La protección de la dependencia


Los cambios en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al trabajo



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Los cambios en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al trabajo.

Tradicionalmente, han sido las familias las que han asumido el cuidado de las personas dependientes, a través de lo que ha dado en llamarse “apoyo informal”. Para ser más exactos, habría que puntualizar que esa función recae, casi en exclusiva, en las mujeres del núcleo familiar (esto es, en las madres, cónyuges, hijas o hermanas de las personas dependientes), y, dentro de éstas, en las mujeres de mediana edad, sobre todo en el grupo formado por las que tienen entre 45 y 69 años.


El incremento cuantitativo de las situaciones de dependencia, motivado por el envejecimiento de la población y por el incremento de la morbilidad, coincide en el tiempo con cambios importantes en el modelo de familia y con la incorporación progresiva de la mujer al mercado de trabajo, fenómenos ambos que están haciendo disminuir sensiblemente la capacidad de prestación de cuidados informales, haciendo que el modelo de apoyo informal, que ya ha empezado a hacer crisis, sea insostenible a medio plazo. Esa insostenibilidad se debe, por una parte, a razones estrictamente demográficas, pues cada vez existen menos mujeres en edad de cuidar y más personas que precisan cuidados de larga duración, y esta brecha se está incrementando con el paso de los años: si en el año 1991 había más de doce mujeres de entre 45 y 69 años por cada persona mayor de 85, en la actualidad hay ya menos de nueve, y en el año 2021 serán menos de siete.
Evolución del indicador de potencial de cuidados a las personas mayores





Índice A

Índice B

Índice C

1991

1,00

2,44

12,06

2001

0,85

1,96

8,86

2011

0,89

1,75

7,24

2021

0,94

1,98

6,70

Índice A: mujeres de entre 45 y 69 años por cada persona mayor de 65 años

Índice B: Mujeres de entre 45 y 69 años por cada persona mayor de 75 años

Índice C: Mujeres de entre 45 y 69 años por cada persona mayor de 85 años


Elaboración propia a partir de FERNÁNDEZ CORDÓN, J. A.: “Proyecciones de Población Española”. (Hipótesis A). Madrid. FEDEA. Documento de Trabajo 98-11, 1998.

Pero no se trata sólo de un problema de número. La insostenibilidad del modelo de apoyo informal se debe también a las transformaciones que están experimentando las estructuras familiares, que, sumariamente, se concretan en la sustitución de la familia extensa, que proporcionaba asistencia y proveía de recursos a todos sus miembros por núcleos familiares más reducidos; en el desdibujamiento del perfil de institución permanente de la familia, que se traduce en un incremento del número de separaciones, divorcios y nuevos matrimonios; en la creciente movilidad geográfica de los distintos miembros de la familia, que aleja a los familiares directos y debilita las redes de solidaridad familiar; en la variedad de modelos familiares coexistentes (incremento de personas que viven solas, familias monoparentales, uniones de hecho, etc.); en la democratización en las relaciones intergeneracionales y entre los miembros de la pareja; en la permanencia de los hijos en la casa familiar hasta edades que llegan a superar los 30 años, y, sobre todo, en los cambios profundos en la posición social de las mujeres y, por ende, en el rol tradicional dentro de la familia, al que las confinaba una sociedad patriarcal y profundamente segregadora de las mujeres .


Este conjunto de circunstancias ha sometido a la familia a importantes tensiones de adaptación. La institución familiar sigue cumpliendo sus funciones clásicas, pero se ha visto obligada a hacer frente, además, a nuevas demandas, como resultado del retraso en el proceso de independización de los hijos y de la mayor carga de cuidados que supone el incremento en el número de personas en situación de dependencia. Estas cargas recaen fundamentalmente, como ya se ha indicado, en las mujeres de las generaciones intermedias, y entran en contradicción directa con las demandas derivadas del cambio que se está produciendo en el rol social de las mujeres, que se están incorporando de manera muy activa al mundo del trabajo retribuido y al conjunto de las instituciones sociales. Las exigencias de la emancipación social de las mujeres alteran profundamente un estado de cosas insostenible.
Entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa, la participación laboral de las mujeres en las edades centrales cambió radicalmente. En 1994 eran activas un 71 por 100 de las mujeres entre 25 y 29 años, cuando diez años atrás la proporción era del 52 por 100. En el siguiente grupo de edad (entre 30 y 34 años), donde tradicionalmente se producía la retirada casi definitiva de buena parte de las mujeres anteriormente activas para dedicarse a la crianza de los hijos y, en general, al trabajo doméstico, la tasa de actividad pasó del 39 por 100 en 1984 al 63 por 100 en 1994. Seis años más tarde, en el tercer trimestre de 2000, la tasa de actividad había vuelto a crecer en estos dos grupos, y se situaba en un 77,5 por 100 para las mujeres entre 25 y 29 años, y en un 70,3 por 100 para las que tenían entre 30 y 34 años. La distancia en estos dos grupos de edad con los mismos grupos de varones era, en 1984, de 41 y 58 puntos porcentuales, en 1994 de 18 y 31, y en 2000 de 11 y 25.
Evolución de las tasas específicas de actividad femenina por grupos de edad, 1987-2000



Años

Grupos quinquenales de edad

Total

16-20

20-24

25-29

30-34

35-49

40-44

45-49

50-54

55-59

60-64

65-69

70 y +

1987

38,2

61,9

61,1

50,0

39,1

36,7

31,4

27,3

22,2

16,6

4,8

0,8

31,0

1988

37,7

64,5

62,8

51,4

42,1

37,4

33,6

27,8

23,1

16,7

4,7

0,9

32,5

1989

32,9

62,2

64,2

53,7

45,6

39,0

33,5

28,4

24,1

15,3

4,1

0,7

32,7

1990

31,8

61,5

64,8

56,4

49,6

41,0

34,7

29,2

23,0

15,2

3,9

0,7

33,3

1991

28,6

61,6

66,0

58,9

52,1

43,0

36,4

31,0

22,4

15,9

3,1

0,6

33,3

1992

27,7

58,7

66,2

58,5

53,9

47,2

37,3

32,2

24,1

16,6

3,9

0,6

34,1

1993

26,8

58,5

68,6

62,2

57,2

47,2

40,0

31,8

23,7

15,9

4,0

0,5

34,5

1994

25,2

59,0

71,1

61,9

59,2

52,3

41,5

33,5

23,9

15,2

3,2

0,6

35,7

1995

24,1

58,7

71,7

63,8

60,1

53,3

44,1

35,1

25,2

15,1

3,1

0,8

36,1

1996

23,1

57,3

74,4

64,7

61,6

55,4

46,0

35,5

26,1

15,6

2,7

0,4

36,9

1997

22,4

56,7

74,3

66,8

61,4

57,5

48,6

37,5

26,5

15,9

2,5

0,2

37,4

1998

21,5

56,8

75,3

67,1

62,3

58,8

48,6

38,8

27,9

15,8

2,4

0,3

37,7

1999

22,7

57,3

76,3

68,7

63,6

59,2

50,7

38,6

27,3

15,5

2,5

0,3

38,1

2000

22,4

57,8

77,5

70,3

65,3

62,0

54,4

40,8

29,1

16,5

2,5

0,3

39,7


Elaboración propia a partir de INE, Encuesta de Población Activa. Los datos se refieren al tercer trimestre de cada año.

De acuerdo con tales datos, en los últimos años se ha producido una incorporación progresiva y creciente de la población femenina al mercado laboral, cada vez con mayores cualificaciones y niveles formativos. Sin embargo, la persistencia de la tradicional asignación de roles sociales entre los sexos continúa afectando negativamente a su integración y promoción social y laboral. Las mujeres siguen siendo quienes se ocupan de las tareas domésticas y de las responsabilidades familiares, bien como actividad exclusiva, bien como extensión de la jornada laboral extradoméstica, y son quienes generalmente se responsabilizan de la prestación de cuidados a familiares enfermos y ancianos, lo que supone en muchos casos un importante obstáculo para su integración en el sistema productivo, al ser esta una tarea intensiva en trabajo y en tiempo, que se extiende durante largos periodos.


Por otra parte, la difícil conciliación entre la vida familiar y el trabajo remunerado retroalimenta el fenómeno del envejecimiento poblacional, pues ha originado el retraso de la maternidad y una brusca y continuada reducción de la misma. En el ciclo vital de las mujeres hay una coincidencia temporal entre el periodo de maternidad y crianza de los hijos y el de integración y consolidación laboral, y la falta de adecuación del trabajo a esta realidad origina, por un lado, una generalización de las decisiones tendentes a retrasar los nacimientos, tener un solo hijo, e incluso no tenerlo, y por otro lado (aunque cada vez en menor medida), la interrupción o el abandono de la carrera laboral.
El nuevo papel social de las mujeres ha venido acompañado de profundas transformaciones en la estructura familiar, en el sentido de que la evolución de los hogares sigue la pauta de una reducción de tamaño y una diversificación de las formas de convivencia. Aunque el modelo predominante sigue siendo la familia conyugal nuclear, ésta se encuentra en proceso de disminución en la medida en que se ha producido un fuerte aumento de las “familias atípicas”, como son los hogares unipersonales, los pluripersonales sin núcleo conyugal y, sobre todo, los hogares monoparentales, que son aquellos en los que la persona de referencia no tiene cónyuge pero sí hijos menores de 18 años a su cargo. De las 290.400 familias monoparentales existentes en 1996, un 87 por 100 tenía como persona de referencia una mujer; más de la mitad de esas mujeres estaban separadas o divorciadas, proporción que ha aumentado considerablemente en los últimos años en detrimento de las familias encabezadas por mujeres viudas.
En conclusión, el modelo español de atención a la cobertura de la dependencia, basado casi en exclusividad en la atención por parte de los cuidadores familiares (especialmente, cuidadores femeninos de mediada edad) ha entrado en crisis debido a:


  • Minoración del grupo de cuidadores, a causa del menor número de mujeres dedicadas a ello (que mayoritaria y casi exclusivamente absorben esta labor), así como del incremento del número de personas dependientes.




  • Modificaciones en el modelo tradicional familiar, debido al aumento de divorcios, familias monoparentales y dispersión geográfica de los familiares como consecuencia de la mayor movilidad laboral.




  • Cambios en la posición social de la mujer, que por mor de su emancipación se incorpora más intensamente al trabajo, lo que reduce la población cuidadora tradicional y, en especial, la intensidad de los horarios.




  • Los cuidados de la vida diaria a las personas con discapacidad en situación de dependencia son cada vez más gravosos debido al cansancio y mayor edad de los padres, habitualmente madres. A veces la vivienda no cuenta con las adaptaciones adecuadas para facilitar estas tareas cotidianas.




  • Las ayudas domiciliarias raramente son asequibles (personal no preparado, límites de recursos rígidos y poco realistas, no se recoge la figura del asistente personal etc.).

Esta crisis del modelo tradicional tiene una incidencia importante en las personas con discapacidad, puesto que, en razón de sus diferentes estructuras de edad, precisan una serie de cuidados que, por lo general, el sistema público de protección social (entendido éste término en su amplia dimensión) no da respuesta, ni de lejos. Se trata, por ejemplo, de monitores de apoyo para la integración educativa de los niños y niñas con discapacidad, prestaciones económicas destinadas a las familias de niños y niñas con discapacidad menores de 18 años, fórmulas concretas de integración laboral y de empleo con apoyo que promuevan la integración en el mercado de trabajo, prestaciones económicas compatibles con el empleo, atención especial a las necesidades concretas de las mujeres con discapacidad, favorecimiento de programas de vida independiente, incentivación de planes de eliminación de barreras arquitectónicas, urbanísticas, de comunicación y en el transporte, etc.


A su vez, no puede perderse de vista los problemas específicos de los niños con discapacidad quienes necesitan de actuaciones especiales que su propia familia, en la mayoría de los casos, no les puede facilitar9.



  1. Consideraciones previas.
    Introducción.
    Caracteres generales.
    Alternativa en la implantación de mecanismos de cobertura social de la dependencia en españa.



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