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Revista Latina de Comunicación Social # 071 – Páginas 912 a 939

Investigación financiada por Junta de Andalucía | DOI: 10.4185/RLCS-2016-1127 | ISSN 1138-5820 | Año 2016






EXTRA VIOLENCIA DE GÉNERO Y COMUNICACIÓN [5/7]

LIBRO COLECTIVO EXTRA VIOLENCIA DE GÉNERO Y COMUNICACIÓN

Cómo citar este artículo / Referencia normalizada

I Postigo Gómez, T Vera Balanza, A Cortés González (2016): “La violencia machista a la luz de las interpretaciones de las noticias aparecidas en los informativos”. Revista Latina de Comunicación Social, 71, pp. 912 a 939



http://www.revistalatinacs.org/071/paper/1127/47es.html

DOI: 10.4185/RLCS-2016-1127



La violencia machista a la luz de las interpretaciones de las noticias aparecidas en los informativos

Interpretation of representations of macho



violence in television news programmes
Inmaculada Postigo Gómez [CV] [ORCDI] Profesora e investigadora. Universidad de Málaga (España) ipg@uma.es

Teresa Vera Balanza [CV] [ ORCID] Profesora e investigadora. Universidad de Málaga (España) – mvb@uma.es

Alfonso Cortés González [CV] [ ORCID] [GS] Profesor e Investigador. Universidad de Málaga (España) – cortes@uma.es

Abstracts
[ES]
Los medios de comunicación tienen un papel fundamental en la perpetuación de los roles sociales establecidos, así como en la configuración del escenario vital en el que interactuamos. En este trabajo estudiamos, a partir del tratamiento informativo sobre la violencia de género, cómo la ciudadanía interpreta estos mensajes, y qué construcción social se genera acerca de esta lacra que, lejos de disminuir, continúa creciendo a pesar de las acciones que desde distintas instituciones y organizaciones se llevan poniendo en práctica.

[EN] The media play a key role in the perpetuation of hegemonic social roles, as well as in the configuration of the vital scenario in which we interact. This article examines how citizens interpret the information treatment of gender-based violence, and the social construction of this scourge which, far from diminishing, continues to grow despite the actions performed by various institutions and organisations.
Keywords
[ES] tratamiento informativo, violencia de género, feminismo, televisión, igualdad.

[EN] Information treatment, gender-based violence, feminism, television, equality.


Contents
[ES] 1. Introducción. 1.1. Objetivos. 1.2. Marco Teórico.1.2.1. El concepto de violencia. 1.2.2. Tipos de Violencia de género.1.2.3. La violencia de género en los medios de comunicación en España. 2. Metodología. 3. Resultados. 3.1. Las voces. 3.1.1. Grupo de hombres de Gilena. 3.1.2. Grupo de mujeres de Gilena. 3.1.3. Grupo de hombres de Chiclana. 3.1.4. Grupo de mujeres de Chiclana. 3.1.5. Grupo de hombres de Málaga. 3.1.6. Grupo de mujeres de Málaga. 3.2. Los discursos y los silencios. 4. Conclusiones. 5. Notas. 6. Referencias bibliográficas.

[EN] 1. Introduction. 1.1. Objectives. 1.2. Theoretical framework. 1.2.1. Definition of violence. 1.2.2. Types of gender-based violence. 1.2.3. Gender-based violence in the Spanish media. 2. Methods. 3. Results. 3.1. The voices. 3.1.1. Gilena’s men’s focus group. 3.1.2. Gilena’s women’s focus group. 3.1.3. Chiclana’s men’s focus group. 3.1.4. Chiclana’s women’s focus group. 3.1.5. Málaga’s men’s focus group. 3.1.6. Málaga’s women’s focus group. 3.2. Discourses and silences. 4. Conclusions. 5. Notes. 6. References.
Traducción de Cruz Alberto Martínez-Arcos

(Doctor en Medios y Comunicaciones por la Universidad de Londres, 2012).


“Los medios de comunicación fomentarán la protección y salvaguarda de la igualdad entre hombre y mujer, evitando toda discriminación entre ellos. La difusión de informaciones relativas a la violencia contra la mujer garantizará, con la correspondiente objetividad informativa, la defensa de los derechos humanos, la libertad y dignidad de las mujeres víctimas de violencia y de sus hijos. En particular se tendrá especial cuidado en el tratamiento gráfico de las informaciones[01]

  1. Introducción

Histórica y actualmente, las mujeres siguen situándose en condiciones de desigualdad con relación a los hombres. Vivimos en un sistema patriarcal y androcéntrico en el que la concepción de lo genéricamente humano se identifica con lo masculino, detentando los varones el poder tanto simbólico como material, y convirtiendo a las mujeres y lo femenino en la variante sexuada de la humanidad. La reivindicación de las mujeres para dejar de ser consideradas como una alteridad de lo humano y por tanto modificar el orden social patriarcal, provoca la resistencia de los varones como grupo social, tanto de manera individual como colectiva, que deriva en numerosas ocasiones en el ejercicio de la violencia contra ellas.

Diversos estudios en las dos últimas décadas, entre los cuales podemos mencionar a Sau (1996), Lagarde (1997), Barberá (1998), Instituto de la Mujer (2000) o Varela (2012), coinciden en que los comportamientos de las personas construyen los roles sociales, y esto generalmente se edifica en torno a prejuicios y estereotipos, sobre los cuales el discurso de los medios, aún de una manera no intencionada, puede contribuir a perpetuar y reproducir socialmente.



1.1. Objetivos

Partiendo del objetivo fundamental de nuestro trabajo, que es aportar conclusiones sobre el tratamiento informativo sobre la violencia de género en la televisión pública andaluza abordando cómo éstas son recepcionadas, nos centraremos en nuestro análisis en dos objetivos específicos que son los siguientes:



  • Conocer la interpretación crítica de la ciudadanía acerca de ciertos elementos del discurso informativo sobre la violencia machista en televisión

  • Valorar el sesgo de género en la recepción de estos mensajes




    1. . Marco teórico

1.2.1. El Concepto de violencia

Paso previo antes de comenzar el análisis del tratamiento informativo de la violencia de género en los medios, es abordar el problema de a qué nos referimos cuando hablamos de violencia de género, término que recibe diferentes definiciones.

Para ello es fundamental tener en cuenta la amplitud que otorgamos al concepto. Desde un punto de vista restringido, la violencia, a veces, es entendida únicamente como aquellos actos de agresión física que se dan entre personas concretas. En esta línea se definiría el término como “uso intencionado de la fuerza física en contra de un semejante, con el propósito de herir, abusar, robar, humillar, dominar, ultrajar, torturar, destruir o causar muerte” (Rojas Marcos, 1995).

Pero esta definición tan restringida plantea al menos dos problemas. El primero de ellos es que dejamos fuera otros ejercicios de coerción menos visibles pero no por ello menos graves (violencia simbólica, violencia psicológica…; el segundo tiene que ver con la puesta del foco de la definición en los casos individuales y de manera aislada, no contemplando el problema de la violencia de género como un problema social y de escala mundial.

Para superar estos problemas, existen diferentes autores que proponen definiciones más amplias del concepto:

Michel Maffesoli cuando hace referencia a la violencia totalitaria(1982); Slavoj Zizek al hablar de violencia objetiva que puede ser generada no sólo por la fuerza física sino también a partir de violencia simbólica y de violencia sistémica (Zizek, 2010); Susan George que pone el acento en la violencia como imposibilidad para alcanzar las necesidades básicas (en Saimi, cit por Tortosa, 1994); Johan Galtung que habla de presencia de la violencia cuando “los seres humanos se ven influidos de tal manera que sus relaciones afectivas, somáticas y mentales están por debajo de sus realizaciones potenciales (1995: 314-315)”.

Pero por contraposición a la definición restringida, una visión tan extensa no nos permite centrarnos en aquellos aspectos importantes y destacables y sobre los que hay que poner el acento cuando hablamos de violencia contra las mujeres.

Para dicha tarea podemos adoptar la clasificación establecida por Galtung (1998) que además introduce en su propuesta la necesidad de observar también la mayor o menor visibilidad de la misma.

El autor distingue tres tipos de violencia: directa, cultural y estructural.

La violencia directa es el acto físico o verbal realizado para ejercer el control, y se suele dar en relaciones asimétricas. Reviste diferentes manifestaciones, aunque la más visible es la que deja secuelas físicas, y se aleja de las normas sociales establecidas. Puede ser ejercida por individuos, grupos o estados, y en la misma línea su destinatario también puede ser cualquiera de ellos.

La violencia estructural es aquella que se genera dentro del propio sistema social y que paradójicamente actúa como elemento estabilizador del mismo que garantiza su mantenimiento. Puede provenir de la personalidad de cada individuo (interna) o de la sociedad en su conjunto (externa):

“La violencia estructural se subdivide en interna y externa. La primera emana de la estructura de la personalidad. La segunda proviene de la propia estructura social, ya sea entre seres humanos o sociedades. Las dos principales formas de violencia estructural externa, a partir de la política y la economía, son: represión y explotación. Se consideran casos de violencia estructural aquellos en los que el sistema causa hambre, miseria, enfermedad o incluso muerte, a la población. Son ejemplos los sistemas cuyos estados o países no aportan las necesidades básicas a su población” (Galtung, 1998: 15).

La violencia cultural se reproduce sobre todo atañendo al ámbito de lo simbólico. Tiene que ver con las creencias religiosas, con las producciones culturales, con las tradiciones, las lenguas etc… y su objetivo es la justificación y legitimación de la violencia estructural (tanto interna como externa) para conseguir la observación de esas violencias como acciones normalizadas.

En todo este ciclo, a menudo, la violencia directa y por lo tanto la más visible viene a estar relacionada con el ejercicio de la violencia estructural previa, cuya justificación asimismo deriva de la violencia cultural. En esa línea, para erradicar la violencia directa hay que atacar los otros dos tipos de violencia.

En la actualidad vemos como la violencia que se ejerce como consecuencia de la cultura patriarcal recibe diferentes nombres. La elección entre uno u otro término no es baladí, ya que las discrepancias indican diferencias de fondo en la manera en la que el fenómeno es entendido en toda su complejidad. Cuáles son las causas, quiénes son los responsables, qué tipo de violencia es la que se ejerce, qué soluciones se proponen, etc…, son orientaciones que pueden quedar patentes en la simple elección de una palabra u otra a la hora de nombrar estas acciones ya que ponen el foco de atención en alguno de estos aspectos de manera especial.

Violencia masculina: propone como único responsable del ejercicio de esta violencia a la construcción genérica de lo masculino, dejando así fuera otros aspectos más complejos de los que también derivan estas conductas y sobre los que sería necesario incidir.

Violencia contra la mujer: a pesar de que es un término propuesto por diferentes teóricas, su uso pone el acento en quién recibe la agresión, pero obvia los motivos de la misma, por lo que bajo el concepto se podría incluir cualquier tipo de violencia sufrida por sujetos del sexo femenino, a la par que dejaría fuera la que también se ejerce contra los hijos en algunos casos, y que son producto de la consideración de la mujer y los hijos como objetos bajo la propiedad del sujeto varón, todo ello derivado de la cultura patriarcal.

Violencia sexista: existen autores como Meyers que abogan por el uso de este término:

“Este término descubre la naturaleza institucional y social de esta violencia, ubicándola dentro del contexto de misoginia, patriarcado y supremacía masculina. Da cuenta de que esta violencia es, de hecho, sexista, pues asume que las mujeres están subordinadas a los hombres y actúan bajo esa asunción” (1997).

Pero su utilización puede confundirse al relacionarse con el término “violencia sexual” cuyo sentido es otro y se refiere al componente sexual del acto de agresión (violación, abuso, etc..)

Violencia doméstica o intrafamiliar: hace especial hincapié en el espacio donde se ejerce o en la relación de parentesco entre los sujetos, y lo circunscribe a un ámbito privado. Utilizando este término hablamos de hechos de los que no sólo son víctimas las mujeres, (aunque sí de manera mayoritaria) ni las parejas, sino que también pueden incluirse entre ellos las agresiones de padres a hijos. El problema de esta definición deriva de que al situar la causa del problema en la familia y el hogar, relegamos su solución al ámbito privado, invisibilizando tanto al responsable como a la víctima, y obviando que es un problema social. De este modo se confunde el espacio donde se producen las agresiones con su origen, planteando que el hecho del maltrato hacia las mujeres es el resultado de un entorno privado en el que puede haber conflictos que lleven a actos violentos. La violencia se convierte entonces en un problema íntimo entre personas adultas en el que la responsabilidad para el cese de la misma lo tienen únicamente los sujetos afectados que son los que han de tomar la decisión, y no así la sociedad que no ha de traspasar esta barrera. Asimismo y por añadidura, el uso del adjetivo “doméstico” puede sugerirnos connotaciones acerca del problema como algo banal o de escasa importancia.

Violencia de género: en 2004 en España se aprobó la Ley Orgánica 1/2004 de 28 de Diciembre de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, por lo que se podría decir que fue entonces cuando normativamente se extendió el uso de este sintagma para nombrar este tipo de violencia. Pero a pesar de ello, su adopción ha provocado y sigue provocando controversias. Es considerado por algunos autores como una incorrecta traducción del término inglés “gender violence”, que se acuñó por las feministas angloparlantes en la década de los sesenta. Los detractores argumentan que en castellano el género está definido y referido únicamente a una clase gramatical que distingue tres tipos de palabras, las masculinas, las femeninas y las neutras. La Real Academia Española (formada en casi un 93% por hombres) dictamina que se trata un anglicismo que no tiene cabida en nuestro idioma.

Pero lo cierto es que en la actualidad, el concepto de género es más amplio de lo que recoge el diccionario, y socialmente es aceptado para hacer referencia a la construcción cultural que determina los diferentes comportamientos de hombres y mujeres y que no tienen su base en diferencias biológicas (sexuales). En esta línea, hablar de violencia de género implica entonces el poner el foco en que la violencia es el resultado de la construcción social de lo masculino y de lo femenino, lo que nos permite comprender que nos encontramos ante un tipo de violencia que aunque es ejercida en última instancia de manera individual, es el resultado de la situación de discriminación originada por la estructura social de naturaleza patriarcal establecida. En la misma línea, en los últimos tiempos comienza también a generalizarse el uso del término violencia machista que también pone el acento en el origen patriarcal de la misma, a la par que evita la utilización del anglicismo.

Como se puede observar y visto lo anterior, es de suma importancia elegir el término adecuado a la hora de nombrar el fenómeno. No es lo mismo Violencia de Género que Violencia Doméstica, el primero pone el énfasis en el hecho de que quien lo recibe es la mujer como consecuencia de una sociedad patriarcal, y el segundo hace referencia a un espacio y a un tipo de relaciones de parentesco. La utilización y confusión entre los términos usada de manera interesada contribuye al mantenimiento de la consideración social del maltrato a las mujeres como una forma de violencia más. Cuando se fusionan ambos conceptos en uno, el resultado es el encubrimiento de que el maltrato es ejercido en contra de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres, tal como señala la Ley Integral en su exposición de motivos:

“La violencia de género no es un problema que afecte al ámbito privado. Al contrario, se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad existente en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión” (Ley Orgánica 1/2004).

Ello dificulta que la violencia contra las mujeres salga al espacio público, permaneciendo en la privacidad del hogar y fomentando los prejuicios acerca de que es un problema que hay que solucionar en lo privado. El uso del término violencia de género o de violencia machista en cambio, pone de manifiesto el fundamento social y cultural, no biológico ni privado, de esta agresión como fruto de la diferente posición que ocupan los hombres y las mujeres en nuestra sociedad.



1.2.2. Tipos de violencia de género

Como acabamos de observar en el epígrafe precedente, es de suma importancia la elección de la denominación que le damos a estos actos, pero una vez decidido este aspecto, nos debemos ahora plantear a qué tipo de actos nos estamos refiriendo cuando hablamos de violencia de género o de violencia machista, qué tipo de agresiones pueden ser consideradas bajo esta denominación y cuáles no, porque de ello derivará que dichas informaciones formen parte del universo de esta investigación o queden fuera de él.

En la Declaración final de Naciones Unidas en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de (Beijing, 1995),

“La expresión violencia de género se refiere a todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la privada.”

Por consiguiente, la violencia de género puede tener, entre otras, las siguientes formas:

a) La violencia física, sexual y psicológica en la familia, incluidos los golpes, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el marido, la mutilación genital y otras prácticas tradicionales que atentan contra la mujer, la violencia ejercida por personas distintas del marido y la violencia relacionada con la explotación;

b) La violencia física, sexual y psicológica al nivel de la comunidad en general, incluidas las violaciones, los abusos sexuales, el hostigamiento y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones educacionales y en otros ámbitos, la trata de mujeres y la prostitución forzada;

c) La violencia física, sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado, dondequiera que ocurra (Beijing, 1995).

Según lo expuesto, al menos están claras tres categorías al hablar de tipos de violencia de machista, a saber, la violencia física, la violencia sexual y la violencia psicológica, si bien no limita que otros tipos de actos puedan ser considerados también actos de violencia de género.

Pese a la claridad de estas tipologías de violencia de género debemos observar que no todas ellas reciben la misma atención. En la mayoría de las ocasiones, los medios, las instituciones, las investigaciones, la propia sociedad, se limita a los actos de violencia física, especialmente aquellas referidas a violaciones y asesinatos. Esto no implica negar que existan otros tipos de violencia de género que no son físicas, pero lo cierto es que el foco de atención no se pone suficientemente en ellas.



1.2.3. La violencia de género en los medios de comunicación en España

Los medios de comunicación juegan un papel fundamental en la visibilización de la violencia de género. Según Concha Fagoaga (1994 y 1999), con la llegada de las mujeres a cargos de responsabilidad en el mundo del periodismo es cuando este problema comienza a formar parte importante de la agenda informativa de los medios.

La diversidad existente de medios de comunicación en cuanto a sus intereses, posiciones políticas, económicas, etc., hacen que los mensajes tengan que atender a dos fines difíciles de conciliar. El primero de ellos obedece a la necesidad de que las informaciones tengan un tratamiento serio y en concordancia con la gravedad de los hechos, y el segundo está relacionado con los fines empresariales del medio que puede llevar a la espectacularización y al sensacionalismo, exponiendo el fenómeno representado bajo los estereotipos de género.

Pero podemos decir que la aparición y evolución en los medios en el tratamiento de estas noticias no ha obedecido únicamente a criterios de interés mediático o de las audiencias, sino que se ha logrado por el proceso de institucionalización y legitimación de la denuncia social de este fenómeno, su salida fuera de la esfera privada y su discusión pública; de ello han tenido buena parte de culpa grupos feministas, ONGs, y otras instituciones civiles y gubernamentales de apoyo a las mujeres. Así, la traslación de la esfera privada al ámbito público ha llevado a que lo que antes era percibido como hechos aislados e individuales, se conciba ahora como un problema social.

Por tanto, podemos decir que en la actualidad, además de la exposición del hecho en sí, los medios adoptan una actitud de denuncia que favorece el debate público y la búsqueda de soluciones, aportando cifras, declaraciones de expertos, sentencias judiciales, estadísticas etc… y rechazando de plano cualquier declaración o acción machista que legitime esa violencia. Pero si bien esa es la tendencia, todavía siguen perviviendo algunos tratamientos nada aconsejables.

Ello puede ser debido a que a pesar de todo, no se ha producido la necesaria especialización en los informadores y los códigos de autorregulación, ya que, si bien los hay, todavía tienen enormes lagunas o no son aplicados.




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