La desconfianza



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La desconfianza y el descontento en el Chile de la

post-dictadura

Formas modernas de construcción socio-imaginaria de

relaciones sociales

1

Dra. Andrea Aravena (antropóloga U. de Concepción, Chile)

Dr. Manuel Antonio Baeza (sociólogo, U. de Concepción, Chile)

Resumen

El trabajo que se presenta se enmarca en los estudios de la sociología y de la antropología desde la perspectiva de los imaginarios sociales y se interesa en la deconstrucción de la desconfianza en tanto elemento característico central de los vínculos sociales en el Chile actual, y de su relación con el descontento. El artículo tiene por objetivo sistematizar y dar cuenta de los avances de una investigación que busca describir la desconfianza del ciudadano con instituciones de la sociedad y del Estado chileno, describir la desconfianza del ciudadano frente a lógicas actuales del mercado, como la mercantilización de las relaciones sociales y describir la desconfianza entre ciudadanos en espacios cotidianos.

El mismo corresponde a los avances de segundo año de investigación, respecto de la emergencia de la desconfianza y el conflicto en el período post-dictadura, desde el año 1990 en adelante, a través del análisis de la prensa escrita.

La investigación tiene un enfoque cualitativo y se desarrolla en el contexto del proyecto Fondecyt Nº 1130738 (2013-2015).



Abstract

Palabras Clave: Desconfianza, descontento, imaginarios sociales, Chile post-dictadura

Acerca de la noción de desconfianza

Al referirnos a la idea misma de desconfianza pareciera necesario establecer de entrada que, al menos en el pensamiento occidental, la más elemental de todas las desconfianzas sería de carácter ontológico, según lo afirmaban aunque de modo indirecto importantes autores de siglos anteriores. Esto quedaría en evidencia, por ejemplo, cuando el ser humano descubre algo así como la maldad intrínseca de su propia naturaleza. En este sentido, la metáfora según la cual el hombre sería un feroz lobo para su propia especie (“Homo lupus homo”) es el punto de partida de la filosofía política de Thomas Hobbes (Leviatán, 1651). En efecto, para él, siendo los humanos incapaces de organizar su convivencia sin afán destructivo, seríapues necesario crear una instancia súper-estructural con plenos poderes, incluido el punitivo, que conocemos con el nombre de Estado, para que la sociedad pueda existir finalmente como tal.

En todo caso, esta esta ontología que podemos calificar de negativa, está lejos de concitar opiniones solamente favorables . Para otro filósofo de gran renombre, del siglo siguiente esta vez, Jean-Jacques Rousseau (El contrato social, 1762), la naturaleza humana es, por el contrario, buena, y está caracterizada por una ingenuidad original que solamente la aparición de cercos, cuya funcionalidad era la de delimitar la propiedad privada, destruyó.De allí entonces la necesidad de un pacto o contrato social. Pero en ausencia de comprobación empírica, la discusión acerca de la naturaleza buena o mala del ser humano es infructuosa. Es preciso por lo tanto, en primer lugar, “desontologizar” el debate que aquí nos ocupa, sacarlo prontamente de ese nivel de abstracción metafísica, para intentar situarlo en un nivel que podríamos definir como socio-antropológico, capaz de organizar el campo analítico de la desconfianza en tanto que construcción social.

Curiosamente, la desconfianza no ha tenido un valor objetual en la gran mayoría de las ciencias sociales. Teniendo por el contrario la noción de confianza tal estatus, se podría suponer deductivamente que la desconfianza sería algo así como su opuesto semántico, pero en estricto rigor las cosas son algo más complejas. Si partimos, sin embargo, en sociología con el tema de la confianza, veremos que para G. Simmel –en sociología clásica- ésta es el resultado de un proceso relativamente prolongado de inversión en el Otro. En un registro teórico distinto, N. Luhmann, décadas más tarde, también habló de profundización de un proceso comunicativo entre personas. Se podría suponer que para la socio-fenomenología de A. Schütz el acercamiento empático de significaciones propias del mundo de la vida social implica igualmente la emergencia de un fenómeno de confianza recíproca. Sin embargo, ninguno de estos autores evoca en forma directa el tema de la desconfianza, lo que incita a pensar que si, en uno u otro caso, el proceso por ellos analizado se detiene abruptamente (por traición de la confianza por una de las partes, por ejemplo) la consecuencia es inevitablemente la pérdida de aquélla, o sea la aparición de la no-confianza y que algunos podrían asimilar a la idea de desconfianza.



imaginarios sociales, entendidos estos últimos como la incesante construcción social de significados de las cosas del mundo de la vida, o sea un conjunto de significados que se realizan y se legitiman por los miembros de conglomerados humanos para poder vivir juntos e instituir sociedad propiamente tal, en términos más sofisticados (cf. M. A. Baeza, 2000, 2003, 2008). Tales significaciones socialmente compartidas configuran finalmente el mundo en el que habitamos, caracterizando así de determinada manera siempre provisoria las subjetividades de las poblaciones en cuestión. A una urdimbre de significaciones sociales establecidas de esta forma podremos llamarla, en plena coincidencia con C. Geertz (2003), cultura. Ahora bien, si declinamos esas mismas significaciones socialmente legitimadas a las prácticas sociales y a la especificidad de estas últimas según los diferentes campos que configuran la sociedad nos encontraremos con el viejo y aristotélico concepto de habitus, retomado de manera sociológica por el sociólogo P. Bourdieu, para definir “sistemas de disposiciones durables y traspasables” que actúan –agrega el autor- como generadores de prácticas específicas, o sea acondicionadores sociales del pensar y del actuar propios de un campo (P. Bourdieu, 1980, 87); nos servirá este concepto como herramienta de búsqueda de ciertos tipos de desconfianzas duraderas en determinados campos de la vida social. Tendremos la oportunidad de volver más abajo a referirnos a este, sin duda, polisémico conceptode cultura cuando aludamos el trabajo de la antropología y también al de habitus cuando nos adentremos en la desconfianza cultural.sui generisentre ella (lo adquirido) y la naturaleza (lo innato), aunque no logrando siempre establecer con éxito lo propio de cada una de estas áreas, que no obstante convergían en la existencia misma de los seres humanos. Luego hay también otra distinción con un fondo ideológico algo más nítido que nos separa, en tanto que individuos de nuestro propio entorno social. En este segundo aspecto, B. Latour (2001) expone y nos sugiere en uno de sus textos una fórmula que proviene del pensamiento científico occidental y que consiste en la invención de un mundo que finalmente nos resulta “externo”, el cual adquiere –según él- la forma algo enigmática de “sociedad”, como manera de mantener “la muchedumbre a raya”. Pues bien, aquello que tenía origen en la ciencia ha pasado luego a formar parte de la doxa y, en tal sentido, el autor dice que porque “queremos repeler a la irascible multitud, necesitamos un mundo que sea totalmente externo, ¡aunque sin dejar por ello de resultar accesible!” (2001, 26). Asumiendo este aspecto central de la reflexión de B. Latour no podemos sino constatar que en nuestro lenguaje cotidiano, rutinizado, el común de los ciudadanos nos referimos a la “sociedad” como si se tratara de una entidad abstracta, lejana, así como también definitivamente apartada de la naturaleza. Sucede no obstante que con la “sociedad” parecemos tener una relación ambigua: la de pertenencia y no pertenencia a la vez. Quizás no sea muy aventurado decir que generando este tipo de relaciones alimentadas con esos imaginarios sociales del extrañamiento, del solipsismo individualista, la desconfianza social sea un producto tan previsible como fatal, en la medida que aquello que nos es desconocido nos resulta tendencialmente no confiable.Sin embargo, curiosamente, la desconfianza no ha tenido un valor objetual en la gran mayoría de las ciencias sociales. Teniendo por el contrario la confianza tal estatus, se podría suponer que la desconfianza sería algo así como su opuesto semántico, pero en estricto rigor las cosas son algo más complejas. Si partimos, sin embargo, en sociología con el tema de la confianza, veremos que para G. Simmel(1977) –en sociología clásica- ésta es el resultado de un proceso relativamente prolongado de inversión en el Otro, tal como se observa en su estudio sobre el personaje del forastero. Por su parte, se podría suponer con poco margen de error que parala socio-fenomenología de A. Schütz (2001) el acercamiento empático de significaciones propias del mundo de la vida social implica igualmente la emergencia de un fenómeno de confianza recíproca. Cabe igualmente una mención para E. Goffman (1981), gestor de la llamada sociología dramatúrgica, quien habla en uno de sus textos de la actuación de un sujeto que, en el cumplimiento de un rol, solicita de sus observadores e interlocutores creer en la condición real y verdadera de su cometido, algo así como un indicio de confianza, insinuando que en tal ejercicio puede surgir sin embargo el escepticismo (E. Goffman, 1981, 29). No obstante,quizás con la sola excepción de esta apertura goffmaniana, que en todo caso se limita a escenarios micro-sociales, ninguno de esos autores evoca en forma directa el tema de la desconfianza, lo que incita a pensar que si, en uno u otro caso, el proceso por ellos analizado se detiene abruptamente (por traición de la confianza por una de las partes, por ejemplo) la consecuencia es inevitablemente la pérdida de aquélla, o sea la aparición de la no-confianza y que algunos podrían asimilar a la idea de desconfianza.

Pero la antropología en particular nos adentra en el terreno de la cultura y al hacerlo nos muestra (C. Geertz, 2003) que ésta es principalmente –y dicho a la manera de los fenomenólogos- mundo significado a través de la experiencia social del mismo y que se transmite de manera intergeneracional; una cultura es entonces, a la vez,formas propias del pensamiento, estilos del hacer, prácticas individuales y colectivas diversas, etc., es decir un conjunto de elementos materiales e inmateriales válidos para el ejercicio mismo de la vida social que son heredados por una generación desde la anterior en forma sucesiva. Desde este punto de vista, el fenómeno de la desconfianza podría tener otro tipo de génesis, esta vez sin vinculación alguna con quiebres de procesos en curso de construcción de confianza. En efecto, con cargo a una historia ancestral, una cultura puede inculcar por la vía de la socialización tanto primaria como secundaria la nula confianza hacia determinados pueblos considerados secularmente como hostiles, también hacia determinadas formas culturales cuya sola exogeneidad avasalladora podría acarrear riesgos para la sobrevivencia de la cultura propia, etc. La desconfianza, en estos términos, tiene su origen ya no en factores afectivos que generalmente suelen acompañar rupturas de la confianza (como sería el caso de una relación amorosa, por ejemplo), sino en significaciones socialmente compartidas –bajo la forma de estereotipos muchas veces- que son transmitidas de una generación a otra y que en sus contenidos no favorecen la germinación y desarrollo de confianza (véase por ejemplo ese sentimiento de desconfianza que los occidentales generalmente tenemos respecto de los gitanos).

De modo entonces que la desconfianza tiene dos fuentes posibles de emergencia: por quiebre o por no adquisición. Pero éste no es el único aspecto de la desconfianza en el cual se debe reflexionar, puesto que ella tiene, por ejemplo, tres niveles de manifestación: uno macro, que remite al tipo de relaciones que establecen los individuos con el Estado o con el Mercado; otro meso, que evoca las relaciones intergrupales de distinta naturaleza; por último un nivel micro, que plantea el problema de las relaciones interpersonales. A primera vista, ya sea por vocación o por historia, la sociología, la antropología y la psicología, parecieran poder distribuirse respectivamente los estudios en los tres niveles antes señalados. Sin embargo, lo que predomina más bien –y tal como lo insinuábamos más arriba- es la ausencia de investigaciones específicas, dada la denegación objetual que hemos observado.

En este contexto nos podemos interrogar acerca de lo que sí se está haciendo y de las eventuales conexiones temáticas con aquello en lo cual algunos investigadores vienen trabajando desde hace ya bastante tiempo. Por ejemplo, podríamos intentar establecer algún puente entre las preocupaciones nuestras y las de P. Rosanvallon (1997)–quien integra el vocablo “desconfianza” en el subtítulo de uno de sus libros- y las dificultades estructurales de la democracia representativa. O también con la línea más antigua de R. Dahrendorf(1994) y su intención de trabajar en torno a una teoría de los conflictos. Y más recientemente, U. Beck (2006) y su concepto de sociedad de riesgo, con el tema del individualismo y el descuelgue de los sentidos comunitarios, además de las nuevas incertidumbres. Cómo omitir en esta misma línea el trabajo de R. Castel(2003, 2010) y su concepto de inseguridad social. Una hipótesis interesante podría consistir en decir que a mayor complejidad en sociedades de capitalismo integrado (globalizado, planetarizado) corresponde una mayor desconfianza de los ciudadanos. El sociólogo brasileño O. Lanni (1999) señalaba que uno de los problemas fundamentales de la “globalización” era la ausencia de control social sobre las operaciones que tienen lugar en el marco de aquélla, con lo cual, desde nuestro punto de vista, no se podría esperar algo que no sea precisamente una profundización de la desconfianza social.

La incertidumbre social, con alcances multidimensionales (política, económica, social, familiar, espiritual, etc.), es productora de miedos sociales y el parentesco de estos últimos con desconfianzas debidamente estructuradas es muy cercano. Ahora bien, tal incertidumbre se condice plenamente con aquellos procesos de gran escala –la mundialización del capitalismo, por ejemplo- acerca de los cuales no se percibe forma de control social alguno. Y cuando se establece un imaginario de distanciamiento con algún tipo de fenómeno o proceso, entonces las posibilidades de control social son aún menores. B. Latour expone y nos sugiere la fórmula proveniente del pensamiento científico occidental que consiste en la invención pura y simple de un mundo que nos es “externo”, que adquiere –según él- la forma algo enigmática de la “sociedad”, como forma de mantener “la muchedumbre a raya”. Ahora bien, aquello que tenía origen en la ciencia ha pasado luego a formar parte de la doxa y, en tal sentido, el autor dice que porque “queremos repeler a la irascible multitud, necesitamos un mundo que sea totalmente externo, ¡aunque sin dejar por ello de resultar accesible!” (2001, 26). Asumiendo este aspecto central de la reflexión de B. Latour no podemos sino constatar que en nuestro lenguaje cotidiano, rutinizado, el común de los ciudadanos nos referimos a la sociedad como si se tratara de una entidad abstracta, algo lejana, definitivamente apartada de la naturaleza. Sucede que con la “sociedad” parecemos tener una relación ambigua: la de pertenencia y no pertenencia a la vez. Quizás no sea muy aventurado decir que generando este tipo de relaciones con esos imaginarios sociales del extrañamiento, la desconfianza social sea un producto previsible.

La desconfianza en el campo de estudio de los imaginarios sociales

El campo de estudios de los imaginarios sociales es un terreno fértil, desde un punto de vista de sus antecedentes en las ciencias sociales y de gran actualidad por su aplicabilidad a diversos ámbitos de la vida social. Desde los inicios de la sociología, en su estudio sobre las representaciones colectivas, Durkheim (1912) destacaba el carácter inherente de la representación, cuestionando la separación entre lo material y lo ideal, pues las representaciones sociales, forman parte constitutiva de la realidad social.

Desde la Antropología, Durand, en su teoría de la imaginación simbólica y material propone un enfoque mitológico y arquetípico de la imaginación creadora, asignando a lo imaginario un lugar natural en lo simbólico y en el mito (Durand, 1964). De lo anterior se desprende lo imaginario como una facultad humana por medio de la cual los individuos y la sociedad interpretan el mundo y se relacionan con el entorno (Durand, 1969). Para Edgar Morin (2000) lo imaginario se encuentra estrechamente ligado en sus orígenes (al igual que la magia y el mito) a la edificación de un recurso cultural necesario para afrontar el destino natural del hombre, donde en sus orígenes la propia cultura sería una suerte de recurso humano para trascender la naturaleza biológica.

En este mismo sentido Castoriadis (1989) aborda el tema de los imaginarios sociales en su dimensión colectiva, que en la sociedad moderna habrían buscado imponer la racionalización como componente de identidad, al mismo tiempo que despreciaba las costumbres primitivas de las representaciones imaginarias de las sociedades arcaicas, donde paradójicamente, esta “racionalización” extrema, respondería a lo imaginario como en cualquiera de las sociedades arcaicas. Dicho en términos de Callois (1975), representaciones en la piedra, obras de arte o productos científicos, se sitúan en el mismo orden de representación de la sociedad, pues desde un punto de vista fenomenológico la imaginación precedería a la realidad (Bachelard, 1941, 1943).

En términos de Carretero (2006), siguiendo a Durand y Bachelard, lo imaginario se caracteriza como fuente de creación de posibilidades alternativas de realidad, como aquello que permite instaurar una suerte de irrealidad por medio de la cual transmuta la realidad establecida. Para el sociólogo español Juan Luis Pintos (1995, 2000), los imaginarios sociales aluden a una especie de inconsciente colectivo, siendo esquemas construidos socialmente que nos permiten percibir como real lo que en cada sistema social se considere realidad, explicarlo e intervenir en ello.

Finalmente, para nuestra investigación sobre imaginarios sociales y desconfianza, entenderemos los imaginarios sociales como múltiples y variadas construcciones mentales compartidas de significancia práctica del mundo, en sentido amplio, destinadas al otorgamiento de sentido existencia (Baeza, 2003, 2008). La desconfianza tendría en tal sentido, un trasfondo imaginario social. La desconfianza, en estos términos, tiene su origen ya no en factores afectivos que generalmente suelen acompañar rupturas de la confianza (como sería el caso de una relación amorosa, por ejemplo), sino en significaciones socialmente compartidas.



La percepción de desconfianza en la sociedad chilena de la post-dictadura

Desde hace algún tiempo, se viene sosteniendo que en el Chile actual la población se encuentra insatisfecha con el modelo de sociedad que ha imperado en los últimos treinta años. Entre ellos, son especialmente útiles los estudios recientes acerca de la subjetividad de la población, como las Encuestas Nacionales de Juventud (INJUV, 2007; INJUV, 2010) y los Informes de Desarrollo Humano publicados por el PNUD (200?; 200?; 2012). Sobre el particular, en el Informe de Desarrollo Humano del año 2012 se señalaba que “en cada hecho social de protesta o manifestaciones –desde los referidos a aspectos micro o los temas macrosociales- se advierte la estructura de una insatisfacción o un malestar social determinado por el modelo de sociedad configurado en los últimos treinta años” (PNUD, 2012: 39). Esta insatisfacción se debería en lo sustantivo al sistema económico ultra liberal implementado bajo la dictadura militar y profundizado con el retorno a la democracia (PNUD, 2012). En efecto, el mismo informe destaca que menos de la mitad de la población apoye el modelo económico existente en el país, basado en la libertad de precios, economía abierta al mundo y empresas privadas más que estatales, y más de la mitad lo mantendría con cambios o correcciones profundas o definitivamente lo eliminaría y haría uno completamente nuevo (38% y 27%, respectivamente) (PNUD, 2012).

También se ha sostenido que si bien en un principio ese malestar era difuso, se encontraba contenido y no se expresaba socialmente, en la actualidad de trataría de un tipo de malestar explícito y activo, el que se expresaría de manera colectiva (“A fines de los noventa el malestar era difuso, contenido y no se expresaba socialmente, mientras que ahora es explicito, activo y se expresa colectivamente; esto se aprecia, por ejemplo, en el notable incremento de las manifestaciones sociales durante el año 2011” (PNUD, 2012: 41)).

Este incremento de las manifestaciones sociales y del malestar de las personas con la sociedad, se daría en paralelo al aumento de la satisfacción de la población con sus vidas personales (PNUD, 2012: 44) y “el malestar con la sociedad no es solo coyuntural, sino de larga data, y que por lo tanto también puede entenderse como un modo de relación de los ciudadanos con la sociedad” (PNUD, 2012: 47).



Emergencia de la desconfianza y su relación con el descontento

Análisis a través de la prensa

Analizado a través de la emergencia de acontecimientos en la prensa nacional escrita, que representa el imaginario dominante (El Mercurio para el análisis a nivel nacional y el diario El Sur para el análisis regional), el proceso mediante el cual se expresa el malestar y el descontento de la población en el país puede graficarse a través de un simple proceso que va desde la vivencia o planteamiento de un problema a la interpelación de la autoridad. Para tales efectos presentamos los resultados trabajados al interior de nuestro equipo de investigación, que lleva analizados a la fecha 14 de 25 años, con un promedio de 384 noticias/año aproximadamente.



Duda problemática




Desconfianza




Descontento






Interpelación


El período de análisis de prensa comienza con el gobierno de Aylwin. Se trata del período directamente posterior a la dictadura, los medios se encuentran polarizados e influenciados por las fuerzas armadas y su trasfondo político con grupos de poder que los respaldan. Aparece una fuerte presión social a través de los partidos políticos que se habían constituido en la Concertación de Partidos por la Democracia.

El tema económico se profundiza, se cambia de régimen político, pero no económico. Los temas que impactan en las noticias son los derechos humanos y la aprición de “heridas abiertas” donde se visualiza el tema de la vida y la integridad física de las personas, así como la participación política.

Respecto de la participación ciudadana destaca que los sindicatos han sido mermados y en este período se comienza a revalorizar el tema. En paralelo comienzan a tomar importancia los temas asociados a la CUT.

Los reclamos transitan del estado como empleador a los empresarios. Los trabajadores protestan contra los empresarios pero negocian con el estado que a su vez se vincula con los empresarios. Aparece el tema de la seguridad ciudadana como un tema diferenciado de la delincuencia común, mientras que los grupos subversivos van teniendo menor empatía en la población.

En el tema de derechos humanos comienza a haber una leve apertura judicial por el caso de las osamentas, frente a un sistema judicial que hasta entonces se vinculaba a la protección de la dictadura.

Comenzado el gobierno de Eduardo Frei, la emergencia de acontecimientos va cambiando hacia el tema de la corrupción, que aparece a nivel público y abierto.

Respecto del tema de derechos humanos continúan apareciendo casos de detenidos desaparecidos por grupos de la DINA, el tema de Colonia Dignidad como cenmtro de tortura y se genera una persecución social hacia los últimos reductos de la disctadura. En paralelo emerge el tema de las condiciones de vida en las cárceles, y el tema de la vulneración de los derechos comienza a ampliarse.

Pinochet es detenido en Inglaterra generando toda una actualización local respecto del tema de los derechos humanos y que se vuelva a polarizar la discusión acerca de la dictadura por un lado y el legado del régimen militar por otro.

Los partidos políticos han perdido peso, los jóvenes ya no aparecen inscritos. Se observa una disminución en las expectativas acerca de la democracia como sistema político y del sistema neoliberal como única alternativa económica. Emergen con fuerza los temas de desconfianza en los privados, que ya había emergido el año 1991 con la privatización de los ferrocarriles.

En lo económico el país se ve atravesado por la llamada “crisis asiática” y la caída de los precios de los productos agrícolas, entre otros. Los productores agrícolas tradicionalmente más conservadores, se movilizan por los precios de sus productos, se afecta la empleabilidad y la estabilidad. En la prensa se habla recurrentemente de los despides y de la precarización del empleo, con lo que se profundiza la desconfianza en el sistema económico y en las personas (por ejemplo los empleadores).

Surge el tema del medio ambiente. Queda en evidencia que la producción industrial sacrifica sitios y lugares en pro de una mayor productividad de la economía (ej. Talcahuano, represas hidroeléctricas del Alto Biobío), lo que afecta la economía de la zona y la calidad de vida de la gente.

Entre los temas que reaparecen está el del centralismo de Santiago. Se empieza también a revalorizar el medio ambiente pues los límites de las empresas se superponen con las conurbaciones de población.

En materia de seguridad ciudadana se sigue hablando de los “grupos subversivos” pero con menor recurrencia y aumenta la percepción de la población de vulneración, especialmente por aumento de la percepción de victimización por asaltos y tráfico y consumo de drogas (especialmente cocaína).

Desde 1994 en adelante se releva el tema de las mujeres y los niños como víctimas de violencia sexual en la sociedad, con el tema de la existencia de redes de abuso sexual y de trabajo infantil.

Se critica la falta de construcción de viviendas, la falta y la calidad de la urbanización. Las tomas son erradicadas para proyectos inmobiliarios de menor cuantía.

Cobra visibilidad el tema indígena, que ya había emergido hacia los años noventa y noventa y uno, marcado ahora con la crisis generada por la aprobación del proyecto Ralco y la intervención por parte del Presidente de la República de la CONADI. Se cuestiona al Estado en su neutralidad respecto de los conflictos entre empresas y comunidades y se produce un quiebre de confianza perdurable hasta el día de hoy entre el estado y los pueblos indígenas y particularmente el pueblo mapuche.

Las promesas del período de Aylwin se rompen en el período de Frei. La desconfianza también se instala en temas de derechos humanos, relaciones laborales, funcionarios del Estado, entre otros. Por eso hemos señalado que junto a la desconfianza se instala la duda. (1994-2000).

Comienza a aparecer con mayo fuerza el conflicto por tierras, comienza el tema de la reconversión productiva y emergen voces de alerta por el cierre de las minas de carbón. Hacia el final del período se vislumbra que la reconversión no funcionó como se esperaba, y que los extrabajadores se encuentran en una situación de mayor precariedad a la existente con anterioridad.



Tanto en temas de salud como de educación emergen críticas hacia el modelo y hacia la falta de inversiones durante la dictadura sobre la materia y la necesidad de llevar a cabo reformas profundas de sistemas que se encuentran desfinanciados (materias que también habían aparecido en el período anterior pero no de manera tan directa).-En salud por ejemplo destaca no solo la falta de recursos sino también la falta de especialistas, infraestructura y medicamentos, con movilizaciones de actores sociales de la salud.

Anexo

Emergencia de noticias por año






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