Los desafíos del nuevo escenario mediático para las políticas públicas [publicado, en portugués, en



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LOS DESAFÍOS DEL NUEVO ESCENARIO MEDIÁTICO PARA LAS POLÍTICAS PÚBLICAS [publicado, en portugués, en Revista Observatório, 20 (2016): pág. 87-112]

George Yúdice


Las nuevas tecnologías y los medios de comunicación - especialmente las redes sociales y las nuevas formas de distribución de entretenimiento relacionadas con las mega-empresas - están transformando radicalmente el panorama de los medios en todo el mundo. Por un lado, es un escenario que promete entregar contenidos completamente diversos, incluyendo los creados por los usuarios para satisfacer cualquier preferencia; por otro lado, promete dar creciente acceso digital a la población mundial.. ¿Quién hace esta promesa no son los gobiernos, sino las nuevas megaplataformas de Internet, como Google y Facebook. Los gobiernos latinoamericanos no están bien preparados, tanto legalmente como en su capacidad de proporcionar apoyo a las empresas nacionales, las cuales, a su vez, contribuyen a los ingresos fiscales. Al mismo tiempo, se plantea la cuestión de quién debe proporcionar un servicio aparentemente público, tal como Internet, que es, hoy en día, el equivalente a la electricidad, el teléfono y el agua en el siglo XX: el sector público (gobierno) o privado ( empresas)? ¿Existen otras alternativas? ¿Qué efecto tiene todo esto sobre los usuarios? Cómo diseñar políticas públicas en este nuevo escenario?
Estos muchachos habitan pues lo virtual. Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la red, la lectura o escritura al pulgar de los mensajes, la consulta de Wikipedia o de Facebook, no excitan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, del ábaco o del cuaderno. Pueden manipular muchas informaciones a la vez. No conocen, ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes. No tienen pues la misma cabeza.

Por teléfono celular acceden a todas las personas; por GPS a todos los lugares; por la red, a todo el saber; frecuentan pues un espacio topológico de vecindarios, mientras que nosotros habitamos un espacio métrico, referido por distancias. Ya no habitan el mismo espacio. (SERRES, 2013: 7)


En su defensa de la cultura de los jóvenes, desarrollado en el calor de los nuevos medios de comunicación, Michel Serres argumenta que no había otra manera de pensar ("no tienen la misma cabeza"), más conectado con la tecnología digital y las nuevas prácticas que esta tecnología hace que sea posible. Estos serían los nativos digitales; También tienen los migrantes digitales de más edad bastante asimilados. Pero debe tenerse en cuenta que Serres está hablando de la juventud francesa, que pertenece a un país rico, con buena conectividad. Por lo tanto, un alto porcentaje - más del 85% de los jóvenes accede a Internet, especialmente a través
móvil (FREIER, 2015; INFORME GLOBAL DE INTERNET, 2015).
Uno podría pensar que, debido a la aguda desigualdad en los países" emergente" o "en desarrollo", el nuevo habitus sería radicalmente diferente. Sin embargo, de acuerdo con World Internet Stats del 2 de febrero de 2016, la Internet tiene 3,3 mil millones de usuarios en todo el mundo,1 1,3 mil millones más que en 2011. Esto equivale al 45% de los 7,4 millones de habitantes de la tierra.2 Aunque el acceso ha ido creciendo a buen ritmo, está claro que hay mucha desigualdad entre las regiones más ricas (América del Norte tiene 88% de cobertura) y las más pobres (África tiene el 29%) (Kemp, 2015 PEW Research Center, 2015). América Latina está en el medio con 56%, pero esta vasta área también hay una gran desigualdad entre países y dentro de ellos.
Sin embargo, en un futuro próximo habrá más acceso a la Internet, especialmente a través del teléfono móvil. Como descubrieron los investigadores del Pew Research Center, los jóvenes de los países "emergentes" o "en desarrollo" tienen acceso a Internet mucho más que las generaciones más viejas. El promedio de la brecha etária en los 32 países estudiados es de 15 puntos porcentuales, pero en todos los países de América Latina incluidos en el estudio - Argentina, Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, México, Nicaragua, Perú y Venezuela – la brecha es de 30 puntos porcentuales o más, un dato que también se explica por las diferencias en el nivel de educación, los ingresos y el conocimiento de inglés (PEW, 2015). En Brasil, por ejemplo, el 72% de las personas de 18-34 años de edad tiene acceso a Internet o a un teléfono inteligente, en contraste con el 35% de los individuos de 35 años o más. De acuerdo con el departamento de investigación de la Asociación Groupe Sociale Mobile o GSMA Intelligence, en la actualidad hay 7,7 mil millones de conexiones móviles en el mundo y 3.8 mil millones de cuentas móviles únicas de suscripción.3
Estos datos también se confirman si se considera que el número de usuarios mundiales que consiguieron Facebook y Whatsapp: 1.59 mil millones y 1 mil millones, respectivamente, a finales de 2015. Se tiene acceso a estas plataformas principalmente por medio de móvil (MARTI, 2016), un 90,6% según las cifras de Facebook.4 En América Latina, Whatsapp alcanza cuotas de uso altas, como el 93% de usuarios en Brasil y el 84% en Argentina (Smith, 2016). Por supuesto Facebook predijo el rápido crecimiento de acceso de Whatsapp cuando pagó $ 19 mil millones para la aplicación en el año 2014, a pesar de que sólo se habían generado $ 20 millones en 2013. Y cada vez más estas y otras empresas están ampliando sus funciones, no sólo de chat y de enlaces, sino también el envío de fotos y, desde diciembre de 2015, la transmisión de vídeo en tiempo real (Lavrusik, 2016). Estas funciones, entregadas de forma gratuita a los usuarios (pero en realidad, a cambio de la cosecha de sus datos), crean algo así como un simulacro de servicio público, resultando en que estas plataformas negocien y entren en competencia con los Estados, como veremos a continuación.
Entre las actividades llevadas a cabo por Internet móvil en los países "emergentes" o "desarrollo" prevalecen: el contacto con amigos y familiares y el uso de las redes sociales en primer lugar y la búsqueda de información en segundo lugar (Pew Research Center, 2015). Pero también viene aumentando el acceso a los medios de comunicación y entretenimiento por medio del móvil (eMarketer, 2016). Hasta la cultura en vivo, como conciertos y teatro, tiene acompañamiento por medio de aplicaciones especializadas tales como Shazam, que reconoce cualquier tipo de música y proporciona información detallada sobre el artista, letras de canciones e incluso la ubicación del próximo concierto en las proximidades del usuario, facilitando así la compra de boletos en línea (López, 2015). Las aplicaciones para teléfonos móviles no sólo ofrecen música, audiovisuales, texto y contenidos creados por los usuarios, sino que también proporcionan un conjunto de herramientas para seleccionar exactamente lo que se quiere (BuddeComm, 2015). Es esta posibilidad de elección que da la ventaja a las tecnologías móviles y las redes sociales. Un análisis de los medios de comunicación, la cultura y la gestión cultural en el nuevo escenario digital no puede centrarse sólo en los hábitos y costumbres de los usuarios, sino también en la economía política de ese escenario. Tanto los usuarios y los emprendimientos/tecnologías co-construyen ese escenario.
Este rápido crecimiento de las redes sociales es coproducido por las grandes plataformas que responden a los intereses de los usuarios. Esta no es la sociedad de consumo al estilo del siglo XX, explicada y criticada por sociólogos y politólogos desde Veblen a Benjamin Barber, aunque el consumismo sigue siendo muy fuerte. El deseo - algunos dirían la necesidad – por comunicarse y establecer solidaridad o lazos de afecto, como en Facebook, impulsa la creación de nuevas aplicaciones, que se monetizan de diversas maneras y no sólo orientándose al consumo de mercancías. Cada tipo de causa y tema se potencializa mediante estas formas de comunicación, incluidas las alternativas al capitalismo hegemónico, como la plataformas de crowdfunding Kickstarter y Catarse, que tienen sus páginas de Facebook. Sin embargo, a través de estas plataformas se generan enormes huellas de los datos de todo tipo de uso, no sólo para la venta de productos. Las ciudades inteligentes, la llamada Internet de las cosas, la investigación en salud y otros intereses sociales, así como el espionaje gubernamental o corporativo, se aprovechan de esta avalancha de información.
Pensadores como el antes citado Michel Serres y Martín Barbero caracterizan este nuevo escenario como una mutación paradigmática de la sociedad, en la cual se produce una crisis, un ruido enorme compuesto de conversaciones y discursos de los usuarios. Según lo escrito por Martin-Barbero, “las hablas no son solo los idiomas sino las narraciones, las imágenes, las músicas, las experiencias contadas por la gente y las diversísimas culturas contándose la vida y diciéndose cosas” (entrevista en este número de la Revista Observatório). Este ruido es una expresión no sólo del fracaso de las instituciones del Estado y la sociedad, sino también una expresión del deseo de otros arreglos, como se ve en las manifestaciones de indignación en todo el mundo. Este escenario de los medios sociales, sin embargo, es también el del auge de las cercas puestas por las nubes privadas donde se almacena y procesa toda la información generada. La complejidad se observa en la simultaneidad de entusiasmo por la comunicación que parece no ser conducida o institucionalizada y la falta de comprensión de cómo se administra la comunicación, que ahora involucra a toda la vida (como en la Internet de las Cosas), administrada, analizada y utilizada por grandes empresas que cada vez más desafían a los gobiernos en esta nueva forma de gestionar los asuntos públicos, aunque el concepto de lo público ya no es tan vigente en esta edad del usuario.
Ciudadano, público, audiencia, espectador, lector, consumidor ... perder fuerza (pero no

desaparecen) como conceptos epistémicos y prácticos, junto con las instituciones que sustentaron



tales categorías. Tanto el servicio público (incluida la educación) como los medios sufren debilitamiento ante lo que se comunica y lo que se sabe entre todos (Martín-Barbero).5 La información ya no se emite desde un centro a una circunferencia en expansión; los usuarios intervienen en lo que se produce y emite. Por supuesto, esto es un desafío para la gestión cultural, acostumbrada a investigar y conocer públicos a los cuales se entrega cultura. ¿Qué quiere decir la investigación de públicos en la época del usuario o el produsuário?
En cuanto a esta cuestión, la transformación de la industria de la música es reveladora. En los servicios de streaming, que cada vez más crecen ante la compra o descarga de fonogramas (IFPI, 2015), es el uso mismo - registrado en las bases de datos y procesado en softwares de recomendación – que orienta la creación de repertorios para los usuarios. Es una forma de curadoría, que hoy es uno de los servicios más valiosos, en la cual vemos la fusión del proveedor de los medios y el diseñador de experiencias. Estos proveedores compiten para crear sensaciones memorables que provienen no de un espectáculo, sino de una experiencia (Mulligan, 2014). Podríamos resumir el fenómeno invocando el concepto de afecto, que cada vez se utiliza para caracterizar el valor en el nuevo escenario "accesista" del uso. Los nuevos emprendimientos digitales, especialmente los relacionados con las marcas, buscan absorber la expresión de afecto para atraer aún más a los usuarios.
No es casualidad que las grandes compañías telefónicas ofrecen servicios de streaming gratuitos (por un tiempo limitado) para atraer a los usuarios. Por ejemplo, el servicio de música Deezer se ha asociado con Tim / Vivo, que ofrece Vivo Música, expresando en una publicidad el principio del nuevo escenario de los medios: "La música que deseas, cuándo y dónde estés".6 Y siempre hay la posibilidad de acceder a YouTube para el streaming gratuito de música y vídeos.
La combinación de servicios de telefonía móvil y streaming hace posible la transformación del disfrute cultural, "liberando" al usuario no sólo del lugar en el que disfruta, sino también de las plataformas tradicionales hegemónicas de la televisión, que dictan qué programas se pueden ver en qué orden y en qué momento. Liberarse de esta estructura rígida explica en parte el rápido crecimiento de Netflix, el servicio de películas y televisión por streaming. Tildado del Uber de la TV (IDGNow, 2015), Netflix, que acaba de lograr disponibilidad en 190 países (CHACÓN Jiménez, 2016), también produce sus propias series, como la serie 3% en Brasil, utilizando la información que se cosecha sobre los hábitos y preferencias de los usuarios. Un ejemplo de este uso de los datos es la detección del momento en que los usuarios se adictan y ven el resto de episodios de un tirón (Spangler 2015). En mis viajes por América Latina, he oído algunos amigos marxistas muy críticos de la economía política los medios decir que permanecen pegados al televisor o una tableta para ver los 50 episodios de una serie en un solo fin de semana.
Mientras las cadenas de televisión ofrecen programas que muchos espectadores prefieren no ver y por tanto necesitan desarrollar estrategias para mantener la atención de esos espectadores durante una noche a fin de lograr buenos ratings y, por tanto, anunciantes, los nuevos servicios de streaming y OTT (“over-the-top content” o contenido transmitido sin la intervención de un operador) ofrecen lo que los espectadores quieren ver y cuando, sin tener que preocuparse de la publicidad. Así, Amazon Prime creó Amazon Studios para producir sus propias series aprovechando los datos de preferencia de los usuarios.7 Para Amazon Prime, una oferta bien variada y basada en preferencias asegura que los usuarios suscriban el servicio (Miller, 2016).
A partir de ahora, introduzoa los siguientes temas de discusión: 1) cambios en el

disfrute cultural; 2) biopolítica del nuevo escenario mediático; 3) economía política del nuevo escenario.


LOS CAMBIOS EN EL DISFRUTE CULTURAL
En primer lugar, hubo un cambio fundamental en la actitud hacia la propiedad intelectual y cultural. En un primer momento de la transición al mundo digital, prevaleció el intercambio de archivos (comportamiento llamada piratería por la industria en tiempos post-Napster). La industria no logró convencer a los usuarios que compartir archivos es un crimen. En un segundo momento, surgió el streaming pagado por publicidad, como los varios servicios de música y vídeo (por ejemplo, YouTube), lo cual convirtió a la participación en un negocio. Aun cuando nunca se consolide el tercer tiempo, cuando todo el mundo haría la transición a los servicios de suscripción, el streaming sigue creciendo en número de usuarios y en rentabilidad. Lo interesante de estos nuevos servicios es que los usuarios ya no están interesados ​​en ser los coleccionistas. Como dice Martín Barbero, el conocimiento se produce entre todos y por lo tanto debe generar otra actitud hacia la propiedad. En la nueva economía política de las redes, se habla hoy del procomún, tema del cual se ocupa Bernardo Gutiérrez en este número de la Revista Observatório. Volveré sobre este tema, pero ahora me gustaría hacer hincapié en las actitudes hacia el acceso y la distribución, para las cuales no es necesario ser dueño de nada. Estas actitudes inciden en las prácticas del coleccionismo en cultura, trátese de discos, libros o películas.
Hay varias teorías sobre el coleccionismo, aquellas en las que prevalecen discernimiento,

conocimiento y pericia; otras en las que se destacan el gusto y la pasión; y aún otras en las que se hace hincapié en el fetichismo. Para Benjamin, que escribió mucho acerca del coleccionismo, la pasión y el fetichismo son cualidades esenciales: se trata de una relación íntima con los objetos (1968: 67). En contraste con el coleccionista renacentista, que era público y escenificaba su alto estatus, el moderno emerge en el anonimato y la privacidad interior. El moderno lucha, además, con una contradicción inherente en el arte moderno: por un lado, "fetichiza" el objeto y por otro se niega a la mercantilización del objeto para convertirlo en arte; pero eso que hace que el arte



se convierta en un mero objeto de contemplación. De esta manera, el arte es sólo una función del gusto, que a su vez encubre la falta de pericia del coleccionista y su limitada experiencia, que se invierte en los objetos de la colección. Ackbar Abbas señala que para Baudelaire esta falta de experiencia es la incapacidad para asimilar la experiencia de la modernidad, es decir, la experiencia "inhóspita y ciega del industrialismo de gran escala "(Benjamin, 1973: 111. En: ABBAS, 1988: 226-227).
Benjamin también contrasta la manera en la que el escritor y el coleccionista llegan a la experiencia. Este saca los objetos de la circulación al insertarlos en el marco donde "se convierten en piedra" (1999: 305). Los objetos entran en un circuito cerrado. El usuario de Internet es más como el escritor de Benjamín; en su práctica, la información se abre en conexiones rizomáticas, intercambios y el establecimiento del procomún. Abbas hace hincapié en la experiencia del escritor en la reflexión de Benjamin, refiriéndose a la adquisición a contrapelo, que incluyen pedir libros prestados y no devolverlos, fracasar sistemáticamente en la tentativa de leerlos, o heredarlos. Hasta la manera más obvia de adquirirlos - comprarlos - tiene sus tácticas, que difieren según la manera en que se los compra: en las librerías, catálogos o subastas. Sin embargo, "el ‘método más loable’ de adquirirlos es escribirlos" (ABBAS 1988: 230). En este análisis, Benjamin parece anticipar el modus operandi en Internet, donde los parámetros de la propiedad se cuestionan y se practican otras formas no sólo de adquirir sino de experimentar la producción y el intercambio simbólico sin volverse propietario. Se podría decir que el colecionista de los siglos XIX y XX deviene usuario diseminador en el nuevo escenario mediático, a pesar de que las leyes de propiedad y las estrategias de lucro convencionales limitan esta tendencia.
Para entender la transformación del coleccionismo en nuestro tiempo, tendríamos que hacer lo mismo que hizo Benjamin: insertarlo en la economía política de la producción simbólica, que ya no es la industrial del siglo XIX o la de consumo de mediados del siglo XX. En la nueva economía-de-información-experiencia-y-afecto, el contenido de los productos - que son intercambios, servicios, comunicaciones, etc. - es intangible, es eso que circula y vincula subjetividades y cuerpos. Lo cual quiere decir que el afecto antes invertido en los objetos encuentra otros circuitos de catexización.8 Yese contenido intangible se vuelve más y más valioso que las cosas físicas utilizadas para producir este tipo de intercambios, servicios y comunicaciones. No es casualidad que en la nueva era digital son textos, imágenes, sonidos, comunicaciones, es decir, todo aquello que se puede recombinar y que no es apropiado sino suplementado y puesto en circulación de nuevo. El valor que los usuarios dan a estos contenidos es sin duda un valor de uso y, a veces un valor de circulación, pero no necesariamente un valor de cambio. De todos modos, hoy en día, vemos una tensión entre el deseo del procomún con que operan los usuarios y la tendencia de las empresas a monetizar y propietarizar cualquier acción. El combustible de la economía de Internet es la acción misma de los usuarios, que en la mayoría de los casos no se dan cuenta que proporcionan este valor.9

LA BIOPOLÍTICA DEL NUEVO ESCENARIO MEDIÁTICO


La visión de Benjamin apoyaría la idea de que los usuarios de las redes sociales manifiestan una agencia, no sólo en acciones directamente políticos, tales como los movimiento de indignados alrededor del mundo,10 sino también en el consumo de los medios, como sostiene Simone Pereira de Sá respecto a los fans en las redes sociales, según otro punto de vista teórico, en este número de la Revista Observatório. Sin embargo, el uso de las redes sociales tiene repercusiones biopolíticas. Basta pensar en la minería de los datos generados por los usuarios. Lo interesante de esta biopolítica es que los usuarios desean utilizar las plataformas que se valen de la información proporcionada por ellos. No son sometidos ni oprimidos. Esa cosecha de valor no se experimenta como explotación. La gran mayoría ni siquiera lee las condiciones de uso, simplemente los acepta para tener acceso y expresarse y relacionarse. Es justamente este imperativo de expresarse, que prevalece en las redes sociales, que conviene al capitalismo de la experiencia y el afecto. En una época en que se lucra menos con los productos culturales, las nuevas empresas han desarrollado tecnologías para facilitar la expresión del afecto, que es un medio de negocios y también de control. El giro afectivo en los nuevos estudios culturales del nuevo milenio tiende a no tener una visión crítica de las tecnologías de generación de afecto. El análisis de los datos generados por los softwares de reconocimiento en los servicios de streaming, de las preferencias manejadas en la nueva curadoría de música y audiovisual y de los modos de co-crear, como en las Aplicanciones de Jorge Drexler, son algunos ejemplos del uso de los afectos. La biopolítica aprovecha lo más materialmente profundo del ser humano: su afecto.
Podría decirse que el afecto es el solvente intermedio en el que subjetividades, cuerpos

y máquinas cibernéticas son catexizan. Patricia Clough y colegas, teóricos del afecto para estos tiempos de la nueva etapa capitalista, sugieren que "se está disolviendo la distinción entre la materia orgánica e inorgánica en relación a la información", con el resultado de que la materia misma deviene informacional (2007: 62 ). Esta reflexión les lleva a postular que "la ciencia y el capital están involucrados en los esfuerzos para modular directamente al pre-individuo o la potencialidad de lo indeterminado, la creatividad emergente del afecto en sí", lo que requiere que los pensadores críticos rinden atención a la tensión entre el control – tema propuesto en el frecuentemente citado ensayo de Deleuze (1992) sobre las sociedades de control - y la emergencia indeterminada o potencia en los términos Spinzianos de Hardt y Negri (2005). Esta tensión "constituye la problemática en el corazón de una gobernanza neoliberal radical de la productividad"11 (Clough et al 2007: 63).


La Internet de las Cosas (IdC) o la Internet de Todo, esa red galáctica de interconexión y comunicación de cosas, procesos y personas mediante sensores y bases de datos, ya se está convirtiendo en cotidianidad al vincular cultura, ciudades, transporte, salud, agricultura, industria, vivienda, etc. un entorno inteligente. Antes de la existencia de esta red, uno de los grandes teóricos del afecto había concebido la computación ubicua como una malla inmersiva e interactiva que de forma transparente y continua transmite impulsos codificados digitalmente para dentro y fuera del cuerpo a través de múltiples y superpuestas conexiones sensoriales, llegando a ser una red abarcadora de circulación analógico-digital infinitamente reversible en escala planetaria (Massumi, 2002: 142).
De hecho, Massumi se refiere a la potencialidad del afecto. Y es en relación con el afecto que las industrias culturales y creativas en la era digital juegan un papel importante en esta mutación de la sociedad y la economía, ya que son el medio idóneo para colocar a las personas en entornos inmersivos. Como hemos visto en el caso del streaming, cada vez más las personas se conectan de esta manera a la música y el vídeo, y este tráfico de contenidos estimula la ampliación de la llamada nube, que no es otra cosa que los millones de centros de datos donde se almacena y procesa toda la información. De acuerdo con un informe publicado en 2014, "dos tercios de los contenidos digitales son consumidos o creados por los consumidores [...] que ven vídeos, usan los medios sociales, intercambian imágenes "(Meeker, 2014). Juegan así un papel fundamental en el crecimiento de la IdC, que se estima alcanzará 50 mil millones de objetos conectados en sólo cuatro años y un valor de 14,4 millones de dólares, lo que equivaldría hoy a la segunda economía del mundo, entre los EE.UU. y China (Edwards, 2015) .
La minería y análisis de datos, que aumentan exponencialmente con la IdC, tienen un lado beneficioso en términos de la administración de los servicios públicos, el apoyo a los emprendimientos, el monitoreo de la salud, el empoderamiento de las personas con discapacidades, etc. La seguridad, que es uno de los principales usos de la IdC es una cuestión más compleja. Todo el mundo necesita seguridad, no sólo en términos de defensa contra el crimen o las contingencias naturales. Pero la IdC facilita la invasión de la privacidad; en un mundo saturado de aparatos inteligentes se sabrá o ya se sabe todo acerca de uno. Con un arsenal de herramientas de análisis y utilizando tecnologías que provienen de la psicología cognitiva y el neuromarketing, se busca medir no sólo atención, percepción, comportamientos, preferencias y sentimientos, sino también el inconsciente, ir más allá del cerebro pensante para entender lo que ocurre al nivel más corporalmente material de los afectos, donde comienza la "motivación [...] con una serie de detonadores químicos en el cerebro arraigados en circuitos neuronales primarios

que evolucionaron para ayudar a los humanos a tomar decisiones" (Crowe, 2013).


La enormidad de la IdC hace evidente que sólo los estados más ricos o plataformas / empresas más grandes del mundo pueden hacer las inversiones necesarias para construir y gestionar este nuevo fenómeno. Y esa habilidad les da la oportunidad de tomar ventaja de la información y la ganancia o la "inteligencia" para la vigilancia que se deriva de ella. Por ejemplo, esta es la razón por la cual Google adquirió por $ 3,2 mil millones la empresa Nest Labs, fabricante de termostatos y detectores de humo de alta tecnología. El termostato regula la temperatura en relación con las preferencias del usuario; de esta manera, el dispositivo aprende a lo largo del tiempo. Estos dispositivos funcionan con algoritmos que permiten a todos los dispositivos de los usuarios se comuniquen entre sí, creando perfiles de usuario para anticiparse a sus necesidades (Trefis equipo, 2014). Así, Google aumenta el alcance de la nube donde se almacenan los datos y crea un sistema de comunicación rizomática entre usuarios, dispositivos y medios de comunicación.
LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL NUEVO ESCENARIO
Es cierto que más de la mitad de la población mundial no tiene acceso a la web, aunque viene

creciendo cada vez más la conectividad a través de teléfonos móviles. Para reducir esta brecha, empresas como Facebook y Google tienen estrategias para conectar a los desconectados. Para lograr esto, Facebook compró una flotilla de drones que vuelan de forma continua durante meses o años, gracias a la energía solar, emitiendo señales laser de banda ancha en zonas con baja conectividad en Asia, África y América Latina (Wakefield, 2014). Como explica Yael Maguire, director de ingeniería de Facebook Connectivity Lab, se diseñó una red troncal que intermedia entre satélites y terminales terrestres que reciben señales en todo momento de drones no tripulados que vuelan a 20 km de altura, por encima de otras aeronaves y hasta perturbaciones atmosféricas, pero lo suficientemente cerca de la tierra de modo que las señales sean fuertes, con la calidad de la fibra óptica (INTERNET.ORG, 2014).


Del mismo modo, Google comenzó en 2013 el Proyecto Loon, que elevará a 20 kilómetros un centenar de globos de helio que transmiten señales de Internet a áreas desconectadas o mal conectadas. Google también compró una empresa que fabrica drones, Titan Aeroespace, por una cantidad no revelada para complementar los globos del Proyecto Loon. La empresa también adquirió por $ 1 billón a Skybox Imaging, que tiene su propia red de satélites y se especializa en la minería y análisis de datos y la producción de vídeos e imágenes detalladas de la Tierra, aumentando así la capacidad de Google Earth para capturar imágenes del planeta en tiempo real, vinculando así perfiles y ubicaciones (INAM, 2014).
Por supuesto, es ingenuo pensar que Facebook y Google proporcionan un servicio público humanitaria que los gobiernos no hacen, si bien es cierto que habrá una mayor conectividad y que los pobres tendrán acceso más barato a operaciones como la transferencia bancaria digital o la recepción de remesas a través del móvil, entre otras. La Fundación Gates, en colaboración con el Banco Mundial, tiene un proyecto para integrar miles de millones de personas al banco a través del teléfono móvil y el dinero digital. No hace falta que Google lucre directamente de estas transacciones; la gente utilizará su plataforma con la aprobación de una institución pública intergubernamental (Melinda Gates y Bill, 2015), y es este aumento de usuarios es lo que importa. Para facilitar el uso de su plataforma, Google presentó un smartphone barato en África, donde el 95% de acceso a Internet es a través del teléfono móvil. El teléfono da prioridad a dos propiedades de Google: el sistema operativo Android y el uso de YouTube (propiedad de Google), configurado especialmente para operar fuera de línea (Sengupta, 2015). El desarrollo de teléfonos inteligentes asequibles por otras empresas - Mozilla ($ 33), Huawei ($ 80), etc. - facilita el aumento de usuarios y el triunfo de la plataforma Android.12
Se trata de empresas gigantes que emergen en el nuevo milenio para combinar en un embalaje de páginas web, correo electrónico, mensajes telefónicos, transferencia de archivos audiovisuales y música a través de FTP, servicios financieros, etc., que se ofrecían por separado en Internet a finales de los 1990 (VELDEN; KRUK, 2012-2013). Esta combinación se lleva a cabo en las propias plataformas de estas empresas, a las cuales se aplica la metáfora de nube, a pesar de que estén arraigadas en una materialidad muy costosa y contaminante. Como informa Glanz (2012), en escala mundial los centros de datos "utilizan cerca de 30 mil millones de vatios de electricidad, más o menos equivalente a la salida de las 30 plantas de energía nuclear." Pero es sobre todo el vídeo que ocupa más espacio en la web. De acuerdo con Cisco Systems (2014), el tráfico de vídeo IP en general será el 79% de todo el tráfico de los consumidores en Internet en 2018, un aumento del 66% con respecto a 2013. Esto no incluye el video intercambiado a través de archivos peer-to -peer (P2P). La suma de todas las formas de video (TV, vídeo a la carta [VOD], Internet y P2P) constituye alrededor del 80/90% del consumo total de tráfico en 2018. Las seis empresas de construcción de infraestructura de nubes más grandes - Amazon, Microsoft, IBM, Google, Oracle, Rackspace - son estadounidenses y prestan servicios a otras empresas (Netflix y otros proveedores de streaming) y los gobiernos, por ejemplo, la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (Weinberger, 2015).
En la siguiente sección, comentare el auge de Internet.org, fundación de Facebook, que busca establecer acuerdos con los gobiernos de todo el mundo para conectar a Internet los que aún no tienen acceso. Este intento de Facebook se relaciona con la economía política de Internet, ya que tiene el potencial de contribuir en gran medida al valor de la empresa. Y es precisamente el aumento en el número de usuarios en sus plataformas, especialmente a través de los teléfonos móviles, que Facebook, Google y otras empresas se valoran en el mercado. El 2 de febrero de 2016, la recién creada Alphabet, empresa matriz de Google, superó a Apple como la compañía más valorada del mundo. Cinco de las nueve empresas más valoradas en el mundo pertenecen al sector de Internet y nuevas tecnologías: Alphabet (554,8 millones de dólares), Apple (529,3 millones de dólares), Microsoft (425 millones de dólares), Facebook (334 millones de dólares) y Amazon (264 mil millones de dólares). A principios de febrero, estas cinco empresas tenían un valor combinado de 2,1 billones de dólares (Krantz, 2016), lo que equivale al PIB de la India, la séptima economía del mundo, superando el PIB de Italia, Brasil y Canadá (Statistics Times, 2016).
No sorprende, por tanto, como escribe Benjamin Bratton en este número de la Revista Observatório, que las plataformas cada vez más ejercen soberanía transnacional y global, y algunas naciones se acomodan a la forma de plataforma (por ejemplo, la National Security Agency o NSA de EEUU, las nuevas iniciativas chinas como el sitio de microblogging Sina Weibo, etc.) . La cuestión de la soberanía es crucial, ya que las grandes plataformas administran la Internet de las cosas, que, como hemos visto, tiene el objetivo de gestionar la vida cotidiana mediante la conexión de dispositivos, medios de comunicación, objetos, ciudades y comportamientos humanos.
El poder y el tamaño de estas empresas hacen posible que competan y negocien con los gobiernos. Es bien conocido el conflicto entre China y Google. China ha reemplazado las plataformas occidentales (Gibbs, 2014), que a su vez - al igual que en

el caso de Google - se comportan como si protegieran una soberanía global y no sólo su negocio. Por otra parte, China se refiere a la soberanía china de Internet (Office Information, 2010), aunque algunos analistas ven estas pretensiones soberanistas como autoritarismo informacional y censura (Jiang, 2010).


AMÉRICA LATINA
Poco después del escándalo de violaciones de privacidad reveladas por Edward Snowden, el gobierno de Brasil aceleró el proceso de consulta y diseño del Marco Civil de Internet, que la presidente Rousseff firmó en abril de 2014 (Estanque, 2014). Anticipándose a la nueva ley, Google, que colaboró con la NSA en el espionaje estadounidense de las comunicaciones de los jefes de estado de todo el mundo (IBN Live, 2013), se trasladó el servicio de DNS, que permite visibilizar como se usa Internet, del Brasil a los EE.UU. El analista de Internet Doug Madory (2013) argumentó que esta transferencia afectó el servicio – desaceleró el tiempo de transmisión de datos - ya que para evitar que Brasil los monitoreara, trasladaron las operaciones a los EE.UU.
Otro ejemplo del conflicto y negociación de plataformas y países se constató en la última Cumbre de las Américas en Panamá en abril de 2015, cuando los presidentes de

Argentina, Brasil, Panamá y Perú se reunieron con el director ejecutivo de Facebook,



Mark Zuckerberg, quien buscó establecer acuerdos para radicar su fundación Internet.org en esos países, sumándolos a los que ya habían accedido: Colombia, Guatemala y Paraguay, este último habiendo sido sitio de prueba beta de Facebook Libre. El debate en Brasil es ejemplo de la complejidad y el peligro de la promesa de Internet gratuita para los pobres, al menos en el modelo Internet.org. Zuckerberg y la presidente Rousseff firmaron un acuerdo que parece estar en conflicto con el Marco Civil de Internet. Uno de los problemas es que Facebook Libre proporciona sólo algunos de los servicios de Internet gratuitos a los pobres, creando así un acceso desigual. Otro problema es que la práctica de la tasa cero [zero rating] parece violar el principio de neutralidad de la red, ya que "los operadores [...] y algunas empresas de tecnología [...] permiten el acceso de forma "gratuita", o sin cobrar el tráfico de datos móviles a algunos servicios en línea, tales como aplicaciones de redes sociales y mensajes "(Ribeiro, 2015).
Carolina Botero, directora ejecutiva de la Fundación Karisma en Colombia y una de las activistas más importantes en lo que se refiere a la igualdad de acceso a los medios de comunicación e Internet, criticó a Internet.org y los gobiernos que la apoyan:
Tenemos serias preocupaciones de que Internet.org se esté presentando como una estrategia de política pública para el acceso universal a Internet. Estas iniciativas ponen en peligro los derechos de todos y ofusca la obligación del gobierno para reducir la brecha digital en el acceso de sus ciudadanos a ciertas aplicaciones. No importa cuán interesantes que sean, estos servicios están asociados con un interés comercial de una multinacional que el estado apoya directamente (en: Bogado; Rodríguez, 2015).
A finales de 2015, esta aparente contradicción, que radica en la violación del principio de neutralidad que es apoyado por Internet Civil Marco, aún no se había resuelto. En el proceso de recomendación a la Presidente para su preparación de la minuta del Decreto Presidencial que regulará el Marco Civil, el Comité Gestor de Internet logró "llegar a un acuerdo sin mención de la tasa cero [zero rating]" (AQUINO, 2015).
CONCLUSIÓN
¿Qué tiene que ver todo esto - plataformas globalizadas, soberanía, Internet de las Cosas, etc. - con la gestión cultural? Desde mi punto de vista, mucho. Las políticas públicas - incluyendo la falta de políticas, que es una política - para el nuevo escenario mediática tienen dobles consecuencias: por un lado, pueden facilitar o obstaculizar nuevos emprendimientos y prácticas no sólo para hacer cultura, sino para circularla y compartirla; por otra parte, pueden contribuir a o regular la intervención biopolítica y el crecimiento de enormes plataformas de Internet, que a su vez ejercen soberanía.
América Latina es una región muy codiciada por múltiples razones. Es la región donde los usuarios pasan más tiempo conectados a la red (Mander, 2015). Según comScore, empresa de análisis de Internet, cinco de los diez países más activos en las redes sociales se encuentran en América Latina: Brasil, Argentina, Perú, México y Chile. América Latina como región tiene casi el doble del tiempo de conexión del usuario promedio mundial en redes sociales; y sobresale Brasil, con 240% de la media mundial (comScore, 2013: 21). Pero como en el resto del mundo, prevalecen plataformas de EE.UU., tales como Facebook, Google, YouTube y Twitter

(Vaughn-Nichols, 2013), que quieren no sólo mantener su dominio sino aumentarlo. Facebook es la editorial líder en los dos mercados más grandes de medios, México y Brasil (comScore, 2013: 49). Y Google / YouTube es el mayor proveedor de vídeo en la región (52).


Esa información es crucial para América Latina, sobre todo si pensamos en la forma de acceder a los medios. En cuanto a las conexiones a Internet, América Latina es la tercera región del mundo después de América del Norte y Europa, con el 10,2% de las conexiones globales para una cuota de la población mundial de 8,6% .13 En términos del mercado en línea, América Latina es el segundo mercado de más rápido crecimiento en el mundo, después de China, y gran parte de este crecimiento se debe a la telefonía móvil (eMarketer, 2015b). En cuanto a las cuentas móviles, en 2014 la penetración fue del 65,2%, con 395,5 millones de cuentas únicas. Las cuentas móviles con acceso a Internet crecerán de 55,4% en 2015 a 72,6% en 2019 (Statista, 2016). En cuanto a los teléfonos inteligentes, en 2012 hubo una penetración del 20%, que se estima alcanzará alrededor de 48% en 2017, cifra que crecerá rápidamente en 2020, cuando se estima que habrá 245,7 millones de teléfonos inteligentes o una penetración de 57% (eMarketer, 2015a ). Ciertamente, las conexiones de Internet móvil superan las fijas en toda la región (GSMA, 2014: 16). Estos datos requieren incorporar el uso de teléfonos móviles en cualquier investigación de los hábitos de disfrute de música, vídeo y texto, y además las consecuencias en términos del uso de la información que se cosecha de los usuarios, como hemos visto.
La cultura es transversal, entrelazada necesariamente con tecnología, medios, empresas, política, etc. Y también está globalizada. Los Estados Unidos y sus aliados en el capitalismo cognitivo-de-experiencia-y-afectos tratan de establecer y fortalecer las leyes de comercio mundial a través de instituciones intergubernamentales que ellos dominan (OMC, OMPI, etc.). América Latina es una región muy desigual en el comercio de bienes culturales: según PricewaterhouseCoopers (2012), el mercado de medios y entretenimiento para el año 2015 se estimó en un 6% del mercado mundial. Pero eso no quiere decir que las empresas de América Latina exportaran exportadores este porcentaje.
Este es el tamaño de lo que pueden aprovechar las empresas dominantes. El tamaño del mercado de exportaciones es parecido al porcentaje de empresas Latinoamericanas en la lista de Forbes de las empresas más grandes del mundo, que es más o menos del 3% (Wright, Pasquali, 2015).
Por supuesto, lo más importante, desde una perspectiva cultural, es la oferta en el sentido más amplio de cultura, y esto no se mide en los informes de las industrias culturales o del sector de medios y entretenimiento. Pero incluso si los números mostraran que el mercado es más grande, los argumentos que ofrezco en este ensayo indican que son muy importantes las plataformas en las cuales se desarrolla el sector cultural. El modus operandi de estas empresas es para hacerse atractivas para que sean usadas. El valor está en el número de usuarios. Y en cuanto al poder de estas plataformas, reside en la capacidad de monitorear y orientar el desarrollo, como en el ejemplo ante mencionado de los operadores de telefonía que ofrecen servicios de streaming.
Además de pensar en los pequeños mercados locales, lo cual es fundamental, también debe pensarse en el macromercado regional, para defenderse de las empresas dominantes que procuran capturarlo justo a escala regional. Por eso, aunque se necesitan políticas nacionales (por ejemplo, el Marco Civil de Internet), estas no son suficientemente eficaces; se necesitan acuerdos nacionales e internacionales que nivelen el campo de juego. En este sentido, comento una iniciativa prometedora, pero que debería incluir una reflexión seria y accionable sobre el nuevo panorama mediático, tanto en lo que respecta a sus efectos en la cultura como y en su política tecno-económica, que son dos caras de la misma moneda.
La iniciativa a la que me refiero es el Mercado de Industrias Culturales del Sur (Micsur), cuya primera edición se realizó en Mar del Plata, Argentina, en mayo de 2014, y que se reunirá de nuevo en Bogotá, Manizales y Medellín, Colombia, en agosto y septiembre de 2016. Su importancia tiene que ver con la alianza regional que se necesita para hacer frente a las desigualdades en el comercio cultural latinoamericano. Como ya sabemos, las fuentes y estrategias de financiación pública para las empresas culturales son bastante débiles en todos los países de América Latina. La creación de un mercado general tiene como objetivo aumentar las importaciones procedentes de los países vecinos, generando así ingresos que se mantienen en la región y no migran a los Estados Unidos y Europa. Pero, para ello, deben ser incluidos otros ministerios y emprendimientos de otros sectores - operadores de telefonía, derecho, banca, ingeniería, etc. – más allá de los que suelen ser mencionados (educación y turismo) en encuentros de cultura. El procomún, del cual trata el ensayo de Bernardo Gutiérrez, requiere un conjunto de estrategias debatidas y vinculadas entre los gobiernos, empresas, sector legal, sociedad civil y redes sociales.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


Abbas, Ackbar. 1988. “Walter Benjamin's Collector: The Fate of Modern Experience. New Literary History, 20:1 (Autumn, 1988): 217- 237.



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