La Alquimia Explicada Sobre Sus Textos Clásicos Canseliet


CAPÍTULO III - SOLICITACIONES ENGAÑOSAS O INSENSATAS



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CAPÍTULO III - SOLICITACIONES ENGAÑOSAS O INSENSATAS

Se podría creer, de buenas a primeras, que no fuésemos a volver sobre el propósito que ya hemos incluido en nuestras Consideraciones liminares. Debemos hacerlo, pues la mala literatura, que hemos denunciado entonces vivamente, no alcanza, y de muy lejos, a la nocividad de la que es urgente que no aplacemos más condenarla también, y que se muestra infinitamente más seductora, dañina y peligrosa. Esto en razón incluso de la reputación y del éxito de los diferentes autores que consideramos, en el seno del heteróclito e inmenso dominio del intelecto y del psiquismo.

Hemos sido así conducidos a reconsiderar el valor de ciertas obras, contra las que es ahora oportuno poner muy seriamente en guardia al discípulo de alquimia. En particular y en primer lugar, las de Gaston Bachelard, quien, sin embargo, hubiese parecido deber mostrarse el último en arrojarse a la excentricidad filosófico-científica.

Desgraciadamente, la ocasión no es única, de que tengamos que señalar inconcebibles torpezas de lenguaje, amenos que no se trate, ¡ay!, de sacrilegios teóricos, perversamente erigidos. Estas palabras no tienen nada de desproporcionado, tal como nuestro lector lo constatará, como lo hicimos nosotros mismos, en la más penosa estupefacción.

En qué mezquina consideración, no teníamos in petto, fuera del coro de los turiferarios, al famoso Gaston Bachelard, cuando, con él, el raciocinio solicitaba la autoridad del dogma. Tributario de Sigmund Freud, el sonriente campeón francés del examen psicoanalítico, en su actividad precursora del actual erotismo, se entregaba a su cerebral y muy solitaria masturbación de la que conocemos, en cuanto a la alquimia, las eyaculaciones sucesivas, siempre copiosas y estériles.

Que el estudiante, nuestro hermano, de quien la estima nos es cara, quiera perdonamos, que demos de esta suerte nuestra publicidad a las enormidades que vamos a ver juntas y que son bastante poco comunes. Es verdad que estábamos ya sobre el punto de volver a colocar las cosas en buen orden, cuando redactamos nuestros prefacios para los Fulcanelli e incluso nuestros comentarios para El libro mudo —Mutus Liber— y no comprendemos ya, a distancia, qué suerte de pudor pudo bien retenernos entonces.

En cualquier caso, no debería creerse que fuéramos ignorantes de tales insensateces de las que, por lo demás y no obstante nuestra repugnancia, debemos someter, en este lugar, el doloroso muestrario.

El ilustre Bachelard cae sobre el pasaje del Triunfo hermético, frecuentemente citado en ejemplo, de este tratado precioso que, ciertísimamente, no ha leído y del que confiesa no conocer el autor, es decir, ignorar hasta el nombre de nuestro querido Limojon de Saint-Didier. Estas líneas retomadas de Aristóteles, según el Adepto del Gran Siglo, desarrollan, evidentemente, el aforismo que hemos examinado precedentemente, en la enriquecedora compañía del estudiante Marcelin Berthelot:


«Oh, cuán admirable es esta cosa, que contiene en ella misma todas las cosas de las que tenemos necesidad. Ella se mata ella misma; & a continuación vuelve a tomar vida de ella misma; se esposa con ella misma, se embaraza ella misma, nace de ella misma; se resuelve con ella misma en su propia sangre; se coagula de nuevo con ella, & toma una consistencia dura; se hace blanca; se hace roja con ella misma; no la añadimos nada más, & no cambiamos nada en ella, si no es que separamos de ella la grosería & la terrestreidad.»

Habiendo truncado el párrafo, a fin de que se adaptase mejor a su mala interpretación, el pretendido filósofo, que luchaba, verosímilmente, con su propia libido, pronunció, sobre esta exposición de la Verdad científica, la más inesperada y asombrosa de las conclusiones:

«Un psicoanalista reconocerá fácilmente el onanismo.»

¡Santo Dios! La perspicacia se comprueba prodigiosa, en el honorable profesor que acababa de declarar sin vergüenza y en la mayor serenidad de espíritu, en cuanto a la decencia personal y la honestidad profunda:

«Y he aquí la soledad que deviene mala consejera. Una soledad tan tenaz como la del velador de hornos alquímicos se defiende mal de las tentaciones sexuales. Por ciertos lados, se podría decir que la alquimia es el vicio secreto.»

La opinión, que no reclama el menor comentario y no es explicada, ni más aún justificada por el contexto, no dejó, se puede estar seguro de ello, de sorprendernos y afligimos profundamente, desde que apareció el libro, en el año 1934. En todo caso, ¿no era esto interpretar, muy ligera y singularmente —esto sería lo menos que podríamos decir— la partenogénesis mineral sobre la que fue edificada la Iglesia de Pedro? Mas es ésa una hermenéutica especial que la dialéctica de la psicosis quedaba a mil leguas de entrever solamente.

Hace además, al tuntún, esta constatación seguida, inmediatamente, de una pregunta que parece ridícula hasta el absurdo:

«Un autor anónimo desaconseja para la gran obra (sic) la sangre y el esperma humano. ¿Por qué pues era necesario desaconsejarlo?»


Sí, ¿por qué? ¿Por qué, sobre todo, no haber leído muy humildemente, honestamente, el libro de Limojon entero? ¿Por qué, en fin, no haber designado la obra del desaconsejador anónimo?

Profesor honorario, miembro del Instituto, Gaston Bachelard había quizá olvidado la sintaxis de las palabras, que se aprendía a fondo para el certificado de estudios de la enseñanza Primaria. Generalmente femenina, oeuvre (obra) es del masculino «cuando designa la piedra filosofal», dice Claude Augé, a continuación de Littré y de Bescherelle, en su gramática del curso medio, que era la nuestra en 1911. Evidentemente, el ejemplo dado, por el lexicógrafo-editor, permanecía en la ortodoxia:

«Los alquimistas han trabajado en vano en la gran obra.»

Por lo demás, no extenderemos por más tiempo nuestras observaciones obligatoriamente severas, sobre la copia detestable y licenciosa que fue reservada a la alquimia, en La Formation de l’esprit scientifique. (La Formación del espíritu científico). Es el capítulo décimo que el retozón autor cubrió con el título conducente inmediatamente a la contestación, sin que, por nuestra parte, nos sintamos ganados por el menor cuidado de respeto alguno:



Libido y conocimiento objetivo.

Importa mucho que todo pillete disipado sea corregido de importancia, cualquiera que sea su edad, e incluso si se encuentra ahora, desde hace casi dos lustros, en el medio del Infierno o bien del Paraíso.

Si, con Gaston Bachelard, se está sumamente alejado de la alquimia real, se permanece a la misma distancia astronómica, con René Guénon, quien no vio nunca la antigua ciencia de Hermes, sino a través del deformante espejo de su híbrida obsesión hinduista y próximo-oriental.

Bien que el autor del Roi du Monde (Rey del Mundo) haya siempre ignorado la verdadera tradición de la alquimia occidental, por detenerse en el obstinado rehúse de conocer tan sólo las biblioteca de ella, sin embargo considerable, corta por lo sano, imperturbable, toda cuestión, como virtuoso de la acrobacia dialéctica. Va, funambulesco, sobre su hilo tendido entre las dos iniciaciones, de las que una es regia y la otra sacerdotal. Se levanta contra esto: que se quiera que la primera sea de Oriente Y la segunda de Occidente, y he aquí que hace largo tiempo captamos que el pronombre indefinido disimulaba apenas este Fulcanelli aborrecido, de quien no gustaba apenas que se hablase, bien que El Misterio de las Catedrales y Las Moradas Filosofales hubiesen aparecido, uno en 1926, el otro en 1930.

A este respecto, recordemos, de pasada, que Grillot de Grivy adoptó la misma actitud de hostilidad, de tal manera retomada por el grupo de sus admiradores, que fuimos constreñidos a señalarla y a infamarla, en nuestro tercer prefacio para el primer libro del Maestro. Este trozo sin algún interés, eso nos parece, que la edición en lengua inglesa ha reemplazado por una introducción, verosímilmente necesaria para ganar el favor del mundo anglo-sajón.

Desde el mismo punto de vista, la chaqueta en colores de esta edición londinense, con su perfil patológico y descolorido, ¡Ay!, habla de forma elocuente.

A propósito del libro de Evola, La Tradizione Ermetica (La Tradición hermética), Guenon volvió con él, bien seguro, a sus dos iniciaciones, pasiva y activa, que la desviadora confusión, según él, amenazaba:

«Es así que debemos hacer ciertas reservas sobre la interpretación que se da del simbolismo hermético, en la medida en que está influenciada por una tal concepción, aunque, por otra parte, muestra bien que la verdadera alquimia es de orden espiritual y no material, lo que es la exacta verdad demasiado a menudo desconocida o ignorada de los modernos que tienen la pretensión de tratar estas cuestiones.»

Esta pretensión, parece bien que él, René Guénon, haya sido un poco afectado por ella, cuando decreta, de esa suerte, que la alquimia es únicamente libresca y especulativa.

Más ¿quién pues podría bien comprender, por la lectura sin Parcialidad ni partido tomado, que un tratado clásico de alquimia no apunta, de lejos o de cerca, al laboratorio y sus positivas experiencias?

Algunas líneas más tarde, en el mismo informe, René Guénon rechaza la Cábala en único provecho de la Kábbala, y, lo que es mejor, emite la sorprendente duda de que el hermetismo, que fue la vida misma de la humanidad occidental, no hubiese sido nunca la tradición de ella:

«Ahora se plantea una cuestión; lo que se ha mantenido bajo este nombre de “hermetismo”, ¿constituye una doctrina tradicional completa? La respuesta no puede ser sino negativa, pues no se trata estrictamente más que de un conocimiento de orden no metafísico, sino solamente cosmológico (entendiéndolo por otra parte en su doble aplicación “macrocósmica” y “microcósmica”).»

Esto no es hacer buen mercado del antiguo texto de Hermes Trismegisto, de esta Tabla smaragdina o de Esmeralda —Tabula smaragdina— sobre la que la larga línea de los alquimistas se apoyó, desde la alta edad media, y que constituye el tratado de la Gran Obra, a la vez más corto y más completo:

Es verdad sin mentira, Cierto y muy verdadero: Lo que está abajo es como lo que está Arriba, y lo que está Arriba es como lo que está abajo para llevar a cabo el milagro de Una Sola Cosa. Y así como todas las Cosas provinieron de Uno, por la meditación de Uno: Así todas las Cosas nacieron de esta Sola Cosa por Adaptación.

Verum sine mendacio, Certum & verissimum. Quod est inferius, est sicut quod Superius, & quod Superius est sicut quod est inferius ad perpetranda miracula Rei Unius. Et sicut omnes Res fuerunt ab Uno, meditatione Unius: Sic omnes Res natae fuerunt ab hac Una Re Adaptatione.

Sí, esta Cosa única que, en el irremplazable libro de Limojon, proclamando sus filosóficas cualidades, ante el oro y el mercurio filosófico, no puede sino despertar, se acaba de verlo, el vicio del bíblico Onan, en el espíritu receptivo del tan reputado epistemólogo de la Ciudad de la Luz.

Ni más ni menos nocivo nos parece el grueso volumen de Carl-Gustav Jung, Psicología y Alquimia, quien, en una personalísima y frágil interpretación, reúne, sin embargo, un tropel de extractos de obras, de notas bibliográficas y, particularmente, de figuras simbólicas, por desgracia, reproducidas de modo sumamente mediocre y, en consecuencia, poco convenientes al examen preciso, ni por más tiempo provechosas a los es fuerzo del estudio.

Fuera de esto, de este magro botín, ¿qué podrían esperar el estudiante en alquimia y, a fortiori, el operador cuidadoso de toda verificación en el laboratorio, qué podrían esperar ambos, de un escritor especulativo que ha comprendido tan poco la Ciencia que pretende someterla a su acrobacia psicológica y conducirla simplemente a las dimensiones reducidas de sus procedimientos banales y de sus falaces inducciones? De éstas y de aquéllas, ¡ay!, he aquí el enrevesado ejemplo tomado al azar, en el grueso in-octavo, entre muchos otros que no valen apenas más:

«La profunda oscuridad que recubre el procedimiento alquímico proviene del hecho de que el alquimista, de una parte se interesa bien en la parte química de su obra, pero que utiliza, por otra parte, para imaginar una nomenclatura para las transformaciones psíquicas que, propiamente, le fascinan. Cada alquimista original se construye, por así decirlo, un sistema de ideas más o menos individual, compuesto de las palabras de los filósofos y de una combinación de analogías de los conceptos fundamentales de la alquimia, analogías que son a menudo tomadas de todos lados.»

No decidiremos de parecido embrollo, pero hay que reconocer de todos modos, que una buena dosis de sagacidad se comprueba indispensable para desenredarlo.

¡Cuánto hace falta que Carl-Gustav Jung hubiese sido conducido, también él, por el partido tomado y la suficiencia semejantemente ciegos e irreductibles, para que no hubiese sabido descubrir rápidamente, bajo la engañosa apariencia de la diversidad, la identidad y la armonía innegables de las operaciones físicas y químicas, a las que se aplicaron, en el curso de los tiempos, los Filósofos por el fuego!

Los artistas verdaderos proclaman a porfía, que hay que tomar la materia que se ofrece la más próxima. En suma el estudiante hará lo mismo en cuanto a los libros, y los escogerá entre los clásicos reputados que se quejaban ya de los perniciosos sofistas.

A falta de los ejemplares antiguos, que han devenido raros y de coste muy elevado, se decidirá, de preferencia, por las ediciones nuevas, tan bien presentadas como sea posible.

No se obtiene nada sin dar a cambio; es por esto que no hay que olvidar que el volumen mismo, en su cosa animada, constituye un substrato de magia real. En el curso de los años, incluso de los siglos, los sucesivos propietarios de un libro de estudio, desarrollan, por él, una cadena de la que queda el eslabón tangible y perdurable.

Conservemos también en la mente, que la alquimia es, para la eternidad, una joven, bella, amorosa y muy exigente, que no se place más que en el lujo (lux, lucis), es decir, en la luz.

La lectura reclama la belleza del libro, sea la de la juventud o la de la ancianidad; la belleza sin mancha, que rinde el trabajo más amable y más fácil. Ciertamente, la edición puede ser reciente, pero importa que haya obedecido a las reglas consagradas del noble arte del libro, que no haya usado en modo alguno de los lucrativos subterfugios que autorizan ciertos procedimientos modernos de rápida y mediocre producción.

La fotocopia, en particular, no debe ser más que un instrumento profesional, en el peor de los casos que permite conseguir, ganar también, a la fatiga y al tiempo. Para el estudiante, para el buscador o, mejor todavía, para el hijo de Ciencia o el fiel de Amor, la copia manuscrita que respeta, a su vez, la magia soberana, poderoso auxiliar de todo esfuerzo, nos aparece irremplazable, sobre todo a nosotros, que la hemos practicado durante tan largo tiempo, con tanto ardor y placer.

Ello, sin que consideráramos siquiera el viejo adagio que promete una doble suerte al esfuerzo, ya que, según él, quien escribe lee dos veces:

Qui scribit bis legit.

Nicolás Flamel no dejó de sacar todo el honesto provecho, a la vez temporal, espiritual y científico, de su caligrafía cursiva o aplicada, en el seno del gabinete que, en la méson (casa) de La Fleur de Lys, alojaba los pupitres de sus educandos y de su cátedra; ahí donde escribió «me ganaba la vida en nuestro Arte de Escritura». Piadosamente solicitaba, cada día, la bendición divina para el laborioso local, en su convicción de la identidad perfecta de la alquimia con la significación secreta de las Santas Escrituras.

En sus silenciosas scriptoria —estas cámaras reservadas a los escribanos y a los iluminadores— los monjes pronunciaban la oración semejante que refirió Du Cange, según el muy sabio hombre Lucas Acher, en estas palabras:



Dignaos bendecir, oh Señor, este Escritorio de tus servidores y todos los que moran en él, afín de que sea lo que sea de las divinas Escrituras, que haya sido leído o escrito por ellos, lo capten por los sentidos y lo acaben por el trabajo. Por el Señor, etc.

...a viro doctissimo Luca Acherio..., in haec verba: Benedicere digneris, Domine, hoc Scriptorium famulorum tuorum, et omnes habitantes in eo, ut quicquid divinarum Scripturarum ab eis lectum vel scriptum fuerit, sensu capiant, opere perficiant. Per Dominum, et caetera.

En consecuencia de lo que precede, que el neófito guarde presente en la memoria, el comentario que sigue, del estudioso y constante Zachaire, en el aviso al lector bondadoso de su muy excelente opúsculo:

«Y en cuanto a lo que dicen de que nuestra ciencia es aborrecida del vulgo común, no es así: pues la verdad, siendo primeramente conocida, ha sido siempre amada, sino que éstas son los engaños & falsas sofisticaciones, como declararé más ampliamente en la primera parte.»

La filiación exige la humildad. Al nivel inferior del pretencioso egocentrismo, evidentemente, nadie puede encontrar al inestimable primogénito; nadie, no más que Gaston Bachelard, Carl-Gustav Jung o René Guénon, sabría ser Pirófilo, ni conversar con Eudoxio, del mismo modo que sobre esta imagen rara y bella, de la conversación que refirió y comentó el sabio Limojon (Pl. VII).

Con la ayuda de una filacteria en espiral, Eudoxio habla, y, al mismo tiempo, por el gesto, de sus índices apuntantes, relaciona el resplandeciente sol con la corona del Adepto, que es la de los Dioses y que sostiene humildemente al discípulo de Ciencia:



Oh hijo, afuera, saca del rayo, su sombra.

En el marco rectangular de la composición grabada, el viejo Filósofo prosigue:



Aquí, querría que percibieses e/punto en el que el Sol se eleva, no en dondequiera que es visible de día, sino este lugar en el que fue creado en el origen.

Cuán alejados estamos, a este nivel, protestaremos una última vez, del desequilibrio mental, y cuánto más vale, con seguridad, no ser más que un «quemador de carbón» —como se nos designa peyorativamente— antes que un necio moldeador de venta y de palabras inútiles.

Por lo demás, y pese a toda nuestra repulsión, era expediente que hiciésemos este desbaste, muy breve y circunscrito, para el que parecería bien, que en el seno del presente eterno, Eudoxio nos hubiese felicitado, en el Triunfo.

«Loo extremadamente la fuerza con la que sé que habéis combatido los discursos ordinarios de ciertos Espíritus, que creen que les va en ello su honor, tratar de ensueño todo lo que no conocen; porque no quieren, que se diga, que otros pueden descubrir verdades, de las que ellos no tienen inteligencia alguna.»



VII. He ahí el encuentro de Eudoxio y de Pirófilo que dialogan sobre la vía seca y que tienen a sus pies el jeroglífico del sujeto, así como el crisol que oculta, en actividad, el fuego secreto de los labios. La gruta, y el dragón que devora su cola, dan nacimiento a la corona de realeza divina sostenida por el discípulo.





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