La vida afectiva



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1. LA AFECTIVIDAD.

1.1. CARACTERÍSTICAS GENERALES.

La vida psíquica de los individuos incluye numerosas funciones que se distinguen de las puramente intelectuales aunque a veces puedan presentarse asociadas a ellas. De hecho, las últimas investigaciones neurológicas han descubierto vínculos entre ciertas facultades intelectuales y emotivas. El conjunto de funciones psíquicas que el lenguaje coloquial asocia al corazón es el responsable de la llamada vida afectiva. Se expresa con el término genérico de afectividad el conjunto de emociones, sentimientos y pasiones que los sujetos experimentan interiormente ante los sucesos o pensamientos que acaecen durante la vida.

Los afectos se caracterizan por una serie de rasgos generales comunes:



  • Son de naturaleza subjetiva, puesto que se viven personal e intransferiblemente. Por ese motivo resulta difícil comunicarlos a los demás. Todos poseemos la experiencia de lo complicado que resulta, a veces, expresar verbalmente las emociones, siendo más fácil su transmisión gestual (llanto, risa, contactos corporales, etc.).

  • Los afectos oscilan generalmente entre dos polos opuestos. Según su naturaleza, pueden moverse entre la alegría y la pena, la atracción y el rechazo, o el placer y el displacer.

  • Su manifestación externa se plasma en el estado de ánimo de un individuo, que vendría a ser como la estructura general donde se integra la totalidad de los afectos. Así, por ejemplo si en un momento concreto de su vida el afecto dominante en un sujeto es el amor, su estado de ánimo reflejará alegría, optimismo y entusiasmo. Si, al contrario, el amor no es correspondido, mostrará decaimiento, pesimismo y melancolía.

  • Casi todos los sucesos provocan una respuesta afectiva en los seres humanos. A diferencia de otras funciones psíquicas que son vividas menos personalmente, los afectos suelen deja profundas huellas en el psiquismo, puesto que su incidencia sobre la vida cotidiana es determinante. Así se explica que los afectos positivos perduren en la memoria, siendo difícil su olvido. En cambio, los que provocaron frustración en su ori­gen tienden a relegarse al inconsciente o a sufrir grandes modificaciones por la acción de los mecanismos de defensa.

En suma, y en palabras del psiquiatra J. M. Uncal, el afecto determina la actitud general; ya sea de rechazo; de aceptación; de huida; de lucha o de indiferencia ante una persona; un aconteci­miento o una idea. En los seres humanos, pues, los afectos con­dicionan sus relaciones interpersonales, ya que siguiendo su dictado establecemos relaciones de amistad, simpatía, desa­pego u hostilidad con las personas que nos rodean.


1.2. EMOCIONES, SENTIMIENTOS Y PASIONES.

Según Bleuler, hay que distinguir en el acontecer afectivo tres reacciones posibles: emoción, sentimiento y pasión. No resulta fácil establecer las diferencias fundamentales entre ellas, puesto que cada autor usa uno u otro término según variaciones tales como el grado o la intensidad de la reacción, sus vínculos con ciertas alteraciones fisiológicas del organismo o la duración del estado emocional psíquico. En la Psicología anglosajona es frecuente utilizar como sinónimos los términos emoción y sentimiento. Sin embargo, la mayoría de psicólogos distingue, aunque a veces no con una precisión extrema, entre los tres términos.

La palabra emoción proviene del vocablo lati­no emovere; que significa "sacudir" o "agitar". Designa un estado afectivo que se caracteriza por ir acompañado de ciertas alteraciones corporales. Así, la agitación emotiva se sigue de numerosas manifestaciones físicas que comunican a los demás el estado afectivo del sujeto. Por ejemplo, ante la emoción de vergüenza, el organismo reac­ciona con el rubor; ante la desconfianza, frunci­mos el ceño; etc.

El psicólogo gestaltista Kofka señaló cuatro vivencias que corresponderían a las emociones primarias de todos los seres humanos. Cada una de ellas iría acompañada de un movimiento característico con res­pecto al objeto de la emoción:


LOS GESTOS EMOTIVOS. Casi todas las emociones se acompañan de gestos que las delatan: fruncimos la frente cuando nos enfadamos, por ejemplo. Para comprobar si estos gestos obedecían a apren­dizajes sociales, se hicieron pruebas con niños ciegos y sordos. Se comprobó que gesticulaban de manera similar a otros niños con sus sis­temas perceptivos completos. Así mismo, los antropólogos han puesto de relieve que en to­das las culturas se repiten los mismos gestos emotivos, independientemente de sus tradi­ciones y de su desarrollo técnico.
La emoción se distingue del sentimiento en que la primera es una reacción afectiva breve e intensa, mientras que el segundo se caracteriza por perdurar mayormente en el tiempo, con lo cual su intensidad es menor aunque más prolongada. A diferencia de la emoción, el sentimiento no se acompaña de cambios corporales tan acusados. Resulta muy difícil proporcionar una definición de sentimien­to aceptada por todos los autores. Algunos, incluso, han llegado a ­decir que el sentimiento no puede definirse, sino tan sólo experimentarse y, a lo sumo, describirse. En general, el término senti­miento designa una tendencia afectiva hacia objetos o personas del mundo exterior (aunque también existen sentimientos sobre uno mismo, como el amor propio) que oscila entre reacciones de placer ­o displacer.
Lersch distingue tres tipos diferentes de sentimientos:

  1. Vitales: placer, dolor, alegría, tristeza, aburrimiento, admira­ción, etc.

  2. Individuales o del yo: egoísmo, altruismo, supervivenci2... venganza, etc.

  3. Transitivos o sociales: éticos, espirituales, etc.


Wundt elabora también una clasificación tripartita, conside­rando a los sentimientos como estados que se mueven entre tres pares de fuerzas: a) Placer- Displacer. b) Excitación-Tranquilidad. c) Tensión-Relajación.
Otras clasificaciones establecen dos grandes grupos de senti­mientos: los sensuales y los intelectuales. Los primeros estarían relacionados con los deseos y necesidades instintivas u orgánicas mientras que los segundos serían frutos del llamado mundo espiri­tual. Dentro de cada grupo, se establecen numerosas subdivisiones, así, por ejemplo, entre los segundos se pueden distinguir varias cla­ses: religiosos, estéticos, morales, filantrópico s, etc.

LAS PASIONES Y LAS LEYES. Un sujeto apasionado es incapaz de controlar, en numerosas ocasiones, sus propios actos puesto que la pasión nubla su mente, como suele decirse en lenguaje coloquial. Esa im­posibilidad de racionalizar su conducta ante la presencia del objeto que provoca en él la pasión es contemplada en los códigos pena­les. Por ejemplo, si se comete un asesinato con premeditación y a sangre fría, la pena carce­laria será mayor que si es ejecutado bajo los efectos del apasionamiento. Se reconoce así la alteración de la realidad y la incapacidad de control que sufre un indi­viduo cuando se halla bajo los efectos de una pasión intensa.

Las pasiones se diferencian de los dos estados anteriores por su grado de intensidad y la dependencia de la voluntad respecto a ellas. Son tendencias afectivas que se viven desgarradoramente, de tal manera que el individuo se siente arrastrado por ellas aunque pretenda impedir sus efectos. Por tanto, poseen tan alta intensidad que no pueden ser controladas racionalmente. En cierta medida, el sujeto que sufre una pasión pierde parte de su libertad individual, puesto que la voluntad apenas puede modificar los comportamien­tos apasionados. Así, por ejemplo, un amor o un odio desmedidos terminan por convertirse en pasiones si la voluntad no consigue imponer un cierto control racional sobre esas conductas afectivas.



A veces, producen alteraciones psicológicas importantes, ya que el individuo tiende a percibir la realidad según la pasión que experimenta. De esa forma, se produce una deformación ideológi­ca, ya que todo aquello relacionado con el objeto pasional se sobrevalora, mientras que lo está en contra se vive con rechazo o desin­teresadamente. En casos graves, las pasiones no controladas pue­den originar importantes trastornos de conducta. La literatura y el arte han retratado admirablemente las pasio­nes, tanto aquellas que pueden considerarse nobles como aquellas otras que se viven dramáticamente y que muchas veces conducen al desequilibrio psíquico. Como hemos visto, pues, no resulta sencillo establecer los lími­tes precisos que separan unos estados afectivos de otros. El lengua­je tampoco suele proporcionar una nítida distinción en este terre­no; una misma palabra designa estados emocionales, sentimentales o pasionales según sea su uso y su contexto. Por ejemplo, el voca­blo amor puede estar referido a vivencias apasionadas, emotivas o sentimentales según la intensidad, duración y grado de control racional que sobre ella ejerza nuestro cerebro.
1.3. TRASTORNOS DE LA AFECTIVIDAD.
Todos sabemos por experiencia propia que no resulta fácil el control de las emociones. En nuestra vida cotidiana, la afectividad ocupa un importante lugar por cuanto nuestra relación con el mundo físico y con la sociedad está impregnada de afectividad positiva o negativa. Las causas por las que ciertas personas u obje­tos nos producen atracción o repulsión obedecen a factores tanto genéticos como ambientales. Así, cierto sentimiento de miedo puede ser provocado por una causa innata relacionada con el ins­tinto de supervivencia o, al contrario, por una experiencia personal que nos dejó profunda huella y que condiciona nuestras respuestas temerosas cuando aparece de nuevo el estímulo que las desencade­nó en su origen.
El PSICÓPATA INDIFERENTE. La psiquiatra María Dueñas describe así la in­diferencia emotiva del psicópata: Es el pro­totipo de la personalidad sin afectos y entra dentro del campo de la patología psiquiátri­ca. K. Schneider los define como personas que sufren y que hacen sufrir, aunque hoy se admite más que hacen sufrir sin inmutarse por las consecuencias de su conducta. Pre­sentan una pobreza general de reacciones afectivas; los actos que comenten no les pro­ducen nerviosismo, ansiedad, pena, vergüenza, culpabilidad ni ningún otro tipo de sentimiento que la persona normal experi­mentaría en las mismas circunstancias. Pre­sentan una carencia de emociones, no están ansiosos ni tristes, no lloran ni demuestran alegría ni tampoco sufren los correlatos so­máticos de esas emociones, como la palidez, el rubor, el temblor, el sudor...
Numerosos trastornos conductuales y psíquicos tienen su causa en una inapropiada vivencia de los afectos. Entendemos por esta­bilidad afectiva el equilibrio que muestra un sujeto entre su dis­posición psíquica y su conducta afectiva externa sin que se pro­duzcan disfunciones entre ellas. Una persona emotivamente esta­ble disfruta de un alto nivel de autoconfianza y, por regla general, muestra conductas de socialización, integrándose plenamente en la convivencia grupal. Sin embargo, muchos trastornos conductuales se hallan relacionados con la vida afectiva. Algunos de los más importantes son:

  • Indiferencia emocional: cuando se producen respuestas débiles ante estímulos emotivos. En casos extremos, como en ciertos tipos de psicosis, el sujeto es incapaz de emocionarse ante actos terribles o cargados de afectividad. Este estado se define por una inhibición de los afectos, las personas que lo padecen se muestran distantes y sin sentimientos, no emo­cionándose ni ante los acontecimientos externos ni ante las circunstancias dolorosas o placenteras de las personas que les rodean. Muchos de ellos circunscriben su vida afectiva al ámbito exclusivo del amor propio. En general, muestran acti­tudes de desprecio y rechazo social. Algunos psiquiatras han señalado que la indiferencia emocional puede desembocar en conductas sexuales sádicas.

  • Dependencia afectiva: se produce cuando una persona muestra ansias incontrolables por querer y ser querido. Se dis­tingue del estado normal en que dicha persona lleva hasta el paroxismo ese deseo legítimo y natural. Puesto que se siente insegura, sufre crisis de angustia y miedo irracional ante el temor (muchas veces puramente fantasioso) de perder el afec­to de las personas que la rodean. Los celos o la obsesión por acaparar todos los afectos de la pareja son reacciones típicas de los dependientes afectivos. Este estado puede alcanzar cotas patológicas si escapa a un control racional. Entre los sín­tomas de ciertas neurosis o psicosis se hallan fenómenos rela­cionados con la dependencia afectiva.

  • Trastornos maníaco-depresivos: se caracterizan por una alternancia cíclica entre fases de hiperactividad mental y periodos depresivos. Los individuos que los padecen pasan de un estado afectivo a su contrario en cortos espacios de tiempo.

  • Descontrol emotivo: caracterizado por una desproporción entre la respuesta emotiva del sujeto y el estímulo causante de la misma. Puede manifestarse bajo dos formas: o bien se da una respuesta intensa ante un estímulo insignificante, o, por el contrario, apenas se reacciona afectivamente ante hechos tras­cendentales. En el primer caso, estarían las personas que se emocionan fácilmente, no pudiendo evitar las crisis de llanto o de alegría. Los efectos de algunas drogas (el alcohol, sobre todo), la senilidad o la excesiva sensiblería potencian reaccio­nes de este tipo. En el segundo caso, nos hallaríamos ante per­sonas cercanas a la indiferencia emocional.


LOS IK. A. Montagu, en su libro La naturaleza de la agresividad humana, describe un caso pecu­liar de alteración afectiva: el de la tribu de los ik, en Uganda. Desde tiempos inmemoriales habían sido cazadores, pero el gobierno declaró sus tierras reserva de caza y los obligó a convertirse en agricultores. Ese cambio de vida modificó todas las costumbres ik, pro­vocando de paso una alteración en sus rela­ciones sociales y en sus vínculos afectivos. Se volvieron agresivos, peleándose continua­mente entre ellos; disolvieron las familias comenzando a vivir individualmente; el amor dejó de ser algo apreciable y hasta se rom­pieron los vínculos afectivo s entre las madres y los hijos. Éstos últimos, al igual que los an­cianos, fueron considerados como apéndices inútiles al no poder cuidar de sí mismos

Si conductas de este tipo se suceden cotidianamente, pueden desembocar en graves trastornos de conducta. Si, en cambio, ocu­rren en raras ocasiones, pueden ser debidas a causas puramente cir­cunstanciales.

1.3. TRASTORNOS DE LA AFECTIVIDAD.
En la exteriorización de emociones y sentimientos influyen factores de variada índole. De manera global, los podemos dividir en tres grandes clases: genéticos, educativos y culturales.

Desde el punto de vista hereditario, conviene distinguir entre aquellos que son comunes a la especie humana y aquellos otros que son exclusivos de un individuo. Así, cuando estamos irrita­dos en grado sumo, fruncimos el ceño y apretamos los dientes; cuando sentimos un miedo intenso, se nos eriza el vello, etc. Estas reacciones no son exclusivas de una sola cultura; al contrario, se dan en todos los pueblos de la tierra. Lo mismo sucede con la risa, el llanto, las manifestaciones de euforia, etc. Estos tipos de conducta son, pues, reflejos. Su origen debe buscarse en el desarrollo evolutivo del ser humano.


Ahora bien, las características hereditarias de cada individuo con­creto también influyen en su afectividad. Según sean aquellas, ten­derá cada uno a emocionarse con mayor o menor facilidad y a de can­tarse hacia unos u otros comportamientos afectivos. Sin embargo, la carga genética nada podría sin la influencia del medio ambiente. En ese sentido, la educación recibida juega un importante papel. La his­toria personal de cada uno influye notablemente en el conjunto de nuestras reacciones emotivas. Según se hayan reforzado unas u otras conductas, aumentará o disminuirá su repetición en el futuro. Así, en nuestra sociedad se educa (o se educaba) a los hombres para que no expresasen sus sentimientos. Frases como los hombres no lloran han sido habituales hasta nuestros días. En cambio, la mujer podía explayar libremente sus sentimientos, puesto que esa conducta era consi­derada muy femenina.

Así mismo, la cultura y la historia de cada sociedad condicionan mayoritariamente la expresión de nuestros sentimientos. Resulta tópico, pero también estadísticamente cierto, que los pueblos meri­dionales de Europa viven la emotividad de una manera más inten­sa, mientras que los del norte tienden a ser menos expresivos con sus afectos. En algunas tribus africanas parecen no existir las rela­ciones amorosas, ya que se vive la sexualidad exclusivamente como deseo momentáneo sin que nadie muestre voluntad de pose­sión amorosa. En cambio, en casi todas las sociedades, el amor de la pareja representa la más alta idealización de la vida afectiva.


2.- EMOCIONES E INTELIGENCIA.

En los últimos años, se han publicado en EEUU varios libros sobre los nexos entre la inteligencia y la emoción. Tales textos no sólo han provocado un cambio en las investigaciones sobre procesos inte­lectuales, sino que, incluso, han obtenido un gran éxito de ventas. Así, el publicado por A. R. Damasio: El error de Descartes. Emoción/ razón y cerebro humano, o el más reciente de D. Goleman, Inteligencia emocional. En síntesis, estos autores mantienen que la emoción es uno de los componentes esenciales de la inteli­gencia humana.

Como es sabido, el Cociente Intelectual se calcula a partir de baterías de tests que miden ciertas capacidades y destrezas intelectuales. Las pruebas psicométricas están orientadas básicamen­te a la cuantificación de habilidades verbales, lógi­co-matemáticas, perceptivas y de rapidez en el pro­cesamiento de la información y en la respuesta emitida. Numerosos autores han cuestionado este tipo de pruebas, argumentado que sólo poseen uti­lidad en cuanto a la medición de capacidades aca­démicas y laborales de un individuo. En cambio, no tienen en cuenta otros factores relacionados con los procesos intelectuales, ni tampoco contemplan la posibilidad de otros tipos de inteligencia que no sean los puramente académicos.
Diversos experimentos psicológicos, llevados a cabo reciente­mente, han puesto de relieve que la inteligencia humana es algo más complejo que aquello que miden los tests. Así, individuos que habían obtenido grandes éxitos en sus vidas profesionales y en sus relaciones afectivas alcanzaban pobres resultados en la cuantifica­ción de su Cl. Las pruebas a las que fueron sometidos en condi­ciones de laboratorio revelaron que estos individuos mostraban grandes capacidades para la adaptación individual y social, llevan­do a cabo un adecuado control de situaciones difíciles donde había que tomar decisiones importantes en un plazo limitado de tiempo, además de improvisar estrategias apropiadas para la tarea profe­sional encomendada. Por contra, otros individuos con mejor Cl. fracasaban (o, cuanto menos, obtenían peores puntuaciones) en este tipo de pruebas.

Los psicólogos comprobaron que los primeros poseían una inteligencia más intuitiva, estrechamente vinculada con reacciones emotivas, mientras que los segundos tendían a reprimir sus pro­pias emociones y sentimientos en favor de un análisis exclusivamente racional de la situación. Las conclusiones de los estudios afirmaron la importancia de la Inteligencia emocional (término acuñado, en 1990, por P. Salovey y J. Mayer, aunque otros autores prefieren denominarla Inteligencia práctica) en el conjunto de nuestros procesos intelectuales.

El neurólogo A.R. Damasio cree que el olvido de la emoción en el estudio de la inteligencia es achacable al pensamiento filosó­fico. Ya desde Platón, la metafísica separó la racionalidad del sen­timiento. Pero sería Descartes el verdadero artífice de la escisión, al desvincular la conciencia del cuerpo, es decir, de sus mecanis­mos fisiológicos. Ese error, según Damasio, ha pervivido en las investigaciones psicológicas sobre la inteligencia hasta nuestros días. Este autor argumenta que individuos que sufrieron lesiones en ciertas zonas cerebrales no sólo perdieron la capacidad de razonar, sino también la de sentir normalmente la emoción. Según él, mien­tras que estos individuos pueden adquirir nuevos aprendizajes para interpretar lógicamente el mundo, no sucede lo mismo con sus facultades emotivas. Tal vez, el ejemplo más dramático sea el de ciertos psicóticos que han ejecutado actos horribles (crímenes, violaciones, etc.), sin que pueda decirse que hayan perdido la luci­dez lógica y racional. En cambio, sus reacciones emotivas han desaparecido por completo: ante la visión de sus actos son incapaces de sentir emoción alguna. Según Damasio, lo que sucede es que los mecanismos emotivos no actúan sobre los procesos inte­lectuales como sucede con el resto de las personas. Concluye afir­mando que, sin el soporte de la emoción, la inteligencia racional es incapaz de funcionar correctamente

3. LA MOTIVACIÓN.

3.1. DEFINICIÓN Y CARACTERÍSTICAS GENERALES.

Los motivos son, según la definición tradicional, los impulsos que mueven a un sujeto a la ejecución de determinada conducta con el fin de satisfacer alguna necesidad fisiológica o psíquica. Así, cuando actúan sobre un individuo, decimos que su conducta está motivada; en cambio, si en un momento determinado no ejercen influencia sobre él, o bien el sujeto no actuará, o, si lo hace, su con­ducta estará desmotivada y le resultarán indiferentes las conse­cuencias de su acción. De manera amplia, podemos decir que los motivos se hallan vinculados al placer (conductas de atracción) o al dolor (actos de huida o repulsión).

En los seres humanos podemos distinguir dos grandes grupos de motivos según su origen: unos, de carácter innato, que se asocian a las necesidades fisiológicas; y otros, de origen ambiental, que han sido adquiridos en el proceso de socialización de los individuos.

Es clásica la distinción de Hull entre impulsos primarios (los unidos a las necesidades esenciales para la supervivencia del indivi­duo) y secundarios (los motivos debidos al aprendizaje social y cuya insatisfacción no afecta a la supervivencia, aunque sí al estado emocional del individuo). Dentro de los primeros se encontrarían el hambre, la atracción sexual, la agresividad como respuesta de super­vivencia, etc. Dentro de los segundos, la necesidad de autoestima, el deseo de conocimiento, el amor, etc. Por regla general, los motivos sociales o secundarios no impulsan la conducta de los individuos si antes no se encuentran cubiertas sus necesidades primarias. Por ejemplo, si una persona no dispone de alimento para calmar su hambre, dedicará todos sus esfuerzos a ello, abandonando otras conductas por muy motivadoras que sean socialmente. De todas formas, en los seres humanos no siempre sucede así, ya que muchas veces sobreponemos una conducta social a otra instintiva. Así, algu­nos presos irlandeses del IRA culminaron una huelga de hambre hasta la muerte para solicitar que se les considerase presos políticos' y no comunes. Otras muchas personas pasan hambre y penurias materiales por defender ideales humanitarios o de solidaridad, etc.

3.2. TEORÍAS SOBRE LA MOTIVACIÓN.


Desde los tiempos remotos de la filosofía griega existieron teo­rías sobre las causas y génesis de la motivación. Pero todas ellas se basaban en hipótesis pseudo científicas, ya que aún no se había desa­rrollado una concepción general sobre el método científico tal y como se entiende en la actualidad. Con la aparición de la Psicología como disciplina autónoma, se intentó abordar el problema desde una pers­pectiva científica. Sin embargo, y como sucede en otros ámbitos psi­cológicos, cada Escuela ha procurado explicar la motivación desde sus supuestos teóricos generales. Esa actitud ha dado lugar a una prolife­ración de teorías diversas, sin que exista aún una concepción unáni­memente aceptada por los diversos enfoques. A continuación, repasa­mos algunas de las más significativas:

  • Teoría del equilibrio: también conocida por el nombre de teo­ría homeostática. Su creador fue C. L. Hull. Según él, cuando el organismo sufre alguna carencia, aparece una necesidad bio­lógica o psíquica. Los impulsos actúan entonces para reestable­cer el equilibrio interno, buscando la satisfacción de esa necesidad. Si se alcanza ésta, la tensión desaparece y el organismo retorna a su estado inicial, calmándose así la tensión desequilibradora. Por tanto, los motivos serían instrumentos mediante los cuales el organismo solventa sus necesidades y alcanza la estabilidad u homeostasis. Los críticos con esta concepción han señalado que el ser humano no actúa siempre motivado por necesidades biológicas, sino que, en muchas ocasiones, su conducta obedece a otro tipo de motivos secundarios, no relacionados directamente con los impulsos biológicos.

  • Teoría de las necesidades: formulada originariamente por H.A. Murray, según la cual la motivación se activa como res­puesta a las necesidades del individuo. A diferencia de Hull, Murray destaca la importancia de las necesidades secundarias o psicógenas en la conducta de los seres humanos. Es decir, cada individuo jerarquiza sus necesidades atendiendo a intereses o deseos específicos. Para él, el afán de éxito es el motivo princi­pal de nuestra conducta. Creó el concepto motivación de logro para designar el impulso que muestran los seres humanos por vencer los obstáculos y ejecutar sus tareas de la manera más pertinente posible. Ese afán por culminar el éxito o logro de sus necesidades sería el motor de la conducta humana.

  • Teorías conductistas: según esta Escuela, la motivación viene determinada por la búsqueda del placer (alimentario, sexual, etc.) y la huida del dolor o sufrimiento causado por una carencia de los elementos anteriores. La conducta humana, además, tiene una motivación social añadida: se buscan aque­llas conductas que sean reforzadas socialmente, inhibiéndose en cambio los actos que no gozan de aprobación general den­tro de la comunidad donde se vive. Sin embargo, cuando un individuo voluntariamente busca provocar un rechazo social, su conducta estará motivada por algún tipo de aprendizaje anterior que le hace comportarse de dicha manera, ya que encuentra placer o un incentivo psicológico en esa actitud no convencional.

  • Teorías psicoanalíticas: afirman que nuestra conducta se encuentra motivada por los impulsos inconscientes. Como se recordará, éstos son de dos tipos: instintos sexuales e instin­tos agresivos.

  • Teorías constructivistas: integran la motivación dentro de su concepción general sobre los procesos cognitivos. La más conocida es la de Tolman. Según él, la motivación impulsa la conducta hacia la culminación de las expectativas y metas que cada sujeto se ha trazado como consecuencia de sus aprendizajes anteriores.

  • Teorías humanistas: consideran que los motivos vienen determinados por las tendencias a la autorrealización perso­nal que manifiestan los seres humanos. Abraham Maslow estudió especialmente la motivación humana. Según su teo­ría, existe una disposición innata hacia el desarrollo de la maduración personal. Jerarquizó las motivaciones en seis niveles diferentes. El más bajo está constituido por las nece­sidades fisiológicas, mientras que la cúspide es la autorreali­zación personal, la cual consiste en haber desarrollado con total plenitud las potencialidades inherentes a cada ser humano. Gráficamente reflejó esa jerarquía de motivos mediante su famoso triángulo.


SOCIEDAD DE CONSUMO Y Frustración. La publicidad, el consumo irracional y los me­dios de comunicación -sobre todo cuando re­flejan el éxito profesional y sexual de los famosos- generan frustración en muchas per­sonas que, debido a sus carencias económicas, no tienen acceso al nivel de vida que con­templan a su alrededor. En individuos inesta­bles o marginados esa frustración provoca a menudo reacciones violentas. Numerosos es­tudios han destacado la relación existente entre la frustración social y muchas conduc­tas marginales o delictivas
No todos los seres humanos, sin embargo, consiguen alcanzar una vida plena y feliz, ya que muchos se quedan anclados en nive­les inferiores por culpa de la presión social o de la incapacidad para comprender el sentido último de la existencia. De esa manera, tales personas interrumpen su maduración y su crecimiento psicológico, llevando una vida insatisfecha o, cuanto menos, no colmada plena­mente.
3.3. LA FRUSTRACIÓN.

Es la insatisfacción provocada por no haber podi­do culminar un deseo o un impulso. Las causas pue­den ser tanto internas (por ejemplo, la represión per­sonal de nuestros propios instintos) como externas (obstáculos sociales o físicos que nos impiden alcan­zar las metas u objetivos propuestos). Los psicólogos han señalado la íntima relación existente entre actos frustrados y agresividad. Según una tesis clásica, la conducta violenta sería el resulta­do de situaciones adversas que llevan aparejadas frus­traciones personales, de tal manera que el individuo reacciona violentamente contra sí mismo o contra el medio. Sin embargo, otros psicólogos han criticado esta tesis, enumerando hechos experimentales que parecen demostrar el carácter instintivo y reflejo de la agresividad tanto en las especies animales como en el ser humano. Según ellos, la frustración incrementa la probabilidad de una conducta agresiva, aunque no es la causa originaria de la misma.



4. LA SEXUALIDAD como motivación y como conducta.

4.1. MOTIVACIÓN SEXUAL.

Desde un punto de vista evolutivo, la sexualidad es el mecanis­mo por el que se asegura la perpetuación de los genes individuales y de la propia especie. Por eso, el impulso sexual es instintivo o, cuanto menos, de carácter innato y reflejo. Mientras que casi todas las especies animales ejecutan automáticamente la conducta sexual, y se aparean siempre que aparece el impulso si no existen condiciones adversas que lo impidan, el ser humano, debido a que se halla sometido actualmente a una selección cultural y no pura­mente natural, puede controlar y reprimir la satisfacción del instin­to sexual aunque todas las condiciones le sean favorables. Lo que no puede evitar, sin embargo, es el propio impulso sexual, ya que aparecerá cíclicamente o ante situaciones que actúan como estimu­lación del mismo.

Las conductas sexuales de la distintas especies han ido seleccio­nándose y fijándose, a lo largo de los milenios, mediante leyes evo­lutivas. De esa manera, están asociadas al placer y a estímulos ambientales reforzadores, puesto que así se incrementa la posibili­dad de repetición, lo que a largo plazo garantiza la supervivencia de los genes. De igual forma, las respuestas sexuales se encuentran fijadas hereditariamente en los organismos; así, numerosos experi­mentos realizados con variadas especies han demostrado que la conducta sexual se dispara sin necesidad de un aprendizaje previo. Animales criados en situación de aislamiento desde el mismo ins­tante de nacer, ya los que se les presentó un compañero/a cuando ya habían alcanzado la madurez orgánica, respondieron instintiva­mente con acciones de cortejo sexual.

En nuestra especie, la sexualidad juega un papel preponderante dentro del comportamiento biológico y psíquico. Es uno de los motivos que mayormente impulsan nuestra conducta. Algunos autores, como Freud por ejemplo, interpretaron los actos humanos desde un pansexualismo. Para el psicoanálisis, el deseo sexual (ya sea satisfecho o reprimido) se constituye como el principio moti­vador más importante de nuestra conducta. Aunque las demás Escuelas psicológicas limitaron la influencia de la sexualidad en nuestros actos, todas ellas la siguen considerando primordial para explicar y comprender la vida psíquica.
4.2. CONDUCTA SEXUAL.

A lo largo de la Historia, el papel y la función de la sexualidad han sido debatidos en medio de grandes polémicas científicas, médicas y teológicas. Desde las religiones, que la consideran pecaminosa si no va orien­tada exclusivamente a la reproducción, hasta aquellas otras concepciones que hacen del amor libre su bande­ra ideológica, los enfoques e ideas sobre la sexualidad recorren todo el amplio abanico de posibilidades. El debate sobre la sexualidad continúa vigente hoy día, aunque la tolerancia y permisividad sexual hayan aumentado notablemente en las sociedades occidenta­les. Sin embargo, no es este el lugar más adecuado para revisar tales cuestiones socio-ideológicas, aun cuando su interés y discusión sean de gran importancia.



La conducta sexual de los seres humanos viene determinada por una serie de factores. Veamos algunos de ellos:

A) Biológicos

  • Sexo biológico: se genera a partir del código genético here­dado de los progenitores. Puesto que las mujeres poseen cro­mosomas XX: y los hombres XY, serán esas combinaciones las que determinen el sexo biológico de un individuo. Éste es el resultado de acciones hormonales durante la vida prenatal, ya que originariamente los fetos son de naturaleza femenina. Si existe una alta secreción de hormonas masculinizantes, el feto se determinará como varón; si no sucede así, como hem­bra.

  • Identidad sexual: no debe confundirse con el sexo biológi­co, puesto que, aunque suelen coincidir mayoritariamente, existen numerosos casos donde no se produce tal correspon­dencia. La identidad sexual es el papel de masculinidad o femineidad mediante el que cada persona siente sus tenden­cias sexuales a lo largo de su vida. Son corrientes ciertos casos donde personas de sexo masculino viven su sexualidad como femenina y viceversa. Aunque durante muchos años se ha creído que esa inversión de papeles era provocada por fac­tores ambientales y educativos, hoy día se sabe que en ella intervienen ciertos procesos hormonales que condicionan los papeles subjetivos de la sexualidad, aunque simultáneamen­te también inciden en ella aspectos educativos.


B) Educacionales

  • Influencia familiar: no existe duda sobre la importancia de la educación en los futuros papeles sexuales de las personas. Muchos comportamientos futuros están determinados por la diferente edu­cación que reciben los niños y las niñas en el entorno familiar y social en el que se mueven. Aunque algu­nas teorías recientes han señalado una cierta influencia genética en los papeles sexuales de niños y niñas, el ambiente familiar contribuye a fomentar esas diferencias mediante el refuerzo de conductas masculi­nas o femeninas en los juegos, acti­tudes, relaciones personales…

  • Influencias culturales y religiosas: la sexualidad de las personas se halla altamente condicionada por las ideologías dominantes en la sociedad y cultura a las que se pertenece. Durante la infancia se interiorizan una serie de ideas morales y culturales sobre el papel y función de la sexualidad, sobre las normas que deben regular su desarrollo, sobre aquellos comportamientos sexuales que son los dominantes y los bien vistos en sociedad, etc. Todo este conjunto de ideas, interio­rizado por el niño, servirá como guía en su futura vida sexual. En numerosísimas ocasiones, sin embargo, se produ­ce un conflicto entre los deseos sexuales de la persona y las normas de la moral o religión imperantes en su sociedad. El conflicto entre los impulsos y la moralidad es fuente habitual de trastornos físicos o psíquicos. Sin embargo, las ideologías sociales van cambiando con los avances científicos y filosófi­cos, emergiendo nuevos puntos de vista sobre la sexualidad; así, se aceptan como normales, o por lo menos como lícitas moral y humanamente, conductas que habían sido conside­radas patológicas o indeseables en tiempos pasados, tal y como hoy sucede en el mundo occidental con la homose­xualidad. De la misma manera, durante siglos, la sexualidad femenina estuvo reprimida socialmente debido al machismo ideológico dominante. Sin embargo, los movimientos de liberación femeninos del siglo XX han conseguido el recono­cimiento sexual en condiciones similares a las del varón.

Desde el punto de vista médico y psicológico, cada día resulta más diáfano que la sexualidad es un componente esencial para el equilibrio personal. Los seres humanos deben abordarla sin com­plejos, aunque acompañada de una información objetiva que les permita ejercer libre y responsablemente su conducta sexual, siem­pre que esa libertad tenga como límite el respeto a los demás. La reivindicación de una sexualidad como fuente de placer y equilibrio psíquico, que vaya más allá de la simple reproducción biológica, es uno de los signos distintivos de las socie­dades desarrolladas en las últimas décadas. El oscuran­tismo ideológico y moral que rodeó antiguamente a la sexualidad no ha desaparecido del todo, pero los avan­ces de la ciencia, e incluso de la, propia reflexión ética, han puesto en entredicho muchos de los tabúes que lastraron la sexualidad humana durante siglos.

4.3. TRASTORNOS PSICO-SEXUALES.

¿Qué es normal y anormal en la sexualidad? En las personas la conducta sexual está condicionada por fac­tores genéticos, hormonales, culturales, éticos, geográ­ficos, religiosos, educativos, temperamentales, etc. En este terreno es muy difícil establecer una frontera objetiva entre la normalidad y la anormalidad. En lo que respecta a conductas sexuales hay dife­rentes valoraciones: a nivel sociológico son anor­males aquellas conductas que difieren de las conductas aceptadas socialmente; a nivel médico son anormales las conduc­tas poco naturales e insanas. La psicología sexológica considera sexualmente anormal todo lo que atenta contra la libertad de las personas exigiendo el sometimiento del otro, o lo que al individuo le produce sensación de culpa, angustia o depresión.



En el desarrollo sexual de una persona tenemos que analizar: la identidad sexual, que es la conciencia que cada ser tiene de ser hombre o mujer, el papel sexual, que es la forma de comportarse ante los demás como hombre o mujer, y la orientación sexual, que es el objeto que nos provoca el deseo sexual (hombres, muje­res, niños, etc.). También hay que analizar las cuatro fases de la función sexual: el deseo, la excitación ante el objeto del deseo, el orgasmo o descarga de esa excitación, y la resolución o recuperación del organismo a la fase previa, a la excitación. La falta de educación sexual adecuada origina creencias falsas y conflictos internos, que alimentan una mitología sexual que nos empobrece como personas.


  • El hombre siempre quiere y debe estar preparado para la relación sexual.

  • El hombre es quien debe tomar la iniciativa sexual, si lo hace la mujer, es inmoral o pros­tituta.

  • Lo más importante de la relación sexual es la penetración y el orgasmo.

  • Una vez que el hombre está excitado y en erección ya no puede controlarse y se ha de consumar el acto.

  • Hablar de los problemas sexuales quita espontaneidad al sexo.

  • Una vez iniciado, el contacto sexual debe acabar en coito y en orgasmo.

  • El hombre no debe mostrar delicadeza y sentimiento en la relación sexual; a la mujer le gusta ser sometida.

  • Todo hombre debe saber dar placer a una mujer.

  • La mujer no tiene problemas sexuales si el hombre es un experto.

  • La relación sólo es buena cuando ambos llegan simultáneamente al orgasmo.

  • Cuando hay amor no hay problemas sexuales.

  • La masturbación es un vicio que perjudica a la salud y a la capacidad procreativa.

  • No hay impotencia ante una mujer atractiva.

  • No se deben tener fantasías sexuales durante la relación con la persona amada.

  • La carencia de atractivo físico anula la sexualidad.

  • Quien se niega a tener una relación sexual es un reprimido.

  • La mujer disfruta más cuando mayor es el órgano sexual masculino.

Siguiendo con la clasificación del los manuales DSM N y CIE 10, definiremos algunos de los trastornos psico-sexuales más frecuentes.

A) Parafilias. Son comportamientos sexuales compulsivos. Antes eran cono­cidas como perversiones sexuales. Originalmente la palabra "per­versión" significaba todo comportamiento humano contrario a las normas sociales existentes.

Zoofilia: Es aquella desviación de la atracción sexual, en la que el individuo obtiene la excitación de forma preferente o exclusiva con animales.

Exhibicionismo: La persona siente excitación ante la exposi­ción de los propios genitales a un extraño que no lo espera. El exhi­bicionista no intenta mantener contacto directo con la persona, se limita a exhibirse y en algunos casos a masturbarse en ese acto. El desorden suele manifestarse alrededor de los veinte años, y suele decrecer después de los cuarenta.

Voyeurismo: Viene de la palabra francesa voyeur (mirón) Consiste en obtener excitación y placer sexual al observar ocultamente a personas desnudas, desnudándose o que se encuentran en plena activi­dad sexual. No hace intentos de relación con las per­sonas observadas. Suele tratarse de personas tímidas que no reconocen que esto sea en modo alguno un tipo de trastorno.

Fetichismo: Es un desorden sexual en el que la persona consigue la excitación sexual a través del estí­mulo con un objeto (fetiche). Los objetos fetiche más frecuentes son la ropa interior, los zapatos o los ador­nos de mujer. La mayoría de veces este trastorno se produce en hombres, como en el resto de parafilias.

Frotteurismo: Son aquellos comportamientos ligados al hecho de tocar y rozar a una persona en con­tra de su voluntad. Normalmente se produce en hom­bres que obtienen el placer sexual frotando sus órga­nos sexuales primarios contra el cuerpo de una mujer.

Travestismo: En el travestismo existe una satisfacción sexual específica por vestirse con ropas del sexo opuesto (es más frecuen­te en hombres). Al inicio, el varón suele ser heterosexual y realiza el travestismo con alguna prenda femenina ocasionalmente o en privado. Progresivamente empieza a moverse, hablar y comportar­se como alguien del sexo contrario, a la vez que sus relaciones tien­den a ser homosexuales. Este desorden se inicia en la infancia. Algunos travestidos evolucionan hacia el transexualismo.

Pedofilia: la persona tiene fantasías sexuales recurrentes y alta­mente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que impli­can actividad sexual con niños prepúberes o niños algo mayores (generalmente de 13 años o menos). Estas fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos pueden ser hacia niños o hacia niñas; estos últimos son más frecuentes.

Masoquismo sexual: Son impulsos sexuales o comportamien­tos que implican el hecho (real, no simulado) de ser humillado, pegado, atado o cualquier otra forma de sufrimiento.

Sadismo sexual: la persona consigue la excitación sexual con comportamientos que implican actos (reales, no simulados) en los que el sufrimiento psicológico o físico (incluyendo la humillación) de la pareja/víctima es sexualmente excitante para el individuo.
B) Trastornos de la identidad sexual

El transexualismo. En este trastorno de la identidad sexual se da una identificación con' el sexo opuesto, acompañada de malestar con el sexo anatómico propio y deseos de someterse a tratamientos quirúrgicos y hormonales para parecerse al sexo deseado. Un hom­bre transexual no sería homosexual, ya que si le atraen otros hom­bres es porque se considera mujer.

  1. Trastornos psicológicos y del comportamiento del desarrollo y orientación sexuales. Tal y como se indica en el CIE-10, la orientación sexual en sí misma (heterosexualidad, homosexualidad y bisexualidad) no. se considera un trastorno.

Trastorno de la maduración sexual. La persona siente ansie­dad o depresión porque no tiene clara su identidad genérica u orien­tación sexual. Es frecuente en la adolescencia si no se está seguro de si la orientación sexual es homosexual, heterosexual o bisexual. También sucede a individuos que después de una etapa de orienta­ción sexual aparentemente estable, sienten que su orientación sexual está cambiando.

Orientación sexual egodistónica. La preferencia sexual no se pone en duda, pero a causa de trastornos psicógenos o comporta­mentales, se desea que fuese diferente, lo que puede llevar a la per­sona a buscar un tratamiento.

D) Trastornos del deseo sexual
Deseo sexual hipoactivo: consiste en una disminución (o ausencia) de fantasías y deseos de actividad sexual de forma persis­tente o recurrente. la valoración de deficiencia o ausencia debe ser efectuado por un experto, teniendo en cuenta factores como la edad, el sexo y el contexto de la vida del individuo, que afectan a la actividad sexual. El trastorno provoca malestar acusado o dificultades de relación interpersonal.

Aversión al sexo: la persona sufre una aversión extrema y per­sistente a todos (o prácticamente todos) los contactos sexuales genitales con una pareja sexual.



E) Trastornos de la excitación sexual

Excitación sexual inhibida en la mujer. Frigidez: consiste en el fracaso en la obtención de la respuesta fisiológica normal durante el acto sexual.

Excitación sexual inhibida en el hombre. Impotencia: falla la obtención de la respuesta fisiológica normal durante el acto sexual con ausencia del reflejo de erección.

F) Trastornos del orgasmo

Orgasmo femenino inhibido: ausencia o retraso persistente o recurrente del orgasmo tras una fase de excitación sexual normal.

Orgasmo masculino inhibido: es la ausen­cia o retraso persistente o recurrente del orgas­mo, tras una fase de excitación sexual normal, en el transcurso de una relación sexual normal.

Eyaculación precoz: eyaculación persisten­te o recurrente en respuesta a una estimulación sexual mínima, antes, durante o poco tiempo después de la penetración, y antes de que la per­sona lo desee.
G) Trastornos sexuales por dolor
Dispareunia: dolor genital recurrente o per­sistente asociado a la relación sexual, como por ejemplo en la penetración. Este trastorno puede ser de origen orgánico (inflamación o infección genital) o sexológico, la causa más común de este dolor genital es debido a una excitación inade­cuada, por lo cual, al no producirse la lubricación, la penetración resulta dolorosa Vaginismo: se produce por la contracción involuntaria de la musculatura del tercio externo de la vagina, que impide o perturba el coito.
PATOLOGíA Y NORMALIDAD. Muchos de los llamados desórdenes psicose­xuales sólo lo son si alcanzan un nivel pato­lógico, es decir, si el sujeto los vive como única forma de alcanzar la excitación sexual. Sin embargo, si somos capaces de controlar­los, pueden ser elementos potenciadores de la relación sexual. Por ejemplo, en cierta medi­da casi todas las personas son fetichistas, ya Que determinadas prendas excitan su deseo; en bastantes relaciones sexuales se dan fe­nómenos controlados de exhibicionismo; la visión de la persona deseada aumenta las fantasías y el placer, etc.
5. DIFERENCIAS SEXUALES EN EL CEREBRO.

Probablemente las investigaciones psicológicas que más han trascendido al gran público durante los últimos años han sido las relacionadas con la diversidad fisiológica en los cerebros de hom­bres y mujeres, sobre todo por la incidencia en sus respectivas con­ductas sexuales. Los medios de comunicación recogieron varios estudios sobre la cuestión destacando en grandes titulares los aspectos más polémicos de las investigaciones, aunque rara vez lo hicieron con un mínimo de rigor científico.

Lo cierto es que varios equipos de investigado­res (entre los que destacan el de Gorski y Allen, por un lado, y el de Simon Le Vay, por otro), tras reali­zar cientos de autopsias a cerebros, pudieron cons­tatar importantes variaciones estadísticas entre cier­tas zonas cerebrales de hombres y mujeres. Algunas de estas diferencias juegan un importante papel en muchos comportamientos sexuales. El uso de nue­vas técnicas, como la Tomografía computerizada, ha permitido corroborar las conclusiones obtenidas mediante las autopsias.

Hoy día se acepta que durante la vida prenatal actúan ciertos procesos hormonales que determinan no sólo el sexo del feto, sino también diversas pro­piedades del cerebro. Algunas de estas últimas serán en el futuro las reguladoras de muchas conductas sexuales. A partir de estas predisposiciones genéticas, actúan las influencias medioambientales a las que están some­tidos los individuos, particularmente los primeros aprendizajes de la infancia, sobre todo las relaciones que en ella se establecen con" los padres y hermanos. Todos estos estudios aceptan los influjos educativos en el desarrollo de la conducta sexual, pero señalan que los datos de las investigaciones en curso confirman la posibilidad de establecer pronósticos sobre la orientación sexual a partir de ciertas peculiaridades cerebrales y según la cantidad existente de algunas hormonas en el organismo.



Laura Allen encontró diferencias entre los cerebros masculinos y femeninos, concretamente en una zona del hipotálamo que es la responsable de gran parte de la actividad sexual. Según estudios neurológicos, la conducta sexual típica masculina se regula en cier­tos núcleos intersticiales del hipotálamo anterior. Uno de estos núcleos, el llamado INAH 3, es significativamente más grande en los hombres que en las mujeres, lo que podría explicar el diverso comportamiento sexual que muestran ambos. Allen cree que el origen de esa diferencia debe buscarse en la desigual exposición a las hormonas masculinas que han sufrido uno y otro sexo.

En un estudio que levantó gran polémica, Simon Le Vay des­cubrió que los cerebros de los homosexuales varones mostraban también, por término medio, un INAH 3 menor que el de los varo­nes heterosexuales. Rápidamente, la prensa se hizo eco de la noti­cia, a veces con claros tintes sensacionalistas. Sin embargo, el pro­pio Simon Le Vay, homosexual confeso, se vio obligado a situar el descubrimiento en su justa medida. Así, en su libro El cerebro sexual (pág. 178), escribe: Una y otra vez se han referido a mí como la perso­na que ha demostrado que la homosexualidad es gen ética o algo parecido. No es así. Mis observaciones sólo se realizaron en adultos que habían sido sexualmente activos durante un periodo considerable de tiempo. No es posible, simple­mente sobre la base de mis observaciones, saber si las diferencias estructurales estaban presentes al nacer e influyeron después en la homosexualidad o heterosexua­lidad de los hombres, o si surgieron en la vida adulta, quizá a consecuencia de la conducta sexual de los hom­bres. Pese a todo, Le Vay considera más plausible el origen genético que el ambiental. Se basa para ello en estudios llevados a cabo con gemelos monoci­góticos educados en ambientes distintos que, en un número elevado de casos, mostraron conjunta­mente o bien tendencias homosexuales o bien heterosexuales.



Dentro del mismo ámbito, el investigador espa­ñol J. A. Muñoz Cueto, en una tesis doctoral diri­gida por A. Ruiz Marcos, Premio Reina Sofía de Investigación, encontró que las neuronas de ciertas áreas de la corteza cerebral presentaban un número de conexiones dobles mucho mayor en las hembras que en los machos de las especies estudiadas. La explicación de ambos investigadores es que las neuronas de las hembras reciben dos mensajes diferentes: uno, activador, que las impulsa al apareamiento sexual, y otro, inhibidor, gracias al cual pueden controlar mejor el impulso y seleccionar así al macho con el que habrán de aparearse. Tal y como puede leerse en el texto de la Actividad 10, el comporta­miento sexual de muchas especies respondería a esta estrategia reproductora, la cual habría sido fijada por la evolución debido a sus ventajas adaptativas. De esa manera, se explicaría neurológica­mente por qué en numerosas especies animales la hembra es mucho más selectiva sexualmente que el macho. ¿Sucede lo mismo en la especie humana? Aún es pronto para saberlo con certeza, pero algunos autores apuntan la cercanía de una revolución conceptual en los estudios sobre la sexualidad humana cuando se extienda el uso de las nuevas tecnologías cerebrales. Debemos señalar las limitaciones específicas de este tipo de trabajos. No pode­mos olvidar que son resultados estadísticos de los que difieren numerosos individuos, que la existencia de una diversidad cere­bral puede ser genética o causada por los diferentes tipos de apren­dizajes adquiridos, y que, en últi­mo término, aunque se demostra­se fehacientemente la influencia genética, eso no significaría que el ambiente y la educación recibida no influyesen en las futuras con­ductas; sólo que lo harían sobre predisposiciones genéticas, refor­zadas o debilitadas según los influjos de los aprendizajes




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