La animación comunitaria como método de intervención en la comunidad



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LA ANIMACIÓN COMUNITARIA COMO MÉTODO DE INTERVENCIÓN EN LA COMUNIDAD



Sindo Froufe Quintas


Universidad de Salamanca

La Animación Comunitaria se está abriendo caminos dentro de los amplios ámbitos de la Animación. Lo comunitario, lo colectivo, aquello que es común a muchas personas y que les une en la forma de interpretar el mundo, se confirma como uno de los modelos/métodos más provechosos y dinámicos para la solución de conflic­tos y problemas sociales. De ahí el interés que merece en el campo de las dinámicas activas todo aquello que se refiera a grupo, asociación, vecindad, cooperativismo, comunidad local, etc.
1. El moderno concepto de comunidad

Posiblemente el concepto de comunidad sea uno de los más ricos y usados dentro del panorama científico de las Ciencias Sociales y de la Pedagogía Social. El origen etimológico del término es de procedencia latina. Actualmente se impone la necesidad de una revisión profunda del concepto de comunidad tradicional. Desde el siglo pasado distintos pensadores se han ocupado de la problemática y del discurso comunitario. Se habla de "comunidad europea", de "Comunidades Autónomas", de "comunida­des científicas o religio­sas". La comunidad moderna es mucho más compleja estructuralmente que la tradicional. Este tránsito de las comunidades más simples a las más institucionalizadas o jerarqui­zadas impone un redescu­brimiento de la comunidad moderna, donde el individuo y la fragmentación de las relaciones sociales obliga a la creación de mundos privados, mediatizados por la búsqueda de soluciones particulares, que generalmen­te son insolidarias. El individuo se enclaustra en sí mismo, como si fuera el ombligo de la sociedad.

Quizás sea Newbrough (1991) el que intente definir nuestra coyuntura histórica actual como el período postmoderno, en el cual los adelantos tecnológicos se incorporan a la vida social. Ello trae consigo un nuevo planteamiento de la vida diaria de la población, donde ya no se trabaja para vivir, sino que la cultura del tiempo libre se va imponiendo en todos los sectores de la sociedad. Newbrough (1991, 1992) propone una nueva teoría de la comunidad que explique la complejidad de la vida social y la aparición de nuevos problemas como la marginación, la pobreza, la inadaptación social, la drogodependencia, etc. en el Estado del Bienestar. Su teoría de la comunidad se conoce con el nombre de Sistema Social Humano. La idea principal de su teoría es la de interdependencia entre los individuos organizados por vínculos escasamente rígidos. Los valores más destacados serían la ecología, el desarrollo, la interdepen­dencia y el equilibrio. Estos valores propician que los individuos aprendan a participar usando sus propios recursos y así contribuyan al progreso de su propia comunidad. Los principios políticos que subyacen son la Fraternidad, la Libertad y la Igualdad. "La teoría del Sistema Social Humano -escribe León (1995, 43)- apuesta por la integra­ción de todos los miembros de la sociedad, considerando que el dependiente y el marginal necesitan volverse participantes activos y desempeñar un papel más central en la vida comunitaria. Se facilitan recursos para que los más débiles aprendan a participar apoyándose en sus propias capacidades, y contribuyan al bienestar de la comunidad". La organización social de la comunidad debe arbitrar medidas de apoyo a todas las personas e instituciones y al mismo tiempo permitir que los individuos desarrollen soluciones personales. La moderna Psicología Comunitaria es deudora de esta teoría del Sistema Social Humano.

El concepto moderno de comunidad está unido a otros como consenso, tolerancia, pluralismo, libertad, democracia, solidaridad, participación, dada la complejidad de la sociedad actual en todas las esferas de la vida social. El Estado-Nación como realidad del siglo XIX y como unidad política, ya no el principio organizativo de todo el Estado moderno ni explica las distintas personalidades (con su propia cultura y su lengua) de las regiones de un país. Este debilitamiento de los poderes de la comunidad nacional obligan a que cada persona busque denodada­mente las ayudas de realización individual en las esferas de las comunidades locales. Las comunidades del pasado (la polis griega, los municipios medievales, la democracia de las aldeas, las hacenderas de todas las épocas) actuaban cara a cara y se comportaban como microcolec­tividades con unos mismos objetivos de conquista social. Debemos recordar que la comunidad es un grupo social que se basa en el sentimiento que la gente tiene una de otra. En la actualidad, estas microcolectividades se han convertido en macrocolectivida­des, de ahí la dificultad de regresar enfáticamente a esos mundos de convivencia de pequeño tamaño. Como escribe Sartori (1998, 15), "si la comunidad está concebida como un identificador, como un sentir común en el que nos identificamos y que nos identifica, entonces no es necesario que la comunidad sea pequeña".

Los procesos de industrialización están acompañados de una masiva huida de las personas y de las familias de los ámbitos rurales a los urbanos, creando graves problemas de asentamiento y una concentración masificada de trabajadores en barrios periféricos, donde las condiciones higiénico-sanitarias, sociales, educativas, etc., son las menos aconsejables para una calidad de vida normalizada. Este trasiego de personas que se lanzan a la búsqueda de trabajo fuera de sus contextos natura­les (situación más grave la de los emigrantes a otros países europeos, donde la lengua es un enorme impedimento de relación comunica­tiva), nos obliga a reflexionar sobre una nueva fórmula de vivencia de la comunidad. La comunidad natural se convierte en un mundo nostálgico, porque generalmente nadie renuncia a sus raíces paternas. La búsqueda de una comunidad segura se transfor­ma en un anhelo, compartido por todos los miembros de la familia. Como comenta Gergen (1992, 269), "la tecnología de la saturación social propende a la disolución de las comunidades homogéneas, cara a cara, y a la creación de una "perversidad polimorfa" en la estructura social. Tanto en su carácter como en sus posibili­dades, la comunidad es transformada radicalmente".

¿Qué tipología de reacciones se produce en el seno familiar y en las personas en estas nuevas comunidades, construi­das artificialmente? Como respuesta operativa a tales circunstan­cias sociales apreciamos el protagonismo de la autonomía individual. El individuo se encierra en sí mismo y únicamente comparte con los otros algunos momentos de su vida. En realidad no se da la comunidad como tal, sino que aparecen y son formas privadas grupales. Bellach (1989, 105) lo expresa con claridad: "El estilo de vida es básicamente segmentario. Normalmente implica, de forma explícita, una oposición a otros que no comparten el estilo de vida de uno. Por eso, no hablamos de comunidades de estilos de vida, sino de enclaves de estilo de vida. Tales enclaves son segmentarios en dos sentidos. Sólo incluyen un segmento de cada individuo, ya que afectan únicamente a la vida privada, sobre todo al ocio y la consumo, y son socialmente segmentarios, ya que sólo implican a los individuos con un mismo estilo de vida". La existencia del pluralismo y la segmentación de las tareas sociales nos obliga a cultivar la reciprocidad como conducta tolerante y a vivir juntos en la diferencia y con las diferencias. "Entrar en una comunidad pluralista es, a la vez, un adquirir y un conceder" (Sartori, 1988, 16).

Además del protagonismo del individuo en un mundo plural (las personas se desconocen aún viviendo en el mismo bloque de pisos), se exalta la vivencia del espacio privado y nada más íntimo y definidor de esa realidad social (la privacidad personal) que el propio hogar. El hogar se convierte en el refugio de la familia y en el aula de aprendiza­je de todas las conductas sociales que se necesitan para sortear los peligros que aparecen fuera de él. Así lo expresa Schutz (1973, 109): "El hogar es el punto de origen del sistema de coordenadas que aplicamos al mundo para orientarnos en él geográficamente, el hogar es determinado lugar de la superficie de la tierra. El lugar en que me encuentro, es mi morada; el lugar donde pienso permanecer, es mi residencia; el lugar de donde provengo y donde quiero retornar, es mi hogar". Este retorno a lo privado como exigencia de los controles impuestos por la sociedad moderna justifica, de alguna manera, la pérdida de participación real en la vida de la comunidad, la aceptación pasiva de toda normativa (no conviene señalarse como discrepante) y la apariencia de que todos los individuos de la comunidad han llegado a ser ellos mismos. Desde este enfoque de la cultura narcisista, "la defensa de la comunidad se erigirá sobre el mito de la solidaridad grupal, cuando ésta es más producto del miedo, la inseguridad y del temor a lo desconocido, que de las relaciones sociales" (Gurrutxaga, 1993, 211). Aparece como conducta social la figura del individuo que se protege de todo contagio exterior en el escenario de los espacios conquistados y que se va construyendo a sí mismo en medio de los ecoterritorios diversos mediante la simulación de los papeles sociales aprendidos. Los cambios sociales que se producen en la sociedad moderna (tecnológicos y productivos, crecimiento de las grandes ciudades, abandono de los ámbitos rurales, desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, etc.) ejercen más efecto sobre los comporta­mientos de las personas que los de la propia comunidad de pertenencia.

Muchas personas, incluso familias enteras, han abandonado la vida en la comunidad para emigrar a otras regiones o naciones con la finalidad de mejorar su nivel material de vida. En general, obtienen buenos resultados, pero deben pagar un precio social. En las comunidades rurales las gentes son tan escasas que se conocen bien unas a otras. Han nacido y crecido juntas. Viven y trabajan en el mismo territorio y confiesan que poseen un interés común que les anima a seguir habitando allí. Tienen y manifiestan un sentimiento de pertenencia. La emigración a las grandes urbes, por el contrario, hace que ese sentimiento de pertenencia se pierda rápidamente. La gente vive apartada, dedicada con exclusividad a su trabajo, si lo tiene.
2. La Animación Comunitaria: análisis conceptual

Analizadas con detalle las características de la comunidad, sus cambios y problemas en la sociedad actual, pasamos a definir qué entendemos por Animación Comunitaria.

En nuestra literatura pedagógico-social aún se usa poco la terminología de Animación Comunitaria. Partimos de la base de que toda Animación por definición es Comunitaria, ya que tiene como elemento constructor el grupo social como microcomunidad. Lo mismo decimos de la educación social. Toda educación es social por naturaleza. Para Quintana (1993, 68), la Animación Comunita­ria es "la aplicación de técnicas propias de la Animación a ciertos sectores del Trabajo Comunitario" (Quintana, 1993, 68). Cuando hablamos de Animación Comunitaria queremos ensalzar el aspecto comunitario de la Animación, ya que sin él es imposible todo tipo de intervención social en la comunidad. Doménech (1991, 36) dice que la Animación comunitaria "es el medio para sensibi­lizar a los ciudadanos, motivar su partici­pación y promover el proceso de organiza­ción de la comunidad, de manera que sea comprendido y asimilado por el mayor número posible de ciudada­nos".

La Animación Comunitaria como ámbito de intervención socioeducativa se centra en la comunidad. Toda persona o grupo humano se desarrolla en una comunidad que como tal está consti­tuida por las institucio­nes y las personas con las cuales nos relacionamos dentro de un territorio vital concreto. "La comunidad -escribe Quintana (1993, 69)- constituye, tanto para las personas como para los grupos, una importante unidad de vida y de relación. La comunidad complementa nuestra identidad personal dándonos una identidad social, y nos proporciona servicios y, con ellos, seguridad".

Entendemos la Animación Comunitaria (Animación de la Comunidad) como un proceso de acción socioeducativa que intenta, mediante las técnicas de la Animación, la sensibilización, la dinamización y la participación de todos los miembros de la comunidad en la transformación de su realidad global.

Examinemos con detalle la definición. Hablamos de un proceso de acción socioeducativo, lo que supone la existencia previsora de una planificación coherente, ordenada y secuencial de lo que se desea conseguir. De nada valen las acciones aisladas ni puntuales. La finalidad educativa es clara en toda interven­ción con los miembros de la comunidad. Nos referimos a una educación integral, que abarque todos las aspectos de la persona (físicos, sociales, emocionales, comunicativos, mentales, etc.). Los éxitos de la comunidad se fundamentan en la preparación, el compromiso participativo y las actitudes colaborativas de cada uno de sus miembros. Esta faceta nunca debe olvidarse. Al contrario, es obligado potenciarla de una forma continuada. Sólo así se incide sobre los órganos vitales de cualquier comunidad, que son las personas con sus identidades, su autoestima y su protagonismo. De ahí la importancia de la educación comunitaria como proceso educativo que da respuesta a las necesidades reales de las comunidades locales y busca todos los espacios posibles (escolares, deportivos, sociales, culturales, organizativos, etc.) para crear una mayor identificación de las personas con su comunidad, con la finalidad de mejorar su calidad de vida. Admitimos que los tres ejes fundamentales de la Educación Comunitaria son la comunidad, la participa­ción y el aprendizaje. Pero este aprendizaje no se orienta exclusivamente a la escolarización; es un aprendizaje permanente, a lo largo de toda la vida (Delors, 1997). La educación comunitaria como realidad dinámica potencia un tipo específico de actividades educativas en función de los contextos socioculturales donde habita la población y según las necesidades de los individuos. Esta forma de entender la educación se opone a ese ritual místico donde los conocimientos se presentan como seguros y lejanos a los intereses de las personas, olvidando la contex­tualización de los aprendizajes. Ello, sin duda, explicaría el aburrimiento generalizado de este tipo de enseñanza.

El uso metodológico de las técnicas propias de la Animación es lo que da identidad propia a la Animación Comunita­ria. Estas técnicas se pueden usar en cualquier tipo de activida­des de carácter sociocomunita­rio: las fiestas populares, la protección de la cultura popular, la defensa del medio natural, el fomento del empleo juvenil, las visitas a los bienes cultura­les, el cultivo del deporte popular, los encuentros comarcales, la defensa de la salud de los ciudadanos, los proyectos de ocio y tiempo libre, las sesiones de participación ciudadana, los centros juveniles, las aulas de cultura, etc. La Animación se convierte en un factor dinámico de las actividades de la comunidad. No basta con que las personas se yuxtapongan, es necesario que sean capaces de trabajar y crecer juntas. La Animación estimula las relaciones, suscita nuevas energías en los miembros de la comunidad, hace operativas las motivacio­nes personales e implica a la gente en el bien común.
3. La Animación Comunitaria como método de intervención en la comunidad
Ante la enorme serie de problemas sociales de todo tipo (paro, pobreza, miseria, marginación, etc.), las comunidades locales adquieren importancia por su cercanía a la vida real de los ciudada­nos. El tejido social se ha vuelto tan agresivo y tan anónimo que engendra escasa confianza en la propia historia personal y familiar. En las comunidades locales se pueden apreciar vínculos espontáneos, sentimientos de pertenencia e integración y deseos de colaboración desinteresada entre todos sus miembros. "Por el contrario, en la sociedad actual -escribe Luque (1995, 120)- prima el individualismo, la rivalidad y competencia entre sus miembros. Los ideales comunitarios tal y como tradicionalmente se han concebido chocan directamente con este modelo competitivo y corporativis­ta que parece dominar en la sociedad actual". La comunidad como tal es una construcción humana, donde el individuo se reconoce y donde el Nosotros como realidad palpable identifi­ca, de alguna forma, la individuali­dad con el existencia del grupo. De ahí que el compromiso personal expresado en el Nosotros adquiera su máxima intensidad en aquellos grupos donde predominan los lazos afectivos: la familia y los amigos íntimos.

Las políticas culturales municipales o locales son las que producen el beneficio participativo en las gentes. Las sociedades modernas anulan ciertas capacidades humanas necesarias para la puesta en marcha de proyectos comunitarios: la descon­fianza en el otro, el engaño como símbolo de una mística profesional, el desprecio de las ideas y de las vidas ajenas, las incomunicaciones con los más cercanos y otro elenco de veleidades que dificultan las relaciones de comunicación entre las gentes. Para la creación de una política cultural local es necesario que las gentes que conforman esa comunidad sean capaces de trascender sus posiciones de apatía, pasividad o negatividad, hacia otras posturas más activas, más comprometidas y donde puedan reivindi­car sus capacidades y su protagonismo en la vida comunitaria. A veces aparecen fenómenos de presión social (paros, huelgas, manifestaciones públicas, etc.) cuando se observa que las organizaciones institucionales no atienden a las necesidades de sectores concretos de la población civil.
3.1. La intervención EN la comunidad

Una de las obligaciones que impone la situación actual de nuestra sociedad, donde los recursos son más bien escasos y las necesida­des/problemas muchos, es la recuperación de los aspectos preventivos de las necesidades sociales. Es una lucha en la que todas las fuerzas sociales y políticas están comprometidas, conjuntamente. Estamos de acuerdo con Marchioni (1994, 89-90) que la prevención verdadera sólo es posible a niveles colectivos, ya que modifica valores, actitudes, sentimientos y comportamientos que se producen en la colectividad. La prevención debe llevar a un cambio de los valores y de los comportamientos, aunque sea de una forma lenta pero ideológica. Los cambios ideológicos u axiológicos siempre languidecen por su perennidad, pero, al final, consiguen sus propósitos. Es cuestión de creer en las utopías posibles. Prevenir EN la comunidad significa un estudio pormenorizado y global de la etiología de los problemas/necesidades que padece el colectivo. Sin la lucha por la eliminación de las posibles causas que determinan los problemas, jamás se producirán cambios colectivos e individua­les. Incidir sobre las causas que producen los problemas nos obliga a una planificación racional, coherente y responsable y a una coordinación conjunta, ya que las causas nunca aparecen como unilaterales.

Se impone una valoración de lo local, de lo cercano a la vida de las personas y de las colectividades. Sólo así conseguiremos que la Animación como sistema de comunicación sea un instrumento válido para la revitalización del tejido social. Es obligado que en tales circunstancias ambientales y psicosocia­les, el animador establezca una serie de normas o de principios generales que faciliten o favorezcan la participación de la gente. Además de la señalización de objetivos concretos, se debe intentar que las propuestas participativas obtengan algún beneficio inmediato y tangible, de tal modo que la recompensa funcione como el motor que da fuerzas para seguir adelante cuando los procesos son largos y difíciles.

Toda acción sociocomunitaria en los ámbitos locales (centros cívicos, asociaciones, concejalías, municipios, etc.) implica el respeto a la pluralidad de las manifestaciones culturales que se puedan producir. Como escribe Ander-Egg (1997, 60), "las ha de promover y potenciar cualquiera sea su opción política particular, siempre que la potenciación de esas actividades culturales sirva para consolidar la convivencia democrática y permita el desarrollo de individuos, grupos y comunidades". Las acciones culturales se deben descentralizar y realizarlas en los lugares donde la gente habite: barrios, suburbios, comunidades de base, aldeas, pueblos, mercados, asociaciones, cooperativas, talleres protegidos, etc.

Las comunidades locales serán cada día más protagonis­tas de su propio desarrollo. Desarrollo integral que afecta a todos los sectores de la población y a todas sus manifestaciones: económicas, sociales, culturales, políticas, ambientales, sanitarias, etc. Las actitudes solidarais aparecen en los distintos espacios, siendo el más importante la institución familiar, a pesar de su crisis actual. No podemos olvidar que el proceso de socialización cubre una de sus fundamentales etapas evolutivas en el mundo comunitario (socialización primaria y secundaria). Dentro de la dinámica de la sociedad actual se impone como una necesidad imperiosa y, por la que debemos luchar sin denuedo, la recuperación de los espacios locales (vecindades, comunidades, barrios, etc.). Ahí, en esos ambientes convivencia­les es donde se puede crear una conciencia social transitiva que implique a las gentes en acciones transformadoras. Como escribe Kisnerman (1986, 68), "un proceso de estimulación a partir del cual los pobladores de un espacio se transforman en vecinos, que como tal toman conciencia de sus problemas colectivos, conozcan sus recursos, aptitudes y capacidades para afrontar esos problemas, elaboren un plan de acción y logren la comunidad que desean". El desarrollo de las capacidades sociales (sentimiento comunitario) se produce mediante un proceso de tres fases: conciencia social, organiza­ción social y transformación social.
3.2. Intervención CON la comunidad

Actuar CON la comunidad implica que los distintos estamentos que la componen: administración, técnicos, profesiona­les y ciudadanos deben cooperar conjuntamente y plantearse objetivos comunes. Ello supone que cada colectivo debe desempeñar su papel y aportar lo mejor en bien de la comunidad. Por desgracia, no siempre ha sido así. Parece que dos mundos diferenciados y casi enfrentados luchaban por el bien común: por un lado las administraciones y por otro, los ciudadanos como simples usuarios. De ahí que el modelo de intervención deba orientarse de nuevo y no sufrir los esquemas convencionales de reducir a los clientes a simples usuarios. Es necesario responsa­bilizar a la población de la gestión de sus propias necesidades. Con frecuencia, cuando se habla de comunidad parece que uno se refiere con exclusividad a los ciudadanos, pero como comenta Marchioni (1994, 135), "los protagonistas reales de cualquier proceso participativo en un sistema democrático son tres: la administración, los servicios y profesionales públicos y la población".

Es importante subrayar la dimensión comunitaria de la interven­ción. Como comenta León (1995, 47), "las acciones desarrolladas en los distintos niveles de atención (individual, grupal e institucional) han de interrelacionarse entre ellas y con el contexto comunitario en el que conviven las personas, grupos y organizaciones. Señalar el objetivo de trabajar con la comunidad y diseminar el saber profesional en procesos de ayuda y capacitación a los ciudadanos, permite al interventor experimentar saludables procesos de desprofesionalización y a la comunidad no mantener relaciones de dependencia con los técnicos".

Los procesos de sensibili­zación y dinamización de la comunidad son pasos previos para la consecución de la participa­ción activa de los miembros de esa comunidad. Para Pérez Serrano (1993, 105) la sensibiliza­ción se lleva a cabo mediante tres etapas:

a. Concientización.

Implica despertar el interés de las personas por algo que tenga significado para sus vidas. Supone un conocimiento amplio de sus centros de interés. Se trata de crear en los miembros de la comunidad la necesidad de estar correcta­mente informados, de conocer en profundidad su propia realidad (posturas, intereses, etc.). Como escribe Vilar (1996, 42), "es un trabajo dirigido al autoconocimiento del grupo al que se dirige el proyecto, consistente en que las personas que deben ser sujetos de la intervención sean conscientes de su realidad, de los aspectos autobiográ­ficos que los han llevado a su situación actual, de sus posibilidades reales y del momento en el que se encuentran, lo que debe despertar el interés por el trabajo que se les propone realizar".

b. Información/Formación.

Se deben arbitrar todas las medidas oportunas para que los ciudadanos conozcan su entorno y sean capaces de tomar una postura ante ella. La persona bien informada es la más libre a la hora de la toma de decisio­nes. Y los ciudadanos desean conocer los hechos y los datos, los problemas y las posibles soluciones para comprometerse personal­mente. A veces, es necesario formar a la población, dada su desventaja sociocul­tural en todas las facetas instructivas del conoci­miento. La formación (la Bildung alemana) la entendemos como toda intervención que produce cambios en el comportamiento, en los conocimien­tos, en la información y en las aptitudes y que no se deben al desarrollo natural de la persona.

c. Interpretación de la historia y la cultura.

Se pretende que cada miembro se identifique con la realidad presente de su comuni­dad y sea capaz de interpretar las demás estructuras (sociales, económicas, culturales, políticas, sanitarias, medioambienta­les, etc.) que la componen.

Esta fase básica de sensibilización nos permitirá abordar con éxito el proceso sistémico para la elaboración de los proyectos comunitarios de intervención, puesto que toda la comunidad, especialmente los estamentos más activos, deben interpretar correctamente todos los elementos del diseño de cara a los objetivos. Para ello debemos plantear un proceso de sensibilización, de tal manera que se vayan implicando progresivamente todos los miembros de la comunidad en la medida de sus posibilidades reales y muestren su grado de implicación en el desarrollo y ejecución del proyecto comunitario. El objetivo fundamental de la base de sensibilización es lograr que toda la comunidad reconozca su interés en el proyecto comunitario y se implique de alguna manera en el proceso de su elaboración. El animador comunitario iniciará el proceso, presentando a la comunidad los motivos de la puesta en marcha de un proyecto de intervención social, informando sobre todos aquellos aspectos que la gente requiera y promoviendo el primer debate/coloquio. Se necesita llegar a un acuerdo básico sobre la función del proyecto, base del interés de la comunidad para su ejecución. Posteriormente se presentará una propuesta de actuación, se somete a debate y se garantiza­rá el nivel participativo de la comunidad, recogiendo sus aportaciones y sugeren­cias.

Superada la fase de sensibilización de la comunidad (que puede durar bastante tiempo; no es aconsejable precipitarse, hasta que la gente no se identifique con su realidad social problemática) se pasará a la búsqueda de proyectos alternativos propios, nacidos de la dinamización social de la comunidad. "La dinamización -escribe Pérez Serrano (1993, 108)- ofrece una reorientación del camino recorrido, una revisión de los plantea­mientos anteriores, una readaptación a perspecti­vas de progreso colectivo". Nada es mejor que la misma comunidad se comprometa a buscar soluciones a sus problemas o necesidades. Ello implica la elaboración de un diagnóstico contextual de la problemática (recogida de todo aquello que es relevante dentro del seno de la propia comunidad), la propuesta de posibles soluciones y la búsqueda de recursos de toda índole. Elaborado comunitariamente el diseño del proyecto de interven­ción social (donde cada grupo tendrá su tarea a desempe­ñar), estamos en condiciones óptimas de que la gente participe activamente en su realización/ejecu­ción. Como escribe Merino (1997, 187), "las tareas de información, implicación y formación de los destinata­rios constituyen una de las actividades claves en el proceso de planificación y ejecución de los programas".
3.3. Intervención CON/PARA/EN la comunidad

Elegida una metodología de intervención social por la comunidad, ella misma debe seguir el proceso de actuación, un proceso retroactivo que supone el estudio de aquellos aspectos de la realidad sobre los que deseamos actuar o incidir. Se trata de tener información abundante sobre las necesidades, los problemas, los recursos, las potencialidades y los niveles de compromiso participativo, etc. y ello se nos presenta como el diagnóstico de la situación. Es el momento de análisis. Tenemos ya el diagnóstico contextual. Conocemos con detalle toda la problemática social, económica, cultural, sanitaria, educativa, etc., de la comunidad. El estudio de campo nos ha proporcionado una serie de datos que debemos valorar e interpretar. Todo ello nos obliga a una jerarquización de las necesidades y sus posibles soluciones.

Según el diagnóstico, diseñaremos los objetivos que deseamos conseguir y programaremos aquellas actividades necesa­rias para producir el cambio de la situación. Anticipadamente establecemos el camino que debemos seguir. Después vendrá la fase más importante: la ejecución. "Implica llevar a cabo un conjunto de acciones que se realizan dentro de un determinado ámbito, condicionado por contextos más amplios y que dan lugar a un juego incierto de interretroacciones" (Ander-Egg, 1997, 56). Finalmente vendría la etapa evaluativa como forma de valorar la ejecución o puesta en práctica de la intervención social (la evaluación como tal abarca todas las fases: diagnóstico, programación y ejecución).

Toda intervención comunitaria en las nuevas condiciones sociales parte siempre de los objetivos que se proponga la misma comunidad. No se pueden esperar soluciones de los ajenos a sus propias vivencias. Tal vez sea obligado el sensibilizarlos, el que tomen parte activa y pongan empeño en que las acciones comunitarias sigan un camino realista y práctico.

4. Conclusiones

Esbozamos, en forma de síntesis, aquellos principios normativos que son imprescindibles a la hora de una intervención comunitaria. Figuran como simples propuestas que se deben llevar a cabo en beneficio de la comunidad.
a. La moderna vivencia de la comunidad actual poco tiene que ver con la tradicional. Ciertos valores sociales han desaparecido. Han nacido otros distintos. El hombre necesita ser fiel a su propia historia social y personal. El moderno concepto de comunidad va unido a pluralismo, interculturalismo, democracia, libertad, tolerancia, etc., aunque aparezcan, de vez en cuando, ciertos atisbos de xenofobia, racismo y otras singladuras escasamente justas (paro, marginación, pobreza, etc.).
b. Importancia de la educación comunitaria como proceso educativo que intenta dar respuesta a los problemas reales de las comunidades desde todos los ámbitos posibles (culturales, deportivos, sanitarios, ecológicos, organizativos, etc.).
c. La intervención comunitaria presupone que todos los elementos orgánicos deben coordinarse para la consecución de fines comunes. Administra­ción, servicios profesionales y ciudadanos son la razón de ser de los servicios públicos. Los colectivos sociales además de ser usuarios de los proyectos de intervención social, son ciudadanos con todo el engranaje de problemas que esto supone en una sociedad tan abierta e insolidaria como la nuestra. Como dice Marchioni (1989,), "no es suficiente luchar por objetivos justos; hay que hacerlo, además, con métodos correctos. Para ello es necesario analizar críticamente el pasado, reconocer y corregir los errores, avanzar hacia el futuro desde un presente zarandeado por muchos y muy profundos cambios".
d. Es necesario recuperar la idea de lo colectivo, donde se supere la visión de lo personal. Las causas de los problemas son siempre generales. Las intervenciones deben ser globales, sin olvidar las problemáticas personales.
e. Es urgente recuperar el sentido de la verdadera prevención social. Debemos incidir en la modificación de actitudes, valores y comportamien­tos colectivos. La verdadera prevención llegará al conocimiento de las causas y de todas su influencia en posteriores comportamientos sociales.
f. El modelo de intervención que defendemos supone una estrategia de carácter interdisciplinario, donde los esfuerzos y los niveles participa­tivos de la comunidad van a ser el cimiento del posible éxito. Es necesario trabajar con/en/para la comunidad.

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