La concreción injustificada: el homo economicus



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CONOMÍA Y MEDIO AMBIENTE Lectura 20


DOCENTE: Rosa Ferrín Schettini Página

II Semestre: marzo-julio de 2004




IV. LA CONCRECIÓN INJUSTIFICADA: EL HOMO ECONOMICUS: EL HOMO ECONOMICUS COMO LA BASE DE LA TEORÍA DE LOS PRECIOS1
LA ABSTRACCIÓN más importante, que resulta básica para la teoría económica contemporánea, es la del Homo economicus a partir de los seres humanos de carne y hueso. Nadie duda que está involucrada una abstracción considerable. Pero la mayoría de los economistas creen que así no se causa daño alguno a su disciplina. Confían estos economistas en que saben lo necesario acerca del comportamiento humano, a partir de su modelo, sin necesidad de examinar detalladamente el comportamiento humano real. En este capítulo examinaremos esta abstracción tal como funciona en la teoría económica, a fin de determinar la medida en que conduce a la falacia de la concreción injustificada.
El Homo economicus alcanza su delineación más clara en la teoría del valor de cambio o el precio. Hay aquí dos supuestos. Primero, se supone que las necesidades totales del individuo son insaciables. Pero en segundo lugar se supone que, a medida que los individuos adquieren bienes particulares, disminuye su deseo de un consumo adicional de ese bien, llamado la función de utilidad de ese bien. El análisis marginal, la columna vertebral de la economía neoclásica, se basa en esta última idea combinada con el reconocimiento de que el precio se determina por la utilidad marginal. Esto significa que el precio que pagamos por un bien es lo que vale para nosotros una unidad adicional de ese bien, dada la cantidad que ya tenemos. Tendemos a interesarnos en un tercer helado menos que en el primero, o en el décimo par de zapatos menos que en el segundo. Si ya tenemos cinco corbatas pero sólo una camisa, pagaríamos considerablemente más para adquirir una segunda camisa que una sexta corbata. En algún punto, tendremos todo lo que queremos de algún bien y perderemos todo interés por adquirir más a cualquier precio. Ésta es una base sólida para la teoría económica, y afirmamos el valor y la validez del análisis marginal. Pero la teoría de los precios da un segundo paso más cuestionable. La necesidad de ser una ciencia deductiva capaz de cuantificar la lleva a declarar que sólo los bienes consumidos por un individuo contribuyen a la satisfacción de ese individuo o a su “función de utilidad”. El “consumo”, tal como se concibe aquí, no excluye los regalos. Podemos comprar regalos para los amigos, y el placer que nos da su felicidad se incluye en la función de utilidad. Por lo tanto, nuestro disfrute por el disfrute de otros cuenta en la medida en que lo paguemos. Mientras se satisfaga esta condición, el Homo economicus puede actuar generosamente.
Lo que se excluye del Homo economicus son las preocupaciones por las satisfacciones o los sufrimientos de otras personas que no se expresen como nuestra actividad de mercado. Por ejemplo, el Homo economicus no experimenta ningún placer cuando un vecino recibe un regalo de alguien más o un ascenso, o cuando un filántropo regala un parque para niños pobres. Esto incrementa la función de utilidad del filántropo, pero no la de otro individuo de la comunidad. De igual modo, el Homo economicus no envidia el nuevo automóvil del vecino, ni le duele su derrota en la competencia por un honor. El Homo economicus no conoce la benevolencia ni la malevolencia en ninguno de estos casos: se siente indiferente.
Cuando se compara el Homo economicus con la gente de carne y hueso, en este sentido, el contraste es sorprendente. El Homo economicus se siente indiferente a la posición relativa en la sociedad, pero en el mundo real gran parte de la satisfacción experimentada por los individuos en la vida depende de su posición en relación con otros individuos; en otras palabras de su posición relativa en su comunidad. En conjunto, quienes se encuentran en una posición relativamente mejor reportan que son más felices que otros miembros de su sociedad que se encuentran en una posición relativamente peor. Esto es lo que esperaría la mayoría de nosotros. Pero cuando se hacen comparaciones a través del tiempo o entre las sociedades, hay escasa diferencia en la felicidad propia reportada de una sociedad a otra. Es decir, el hecho de que en una fecha posterior esté la mayoría de los individuos consumiendo mucho más en términos absolutos no tiene gran efecto sobre la felicidad. Y los miembros de las sociedades ricas no reportan en general que se sientan más felices que los miembros de las sociedades más pobres. En suma, el nivel absoluto del bienestar económico contribuye poco a la satisfacción personal, mientras que el nivel relativo dentro de una sociedad dada contribuye considerablemente. Una abstracción que olvida este punto por entero no puede proveer una guía adecuada para la política económica.
La teoría económica contemporánea no puede ajustarse fácilmente a las discontinuidades entre el Homo economicus y la gente real. Gran parte de la teoría requiere el modelo y no puede formularse sin él. Requiere el supuesto de funciones de utilidad independientes, lo que significa que la satisfacción de cada individuo deriva de los bienes adquiridos por ese individuo en el mercado. Sin este supuesto, la teoría se convierte en un embrollo de esoterismo matemático; en particular, no puede demostrar que la competencia pura conduzca a una distribución óptima de los recursos. El equilibrio general se convertiría en un logro más imposible aún, y la mano invisible se volvería invisible para la razón, no sólo para el ojo.
La característica principal del Homo economicus que aparece en esta imagen es la del individualismo extremo. Lo que ocurra a otros no afecta al Homo economicus, a menos que éste lo haya causado mediante un regalo. Ni siquiera las relaciones externas a otros, como la posición relativa en la comunidad, hace alguna diferencia. Además, sólo los bienes escasos, los que se intercambian en el mercado, tienen algún interés. Los regalos de la naturaleza no tienen importancia, como tampoco la tiene la moral de la comunidad de la que forma parte el Homo economicus. Cuando los economistas obtienen conclusiones de este modelo, acerca del mundo real, no hay duda de que cometen la falacia de la concreción injustificada.
Mientras afirmamos el principio de la utilidad marginal, disputando sólo que la utilidad se deriva en formas tan limitadas, nos sentimos mucho más dudosos acerca de la otra característica fundamental del Homo economicus postulada por la teoría de los precios: el deseo insaciable de los bienes. La ley de la utilidad marginal decreciente se aplica al ingreso, y por lo tanto a los bienes en general. Si disminuye la utilidad marginal del ingreso, más allá de cierta cantidad tendremos suficiente, para todos los propósitos prácticos. El postulado de la insaciabilidad niega esto, apelando a nuevos bienes y nuevos deseos, y al ocio como un bien del que siempre deseamos más. Pero de nuevo, ¿no tiene también el ocio una utilidad marginal declinante y no podemos tener suficiente de él? ¿Y no nos fastidiamos con una corriente de bienes nuevos si no hemos aprendido aún a utilizar los antiguos? El postulado de la insaciabilidad parece mal fundado y en considerable tensión, si no es que contradicción, con la ley de la utilidad marginal decreciente, mucho mejor fundada. Incluso el argumento de sentido común en favor de la insaciabilidad, de que los muy ricos parecen disfrutar su consumo elevado, deja de ser una proposición generalizable porque los ricos contratan a otros para que se encarguen del trabajo de mantenimiento asociado al consumo. Los muy ricos reservan su tiempo para montar sus caballos, dejando que los empleados los bañen y peinen y limpien el establo. Podría replicarse que este es sólo un aspecto de la escasez del ocio. Si tuvieran más ocio, los ricos podrían montar más caballos y limpiar sus propios establos. Pero entonces lo fastidioso de la limpieza de los establos fijaría un límite a la monta de caballos. Sin la ayuda de los pobres, los ricos consumirían mucho menos. Y si todos fuesen ricos, ¿dónde podría conseguirse la ayuda alquilada?
Si la insaciabilidad fuese el estado natural de la naturaleza humana, no habría necesidad de la agresiva publicidad estimulante de los deseos, ni del montón de novedades que tratan de promover la insatisfacción con el modelo del año pasado. El sistema trata de reformar a la gente para que encaje en sus propios supuestos. Si los deseos de los individuos no son naturalmente insaciables, debemos volverlos insaciables para que el sistema siga adelante. Ya en los años cuarenta, esto era evidente para John Steinbeck, cuyo personaje de The Wayward Bus, Pimples Carson, gastaba la mitad de su ingreso en médicos y tratamientos cuyos anuncios prometían curar su acné, y la otra mitad en dulces y pasteles cuyos anuncios le decían que un hombre trabajador necesita la energía de la alimentación rápida. De este modo, Pimples Carson se convierte en el consumidor insaciable, con gran beneficio de los fabricantes de caramelos y de lociones para el acné, pero en su perjuicio personal.
Los defensores del principio de la insaciabilidad pueden señalar que incluso los muy ricos o algunos de ellos trabajan duro para adquirir más. Pareciera que su deseo fuese insaciable. Pero éstos son a menudo individuos que gastan relativamente poco en el consumo personal, es decir, en los bienes que provocan un deseo insaciable de acuerdo con la teoría económica. Su motor parece ser el poder o la posición relativa frente a otros ricos, factores éstos que no le interesan al Homo economicus.
Quizá pudiera demostrarse mejor la insaciabilidad si se destacara la filantropía. Es posible que sea insaciable el disfrute del placer de quienes beneficiamos con regalos. Dado que la donación ilimitada es más fácilmente concebible que el consumo ilimitado, resulta sorprendente que este argumento no sea más prominente.
Es posible que la explicación resida en el hecho de que la función de utilidad del Homo economicus se ha entendido eminentemente en términos del consumo en sentido ordinario. Contar la compra de un bien para otro como un consumo ha sido una concesión de la que no se ha derivado nada. Si destacáramos el placer que le produce al Homo economicus el placer de quienes reciben un regalo, sería demasiado sorprendente la inconsistencia de no permitirle disfrutar de cualquier otro disfrute de los demás, hasta el punto de resultar intolerable. La concesión de este disfrute de la generosidad se hace de tal modo que la compra de regalos para otros no tenga que restarse de la función de utilidad. No debe tomarse la generosidad como un rasgo importante de la psicología del Homo economicus. La teoría requiere que el Homo economicus sea adquisitivo sin límite, y es así como lo ha postulado.
A veces se formula explícitamente la limitación del interés del Homo economicus a la ganancia personal. F. Y. Edgeworth escribió que “El primer principio de la economía es que todo agente se mueve por el interés propio” (Mathematical Psychics 1881). Edgeworth creía que esto se aplicaba bien a la guerra y al contrato, pero no a otros campos. La apoteosis literal de la doctrina del interés propio la alcanzó el economista alemán Hermann Heinrich Gossen, cuyo libro titulado The Laws of Human Relations (1854) ha sido sacado de la oscuridad porque anticipaba la teoría marginalista de Jevons (1924) y Menger (1950). La regla de oro de Gossen era: “Organiza tus acciones para tu propio beneficio”. Dios implantó el interés propio en el pecho humano como la fuerza motivadora del progreso. Siguiendo el interés propio, seguimos la voluntad de Dios. Cuando se obstruye el interés propio, sólo se inhibe el plan de Dios. Con indignación, se pregunta Gossen: “¿Cómo puede ser una criatura tan arrogante que desee frustrar en todo o en parte el propósito de su Creador?” ([1854] 1983, p. 4). Pero los propósitos de Dios no serán torcidos por arrogantes moralidades porque la fuerza del egoísmo, divinamente implantada, es demasiado poderosa para ser superada.
LAS CONSECUENCIAS SOCIALES DEL MODELO
Cualquiera que sea la conclusión a la que se llegue acerca de la posibilidad de cierta generosidad de parte del Homo economicus, no hay duda de que la teoría económica basada en esta antropología ha alentado una búsqueda menos inhibida de la ganancia personal en el mundo de los negocios. Eso significa que la ganancia personal no desempeñara un papel importante en las generaciones anteriores, sino sólo que había una reprobación generalizada del hecho de hacer de esa meta el determinante de nuestras vidas y acciones. Los monjes que tomaban en serio sus votos de pobreza eran de ordinario más admirados que los comerciantes prósperos. El honor competía con la riqueza como una meta personal.
La teoría económica moderna ha enseñado que estas inhibiciones desde la búsqueda de riqueza no son necesarias para el bien general, y que en efecto impiden su realización. Cuando cada individuo trata de maximizar la ganancia económica, aumenta el producto total de la sociedad y por ende se benefician todos. Si antes se esperaba que el Gobierno influyera sobre la actividad económica en aras de la justicia para todos, ahora se piensa que sus intervenciones impiden ese incremento del producto total que es el único capaz de generar una prosperidad generalizada. El Homo economicus tiene escaso incentivo para moderar la búsqueda de riqueza en aras de otros intereses.
En el pasado, la búsqueda de la ganancia personal ilimitada se veía mitigada por la preocupación por la justicia, la equidad o el bienestar de la comunidad en conjunto. Ésta es una dimensión de los seres humanos, reales de la que carece el Homo economicus. Los economistas muestran una fuerte tendencia a identificar la distribución justa o correcta de los bienes con cualquier distribución resultante de las transacciones del mercado irrestrictas. Por ejemplo, Milton Friedman afirma que “el porcentaje correcto (de propietarios de viviendas) surge en un mercado libre donde la vivienda no esté subsidiada ni castigada” (1981). En un espíritu similar, dice Robert Samuelson que “Los esfuerzos por ayudar a las pequeñas empresas como una clase no son más virtuosos que la ayuda a las grandes empresas como una clase” (1982). Es posible que ambos autores estén en lo cierto, pero la determinación de la moral por el comportamiento del mercado no lo está.
La tensión de la concepción que tienen los economistas del Homo economicus aparece cuando se encuentran con un comportamiento que no corresponde a la matemática de la maximización. Steven R. Rhoads ha estudiado la literatura reciente y ha mostrado cuán fuerte es la tendencia de los economistas a suponer que tal comportamiento expresa una motivación egoísta más sutil o una ignorancia. De nuevo, se observa que la dominación de la matemática de la maximización ha inclinado el significado de la racionalidad atribuida al Homo economicus hacia el egoísmo estrecho. Rhoads resume algunos experimentos particularmente interesantes. En estos experimentos se dan monedas simbólicas a grandes grupos de individuos que pueden invertirlas en un intercambio individual que le da un centavo por ficha al individuo que invierte, o en un intercambio grupal que rinde 2.2 centavos por ficha pero divide estas ganancias entre todos los miembros del grupo, independientemente de quién invierta. En otras palabras, en el intercambio grupal recibe el sujeto una participación del rendimiento de la inversión en el intercambio grupal hecho por los otros miembros del grupo. La mayoría de los economistas pronosticarían que un individuo egoísta no invertiría nada en el intercambio grupal, porque ese intercambio maximizaría los beneficios individuales. (La mayor parte de los mayores beneficios totales de la inversión en el intercambio grupal iría a manos de otros miembros del grupo. Además, quienes no inviertan en el intercambio grupal participarán de todos modos en las ganancias de las inversiones hechas en ese intercambio por otros, es decir, obtendrán un “viaje gratis”). En efecto, sin embargo, los individuos participantes en varios experimentos han aportado voluntariamente recursos sustanciales -de ordinario entre 40 y 60 por ciento- al intercambio grupal (es decir, al bien público). Muchos de tales participantes contribuirían aún más que ellos (Rhoads 1985, p. 161). El poder de los modelos se revela particularmente cuando se realiza este experimento con un grupo de recién llegados al departamento de estudios para graduados en economía. “Estos estudiantes contribuyeron sólo con 20 por ciento al intercambio grupal, encontraron extraño el concepto de la justicia y sólo mostraron una probabilidad igual a la mitad en lo tocante a indicar que les preocupaba la justicia en la toma de su decisión” (Rhoads 1985, p. 162).
El hecho de que la preocupación por la justicia resulta difícil para los economistas lo indican sus comentarios sobre el experimento. A. Rapaport y A. M. Chammah, por ejemplo, según la cita de Rhoads, afirman (sin ironía): “Evidentemente los jugadores novatos no están suficientemente refinados... desde el punto de vista estratégico para entender que la estrategia DD [la estrategia egoísta] es la única racionalmente defendible” (p. 162).
Una argumentación similar de falta de refinamiento por parte del público ha sido utilizada por los economistas de los recursos naturales que han encontrado una considerable falta de cooperación en la respuesta del público ante los cuestionarios de evaluación contingente, donde los respondientes deben estipular las cantidades a las que estarán dispuestos a comprar o vender bienes ambientales. Sagoff considera estas negativas como el resultado más notable del experimento,
porque los famosos experimentos de Milgram han demostrado que, en los ambientes de la investigación de la ciencia social, la gente se acobarda tanto ante la autoridad que hará cualquier cosa, incluso torturar y asesinar, cuando se le pide que lo haga. Parece ser que las únicas clases de experimentos rechazados por los respondientes en gran número son las encuestas de valuación contingente realizadas por los economistas de los recursos naturales.
¿Por qué ocurre así? La respuesta de Sagoff a su propio interrogante es que
los respondientes creen que la política ambiental -por ejemplo, el grado de la contaminación permitida en los parques nacionales- involucra cuestiones éticas, culturales y estéticas sobre cuyos méritos deberá deliberar la sociedad, y que eso no tiene nada que ver con la fijación de un precio a la satisfacción de preferencias en el margen [p. 62].
Cuando los economistas tratan de extender sus conceptos al análisis de otros campos, tales como el de la votación, su tendencia a ver al ser humano como estrechamente egoísta está fuera de duda. Pero la realidad no los apoya. Rhoads observa que quienes pagan ahora la seguridad social de los ancianos se beneficiarán con la defunción temprana de esos ancianos, y que algunos economistas creen que es racional la oposición a los gastos de fondos públicos destinados a prolongar la vida de los receptores de la seguridad social. Observa que, en efecto, la mayoría de la gente apoya tales gastos. También cita la literatura económica sobre el comportamiento delictuoso que igualmente excluye toda consideración ética. No afirma que los economistas suscriban en general estas concepciones estrictamente amorales, pero señala que los artículos que expresan tales concepciones se publican en revistas respetadas sin ninguna respuesta adversa de otro economista.
Concluimos que los seres humanos reales no están bien representados en el modelo del Homo economicus. En el principal estudio reciente de psicología económica se sostiene este juicio. Tras un examen cuidadoso de los datos, concluyen los autores que “el axioma de la avaricia debe ser rechazado porque los individuos reales no son insaciables, al contrario de lo que ocurre con el Homo economicus (Lea, Tarpy y Webley 1987, p. 111). Lo importante aquí no es que el ajuste sea ligeramente imperfecto, sino que el esfuerzo que se hace para obtener conclusiones acerca del comportamiento humano, a partir del modelo, conduce a distorsiones sistemáticas fuera de los campos estrechamente definidos. Además, lo que es más importante aún, el uso del modelo influye en el comportamiento efectivo, en contra de los patrones comunitarios y a favor de los egoístas. En el experimento citado antes se observó que los estudiantes de economía se desviaban significativamente del patrón habitual en esta dirección. La abstracción descriptiva se ha vuelto inconscientemente normativa para estos estudiantes. Pero también la sociedad en conjunto se ha visto afectada. John Kenneth Galbraith ha señalado que el deseo aparentemente ilimitado de la riqueza deriva del hecho de que la sociedad contemporánea “evalúa a los individuos por los productos que poseen (...) La urgencia del consumo se ve impulsada por el sistema de valores” (1958, p. 126).
LA ECONOMÍA Y LOS JUICIOS DE VALOR
El Homo economicus tiene deseos ilimitados, pero no una gradación de los valores distinta de la intensidad de tales deseos. Por esta razón, los economistas aceptan generalmente como normativa cualquier cosa que los individuos deseen. La tarea de la economía es la satisfacción de la mayor cantidad posible de tales deseos, cualesquiera que ellos sean.
La negativa a juzgar entre tipos alternativos de valores es a menudo un tema de controversia entre los economistas y los críticos de la economía. Los críticos sostienen que hay valores superiores e inferiores, y que la soledad debiera alentar los primeros y desalentar los segundos. Lamentan que, cuando se abandona al mercado a sus propias fuerzas, el mercado alienta los valores inferiores mediante la publicidad constante de los bienes de consumo. La implicación es que el Gobierno podría tener que intervenir o frenar la presión hacia los valores inferiores con el apoyo directo a los valores superiores.
En general, los economistas se oponen a esta forma de la intervención gubernamental. Insisten en que la distinción entre valores superiores e inferiores es elitista. Algunos gustan de Shakespeare; otros gustan de las películas pornográficas. Los economistas no desean que el Gobierno introduzca juicios normativos en favor del uno o del otro.
Al oponerse a la intervención gubernamental bajo la forma de subsidios o de la censura, los economistas están expresando claramente sus propios valores. Desde sus orígenes en Adam Smith, la economía ha defendido la libertad personal frente a la intervención gubernamental. Por supuesto, podría argüirse que ésta es simplemente la aseveración objetiva de que el mercado es el distribuidor más eficiente de los bienes y que funciona mejor cuando los participantes están completamente libres de la restricción gubernamental. Pero en el contexto actual, la aseveración va más allá, para insistir en que no hay criterios objetivos de lo mejor y lo peor por lo que la sociedad pueda guiar sus políticas. Es un misterio la explicación de que los partidarios de esta concepción continúen participando en los debates de las políticas.
Podríamos preguntamos: ¿por qué los economistas son casi unánimes en un tema que en otras partes se debate continuamente? La respuesta es que sus modelos mecánicos, matemáticos, omiten la causación final. Las políticas consistentemente recomendadas tratan de incrementar la cantidad total de los bienes disponibles para quienes puedan comprarlos. La introducción en este escenario de juicios referentes a valores o propósitos relativos, no correlacionados con el precio, perturbaría toda la disciplina.
Steven Rhoads ha demostrado hábilmente que la mayoría de los individuos formulan juicios de valor relativo al criticar su propio comportamiento. Los fumadores afirman raras veces que su deseo de tabaco deba tener la misma calidad que la alimentación para los hambrientos o incluso el disfrute de la buena literatura. En lugar de negar estos hechos, los economistas debieran reconocer que los omiten porque su ciencia no puede explicarlos. Pero es grande la tentación de negar los hechos en favor de la teoría.
Los economistas desean formular juicios acerca de si una política propuesta mejorará el bienestar de las personas afectadas por ella. Pero rechazan un cálculo utilitario que sumaría los placeres y restaría los dolores. Las satisfacciones (los economistas hablan de funciones de utilidad) de diferentes individuos son inconmensurables porque no hay ninguna unidad de medida. Por lo tanto, los economistas se niegan a sumar las funciones de utilidad de personas diferentes para determinar el bien total que se ganará.
Según los economistas, no podemos decir claramente que los alimentos para los hambrientos generen más utilidad que un tercer televisor para la segunda casa de una familia rica. Ni que la amputación de una pierna le duela a Jones más que un piquete de alfiler a Smith. Sólo podemos decir que si nadie empeora, mientras que por lo menos una persona mejora, habrá aumentado el bienestar social (el bienestar agregado). Éste es el famoso criterio de la eficiencia de Pareto. Adviértase que la existencia de la malevolencia echaría a perder el criterio. Si me siento peor porque otra persona ha mejorado, de acuerdo con el criterio de Pareto no observaríamos nunca un mejoramiento en el bienestar social. Para que el criterio sea operativo deberíamos descartar la malevolencia o el odio. Los economistas están haciendo la aseveración positiva de que los individuos no son en efecto odiosos ni malevolentes, o bien están formulando el juicio normativo de que los individuos no deben ser malevolentes ni rencorosos, y que las satisfacciones basadas en tales motivos no se contarán simplemente. Como una aseveración positiva, la proposición es claramente falsa. Sólo como un enunciado normativo provocará un asentamiento generalizado. Esto es irónico porque fue para escapar del juicio normativo que se descartaron las comparaciones interpersonales de la utilidad en primer lugar, lo que condujo al criterio de Pareto que supuestamente está “libre de valor”, y que como ahora vemos es en sí mismo una aseveración normativa. El criterio por el que se define incluso una asignación eficiente descansa claramente en un juicio normativo. Creemos que descansa en un juicio normativo sensato, en sus términos actuales, y que esto es preferible al uso de una aseveración positiva errónea. Pero también nos parece irónico que alguien pretenda que la estructura teórica construida sobre estos cimientos es una ciencia “positiva”, libre de valor.
El absurdo final de la concepción de que la meta es la satisfacción de los deseos de los individuos tal como son, sin imponer juicios de valor críticos, se ha vuelto más evidente recientemente, gracias a que la ciencia ha podido acceder directamente al centro del placer del hipotálamo, por medios eléctricos o químicos. Antes, el centro del placer del cerebro no era directamente accesible para el individuo. Su estimulación era el subproducto de otras actividades realizadas con un balance y una moderación apropiados. Comer es agradable cuando tenemos hambre, dormir es un placer cuando estamos cansados, y el sexo requiere un intervalo entre las satisfacciones y un contexto de confianza, amor y alegría para provocar un placer máximo. El placer es normalmente un subproducto de alguna combinación de actividades que están en armonía con el bien biológico del individuo o de la especie. El acceso directo al centro del placer hace innecesarias estas actividades intermedias balanceadas. Así, la cocaína o el crack proveen de un estímulo químico directo al centro del placer, pero es mortífero su efecto sobre el bienestar del individuo y la sociedad. En todo caso, incluso la cantidad de crack que se desea es finita. Y el individuo que está maximizando directamente su satisfacción subjetiva en esta forma tiene un interés reducido en otros bienes y servicios.
En uno de los experimentos más simbólicos y terribles jamás realizados, se implantaron electrodos en los centros del placer de algunas ratas2. Las ratas tenían tres palancas que podían oprimir. Una daba una bolita de comida, otra un poco de agua, y la tercera estimulaba directamente sus centros de placer alambrados. Tras aprender qué pasaba con cada palanca, las ratas simplemente estimulaban sus centros de placer hasta que murieron eufóricamente de inanición, aunque el alimento y la bebida eran fácilmente accesibles. No tenemos todavía neurocirujanos que ofrezcan el alambrado de nuestro centro de placer, pero ésa es la consecuencia lógica de una teoría del valor basada sólo en la maximización individualista de la satisfacción subjetiva. De igual modo, la actual epidemia del uso de la cocaína es probablemente no sólo una moda desafortunada sino una consecuencia lógica de una filosofía que ubica la fuente de todo valor en el placer individual que es tan autónomo como sea posible, independientemente de todas las religiones y reducida a la activación de una sustancia con otra. Pero el enfoque autónomo del placer individual subjetivo es literalmente mortal.
CONCLUSIONES
Hemos sostenido que el Homo economicus no toma en cuenta los sentimientos humanos acerca de lo que ocurra a los demás y acerca de nuestra posición relativa en la comunidad. No toma en cuenta el sentimiento de equidad ni los juicios de valor relativo. Hemos demostrado que esta abstracción provoca ciertas diferencias entre el comportamiento postulado para el Homo economicus y los individuos reales.
En principio sería posible que los economistas contemporáneos dejaran de olvidar el grado de la abstracción involucrada en sus modelos y por lo tanto en las teorías basadas en ellos. Podrían reconocer que sus teorías son como la teoría física de que, en un vacío, los objetos de densidad diferente, caen a la misma velocidad. Los físicos no concluyen de aquí que una piedra y una pluma arrojadas de lo alto de una colina en un día ventoso llegarán al suelo simultáneamente. Los físicos saben que el mundo real no es vacío, y los economistas debieran recordar que un ser humano real no es el Homo economicus. Pero en general olvidan lo que quitan de las dimensiones los individuos reales.
No decimos que una ciencia de economía “pura” sea algo imposible o indeseable. Lo que afirmamos es que la economía como una disciplina no se presenta bajo esa luz con suficiente cuidado. Entra a la arena de la explicación de ciertos aspectos del mundo real y ofrece recomendaciones para gobernantes y empresarios. Nos alegramos de que lo haga. Pero demasiado a menudo, en este proceso, se olvida del grado de la abstracción involucrada en sus conceptos y argumentos, y los resultados de su razonamiento pueden ser peligrosos para el bienestar público cuando se aplican directamente al mundo real.
Demasiado a menudo, la economía ha configurado su antropología y sus teorías pensando en la “conveniencia analítica” antes que en la justificación empírica. En consecuencia, las decisiones de las políticas se determinarán por teoremas matemáticos cuya virtud es su fecundidad deductiva antes que su conexión con el mundo real. La abstracción ha ido demasiado lejos, y los practicantes de la disciplina están muy poco conscientes de ello. La falacia de la concreción injustificada es demasiado generalizada.

1 Este artículo forma parte del libro: Daly, Herman E. y Cobb, John B., Para el bien común: Reorientando la economía hacia la comunidad, el ambiente y un futuro sostenible, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, págs: 85-94.


2 Comunicación personal de Paul Brand (1986); véase también el Washington Post, 31 de julio de 1988, p. 16.




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