La Alquimia Explicada Sobre Sus Textos Clásicos Canseliet



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La Alquimia Explicada
Sobre Sus Textos Clásicos
Canseliet

ÍNDICE



EPÍGRAFE 1

CONSIDERACIONES LIMINARES 1

CAPÍTULO PRIMERO - LA DAMA POR EXCELENCIA 7

CAPÍTULO II - SABIDURÍA Y DISCIPLINA 12

CAPÍTULO III - SOLICITACIONES ENGAÑOSAS O INSENSATAS 16

CAPÍTULO IV - LENGUAJE Y CÁBALA HERMÉTICOS 20

CAPÍTULO V - CONDICIONES EXTERIORES 24

CAPÍTULO VI - LA MATERIA PRÓXIMA Y SU PREPARACIÓN 29

CAPÍTULO VII - LA SAL DE LOS FILÓSOFOS 33

CAPÍTULO VIII - CONJUNCIÓN Y SEPARACIÓN 39

CAPÍTULO IX - LA ESTRELLA POLAR DE LOS MAGOS 47

CAPÍTULO X - LAS ÁGUILAS O SUBLIMACIONES 52

CAPÍTULO XI - EL HUEVO FILOSOFAL 57

CAPÍTULO XII - LA GRAN COCCIÓN 62



EPÍGRAFE


 

Que el estudioso de lo arcano se prevenga con cuidado de la lectura y de la compañía de los pseudofilósofos; en efecto, nada es más peligroso para el que aprende cualquier ciencia, que el comercio con un espíritu ignorante o engañoso, a causa del cual son inculcados, como verdaderos, falsos principios por los cuales un alma sin tacha y de buena fe es impregnada de una mala doctrina.

Que el amante de la Verdad tenga a menudo en las manos autores poco numerosos pero de una honestidad excelente, conocida y probada; que tenga en sospecha lo que es fácil de inteligencia, principalmente en los nombres místicos y las operaciones secretas; en efecto, la Verdad se oculta en las tinieblas, y los Filósofos no escriben nunca más engañosamente, que cuando la hacen abiertamente, ni más verazmente, que cuando es oscuramente. (La Obra Secreta de la Filosofía hermética. Cánones VIII y IX.)

Caveat accuraté arcani studiosus á pseudophilosophorum lectione & consortio, nihil enim quamlibet scientiam addiscenti periculosius est, quám imperiti aut dolosi ingenii commercium, á quo falsa proveris principia inculcantur, quibus bonâ fide mala doctrinâ imbuitur candidus animus.

Veritatis amator paucos autores, sed optimae notae & exploratae fidei manibus terat; facilia intellectu suspecta habeat, maximè in mysticis nominibus & arcanis operationibus, in obscuris enim Veritas delitescit, nec unquam dolosiùs, quàm cum apertè, nec veriùs quàm quum obscurè, scribunt Philosophi. (Arcanum hermeticae Philosophiae Opus. Cánones VIII & IX.)

 

 


CONSIDERACIONES LIMINARES

Explicar la alquimia es sobre todo proponer al neófito elementos (tomando el término en sentido figurado) de apreciación alentadora y segura. Ciertamente, los comentaristas modernos se multiplican. ¿Qué beneficio substancial es posible conseguir de ellos, ya que no manipulan utensilios y materiales? Consecuentemente, se muestran incapaces de elucidar el pasaje sabio o la escena iconográfica que utilizan sin convencer, y lo más a menudo sin razón.

En alquimia, ningún autor hace obra más dañina, que el que diserta de operaciones de las que no efectuó nunca la más elemental. Para él, muy frecuentemente, los textos son simbólicos y de alcance únicamente intelectual, incluso aquellos que se muestran como los más expresivos, en cuanto a la terminología sin equívocos de la práctica en el horno.

Sí, es aquí la ocasión de que nos venga a la mente la pertinente cita que tomó a Plinio el Viejo, el pintor holandés Jacques Appel, tan prendado del humor y del latín, como talentoso para sus paisajes:

Ne sutor ultra crepidam —Zapatero, no más allá del calzado.

El subjuntivo judicet es a buen seguro sobreentendido.

Por lo demás, es fácil estimar exactamente el espíritu y el valor de una nueva obra, en cuanto a la alquimia de la Tradición, por la sola constatación de que los dos libros de Fulcanelli, lo mismo que los nuestros, no se encuentran citados en ella de ninguna manera. No nos detendremos sobre la televisión y la radio, donde, en el ambiente del azúcar, como en el de la pimienta, se producen a saciedad las voces pálidas, los gritos, el frenesí, las guitarras y el inglés. Bajo el pretexto de cultura, y bajo el báculo autoritario de algunos especialistas vanidosos y guasones, se desarrollan a menudo la fraseología más aturdiente, la dialéctica más desprovista de objeto, que, ambas, no apuntan sino hacia la bienaventurada esterilidad de los cerebros en delirio. No nos detendremos apenas mayor tiempo sobre las divagaciones asombrosas de escritores que llegan a encontrar editores y, en consecuencia, a difundir, sobre la cuenta de la alquimia secular y de sus más dignos representantes, inconcebibles novedades. No es seguro, por otra parte, que estos plumistas bastante despreciables no sean, en la ocurrencia, los maniobreros de una verdadera empresa de demolición. La mala voluntad y el designio de perjudicar se ejercen demasiado claramente, para que no dudemos de la intención. Tampoco leemos todos los textos que ven la luz del día, libros o bien artículos de periódicos, impedidos como estamos, por nuestra constante penuria de esta materia preciosa que es la duración del tiempo, así como por el temor de hurtarnos dolorosamente a algún revoltijo de irritantes embustes, de inverosímiles fábulas y de repugnantes insensateces. Es así que un autor no ha vacilado, recientemente, en titular uno de sus capítulos: Una historia de loco, que ¡ay!, es evidentísimamente una de ellas, y en el curso de la cual aprendemos que el bufón del rey Felipe dio al joven Flamel, cuando era escolar, una respuesta por lo menos extravagante y sacrílega:

«Hazte clérigo, Nicolás. La caballería es una boñiga.»

Quisiéramos igualmente conocer la referencia del chisme, en el que se tomó la información de que el padre de Nicolás Flamel se hubiese llamado Tomás, y que hubiese poseído, el primero, el tenducho que se situaba en la rue des Écrivains, contra el muro de la iglesia de Saint-Jacques-de-la-Boucherie.

De modo semejante, nos interrogamos en cuanto al lugar de donde pueda bien haber sido sacada, a menos que haya sido del cerebro más fumoso, toda la fantasmagoría con la que la existencia de Nicolás Flamel es injuriosamente tejida en este relato rocambolesco. Sobre el pliegue interior de la funda en colores, el editor hace un anuncio elogioso del que no sabríamos discernir, si es el hecho de la ignorancia o el producto del humor más negro, y del cual, en todo caso, es suficiente con que cotejemos, una al lado de la otra, las frases primera y última, para que el estudiante sea informado al punto:

«He aquí sin duda el estudio más completo y más serio que haya sido inspirado por el personaje enigmático que fue Nicolás Flamel…

… Una apasionante encuesta en donde la Historia, la Filosofía, la Ciencia, son solicitadas alternativamente para comprimir casi al máximo uno de los más grandes misterios de todos los tiempos.»

Por nuestra parte, de todas estas páginas de imaginación furibunda, no daremos más que un pasaje que basta para la perfecta estimación de todos los otros. Es preciso que se sepa, desde el principio, que los nombres de Tomás y Nicolás son, aquí, los de Flamel padre y de su hijo:

«Pese a sus inquietudes, Tomás tenía confianza en la Providencia, pues el horóscopo de Nicolás era bueno. Esto era al menos lo que pretendió Isaac Ben Yocum, el rabino que lo había levantado para agradecer a Tomás ciertos servicios discretos, de los que el cristiano no se cuidaba de jactarse. Según la Cábala, un niño nacido el 7 del tercer mes de 1330 estaba fatalmente consagrado al 3 y al 7 (séptimo día, tercer mes, 1 + 3 + 3 + O = 7). Y tanto el 3 como el 7 encierran todas las correspondencias universales acabadas por su suma, que es la Unidad sagrada.»

Dejemos también de lado la absurda interpretación, pero observemos, no obstante, que no es apenas posible establecer el horóscopo de un hombre de quien no se conoce siquiera el año de nacimiento.

Tendremos ocasión, en el curso de esta obra que comenzamos, de volver sobre el popular alquimista de París, tanto a propósito de su persona, como de sus obras; habiendo sido la una estrechamente mezclada con las otras.

Al aguardar, tenemos mucho que cuidar, fuera de nuestras legítimas imprecaciones, a todos nuestros amigos escritores que escapan a la maldición del viejo Hermes y de quienes los libros suministran, al gran público, en lo que concierne a la alquimia y sus filósofos, justas y sanas informaciones.

Sin que seamos movidos por el más pequeño sentimiento de detestable presunción, cincuenta años de estudio y de experiencias, únicamente basadas sobre los clásicos de la Ciencia, nos han dotado de un serio bagaje que nos autoriza a hablar en nombre de todos estos filósofos.

Escribimos porque somos impulsados por la doble necesidad de lo temporal despiadado, que hay que satisfacer, y del apostolado, pese a lo modesto que sea, que importa ejercer. Quisiéramos que se estuviera bien persuadido de que sólo una cosa es valiosa para nosotros, frente a la cual ninguna otra cuenta; ella reside enteramente en la práctica en el laboratorio, según el noble y profundo sentido que el término comporta y que no excluye que debamos asegurar su desgaste.

Nuestra interrogación incesante de la materia, por el trujamán del horno, nos facilita la interpretación de los libros, y, entre ellos, de los clásicos en particular. Estos fueron escritos indudablemente, por artistas que trabajaron con la ayuda del fuego, cualquiera que haya sido su fuente. No hay nada mejor para entenderlos, que verificar, por la experimentación, su enseñanza prudente dispensada en lenguaje filosófico.

Nuestro deber, en consecuencia, es aportar al estudiante la mayor cantidad posible de luz. La necesidad no es la de que escribamos un grueso volumen, sino que transmitamos, hasta los confines autorizados, lo esencial de todo lo que hemos aprendido en los autores que hemos controlado, en estrecho contacto con la entidad filosofal.

El estudio no podría sufrir ningún límite ni apremio, ninguna sanción, en cuanto a su resultado, si no es el de Dios, por el Don inestimable. Son los conocimientos adquiridos realmente, en el curso de la vida recorrida, quienes constituyen a cada etapa, diplomas y certificados.

He ahí también porqué no se deberá uno sorprender, ni más aún impacientar, de que hayamos dado, lo más a menudo, el latín de las citaciones tomadas a los numerosos tratados que no fueron nunca traducidos, en el idioma de Francia, o bien que lo fueron de manera imperfecta. Esto por la razón sobre todo de que, la lengua culta, en su período último y muy injustamente calificado de bajo (¡ínfima!) por los puristas, de que la lengua culta, decimos, aparece como de lectura agradable y de comprensión más fácil.

Hemos declarado ya —particularmente en nuestra introducción a las imágenes comentadas del Libro mudo, Mutus Liber— y lo repetimos aquí, que no dejaremos en falta toda ocasión de excitar y de alentar el interés de los mejores por este latín que no quiere morir, y que se opone aún a la servidumbre total del pensamiento y de los estudios.

Que el joven neófito lo sepa bien, y sobre todo no se desespere con ello; el alquimista está destinado a permanecer por un tiempo muy largo como un estudiante paciente y tenaz. Que tome el ejemplo de ello sobre nosotros mismos que hemos cumplido, en el mes de agosto, nuestro quincuagésimo año de trabajo en el laboratorio. Es así que podemos adelantar, pese a la aparente paradoja, es decir, con tanta humildad como orgullo, que somos ciertamente el más viejo estudiante que hay en Francia. ¿No es ése acaso el título, a la vez el más humilde y el más glorioso, que el filósofo pueda reivindicar en la serenidad y en el honor?

Era, en todo caso, el que se concedía al gran químico Michel-Eugène Chevreul que fue el modelo perfecto del desinterés científico, y de quien proviene el precioso fondo alquímico de la biblioteca del Museo de Historia natural de París. Alcanzó la edad de ciento tres años, habiéndose siempre beneficiado de la fisiológica armonía que el estudio, en el ritmo eterno de la Naturaleza, transmite sin falta al experimentador.

Ante el gran y loable movimiento de interés real, que se desarrolla sin cesar, no dudamos que el areópago de los Adeptos, el de los hermanos de la verdadera Rosa Cruz o Rocío cocido, apruebe plenamente nuestra decisión de enseñar más claramente y en mayor medida. En esto, nos unimos a Filaleteo, que formuló ya y audazmente la misma tendencia, hace más de trescientos años, al comienzo mismo de la desafortunada edad de hierro, ahora próxima a su fin. Es verdad que en su época el libro no estaba tan ampliamente difundido como hoy en día y quedaba como el patrimonio de un pequeño número. He aquí pues, lo que escribió, tras haber declarado no ser tan secreto como todos sus predecesores:

Pero, yo, verdaderamente, no he actuado de la misma forma en esta cosa, sometiendo mi voluntad al beneplácito divino que, en este último período del mundo, me parece en el punto de desvelar estos tesoros; es por esto que no temo ya que el arte se envilezca ni que desaparezca. Esto no puede suceder. Pues, ¿no se tiene acaso la verdadera sabiduría ella misma en honor eterno?

Ego vero non sic egi, hac in re voluntatem meam divino beneplacito resignand, qui hac ultima mundi periodo thesauros hosce reseraturus mihi videtur, quare non amplius timeo, ne vilescat ars, absit. Hoc fieri nequit. Nam vera sapientia seipsam in aeterno tuetur honore.[1]

Con seguridad, que el ejemplo tiene su papel que jugar. Es por esto que nos parece que no es inútil, como viva lección, para los amantes de cualquier edad, que les mostremos nuestro pequeño laboratorio de Sarcelles, cuando teníamos veintidós años y nos ejercíamos, además, en los gozos íntimos y delicados de la acuarela. Es así que verán, en todo su color, la más modesta reunión de utensilios, que haya inspirado la lectura demasiado confiada de Eireneo Filaleteo, en su Introitus, y la de Cyliani, en la práctica de su Hermés dévoilé (Hermes desvelado).

Este boceto se remonta también a los «años locos», al mes de agosto de 1921, en este verano que quedará sin duda como el más largo y caliente del siglo. Es el recuerdo, en imagen, del bricolaje por el que respondíamos a las exigencias del trabajo y por el que hacíamos cara a la debilidad, tan grande como incurable, de nuestra tesorería (Pl. I).



 

 

I. Nuestro modestísimo laboratorio en el que tuvo lugar la memorable proyección, bajo la dirección de Fulcanelli y ante dos testigos. Estos fueron Gaston Sauvage, químico en Poulenc, y el excelente pintor Julien Champagne quien, desde hacía más de diez años, estaba al servicio del Maestro.



Le Mystère des Cathédrales (El Misterio de las Catedrales) primero, y Les Demeures Philosophales (Las Moradas Filosofales) a continuación, responden ya, y de manera admirable, a la necesidad de que la alquimia sea explicada sobre sus textos clásicos. No faltan en dichos libros las citaciones de estos últimos, viniendo a apoyar la enseñanza teórica y operativa del Adepto adjudicado al siglo presente y que fue nuestro maestro.

Más que a ningún otro autor, es sin duda a Fulcanelli que podrían dirigirse hoy en día, de entre los amantes de la ciencia, las palabras de reconocimiento del discípulo Pirófilo a su buen maestro Eudoxio. Todo ello al comienzo de la larguísima plática que llevaron a cabo juntos, a continuación de la que había tenido lugar entre la Piedra de los Filósofos y el Oro, unido al Mercurio en el furor y la agresividad. He aquí pues el período exclamativo del discípulo que, con el corazón desbordante de felicidad y de entusiasmo, se encuentra bruscamente ante su maestro:



« ¡Oh dichoso momento, que hace que os encuentre en este lugar! Hace largo tiempo que anhelaba con la mayor ansia del mundo, poder conversar con vos del progreso que he hecho en la Filosofía, por la lectura de los Autores, que me habéis aconsejado leer, para instruirme del fundamento de esta divina ciencia, que lleva por excelencia el nombre de Filosofía»

La respuesta que Pirófilo hace a continuación a su maestro, no es ahora sino la que haríamos nosotros al nuestro, en cuanto al saber que hemos adquirido en el estudio de la ciencia sagrada:

«Yo os soy deudor de todo lo que sé de ella, & de lo que espero penetrar todavía en los misterios Filosóficos.»

El número de los autores clásicos de la ciencia de la alquimia, dígase lo que se diga, es muy importante, y de ellos una proporción no menos notable, se halla muy lejos de ser ordinariamente conocida. No consideramos siquiera los tratados en lengua latina, que no están traducidos y que forman un fondo inestimable. A estos, sólo pueden acceder los habituales de Horacio y de Virgilio, de quienes reduce, cada vez más, la heroica falange, el modo de instrucción de nuestro tiempo, subordinado a los apetitos temporales, y, consiguientemente, a toda demagogia.

Especialmente, tenemos en mente las pocas decenas de escritos que forman un núcleo sólido, alrededor del cual parece haberse concretado, desde el siglo XVII, la enseñanza a la vez más corriente y cómoda. Fueron así separados, poco a poco, del cuerpo sin embargo homogéneo de los libros clásicos, a modo de selección, los textos anónimos o firmados, que más ayudan a la realización física.

Desde 1604, Alexander Sethon, alias Cosmopolita, inauguró esta riquísima floración de filósofos con los que iba a refundir, en alguna forma modernizada, la enseñanza recibida por ellos de los volúmenes latinos que circulaban manuscritos durante la edad media. De esta biblioteca antigua, transmitida desde las edades más lejanas, por los árabes y en su culta lengua, ya hemos dicho que fue traducida en latín, no solamente por los Cruzados, sino también por los Milicianos del Temple.



La alquimia fue sin duda un sólido terreno sobre el cual Caballeros y Sarracenos encontraron las razones de aproximarse, apreciarse y entenderse. Esta fue, durante el proceso, una de la claves principales de la acusación: esta aparente colisión de lo Cristianos con los Infieles. El famoso bafomet, en su enigma inaprensible e irritante, figuraba, consecuentemente, en el dossier de los cargos. De esta entidad filosófica, se puede ver la representación más segura ilustrando la página de título de Todas las obras del Filósofo anónimo Filaleteo —Anónymi Phi1alethae Philosophi Opera omnia (Pl. II).

El mercurio del mercurio —mercurius de mercurio— se halla de pie sobre la esfera y tocado con una corona que remata el signo metálico-astrológico que designa a la vez al planeta y al azogue; tiene las alas desplegadas y los brazos horizontalmente extendidos.

 

 

II. El alcance filosófico es aquí el mismo que el del extraño anillo que poseía Fulcanelli, que él describe y que nosotros hemos recordado. Vino hasta él, del padre Abad del monasterio cisterciense que era vecino, en el siglo XII, a la Encomienda de los Templarios de Hennebont, en Bretaña.



No sería cuestión, para nosotros, de elucidar el modo de operar —modus operandi— de la obra física, en sus menores detalles. Esto sería, en efecto, una falta gravísima, no solamente con respecto a la Tradición y la disciplina, sino también en relación a nuestros hermanos estudiantes en Hermes. No obstante, nos comportaremos contrariamente a la regla que adoptaron la pluralidad de los autores, la cual consiste en no hablar de la Gran Obra más que trastocando el orden de las diversas operaciones. Es sobre esto que un filósofo anónimo formuló la observación, a la intención de su discípulo:

«Lo que hace que no comprendas sus escritos, es que ellos no han querido observar en sus libros un orden que sirviera de medio para poderlos entender; habiendo comenzado unos sus Tratados por el final del tema, otros por el medio, otros por la proyección, otros por la multiplicación; tratando otro del medio & del fin de la obra, han omitido expresamente su comienzo.»

Muy al contrario, como hemos dicho, la sucesión misma de nuestros capítulos, en forma de sumario, dice suficientemente cuánto respetaremos, en su conjunto, el desarrollo ininterrumpido y lineal del proceso operatorio. Es grande el interés de ello para el amante, según Denys Zachaire, quien transmitió la afirmación sostenida por Geber en la Suma:

«Por ello dice que, si la hubiese puesto por orden & toda seguida, sería conocida en un día por todos, incluso en una hora, tan noble & admirable es.»

Ciertamente, con la lectura de los textos, recorremos obligatoriamente y de una extremidad a la otra, la ruta estrecha y difícil que quiso mostrarnos, junto a tantos otros filósofos, el alquimista latino Ioannis Aurelius Augurellus, en los tres libros versificados de su Chrysopoeia. Neologismo compuesto de dos vocablos griegos que le aportan su significación:  Chrysou, genitivo de  oro y  poia, fabricación = fabricación de oro.

En el excelente Diccionario de Alexandre, encontramos este otro neologismo  chrysopoios, hacedor de oro, alquimista, que tiene por raíces el sustantivo  y el verbo  poiéô, fabricar, construir, crear.

Es por esto que las ediciones francesas del tratado de Juan Aurelio Augurelo llevan todas el título:

La Crisopeya, es decir (o que enseña) el arte de hacer el oro.

¿Se trata del oro metálico y conviene tomar esta declaración al pie de la letra, como lo hizo el papa León X mismo, en respuesta a la Epístola que Juan Aurelio Augurelo le había enviado en verso latino? En todo caso, en la epístola del Soberano Pontífice, se encontrará la famosa reflexión que fue chismorreada a placer y que militaría muy poco en favor de la benevolencia y de la infalible penetración ordinariamente atribuida al vicario de Cristo:

Si Scit aurum ipsemet conficere, non indiget nisi receptaculo.

Si sabe él mismo fabricar oro, no le falta sino un receptáculo.

Se pretende que León X haya hecho acompañar su carta de un gran saco.

No es seguro que todo eso no sea más que una pobre broma, y sigamos siendo serios, volviendo a lo que cantó Augurelo, en cuanto a la estrecha puerta:

Sic alii, quos experiendo, maxima rerum

Visere jam decuit summo quaesita labore,

Angustum per iter, recto de tramite nunquam,

Qua prius ingressi declinavere, nec ante

Desinere optarunt, licuit quam tangere laetis

Tandem exoptatum longo post tempore finem.
Al hacer la experiencia de un trabajo extremo, así otros

A quienes conviene ya contemplar la buscada y más grande de las cosas,

Por un estrecho pasaje jamás se alejarán de la ruta derecha.

Esta ruta por la cual iban antes y que escogieron

No abandonar; a los dichosos les fue permitido alcanzar

Por fin, tras un largo tiempo, lo deseado: el término.
El poema original, en lengua latina, no carece ni de elegancia ni de encanto, ni sobre todo de la enseñanza clásica, que disminuye, ¡ay!, la traducción literaria y, más aún sin duda, la versificación cuidadosa de las sílabas y de las rimas.

Evidentemente, no es famosa la traducción que Gabriel Joly utilizó y que es obra de François Habert, traduttore, traditore, como lo fueron todos los maróticos, con respecto a los poetas denominados neolatinos sin que veamos por qué.



La recomendación de seguir la Naturaleza es unánime, y Michael Maier particularmente la ilustró de sugestiva manera, con el cuadragésimo segundo emblema de su colección, tan justamente titulada: Atalanta fugiens —Atalanta fugitiva. Por encima de la imagen (Pl. III), leemos:

Para quien se aplique a las cosas químicas, que la Naturaleza, el Razonamiento, la Experiencia y la Lectura, sean la conductora, el Bastón, las Gafas y la Lámpara.

 

III. Es preciso que el alquimista tenga una visión aguda, una lúcida videncia, a fin de que siga, a ciegas, a la Dama Naturaleza, única que es capaz de conducirle, hasta su inviolado y secreto santuario.



Apotegma que muestra sin ambages, que seguir la naturaleza no es tan simple como se podría creer, ya que se necesitan además, para ello, una caña, antiparras y una linterna. Estos objetos son indispensables, a fin de situar exactamente los pies en las huellas dejadas sobre la arena del camino, en el seno de la noche, bajo la luna menguante. La dificultad parece pues aumentar a medida que el astro nocturno se encuentra en decrecimiento, tal como lo vemos, bajo la forma de un menisco, con sus puntas hacia la derecha, en el cielo de la composición de Jean-Théodore de Bry. El epigrama latino que subraya la imagen, completa su enseñanza:

 

La Naturaleza es tu guía, y tú, por el arte, eres su seguidor de buena gana.



Te pierdes, si ella no es tu compañía en la vía.

Que el Razonamiento te dé la ayuda del Bastón, que la Experiencia te fortalezca los ojos.

Para que puedas distinguir lo que se encuentra a lo lejos.

Que la Lectura sea tu Lámpara luminosa en las tinieblas,

A fin de que, prudente, te guardes del montón de las palabras y de las cosas.
Volveremos a ver la bella criatura, majestuosa y solitaria, sobre el fuera-de-texto XLIV de nuestro volumen Alchimie (Alquimia), el cual reproduce el título ricamente ornado del Museo hermético —Musaeum hermeticum.

Ahí, dos alquimistas, en lugar de uno solo, siguen a la Dama Naturaleza, contentándose el segundo, menos instruido y menos sabio, con regular sus pasos sobre los del primero. No tiene por otra parte gafas, ni, en consecuencia, experiencia, y figura evidentemente al estudiante que no se fía más que de los otros, es decir, de los discursos, sea hablado o bien escrito.

De esta alegoría, el duque Christian de Saxe-Gotha no conservó más que la joven mujer de la que reemplazó, en la mano derecha, el ramo de flores por el sello de Salomón dibujado en el centro de un espejo circundado de cortos rayos. Ello para el reverso de una medalla acuñada con su efigie y en siete ejemplares, a fin de que fuese perpetuado el recuerdo de la transmutación que efectuó con sus propias manos, durante el verano de 1693. La Naturaleza, que bajo la forma humana es provista esta vez de cuatro senos, va ante ella con los pies desnudos, el cuerno de la abundancia, atributo de Ceres, bajo el brazo izquierdo. Por encima de ella leemos el exergo:

DEO ET ME DUCE - Por Dios y por mi Duque.



Duque, según la palabra latina Dux que él reproduce, debe tomarse en el sentido de conductor, de director. Et me Duce, pese a la apariencia, no pone pues en entredicho la humildad del príncipe que fue también filósofo, y que jugó cabalísticamente con su título nobiliario, a fin de subrayar su papel de demiurgo, en el microcosmos filosofal. Es lo que confirma, sobre el canto de esta pieza conmemorativa, la invocación que corre en ligerísimo relieve:

O QUAM MAGNA SUNT OPERA TUA DOMINE

¡Oh, cuán grandes son tus obras, Señor!

La Verdad es simple y de ella, en alquimia, es muy exactamente un lugar común de declarar que se encuentra únicamente en la Naturaleza. Es imposible acceder a ella por la sola especulación, como Cosmopolita, después que nos hubo dicho haber tratado sinceramente de la primera y de la segunda materia, concluye sin ambages, terminando su período:

«. . .en vista de que he hecho esto, no por la lectura de numerosos libros, sino por el trabajo de mis manos y de mi propia experiencia—..., siquidem id non é multis libris sed ex mearum manuum labore & propria experientia feci.»

Sí, el proceso operatorio de la Obra es natural, y estamos, puede creérsenos, bien inclinados a afirmarlo. La inmensa dificultad —el epíteto no se muestra en modo alguno excesivo— que surge y se instala en la realización, es el de restablecer ahí el contacto y la colaboración, de manera permanente, con el sol, la luna, los planetas y las estrellas. En verdad, no son responsables los astros, quienes continúan dispensando generosamente a la tierra, toda la acción fluídica necesaria a su existencia.

No volveremos sobre la causa indiscutible que hemos determinado suficientemente[2] y cuyos efectos, para la humanidad, no cesarán de aumentar y de amenazarla cada vez más. Para suprimirlos de un solo golpe, bastaría que desapareciese la fuente, según el viejo adagio:

Sublata causa, tollitur effectus.



Suprimida la causa, el efecto desaparece.

Mas ahora es universal el disfrute que sólo extinguirán, un día quizás próximo, consecuencias tanto sociales como geológicas, que serán tanto más rudas y dolorosas, cuanto que no habrán sido previstas en modo alguno.







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