La Terapia Racional Emotiva Conductual nace a partir de los trabajos pioneros del psicólogo norteamericano Albert Ellis, quien, descontento con los escasos resultados obtenidos con la técnica psicoanalítica decide dar un giro a la Terapia que



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Estas son las parejas de emociones negativas básicas, aunque todas ellos tienen cierta interrelación. Comentamos también algunas otras que, en parte, se derivan de la que hemos considerado.

4.- DOLOR (PESAR)  Versus  CULPABILIDAD.

Los sentimientos de dolor o ligero pesar se producen cuando una persona reconoce que ha hecho algo malo en público o privado pero se acepta a sí mismo como un ser humano que puede cometer fallos. La persona se siente mal por su acto pero no por sí misma porque piensa: "Prefiero no hacer las cosas mal, pero si eso pasa, !Mala suerte¡." Se producen sentimientos de culpabilidad cuando la persona se juzga a sí misma como mala, perversa o corrupta por haber actuado mal. En este caso la persona se siente mal tanto por su acto, como por ella misma, y piensa: "No debo hacer las cosas mal y si eso ocurre, es horrible y !yo soy un malvado¡"

Hay personas que parecen no darse cuenta de su comportamiento anómalo y destructivo, de que se hacen daño, bien a sí mismos o, lo más normal, a otros, son los llamados psicópatas o sociópatas y de los que se suelen dar muchas explicaciones por parte de los profesionales de las ciencias de la conducta sobre el porqué llegan a este extremo, aunque parece que influyen muchos aspectos, tanto de cierta predisposición biológica o genética hasta, sobre todo, las experiencias vividas en la infancia y la educación (negativa o contraproducente) que recibieron por su familia o personas significativas de su vida en sus primeros años, ya que este trastorno se suele manifestar a una corta edad, por lo general, hacia los 12 ó 13 años. Todo ello les pudo haber llevado a adoptar formas de pensar de escasa consideración hacia los demás, sin suficiente conciencia personal. Pero para la mayoría de las personas, el realizar actos dañinos hacia los demás, llega a ser algo perfectamente consciente, si no cuando se han realizado, sí con posterioridad al analizar las consecuencias de los mismos. En estos casos, de acuerdo también a nuestra educación recibida y en definitiva a las creencias o la forma de pensar interiorizadas, la persona se puede sentir, lógicamente, con cierto grado de dolor o pesar por haber actuado mal. Es un sentimiento negativo, pero nos ayuda en la discriminación posterior para este tipo de conductas u otras parecidas que provocan un daño a uno mismo o a terceras personas. Es, por tanto, una emoción negativa pero adaptativa, necesaria para evitar posteriores errores o para que la sociedad conserve su equilibrio. Pero de acuerdo a aquello que nos referíamos de la educación recibida o las creencias imbuidas, también nos podemos sentir con un alto grado de culpabilidad, que puede ser originada por pensamientos profundos de religiosidad o por rígidos pensamientos de equidad y justicia social. La cuestión es que este exceso de sentimiento de culpabilidad puede resultar altamente perjudicial. El exceso de sentimiento de culpabilidad nos hace gastar excesiva energía en preocuparnos u ocuparnos en la misma; nos puede bloquear en nuestro desenvolvimiento natural en el momento presente o ante situaciones en las que afloran con más intensidad por asociación de estímulos externos, referentes a lo que nos produjo culpabilidad; es una emoción innecesaria llevada al extremo, ya que además de los problemas apuntados, no nos aporta solución alguna a la conducta negativa que hemos realizado y también hace que nos denostemos personalmente, con lo que conlleva de pérdida de confianza y de aceptación de nosotros mismos.

¿Debemos, entonces, considerar que, aunque hayamos cometido algún error haciendo daño a alguien o a nosotros mismos, no debemos dar importancia al suceso y seguir con nuestra vida tranquilamente, sin darle mayor importancia, todo ello para preservar nuestra salud emocional? No, exactamente, ya hemos dicho que un cierto sentimiento de pesar o de dolor ante nuestro comportamiento es adecuado. Todo ello en el plano emocional, en el plano intelectual, es conveniente darse cuenta del error cometido, en que hemos fallado y como podemos corregir nuestro comportamiento en el futuro, ya que en el pasado no podemos ya influir. Es decir, hemos de sentir responsabilidad por lo realizado, tratando de minimizar o compensar en primer lugar las consecuencias negativas provocadas y, con posterioridad, aprender de la experiencia para actuar en el futuro de forma menos destructiva.

En el fondo de este par de emociones, late el concepto, tan importante en la TREC de la autoaceptación, al que tanta importancia concedió A. Ellis; distinguiéndolo de un concepto muy en boga y de tanta aceptación general como es la autoestima. Concepto al que, en el plano intelectual, criticaba este autor, básicamente, porque la autoestima conlleva en sí, al menos según lo entienden ciertos autores como N. Branden (quien ha hecho una bandera de su teoría sobre este concepto), el sentido de considerarse uno válido, solo si somos competentes o desarrollamos esa competencia en diversos ámbitos de la vida personal, es decir si somos capaces de desarrollar aptitudes o capacidades positivas que tenemos, de alguna medida, infrautilizadas. La autoaceptación de la que habla A. Ellis, considera que cada uno de nosotros hemos de considerarnos válidos por el hecho de estar vivos, ser personas y estar aquí, independientemente de que desarrollemos o no nuestras capacidades o estemos limitados en muchas de ellas por razones diversas (físicas o psicológicas). El concepto de autoaceptación es más profundo y humano, en este sentido, que el de la autoestima. Bien es cierto que muchos psicólogos asocian la autoestima al propio concepto de autoaceptación de Albert Ellis, no de forma condicionada al buen desempeño de actividades personales. La autoaceptación no necesariamente ha de asociarse, por ello, a la resignación en la inutilidad, como se podría pensar, ya que no se niega la posibilidad de las personas en su superación y desarrollo personal, pero lo que no debemos hacer es obsesionarnos con ser más y más competentes y despreciarse si no se consigue. La excesiva tendencia a la superación puede llevar a la obsesión por el perfeccionismo, a la constante comparación con los demás y a sentirse frustrado y despreciable si no se consigue el nivel que se pretende alcanzar. La creciente carrera hacia la superación personal nos lleva frecuentemente a la autoexigencia excesiva y a considerarnos siempre imperfectos e imponernos metas cada vez más inalcanzables.

5.- LIGERA PREOCUPACIÓN Versus APREHENSIÓN

Existe ligera preocupación en una persona cuando, de acuerdo a sus conocimientos y experiencia, piensa que pueden ocurrir sucesos desagradables o se pueden esperar problemas futuros, pero, debido, a esa premonición, se prepara para afrontar los problemas y dificultades. Pero la excesiva preocupación, sin más actuaciones, nos lleva al sentimiento de aprehensión o estar permanentemente preocupados por todo lo malo que nos pudiera ocurrir, asumiendo, además en algunos casos, que somos merecedores de desgracias debido a causas personales o sobrenaturales.

Hablamos de ligera preocupación, no tanto de preocupación en general, ya que esta puede abarcar desde cierta inquietud por lo que pudiera pasar hasta la excesiva preocupación que es lo que hemos considerado aquí como aprehensión. Es curioso que la gente tienda a preocuparse no solo sobre las desgracias o problemas que pudieran pasar y de las que, a veces, no tenemos ningún control; sino también por cosas negativas que ya han sucedido y de las que no podemos poner ningún remedio o compensar de alguna manera los daños ocasionados. Es esa “rumiación” continua sobre un suceso adverso que “no nos lo podemos quitar de la cabeza”, nos viene como de forma automática, sin que, aparentemente, podamos controlar esas “avenidas”. Nos sorprendemos a nosotros mismos dando vueltas y vueltas a las cosas en la cabeza. La excesiva preocupación puede ser un primer paso para multitud de problemáticas de carácter grave o patologías de consideración, como son la depresión, la personalidad paranoide e incluso la esquizofrenia. Nos introduce en un mundo cada vez más alejado de la realidad, que se alimenta de sí mismo y sobre todo con material muy subjetivo, producido por la vorágine de nuestro pensamiento. De aquí que hemos de considerar a la excesiva preocupación como un sentimiento negativo poco apropiado, muy cercano a la depresión y al desánimo, con mezcla de sobresalto mental, ante los peligros que vaticinamos nos sobrevendrán.

Por su parte la ligera preocupación o inquietud tiene propiedades adaptativas, ya que nos prepara para afrontar los posibles inconvenientes que nos encontramos, nos mantiene alerta ante los riesgos que podemos adoptar, no nos deja desprevenidos ante situaciones que no habíamos calculado.

Por otra parte la excesiva preocupación, realmente no soluciona ningún problema, en todo caso nos añade muchos más, como ya hemos considerado. Si la solución a los problemas, inconvenientes o desgracias que nos encontramos, dependieran del alto grado de preocupación que adoptáramos, nos veríamos todos en todas las oficinas o centros de trabajo y en nuestras casas con el ceño fruncido continuamente, con grandes muestras de preocupación, para decirlo de forma gráfica e irónica.

Como creo que ha quedado patente, tampoco es conveniente la llamada “despreocupación” por los problemas. Sí viene bien para contrarrestar estados de preocupación excesiva, en estados vacacionales o de relajación, buscados para sacudirse el estrés cotidiano, pero como actitud a adoptar habitualmente, puede desembocar en apatía, desgana y falta de objetivos; al igual que en ningún caso nos facilita el hacernos cargo de problemas o situaciones que debemos resolver.



6.- CONTRARIEDAD Versus FRUSTRACIÓN EXCESIVA

Nos sentimos contrariados cada vez que no nos salen las cosas como nosotros teníamos previsto o como deseábamos que sucedieran. Cuando esto ocurre lo normal es tener un cierto sentimiento de frustración, pero pensamos rápidamente que “no necesariamente tienen que suceder las cosas como nosotros queremos que sucedan, ya que no hay ninguna norma que lo imponga”, pero sentimos un profundo sentimiento de frustración cuando pensamos “esto no debería sucederme nunca a mi y es horroroso que me suceda por no poder conseguir los objetivos que me propongo”

La frustración forma parte de la vida, es algo que aprendemos y sentimos desde la más tierna infancia, primero de manera bastante inconsciente, y que manifestamos de diversas formas, con el lloro y después con rabietas y pataletas. A edad adulta, se supone que estamos suficientemente “curados de espanto” de las continuas frustraciones que supone la vida. Es un sentimiento bastante humano, ya que los animales inferiores, aunque también la sufren no llegan a ser suficientemente consciente de ella y reaccionan ante la misma como inconvenientes para su adaptación y a la que tienen que dar respuesta inmediata con otras conductas adaptativas. Pero en el hombre la frustración llega a ser perfectamente consciente, ya que comparamos rápidamente los resultados que obtenemos respecto a los deseos que tenemos y con ellos los objetivos que nos habíamos fijado. Tal y como decíamos se supone que a edad adulta ya estaríamos acostumbrados a la misma, pero no siempre es así, debido, bien a que hemos tenido una infancia y juventud por la que, quienes nos educaron y cuidaron de nosotros, nos acostumbraron a no pasar contrariedades, a base de darnos todo hecho o satisfacer nuestras exigencias, o bien debido a que seguimos considerando que tenemos que conseguir todo lo que nos propongamos, sin impedimentos por parte de los demás o por circunstancias adversas. Para este tipo de personas, la frustración sigue constituyendo un gran problema para su madurez e incluso a veces tratará de compensar las frustraciones con recursos fáciles como adicciones, conductas compulsivas u otro tipo de conductas autodestructivas. Es lo que se llama “baja tolerancia a la frustración”, otro concepto clave en la TREC, y que denota por sí mismo una deficiente madurez personal. La baja tolerancia a la frustración se alimenta de la creencia irracional de que “es absolutamente necesario conseguir aquello que me proponga y no debo sufrir ninguna contrariedad” o “las cosas deben ser como yo quiero que sean y será horrible si no lo son”.

Reaccionar ante la adversidad con fuerte sentimiento de frustración denota esa baja tolerancia a la frustración y nos puede conducir a otros sentimientos negativos poco recomendables como la ira o la depresión.

Por el contrario, contar con que la vida en sí misma es, en gran medida, una cadena de frustraciones e inconvenientes que hay que ir superando con el trabajo y el esfuerzo, siempre que sea posible, o si no lo es, aceptarlo como algo inevitable, nos prepara para adaptarnos mejor y no sufrir fuertes sentimientos de disgusto y contrariedad. No dejaremos, en ningún caso, ante la frustración, de tener ciertos sentimientos de contrariedad, ya que somos conscientes de lo que queremos y de no poder conseguirlo, pero no caeremos en las redes del tormento emocional por un fuerte sentimiento de frustración.

7- DECEPCIÓN Versus SENTIRSE HERIDO

Sentimos decepción cuando alguien a quien consideramos que nos aprecia o nos ha demostrado anteriormente su amistad, nos falla en algún asunto que consideramos importante para nosotros, cuando esperamos otra actuación diferente de la que tuvo hacia nosotros, pero concluimos que “esa persona no está obligada a mostrarnos incondicionalmente su afecto y su disposición positiva hacia mí”. Al contrario nos sentimos profundamente heridos cuando afirmamos que ”esa persona no tiene derecho a fallarnos y tiene la obligación de aceptarme o corresponderme ya que así lo hizo en el pasado” o porque, por alguna norma no escrita, se debe comportar correctamente conmigo: en las relaciones esposa-esposo; padre/madre-hijos, amante-amante; jefe-subordinado, amigo-amigo, etc.

Habitualmente, la gente nos decepciona. Normalmente no examinamos con objetividad a las personas, entre otras cosas porque el hecho de hacerlo de forma habitual nos llevaría a la continua desconfianza, a la falta de relación y en definitiva a la soledad. Necesitamos confiar en los demás, de forma casi incondicional, al menos en un primer momento para favorecer las posibles relaciones futuras. Pero esto trae consigo el que haya muchas personas que a la larga nos decepciona, por diversos motivos: por cambios inesperados de la otra persona, porque esperábamos más de lo que el otro estaba dispuesto a darnos, por conflicto de intereses, por el sano sentido de que las personas anteponen sus deseos e intereses antes que los ajenos, etc. Por una u otras razones, mucha gente se comporta de manera contraria a como nosotros esperábamos, a menudo incluso en las mejores relaciones: de amistad duradera, relaciones dentro de la convivencia de pareja, e incluso en las relaciones familiares cercanas, padres-hijos, entre hermanos, etc. ¿Quiere decir esto que todas las relaciones son negativas a la larga? No, simplemente quiere decir que no existen las relaciones perfectas, que las relaciones en sí están formadas por momentos positivos y por momentos negativos. Cuando se presentan los momentos positivos, excelente, cuando se presentan los momentos negativos hay que hacer esfuerzos para mantener la relación, siempre y cuando ese aspecto negativo no rebase ciertos límites. De hecho las relaciones no se dan así como un hecho sin más, ni son al azar positivas o negativas. Las relaciones positivas se construyen día a día o momento a momento, poniendo parte de uno mismo, cediendo en algunos aspectos y solicitando en otros. El que las relaciones tengan aspectos positivos o negativos solo nos dice que la balanza para mantener las mismas viene determinada por el peso que tenga uno u otro aspecto, si es muy desajustado. No se puede tampoco mantener una relación a toda costa, por el hecho de mantenerla. A veces es conveniente romper con relaciones que lo único que nos hace es desgastarnos, provocarnos malestar y daño, tanto a una parte como por la otra.

Pero ante una situación de relación personal decepcionante se puede reaccionar, por nuestra parte, bien entendiendo que no necesariamente tenemos la obligación de llevarnos bien con los demás y por lo tanto sentir una sana decepción ante esta adversidad o bien, reaccionando de forma desproporcionada, con sentimiento de víctima, de habernos desgarrado alguna parte íntima y personal nuestra, es decir “sintiéndose herido”. Este sentimiento procede de la consideración de la persona que lo sufre de que “tiene derecho a ser correspondido en toda relación, no sufrir ninguna injusticia en el trato de los demás” y que “los demás tienen el deber de comportarse adecuadamente conmigo”, alegando todo tipo de justificaciones: porque yo le hice muchos favores, porque me he comportado muy bien con él o me he “desvivido” por él, porque es mi hijo, mi padre, mi esposa/o etc., cualquier tipo de justificación que queramos considerar. Con esto no se quiere decir que sea conveniente sufrir decepciones por parte de los demás, ni que tenga que ser lo habitual; solamente quiere decir que ante dichas situaciones adversas es conveniente adoptar una postura que no nos afecte tan negativamente que nos postre en un estado de extremo dolor. Siempre podemos, además, considerar posibles soluciones o compensaciones: quizá estando abierto a otras nuevas relaciones encontremos alguna que nos satisfaga más que la que dejamos.

Por otra parte hemos decir que estos sentimiento no solo pueden aflorar en casos de ruptura definitiva, sino en cualquier momento de una relación, lo que, para mantenerla en un futuro, si nos interesa, no es conveniente adoptar posturas extremas, que nos cierran las puertas a la mejora de la esa relación en el futuro. También tenemos que considerar aspectos que quizá no hemos considerado adecuadamente: los motivos por los que actuó así la otra persona, su estado emocional, sus preocupaciones, la forma distorsionada o no que nosotros mismos podemos tener al juzgar la actuación del otro, etc., es decir, que el hecho disruptivo en la relación no necesariamente tiene una lectura única o como nosotros la vemos exclusivamente.

8- DESILUSION  Versus  VERGUENZA.

Una persona siente desilusión cuando se comporta "de forma estúpida" en público, reconoce su acto estúpido, pero se acepta a sí misma. Se siente vergüenza cuando alguien reconoce que se ha comportado "de forma estúpida" en público y se condena por algo que no debiera haber hecho. Las personas que sienten apuro y vergüenza suelen predecir que su audiencia les va a juzgar negativamente, y en este caso suelen mostrarse de acuerdo con estos prejuicios.

Es cierto que en muchas ocasiones, cuando estamos siendo observados por una cantidad mayor o menor de gente, tenemos actuaciones poco agraciadas de las que nos podemos sentir poco conformes con las mismas, por que demuestran nuestra torpedad en ciertas habilidades, o nuestra falta de conocimiento, o errores, o dejarnos llevar por impulsos. Pues bien, un hecho muy importante a tener en cuenta es que nos puede ocurrir a muchas personas, no solo a unas pocas “ineptas”. Podemos reaccionar ante tales situaciones con un fuerte sentimiento de vergüenza o solamente con cierta desilusión hacia nosotros mismos por no haber sido capaces de actuar más adecuadamente y ofrecer una imagen más positiva de nosotros ante los demás. En el fondo de estos sentimientos, también está implicado el concepto ya considerado de la autoaceptación. Si nos consideramos a nosotros mismos dignos de valor, por el hecho de ser personas y estar aquí, solamente, entonces el sentimiento de vergüenza no va a ser tan intenso, ya que no nos sentimos contaminados con la idea de que “deberíamos actuar siempre de forma adecuada en situaciones sociales”.

Ante la mayoría de estos sentimientos y emociones, la gente puede pensar: “es imposible que controlemos esa emoción, se presenta independientemente de la voluntad de uno mismo. Es casi inmediata”. No es cierto, aparentemente se presenta de forma inmediata, porque las conexiones nerviosas en el hombre tienen una velocidad mayor de la conciencia que podamos tener sobre las mismas. Y, aunque nos parezcan incontrolables, dichas emociones, de hecho se pueden controlar en el futuro cuando partimos de una manera de pensar diferente: “nadie es perfecto, todos podemos equivocarnos” y en cualquier momento es posible que me comporte de forma inepta y poco acorde con mis expectativas y las de los demás. Para corroborar el hecho de que tras los sentimientos de vergüenza se encuentra algún tipo de pensamiento exigente sobre cómo debemos comportarnos, solo tenemos que pensar en la falta de ese sentimiento en los niños o enfermos mentales, que no tienen asumidas esas premisas.

Con todo esto no se trata de llegar a ser, en el extremo opuesto, un “sinvergüenza”, que no nos importe como nos comportamos ante los demás o, peor aún, que no nos importe si incluso hacemos daño a los demás. Solamente se apela a no sentirse emocionalmente abrumado por un fuerte sentimiento de vergüenza, que en el futuro nos bloquea mucho más para una buena actuación o nos genera conductas de evitación neurótica. Si es conveniente ser consciente de nuestra actuación deficiente, sentir por ello cierta desilusión o decepción ante nosotros mismos y analizar en que hemos fracasado o errado para poder comportarnos mejor en el futuro.

Se podrían añadir varias parejas de emociones más. Todas ellas tienen en común que forman parte de un continuo, que aunque sean ambas de carácter negativo, la perturbación emocional se produce normalmente cuando la intensidad emocional negativa se hace más pronunciada, no en los casos de manifestación moderada. En estos casos son emociones adaptativas, es decir, nos pueden ayudar a un mejor comportamiento y una mayor adaptación a la realidad en el futuro. Si no fuera así, no tendría sentido haberlas desarrollado a lo largo de nuestra larga evolución en la especie.

En los gráficos del apéndice I se pueden apreciar propuestas para superar círculos viciosos para las tres emociones que hemos considerado de mayor importancia, para la ansiedad, la depresión y la ira.

CRITERIOS DE SALUD MENTAL SEGUN LA T.R.E.C. 

  Debemos, sobre todo, a Albert Ellis, la consideración de los siguientes aspectos que los elevó a pilares donde fundamentar la salud mental, principios, todos ellos racionales, en contraposición a las creencias irracionales que antes hemos considerados. Otro autor en concordancia con la teoría de la Terapia Racional Emotivo-Conductual, Wayne Froggatt, también ha analizado en profundidad estos aspectos en su libro: “Doce principios racionales”.

Todos ellos son principios que podríamos considerar de tipo filosófico, pero no en el sentido de que elucubren sobre aspectos alejados de la realidad o muy abstractos e inalcanzables intelectualmente, sino en el sentido popular de filosofía, que es la idea que hemos sugerido con el titulo de este Libro, de que son principios o actitudes orientativas, para desenvolvernos en la sociedad de una manera más racional y adaptativa. Vamos a comentarles uno a uno. Lógicamente tampoco son un número cerrado de ellos, solo son los que se pueden considerar más importantes:

1.- INTERÉS EN SI MISMOS:

Las personas sensatas y sanas emocionalmente suelen interesarse en primer lugar por sí mismas, y colocan sus propios intereses, al menos, un poco por encima de los intereses de los demás. También miran y se esfuerzan hasta cierto punto por aquellos a quienes quieren, pero sin que esto les llegue a anular personalmente.

Esto puede parecer a mucha gente una actitud egoísta, pero no nos engañemos, todo ser vivo mira primeramente por sí mismo, su supervivencia y su bienestar. Por el hecho de que el ser humano tiene una capacidad especial de desarrollar un alto sentido moral y ético hacia los demás; no deja de ser una desviación morbosa el olvidarse de sí mismo e incluso sacrificarse en alto grado para atender las necesidades de los otros. Puede parecer muy loable pero sobrepasa lo racionalmente requerible. Muchas de estas personas, además, se sienten en su intimidad con el derecho a una recompensa por parte de alguien, alguna institución o incluso a una futura recompensa en “otro mundo”. Recompensas que, por lo general, nunca llegan y en el peor de los casos nos encontramos con el desdén y el desprecio de aquellos a los que entregamos nuestro esfuerzo y dedicación.

Es, pues, muy recomendable no hacernos caso de aquellas llamadas consciencias ultramorales, que pretenden hacernos sentirnos culpables por dedicar esfuerzos hacia nosotros mismos, en vez de dedicarlos solo a los demás. Es un falso moralismo, que luego, en la práctica, casi nadie sigue con verdadera dedicación.

Todo ello no quiere decir que solo hemos de mirar por nuestros intereses, ni mucho menos. Estamos dispuestos a hacer cosas por los demás, sobre todo por las personas que queremos y con los que nos sentimos cercanos, pero no a costa de comprometer nuestra independencia y nuestro propio bienestar emocional. El vivir en sociedad también nos impele a que tengamos en cuenta a los demás y que procuremos el bienestar para otros, por que visto incluso desde un punto de vista “egoísta inteligentemente”, ello redundará en nuestro propio bienestar al crear una ambiente social más armonioso y comprometido.

Una persona absolutamente egoísta es despreciable por que con su postura no es que solo se tenga en cuenta a sí mismo sino que, sobre todo, no tiene en cuenta para nada a los demás, y su condena es la soledad y el desprecio del resto de personas de su ambiente social. El profundo egoísmo nos lleva a la desconfianza hacia los demás, a sentimientos negativos como la envidia, el obstruccionismo hacia los objetivos de los demás y la reducción de su campo de visión y actuación sólo hacia intereses personales.

De la misma manera, una persona que se dedique solo y exclusivamente a los demás, llega a adquirir una personalidad dependiente, respecto a las necesidades de los que atiende. Tampoco podemos reforzar la conducta de aquellos a los que diligentemente nos dedicamos y no nos corresponden (cuando estos pueden hacerlo) de ninguna manera, ya que alimentamos el egoísmo de los que servimos y su tendencia a aprovecharse del esfuerzo de otros.

Para muchos psicólogos actuales, la capacidad de interesarse y esforzarse por los demás parte de la capacidad por interesarse por uno mismo.

Por todos estos motivos concluimos que es una actitud sana y racional el tener un interés hacia uno mismo primero, sin descuidar el interés por los demás, que es el siguiente principio racional.

2.- INTERÉS SOCIAL:

El interés social es racional y positivo, porque la mayoría de las personas necesitan vivir en una comunidad y optan por integrarse y divertirse en un grupo social; si no protegen los derechos de los demás, y favorecen la vida en sociedad, es poco probable que lleguen a crear un mundo en el que ellos mismos puedan vivir cómoda y felizmente.

Este es el principio que complementa al anterior. Es natural que además de tener interés por uno mismo, en nuestro caso, seres sociales y que hemos construido la vida en torno a una sociedad, tengamos intereses sociales. La vida en sociedad nos ha demostrado la utilidad de la misma frente a la vida en solitario. Pero además no solo en el aspecto de supervivencia nos ha ayudado este sistema social, sino que gracias a la vida en sociedad, con toda la organización compleja que conlleva, ha hecho que nuestra evolución y superación se haya incrementado exponencialmente y suponemos que seguirá hasta metas insospechadas en la actualidad. Determinados animales inferiores, como el tigre y el leopardo han evolucionado para vivir de forma individualizada la mayor parte de su vida, solo tienen relaciones muy esporádicas con otros animales y del sexo opuesto, con el fin de contribuir a la procreación para mantener la especie. Pero la mayoría del resto de animales o bien forman familias nucleares o, al igual que nosotros forman sociedades complejas de muchos individuos. A la mayoría de este tipo de sociedades les suele ir mejor que a los demás en su evolución. En el caso del hombre, vivir en sociedad es, en la actualidad, consustancial con el individuo, apenas nos podemos imaginar que alguien puede vivir de forma absolutamente independiente.

Un paso más allá del vivir en sociedad es mostrar interés por relacionarse con los demás e integrarse en asociaciones diversas con diferentes intereses o por distintos motivos, de tipo creativo, de ocio, deportivas, laborales, etc. En muchos casos integrarse en este tipo de asociaciones llega a tener la importancia de organizar toda una vida entorno a las mismas y un referente y motivación para vivir una vida más plena y feliz. La no integración en grupos y asociaciones, y el tratar de llevar una vida excesivamente independiente, nos conduce al egoísmo, la falta de comprensión de los demás y sus intereses y la estrechez y falta de miras sobre la problemática social, en el plano intelectual y en el aspecto emocional, la falta de calor, apertura hacia los demás, afecto y tantas emociones positivas que solo se consiguen integrándose socialmente en grupos con intereses cercanos y relacionándose con otras personas.

Creo que no es necesario insistir más sobre la importancia de este principio.

3.- AUTODIRECCIÓN Y RESPONSABILIDAD:

La gente sana asume la responsabilidad de su vida al mismo tiempo que colabora con los demás. Este tipo de personas no exigen ni necesitan demasiada ayuda de los otros.

Este principio parece que estuviera en contradicción con el anterior, pero es plenamente compatible con el mismo. Si antes decíamos que era muy conveniente integrarse en grupos, ayudar a los demás y defender sus derechos, ello no está en contra de mantener personalmente una postura de responsabilidad personal respecto a lo que queremos en la vida. Lo contrario nos crearía una fuerte dependencia a lo que pudiera decidir un grupo, o lo que es peor, lo que quisiera decidir un líder de ese grupo que estableciera todas las metas y actuaciones a los individuos que forman el grupo. Con ello tampoco queremos decir que en un grupo, la existencia del líder sea negativa, queremos decir que dejar que el líder decida todo por los demás puede conducir a situaciones muy negativas de las que somos plenamente conscientes: casos de dictadores, de gurús de sectas destructivas etc. Defendemos la participación en grupos, la colaboración y cooperación con los demás, pero en ningún caso aceptamos que esas personas se integren de forma acrítica, sacrificando su libertad y capacidad de decisión personal por lo que nos dicte otra persona. Estaríamos cayendo en la dependencia hacia otros, y como toda dependencia la anulación de la persona dependiente. Es lo correspondiente a la idea irracional de depender y confiar en alguien más fuerte que nosotros para que nos salve de los problemas que nos podamos encontrar. Esto nos convierte en personas infantiles, un retroceso a momentos de la vida en la que estábamos indefensos e inválidos e incapaces ante muchos de los problemas de la vida.

La autodirección personal como principio racional y de salud mental es un principio de madurez, de desarrollo personal, sin necesidad de negar la entrega y la cooperación con los demás en aquello que consideramos importante defender o apoyar.

Con ello tampoco negamos la posibilidad de integrarnos en asociaciones o sociedades o grupos en los que haya una cabeza visible o líder, ya que muchas de nuestras organizaciones, por no decir prácticamente todas, lo tienen. Lo que si deberíamos es estar alerta para entender la racionalidad de las propuestas o normas que emanan de ese líder, y sopesar siempre en todo caso, ante desavenencias, si nos compensa seguir integrados a pesar de tener ciertos aspectos en contraposición con lo que nosotros pensamos, o si, por el contrario, son tales las desavenencias y los problemas que nos genera, que no merezca la pena continuar en dicha asociación o grupo. Mantener, sobre todo, el espíritu crítico; no sacrificar nuestra independencia y nuestra capacidad para dirigir nuestra vida de acuerdo a lo que nosotros consideramos importante o apropiado.


4.- ALTA TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN:

Los individuos racionales cuentan con la posibilidad de que, en este mundo, no se pueda conseguir lo que uno ansía y se otorgan a sí mismos y a los demás el derecho a equivocarse. Se abstienen de condenarse o de condenar a otros como personas, por un comportamiento inaceptable u ofensivo, incluso aunque les desagrade mucho su propia conducta o la de los demás. Las personas que no se atormentan por un fuerte distres emocional, siguen la línea de St. Francis y Reinhold Niebuhr, cambiando las condiciones adversas que sean susceptibles de modificarse, y aceptando las que no pueden cambiarse, y teniendo la sabiduría de diferenciar las dos cosas. Principio seguido en muchas comunidades terapéuticas para vencer adicciones y problemas de conducta.

Ya hemos comentado algo antes respecto a este aspecto. La capacidad de tolerancia a la frustración es un baremo importante en la medida de la madurez y sentido de la realidad de una persona. No es más persona el que ha tenido más frustraciones (aunque el superarlas ayuda a conseguir una alta tolerancia), sino el que es capaz de aprender que hay que tolerar la frustración ya que a veces no conseguimos nuestros intereses, deseos y objetivos, y lo tenemos que aceptar así, por que no hay otra opción.

Hay muchas cosas que no podemos cambiar, bien por impedimentos físicos o porque no está en nuestras manos ninguna acción para cambiarlas. Por ejemplo, algo muy difícil de cambiar es la conducta o la forma de pensar de los demás, no porque sea imposible, sino por que, en última instancia depende de la persona misma que tiene que cambiar. Eso a lo que supuestamente nos dedicamos los psicólogos, o la idea vulgar que tiene mucha gente de que el Psicólogo es el que “debe cambiar” la conducta de las personas, sobre todo de aquellas que tienen un comportamiento indeseable. Esto, en gran parte, es una falacia. El psicólogo es un profesional que básicamente ayuda a que las personas cambien, a través de diversas técnicas; las que realmente cambian son ellas mismas. Pues bien para aquellas cosas en las que nuestra influencia puede ayudar a cambiar, en todo caso con un fin productivo, para superar problemas, dificultades etc., deberemos hacer lo posible, pero para todas aquellas otras que no podemos cambiar y que nos perjudiquen, tendremos que adoptar una postura de tolerancia hacia la frustración que nos procuran.

Lo contrario, la baja tolerancia a la frustración, es la que nos lleva a conductas compensatorias, a veces destructivas, como conductas agresivas hacia lo que consideramos origen de la frustración, sean cosas o personas, otras veces conductas que aparentemente nos sirven para equilibrar el estado de disgusto y ansiedad que nos provoca esa frustración, mediante conductas adictivas, evasivas, compulsivas, de autocastigo, etc.

5.- FLEXIBILIDAD:

La gente sana y madura suele ser de ideas flexibles, abierta al cambio, pluralista y no fanática cuando opina sobre demás. No dictan normas fijas y rígidas para sí mismos ni para los demás.

La flexibilidad mental es un signo de madurez y apertura a los demás. La necesidad de ser flexible subyace en toda la teoría de la TREC, dado que precisamente consideramos que la mayoría de los problemas mentales en las personas vienen determinados por unas formas excesivamente rígidas y dogmáticas de pensar. Son estos dogmatismos en su forma de “deberías”, “tendría que”, “es absolutamente necesario que”, las que torturan las mentes de las personas, les atenaza, no deja margen de probabilidad, de posibilidad alguna, ni de cambio ante los problemas. Incluso en aspectos de justicia, en los que se tiene que aquilatar bien la normativa, existen posibilidades de interpretación por parte de los jueces; aunque en este caso la flexibilidad se demuestra en una sociedad, en la posibilidad de cambiar la norma y las leyes de acuerdo a los avatares y avances sociales. En el terreno personal, el disponer de flexibilidad a la hora de enjuiciarnos a nosotros mismos y a los otros, tanto en nuestras conductas como sobre todo en cuanto personas, es una garantía para la empatía, tan necesaria para las relaciones sociales y para dejar abierta la posibilidad para el cambio en aquellos comportamientos que lo requieran o sea aconsejable. En algunas culturas, hablar en términos de “deberías” se ha convertido en un hábito tal que, cuando recaemos en esa costumbre en el hablar, llegamos a admitir que queríamos decir una multitud de interpretaciones para esas palabras, en términos de “sería aconsejable”, “sería conveniente” etc. (Ver ejercicio práctico “¿Razona Ud. Bien?”). Pero esta forma de hablar, en muchos casos nos hace más rígidos y dogmáticos, con menor tolerancia, tanto hacia nosotros mismos como hacia la gente con la que nos relacionamos. En la lengua anglosajona inglesa, existe una diferencia entre el “should” y el “could”, en términos de podría o debería, sin excesiva rigidez y el “must” que se refiere a un deber más estricto o normativo.

6.- ACEPTACION DE LA INCERTIDUMBRE:

Los hombres y mujeres sanos aceptan la idea de que vivamos en un mundo de probabilidades y en continuo cambio, donde no existe la certeza absoluta y probablemente nunca existirá. Se han dado cuenta de que vivir en este mundo de incertidumbres y probabilidades a menudo resulta fascinante y no necesariamente es horrible o desagradable. Les gusta que haya armonía y seguridad pero no exigen saber con exactitud lo que les deparará el futuro, y qué les puede llegar a suceder.

La tendencia de las personas en su forma ideal de pensar y ver las cosas, sobre todo en las sociedades avanzadas en las que nacemos con todo tipo de protección, por lo general, es el considerar que el mundo entero tiene una armonía y es bastante seguro, que las cosas cambian pero muy poco a poco, idealmente adaptado a lo que podemos ir asimilando; y a veces luchamos para que esto sea así, sin cambios bruscos. Todo ello, en gran parte es debido a nuestra natural tendencia a la supervivencia, a no padecer sufrimientos, a mantenernos vivos en las mejores condiciones, a no sufrir contrariedades ni problemas, tanto físicos como psicológicos. Tanto es así, que incluso, muchas religiones y corrientes de pensamiento tienden a considerar que el mundo en sí tiene que ser armonioso y predictible y que todo lo que lo contraviene es ocasionado por gente malvada y depravada o por acontecimientos de la madre naturaleza que se comporta así porque un ser superior lo quiere como castigo a nuestras conductas despreciables o pecados cometidos. Más aún, también llegan a pensar que el verdadero paraíso se encuentra en otra vida, más placentera, sin inconvenientes y en la que supuestamente todos seremos “felices”, sobre todo los que en este mundo lo han “merecido”. Pues bien, esto es una visión idílica de nuestro paso por esta vida, que nadie tiene la certeza de que se cumplirá. Estas formas de pensar vienen propiciadas por esa “necesidad” humana de la predicción, de vivir con comodidades, y no aceptar los posibles cambios, sobre todo para sufrir.

Pero es evidente que en este mundo nada es predecible, al cien por cien, muchas cosas si se pueden predecir, gracias a los avances científicos, por descubrimiento de leyes con cierta probabilidad de repetirse; pero considerar que vivimos en un mundo totalmente seguro es una utopía. Existe la incertidumbre, la probabilidad, la duda, los cambios continuos, a veces bruscos. Y quizá sería más conveniente y sano aceptarlo como tal e incluso llegar a disfrutar con esa incertidumbre (no de las desgracias, claro está), dado que si todo fuera perfectamente predecible no tendría ningún aliciente ni motivación el seguir viviendo y tratar de superarnos ante las dificultades. A pesar de todo, fuera o no conveniente, es una realidad que este mundo no es predictible ni seguro, en todo caso podemos predecir el futuro más bien a corto plazo.

Por otra, el hecho de que este mundo no sea totalmente predictible es el que lo hace a veces mucho más interesante. En un mundo con muy pocos cambios llegaríamos rápidamente a sentirnos aburridos y poco motivados, con una vida excesivamente anodina y poco estimulante. Por tanto, es mejor que sigamos sorprendiéndonos con las posibilidades inmensas que nos proporciona la vida.

7.- COMPROMETERSE EN OCUPACIONES CREATIVAS:

Para la mayoría de las personas resulta saludable y satisfactorio el implicarse de forma vital en actividades y cosas externas a sí mismos, y a poder ser tener algún interés creativo. En ciertos individuos este interés es de tipo humanitario y voluntarista, y lo consideran tan importante, que organizan a su alrededor gran parte de sus vidas.

Hay personas que parecen no tener ningún interés personal, ninguna afición y no saben a que dedicar su tiempo libre. Algunos se han centrado tanto en su trabajo exclusivamente que llegado el momento de la jubilación o en situaciones de vacaciones o estar desocupado por estar convaleciente de alguna enfermedad, le supone un periodo de tiempo penoso que no sabe como llenar, se convierte en un aburrimiento continuo, de tal manera que prefieren volver al trabajo a encontrarse en una situación de ocio y sin ocupación. Para estas personas, que parecen estar guiadas únicamente por su sentido del deber o la obligación, el tiempo de ocio es un tiempo a evitar a toda costa.

Con ello no queremos decir, tampoco, que el trabajo en sí tenga que ser algo tedioso, o poco agradable o nada creativo. Hay trabajos que llenan a las personas que lo realizan, bien porque les gusta, porque se sienten realizados o porque colman plenamente sus aspiraciones. Pero esto suele ser casi las excepciones, dado que, mucha gente se ve obligada a realizar trabajos para ganarse la vida solamente, no para realizarse. Quien tiene la suerte de trabajar en lo que le gusta y le satisface puede estar de enhorabuena.

Pues bien, para todos aquellos, que pueden ser muchos, que realizan su trabajo solo para ganarse la vida, como algo obligatorio, pero no algo que considere que les realiza, es necesario también desarrollar intereses, aficiones, integrarse en sociedades o asociaciones en las que tenga que tratar con personas y realizar una labor enriquecedora, tanto en el plano creativo, artístico o de ayuda y dedicación a personas que la necesitan. Y hemos dicho bien, desarrollar, o alimentar, alentar estas dedicaciones. No tengamos la actitud de quien considera que “para eso hay que valer”, “te tiene que gustar”, “hay que ser competente”, etc., todas estas excusas solo sirven para que no nos dediquemos nunca a ocupaciones creativas y placenteras, hace que nos perpetuemos en aquella postura de realizar solo nuestra “obligación” y no saber que hacer con nuestro tiempo libre y tiempo de ocio; hace que, en definitiva, consideremos aburrida la vida, sin mucho sentido, a la vez que sin disfrutarla en el más amplio sentido de la misma. Toda afición y actividades de interés se acrecientan con la práctica y la dedicación, con la entrega habitual a la misma; y nuestro sentido de la vida se forma en torno a estas actividades. No necesariamente son mejores o peores, más o menos dignas; todas tienen su interés y su importancia para quien las realiza.



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