La Doctrina Secreta 1



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2. EL RAYO ÚNICO MULTIPLICA LOS RAYOS MENORES. LA VIDA PRECEDE A LA FOR-

MA, Y LA VIDA SOBREVIVE AL ÚLTIMO ÁTOMO (16). A TRAVÉS DE LOS RAYOS IN-

NUMERABLES EL RAYO DE VIDA, EL UNO, PARECIDO A UN HILO QUE ENSARTA

MUCHAS CUENTAS (17).


Esta Sloka expresa el concepto -puramente vedantino, como ya se ha explicado en otra parte- de un Hilo de Vida, Sûtrâtmâ, prosiguiendo al través de generaciones sucesivas. ¿Cómo, pues, habrá de explicarse esto? Recurriendo a un símil, a una ilustración familiar, si bien necesariamente imperfecta, como tienen que serlo todas nuestras analogías. Antes de recurrir a ella, sin embargo, preguntaré si parece a cualquiera de nosotros antinatural, y menos aun “sobrenatural”, el crecimiento y desarrollo de un feto hasta ser un niño sano, pesando varias libras. ¿De qué se desenvuelve? ¡De la segmentación de un óvulo infinitamente pequeño y de un espermatozoo! ¡Y luego vemos que el niño se desarrolla hasta ser un hombre de gran estatura! Esto se refiere a la expansión atómica y física, desde lo microscópicamente pequeño hasta algo muy grande; de lo invisible a simple vista a lo visible y objetivo. La Ciencia tiene contestación para todo esto, y me atrevo a decir que sus teorías embriológicas, biológicas y fisiológicas son bastante correctas en lo que se refiere a lo que puede alcanzar la observación exacta de lo material. Sin embargo, las dos dificultades principales de la ciencia embriológica (a saber: cuáles son las fuerzas que obran en la formación del feto, y cuál es la causa de la “transmisión hereditaria” del parecido físico, moral o mental) no han sido resueltas nunca de un modo apropiado; ni lo serán hasta el día en que los sabios condesciendan a aceptar las teorías ocultas. Pero si este fenómeno físico no asombra a nadie, excepto en lo que confunden a los embriólogos, ¿por qué nuestro desarrollo intelectual e interno, la evolución de lo Humano-Espiritual a lo Divino-Espiritual, ha de considerarse o ha de parecer más imposible que el otro?

Mal aconsejados estarían los materialistas y evolucionistas de la escuela de Darwin si aceptasen las recientes teorías ideadas por el profesor Weissmann, el autor de Beiträge zur Descendenzlehre, respecto a uno de los dos misterios de la embriología, tal como antes se han especificado, que él cree haber resuelto; pues cuando tenga la solución completa, habrá entrado ya la Ciencia en los dominios de lo verdaderamente Oculto, y se habrá salido para siempre de la región del transformismo, tal como lo enseña Darwin. Las dos teorías son irreconciliables, desde el punto de vista del materialismo. Considerada desde el de los ocultistas, la nueva teoría, sin embargo, resuelve todos estos misterios. Los que no están enterados del descubrimiento del profesor Weissmann -en un tiempo darwinista ferviente- deben apresurarse a hacerlo. El filósofo-embriólogo alemán hace ver -pasando sobre los juicios de los grieos Hipócrates y Aristóteles, en línea recta hasta las enseñanzas de los antiguos arios- una célula infinitesimal, entre millones de otras, trabajando para la formación de un organismo; determinando sola y sin auxilio alguno, por medio de la segmentación y multiplicación constante, la imagen correcta del hombre o animal futuro, con sus características físicas, mentales y psíquicas. Esta célula es la que imprime en la faz y en la forma del nuevo individuo los rasgos de los padres o de algún antecesor distante; esta célula es también la que le transmite las idiosincrasias intelectuales y mentales de sus padres, y así sucesivamente. Este Plasma es la porción inmortal de nuestros cuerpos, desarrollándose por medio de un proceso de asimilaciones sucesivas. La teoría de Darwin, que considera a la célula embriológica como la esencia o el extracto de todas las demás células, se da de lado; es incapaz de explicar la transmisión hereditaria. Sólo existen dos medios para explicar el misterio de la herencia: o bien la substancia de la célula germinal se halla dotada de la facultad de cruzar todo el ciclo de transformaciones que conducen a la construcción de un organismo separado, y después a la reproducción de células germinales idénticas, o bien estas células germinales no tienen en modo alguno su génesis en el cuerpo del individuo, sino que proceden directamente de la célula germinal hereditaria, transmitida de padre a hijo, al través de largas generaciones. Esta última hipótesis es la que Weissmann ha aceptado y desarrollado; y a esta célula es a la que atribuye la porción inmortal del hombre. Hasta aquí, bien: y cuando esta teoría casi correcta sea aceptada, ¿cómo explicarán los biólogos la aparición primera de esta célula eterna? A menos que el hombre “crezca” como el inmortal “Topsy”, y no haya nacido, sino caído de las nubes, ¿cómo nació en él aquella célula embriológica?

Completad el Plasma Físico mencionado arriba, la “Célula Germinal” del hombre con todas sus potencialidades materiales, con el “Plasma Espiritual”, por decirlo así, o el fluido que contiene los cinco principios inferiores del Dhyâni de Seis principios, y tenéis el secreto, si sois lo suficiente espirituales para comprenderlo.

Ahora expongamos el símil prometido.



Cuando la semilla del hombre animal es lanzada en el terreno abonado de la mujer animal, no puede germinar, a menos que haya sido fructificada por las cinco virtudes (el fluido o emanación de los principios) del Hombre Séxtuple Celestial. Ésta es la razón por qué el Microcosmo es representado como un Pentágono dentro del Hexágono en forma de estrella, el Macrocosmo (18).

Las funciones de Jiva en esta Tierra son de un carácter quíntuple. En el átomo mineral se halla relacionado con los principios inferiores de los Espíritus de la Tierra (los Séxtuples Dhyânis); en la partícula vegetal, con el segundo de los mismos, el Prana (Vida); en el animal, con los anteriores más el tercero y el cuarto; en el hombre, debe el germen recibir la fructificación de todos los cinco. De otra manera no nacerá superior a un animal (19).

Así es que tan sólo en el hombre está Jiva completo. En cuanto a su séptimo principio, es tan sólo uno de los Rayos del Sol Universal; pues cada criatura racional recibe únicamente el préstamo temporal de aquello que tiene que devolver a su origen . Respecto a su cuerpo físico, está formado por las Vidas terrestres más inferiores, a través de la evolución física, química, y fisiológica; “los Bienaventurados nada tienen que ver con las depuraciones de la materia” -dice la Kabalah en el Libro de los Números caldeo.

Viene a ser lo siguiente: la Humanidad en su primera forma prototípica y de sombra, es la producción de los Elohim de Vida o Pitris; en su aspecto cualitativo y físico, es la producción directa de los “Antepasados”, los Dhyâni más inferiores, o Espíritus de la Tierra; y en cuanto a su naturaleza moral, psíquica y espiritual, la debe a un grupo de Seres divinos, cuyo nombre y cualidades características se darán en los volúmenes III y IV. Colectivamente, son los hombres la obra manual de Huestes de espíritus varios; distributivamente son el tabernáculo de estas Huestes; y en ocasiones, e individualmente, los vehículos de alguno de ellos. En nuestra Quinta Raza presente, por completo materializada, el Espíreitu terreno de la Cuarta es todavía fuerte en nosotros; pero estamos aproximándonos a los tiempos en que el péndulo de la evolución dirigirá decididamente su propensión hacia arriba, conduciendo a la humanidad al nivel espiritual de la primitiva Tercera Raza-Raíz. Durante su niñez, hallábase la humanidad constituida por completo por aquella Hueste Angélica, los Espíritus que residían y que animaban a los monstruosos y gigantescos tabernáculos de barro de la Cuarta Raza, construidos y compuestos de millares incontables de Vidas, como lo son ahora nuestros cuerpos también. Esto será explicado después en el Comentario presente. La ciencia, percibiendo vagamente la verdad, puede encontrar bacterias y otros animales microscópicos en el cuerpo humano, y ver en ellos tan sólo visitantes casuales y anormales, a quienes se atribuyen las enfermedades. El Ocultismo -que distingue una Vida en cada átomo y molécula, sea en el cuerpo humano o en el mineral, en el aire, en el fuego y en el agua- afirma que nuestro cuerpo entero se halla construido por tales Vidas; siendo, comparativamente en tamaño, la más diminuta bacteria visible al microscopio, como un elefante respecto al más pequeño infusorio.

Los “tabernáculos” antes mencionados han mejorado en contextura y en simetría de forma, creciendo y desarrollándose con el Globo que los lleva; pero el perfeccionamiento físico ha tenido lugar a expensas del Hombre Interno espiritual y de la Naturaleza. Los tres principios medios en la tierra y en el hombre se hicieron más materiales con cada Raza, retrocediendo el Alma para hacer lugar a la Inteligencia Física; y convirtiéndose la esencia de los Elementos, en los elementos materiales y compuestos que hoy conocemos.

El hombre no es, ni podría nunca ser, el producto completo del “Señor Dios”; pero es el hijo de los Elohim, tan arbitrariamente puestos en el género masculino y en el número singular. Los primeros Dhyânis, comisionados para “crear” el hombre a su imagen, podían únicamente proyectar sus sombras a manera de un modelo delicado, sobre el cual pudiesen trabajar los Espíritus naturales de la materia. Sin duda alguna, el hombre se halla formado físicamente por el polvo de la Tierra, pero sus creadores y formadores fueron muchos. Ni puede tampoco decirse que el “Señor Dios infundió en sus narices el Soplo de Vida”, a menos de que Dios sea identificado con la “Vida Una”, omnipresente, aunque invisible; y a menos que la misma operación sea atribuida a “Dios”, con referencia a cada “Alma Viviente”, la cual es el Alma Vital (Nephesh), y no el Espíritu Divino (Ruach) que sólo al hombre asegura un grado divino de inmortalidad, que ningún animal como tal puede alcanzar en este ciclo de encarnación. Si el “Soplo de Vida” ha sido confundido con el “Espíritu” inmortal, se debe a lo inadecuado de las expresiones empleadas por los judíos y ahora por nuestros metafísicos occidentales, los cuales son incapaces de comprender y, por lo tanto, de aceptar más que un hombre trino y uno: Espíritu, Alma y Cuerpo. Esto se aplica también directamente a los teólogos protestantes, que al traducir cierto versículo del Cuarto Evangelio (20), han pervertido por completo su significado. Esta errónea traducción dice: “el viento sopla en donde se le oye”, en lugar de “el espíritu va a donde quiere”, como en el original y también en la traducción de la Iglesia griega oriental.

El ilustrado y filosófico autor de News Aspects of Life trata de sugerir a sus lectores que el Nephesh Chiah (Alma Viviente), según los hebreos:
Procedió o fue producido por la infusión del Espíritu o Aliento de Vida en el cuerpo en desarrollo del hombre, y tuvo que invalidar y substituir a aquel Espíritu en el Yo así constituido; de modo que el Espíritu entró, se perdió de vista y desapareció.
El cuerpo humano, según aquel autor piensa, tiene que ser considerado como una matriz en la cual y de la cual, el Alma, que él parece colocar en lugar más elevado que el Espíritu, se desarrolla. Considerada funcionalmente y desde el punto de vista de la actividad, es innegable que el Alma está más elevada, en este mundo de Mâyâ finito y condicionado. El Alma -dice él- “es últimamente producida del cuerpo animado del hombre”. Así es que el autor identifica el “Espíritu” (Âtmâ) simplemente con el “Soplo de Vida”. Los ocultistas orientales harán objeciones a esta afirmación, pues está fundada en el erróneo concepto de que Prâna y Âtmâ, o Jivâtmâ, son una misma cosa. El autor apoya el argumento mostrando que entre los antiguos hebreos, griegos y aun latinos, Ruach, Pneuma y Spiritus significaban Viento -entre los judíos indudablemente, y muy probablemente entre los griegos y romanos; existiendo una relación sospechosa entre la palabra griega anemos (viento) y la latina animus (alma).

Esto es muy traído por los cabellos. Pero es difícil encontrar un campo de batalla a propósito para zanjar esta cuestión, desde el momento en que, según parece, el Dr. Pratt es un metafísico práctico, una especie de kabalista positivista, mientras que los metafísicos orientales, en especial los vedantinos, son todos idealistas. Los ocultistas son también de la escuela esotérica vedantina extrema; y aunque llaman a la Vida Una (Parabrahman), el Gran Hálito y el Torbellino, separan el séptimo principio por completo de la materia, y niegan que tenga relación o conexión alguna con ella.

Así es que en la filosofía de las relaciones entre lo psíquico, espiritual y mental, y las funciones físicas en el hombre, reina una confusión casi inextricable. Ni la antigua psicología aria ni la egipcia son en la actualidad comprendidas de un modo apropiado; ni pueden ser asimiladas, sin aceptar el septenario esotérico, o por lo menos, la quíntuple división vedantina de los principios humanos internos. Faltando esto, será siempre imposible comprender las relaciones metafísicas y las puramente psíquicas y aun fisiológicas entre los Dhyân Chohans o Ángeles en un plano, y la humanidad en el otro. Obras esotéricas orientales (arias) no han sido hasta la fecha publicadas; pero tenemos los papiros egipcios que hablan claramente de los siete principios o de las “Siete Almas del Hombre”. El Libro de los Muertos da una lista completa de las “transformaciones” que cada Difunto sufre mientras va despojándose uno por uno de todos aquellos principios (materializados, para mayor claridad, en entidades o cuerpos etéreos). Debemos recordar además a todos los que pretenden probar que los antiguos egipcios no enseñaban la Reencarnación, que el “Alma” (el Ego o Yo) del Difunto, se dice que vive en la Eternidad; que es inmortal, “coetánea con la Barca Solar”, o sea con el Ciclo de Necesidad, con la que desaparece. Esta “Alma” surge del Tiaou, el Reino de la Causa de la Vida, y se une con los vivientes en la Tierra durante el día, para volver al Tiaou cada noche. Esto expresa las existencias periódicas del Ego (21).

La sombra, la Forma astral, es aniquilada, “devorada por el Uraeus” (22), los Manes serán aniquilados; los dos Gemelos (los principios Cuarto y Quinto) serán disipados; pero el Alma-Pájaro, “la Golondrina Divina y el Uraeus de Llama” (Manas y Âtmâ-Buddhi) vivirán en la eternidad, pues son los maridos de su madre.

Otra analogía significativa entre el esoterismo ario o brahmánico y el egipcio, es que el primero llama a los Pitris los “Antepasados Lunares” de los hombres, y los egipcios hacían del Dios-Luna, Taht-Esmun, el primer antecesor humano.

Este Dios Luna “expresaba los Siete poderes de la naturaleza, que eran anteriores a él y que se hallaban en él sintetizados como sus siete almas, de las cuales era él el expositor como el Octavo. (De aquí la octava esfera). Los siete rayos del Heptakis o Iao... caldeo en las piedras gnósticas, indican el mismo septenario de almas... La primera forma del místico Siete, se la veía figurada en el cielo por las siete grandes estrellas de la Osa Mayor, la constelación asignada por los egipcios a la Madre del Tiempo, y de los siete Poderes Elementales” (23).


Como sabe muy bien todo indo, esta misma constelación representa en la India los Siete Rishis, y es llamada Riksha y Chitrashikandin.

Cada cosa produce únicamente su semejante. La Tierra da al Hombre su cuerpo, los Dioses (Dhyânis), sus cinco principios internos, la sombra psíquica, del cual con frecuencia aquellos Dioses son el principio animador. El espíritu (Âtman) es uno e indistinto. No está en el Tiaou.

Pero, ¿qué es el Tiaou? La alusión frecuente al mismo en el Libro de los Muertos contiene un misterio. Tiaou es el camino del Sol nocturno; el hemisferio inferior o la región infernal de los egipcios, colocada por ellos en el lado oculto de la Luna. En su Esoterismo, el ser humano salía de la Luna -un triple misterio astronómico, fisiológico y psíquico a un tiempo-, cruzaba el ciclo entero de la existencia, y volvía después al lugar de su nacimiento antes de salir de él otra vez. Por eso se presenta al Difunto llegando al Occidente, siendo juzgado ante Osiris, resucitando como el Dios Horus y describiendo círculos en torno de los cielos siderales, lo cual es una asimilación alegórica a Ra, el Sol; habiendo entonces cruzado el Nut, el Abismo Celestial, vuelve una vez más a Tiaou; a semejanza de Osiris, el cual, como el Dios de la vida y de la reproducción, reside en la Luna. Plutarco (24) presenta a los egipcios celebrando una fiesta llamada “El Ingreso de Osiris en la Luna”. En el Ritual (25) es prometida la vida después de la muerte; y la renovación de la vida es colocada bajo el patrocinio de Osiris-Lunus, porque la Luna era el símbolo de las renovaciones de la vida o reencarnaciones, debido a su crecimiento, mengua, muerte y reaparición cada mes. En el Dankmoe (26) se dice: “¡Oh, Osiris-Lunus!, aquello te renueva tu renovación”. Y Sabekh dice a Seti I (27); “Tú te renuevas a ti mismo como el Dios Lunus cuando niño”. Esto se halla todavía mejor explicado en un papiro del Louvre (28). “Apareamientos y concepciones abundan cuando (Osiris-Lunus) es visto en los cielos en aquel día”. Osiris dice: “¡Oh, rayo único y resplandeciente de la Luna! Yo salgo de las multitudes (de estrellas) que describen círculos... Ábreme el Tiaou, por Osiris N. Yo saldré de día y haré lo que tengo que hacer entre los vivientes” (29), o sea dar lugar a concepciones.

Osiris era “Dios manifestado en la generación”, porque los antiguos conocían mucho mejor que los modernos las verdaderas influencias ocultas del cuerpo lunar sobre los misterios de la concepción. En los sistemas más antiguos nos encontramos siempre a la Luna con género masculino. Así, Soma, según los indos, es una especie de Don Juan sideral, un “Rey”, y el padre, aunque ilegítimo, de Buddha -la Sabiduría. Esto se refiere al Conocimiento Oculto, la sabiduría adquirida gracias a un conocimiento completo de los misterios lunares, incluyendo los de la generación sexual. Posteriormente, cuando la Luna fue relacionada con Diosas femeninas, con Diana, Isis, Artemisa, Juno, etcétera, aquella conexión fue debida también a un conocimiento completo de la fisiología y de la naturaleza femenina, tanto física como psíquica.

Si en lugar de enseñar en las escuelas dominicales inútiles lecciones de la Biblia a las multitudes de harapientos y mendigos, se les enseñase astrología -por lo menos en lo referente a las propiedades ocultas de la Luna y a sus influencias con respecto a la generación-, entonces habría poca necesidad de temer el aumento de población, ni habría que recurrir a la cuestionable literatura de los Malthusianos para detenerlo. Porque la Luna y sus conjunciones es lo que regula las concepciones, y todo astrólogo en la India lo sabe. Durante las Razas anteriores, y por lo menos al principio de la presente, los que se permitían relaciones maritales durante ciertas fases lunares que las hacían estériles, eran considerados como hechiceros y pecadores. Pero ahora mismo, estos pecados de la antigüedad, que originaba el abuso del conocimiento oculto, serían preferibles a los crímenes de hoy día, que son perpetrados a causa de la completa ignorancia de tales influencias ocultas.

Pero en un principio, el Sol y la Luna eran las únicas deidades visibles, y por sus efectos, por decirlo así, tangibles, psíquicas y fisiológicas -el Padre y el Hijo-, al paso que el espacio o el Aire en general, o aquella expansión de los Cielos llamada Nut por los egipcios, era el espíritu oculto o Aliento de los dos. El Padre y el Hijo alternaban en sus funciones, y obraban juntos armónicamente en sus efectos sobre la naturaleza terrestre y la humanidad; de aquí que fueran considerados como uno, aunque siendo dos como Entidades personificadas. Los dos eran masculinos, y ambos poseían su función distinta, si bien colaboradora, en la causal generación de la humanidad. Todo esto, con referencia a los puntos de vista astronómico y cósmico considerados y expresados en lenguaje simbólico, el cual se ha convertido en teológico y dogmático en nuestras últimas razas. Pero tras de este velo de símbolos cósmicos y astrológicos, se hallaban los misterios ocultos de la antropografía y de la primitiva génesis del hombre. Y en cuanto a esto, ningún conocimiento de símbolos, ni siquiera el de la clave del lenguaje simbólico postdiluviano de los judíos, podrá servirnos de auxilio, si no es con referencia a lo consignado en las escrituras nacionales para usos exotéricos; todo lo cual, por muy hábilmente velado que estuviera, era tan sólo la mínima parte de la historia real y primitiva de cada pueblo, refiriéndose con frecuencia, además, como en las escrituras hebreas, meramente a la vida humana terrestre de aquella nación, y no a su vida divina. Aquel elemento psíquico y espiritual pertenecía al MISTERIO y a la INICIACIÓN. Existían cosas que jamás eran consignadas en papiros o pergaminos, sino grabadas en rocas y en criptas subterráneas, como en Asia Central.

Sin embargo, hubo un tiempo en que el mundo entero sólo tenía “una lengua y un conocimiento”, y entonces sabía más el hombre, en lo referente a su origen, que ahora; y sabía que el Sol y la Luna, por muy grande que sea el papel que representen en la constitución, crecimiento y desarrollo del cuerpo humano, no eran los agentes directos de su aparición en la Tierra; pues estos agentes, a la verdad, son los Poderes vivos e inteligentes que los ocultistas llaman Dhyân Chohans.

Respecto a esto, un admirador muy ilustrado del esoterismo judaico, nos dice que:


La Kabalah dice expresamente que Elohim es una “abstracción general”; lo que llamamos en matemáticas “un coeficiente constante” o “una función general”, no particular, y que entra en toda construcción; esto es, por la razón general de 1 a 31415 las cifras Elohísticas (y astro Dhyânicas).
A esto contesta el ocultismo oriental: Conforme; son una abstracción para nuestros sentidos físicos. Para nuestras percepciones espirituales, sin embargo, y para nuestro ojo espiritual interno, los Elohim o Dhyânis no son más abstracción que para nosotros nuestra alma y nuestro espíritu. Desechad lo uno y tendréis que desechar lo otro, puesto que lo que constituye en nosotros la Entidad que sobrevive, es en particular la emanación directa de aquellas Entidades celestiales, y en parte también ellas mismas. Una cosa es cierta; los judíos conocían perfectamente la hechicería y varias fuerzas maléficas; pero, a excepción de algunos de sus grandes profetas y videntes, como Daniel y Ezequiel -perteneciendo Enoch a una raza demasiado distante y no a ninguna nación, sino a todas, como un carácter genérico-, conocían muy poco el Ocultismo realmente divino, ni hubieran querido usarlo; siendo su carácter nacional contrario a todo cuanto no estuviera directamente relacionado con sus propios beneficios étnicos de tribu e individuales, como lo atestiguan sus propios profetas, y las maldiciones por ellos lanzadas sobre la “raza dura de cerviz”. Pero aun la Kabalah muestra claramente la relación directa entre los Sephiroth, o Elohim, y los hombres.

Por lo tanto, cuando se nos demuestre que la identificación kabalísticza de Jehovah con Binah, un Sephira femenino, posee todavía en sí otra significación suboculta, entonces, y sólo entonces, estarán dispuestos los ocultistas a entregar la palma de la perfección al kabalista. Mientras tanto, se sostiene que, como Jehovah es, en el sentido abstracto de “un Dios viviente”, un número sencillo, una ficción metafísica, y únicamente una realidad cuando se le coloca en su lugar apropiado como emanación y como Sephira, tenemos el derecho de afirmar que el Zohar, según de ello es testigo en todo caso el Libro de los Números, expresaba en su origen, antes que los kabalistas cristianos lo hubiesen desfigurado, y expresa todavía, la misma doctrina que nosotros; o sea la de que el Hombre emana, no de un Hombre celeste, sino de un Grupo Septenario de Hombres Celestes o Ángeles, lo mismo que en Pymander, el Pensamiento Divino.




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