Manual de instrucciones



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Manual de instrucciones

– Pat, ¿qué haces? ¿no estarás otra vez enganchada a ese programa? Creo que deberíamos meter la carne ya en el horno. Pat, ¿me oyes? El horno está ardiendo. ¡Joder, tengo hambre! ¡Voy a desvanecerme como no vengas pronto!

Milch estaba en calzoncillos y con una camiseta blanca de tirantes una talla menor a la que sería la adecuada. A Pat esa imagen le causaba bastante lástima. Recordaba lo bien que le quedaban a su marido las camisetas de talla M, pero de eso hace ya mucho tiempo. También recordaba los paseos diurnos por la ciudad, las noches sin hora de llegada y los excesos cometidos cuando había más energía y ganas de comerse el mundo.

– ¡Pat, te necesito! No entiendo las instrucciones de este libro. ¿Qué coño significa rehogar? ¿Y sofrito?

Milch se había despertado con ganas de cocinar. Algo nuevo y sorprendente para un hombre que apenas había pisado una cocina. Ella, por su parte, seguía a su rollo. En la tele emitían un programa de gente con extrañas adicciones. Narraban la historia de un hombre que mantenía relaciones sexuales con el coche de su pareja. Le pedía el coche a su novia para hacer recados pero en realidad aprovechaba ese tiempo para ir a un garaje privado y practicar extraños rituales sexuales con él.

A Pat le intrigaba esa enfermedad o lo que fuese, así que tecleó en el móvil las palabras “coche”, “coito” y “trastorno”. La primera entrada en Google hacía referencia a un concepto totalmente desconocido para ella. Visitó una página web llamada salud180.com y encontró la información que andaba buscando.

– ¡Cariño! ¡Hay un chico que está enamorado de un coche! ¡Dios mío, este programa es increíble! Tendrías que verlo conmigo. Internet dice que se trata de un trastorno llamado mecafilia. Es como un amor desmesurado por las máquinas. ¿Sabías que al menos quinientas personas están afectadas por este trastorno? – preguntó Pat queriendo hacer partícipe a su marido de su interés.

Pero Milch estaba al borde de los nervios. Los ajos se quemaban, el aceite hervía y no recordaba si ya había sazonado la carne o no. Pat observó una humareda salir de la cocina, pero ella necesitaba saber cómo acababa la historia. La chica sospechaba de su novio, creía que la engañaba con otra y que utilizaba su coche de estilo clásico para fanfarronear. Lo bueno estaba por llegar pero Milch seguía muy pesado y no hacía más que protestar. Pat lo sabía, tenía mucha paciencia y manejaba con mano izquierda los ataques histéricos de su marido, sin embargo últimamente comenzaba a cansarle las excesivas ganas que éste tenía por renovar el menú culinario familiar.

Lo que Pat desconocía es que Milch estaba harto de comer todas las semanas los mismos cansinos platos. Los lunes tocaba espaguetis, los martes lomo con patatas, los miércoles arroz con tomate, los jueves lentejas y así sucesivamente hasta crear un calendario de menús cerrados e inamovibles que a Milch le sacaba de quicio. Llevaba diez años comiendo lo mismo pero Pat vivía cómoda repitiendo las mismas rutinas y no quería salir de su zona de confort, quizá ni conocía el significado de esa expresión. Aunque lo que realmente colmó el vaso, fue la nueva afición de añadir de manera obsesiva aguacate a todos los platos.

– Joder Pat, ¿otra vez ensalada de aguacate? - se quejaba Milch amargamente. Pero ella soltaba el mismo rollo de siempre: que si reducía el colesterol, que si evitaba el estreñimiento, que si los triglicéridos, que si era antioxidante y un sinfín de propiedades más que a él no le convencían porque la realidad era que el aguacate no le sabía a nada.

– ¡Cariño, ven! ¡Este chico está haciendo el amor con el coche de su novia! ¡Que fuerte! ¡Nunca había visto algo así! Milch, ¿me oyes? - gritaba Pat desde el salón.

Milch seguía en plena fase de ebullición, peleándose con el ajo, la cebolla, las patatas hervidas y la intensa humareda creada. No hacía caso a las demandas ni llamadas de atención de su mujer. El libro de recetas que ella le regaló para su cumpleaños le resultaba enormemente difícil de entender. No comprendía los pasos y desconocía gran parte de los ingredientes que se nombraban. La cocina era un auténtico caos, platos sucios acumulados unos sobre otros, sartenes hirviendo con olor a quemado y un montón de productos abiertos y desperdigados sobre la encimera.

Olivia entró por la puerta con aire desenfadado y ajena a las tensiones del hogar. Era su única hija y aunque ellos no se percataban, la niña (ahora, no tan niña) crecía más rápido de lo que sus padres desearían.

– ¿Puede venir Bryant de vacaciones con nosotros? – preguntó Olivia sin vacilar, posando en el suelo la mochila llena de libros que usaba para ir al instituto.

– Perdona, ¿podrías repetir la pregunta? Me hago mayor y he creído escuchar que nos preguntabas sobre la posibilidad de llevar a un tal Bryant de vacaciones con nosotros. Y yo sólo conozco a un Bryant, aunque Bryant no es su nombre, es su apellido. Su nombre es Kobe, juega al baloncesto y sino me falla la memoria creo que vive a miles de kilómetros de aquí.

– Muy gracioso papá, pero estoy hablando en serio.

No conocemos a ese Bryant, hija. No creo que sea buena idea llevarnos de vacaciones a un chico del que no sabemos nada -replicó Pat en un primer intento de quitarle esa idea de la cabeza a su hija.

– Nos vamos a ir dos semanas de vacaciones y no quiero estar tanto tiempo sin verle. Necesito tenerlo cerca. Es un buen chico y no haremos nada malo. Además, vosotros os empeñáis en ir a visitar museos y os pasáis el día por ahí recorriendo la ciudad y yo solo quiero echarme en la toalla, disfrutar del sol, bañarme y ponerme morena. Como comprenderéis ya tengo catorce años y no quiero estar con mis padres las veinticuatro horas del día. Necesito independencia, conocer gente joven, no visitar museos y ver cómo un montón de japoneses estresados se obsesionan por fotografiarlo todo. ¡Padres, tenéis que modernizaros! Esto lo hago por vuestro bien -se quejó Olivia mezclando en su mensaje desesperación e incomprensión a partes iguales.

– ¡Así que tienes novio! ¡Y se llama Bryant! ¿curioso nombre Bryant, no? Antes de modernizarnos, tal como deseas, ¿podrías darnos alguna información extra acerca de tu “novio”, el que se hace llamar Bryant? No sé, podríamos empezar por algo sencillo: ¿años?, ¿ocupación?, ¿pasado delictivo?, ¿planes de futuro?, ¿creencias religiosas?, ¿periodo de castidad? Vamos, lo que suele ser un perfil básico para que tus padres puedan conocer algo del primer novio de su hija –añadió Milch con una ironía que Olivia, a pesar de su corta edad, captaba sin problemas.

– Bryant tiene 17 años y está a punto de sacar el título de secundaria. Me trata muy bien y me cuida. Además es muy cariñoso y muy atento. Me viene a buscar todos los días al instituto en moto.

– Así que tu novio es muy cariñoso y atento. ¡Y tiene moto! Bueno, bueno... ¿Y se llama Bryant?

– Sí, Bryant. ¿Qué tienes en contra del nombre de Bryant? –preguntó enfadada.

– Y tú quieres que Bryant, sujeto desconocido por nosotros y del cual no tenemos referencia alguna, venga de vacaciones al apartamento de dos habitaciones que hemos alquilado. Quieres que me tope todas las mañanas con su careto mientras leo con calma el periódico, analizo los fichajes de la liga, tomo en pequeños sorbos mi zumo y café, unto con detenimiento las tostadas de mantequilla e intento disfrutar de mi familia, el sol y el mar. ¿Es eso lo que pretendes decirme?

–Bueno, en realidad, él me ha dicho que dormiría en el sofá si no le dejáis dormir conmigo.

–¡Oh, gran detalle por su parte! Todo un gentleman nuestro amigo Bryant. Efectivamente nunca os dejaríamos dormir juntos.

–¿Así que ya habéis hablado del tema vacaciones? - Preguntó Pat con la idea de poner algo de cordura al asunto y sonsacar más información a su hija.

–Sí, hemos hablado de ello y tenemos una alternativa para que la situación no resulte demasiado embarazosa.

–Embarazosa no es una palabra adecuada para usar en estos instantes.

–No voy a quedarme embarazada, papá.

–Mas te vale.

–Hija, tu padre y yo tenemos que tratar este tema. En cuanto lo tengamos claro, te comunicaremos nuestra decisión –finiquitó Pat, tratando de dar una pausa al asunto y viendo que su marido pedía a gritos un tiempo muerto para asimilar lo que su hija les estaba pidiendo.

Olivia se dirigió a su habitación con la mosca tras la oreja pero sin perder la esperanza. Recordó aquella época donde esperaba ansiosa la llegada del verano para pasar más tiempo con sus padres. Ahora ya no sentía lo mismo y ese descubrimiento le produjo amargura.

Milch estaba en estado de shock mientras Pat asumía con naturalidad que por fin había llegado uno de esos momentos que los padres temen tanto. El momento en que su niña deja de ser niña y experimenta la tontería del primer amor. Tanto la comida como el programa de televisión quedaron en un segundo plano. Ahora tenían un lío muy gordo entre manos y había que resolverlo cuanto antes.

–Ni de broma –zanjó Milch.

–Esto nos va a causar un problema. Hay que entender a la niña pero no podemos ceder.

–No quiero pasar mis vacaciones pendiente de lo que hace mi hija con un tal Bryant. No quiero ver a nadie que no sea de mi familia. No quiero que ningún teenager me joda mis únicos quince días de descanso. Me niego Pat –refunfuño Milch, elevando el tono de voz cada vez más.

–La niña se va a disgustar.

–¡Joder, claro que se va a disgustar! ¿Y qué hay de mi disgusto? Me acabo de enterar que mi hija tiene novio y solo tiene 14 años. ¿Donde conoció a ese Bryant? Jodido internet. La culpa la tienen esas putas redes sociales.

–Tú también usas redes sociales, Milch.

–Sí joder, pero...

–Pero nada, la niña tiene novio y tiene 14 años, asúmelo. A partir de ahora ya no es tu niña. Cuanto antes te metas en la cabeza este concepto, mejor nos irá.

–Esto me supera.

–Eso no es lo importante ahora. Lo que importa es darle una respuesta racional. Tenemos que ser firmes pero sin herirla.

–No sé si podré hacerlo.

–Tienes que hacerlo.

–Joder, ¿por qué yo?

–Porque la niña confía en ti. Tenéis el mismo absurdo sentido del humor.

–¿Y cómo coño se lo digo?

–Dile la verdad. Dile que son unas vacaciones familiares y que no vemos oportuno que un chico al que no conocemos pase quince días con nosotros, que quizá cuando consoliden su relación podamos plantearnos otras alternativas.

–¿Y si se vuelve histérica?, ¿si dice que no la comprendemos y comienza a soltar toda esa retahíla de pensamientos adolescentes en contra de sus padres? o peor aún, ¿si se niega a venir con nosotros de vacaciones?, ¿qué coño hacemos si se declara en rebeldía?

–¡Joder Milch, eres un jodido chifletas!
Milch se mostró tenso durante el resto del día. No encontraba el momento adecuado para entrar en la habitación de su hija y comunicarle la decisión familiar. Olivia era muy lista, tenía inteligencia lingüística y sabía manejar las situaciones creando contextos que le eran propicios. A veces Milch se sentía atrapado como esa presa, que arrinconada sabe, que no tiene salida. Temía no poder reaccionar ante los contraataques de su hija o peor aun, quedarse atolondrado sin poder rebatir sus argumentos. Así que antes de encarar el conflicto, creyó que necesitaba ayuda y no se le ocurrió otra cosa que acudir a una librería y buscar algún libro que diera respuesta a sus dudas y miedos.

En el segundo piso de la librería Cervantes, una de las más importantes de Oviedo y situada prácticamente en el epicentro de la ciudad, un letrero indicaba “Psicología”. Le impresionó ver tres estanterías exclusivas para esta disciplina y tantas subdivisiones dentro de ella: psicología clínica, psicología jurídica, psicológica de la adiciones, psicología educativa y muchas más. Le dio reparo encontrarse delante de todos esos libros y rabia por haber llegado a esa situación. Odiaba a los psicólogos y odiaba a Mister Wonderful pero ese era otro tema.

En la sección Padres e Hijos, tres libros captaron su atención; “Educar en sentido común”, “Las familias modernas”, “Ser padres, Ser hijos”, pero ninguno le convenció. Un poco más abajo, en la sección Adolescentes, se ofrecía un amplio repertorio de libros muy similares a tenor de su contenido (lo único que les diferenciaba era el autor y la portada). El caso es que Milch comenzó a darse cuenta que no era capaz de leer más de dos líneas seguidas, que se aburría pronto y que de manera involuntaria comenzaba a bostezar. Ni el capítulo sexo, drogas y alcohol del libro “Adolescentes: manual de instrucciones” le provocó un mínimo de interés.

Ver tantos consejos en una misma página e intentar memorizar tantas estrategias le produjo sofoco. Un postrero mareo le advirtió de que terminase cuanto antes con esa pantomima. Y finalmente entre el agobio, el calor y la vista nublaba asumió que quizá era el momento de volver a casa sin saber comunicarse asertivamente con su hija.

Cogió el autobús y aprovechó el viaje para diseñar mentalmente una estrategia. Subiendo por la calle De la Independencia ordenó sus ideas, en Ramiro I buscó las palabras adecuadas, llegando a Vázquez de Mella visualizó las posibles contrarréplicas de su hija y a medida que se acercaba a casa, su inseguridad, lejos de mitigarse, crecía. Bajó del autobús y se aproximó meditativo e inquieto hacia el portal. Se dio cuenta que los pensamientos le absorbían de tal modo que no era capaz de percibir lo que sucedía a su alrededor (un vecino le saludó pero no reparó en su presencia). En el ascensor se miro al espejo y ensayó por última vez su discurso con poco convencimiento.

–¡Milch, tu hija quiere hablar contigo! –dijo Pat sin darle tiempo a que se quitase la chaqueta y ponerse cómodo.

Esa frase le puso más nervioso. Una nube de incertidumbre sobrevoló su cabeza, aun así, con paso pseudo firme y semblante serio se aproximó a la habitación de su hija.

–Papá, tengo que hablar contigo.

Milch sudaba por las axilas. Recordó esas estanterías repletas de libros en las que presentaban a los adolescentes como sencillas máquinas provistas de un manual de instrucciones a los cuales solo había que tocar las teclas adecuadas para que respondieran como un adulto quería.

–He decido que no es bueno para la familia que Bryant venga con nosotros. Quince días con él sería demasiado para mí. Le quiero pero no tanto. Sé que habéis ahorrado mucho para que hagamos juntos ese viaje, así que prefiero disfrutar las vacaciones con vosotros y ya veré a Bryant a la vuelta –concluyó Olivia dotando a su discurso de una madurez impropia para su edad.

Milch respiro aliviado (aunque intentó disimularlo). Se deshizo de la losa de veinte kilos que portaba sobre su espalda desde esa misma mañana. Visualizó fuegos artificiales, recordó el gol de Iniesta en la final de la copa del mundo y el día en que él y su mujer se dieron el sí quiero.

–Papa...–prosiguió Olivia cuando su padre daba por zanjada la conversación y se disponía a salir de la habitación de su hija con aire triunfante-. Creo que necesito otro teléfono móvil. A éste se le ha estropeado la batería y le fallan las aplicaciones muy a menudo. ¿Podríamos comprar uno mañana? preguntó triste y afligida.

–Por supuesto, hija se apresuró a decir un Milch incauto con tal de zanjar cuanto antes un tema que le estaba provocando infinidad de agobio.

Pat observó la escena con detenimiento. Se enorgulleció de tener una hija tan lista. Una auténtica manipuladora que manejaba las situaciones a su antojo. Se sintió aliviada por ello y desde ese momento supo que Olivia se desenvolvería perfectamente por el mundo sin su ayuda.

Milch no se dio cuenta de la jugada hasta pasados un par de minutos. Su hija le había metido un gol por la escuadra. Dudó por un momento de la existencia de Bryant pero no quiso preguntar. Prefirió creer que su hija había actuado con madurez y responsabilidad gracias a la educación dada durante tantos años y no, que su hija se hubiera inventado una absurda mentira, con supuesto novio ficticio incluido, con el fin oculto de conseguir un móvil nuevo (el cual nunca le hubiesen comprado si lo hubiera pedido directamente). Milch salió de la habitación contrariado. Esta segunda hipótesis le pareció de un ingenio realmente extraordinario y maquiavélico.

Encendió el ordenador, Olivia había dejado su Facebook abierto, así que no dudó en cotillear el perfil social de su hija. Revisó sus fotos, sus amistades, pero ni rastro de algún Bryant.

–¡Olivia, ven cuando puedas! –gritó desde el otro lado de la casa mientras su cabeza aún le daba vueltas a la posible sobreactuación de su hija.

–Dime papá.

–¿Me dejas un momento el móvil? Me gustaría averiguar en qué falla. Te lo devuelvo ahora.

Olivia le entregó el móvil con recelo. No quería pero no tuvo más remedio. Milch sonrió falsamente a su hija y ésta se retiró sospechando de la actitud de su padre. Revisó las fotos, los mensajes, los whatsapps, el Instagram y de nuevo, ni rastro de Bryant. No supo como actuar, por un lado saber que su hija no tuviera novio le tranquilizaba, por otro, intuir que su hija había creado un plan tan elaborado para conseguir un móvil nuevo, le inquietaba. Le devolvió el teléfono con una sonrisa forzada mientras ella respiró aliviada.



Milch entró en la cocina, abrió al azar el libro “Ahorra con Jamie” que su mujer le había regalado para su cumpleaños y se encontró con la siguiente receta “Daal de berenjenas con chapatis caseros”. Entre los ingredientes había berenjena, jengibre, pasta de curry rogan josh, aceite de cacahuete, guisantes amarillos, hojas de curry y semillas de mostaza. No tenía ni idea de que pudieran existir esas cosas tan extrañas. Se deprimió, el día se estaba haciendo cuesta arriba. Pat entró cauta en la cocina. Se temía lo peor y sus pronósticos se vieron cumplidos al observar el barullo montado por su marido y comprobar que no había absolutamente nada para comer. Preparó rápidamente una ensalada de tomate, cebolla, mozzarella y aguacate. Los tres se sentaron a cenar pero no se dirigieron la palabra. Pat seguía dándole vueltas a la mecafilia, Olivia se sintió orgullosa de su plan y Milch desbordado por los acontecimientos, se desesperaba por tener que cenar de nuevo ensalada con aguacate.

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