierta, leyéndose en la misma la inscripción: Post CXX años patebo.
Esta historia, así como los secretos y maravillas que se encuentran en la tumba, es evidentemente simbólica de la Tradición Iniciática de la Sabiduría, personificada por el mismo Cristian Rosenkreutz, que viene del Oriente al Occidente, y se conserva celosamente en su tumba hermética, en donde la buscan y la encuentran sus adeptos, los fieles buscadores de la Verdad.
En cuanto a la influencia de estos dos movimientos sobre la Masonería, que es la que por el momento más nos interesa, es cierto que no solamente muchas tradiciones templarias y rosacruces encontraron su camino en nuestra Orden, sino que también se hizo ésta la intérprete y natural heredera de sus finalidades, ideales y de la Gran Obra que constituye el fin de todas las diferentes tendencias: hermetistas, templarios, rosacruces y filósofos siempre han debido fraternizar con los masones, y de esta comunión espiritual ha nacido la Masonería según hoy la conocemos.

ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO
Podemos considerar estas fraternidades y movimientos como el alma multiforme del Espíritu Uno de la Tradición Universal, que ha venido directamente y sin interrupción hasta nosotros de los antiguos Misterios. Así, por lo que se refiere a su espíritu iniciático como a la tradición que le anima (y de la cual es heredera y continuadora), los orígenes de nuestra Institución no pueden ser más gloriosos, siendo nosotros, como Masones, los herederos de los antiguos Reyes-Sacerdotes (simbolizados por Melquizedek y Salomón) y de los Grandes Iniciados de todos los tiempos.
Y en cuanto se refiere al cuerpo en el cual esta Alma tradicional se ha encarnado –es decir, a la forma que domina exteriormente nuestra Institución, que ha sido tomada particularmente del Arte de Construir-, nuestros orígenes no son menos gloriosos, ya que se relacionan directamente con el origen de toda civilización, como la causa con su efecto natural.
Conocemos, por el estudio que hemos hecho en las páginas precedentes, algo de su alma, que es la tradición y Finalidad, comunes a las diferentes órdenes, escuelas, movimientos, sociedades y comunidades que acabamos de examinar –un Alma formada por las más elevadas aspiraciones humanas y expresada constantemente en términos de comprensión, tolerancia y amor fraternal. Veamos ahora cómo también el cuerpo exterior de la institución tiene sus orígenes en los tiempos de la más remota historia y de la prehistoria humanas, habiendo dejado sus huellas en todas las grandes obras y monumentos que han llegado hasta nosotros de las épocas pasadas.

EL “ARS STRUCTORIA”
Entre todas las artes, la Arquitectura ha sido venerada y practicada en todos los tiempos como un arte especialmente divino. No debemos maravillarnos de la especial consideración en que siempre ha sido tenida, por estar la construcción material íntimamente relacionada con la forma exterior de toda civilización, de la cual puede considerarse al mismo tiempo como causa, medio, condición necesaria y expresión natural.
La casa representa el principio de la vida civil y no carece de razón, sin duda, el que la segunda letra del alfabeto hebraico (que constituye la inicial de la palabra sagrada del Aprendiz) signifique exactamente “casa”, derivando su forma del jeroglífico simbólico de la misma. La Casa representa así la primera letra o principio de la civilización, mientras su interpretación esotérica en relación con las demás letras de la Palabra nos da otro significado más propio para el Aprendiz, que estudiaremos más adelante.
Cuando los hombres tuvieron casas o abrigos protectores, y cuando los muros de las ciudades constituyeron para éstas la base de la seguridad, fue cuando pudieron desarrollarse las artes, las ciencias y las instituciones sociales.
Entonces, elevándose la atención y las aspiraciones de los hombres desde el reino de los efectos al de las causas, o desde la apariencia exterior a la realidad interior que en ella se esconde y la anima, fue cuando nació la idea y se sintió la necesidad de construir un Templo, de levantar un edificio o signo exterior del reconocimiento interior de la Causa Trascendente, de los efectos visibles.
Esta aspiración interior constituye el principio de toda iniciación, o ingreso en una manera superior de pensar, de ver y considerar las cosas. Por lo tanto, podemos decir que la Masonería tuvo tanto moral como materialmente el origen en el primer Templo que se levantó en reconocimiento de la Divinidad, y que el primer Masón fue quien lo levantó, a pesar de lo rudo y elemental que fuera este Templo primitivo, que bien pudo haber consistido en una sola columna, o tronco de piedra o de madera, cuya tradición fue perpetuada en seguida en los obeliscos.

MASONERÍA OPERATIVA Y ESPECULATIVA
Es evidente, pues, que el elemento espiritual (especulativo o devocional) y el material (operativo o constructivo) se hallan íntimamente unidos desde el momento en que primero se concibió y se realizó la idea de un Templo, como signo exterior de un reconocimiento interior, y que la Masonería surgió espontáneamente de esta idea de levantar o establecer un signo a la Gloria del Principio o Realidad interiormente reconocidos, pues si los masones en el sentido material fueron “constructores” en general, siempre han sido más particularmente los que han elevado Templos para el espíritu.
Teniendo presentes estas consideraciones, no hay nada de sorprendente en la transformación de la masonería operativa en especulativa, es decir, de cómo una Institución Moral y Filosófica haya podido desarrollarse sobre un arte material, tomando el lugar de las corporaciones medievales y continuándolas.
Ambos elementos –operativo y especulativo- estuvieron juntos desde un principio, y ello se evidencia en el desarrollo cíclico que hace prevalecer, según los momentos históricos y las necesidades de una época, una u otra tendencia, uno u otro de estos dos aspectos de nuestra Institución, tan inseparables como las dos columnas que dan acceso a nuestros Templos.
Además de que constituye el sello de su origen, la construcción en general –y la de un templo en particular- se ha prestado siempre y se presta admirablemente como símbolo interpretativo de la actividad de la Naturaleza, pudiéndose considerar el Universo como una Gran Obra, como un Templo y al mismo tiempo un Taller de Construcción, dirigida, inspirada y actualizada por un Principio Geométrico, cuyas diferentes manifestaciones son las leyes naturales que lo gobiernan y las fuerzas que, según estas leyes, producen diferentes efectos visibles.
Esta Obra de Construcción puede el hombre observarla en sí mismo, en su propio organismo físico (muchas veces parangonado con un templo), así como en su íntima organización espiritual, en el mundo interior de sus ideas, pensamientos, emociones y deseos. Todo hombre viene a ser así un microcosmo o “pequeño universo” y un Templo (análogo al Gran Templo del Universo que constituye el Macrocosmo), individualmente levantado “a la Gloria” del Principio Divino o espiritual que lo anima.
A esta Obra universal que se desarrolla igualmente dentro y fuera de nosotros, en la cual todo ser participa por lo general inconscientemente con su propia vida y actividad, el Masón –o sea el iniciado en los Misterios de la Construcción- tiene el privilegio y el deber de cooperar conscientemente, convirtiéndose en obrero inteligente y disciplinado del Gran Plan que constituye la evolución.
Así pues, el Ars Structoria es, para quienes saben interpretarla y realizarla, la verdadera Ciencia y Arte Real de la Vida, el divino privilegio de los iniciados que la practican especulativa y operativamente; dos aspectos íntimamente unidos e inseparables, aunque puedan manifestarse en diferentes formas, según la evolución particular del individuo. Y no hay altura o elevación del pensamiento o del plano de conciencia individual que no pueda ser interpretado, o al cual no puedan útilmente aplicarse las alegorías, los emblemas y los instrumentos simbólicos de la Construcción.

LAS CORPORACIONES CONSTRUCTORAS
Ninguna actividad, arte u obra importante puede ser el resultado de los esfuerzos y de la experiencia de un individuo aislado. Por consecuencia, los primeros constructores debieron necesariamente agruparse, sea para el aprendizaje y el perfeccionamiento (en los que se aprovecha la experiencia de los demás), como para el ejercicio y la práctica ordinaria del Arte, agregándose cada cual a otros miembros como ayudantes o aprendices, quienes debían cooperar en las más rudas tareas sin conocer todavía los principios y secretos que se adquieren con el tiempo, el esfuerzo y la aplicación.
La división en Aprendices, Compañeros y Maestros hubo de ser espontánea en cualquier agrupación de obreros para un intento constructivo, debiéndose distinguir los manuales y novicios, que no podían poner más que su fuerza, su buena voluntad y sus facultades todavía indisciplinadas, de los obreros que ya conocían los principios del arte, cuya actividad podía ser utilizada más provechosamente, y éstos de los obreros consumados o perfectos que ya lo dominaban y estaban capacitados para ejecutar cualquier obra, así como para dirigir y enseñar a los demás.
Como la unidad de una tarea requiere siempre una correspondiente unidad de concepto y de dirección, es claro también que estas tres categorías tuvieron que estar fielmente disciplinadas (en el doble sentido intelectual y moral de la palabra disciplina, es decir, tanto en la teoría como en la práctica) bajo una Autoridad reconocida como tal, por su experiencia y conocimientos superiores, elegida o propuesta sobre ellos, el Magíster por excelencia, o Arquitecto, a cuya iniciativa y directa responsabilidad se encomendaba evidentemente la obra, un Maestro Venerable entre los Maestros del Arte, al cual todos los demás debían respeto y obediencia.
Así toda corporación constructora o agrupación de obreros para un fin determinado debió constituirse espontáneamente a semejanza de nuestras Logias, necesitándose, además del Maestro Arquitecto, director de la Obra, uno o dos Vigilantes que lo ayudaran y pudieran sustituirlo en caso de necesidad, y otros miembros que tuvieran cargos y atribuciones especiales, distintos de los demás.
La primera logia fue constituida, consecuentemente, por el primer grupo de constructores que juntaron disciplinadamente sus esfuerzos para alguna obra importante, o para la realización de un Ideal común. Y como las reglas morales son necesarias para el orden, la disciplina y la eficiencia en toda actividad material, es evidente que éstas debieron ser inseparables de las normas y reglas propias del Arte. El conjunto de estas normas y reglas, que constituían una necesaria disciplina para los que se admitían para tomar parte en la Obra, o como miembros de la corporación, formó la característica de la Orden, pues sin ella no hubiera podido haber ningún orden verdadero y la aceptación de esta disciplina debió naturalmente exigirse como condición preliminar para ser admitido en la Orden.

LA “RELIGIÓN” DE LOS CONSTRUCTORES
En las especulaciones, cultos y tradiciones primitivos, todo tiende a la unidad: poderes y atribuciones que hoy se distinguen cuidadosamente, como por ejemplo el eclesiástico y el civil, el legislativo y el judicial, estaban ayer en manos de una misma autoridad. Así el mundo antiguo nos dio ele ejemplo de los Reyes-Sacerdotes que juntaban en sí diferentes representaciones y poderes que se consideran hoy enteramente desglosados.
Igualmente la Religión formaba entonces parte de la vida, y las instituciones civiles y religiosas se entrelazaban mutuamente, constituyendo un conjunto casi inseparable. Por eso, en las primitivas corporaciones constructoras, el elemento religioso-moral se debió considerar como formando una unidad con el elemento artístico-operativo, desarrollándose y transmitiéndose igualmente, en estas corporaciones, los secretos del arte y ciertas especiales tradiciones religiosas.
Nótese, con respecto a esto, que la misma palabra religión se identifica, en su significado originario, con la de tradición, indicando simplemente “lo que es legado o se transmite”. También la Masonería en este sentido es religión aunque no una religión: la religión operativa y especulativa, simbólica e iniciática, nacida espontáneamente en las primeras corporaciones constructoras, a medida que sus adeptos se esforzaban en divinizar su Arte, convirtiéndose en vehículos y medios de los cuales pudo aprovecharse la Jerarquía Oculta para sus enseñanzas, encontrando en ese medio un terreno particularmente fértil para sembrar la mística semilla de la Sabiduría.
También el carácter particular de las corporaciones que se especializaron en la construcción de Templos hizo que éstas se identificaran, en las diferentes épocas de la historia, con distintas tradiciones religiosas, y en algunos casos con los mismos Misterios (a los cuales algunos entre ellos debieron ser admitidos como participantes), y no hay que maravillarse si se asimilaron muchas enseñanzas esotéricas, transmitidas como secreto patrimonio entre los maestros del Arte.
Fuera de duda está que, en cualquier período de la historia, las corporaciones constructoras aparecen poseedoras de secretos y alegorías, algunos de los cuales provienen de una época remotísima, y otros representan antiquísimas tradiciones revestidas de nombres y formas simbólicas más recientes. Mientras que, por otro lado, bien sabemos que todas tuvieron reglas y modalidades particulares para la dúplice transmisión del secreto material del arte y de su interpretación especulativa, así como para la admisión de candidatos como aprendices, exigiéndoseles el ser “libres y de buenas costumbres”, dando pruebas definidas de moralidad, diligencia y capacidad para la obra.
Esta “religión de los constructores” hubo de ser una religión eminentemente moral, es decir una ética individual aplicada a la vida, como lo demuestra la Tradición Masónica, que más directamente la continúa.

EL GRAN ARQUITECTO
El concepto de un Gran Arquitecto, o Principio Divino Inteligente que constituye el foco espiritual y la Base Inmanente de la Gran Obra de la Construcción particular y universal, ha representado sin duda en todos los tiempos el fundamento de la Religión de los Constructores.
Este mismo concepto constituye el Principio Cardinal de la Masonería Moderna, pues no tienen valor masónico los trabajos que no sean hechos “a la gloria” de este Principio, es decir, con el fin de que la espiritualidad latente en todo ser y en toda cosa encuentre por medio de los mismos su expresión o manifestación más perfecta.
Se trata, sin embargo, de un concepto eminentemente iniciático, es decir, en el cual ingresamos progresiva y gradualmente a medida que nuestros ojos espirituales se abren a la luz masónica. Así pues, mientras en el principio se deja a cada masón en libertad de interpretar esta expresión de Gran Arquitecto según sus particulares ideas filosóficas, opiniones y creencias (teístas como ateístas, considerándose en este último caso el Gran Arquitecto como expresión abstracta de la Ley Suprema del Universo), se le conducirá después gradualmente, por medio de su propio trabajo interno o del esfuerzo personal con el cual se consigue todo progreso, a un reconocimiento más perfecto, a una realización más íntima y profunda de este Principio, al mismo tiempo inmanente y trascendente, que constituye la base y esencia íntima de todo lo existente.
Alrededor de esta idea central (cuyo carácter iniciático la diferencia de todo concepto o creencia dogmáticos) se han agrupado, como en torno de su centro natural, las diferentes tradiciones, símbolos y misterios que constituyen otras tantas aplicaciones y expresiones del Principio Fundamental a la interpretación de la vida y a su perfeccionamiento.
De esta manera, sin imponer opinión o creencia alguna, pero dejándole a cada cual en libertad de interpretar esta expresión simbólica según su particular educación y sus convicciones, todos son conducidos naturalmente hacia una misma Verdad, esforzándose en penetrar cada cual más adentro, llegando al fondo de su propia visión y creencia, que (como todas) tiene que ser tolerada, respetada e interpretada como uno de los infinitos caminos que conducen a la Verdad.

LAS PRIMERAS CORPORACIONES
Esta digresión sobre uno de los puntos fundamentales de la Masonería nos ha parecido necesaria para mostrar el carácter iniciático, ecléctico y universal de la Orden en sus mismos conceptos y símbolos en apariencia más vulgares, pero que encierran en sí un propósito y una profunda doctrina.
Volviendo a nuestro tema de los orígenes masónicos, nos queda por trazar sumariamente la historia de las corporaciones constructoras desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días.
Las huellas de las antiguas corporaciones constructoras se encuentran en todos los pueblos que nos dejaron alguna noticia de su experiencia. Entre los más antiguos e importantes monumentos que nos quedan de antiguas civilizaciones, debemos poner en primera línea las pirámides de Egipto. Al principio se consideraron como tumbas magníficas de los reyes, pero un estudio más atento ha revelado que se trata más bien de monumentos simbólicos, en los cuales y cerca de los cuales con toda probabilidad se desarrollaban ritos y ceremonias iniciáticas.
Esto parece particularmente cierto con respecto a la Gran Pirámide, cuyas medidas y proporciones calculadas escrupulosamente han revelado en sus arquitectos conocimientos geográficos, astronómicos y matemáticos no menos exactos que los que se consideran exclusiva conquista de nuestros tiempos. Es suficiente decir que la unidad de medida de esta pirámide, el codo sagrado (que puede identificarse con la regla masónica de 24 pulgadas) es exactamente la diezmillonésima parte del radio terrestre polar –una medida más justa y más exactamente determinada que el metro, base de nuestro sistema-. Su perímetro revela un conocimiento perfecto de la duración del año; su altura, la exacta distancia de la Tierra al Sol, y el paralelo y el meridiano que se cruzan en su base constituyen el paralelo y meridiano ideales, dado que atraviesan el mayor número de tierras. Por otro lado, la precisión con la cual están cortados y dispuestos los enormes bloques de piedra de que se componen, daría mucho que pensar a un ingeniero moderno que quisiera imitar estas obras.
A pesar de que el Egipto ha sido siempre considerado como la tierra clásica de la esclavitud, ya que realmente, en épocas posteriores, los obreros, dirigidos por los sacerdotes, no tenían ninguna libertad o iniciativa, es muy difícil pensar que una obra como la Gran Pirámide –obra característicamente masónica- hay podido ser otra cosa que la Obra Maestra de la más sabia y celebrada corporación constructora de todos los tiempos. Además, es posible que nuestra Era Masónica (que empieza en el año 4000 a.C., y que nos viene desde antiguas tradiciones) date precisamente de la construcción de la Gran Pirámide, que algunos, sin embargo, hacen más reciente, y otros mucho más antigua.
Otra importante construcción de la antigüedad (además de los templos, cuyas trazas se encuentran dondequiera) parece haber sido la Torre de Babel, de bíblica memoria, diferenciándose esta construcción de la precedente por el empleo de ladrillos en lugar de piedras cortadas y de otra materia en lugar de cal. El mito de la confusión de las lenguas antes de que se acabase la obra, y de la consecuente dispersión de las corporaciones de constructores que se habían reunido para ejecutarla, da mucho que pensar al estudiante de las tradiciones antiguas.
LOS CONSTRUCTORES FENICIOS
En épocas más recientes (cerca de 1000 años a.C.), encontramos las corporaciones y la obra de Constructores Fenicios en todos los países del Mediterráneo en los cuales este pueblo había establecido sus colonias y la influencia de su civilización.
Estas corporaciones viajaban, evidentemente, de un país al otro, según se necesitaba y se solicitaba su concurso, levantando con igual habilidad y facilidad templos y santuarios para los diferentes cultos y misterios, aunque siempre eran erigidos según el mismo tipo fundamental que revela, en las obras de las idénticas corporaciones o de corporaciones afines, una misma identidad de concepto.
Podemos considerar como un ejemplo típico (y como la obra simbólicamente maestra de los constructores fenicio) el Templo de Jerusalén, levantado en la época indicada en el libro de las Crónicas (cerca de 1000 años a.C.) por los obreros que Hiram, rey de Tiro, envió a Salomón para este efecto, construcción sobre la cual se basa nuestra actual tradición masónica.

CONSTRUCTORES GRIEGOS Y ROMANOS
En Grecia las corporaciones que se formaron, sin duda por influencia y a semejanza de las fenicias, se dedicaron especialmente a la construcción de templos y tomaron el nombre de dionisíacas, relacionándose evidentemente con los Misterios homónimos en honor de Yaco o Zeus Nisio.
La arquitectura griega, caracterizada por el uso del arquitrabe (en vez del arco empleado posteriormente por los romanos), tiene, por su sencillez hierática, mucha analogía con la egipcia, de la cual se diferencia por la gracia y la esbeltez que sustituyen a la poderosa majestad de aquélla. Sus tres estilos, dórico, jónico y corintio, que se distinguen por la forma de los capiteles y de las decoraciones que los acompañan, son característicamente emblemáticos de los tres grados masónicos. Y la Masonería Simbólica puede muy bien parangonarse, alegóricamente, con la Arquitectura Griega, correspondiendo perfectamente sus tres cámaras a los tres órdenes fundamentales de ésta.
A semejanza de las dichas corporaciones de obreros dionisíacos, Numa Pompilio, el rey iniciado de Roma, instituyó, según la tradición, los collegia fabrorum que, como los precedentes, tenían sus propios misterios y guardaban y transmitían con los secretos del Arte, ciertos secretos y tradiciones de naturaleza religiosa. Como las Logias Masónicas, estaban dirigidos por un triángulo (como lo testifica la clásica expresión tres faciun collegium) formado por un Magister y dos Decuriones, y comprendían tres grados análogos a los actuales, usando una especial interpretación emblemática de sus instrumentos.
Estos colegios se extendieron después por todo el imperio, siguiendo como fuerzas constructoras el camino de las legiones y levantando doquiera aquellos monumentos y edificios de los cuales nos quedan todavía múltiples vestigios.
Ya en el siglo primero antes de Cristo varias de estas corporaciones pasaron y se establecieron en la Galia, Alemania e Inglaterra, donde construyeron especialmente campos atrincherados que después se convirtieron en ciudades (la terminación inglesa de chester de los nombres de muchas localidades revela muy claramente su origen latino, de castrum, “campamento”).

LAS CORPORACIONES MEDIEVALES
Con el triunfo del Cristianismo, que se convirtió en religión oficial durante el último período del Imperio Romano, mientras los Misterios tuvieron que desaparecer, los collegia fabrorum resolvieron adaptar sus tradiciones paganas a la nueva fe y esto se hizo muy hábilmente, sustituyéndose la leyenda de la construcción del Templo de Salomón a otra transmitida anteriormente, y los nombres de santos y personajes cristianos a los antiguos dioses paganos: nació así un San Dionisio, en lugar del homónimo dios griego (el Baco de los latinos), y San Juan fue honrado como protector de la Orden, en lugar del antiguo dios bifronte Jano.
Así renovada, la tradición de los colegios romanos siguió en Oriente la suerte del Imperio Bizantino, adaptándose después, con igual facilidad, a la fe islámica, mientras en Occidente, con la caída del imperio y la invasión de los vándalos y de los godos, encontró un seguro asilo en una pequeña isla, cerca de la ciudad italiana de cómo, en Lombardia (país llamado así a consecuencia de la invasión de los longobardos, “los de luengas barbas”), de donde tomaron su nombre los magistri comacini, que fueron originadores de aquel estilo derivado del romano y llamado románico, que hizo su primera aparición cerca del 600 y siguió dominando por varios siglos después en Italia y en los países contiguos, hasta que el estilo gótico, producido por las corporaciones nórdicas, obtuvo después el predominio.
En las obras de estos artistas encontramos varios símbolos masónicos, y la expresión de una singular independencia del pensamiento que se revela en curiosas y mordaces sátiras en contra de la Iglesia, grabadas con una audacia sorprendente en las mismas esculturas de las catedrales. A pesar del hermético secreto con que se guardaban sus tradiciones y creencias, parece que a estas corporaciones (que existían en varias ciudades de Italia, entre otras en Siena, desde el siglo XI) no era extraño el conocimiento de un G.·. A.·. D.·. U.·., ni la leyenda de Hiram.
En el fervor religioso que caracterizó este período, también algunas órdenes monásticas de la Iglesia se dedicaron, especialmente en Francia y Alemania, al Arte de Construir, levantando templos con la ayuda de los obreros nómadas que encontraban y contribuyendo así indirectamente a la organización de éstos en corporaciones que después se hicieron independientes.
Por la obra y los esfuerzos de las corporaciones independientes que se formaron en distintos países nació entonces y se afirmó rápidamente el llamado estilo gótico, que convierte el simple arco romano y románico en el ojival, magnífico símbolo del fervor religioso y de las más ardientes aspiraciones humanas que se levantan, como cántico majestuoso, de la tierra al cielo. En los dos estilos orientales, árabe y ruso, encontramos un desarrollo ulterior de esta idea que hizo revolucionar el arco gótico del romano, con el arco de forma especial que caracteriza dichos estilos.
Estas corporaciones, dedicadas especialmente al arte gótico, constituyeron en Inglaterra los guilds de obreros, en Francia el compagnonnage (de los cuales existían tres secciones distintas que tomaban el nombre, respectivamente, de hijos de Salomón, de Maître Jacques y de Maître Soubise) y en Alemania los talleres y uniones de canteros (Steinmetzen), entre los cuales tomó justo renombre aquella que levantó la catedral de Estrasburgo, erigida en el siglo XV.
Los documentos que nos queda de ellas prueban que los obreros se hallaban divididos en aprendices, compañeros y maestros, que se reunían en pequeñas casas y empleaban de una manera emblemática los útiles de su profesión, llevándolos consigo como insignias; además, se reconocían por medio de palabras y signos que llamaban saludos. Los neófitos eran recibidos con particulares ceremonias y juraban el secreto más profundo sobre lo que se les iba a comunicar o enseñar.
La palabra masón (del latín medieval macio, equivalente de cantero, de donde vino también el alemán Metzen) parece se usó por primera vez en el siglo XIII, siendo exportada de Francia a Inglaterra. La expresión francmasón (masón afrancado o libre de impuestos) aparece por primera vez en 1375.
El origen de esa última palabra se ha relacionado con los especiales privilegios y exenciones concedidos por los pontífices Nicolás III y Benito XII, en vista de la reconocida moralidad d eestas corporaciones y de las obras piadosas a las cuales se dedicaban como constructores de Iglesias.

Pero el real significado originario de este atributo de francos o libres ( en inglés freemasons) es un asunto todavía discutido y discutible.



LOS MASONES “ACEPTADOS”
Debilitándose después, en el siglo XVII, con el renacimiento clásico y la corrupción de la Iglesia (que ocasionó la reforma y las nuevas teorías filosóficas), el fervor religioso de los siglos pasados, el arte sagrado tuvo necesariamente que decaer, y con él las corporaciones de masones operativos que de esta actividad derivaban su razón de ser y su subsistencia.
Pero aquí y allá, y especialmente en Inglaterra, algunas de ellas subsistieron, si bien en forma muy reducida, pasando natural y gradualmente de la actividad constructiva que ocasionó su formación, hasta ocuparse exclusivamente de los asuntos que antes eran para ellos de secundaria importancia, como por ejemplo de estudio y de beneficencia.
Sin duda contribuyó notablemente a esta nueva orientación de la actividad de las logias la admisión que se hizo desde entonces siempre más liberal y numerosa (según iba decreciendo su valor como asociaciones profesionales) de masones aceptados (accepted freemasons), es decir miembros honorarios que nunca habían ejercido una profesión relacionada con el arte de construir.
Los nuevos asociados, muchas veces hombres de estudio y filósofos eminentes, tuvieron que influir grandemente en estas agrupaciones de antiguos constructores, las que llegaron fácilmente a dirigir. Así fue como las logias masónicas profesionales se transformaron naturalmente en logias de masonería especulativa, naciendo de esta manera la Masonería como actualmente la conocemos. Y así también muchas doctrinas y tradiciones iniciáticas y místicas, de origen o descendencia diferente, pasaron a incorporarse a la naciente, o mejor dicho, renaciente institución. Especialmente las tradiciones, templarias y rosacruces tuvieron parte importante en esta transformación. Mientras las Logias masónicas encontraban en aquellas doctrinas el alma que les infundía una vida nueva, éstas encontraron en aquellas el cuerpo, el vehículo o medio exterior más adaptado para una expresión que de otra manera hubiera quedado estéril y deficiente.
Con el siglo XVII termina así el estudio de los orígenes masónicos; desde el siglo XVII empieza su historia como institución moderna y se prepara el porvenir, de los cuales hablaremos en los dos siguientes “Manuales” de esta serie.

LA “LOGIA DE S.·. J.·.”
El problema de los orígenes masónicos se halla planteado y resuelto sintéticamente en pocas palabras en la pregunta ritual del Ven.·. M.·. a todo hermano visitante: ¿De dónde venís?, y en la contestación de éste: De la Logia de S.·. J.·.
Esta pregunta es fundamental para el Aprendiz y, a semejanza de Edipo, debe esforzarse en contestarla satisfactoriamente, buscando en sí mismo la solución del problema de los orígenes: el origen de su ser y del universo que lo rodea.
¿Qué representa, pues, para los masones la expresión “Logia de S.·. J.·.”?
Ya sabemos que la Tradición Masónica guarda relación muy estrecha con la Tradición Juanítica o mística del Cristianismo (como claramente lo demuestra la superposición de nuestros instrumentos sobre la primera página del Ev., de S.·. J.·., que representa la Tradición Cristiana más pura, así como las Tradiciones gnóstica e iniciática anteriores).
Igualmente sabemos que S.·. J.·. fue tomado como patrón por las Corporaciones Constructoras de la Edad Media, y conocemos también el uso –que remonta a una época remotísima- de festejar los dos solsticios, en cuyas fechas caen respectivamente las fiestas cristianas de los S.·. J.·.
Estas mismas fiestas se celebraban dondequiera también antes del cristianismo, siendo cerca de los romanos en honor de Jano, el dios de las dos caras que muy bien simboliza a la Tradición, estando una de sus caras constantemente vuelta al pasado y la otra al porvenir. Este nombre se relaciona etimológicamente con el latín janua, “puerta”, de donde viene igualmente el latín januarius,”Enero”.1 Y es interesante notar a este respecto que “puerta” es también el significado originario de la letra griega delta (del semítico dalet), representada por un triángulo, y que la antigua puerta de las iniciaciones era triangular.
Este dios presidía todos los comienzos (en latín initium, de donde también initiare, “iniciar”), y en particular el ingreso del Sol en los dos hemisferios celestes, y la iniciación cuya llave tenía y guardaba. Ahora es evidente que el nombre Jano tiene también en latín (Janus) un parecido muy singular con el de Juan (Johannes) y no fue por azar que éste último fue puesto en el exacto lugar del primero.


Por otro lado, el hebraico Jeho-hannam o Juan significa “Gracia o favor de Dios”, es decir, hombre iluminado o iniciado. Así es que a justo título puede éste último llamarse hermano o discípulo de S.·. J.·. La importancia iniciática de esta elección se hace así más evidente por esta doble o bifronte etimología: la primera pagana o vuelta al pasado (tradición iniciática de la cual constituye la puerta o conducto) y la otra cristiana o vuelta al porvenir (los elegidos o favorecidos de Dios que continúan y continuarán la tradición en todos los siglos)
La expresión Logia de S.·. J.·. viene a ser así un nombre simbólico de toda unión o agrupación de iniciados, de hombres iluminados y favorecidos espiritualmente, aplicándose en su acepción más general a todos los que han sido admitidos en los Misterios, y más particularmente a los verdaderos HH.·. de S.·. J.·., los Maestros de Sabiduría que constituyen la Gran Logia Blanca, la más justa y perfecta “Logia de S.·. J.·.”, en la cual debemos buscar la inspiración y el origen profundo y verdadero de nuestra orden.

SEGUNDA PARTE
LA INICIACIÓN SIMBÓLICA

CONSIDERACIONES PRELIMINARES
La ceremonia con la cual se recibe a los candidatos en nuestra Asociación, ¿es una pura fórmula arbitraria o existe en ella un significado y una importancia que escapan a la observación superficial y se revelan a una consideración más atenta y a un estudio más profundo?
A esta pregunta cada masón tiene el privilegio de contestar individualmente en proporción de su entendimiento, y la iniciación, así como la Masonería en general, serán para él lo que él mismo las reconozca y realice: será ésta una sociedad mundana, y aquélla una simple ceremonia exterior, para quien las considere con espíritu profano y mundano; serán una Institución Iniciática y una ceremonia simbólica (cuya comprensión despertará su espíritu) para quien la estudie y considere con el propósito de encontrar la Verdad: Realidad profunda que constantemente se oculta bajo la apariencia exterior de las cosas.
Para este fin es necesario examinar y estudiar los diferentes elementos que componen esta ceremonia, buscando el íntimo significado de cada uno de ellos y su valor en términos de vida, para su aplicación operativa en el místico Camino de la existencia al que deben referirse, para que la ceremonia pueda ser individualmente vivida y realizada, y el que ha sido recibido Masón, de una manera puramente formal y simbólica, se haga efectivamente tal, transformándose, con el de piedra bruta en piedra labrada o filosófica, del estado del hombre esclavo de sus vicios, errores y pasiones, el Obrero Iluminado de la Inteligencia Creativa que mora en su corazón, y en el del mundo exterior.
Por medio de este estudio veremos cómo las dos características fundamentales de nuestra Institución (la iniciática y la simbólica) están perfectamente expresadas en la ceremonia de recepción del Aprendiz, y cómo, en este grado, se resume todo el programa de la Masonería. Así, en la misma ceremonia se encuentran alegóricamente reunidos todos aquellos elementos cuya íntima comprensión y práctica realización hacen operativa la ceremonia de la iniciación.

SIGNIFICADO DE LA INICIACIÓN
Llegando a este punto, la primera cosa que se hace necesaria es comprender el significado de la palabra iniciación y cómo debe interpretarse.
Iniciación es palabra derivada del latín initiare, que tiene la misma etimología de initium, “inicio o comienzo”, viniendo las dos de in-tere, “ir dentro o ingresar”. Así es que hay en ella el doble sentido del “ingreso en” y del “comienzo o principio de” una nueva cosa. En otras palabras, iniciación es la puerta que conduce a ingresar en un nuevo estado moral o material, en el cual se inicia o comienza una nueva manera de ser o de vivir.

Este nuevo estado, esta manera de ser y vivir, son los que caracterizan al “iniciado” y lo distinguen del profano, en cuanto el primero, habiendo ingresado en él, lo conoce desde adentro, mientras el segundo queda fuera del mismo, fuera del Templo de la Sabiduría o de un real conocimiento de la Verdad y de la Virtud, de las cuales reconoce únicamente los aspectos profanos o exteriores que constituyen la moneda corriente del mundo.


Así pues, este ingreso no es ni puede considerarse únicamente como material, no es ni puede ser solamente la recepción o aceptación en una determinada asociación, sino que debe considerarse, primero y fundamentalmente, como el ingreso en un nuevo estado de conciencia, a una manera de ser interior, de la cual la vida exterior es efecto y consecuencia.
Se necesita, en otros términos, una palingenesia, un nacimiento o renacimiento interior, una transformación o transmutación del íntimo estado de nuestro ser para efectivamente iniciarse, o ingresar, en una nueva visión de la realidad: en aquella nueva manera de pensar, vivir y obrar que caracteriza al Iniciado y al Masón verdaderos.
Por esta razón el símbolo fundamental de la iniciación es el de la muerte, como preliminar para una nueva vida; la muerte simbólica al mundo o estado “profano” necesario para el renacimiento simbólico; o sea la negación de los vicios, errores e ilusiones que constituyen los “metales” groseros o cualidad inferiores de la personalidad, para la afirmación de la Verdad y de la Virtud, o de la Intima Realidad, que constituye el oro puro del Ser, la Perfección del Espíritu que mora en nosotros y se expresa en nuestros Ideales y en nuestras Aspiraciones más elevadas.

EL CUARTO DE REFLEXIONES
El cuarto de reflexión no representa únicamente la preparación preliminar del candidato para su recepción, sino que es principalmente aquel punto crítico, aquella crisis interior, donde empieza la palingenesia que conduce a la verdadera iniciación, a la realización progresiva, al mismo tiempo especulativa y operativa, de nuestro ser y de la Realidad Espiritual que nos anima, simbolizada por los viajes.
El cuarto de reflexión, con su aislamiento y con sus negras paredes, representa un período de oscuridad y de maduración silenciosa del alma, por medio de la meditación y concentración en uno mismo, que prepara el verdadero progreso efectivo y consciente que después se hará manifiesto a la luz del día. Por esta razón se encuentran en él los emblemas de la muerte y una lámpara sepulcral, y se hallan sobre sus paredes inscripciones destinadas a poner a prueba su firmeza de propósito y la voluntad de progreso que tiene que ser sellada en un testamento.
Al ingresar en este cuarto (símbolo evidente de un estado de conciencia correspondiente), el candidato tiene que despojarse de los metales que lleva consigo y que el Experto recoge cuidadosamente. Tiene que volver a su estado de pureza originaria –la desnudez adámica- despojándose voluntariamente de todas aquellas adquisiciones que le fueran útiles para llegar a su estado actual, pero que constituyen otros tantos obstáculos para su progreso ulterior.
Debe cesar de cifrar su confianza y codicia en los valores puramente exteriores del mundo, para poder encontrar en sí mismo , realizar y hacer efectivos los valores verdaderos, que son los morales y espirituales. Debe cesar de aceptar pasivamente las falsas creencias y las opiniones externas, con objeto de abrirse su propio camino hacia la Verdad.
Esto no quiere decir que uno tiene que despojarse en absoluto de todo lo que le pertenece y ha adquirido como resultado de sus esfuerzos y premio de sus labores, sino únicamente que debe cesar de dar a estas cosas aquella importancia primaria que puede hacerle esclavo o servidor de las mismas, y poner siempre en primer lugar, por encima de toda consideración material o utilitaria, la fidelidad a los Principios y las razones espirituales. Este despojo tiene por objeto conducirnos a ser libres de aquellos lazos que de otra manera nos impedirían todo progreso adelante. Se trata, por consiguiente, en esencia, del despejo de todo apego a las consideraciones y lazos exteriores, con el objeto de que podamos enlazarnos con nuestra íntima Realidad Interior, y abrirnos para su siempre más libre, plena y perfecta expresión.

LIBRE Y DE BUENAS COSTUMBRES”


Ser “libre y de buenas costumbres” es la condición preliminar que se pide al profano para poder ser admitido en nuestra Orden, condición necesaria de todo progreso moral como espiritual, de todo adelanto en el sendero de la Verdadera Luz, o sea de la Verdad y de la Virtud.
Libre de los prejuicio y de los errores, de los vicios y de las pasiones que embrutecen al hombre y hacen de él un esclavo de la fatalidad; de buenas costumbres por haber orientado su vida hacia lo más justo, hacia lo más elevado e ideal. Estas dos condiciones hacen latente en cada hombre la cualidad de masón y la posibilidad de hacerse o “ser hecho” tal, en cuanto, en su plenitud, lo caracteriza esa misma cualidad. Pues, en la medida de su libertad interior y de la orientación ideal de su vida, el hombre es y “se hace” un verdadero masón, un Obrero de la Inteligencia Constructora del Universo.
El despojo de los metales es así el despojo voluntario del alma, de sus cualidades inferiores, de sus vicios y pasiones, de los apegos materiales que enturbian la pura luz del Espíritu; el abandono de las cualidades y adquisiciones que brillan con luz ilusoria en la inteligencia e impiden la visión de la Luz Masónica, la Realidad que sostiene el Universo y lo construye incesantemente.
El intelectual debe igualmente despojarse de sus creencias y prejuicios, para que se abra delante de sus ojos el Camino de la Luz y de la Verdad, en donde se prepara a poner los pies –las creencias y prejuicios científicos y filosóficos, no menos que las supersticiones y prejuicios religiosos y vulgares.
Como el masón debe aprender a pensar por sí mismo, llegando al convencimiento y al conocimiento directo de la Verdad, de nada le sirven las creencias y prejuicios que constituyen la moneda corriente del mundo, las adquisiciones materiales, con las cuales nunca se paga o se compra la Verdad, a la cual el masón debe llegar con esfuerzo individual.

SIGNIFICADO DEL CUARTO
El cuarto de reflexión, como su nombre lo indica, representa antes que todo aquel estado de aislamiento del mundo exterior que es necesario para la concentración o reflexión íntimas, con las cuales nace el pensamiento independiente y se encuentra la Verdad: aquel mundo interior donde deben dirigirse nuestros esfuerzos y nuestros análisis para llegar, con la abstracción, a conocer el mundo trascendente de la Realidad. Es el gnothi seautón o “conócete a ti mismo” de los iniciados griegos e indos, como único medio directo e individual para poder llegar a conocer el Gran Misterio que nos circunda y envuelve nuestro mismo ser.
Esto y el color negro del cuarto nos llevan a la mente la antigua fórmula alquímica y hermética del Vitriolo: Visita interiora Térrea, Rectificando Invenies Occultum Lapidem, “Visita el interior de la tierra: rectificando encontrarás la piedra escondida” . es decir: desciende a las profundidades de la tierra, bajo la superficie de la apariencia exterior que esconde la realidad interior de las cosas y la revela; rectificando tu punto de vista y tu visión mental con la escuadra de la razón y el discernimiento espiritual, encontrarás aquella piedra oculta o filosofal que constituye el Secreto de los Sabios y la verdadera Sabiduría.
La representación de la Verdad final y fundamental en una piedra no presenta nada de extraño cuando se piensa que de constituir la base sobre la cual descansa el edificio de nuestros conocimientos, que se hará la Iglesia o Templo de nuestras aspiraciones, y el criterio o medida sobre la cual, y a cuya imagen, deben encuadrarse o rectificarse todos nuestros pensamientos.
Los huesos e imágenes de la muerte que se hallan representados en las paredes del cuarto, además de indicar la muerte simbólica que se le pide al iniciado para su nuevo nacimiento, muestran los fragmentos esparcidos y desunidos de la Realidad muerta y dividida en la apariencia exterior, cuya Vida y Unidad debe él buscar y encontrar interiormente, reconociéndola por debajo y dentro de la apariencia.

EL GRANO DE TRIGO
El cuarto de reflexión constituye la prueba de la tierra -la primera de las cuatro pruebas simbólicas de los elementos- y; por su analogía, nos lleva a los Misterios de Eleusis, en los cuales el iniciado estaba simbolizado en el grano de trigo echado y sepultado en el suelo, para que germinara y se abriera, con su propio esfuerzo, un camino hacia la luz.
La semilla, en la cual se halla en estado latente o potencial toda la planta, representa muy bien las posibilidades latentes en el individuo que deben despertarse y manifestarse a la luz del día, en el mundo de los efectos. Todo ser humano es, efectivamente, un potencial espiritual o divino, idéntico al potencial latente en la semilla, que debe ser desarrollado o educido a su más plena y perfecta expresión, y este desarrollo es comparable en todos sentidos al desarrollo natural y progresivo de una planta.
Así como la semilla, para poder germinar y producir la planta, debe ser echada en el suelo, en donde muere como semilla, mientras el germen de la planta futura empieza a crecer, así también el hombre, para manifestar las posibilidades espirituales que se encuentran en él en estado latente, debe aprender a concentrarse en el silencio del alma, aislándose de todas las influencias exteriores, y morir para sus defectos e imperfecciones a fin de que el germen de la Vida Nueva pueda crecer y manifestarse.
Dado que el Germen espiritual, la Divina Semilla de nuestro ser, es inmortal e incorruptible, esta muerte –como toda forma de muerte, desde un punto de vista más profundo- es simplemente el despojo de una forma imperfecta y la superación de un estado de imperfección, que fueron en el pasado el escalón indispensable de nuestro progreso, pero que en la actualidad se han hecho una limitación, y al mismo tiempo la necesidad, la oportunidad y la base, para un nuevo paso adelante.
Esa imperfección o limitación que debe ser superada –los límites estrechos en los que se halla encerrado nuestro pensamiento y nuestro ser espiritual por los errores y falsas creencias asimiladas en la educación y en la vida profana- es lo que simboliza la cáscara de la semilla, producida por ésta como protección necesaria en el período de su crecimiento, y enteramente análogo a la cáscara mental de nuestro propio carácter y personalidad.

EL PAN Y EL AGUA

Esa semilla, que debe morir en la tierra para producir la nueva vida de la planta, cuya perfección encierra en estado potencial, ha muerto efectivamente en el pan que se encuentra sobre la mesa del cuarto de reflexión, para simbolizarla. Dicho pan representa además la sustancia que constituye el medio con el cual la vida se manifiesta en todas sus formas, la materia prima continuamente transmutada por la actividad vital, en la que fluye constantemente el mecanismo incesante de la renovación orgánica, pasando de uno a otro estado, de una a otra forma de existencia.


Junto con el pan, hállase un vaso de agua, o sea aquel elemento húmedo –otro aspecto de la misma Sustancia Madre- que es factor y condición indispensable de crecimiento, germinación, maduración, reproducción y regeneración. Como Venus Anadiomena, también la Vida únicamente puede nacer en el seno de las aguas, que se hace Venus Genitrix, la Madre Universal, mientras la tierra mitológicamente simbolizada por Gea y Deméter (a la que estaban consagrados los Misterios de Eleusis) se convierte en nodriza.
Estas dos formas complementarias de la Sustancia Una obran constantemente la una sobre la otra, como podemos observar en todos los procesos biológicos; en su estado primero, el pan representa el carbono que, bajo la forma de ácido carbónico, se halla en la atmósfera, y que la vida vegetal transmuta en los hidrocarbonatos, sustancias fundamentales que constituyen todas las partes de la planta, de las que nacen después las proteínas. Todas estas producciones, necesitan como base el elemento húmedo, que puede compararse a la Matriz –Templo y Taller de toda la actividad orgánica.
Finalmente, el pan y el agua que hacen moralmente hincapié en la sobriedad y sencillez indispensables para la vida del iniciado y, junto con el despojo de los metales, demuestra su discernimiento, que le hace buscar únicamente lo esencial –los Valores verdaderos de la existencia, que sólo puede darnos paz, felicidad y satisfacción, haciéndose factores de nuestro progreso interior en Sabiduría y Virtud-, eliminando todas las superfluidades y complicaciones de la vida profana, en cuya búsqueda el hombre ordinario pierde sus mejores energías.

SAL Y AZUFRE
Una vasija de sal y una de azufre se hallan además sobre la mesa, junto con el pan y el agua. Aunque la primera sea habitualmente conocida como condimento, su asociación simbólica con el segundo no deja de parecer algo extraña y misteriosa. ¿Qué significan, pues, estos dos nuevos elementos, esta nueva pareja hermética que se une a la anterior?
Se trata de un nuevo tema de meditación que se presenta al candidato, sobre los medios y elementos con los cuales debe prepararse para una nueva Vida alumbrada por la Verdad y hecha activa y fecunda con la práctica de la Virtud, a la que se refieren el Azufre y la Sal en su acepción más elevada.
Como tal, indica el primero la Energía Activa, que se hace la Fuerza Universal, el principio creador y la electricidad vital que producen y animan todo crecimiento, expansión, independencia e irradiación. Mientras la segunda es el principio atractivo que constituye el magnetismo vital, la fuerza conservadora y fecunda que inclina a la estabilidad y produce toda maduración, la capacidad asimilativa que tiende hacia la cristalización, el principio de resistencia y la reacción centrípeta que se opone a la acción activa de la fuerza centrífuga.
Así pues, de la misma manera que en el pan y el agua hemos visto los dos aspectos de la Sustancia cósmica y vital, en estos dos nuevos elementos tenemos los dos aspectos o polaridades de la Energía Universal, dirigido el primero de adentro hacia fuera, apareciendo exteriormente como derecho (o dextroso), y el segundo de afuera hacia adentro, manifestándose como izquierdo (o sinistrorso).
Son, respectivamente, rajas y tamas –los dos primeros gunas (o cualidades esenciales) de la filosofía india-, y el impulso activo que produce todo cambio y variación, y engendra en el hombre el entusiasmo y el amor a la actividad, el deseo y la pasión; y la tendencia pasiva hacia la inercia y estabilidad es enemiga de todo cambio y variación, produciendo en nuestro carácter firmeza y persistencia, y con su dominio en la mente, la ignorancia, la inconsciencia y el sentido de la materialidad, que nos atan a las necesidades y preocupaciones exteriores y los instintos destinados para proteger la vida en sus primeras etapas.
El primero nos impulsa constantemente hacia arriba y hacia delante, nos anima y nos ahínca en todos nuestros pasos, nos da el ardor, la iniciativa, el espíritu de conquista, la voluntad y capacidad de satisfacer nuestros deseos y conseguir el objeto de nuestras aspiraciones; pero nos da también la inquietud, la inconstancia y el amor de los cambios y novedades, la impulsividad que nos inclina hacia acciones inconsideradas, haciéndonos recoger frutos maduros y perder los mejores y más deseables resultados de nuestros esfuerzos.
El segundo es aquel que nos refrena y desalienta; nos hace recoger en nosotros mismos, nos da el temor y la reflexión, nos hace abrazar y establecer igualmente en el error y en la verdad, en los hábitos viciosos y virtuosos; nos hace fieles y perseverantes, firmes en nuestra voluntad y tenaces en nuestros esfuerzos; nos da la capacidad de atraer aquello para lo cual estamos interiormente sintonizados con nuestros deseos, pensamientos, convicciones y aspiraciones. Nos da la desilusión y el discernimiento, nos aleja de los cambios y de toda acción irreflexiva, pero también de todo progreso, esfuerzo y superación.
Son las dos columnas o tendencias que se hallan constantemente a nuestro lado, en cada uno de nuestros pasos sobre el camino de la existencia, y nuestra felicidad, paz y progreso efectivo estriban en nuestra capacidad de mantener en cada momento un justo y perfecto equilibrio entre estas tendencias opuestas, conservándonos a igual distancia de la una como de la otra, sin dejar que ninguna de las dos adquiera un predominio indebido sobre nosotros, sino que obren en perfecta armonía y nos dé cada cual sus mejores cualidades: el ardor irreflexivo y la paciencia iluminada, el entusiasmo perseverante y la serenidad inalterable, el esfuerzo vigilante y la firmeza incansable, que también simbolizan, sobre la pared del cuarto, el gallo y la clepsidra.

EL MERCURIO VITAL
La acción e interacción entre estas dos opuestas tendencias es, pues, destinada para producir en nosotros, activándolo desde el estado latente en que se encuentra dentro de nuestro Germen Espiritual, el mercurio vital o principio de la Inteligencia y Sabiduría, que corresponde al satva de la filosofía hindú: el ritmo de la naturaleza, producido por la Ley de Armonía y Equilibrio.
El pensamiento en todos sus aspectos nace, pues, naturalmente, en el individuo, de la acción y relación entre sus tendencias activas y pasivas, entre el amor y el odio, la atracción y la repulsión, la simpatía y la antipatía, el deseo y el temor. Crece y adquiere siempre mayor fuerza, independencia y vigor cuando luchan entre sí el instinto y la razón, la voluntad y la pasión, el entusiasmo y la desilusión. Se eleva y florece, siempre más libre, claro y luminoso, según aprende a seguir sus ideales y aspiraciones más elevadas, y según éstas logran sobreponerse a su ignorancia, errores y temores, así como a las demás tendencias pasionales e instintivas.
En otras palabras, el pensamiento nace, crece, se eleva y sublima, logrando alcanzar horizontes siempre más altos, amplios e iluminados, según predomine en la mente y en toda la personalidad el elemento o vibración sátvica, el principio del equilibrio y de la armonía, que produce la Música de las Esferas y engendra toda creación y concepción caracterizada por su genialidad y hermosura.

Pues este mercurio sublimado es el único que puede percibir la Verdadera Luz, que se hace con su reflejo mental luz creadora, simbolizada por la Venus Celestial, antigua divinidad de la Luz, y por ende de la Belleza que la acompaña.


El fuego rajásico, encendido en el hombre, primero por los deseos y la pasión, y luego por la voluntad, el entusiasmo y sus más nobles aspiraciones (que constituyen el azufre en sus diferentes aspectos), obrando sobre la sustancia tamásica de los instintos, temores y tendencias conservadoras (la sal de la reflexión), que constituye la materia prima de nuestro carácter, hace fermentar, hervir y sublimar esta masa heterogénea en el crisol de la vida individual, produciendo finalmente ese mercurio refinado o elemento sátvico, o sea la Sabiduría, nacida de la transmutación –por medio de la sublimación y refinamiento- de la ignorancia, del error, del temor y de la ilusión.

EL TESTAMENTO
El nuevo nacimiento o regeneración ideal que indica, en todos sus aspectos, el cuarto de reflexión, tiene finalmente su sello y se concreta en un testamento, que es fundamentalmente una atestación o reconocimiento de sus “deberes”, o sea de su tríplice relación constructiva, con el principio interior (individual y universal) de la vida, consigo mismo como expresión individual de la Vida Una, y con sus semejantes, como expresión exterior de la Vida Cósmica.
Se trata de un testamento iniciático, muy diferente del testamento ordinario o profano, en cuanto éste es una preparación para la muerte, mientras el testamento simbólico que se le pide al recipiendario, antes de ser admitido a las pruebas, es una preparación para la vida –para la vida nueva del Espíritu a la cual tiene que renacer.
Muerte y renacimiento son, en realidad, dos aspectos íntimamente enlazados e inseparables de todo cambio que se verifica en la forma y expresión, interior y exterior, de la Vida Eterna del Ser. En la economía cósmica, e igualmente en la vida individual, la muerte, cesación o destrucción de un aspecto determinado de la existencia subjetiva y objetiva, se acompaña constantemente con una forma de nacimiento. Así pues, sólo en apariencia los consideramos como opuestos de la vida, o como su principio y fin, mientras indican, simplemente, un cambio o transformación, y el medio en el cual se efectúa un progreso siempre necesario, aunque la destrucción de la forma no sea siempre su condición indispensable.
Como emblema de la muerte del hombre profano, indispensable para el nacimiento del iniciado, el testamento que hace el candidato es un testamento del cual él mismo será llamado a convertirse después en el ejecutor, un Programa de Vida que deberá realizar con una comprensión más luminosa de sus relaciones con todas las cosas.
La primera relación o “deber” del testamento es la del propio individuo con el Principio Universal de la Vida, una relación que tiene que reconocerse y establecerse interiormente, y no sobre la base de creencias o prejuicios, ya sean positivos o negativos. No se le pregunta al candidato si cree o no en Dios, ni cuál sea su credo religioso o filosófico; para la Masonería todas las “creencias” son equivalentes, como otras tantas máscaras de la Verdad que se encuentra detrás o bajo de la superficie de ellas y sólo a la cual aspira a conducirnos.
Lo que sí es de importancia vital es nuestra íntima y directa relación con el Principio de la Vida (cualquiera sea el nombre que se le dé exteriormente y el concepto mental que cada cual pueda haberse formado o formarse del mismo), una relación que se establece en la conciencia, por encima del plano de la inteligencia o mentalidad ordinaria, siendo sólo directamente en ella donde puede manifestarse aquella Luz “que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.

La conciencia de esta relación, que es Unidad e Individualidad, se traduce en el sentido de la primera pregunta del testamento: “¿Cuáles son vuestros deberes hacia Dios?”. La segunda: “¿Cuáles son vuestros deberes hacia vos mismo?”, es la consecuencia de la primera. Habiéndose reconocido, en lo íntimo de su propio ser, en aquella soledad de la conciencia que está simbolizada por el cuarto de reflexión como una manifestación o expresión individual del Principio Universal de la Vida, el candidato está llamado a reconocer cómo su vida exterior se halla íntimamente relacionada con lo que él mismo es interiormente, y cómo con la comprensión de esta relación tiene en sí el poder de dominarla y dirigirla constructivamente.


El hombre es, como manifestación concreta, lo que él mismo se ha hecho y se hace constantemente, con sus pensamientos conscientes y subconscientes, su manera de ser y su actividad. Y su primer deber para consigo mismo es hacerse y llegar a ser una siempre más perfecta expresión del Principio de Vida que en él busca y encuentra una especial, diferente y necesaria manifestación, deduciendo o sacando a la luz del día las posibilidades latentes del Espíritu, aquella Perfección que existe inmanente, pero se manifiesta en el tiempo y en el espacio, en la medida del íntimo reconocimiento individual.
En cuanto a los deberes hacia la humanidad, representan un sucesivo reconocimiento íntimo que es complemento necesario de los dos primeros: habiéndose reconocido como manifestación individual del Principio Único de la Vida, y sabiendo que él es por fuera lo que es y se hace por dentro, debe acostumbrarse a ver en todos los seres otras tantas manifestaciones del mismo Principio; de este reconocimiento brota como consecuencia necesaria cuál ha de ser su deber o relación hacia la humanidad, que no puede ser otra cosa que la fraternidad.
La comprensión de esta triple relación es el principio de la iniciación, el inicio efectivo de una nueva vida, el testamento o don que se lega a sí mismo, preparándose para ejecutarlo: la preparación necesaria para los viajes o etapas sucesivas de progreso que le esperan.

PREPARACIÓN
Antes de ser admitido en el Templo, es necesaria una preparación física correspondiente a la preparación moral que el candidato hizo en el cuarto de reflexión: los ojos deben ser vendados, se le pone una cuerda al cuello y se le hace descubrir el pecho del lado izquierdo, la rodilla derecha y el pie izquierdo.
¿Qué significa esta preparación?
La venda que le cubre los ojos no es simplemente el símbolo del estado de ignorancia o ceguera, de su incapacidad para percibir la verdadera Luz. Como preparación para ser admitido en el Templo, es evidentemente una continuación de la oscuridad del cuarto de reflexión, una ceguera voluntaria, un aislamiento de las influencias del mundo exterior y de la luz ilusoria de los sentidos como medio para llegar a la percepción espiritual de la Verdad.
La cuerda que le ciñe el cuello nos recuerda el cordón de los frailes, así como el cordón umbilical que une el feto a la madre en el período de su vida intrauterina. Además de indicar el estado de esclavitud a sus pasiones, errores y prejuicios, en que el hombre se encuentra en las tinieblas, en el mundo profano, el yugo de la fatalidad que pesa sobre él, muestra su deseo, voluntad y capacidad de librarse de este yugo y de esta esclavitud, aceptando voluntariamente las pruebas de la vida y cooperando con su disciplina. De esta manera, los mismos obstáculos, dificultades y contrariedades se convierten en gradas y medios de progreso.
Finalmente, el triángulo de desnudez, que constituye el tercer elemento de esta simbólica preparación, es un nuevo despojo voluntario de todo lo que no es estrictamente necesario y constituiría un obstáculo al progreso ulterior –el despojo de todo convencionalismo que impida la sincera manifestación de sus sentimientos y de sus aspiraciones más profundas (desnudez de la tetilla izquierda); del orgullo intelectual, que impide el reconocimiento de la Verdad (desnudez de la rodilla derecha); de la insensibilidad moral, que impide la práctica de la Virtud (desnudez del pie izquierdo).
La perfecta sinceridad de las aspiraciones es, pues, la primera condición de todo progreso; pero se necesita con ella un bien entendido espíritu de humildad (que no debe confundirse con un falso desprecio de sí mismo, ni con la ignorancia de las divinas posibilidades que se encuentran en nosotros) dado que nuestro progreso debe desarrollarse en un plano superior a la ilusión de la personalidad. Con la primera de estas dos cualidades abrimos nuestro corazón y con la segunda nuestra inteligencia al sentimiento y a la percepción de aquella Realidad que Jesús llamó el Reino de los Cielos, meta de toda iniciación.
En cuanto a la desnudez del pie izquierdo –el instrumento del andar, que abre nuestra marcha hacia delante- indica la facultad del discernimiento que debemos usar en cada paso en nuestro camino y que nos permite reconocer la verdadera naturaleza de los obstáculos y pruebas del sendero con que podemos tropezar.
Con esta preparación el candidato se halla en condiciones de llamar a la puerta del Templo, de pedir, buscar y encontrar la Luz de la Verdad.

LA PUERTA DEL TEMPLO
La puerta ha sido desde las épocas más antiguas el símbolo natural de todo paso o ingreso, y en lo particular de toda iniciación. Además, la puerta ya es por sí misma un Templo (un Templo rudimentario) y el ternario de sus dos columnas con el arquitrabe constituye el elemento fundamental de toda construcción arquitectónica. Así pues, el momento de franquear la Puerta del Templo, después de la doble preparación moral y física de que acabamos de hablar, es uno de los más importantes de la ceremonia de la iniciación.
El candidato es introducido, después de tres fuertes golpes, golpes desordenados que revelan una mano todavía inexperta o profana. Por esta razón sus golpes producen alarma en el interior del Templo, alarma que se repite por tres veces, como eco a los mismos. Estos se relacionan con las palabras evangélicas: buscad y encontraréis (la Verdad), pedid y se os dará (la Luz), tocad y se os abrirá (la Puerta del Templo).
Al ser recibido en el Templo, con los ojos vendados, sólo siente sobre su pecho desnudo la punta de un arma cortante. Esto sirve únicamente para hacerle entender que, aunque no vea, puede sentir, y el sentimiento de la Verdad será el Guía que lo conducirá en su progreso y en sus esfuerzos hacia la Luz.
El Guía Interior, que conduce individualmente a todo ser que se hace receptivo a su influencia en el Camino de la Verdad y de la Vida, se halla materializado exteriormente por el Experto (o sea quien, por haberlo ya recorrido, conoce bien el Camino y puede así servir de guía al inexperto), sin el cual le sería imposible al candidato llenar debidamente las condiciones que se le piden para su admisión.

Es el Guía quien contesta por él a la pregunta. “¿Quién es el temeraria que se atreve a perturbar nuestros pacíficos trabajos y trata de forzar la Puerta del Templo?”; contestando que “es un profano deseoso de conocer la Luz verdadera de la Masonería que solicita humildemente por haber nacido libre y de buenas costumbres”.


Del significado iniciático de esta doble condición ya hemos tratado con ocasión del despojo de los metales. Este requisito es de fundamental importancia, por cuanto en virtud del mismo se le abre la primera puerta del Templo, así como las tres puertas simbólicas, representadas por las tres Luces, después de cada uno de los viajes.
La punta de la espada, apoyada sobre el corazón, es el símbolo de la Verdad, por medio de su intuición que llega o se manifiesta directamente en lo íntimo de nuestro ser, al ingresar en el Templo, es decir en un particular estado de devoción receptiva, habiéndonos aislado de las influencias exteriores y cerrado nuestros ojos a la vista profana, a la consideración ordinaria, puramente objetiva, de las cosas.
Aunque no vemos, sentimos; aunque no sepamos explicarnos el por qué y la razón de los hechos, percibimos intuitivamente algo que reconocemos directamente como Verdad y que se manifiesta en nuestra conciencia en forma repentina y violenta de la cual la espada apoyada sobre nuestro pecho constituye un símbolo muy expresivo.

INTERROGATORIO DEL CANDIDATO
El interrogatorio a que se somete al candidato en su primer ingreso en el Templo es en cierta manera la continuación y la expresión de sus meditaciones en el cuarto de reflexión.
Las preguntas que se le hacen versan primero sobre sus mismas contestaciones a las preguntas del testamento, pidiéndosele las necesarias aclaraciones sobre los conceptos allí expresados, acerca de cómo entiende su relación, y por ende sus deberes, “hacia Dios, hacia sí mismo y hacia la humanidad”.
Una vez aclarado este punto y como necesaria consecuencia de comprensión de esta relación y de estos deberes (cuyo reconocimiento hace el masón, en cuanto pone al hombre en armonía con el Principio Constructivo o Ley Evolutiva del Universo) se le pide que exprese sus ideas, sobre el vicio y la virtud.
Un claro discernimiento entre el vicio y la virtud es lo que hace operativo el reconocimiento de los deberes y conduce al hombre a progresar sobre el sendero de la Libertad. El vicio es, pues, como lo dice la misma etimología de la palabra, un “vínculo, lazo o ligamen”, una cadena que esclaviza al hombre e impide o dificulta su progreso, reduciendo o atrofiando sus esfuerzos para la expresión de sus posibilidades más elevadas.
El hombre esclavo del vicio nunca puede ser un verdadero masón, por cuanto le hace falta el requisito esencial: ser libre y de buenas costumbres, con lo cual puede hacerse virtuoso.
Así como en la idea de vicio está implícita la de esclavitud, sujeción, pasividad y debilidad, siendo lo inferior lo que domina y limita lo superior, así en la idea de virtud está implícita la de “fuerza”, que hace del humanus (el hijo de Humus o Bhumi, la tierra) un vir o vira, es decir, un “héroe”, un Hércules, en el sentido moral y etimológico del hombre que por medio de sus “esfuerzos personales” o fatigas domina y supera sus propias debilidades.
Establecer el dominio de lo superior sobre lo inferior, de lo espiritual sobre lo material, de lo ideal sobre las imperfecciones manifiestas, he aquí el programa de todo verdadero masón, de todo iniciado en la Verdad y en la Virtud. Por esta razón, una clara definición de este punto es preliminar necesario para la efectividad de todo progreso ulterior.

LOS VIAJES
Toda posibilidad de progreso, tanto interior como exterior, estriba en el reconocimiento de un camino como algo que está delante de nosotros y en el discernimiento de una determinada dirección, hacia una meta que percibimos con mayor o menor claridad.
Nuestros pies físicos, así como nuestros pensamientos, que, de una manera análoga, paso por paso, parecen dirigirse en cierto sentido, marchan precisamente, en forma espontánea y automática, en aquella exacta dirección en la cual se fija nuestra mirada, o bien nuestra visión interior. Si nuestra mirada y nuestra visión se fijan en algún obstáculo, dificultad, contrariedad y condición indeseables, en el temor o presentimiento de algo desagradable, no debemos, pues, maravillarnos de que vayamos a dar directa y precisamente con ese obstáculo, o con el objeto de nuestros temores.
Además, una recepción o visión oscura e indefinida dificulta nuestra marcha y hace nuestros pasos inciertos y vacilantes, por lo que tropezamos continuamente con los obstáculos que aparecen en el camino, mientras cuando vemos delante de nosotros con toda claridad y discernimos perfectamente nuestra senda, nuestra marcha es fácil, rápida, directa y segura, y superamos fácilmente todos los obstáculos que podamos encontrar.
Lo mismo sucede con nuestra marcha intelectual hacia la Verdad y con la marcha moral hacia un ideal de perfección, que se nos revela siempre con mayor claridad según nos adelantemos en la senda que debe conducirnos a su realización. Y a la misma Ley obedecen nuestros esfuerzos dirigidos hacia un particular objeto, hacia el que tienden y en el que se concentran nuestros deseos y aspiraciones: la marcha es más fácil, rápida y directa según aprendemos a concentrar en ese objeto las mejores energías de nuestro pensamiento y, sobre todo, a contemplarlo, verlo y discernirlo con perfecta claridad.
La concentración de nuestras energías interiores hacia una meta determinada es, en todo caso, la base indispensable de todo esfuerzo que podamos hacer y de todo paso que podamos dar en esa dirección.
La ceremonia de recepción del candidato en el primer grado consiste esencialmente en tres viajes que sintetizan admirablemente todo su progreso masónico en los tres grados. Cada viaje representa así un nuevo estado, un período distinto y una nueva etapa de su progreso.

EL PRIMER VIAJE
El primer viaje se presenta lleno de dificultades, de ardides y peligros, y se cumple en medio de los ruidos más fuertes y variados, que representan el desencadenamiento de las tempestades y de los vientos, símbolos de las falsas creencias, opiniones y corrientes contrarias del mundo, con las que hay que enfrentarse. Es la prueba del aire de las antiguas iniciaciones, como lo demuestra la purificación por el aire que corona este viaje.
La dirección de este viaje, como de los sucesivos, es la que indica silenciosamente el guía invisible que lo conduce, y que él tiene que seguir con docilidad y confianza. Esa docilidad (palabra derivada de gocere, “enseñar”), que a su vez tiene evidente analogía con ducere, “conducir”) es la que lo hace receptivo y lo pone en condición de aprender. Y, en cuanto al guía, representa, como ya hemos indicado, el sentido íntimo de lo justo, de lo bueno y de lo verdadero, pues es el guía invisible y silencioso de todo hombre el único que puede realmente conducirnos por el sendero del progreso.
Esa dirección es de Occidente a Oriente por el lado del Norte. ¿Qué significan estos puntos cardinales?
Aquí abarcamos una de las fases más profundas e instructivas del secreto masónico: de la mística doctrina que se esconde y se revela en su simbolismo.

DESDE EL OCCIDENTE AL ORIENTE
El Occidente es el lado o aspecto del mundo en donde el sol se pone, es decir en donde la Luz que lo ilumina declina, se oculta y deviene invisible, aunque haga entrever su presencia, en el último destello del ocaso, antes de dejar el mundo sumergido en las oscuras tinieblas de la noche: es, por lo tanto, una imagen muy expresiva del mundo sensible, de la realidad visible que constituye el aspecto material, fenoménico u objetivo del Universo, en el cual la verdadera luz que lo ilumina, la Esencia o Realidad invisible que lo sostiene, se ha ocultado en la apariencia, bajo el velamen comparativamente ilusorio de la realidad exterior.
Lo Real no es lo que aparece, sino lo que se esconde y revela tras de la apariencia. Reconocer esa Realidad constituye la sustancia de toda iniciación, que consiste esencialmente en ingresar en su percepción intuitiva, en adquirir conciencia de la misma con un progresivo y siempre más perfecto discernimiento entre lo que es y lo que parece. Es la Doctrina Iniciática de todos los tiempos: la Realidad se oculta en la apariencia, en la cual se halla, como Isis, velada y revelada, develándose únicamente para el iniciado que ha llegado individualmente, por sus propios esfuerzos, al estado de conciencia en que se hace manifiesta su naturaleza esencial.
En cuanto a la Esencia o Realidad íntima, Inmanente y Trascendente, es la que se halla representada simbólicamente por el lado opuesto, el Oriente, el aspecto del mundo de donde nos viene, nace y mana la Luz: en donde la realidad aparece y brilla por su propio resplandor; esclareciendo y haciendo huir las tinieblas de la noche.
Partiendo del Occidente, o del conocimiento objetivo de la realidad exterior, el hombre se encamina por la fría oscuridad del Septentrión –la razón pura- en busca de aquella Realidad que constituye la esencia más permanente y profunda del Universo, y que no puede encontrarse sino caminando hacia el Oriente, desde los efectos a las Causas, desde los fenómenos a los noúmenos, Leyes y Principios que los rigen.
Esta búsqueda en una oscuridad inicial, que se irá después esclareciendo, según se adelanta en el camino, está representada por la región fría y tenebrosa del Norte, que tiene que ser atravesada con paso firme y perseverante, sin dejarse asustar o desviar por las dificultades u obstáculos que se encuentren en el sendero que conduce “de la Ilusión a la Realidad”.


DESDE EL ORIENTE AL OCCIDENTE
Pero, en el curso de este primer viaje no puede detenerse el candidato en el Oriente, sino que tiene que regresar inmediatamente al Occidente, pasando esta vez por el camino más luminoso y agradable del Mediodía. Esto quiere decir que una vez llegado a una primera percepción, a la primera vislumbre de la Realidad profunda de las cosas, no debe el candidato detenerse en ella, sino que tiene que proseguir su camino, volviendo otra vez al Occidente de la apariencia sensible, pero con la conciencia iluminada por el reflejo de esta adquisición, estado que simboliza el Mediodía.
O sea que, una vez llegado al conocimiento rudimentario de las causas que rigen los efectos del mundo visible, y de las Leyes y Principios que gobiernan el mundo, debe completar el esfuerzo inductivo, que lo ha hecho llegar a este conocimiento, con un análogo esfuerzo deductivo, en el cual encuentra la oportunidad y se le impone la necesidad para una aplicación fecunda y constructiva de los conocimientos adquiridos.
Como la deducción no es siempre más fácil que la inducción, el camino de regreso no está menos sembrado de obstáculos y de dificultades. Sin embargo la certidumbre ya adquirida en su paso por el Oriente le permite enfrentarse con más serenidad con las creencias, opiniones y prejuicios del mundo, que ya no tienen poder para hacerlo desviar de su camino. Es ésta la purificación por el aire que tiene que sufrir, al llegar al término de este primer viaje, cerca del sitial del Segundo Vigilante.
También simboliza este viaje las pruebas de la vida con la que uno tiene que enfrentarse constantemente en sus primeros esfuerzos desde lo material hacia lo Ideal, dominando sus instintos, pasiones y deseos, así como las circunstancias contrarias que lo confrontan, por medio del discernimiento de la realidad profunda de la vida y del íntimo propósito de todas sus experiencias, buscando la Verdad y sirviéndose de la misma como remedio para todos sus males, según lo enseñan Pitágoras en sus Versos Aureos:
Pero existe una estirpe divina entre los mortales,

De la cual si llegas a ser partícipe,

Conocerás las cosas que te enseño.

Y sirviéndote de ellas como remedio

¡De muchos males, harás libre tu alma!

EL SEGUNDO VIAJE
El segundo viaje se diferencia del primero por su mayor facilidad: han desaparecido los obstáculos y los ruidos violentos han dejado su lugar al tañido argentino de las espadas que los presentes hacen entrechocar.
Esta mayor facilidad es consecuencia directa de los esfuerzos hechos en el primer viaje: en la medida en que aprendemos a superar los obstáculos que se encuentran en nuestro camino, éstos progresivamente desaparecen, pues ya no tienen razón de existir, una vez desarrollada en nosotros, con las cualidades que nos hacían falta, la capacidad de superarlos.
El choque de las espadas es el emblema de las luchas que se desarrollan alrededor del candidato, así como de la lucha individual que él debe emprender con sus propias pasiones, pensamientos, hábitos y tendencias negativas; todo pensamiento debe ser rectificado, todo error resuelto y convertido en Verdad. Indica sobre todo la negación del error (aunque tenga la fuerza del aparente evidencia exterior), en la luz de la Superior Realidad, de la que se han advertido las primeras vislumbres.
A esta hora incesante de transmutación, a esta progresiva catarsis de la naturaleza inferior, que requiere una constante atención y vigilancia, quiere aludir el segundo viaje, que representa simbólicamente la prueba del agua, es decir, aquella especie de bautismo filosófico que consiste en limpiar o libertar el alma de sus errores, vicios e imperfecciones que constituyen la raíz o causa interior de todo mal o dificultad exterior.
El primer viaje representa los primeros esfuerzos en la búsqueda de la Luz o de la Verdad, los primeros pasos desde las sombras de la Ilusión hacia la Realidad íntima y profunda que es representa, en su regreso, el esfuerzo individual que cada cual tiene que hacer para encaminar y encauzar su vida en armonía con sus Ideales y con sus aspiraciones más elevadas, en vez de seguir pasivamente la rutina de sus hábitos, instintos y tendencias negativos.
Como complemento de estos primeros esfuerzos, el segundo viaje indica la perseverancia en esta obra metódica de purificación del alma, que la hará digna de recibir o abrirse a sus posibilidades más elevadas, el bautismo del agua, o sea la negación de lo negativo (siendo el agua el elemento negativo por excelencia) que debe preceder al bautismo del fuego o del espíritu, o sea la afirmación de lo positivo que llevará consigo un más perfecto establecimiento en la Verdad.
La purificación por el agua, con la que se termina este segundo viaje, es esencialmente una purificación de la imaginación y de la mente de sus errores y de sus defectos, constituyendo una fase importante de aquella Gran Obra de redención y regeneración individual que la iniciación masónica nos muestra con su particular simbolismo.

EL TERCER VIAJE
Representando el segundo viaje principalmente la virtud negativa, que consiste en purificar el alma de sus pasiones, errores y defectos, más que fin para sí mismo constituye la necesaria preparación para la etapa sucesiva que nos indica el tercer viaje.
Este se cumple con una facilidad todavía mayor que los precedentes, habiendo desaparecido por completo los obstáculos y los ruidos; sólo se oyen los acordes de una música cadenciosa y profunda que parece salir del silencio mismo.
Habiendo el iniciado dominado y purificado la parte negativa de su naturaleza, que es la causa de los ruidos y de las dificultades exteriores, es natural que éstas hayan desaparecido por completo. Ahora debe familiarizarse con la energía positiva del fuego, es decir, con el Potencial Infinito del Espíritu que se halla en sí mismo, cuya más perfecta manifestación se ha hecho posible por la precedente purificación.
Este descenso del espíritu, que constituye la prueba y la purificación por el fuego, elimina, por medio de una plena conciencia de la Verdad, todo residuo de impureza, toda traza de los errores e ilusiones que dominaron precedentemente en el alma. Cuando la Luz de la Verdad aparece en toda su plenitud, toda tiniebla, todo error, toda duda e imperfección, automáticamente desaparecen.
El iniciado se prepara y aprende, por medio de este tercer viaje, a caminar en el fuego, es decir, en el más profundo y sutil elemento de las cosas, del cual todas nacen y en el cual se disuelven, donde cesa por completo el poder de la ilusión y la Realidad se manifiesta como es.
El mismo fuego representa, por un lado la esencia espiritual o Principio Universal del Ser, con la cual establece un contacto por medio del discernimiento de la Verdad, y por el otro la energía primordial, que constituye el Poder de la suprema Esencia. Esta Divina Energía se halla representada, en el simbolismo helénico, por Proserpina, la Reina del Hades, hija de Deméter –la cualidad productora de la Esencia Primera- que se halla escondida en los “infiernos”, o sea en las místicas profundidades de las cosas.
Habiendo realizado, en las profundidades de su propio ser, este íntimo contacto con la esencia fundamental que es al mismo tiempo Verdad, Poder y Virtud, el iniciado anda ahora con paso firme y seguro, sin que nada tenga el poder de modificar su actitud o hacerlo desviar. Esta serenidad imperturbable, que tiene en sí misma su razón de ser y su raíz, y en la cual el alma descansa para siempre al abrigo de todas las influencias, tempestades y luchas exteriores, permaneciendo absolutamente firme en sus esfuerzos y en sus propósitos, hace patente que la prueba simbolizada por el tercer viaje ha sido superada por llevar ahora el iniciado, encendido dentro de sí mismo, algo que es como una llama que nunca se apaga: aquel entusiasmo vehemente y persistente que brota de la misma raíz del ser y es la base de toda realización exterior.
Con este fuego, cuya esencia es Amor infinito, libre de todo deseo, impulso o motivo personal, tiene el iniciado el poder de obrar en torno de él los milagros y las cosas más inesperadas, siendo, como Fe Iluminada y sincera, una Fuerza Ilimitada, por haber franqueado y tener el poder de superar todos los límites de la Ilusión.

EL CÁLIZ MISTERIOSO
El iniciado que ha afrontado las pruebas simbolizadas por los tres viajes y ha sufrido la triple purificación de los elementos se ha libertado de todas las escorias de su naturaleza inferior y tiene ahora el deber y el privilegio de manifestar lo más alto y divino de su ser.
Este deber y este privilegio, que hacen de él ya potencialmente un masón, han de ser sellados con una primera obligación (o reconocimiento de deberes) que precede al juramento propiamente dicho, y consiste en hacerle beber en un cáliz de agua que de dulce se convierte en amarga.
En esta triple obligación, que puede considerarse como una confirmación del testamento, aprende y reconoce las condiciones en las cuales será recibido masón: el secreto sobre lo que hay de más sagrado; la solidaridad y devoción hacia sus hermanos; y la fidelidad a la Orden, con la observancia de sus Reglas y Leyes tradicionales.
El cáliz de la amargura nos describe muy eficazmente las desilusiones que encuentra quien desciende de las regiones puramente ideales, del Oriente simbólico, para enfrentarse con las realidades materiales. La dulzura inefable de los sublimes conocimientos que se han adquirido, de los planes o programas de actividad que se han formulado en la mente, no puede menos de cambiarse en la amargura que nace cuando todo parece ir en contra de nuestros proyectos y de nuestras aspiraciones.
Entonces no debemos maravillarnos si, en un momento de debilidad, el alma cede momentáneamente bajo el peso abrumador de esta apariencia y brota de lo profundo del corazón el grito: “Padre, si es posible, ¡aleja de mí ese cáliz!”.
Pero el cáliz no puede alejarse, ya que debe ser apurado hasta la última gota. El contacto con la realidad exterior no puede evitarse, y en este contacto debe demostrarse prácticamente el valor de sus adquisiciones ideales y su firmeza en la Verdad en la cual se ha establecido: la realidad exterior debe ser transmutada por la simple influencia silenciosa de su íntima conciencia, fija en la visión de una Realidad de orden superior o trascendente.
En otras palabras, el iniciado que ha sido purificado por los tres elementos debe haberse convertido y obrar como un verdadero filósofo, y por ende, ser la piedra filosofal que todo lo transmuta por la simple influencia de su presencia, con su actitud interior. Así pues, lejos de evitar y alejar de sí la poción amarga que le es ofrecida por la ignorancia de los hombres, debe llevarla a los labios serenamente, como si fuera la más dulce y confortable de las bebidas. Entonces es cuando se cumple el milagro: la amargura se convierte en dulzura, y la visión espiritual triunfa sobre las sombras de la ilusión que se desvanecen.

LA SANGRE
Antes de sellar definitivamente, por medio de un solemne juramento, la admisión del recipiendario en la Orden, se acostumbra someterlo a algunas pruebas que demuestren su fuerza de ánimo, y su rectitud y firmeza de propósitos.
Una de estas pruebas es la sangría; se le dice que, como la Sociedad de la cual anhela formar parte le podrá pedir que vierta su sangre hasta la última gota, para la defensa de esa Causa Sagrada o de la vida de sus hermanos, tiene que dar la prueba de estar dispuesto para ello, firmando con su sangre su juramento.
Este argumento de la sangre nos recuerda muchas religiones antiguas que dan un singular valor a la firma hecha con la misma, de manera que el pacto signado con ella no puede romperse ni aún con la muerte. Entre otros, citamos el Fausto, de Goethe, donde Mefistófeles le pide a Fausto sellar con su sangre el trágico pacto por el cual se obliga a servirlo, a cambio de su alma. Y habiéndole preguntado éste por qué razón quería que dicho pacto fuera firmado con sangre, le contesta Mefistófeles enigmáticamente que la sangre es un jugo de virtud particular.
Efectivamente, la sangre es la expresión orgánica más directa de la vida individual, o del Ego de la persona y por ende de lo que hay en nosotros de más propio y genuino. La permanencia de la vida en el organismo está caracterizada por el estado de fluidez de la sangre, que circula y anima todas las partes del cuerpo, cesando la vida cuando la sangre deja de circular; y así puede considerarse cuando se coagula.
El hecho de “estar dispuesto a firmar con la sangre” el juramento masónico significa, pues, que uno debe estar dispuesto a adherirse con todo su ser, y de una manera permanente e inviolable, a los Principios e Ideales de la Orden, haciendo de los mismos carne de su carne, sangre de su sangre y vida de su vida.
Así pues, la calidad de masón, que se confiere simbólicamente con la iniciación, y que individualmente se adquiere realizando o haciendo efectiva dicha iniciación, debe considerarse como permanente e imborrable: su transitoriedad no probaría sino el hecho de que nunca ha sido efectiva. En otras palabras, no puede uno “ser y dejar de ser” masón a voluntad, sino que, una vez que se ha hecho verdaderamente tal, lo será para siempre; quien cree poder cesar de considerarse masón es porque nunca lo ha sido, en el sentido iniciático de la palabra, a pesar de que haya podido tener el deseo de serlo y se le haya otorgado exteriormente el título, dándosele así la oportunidad (nada más y nada menos que la oportunidad) de convertirse en verdadero masón.

LA “MARCA” DEL MASÓN
Otra prueba análoga a la de la sangre, que insiste sobre el carácter permanente de la calidad de masón, es la invitación que se le hace al candidato de que permita que se deje imprimir con el fuego, en alguna parte del cuerpo, “la marca gloriosa de un sello que se encuentra en todas las Logias del Universo” y por medio de la cual se reconocen los masones.
Esta marca o estigma verdaderamente glorioso (pero que nunca se aplicó materialmente por la simple razón de que la Masonería quiere hacer a los hombres libres y no esclavos) se graba con el fuego ardiente del entusiasmo y de la fe sincera en el corazón de todo masón, y es otro símbolo de lo que el masón tiene que ser y en lo que debe convertirse en cuanto dicha cualidad debe imprimirse en su corazón y expresarse en todo su ser.
Las cualidades o emblemas que se aplican con el fuego, y por cuyo medio los masones se reconocen entre sí, son evidentemente el compás de la razón que caracteriza el reconocimiento de la Realidad Espiritual (que es el Centro simbólico de todo ser y de toda cosa) y su relación con la vida exterior (la circunferencia o apariencia de las cosas), y la escuadra del juicio, con la cual el masón rectifica sus pensamientos, aspiraciones y deseos, en armonía con el Plan del Gran Arquitecto, con cuyo Plan debe esforzarse en cooperar conscientemente.
Finalmente, y para dar una prueba tangible de sus buenas disposiciones, se le invita a ingresar en la cadena de unión de los masones, mediante una oferta voluntaria, con la cual manifiesta y reconoce su deber de solidaridad con los que se hallan momentáneamente faltos de recursos y de medios suficientes para vivir. Todos nos debemos y todos podemos sernos útiles recíprocamente: el egoísta es un ser inconsciente que no conoce el lazo que nos une y el deber que tenemos de cooperar con todas nuestras fuerzas para lograr el Bien común. Y el masón nunca puede ser un egoísta ignorante de su relación y deberes para con los demás.

EL JURAMENTO
El candidato se halla ahora dispuesto para cumplir con la formalidad del juramento, u obligación solemne que se le hace prestar delante del ara de su propia conciencia, arrodillado de la rodilla izquierda, y con la rodilla derecha en escuadra, en signo de humildad, respeto y devoción; con la mano derecha sobre la Biblia, que representa la palabra Divina o la Verdad Revelada por la tradición, y en la izquierda un compás, cuyas puntas apoya sobre el pecho desnudo, símbolo de la plenitud de la conciencia y del perfecto entendimiento de su corazón.
El juramento se hace “en presencia del Gran Arquitecto del Universo y de los hermanos reunidos en la Logia”. El reconocimiento de la presencia del G.’.A.’. es, pues, su primera condición: el juramento u obligación se contrae individualmente en presencia del Ideal y de las aspiraciones más elevadas de cada uno de nosotros en aquel Principio impersonal que constituye el primer molde, rige el curso y es el Divino Arquitecto de nuestras vidas.
Los hermanos reunidos alrededor del aspirante, con sus espadas juntas, formando una bóveda de acero sobre su cabeza, sin que él pueda darse cuenta todavía, con sus propios ojos, de su presencia, son el símbolo de aquellas presencias o inteligencias invisibles que se hallan constantemente alrededor de nosotros, sin que nos demos cuenta de ello; mudos testigos de nuestros actos, que nos vigilan, nos protegen y nos ayudan para llevar a cabo nuestros propósitos y nuestras aspiraciones más elevadas.
La obligación se contrae libre y espontáneamente, “con pleno y profundo convencimiento del alma”. He aquí una condición fundamental de su significado y de su validez: no se trata, pues, de una obligación obtenida con lisonjas, promesas o amenazas, con la que uno se liga en contra de su propia voluntad o de sus deseos y aspiraciones, y pueda de tal manera ser constreñido a hacer algo que le repugne, como en cualquier sociedad secreta cuya orientación sea diferente de la genuina Tradición Iniciática.
Esto es lo que caracteriza a la Masonería y la diferencia netamente de otras sociedades de diversas finalidades que tengan el secreto como medio o instrumento de su actividad. Sus elevados Principios y la lealtad y fidelidad a los mismos que se pide a sus iniciados, a los que quiere hacer hombres libres en el sentido más pleno y profundo de la palabra, la ponen para siempre por encima de las críticas interesadas y malévolas que se le han hecho, bajo el pretexto del secreto en el cual se desarrollan sus actividades.
El masón contrae la obligación que lo liga a la Orden por las más elevadas aspiraciones de su alma, con la más plena, libre y espontánea voluntad, y hasta el último momento se lo deja en libertad de retirarse, si así lo prefiere.

LAS TRES OBLIGACIONES
La primera de las obligaciones que contrae con el juramento se refiere a los secretos de la Orden. El recipiendario se obliga a “no revelar a ninguno que no sea un bueno y legítimo masón”. Es la obligación de la discreción en lo que se refiere a toda enseñanza esotérica, para que la misma sea útil y provechosa, por lo cual dicha enseñanza puede darse únicamente a quien esté debidamente preparado para recibirla, es decir, capacitado para entenderla en su real sentido.
Esta obligación está en perfecto acuerdo con las palabras de Jesús: “No deis las cosas sagradas a los perros y no echéis vuestras perlas a los puercos”, y de Buddha: “No turbe el sabio la mente del hombre de inteligencia tarda”, como también en el dicho hermético: “Los labios de la Sabiduría están mudos fuera de los oídos de la comprensión”.
El término perro en las palabras de Jesús no significa nada injurioso, siendo una palabra muy usada en Oriente en el sentido de profano o “extraño”; y en cuanto a las perlas, nos presenta una imagen muy expresiva de los fragmentos de Sabiduría que el iniciado tiene que reunir cuidadosamente, en el místico silencio del alma, en vez de “echarlos” al mundo de las pasiones, donde ninguno sabría comprenderlos.
La segunda obligación es la promesa de “no escribir”, grabar o formar algún signo por el cual puedan conocerse la Palabra Sagrada y los medios de comunicar y conocerse entre los masones. Esta obligación, en su sentido exotérico, está destinada a proteger la unidad e inviolabilidad de la Orden, y por ende la continuidad de la Tradición que por medio de ella se trasmite simbólicamente.
Esotéricamente la palabra sagrada se refiere más particularmente al místico Verbo o Ideal Divino que cada cual recibe en lo íntimo de su ser para expresarlo en actividad constructiva –actividad que será el medio con el cual se le reconocerá exteriormente como masón por todos “los buenos y legítimos masones”. Esta palabra no debe darse a conocer exteriormente a ninguno, pues perdería su eficacia, así como la semilla pierde su valor vital si se la aparta de la tierra en donde debe germinar.

La tercera obligación es el reconocimiento de los deberes de solidaridad que lo unen con los demás masones por el mismo hecho de haber adquirido la conciencia de su relación para con ellos, que es la fraternidad. Debe, pues, considerarlos a todos como hermanos y sentirse ligados a ellos por aquella fraternidad espiritual que brota de la comunidad de ideales, tendencias y aspiraciones, que es más fuerte y profunda que cualquier otra fraternidad puramente carnal o exterior.


Así se compromete a ayudarlos y socorrerlos hasta donde alcancen sus fuerzas, tanto moral como materialmente. Esto no quiere decir que deba hacerlo con perjuicio de otros, amparando injusticias y acciones deshonestas, sino que debe cumplir para con ellos el primer deber de humanidad, haciendo en toda circunstancia todo lo que el amor fraternal y su propio sentido del bien le sugieran, y evitando todo cuanto pueda perjudicarles directa o indirectamente.
Antes de faltar a este juramento, el masón prefiere “tener la garganta cortada y la lengua arrancada de raíz”, lo que quiere decir perder el poder de la palabra, cuya eficacia constructiva y regeneradora depende del secreto y de la veneración con los cuales se custodia en religioso silencio exterior, para que pueda libremente manifestarse en el interior.
Es el castigo simbólico que el indiscreto recibe doquiera naturalmente, como consecuencia necesaria de sus propias acciones, cuando haga uso indebido, egoísta o ligero de lo que le ha sido confiado. Comunicando lo que no hubiera debido comunicar pierde o retarda su propia capacidad de expresarlo, así como la capacidad de llegar a una justa y perfecta comprensión de las cosas. El indiscreto y el infiel nunca pueden establecerse en la Verdad, que se envuelve en sus velos más impenetrables y se aleja para siempre de ellos.
Así la lengua se halla efectivamente arrancada de su raíz, que no puede ser otra cosa sino la misma Verdad.

LA LUZ
El juramento u obligación que acaba de contraer ante todos y fundamentalmente consigo mismo, como el propósito que lleva a cabo en el testamento, en su vida profana, y con el cual las resoluciones iniciales del mismo testamento se hallan solemnemente confirmadas y selladas, hace al recipiendario digno de ver la luz, cayéndosele por completo de los ojos la venda de ilusión que le impedía ver la Realidad en sí.
Y la luz se le da simbólicamente por dos veces, después de haberlo hecho salir momentáneamente del Templo para que recomponga las irregularidades simbólicas de su vestido.
Habiéndose declarado dispuesto a confirmar su juramento –a falta de lo cual siempre se le concede la facultad de retirarse- cae de sus ojos la venda con la cual hasta ahora había podido ser admitido en el Templo, y ve alrededor de sí, en la semioscuridad del lugar en que se encuentra, a todos los hermanos de pie con la cabeza envuelta en un capuchón negro, y en la mano izquierda una espada dirigida a su pecho.
Estas espadas no son, empero, una amenaza: partiendo de la mano izquierda, o sea del lado del corazón, son el símbolo de los pensamientos de todos los presentes, todavía desconocidos para él (y por esta razón velados), que convergen con benevolencia hacia el neófito y de la concordia de sentimientos con los cuales se lo recibe.
Haciéndole notar que estos hermanos, testigos silenciosos de sus obligaciones (e imagen de las fuerzas silenciosas que nos rodean), están dispuestos a ayudarlo y socorrerlo en el caso de que cumpla con sus obligaciones, así como a castigarlo como es debido en caso de trasgresión, se le ofrece por última vez la oportunidad de retirarse, y bajo la seguridad de que el juramento pronunciado no le da ninguna inquietud, se le concede la plena luz: los hermanos presentes se descubren, bajando sus espadas y quedando en orden, mientras el Templo se ilumina con toda claridad.
Las espadas son el símbolo de todas las fuerzas desconocidas que en la vida constantemente favorecen y ayudan a quien permanece constantemente fiel a sus ideales y obligaciones, a pesar de la situación difícil y de las condiciones en apariencia contradictorias en que se encuentre, mientras se convierten en otros tantos flagelos, remordimientos y castigos para quien cede y se asusta, renunciando y faltando al cumplimiento de ellas.
La vida se hace siempre más dura, difícil e insatisfactoria para los que renuncian a sus ideales y a sus más elevadas aspiraciones, para los que ceden a la contrariedad aparente de los hombres y de las cosas y se dejan desalentar por su frialdad y falta de cooperación. Nunca y por ninguna razón debe uno renunciar a la expresión de su propio Ser más elevado y del Divino deseo que constituye el anhelo de su corazón: son éstos para él, además de un privilegio, una obligación y un deber cuyo perfecto cumplimiento le asegura la investidura de su Primogenitura. Si bien debe uno saber esperar con firmeza y confianza, sin que su entusiasmo se entibie o se enfríe, permaneciendo siempre fiel en lo íntimo de su corazón a lo que en él representa el reflejo del propio Verbo Divino y su más elevada visión de la Realidad.
Con esta firme actitud de su conciencia, delante de las pruebas contrarias de la vida, se hace la luz gradualmente, en su mundo exterior; las adversidades y los mismos enemigos se descubren, y aparecen ahora como “amigos”, habiendo depuesto la máscara, o apariencia hostil, que escondían sus semblantes, y toda sombra pavorosa se desvanece de su existencia: es la plena luz que pasa libremente desde el interior, y se derrama sobre el mundo externo, una vez que hemos sabido resistir con Fe inalterable, fidelidad y persistencia todas las contrariedades que se nos han presentado.
La luz ha sido siempre considerada como el símbolo más apropiado de la Divinidad y de la Realidad. El mismo San Juan, el apóstol iniciado, nos dice en su primera epístola: “Dios es Luz y en él no hay tinieblas”. Conocer la luz es, pues, conocer la Verdad y comunicarse con la misma Divinidad, que es Bien Omnipresente, y hacernos otros tantos Centros o Canales, por medio de los cuales esa Luz se manifiesta en nuestra vida y alrededor de nosotros.
La Luz que el iniciado recibe, como premio y consecuencia de sus esfuerzos, es un símbolo de trascendental importancia en todas sus acepciones: la capacidad de ver la luz e ingresar en su percepción constituye, pues, toda la esencia y la finalidad de la iniciación.
Restituido a la visión exterior de las cosas, con quitársele la venda que le cubría los ojos, después de haber sido iniciado en la visión interior de la conciencia, el candidato experimenta al principio una profunda decepción, en cuanto la realidad exterior se aparece en su aspecto más sombrío y negativo. Pero, aprendiendo a combinar la visión de los sentidos con la íntima visión de la Realidad, adquiere también la capacidad de manifestar y ver exteriormente la Luz de la cual ha adquirido la percepción interior, y la ilusión de lo aparente pierde todo el poder para él.

CONSAGRACIÓN
Conducido nuevamente al ara, delante de la cual debe, como antes, disponerse en actitud de acuerdo con la importancia del acto que está por verificarse, se le hacen confirmar nuevamente, al recipiendario, sus obligaciones, después de lo cual el Ven.·. M.·., con la espada flamígera apoyada sobre la cabeza del recipiendario, pronuncia la fórmula de la consagración, acompañada por los golpes misteriosos del grado. Hecho esto, lo hace levantar y lo abraza, dándole por primera vez el título de hermano, y le ciñe el mandil diciendo:
“Recibid este mandil, distintivo del Masón, más honroso que todas las decoraciones humanas, porque simboliza el trabajo, que es el primer deber del hombre y la fuente de todos los bienes, el que os da derecho a sentaros entre nosotros, y sin el cual nunca debéis estar en la Logia”.

La espada flamígera, emblema del Magisterio, y el mandil de piel, que caracteriza a todo masón, son dos símbolos que merecen toda nuestra consideración.


Encontramos tanto éste como aquélla en los versículos 21 y 24 del tercer capítulo del Génesis, en donde se nos dice que el Eterno hizo túnicas de piel para Adán y su mujer y los vistió. Y, después de haber echado fuera al hombre del Jardín del Edén “para que trabajase la tierra”, puso en el Oriente del mismo Jardín del Edén a unos querubines, que lucían doquiera una espada flamígera, “para custodiar el Camino del Árbol de la Vida”.
Es evidente que las túnicas de piel a las que aquí se hace mención simbolizan el cuerpo físico del hombre, del cual se reviste la conciencia individualizada (Adán) y su reflejo personal (su mujer) al ser enviados desde el estado de beatitud edénica (el mundo mental o interior) sobre la tierra (o realidad objetiva) para trabajarla, o expresar en ella sus cualidades divinas.
En cuanto a la espada flamígera, que se encuentra con los querubines (ángeles o Mensajeros del Divino en el hombre) al Oriente u origen del Mundo Mental o interior de la conciencia, es un símbolo manifiesto del Poder Divino, “que es poder creador” latente en todo ser humano, y que es privilegio del Magisterio realizar o recuperar, manifestando así las más elevadas posibilidades de la vida, cuyo Camino abre y custodia.
El mandil que recibe, y con el cual se reviste todo masón, es un emblema del mismo cuerpo físico con el cual venimos para trabajar sobre la tierra, y con el objeto de adquirir aquellas experiencias que nos transformarán en artistas verdaderos y acabarán por darnos el magisterio o dominio completo sobre nuestro mundo.
La percepción de este mandil, o túnica de piel, como simple vestido o envoltorio exterior, así como de la esencia misma de nuestro ser, es consecuencia de la visión espiritual que hemos conseguido con nuestra búsqueda de la Luz, desde el Occidente de los sentidos al Oriente de la Realidad. Pero esto tampoco debe conducirnos a despreciarlo, por ser parte integrante y necesaria a la perfecta manifestación del hombre en la vida terrestre, mediante la cual ha de ir depurándose y escalando grados en pos de una existencia divina.

LOS GUANTES

Con el mandil se le daban una vez, y se le dan todavía en algunos países, al recién iniciado, dos pares de guantes, uno para él y otro para que haga don de él a la mujer más amada.


Los guantes blancos son un símbolo evidente de la pureza de las intenciones que debe siempre observar el masón en sus acciones: hacer el Bien por el Bien mismo, esforzándose en toda actividad o trabajo, haciendo lo mejor que pueda para la Gloria del G.·.A.·., o sea para la expresión de lo Divino, en vez de dejarse guiar por consideraciones de conveniencia y utilidad material o mirar principalmente el fruto o beneficio directo de la acción. He aquí el significado de los guantes blancos que se le ofrecen, y que él debe cuidar bien de no ensuciar y manchar con el egoísmo y con la esclavitud a las pasiones que embrutecen al hombre.
Con el otro par de guantes, “para la mujer más amada”, la Masonería quiere mostrar cómo su influencia moralizadora, iniciática y regeneradora , debe extenderse también a la mujer, aunque ésta no sea directamente admitida en sus trabajos. Con estos guantes, la mujer que cada recién iniciado reputa más digna de poseerlos ingresa espiritualmente en la Cadena de Solidaridad Ideal y Constructiva que la Masonería forma en todo el mundo, como compañera del hombre, sin necesidad de pasar por las pruebas de la iniciación.
Así pues, a pesar de que algunos quieran franquearle y otros le nieguen el ingreso en nuestros Templos, la debatida cuestión de la admisión de la mujer en la Masonería se halla ya potencialmente resuelta en su favor, en cuanto por las cualidades que la hacen estimar, queda admitida en esta forma, y adoptada espiritualmente en el seno de la Institución.
En vez de los guantes se usa entregar, en algunos países, un martillo y un cincel, símbolos del trabajo que el Aprendiz debe ejecutar sobre sí mismo, despojando las asperezas de la piedra bruta que representa su personalidad, y una regla “para que nunca se separe de la línea recta del deber”. Estos símbolos son en parte equivalentes y no se necesita discutir el valor de unos preferentemente a los otros: lo esencial es reconocerlos como símbolos y poner en práctica su enseñanza alegórica.

LA PALABRA
Habiendo sido consagrado masón, el neófito está ahora en condiciones de que se le comuniquen los signos, marcha y batería del grado, así como la palabra sagrada y la manera de darla, junto con los medios de reconocimiento, que constituyen el fundamento de su instrucción.
Estudiaremos en otra parte el significado y el valor de los signos y de la marcha, en cuanto se refieren especialmente a la aplicación de la Doctrina Masónica, contentándose por ahora con ver lo que representa la Palabra para el iniciado que ha recibido la Luz.
El primer versículo del Evangelio de San Juan, sobre el cual se ponen los instrumentos emblemáticos de la Masonería al abrirse los trabajos, nos da la clave del significado de la Palabra en general para el masón. Constituyendo este versículo el fundamento de toda actividad o labor masónica, debemos darnos cuenta de su significado, antes de ver la exacta interpretación en lo particular de la palabra sagrada del Aprendiz.
La afirmación En el Principio era el Verbo (o sea la Palabra) es eminentemente iniciática, es decir, tal que no puede entenderse sin ingresar en el sentido interior de las cosas. Es la comprobación de la Verdad de que todo se manifiesta desde un Principio Interior o espiritual llamado Verbo o Palabra, o sea afirmación creadora de su realidad, que lo manifiesta y lo hace existir desde el estado de Realidad Inmanente, latente o potencial.
Diciendo “en el Principio era el Verbo” reconocemos el origen espiritual de todo lo que vemos, o se presenta de alguna manera delante de nuestros sentidos. De todo sin distinción podemos decir que en el principio (o en su origen) era o fue un Verbo, Palabra, Pensamiento o afirmación creadora que la originó. Y como el Verbo, Palabra o Pensamiento no puede ser sino una manifestación de la conciencia, toda cosa exterior tiene un origen interior en el ser en donde tuvo nacimiento primero como Causa, cuyo efecto estamos percibiendo.
Y esto debe aplicarse tanto a la creación o formación del Universo desde su Primer Principio (que es Ser, y como tal fundamento de todo lo que existe, espacio y tiempo incluidos) como a la particular creación o formación del ser del hombre y de su vida manifestada; todo lo que en ésta aparece hubo de tener su origen en un verbo (pensamiento, deseo, aspiración, afirmación o estado de conciencia que es la causa sutil de su existencia, como efecto visible).
Es, pues, de importancia trascendente lo que el hombre dice, piensa o afirma aún sólo dentro de sí mismo: con este solo hecho participa consciente o inconscientemente del Poder Creador Universal del Verbo y de su actividad constructiva. Y es privilegio y prerrogativa del masón hacerlo consciente y sabiamente, mientras el profano lo hace inconsciente y locamente.
Aprender el recto uso de la Palabra y disciplinarse en el mismo: he aquí la tarea fundamental que le incumbe al masón. Con esta disciplina hace su actividad constructiva y en armonía con los planes del G.·.A.·., es decir, con los Principios Universales de la Verdad.
Hay, pues, una palabra sagrada, distinta de todas las palabras profanas que son nuestros errores, pensamientos negativos y juicios formados sobre la apariencia exterior de las cosas; la palabra sagrada es el Verbo, es decir, lo que de más elevado y conforme a la Realidad podemos pensar o imaginar, una manifestación de la Luz que desde el interior nos alumbra, cuya naturaleza es idéntica a esa Luz. Es nuestro Ideal y nuestro concepto de lo que hay de más Justo, Bueno, Hermoso, Grande, Noble y Verdadero; conformando nuestras palabras a este Verbo, pronunciamos la “Palabra sagrada” y decretamos su establecimiento. Pues, como se dijo: “Así mismo decretarás una cosa, y ésta será establecida en ti, y sobre tus caminos resplandecerá la Luz” (Job, 22-28).

SIGNIFICADO DE LA PALABRA
La palabra Sagrada, dada por el Ven.·.M.·. que se sienta al Oriente simboliza la Palabra Sagrada dada individualmente, a cada uno de nosotros, por el Espíritu de Verdad que igualmente se sienta o mora al Oriente u origen de nuestro ser. También representa la instrucción que se da o debería darse en la Logia (o lugar donde se manifiesta el Logos o Palabra) y que siempre debe partir del Oriente para ser efectiva; es decir, de lo que cada cual puede pensar individualmente de más noble y elevado. Debe ser Luz inspiradora y vida, como lo es la luz del Sol que surge del Oriente material, alumbrando y vivificando nuestro planeta.
A semejanza de la Palabra Sagrada del Aprendiz, que se formula al oído, letra por letra, así debe darse la instrucción masónica: se le da a cada cual un primer rudimento; la primera letra de la Verdad, para que meditando y estudiando sobre ella, llegue con su propio esfuerzo a conocer y formular la segunda, que lo hará digno de recibir útil y provechosamente la tercera. De esta manera ha sido y fue comunicada la Doctrina Iniciática en todos los tiempos, siendo el mismo simbolismo masónico la primera letra de la mística Palabra Sagrada de la Verdad.
El significado particular de la Palabra Sagrada del Aprendiz es: “EN ÉL LA FUERZA”. Esto quiere decir que el Aprendiz reconoce por medio de la palabra sagrada, o sea el Verbo Divino en él, que la fuerza verdadera no se halla en el exterior, en el mundo de los efectos, sino interiormente, en la Realidad que constituye el Principio Inmanente y Trascendente de todo lo existente.
Esta transformación completa del punto de vista de la conciencia –que distingue al iniciado del profano- no puede ser sino el coronamiento y la consecuencia de su iniciación: es preciso, pues, ingresar interiormente en la percepción de la Realidad, para reconocer que la Fuerza está en ella, y no en las cosas aparentes que vemos, estableciéndonos firmemente en este reconocimiento fundamental, como columna del simbólico Templo que levantamos y basando sobre este reconocimiento íntimo y secreto todas nuestras acciones.
El análisis de la Palabra, en las tres letras hebraicas de que se compone, nos da una guía para realizar el sentido profundo que toman las tres letras en su combinación.
La primera letra se refiere, como es evidente, al cuerpo físico y al mundo objetivo que constituyen la morada o habitación del hombre. Estudiando la primera letra, el hombre aprende a conocer la realidad exterior y el mundo de los efectos, y meditando sobre la íntima esencia de esto llegará a reconocer la realidad interior que se esconde tras esta apariencia, representada por la segunda letra que tiene que ser individualmente encontrada o descubierta.
Esta representa la conciencia o mundo interior que cada uno de nosotros halla en sí mismo, el Mundo Mental, en el cual se expresa individualmente el Ser, produciendo así la causa de todo efecto visible. El descubrimiento o reconocimiento individual de esta segunda letra pone al iniciado en aptitud para comunicársele o recibir la tercera.
El significado de esta última debe relacionarse con lo que ya hemos visto hablando del simbólico instrumento, del cual la misma letra nos presenta admirablemente la forma. Se refiere a las posibilidades del Mundo Divino o Trascendente que se encuentran en el hombre en estado latente, y que pueden manifestarse como un rayo, o como el brillo de una espada, ante el ojo de nuestra conciencia, que constituye el punto central o eje de nuestro propio mundo interior, “la luz que ilumina la morada del hombre”.

RESTITUCIÓN DE LOS METALES
La ceremonia iniciática finaliza en el mismo punto en que tuvo su principio: habiéndose hecho sentar al recién iniciado en el lugar que le corresponde, es decir, en el primer puesto al Oriente de la Columna del Norte, para que pueda proceder de allí en el simbólico camino que, en sentido inverso a la dirección de sus viajes, le hará realizar en la Logia su progreso masónico; después de la proclamación y del reconocimiento de todos sus hermanos, se le restituyen los metales, cuidadosamente guardados, de los cuales había sido despojado al entrar en el cuarto de reflexión.
Es claro que la restitución tiene también un significado simbólico: después de haber aprendido a pensar por sí mismo, con el esfuerzo alegórico de los tres viajes; después de haber visto la luz y recibido la Palabra de la Verdad, puede recibir nuevamente las posesiones intelectuales y materiales de que antes tuvo que despojarse para poder emprender el Camino de la Verdad.
Ahora tiene el deber de hacer de las mismas aquel uso sabio para el cual solamente se le restituye su posesión, pues todo indistintamente nos ha sido dado y se nos da para su uso. No existe posesión de ningún género que podamos retener para siempre: ni nuestras propias creaciones intelectuales, ni tampoco los átomos de que se compone nuestro cuerpo, que están sujetos a un cambio incesante. Debemos, pues, convertirnos en canales sabios y provechosos de todo lo que pasa por nuestras manos, transmitiéndolo como lo hemos recibido, en beneficio de los demás: esto nos lo enseñará el primer uso que hará el recién iniciado de los metales que le han sido devueltos, dando su primera contribución a la Solidaridad Masónica.

PARTE TERCERA




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