La teoría crítica, ayer y hoy



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segundo error de Marx, dice Horkheimer, es que las crisis continuas que Marx pronosticaba para el capitalismo no han sucedido. Observa que la fecha de publicación de la conferencia es 1970. Entre la crisis del 29 y 1970 el modo de producción capitalista experimentó un crecimiento continuo gracias a las políticas de John Maynard Keynes quien, en tiempos de crisis, sugirió que el Estado debería intervenir en la economía, crear grandes infraestructuras y, consiguientemente, puestos de trabajo. La alternativa soviética, por el contrario, se desplomó debido a la carrera armamentística con Estados Unidos.

Si Horkheimer viviese hoy su discurso sería radicalmente diferente. La crisis del petróleo de 1973 fue el principio de una serie de caídas periódicas de la Bolsa que funcionaron exactamente como Marx predijo: acumulación de la riqueza en unas pocas manos y extensión de la pobreza. A la crisis del petróleo le siguió la de las empresas vinculadas a internet (las puntocom) en los noventa y en la primera década del siglo XXI la burbuja inmobiliaria.  La solución a la crisis de 2008 en Europa actual no pasa por las teorías de Keynes sino por un neoliberalismo brutal que recorta en Sanidad y Educación para salvar a la banca. Este retroceso del capitalismo era algo que Horkheimer no supo prever.

“En segundo lugar, es evidente que las crisis económicas graves son cada vez menos frecuentes. En gran parte pueden impedirse mediante intervenciones de tipo económico-político.” Pobre Horkheimer…:)

El tercer error de Marx se refiere a la sociedad perfecta que Marx planteó como utopía. Es imposible porque justicia y libertad son ideales contradictorios. A mayor justicia, menor libertad. Si queremos que las cosas se hagan justamente será necesario prohibir a las personas imponerse unas a otras. A mayor libertad, menos justicia porque los más capacitados se impondrían a los más débiles.

Es evidente aquí la presencia de la vieja polémica entre sofistas como Calicles y Trasímaco, defensores de la libertad del más fuerte, y Sócrates, defensor de la igualdad. Este enfrentamiento se prolonga en la obra de Nietzsche que toma partido por los sofistas.


El camino de la sociedad que por entonces comenzamos a vislumbrar y que ahora juzgamos, es completamente diferente. Hemos llegado a la convicción de que la sociedad se desarrollará hacia un mundo administrado totalitariamente. Que todo será regulado, ¡todo! Precisamente cuando se haya llegado al punto de que los hombres dominen a la naturaleza, y todos tengan suficiente comida y nadie necesite vivir peor o mejor que el otro, porque cada cual podrá vivir de un modo bueno y agradable, entonces tampoco significará ya nada que uno sea ministro y el otro simplemente secretario, entonces acabará siendo todo igual. Entonces podrá regularse todo automáticamente, tanto si se trata de la administración del Estado, como de la regulación del tráfico o de la regulación del consumo. Esta es una tendencia inmanente en el desarrollo de la humanidad, tendencia que, sin embargo, puede ser interrumpida por catástrofes. Estas catástrofes pueden ser de naturaleza terrorista. Hitler y Stalin son síntomas de ello. En cierto modo, quisieron realizar la unificación demasiado deprisa y exterminaron a los que no se ajustaban a ella. Tales catástrofes pueden ser ocasionadas por la competencia, la cual ha pasado de los individuos a los Estados y finalmente a los bloques, y conduce a guerras que interrumpen por completo todo el desarrollo. Piensen ustedes en la bomba de hidrógeno y todo lo demás, por ejemplo, bombas capaces de infectar con bacterias a países enteros.

En la segunda etapa de la teoría crítica Horkheimer quedó convencido de que la sociedad se desarrolla hacia un mundo administrado totalitariamente en el que todo estará regulado. Una vez que se haya consumado el desarrollo tecnológico suficiente para alcanzar, tanto en el capitalismo como en el comunismo, la igualdad económica, la sociedad sin clases, la satisfacción plena de las necesidades de todos, el Estado será omnipresente en todos los asuntos humanos. Observa que sus predicciones no se alejan mucho de nuestra actual obsesión por el control: cámaras de seguridad, las redes sociales, propaganda mediática, marketing político…



Miguel Brieva: “la sociedad se desarrollará hacia un mundo administrado totalitariamente. Que todo será regulado, ¡todo!”

Evidentemente esta evolución puede ser interrumpida por causas naturales o de naturaleza terrorista como los proyectos de Hitler o Stalin, que intentaron llevar a cabo ese proyecto demasiado aprisa. También pueden frenarlo las rivalidades entre los Estados, una guerra nuclear, por ejemplo. Es decir, si una catástrofe no lo impide el curso de la historia está ya sentenciado: el individuo será absorbido por el Estado.

Los peligros de las sociedades modernas vienen de planteamientos organicistas que ya estaban presentes en la República de Platón o las utopías marxista o nacionalsocialista. La desaparición del individuo bajo el manto de un orden social totalmente regulado es, para Horkheimer, el verdadero peligro. Y no sólo afectará a las sociedades comunistas sino también a las democracias capitalistas occidentales.


Así, nuestra teoría crítica más moderna ya no defiende la revolución, porque, después de la caída del nacionalsocialismo, en los países del Occidente, la revolución se convertiría de nuevo en un terrorismo, en una nueva situación terrible. Se trata más bien de conservar aquello que es positivo, como, por ejemplo, la autonomía de la persona individual, la importancia del individuo, su psicología diferenciada, ciertos factores de la cultura, sin poner obstáculos al progreso.

Por ello, la nueva teoría crítica no defiende ya la revolución marxista. Después de la caída del nacionalsocialismo una revolución no sería más que otra acción terrorista. Se trata únicamente de conservar lo que es positivo, “la autonomía de la persona individual, su psicología diferenciada y no poner obstáculos al progreso”, es decir, las ideas básicas del liberalismo de Locke.



Así, nuestra monarquía parlamentaria tiene una serie de rasgos que la conectan con las características menos deseables de la constitución republicana de Kant: el ideal ilustrado del “piensa por ti mismo” queda castrado por el imperativo hobbesiano de la obediencia a la ley. Además, el Jefe del Estado, el Rey, está por encima de las leyes como el tirano de Hobbes. En el artículo 56 de la Constitución puedes leer: “La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad.”





“la autonomía de la persona individual, su psicología diferenciada y no poner obstáculos al progreso”


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