La metapsicologia de freud



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Obras Completas de Sandor Ferenczi

LA METAPSICOLOGIA DE FREUD1


Me propongo presentarles, aunque sea sumariamente, el desarrollo y la posición actual de la metapsicología según Freud. No es una labor fácil: todos ustedes saben cuál es el método de trabajo de Freud: mientras es posible, se limita a examinar los datos parciales y sus correlaciones más inmediatas; cuando no puede evitar la formulación de tesis más generales, se atiene a la comunicación en términos precisos de los principales resultados de sus investigaciones y de sus consecuencias lógicas. Pero nunca resume sistemáticamente lo que considera como un verdadero lecho de Procusto para toda investigación ulterior. Para hacer esta exposición que debe ser necesariamente sintética si pretende un valor didáctico, he tenido también que reunir los elementos dispersos por los variados trabajos de Freud.

¿Qué es la metapsico1ogía? Es un término nuevo formado a partir del modelo de la metafísica. ¿Y qué es la metafísica? Según el «Diccionario de Filosofa» ese término designa en realidad la «primera filosofía» de Aristóteles que, en la clasificación de las obras del Estagirita por Andrónico de Rodas se coloca después de la física (μεταφισικα). Solamente más tarde, a consecuencia de un error de interpretación sobre la palabra μετα se ha convertido en la ciencia que supera los sentidos, la experiencia, es decir la ciencia de las cosas trascendentales: el término «metafísica», ha conservado ese sentido hasta nuestros días. Así pues, si la metafísica, tomada según esta última acepción, es la ciencia de los procesos de la naturaleza -en la medida en que éstos no nos son proporcionados por los órganos de los sentidos sino por la elaboración especulativa de los resultados obtenidos por diferentes ciencias- la «metapsicología», trata de los procesos que no son inmediatamente accesibles sino que hay que deducir a partir de los datos proporcionados por la experiencia introspectiva2. En cuanto a nosotros, consideramos que metafísica y metapsicología son dos nociones diametralmente opuestas. Llamamos metafísica al ensayo de explicación de todo hecho de observación, incluso los fenómenos psíquicos más complejos, mediante leyes que conocemos (físicas o fisiológicas). La metapsicología por el contrario se ha propuesto la labor aparentemente desesperada de establecer las bases materiales de los procesos psíquicos a partir de la observación de los propios procesos psíquicos, es decir construir de alguna forma una porción de la biología, de la fisiología, y de la física.

Ningún sabio osó dar ese paso antes de Freud sólo se encuentran algunos precursores de esta orientación en la era precientífica. Queremos hablar del animismo antropocéntrico de los primitivos, que proyectaban sus propios procesos y caracteres psíquicos sobre los fenómenos universales. Cum grano salis3, podríamos decir que en realidad la metapsicología analítica moderna es un retorno, -bajo una forma científicamente depurada- al animismo.

Un paso tan atrevido apenas se justificaría si la psicología biológica hubiera cumplido aunque sólo fuera una parte de las esperanzas depositadas en ella. Pero las investigaciones anátomo-histológicas sobre el cerebro se hallan totalmente atascadas, tras el descubrimiento de las localizaciones sensibles y motrices de la corteza cerebral: desde entonces, la psicología no ha obtenido otra cosa que una especie de mitología biológica o molecular; esto disculpa la audacia de Freud que ha emprendido esta labor por el otro extremo.

La síntesis metapsicológica no es sino el desarrollo del psicoanálisis actual en una psicología explicativa completa: es por tanto una etapa muy importante de esta ciencia, e incluso de la historia de las ciencias en general. Hasta ahora el psicoanálisis representaba sobre todo un método de exploración de los procesos psíquicos patológicos: al principio sólo perseguía un objetivo práctico y empírico: explorar curar o atenuar los estados psíquicos patológicos o neuróticos. Sólo tras muchas dudas decidió ampliar el valor de sus constataciones al psiquismo normal y colectivo, y fue en cierto modo la acumulación espontánea de estas observaciones la que condujo a Freud a adoptar esta nueva denominación. Freud llama metapsicología a la disciplina que vincula los procesos psíquicos a sistemas psíquicos tópicamente determinados, que poseen una organización y un funcionamiento específicos: son las diferentes interconexiones posibles de estos sistemas las que explican los diferentes modos de descarga (normal y patológica) de las excitaciones. Estos sistemas son accionados por fuerzas psíquicas, derivadas, y transformaciones de fuerzas impulsivas que funcionan por otra parte en el organismo: la repartición de estas fuerzas varía según los modos de descarga de la excitación. Los mecanismos psíquicos están pues cargados de una cierta cantidad de energía, cuyo modo de manifestación varia según el sistema en el que se desenvuelve, pero que puede imaginarse de forma general como una cantidad constante, es decir sumisa a la ley de la constancia de la energía enunciada por la física. Sólo tras haber evaluado el estado de implicación de los diferentes sistemas tópicamente localizados, la dinámica de las fuerzas en conflicto (dinámica, dirección y relaciones cuantitativas de estas fuerzas). podemos hablar de una explicación metapsicológica del proceso en el sentido de Freud.

Sin embargo debo ponerles en guardia contra dos errores que las tesis metapsicológicas podrían inducir a cometer. De momento, la metapsicología de Freud sólo aporta alguna luz relativa a la anatomía, la fisiología y la física del órgano psíquico, y sólo ofrece soportes especulativos que aparecen cuando se estudian los procesos psíquicos y demuestran ser válidos en el plano práctico. Ahora bien, no debe dudarse de que cualquier día, en una u otra forma, sean también confirmados por la biología4.

El otro error consistiría en suponer que el edificio metapsicológico es una construcción arbitraria, un sistema cerrado desde el comienzo. En realidad, es justamente lo contrario: cada paso, y cada constatación está sostenido por una multitud de observaciones en detalle. Posiblemente nunca se ha utilizado más prudencia al establecer una teoría científica. Sólo más tarde ha podido describirse el desarrollo del psicoanálisis como una marcha progresiva y concéntrica hacia la metapsicología.

La comunicación preliminar de Breuer y Freud habla de «mecanismo» de los síntomas histéricos ya en el título. La concepción económica de la dinámica psíquica se expresa sin equívocos en la noción de abreacción de los afectos bloqueados. La hipótesis de la división en dos del psiquismo, tal como se formula en los Estudios sobre la histeria, representa claramente un anticipo de la teoría tópica psíquica posterior. Ambos comparan el inconsciente al subterráneo oscuro de las psiquis, o a las raíces de un árbol; investigan claramente en la dimensión de la profundidad. En las psiconeurosis de defensa, Freud subraya con particular claridad el momento dinámico en los sucesos psíquicos, y las hipótesis formuladas por Breuer en 1895 demuestran que presentaba todas las correlaciones metapsicológicas que el psicoanálisis ha permitido aclarar luego, al final de un enorme rodeo. Basta con citar «la tendencia a la constancia de la excitación endocerebral tónica», la relación entre la energía psíquica «tónicamente vinculada» y la energía «libremente descargada», «la excitación en sentido inverso» del sistema de percepción en la alucinación, su concepción de la resistencia en la que reconocía el obstáculo que podía impedir la descarga de la excitación psíquica y que compara explícitamente a la introducción de un obstáculo reostático en un circuito. Ciertamente subraya que se trata tan sólo de metáforas físicas que se refieren a un universo espacial fantasioso, sin ningún valor desde el punto de vista del conocimiento, como las comparaciones y las analogías tratan de expresar de forma inteligible algunas nociones relativas a los procesos psíquicos, difíciles de comunicar. Sin embargo no hay que olvidar que un examen propiamente psicoanalítico de las comparaciones me ha llevado a la convicción de que las comparaciones empleadas en el razonamiento, la poesía y las ciencias, enunciadas a menudo sin reflexionar, provienen generalmente de una capa más profunda y más intuitiva de la psiquis y, contrariamente a lo que piensa Breuer, manifiestan verdades importantes aún inaccesibles a la conciencia.

Freud emplea por primera vez el término de metapsicología en la Psicopatología de la vida cotidiana. Cito textualmente las frases correspondientes: «pienso en efecto que, en buena parte, la concepción mitológica del mundo, que anima hasta las religiones más modernas, no es otra cosa que una psicología proyectada en el mundo exterior. El oscuro conocimiento (que no hay que confundir con el conocimiento verdadero) de los factores y hechos psíquicos del inconsciente (dicho de otro modo: la percepción endopsíquica de estos factores y hechos) se refleja (es difícil de decirlo de otra forma, puesto que la analogía con la paranoia es aquí de gran ayuda) en la construcción de una realidad suprasensible, que la ciencia retransforma en una psicología del inconsciente. Podría fijarse como tarea el descomponer, situándose en este punto de vista, los mitos relativos al paraíso y al pecado original, a dios, al mal y al bien, a la inmortalidad, etc., y traducir la metafísica en metapsicología».

Esta cita indica que en esta época Freud no quería utilizar el término de metapsicología más que para designar la interpretación psicológica de algunas producciones de la mitología y de la religión.

En su obra La interpretación de los sueños, da Freud el paso decisivo hacia la creación de la metapsicología. Tras haber seguido, en centenares de sueños, los hilos asociativos extraordinariamente embrollados que parten de los diferentes elementos del contenido manifiesto, ha conseguido el que podríamos llamar milagro de introducir orden en este gran caos. Ha constatado que lo que había considerado primero como resultado de un proceso morboso, la división del psiquismo en consciente e inconsciente, caracterizaba también la vida psíquica normal en estado de vigilia, siendo exagerada esta división sólo en los casos patológicos. Luego ha tenido que admitir la existencia de dos tipos de inconsciente: el inconsciente rechazado propiamente dicho y el preconsciente, cuyo contenido, aunque sea un poco marginal en relación a la conciencia, es fácilmente accesible a ésta. Los fenómenos de desplazamiento y de condensación del sueño han permitido a Freud descubrir los procesos según los cuales se desarrolla el trabajo del inconsciente: los «procesos primarios»; mientras que la elaboración lógica de los pensamientos preconscientes del sueño revela que en esta capa, la descarga de la excitación está gobernada por las mismas leyes psíquicas que el pensamiento en estado de vigilia. Las tentativas realizadas para explicar las alucinaciones del sueño han permitido captar mejor la importancia de la noción de regresión. Cuando se analiza un sueño, las cadenas asociativas conducen siempre a recuerdos del pasado, en parte inconscientes, y el sueño manifiesto aparece, una vez analizado, como la representación de estos recuerdos en forma de realización alucinatoria de deseos. Por otra parte el análisis de las alucinaciones oníricas ha permitido individualizar el sistema mnésico.

Efectuando un examen profundo y comparativo de los procesos psicológicos del sueño, Freud ha logrado comprender los sucesos dinámicos que deciden el modo de descarga de la excitación psíquica. En los casos normales, estos procesos son anterógrados, es decir que van de la sensibilidad a la motilidad (también podrían ir hacia la actividad psíquica consciente); la progresión del proceso de un modo de funcionamiento hacia el otro es frenada por resistencias intercaladas y por las instancias de la censura, que pueden desviarlo del camino de la regresión. Freud no ha descuidado aquí los principios económicos, aunque precisamente en el marco de esa investigación tuvo pocas ocasiones para estudiar de cerca este punto de vista.

Una vez finalizadas sus investigaciones sobre el sueño, Freud poseía el esbozo tópico-dinámico completo de los procesos psíquicos, cuya elaboración es esencial en el desarrollo del psicoanálisis en dirección a la metapsicología. Ese esquema nos representa el aparato psíquico como un instrumento complejo, intercalado entre la sensibilidad y la motricidad, en el centro reflejo de alguna manera. Los estímulos que afectan a la superficie sensible, que provienen del exterior o del interior del organismo, perturban el equilibrio, la igualdad, la constancia del tono psíquico, e incitan a la descarga. Pero las huellas mnésicas de la vivencia anterior, acumuladas en el inconsciente, impiden la descarga inmediata, de carácter reflejo, de la excitación, y la desvían de los caminos por los que se sabe que desemboca en el sufrimiento. Se da pues en el inconsciente un proceso de pensamiento, aunque sea primitivo; en lugar del automatismo simple, se instaura aquí una reacción selectiva. En los seres más primitivos, como por ejemplo en los niños, la excitación, tras la elaboración inconsciente, puede progresar sin obstáculos hacia la conciencia, es decir hacia la descarga motriz; pero en el adulto se halla primeramente sometida a una nueva elaboración, que se sitúa entre el inconsciente y el consciente. A este entramado lo denominamos preconsciente. En los seres primitivos podemos concebir el aparato psíquico como un mecanismo mucho más simple, que está compuesto de inconsciente y de consciente: el preconsciente, encargado del trabajo de organización lógica, es por el contrario una formación filogenéticamente más reciente, cuya actividad comienza bastante tarde en cada individuo.

En La interpretación de los sueños Freud expresa ya con admirable lucidez su intuición de que esta nueva capa «superpuesta» al inconsciente se forma sin duda pasando por los símbolos fonéticos del lenguaje. El inconsciente contiene aún los restos mnésicos de objeto, mientras que el preconsciente sólo acumula los símbolos mnésicos verbales. Las ventajas de esta organización son evidentes. Los recuerdos de objeto están aún revestidos de tal carga emocional que esperan necesariamente bajo la dependencia del principio de prevención, es decir del principio de placer: de ello se sigue una excesiva facilidad de desplazamiento de las intensidades psíquicas, una tendencia a huir del dolor y del sufrimiento, y la incapacidad del pensamiento lógico, que puede ir eventualmente en contra del principio del placer. Para que pueda ejercerse esta última función, es preciso que los recuerdos de objeto estén edulcorados en restos mnésicos verbales, que no admiten más que los pálidos reflejos del placer o del sufrimiento anterior, y que permiten operar eventualmente en contra del principio de placer. Las ingeniosas investigaciones sobre la verborrea de los esquizofrénicos han confirmado brillantemente la justicia de las descripciones que presentan al preconsciente como el órgano mnésico verbal. El hecho de que en esta enfermedad la excitación evite las representaciones de objeto para no afectar más que al preconsciente, nos ha permitido reconocer al preconsciente como un órgano de pensamiento que trabaja exclusivamente con símbolos verbales.

En cuanto al problema más enigmático, el de la conciencia, Freud sólo lo aborda superficialmente en este largo esbozo del entramado psíquico; pero sospecha que la conciencia no es sólo un órgano sensorial que sirve para registrar las cualidades psíquicas inconscientes, sino un sistema aparte, donde los procesos de pensamiento pasan probablemente por una inhibición y una elaboración nuevas.

Habiendo acabado su trabajo sobre el sueño, que más adelante desarrollará considerablemente, Freud no ha querido detenerse en estas especulaciones, pues estimaba que incluso la descripción esquemática esbozada más arriba debía ser considerada provisional; ha preferido reemprender el estudio detallado de la psicología de las neurosis y de sus diversas variedades. Sin embargo estas investigaciones habían sufrido la influencia decisiva de los trabajos sobre la psicología de los sueños que las habían hecho progresar de forma considerable. Las perspectivas tópica y dinámica, introducidas por un postulado anterior, se toman ya en cuenta en la descripción general de los tipos neuróticos y en la explicación más matizada de los mecanismos histéricos de conversión y de angustia (que he completado con algunos pequeños detalles en mi artículo «fenómenos de materialización histérica»), por último en el primer análisis realizado de un caso de neurosis obsesiva. Pero lo que proporcionó a Freud la ocasión de examinar más a fondo, al lado del impulso sexual, la actividad de los impulsos egoístas antagonistas fue la introducción del narcisismo, y el examen de las «neurosis narcisistas». Tras haber llevado a buen término el estudio psicoanalítico de los impulsos en líneas generales, se decidió por fin a redactar sus trabajos metapsicológicos donde consiguió relacionar una serie de estados y de procesos psíquicos normales y patológicos a fórmulas tópicas-dinámicas-económicas, es decir metapsicológicas.

Estos trabajos dan la impresión de ser los capítulos de una mecánica física del órgano psíquico; las tesis a las que llega difieren de las tesis de la física, y de forma fundamental, en la medida en que las cantidades de que aquí se trata -las energías cargadas de placer y de desagrado, provinientes de las dos fuentes impulsivas- no son mensurables: de momento no es posible traducirlas en signos aritméticos o algebraicos. En el estado actual de nuestros conocimientos, la mecánica psíquica corresponde al estadío de la física donde la insuficiencia de instrumentos de medida impide la verificación matemática de los datos: éstos se apoyan exclusivamente en el testimonio de los sentidos. Pero no es suficiente esto para que un hombre lúcido rehúse reconocer el inmenso progreso que representa el hecho de disponer de una mecánica psíquica, aunque sea rudimentaria.

La teoría freudiana de los impulsos nos ha hecho penetrar rápidamente en el conocimiento de las fuentes de energía que alimentan el aparato psíquico. Ha sido preciso intercalar los impulsos entre los procesos psíquicos y biológicos, y reconocer en ellos los retoños de los impulsos de vida y de muerte que gobiernan a todos los seres vivos. En el universo psíquico se manifiestan en forma de impulsos del Yo y de impulsos sexuales, en principio indisolublemente mezclados y luego separados.

Cada uno de estos impulsos se desarrolla separadamente; sin embargo todos los desarrollos son interdependientes en cierta medida y se apoderan del aparato psíquico alternativa o simultáneamente. Esta toma de posesión por las fuerzas impulsivas la denomina Freud utilización.

Las finas correlaciones entre los impulsos egoístas y sexuales por una parte y los sistemas psíquicos por otra son aún oscuras; sin embargo en un estadío más avanzado del desarrollo individual, la sexualidad mantiene relaciones, al parecer sobre todo con el inconsciente, y el Yo con el preconsciente y el consciente. Pero el impulso sexual se manifiesta también en el plano consciente, y los impulsos del Yo en el plano inconsciente.

Freud ha enunciado una ley comparable, por su importancia, a la ley fundamental de Weber-Fechner, relativa a la existencia de una relación directa entre la intensidad de un estímulo y su efecto psíquico, ley que ha formulado de la siguiente forma: los sistemas psíquicos no utilizados por los impulsos se vuelven inexcitables. Esto aclara toda una serie de procesos hasta ahora incomprensibles, y en primer lugar el problema del reposo en el sueño. Durante el reposo, todo interés sexual y egoísta sale de los sistemas inconscientes, preconsciente y consciente, para introducirse en el Yo narcisista (en el cual este interés sólo emergía durante el estado de vigilia en forma de seudópodo); todos los sistemas mnésicos (de objeto) inconscientes son de esta manera apartados de la excitación; hay incluso una reducción considerable de la excitabilidad del consciente por los estímulos internos o externos. En el estado resultante todo el sistema psíquico está desactivado y reproduce una fase de desarrollo del estado embrionario en el que la actividad psíquica aún no había comenzado.

Esta ley de Freud sobre la relación existente entre la excitabilidad y la utilización impulsiva nos será útil en su momento para explicar mejor los procesos de la ruptura psíquica y de la inhibición.

Si el sistema inconsciente es utilizado por el impulso sexual, y el sistema preconsciente por los impulsos del Yo, se abre un camino en condiciones adecuadas para un conflicto que a menudo se resuelve mediante el rechazo: una parte del material. preconsciente es arrancado del sistema psíquico correspondiente y queda sumergido más profundamente en el inconsciente, es decir rechazado. Cuando este material desplazado consigue evitar la censura, de una u otra forma (parecido a como lo hacen los pensamientos latentes del sueño durante el descanso), y a expresarse en el preconsciente y el consciente o en la motricidad, aunque sea de forma alterada, se produce la formación de un síntoma neurótico. Naturalmente ésta es sólo una de las posibles salidas. El sentido de tal síntoma no es sólo el perturbar el funcionamiento psíquico, sino que produce igualmente una tentativa de realizar la primera función del psiquismo, es decir preservar al individuo de excitaciones, incluso en condiciones patológicas. Pues la neurosis es una solución del conflicto, aunque no sea la más económica; permite al psiquismo llegar a una quietud relativa, ciertamente tras un duro combate y mediante el precio de una restricción considerable de sus potencialidades. Las energías psíquicas que refluyen tras el rechazo hacia el preconsciente o hacia la motilidad, hallan constantemente en este preconsciente el obstáculo de las contra-utilizaciones que intentan dar al material inconsciente una apariencia inofensiva, desplazándolo sobre una vía muerta para tratar de reducir en lo posible el peso emocional. En la histeria de angustia, por ejemplo, el temor al padre se desplaza sobre el temor al animal (sobre todo al caballo). El camino del temor originario queda cubierto en cierto modo por las manifestaciones espantosas de las contraformaciones reforzadas por actos fóbicos de evitación y de defensa, y por las mociones impulsivas (sobre todo en la neurosis obsesiva, por lo que concierne a estas últimas). En cuanto a la histeria de conversión, la excitación psicosexual se halla aquí totalmente desplazada fuera del aparato psíquico mediante una superestructura fantasiosa: el simbolismo sexual y la «complacencia somática», y además se descarga en forma de influjo nervioso. En cualquier caso la histeria trata de preservar la quietud de la capa psíquica inconsciente, y también por lo general, en cierta medida, trata de descargar la tensión psíquica. Todas estas neurosis de «transferencia» tienen en común la retirada parcial de la utilización preconsciente. Debido a esta retirada, algunas representaciones no pueden traducirse a partir del lenguaje consciente objetal sensible en un lenguaje verbal conceptual, condición previa para que accedan al consciente.

En las psiconeurosis narcisistas (demencia precoz, paranoia), se da un fracaso de la retirada de las utilizaciones, retirada que se consigue perfectamente en el descanso del sueño, como hemos visto. Ha tenido lugar una tentativa de retirada parcial de las utilizaciones del inconsciente, del preconsciente, y del consciente, pero ha fracasado debido a que el interés por los restos mnésicos verbales no siempre desaparece completamente en la demencia; a veces este interés queda restablecido secundariamente y constituye una forma de «tentativa de duración»: de esta forma los objetos de amor vuelven en la paranoia en forma de persecutores.

En la amencia de Meynert (perturbación mental alucinatoria aguda), la retirada de la utilización se limita al sistema consciente de manera que todo el material preconsciente permanece excitable: únicamente el traumatismo actual o la pérdida actual pueden ser anulados debido a su exclusión del sistema sensorial.

No puedo asumir la labor -por otro lado imposible- de reunir en este corto resumen todo lo realizado hasta ahora por la metapsicología de Freud. Si desean ampliar sus conocimientos en este caso. pueden tomar nota de las recientes publicaciones de Freud. en particular del tomo IV de los Kleine Schiriften y del capítulo XIX de la Introducción al psicoanálisis. De momento deben contentarse con esta muestra. Hay que saber aún que Freud ha aplicado también la perspectiva y la explicación metapsicológica a las fuentes impulsivas, y que ha profundizado considerablemente nuestros conocimientos en lo que concierne a las variaciones normales y patológicas de la repartición de energía entre los impulsos del Yo y los impulsos sexuales. Partiendo del estudio onto y filogenético del desarrollo de los impulsos del Yo y de los impulsos sexuales, ha llegado en primer lugar a elaborar una tópica de los representantes impulsivos. Ha subdividido el Yo en «Yo narcisista» y en «núcleo del Yo»; ve aquí dos sistemas permanentes, donde concluye el desarrollo del Yo. En cuanto a los representantes del impulso sexual los ha repartido en representaciones del amor propio y representaciones del amor de objeto, como resultado del desarrollo de la libido. Para explicar los estados amorosos, el duelo. y los síndromes de la manía y de la melancolía, ha concebido el juego de las energías impulsivas orgánicas como si progresaran y regresaran en estos dos registros, separándose primero y luego mezclándose nuevamente, siempre guardando mentalmente los puntos de vista, tópico, dinámico y económico. Por último ha extendido la perspectiva metapsicológica a las producciones psíquicas sociales más complejas, como por ejemplo los problemas de la psicología colectiva. Basándose en el modelo de explicación que Kepler y Newton nos dieron del sistema solar, Freud nos ha explicado la horda humana, reagrupada en torno al jefe por la reunión de las energías psíquicas «planetarias» en torno al narcisismo solar; estos elementos se hallan vinculados unos a otros por una suerte común y por la identificación, ese precursor primitivo del amor de objeto, con el jefe de la horda. No puede evitarse el comparar este reagrupamiento de las entidades libidinosas en formaciones más complejas con las afinidades químicas que unen a los elementos y a los radicales de un compuesto orgánico. Seguramente llegará un día en que se vea que el término de análisis tomado de la química es algo más que una imagen o una comparación.

Aún debemos mencionar, aunque sea de paso, que la fórmula metapsicológica «más allá del principio de placer», es decir más allá del mundo psíquico puro, nos ha permitido presentir esta línea imaginaria, esta dirección en la que podemos esperar un día que la metafísica se una a las disciplinas de la biología y de la física.

Ustedes, los ingleses y los americanos, conocidos por un sólido sentido práctico, pueden preguntarme si estos conocimientos podrán aportarnos -en un plazo más largo y de manera que aparezca un resultado apreciable- nuevas perspectivas en el plano práctico, y sobre todo si la psicoterapia podrá aprovecharse de ellos de inmediato. Respondo afirmativamente. ¿Cómo es posible expresar todo lo que la perspectiva metapsicológica nos aporta con absoluta seguridad sobre los estados caprichosos y las metamorfosis caleidoscópicas del neurótico? Nos permite seguir con precisión las etapas de la penetración en las profundidades psíquicas inexploradas hasta ahora, ver cómo la transferencia consigue fijar una parte de la tensión emocional patógena, ver cómo el combate defensivo se exacerba cuando el trabajo analítico se acerca a uno de los focos de la enfermedad. Desde que conocemos la estructura metapsicológica de las neurosis, no estamos expuestos al azar, como antes, cuando se trata de volver a la fuente de un estado psíquico patológico. Sabemos en qué dirección buscar y llegamos con mayor rapidez y mayor seguridad al objetivo. Por lo demás, nuestra imaginación es estimulada en el campo de la técnica por un mejor conocimiento del instrumento cuyo funcionamiento hemos de restablecer y un mejor dominio de las energías que lo animan. Como ejemplo podemos citar todas las medidas auxiliares de la técnica analítica que nunca hubieran sido inventadas en ausencia de los conocimientos tópicos, dinámicos y económicos aportados por Freud.

Insisto una vez más en que mientras estos descubrimientos no reciban la confirmación de la biología no pueden ser considerados como buenas hipótesis de trabajo, y ellos no pretenden en absoluto establecer datos nuevos en lo que concierne a la anatomía y a la fisiología del órgano psíquico. No nos permiten decir con certeza, por ejemplo, si las huellas mnésicas, grabadas en los sistemas inconsciente, preconsciente y consciente, representan verdaderamente huellas distintas de una misma experiencia, o bien un desarrollo específico en el seno de una misma huella mnésica; dicho de otro modo, si podemos o no suponer la existencia de una tópica, también en el sentido anatómico.

Por último insisto en la importancia de la metapsicología de Freud en la historia de la ciencia. El animismo primitivo, al que hemos presentado como precursor de la metapsicología, ha cometido el error de proyectar simplemente sobre la naturaleza las experiencias íntimas psíquicas del hombre. Las ciencias naturales han reaccionado exaltando los méritos de la exactitud, es decir de la cualidad mensurable de los procesos, y llenando de insultos las experiencias de origen puramente psíquico. Ahora la metapsicología se esfuerza nuevamente por acercarse a los conocimientos de la naturaleza mediante la introspección: en realidad ha vuelto a ser animista pero sin descuidar los descubrimientos inapreciables que debemos a las ciencias naturales. Por ello merece el nombre de método «utraquistíco» pues no descarta ninguno de los dos grandes caminos del conocimiento, ni el interior, el psíquico, ni el exterior, el de las ciencias naturales. Se esfuerza, concediendo su justo valor a ambos tipos de experiencia, en acercar la verdad que presentamos a una distancia asintótica.



1 Conferencia dada en 1922 en Viena, organizada por los psicoanalistas ingleses y americanos.

2 La literatura utilizaba ya el término de metapsicología en dos sentidos diferentes. Algunos filósofos designas así los capítulos de la metafísica que tratan de los principios más elevados de la concepción del universo: por ejemplo, en su “Diccionario filosófico”, Eisler considera el monismo, el dualismo, el paralelismo y la ciencia de lo idéntico como trayectorias “metapsicológicas”; mas recientemente, los ocultistas han recuperado este término y se sirven de él para situar sus observaciones y sus teorías en un plano científico. Tales atenciones no tienen nada en común con la metapsicología de Freud. señalemos por último que Kraepelin, un adversario moderado del psicoanálisis, ha dado a nuestra ciencia el sobrenombre irónico de metapsiquiatría: este término le valdría nuestra gratitud si Freud no hubiera ya utilizado el de “metapsicología” antes de él.

3 “Con un grano de sal”.

4 Podemos evocar aquí una analogía significativa. El psicoanálisis ha podido reconstruir, basándose en datos psicoanalíticos, una parte de la vida impulsiva del hombre, la sexualidad, su desarrollo y sus complicaciones, es decir, hacer en cierto modo biología metapsicológica; y la ciencia “exacta”, la histología de los órganos sexuales internos, ha confirmado ya dos de sus hipótesis fundamentales, la sexualidad infantil y el período de latencia que separa a ésta de la pubertad.



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