Jullo scherer ibarra



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BANDA CHAMAPA



En su origen, hará por lo menos cuarenta años, no hubo
• autoridad atenta a los estragos que el secuestro provoca.
Se lo veía con naturalidad, como al narcotráfico, que ya
crecía frente a los ojos vacíos del poder.
Además, pocos se atrevían a denunciar el atropello de
que habían sido víctimas y optaban por entenderse con
los malhechores. Los policías se habían ganado la des confianz de los ciudadanos y la buena fe del ministerio
público estaba en entredicho. Antes que investigar a los
probables autores de los ilícitos, solía recurrir a la amena z y llegaba a la extorsión. El país priísta era uniforme, la
corrupción de uno a otro de sus extremos.
Para los miembros de algunas bandas, el plagio era
algo más que una manera de encarar la vida. Disfrutaban
de su actividad siniestra e inventaban modos para saciarse
en su propio sadismo.
La llamada banda Chamapa secuestraba a parejas de
enamorados. El tiempo que fuera necesario, los mantenían con los ojos vendados y esposados de las manos. Escuchaban sus cuitas, su turbia conversación romántica, la desesperación que los llevaba a la violencia del lenguaje para volver a renovadas promesas de amor eterno. Los veían disminuidos, exhaustos, inevitablemente sucios, feos, a punto del juramento suicida que no cumplirían.
Todas las ventajas eran para la banda que marcaba el paso del operativo. Filmaba a los novios, grababa los diálogos y monólogos en los que una y otro caían, registraba las pesadillas del inconsciente. El espectáculo era cinematográfico.
Contaba la banda con el efecto devastador de los videos en manos de las familias atribuladas. Se desplomarían en la angustia y unirían su miedo en un solo pánico. De común acuerdo, inevitables la amargura y las tensiones, llegarían a una decisión para cubrir el rescate.
El punto elegido por los secuaces de la banda para llevar a cabo el acuerdo final se ubicaba en uno de los puentes de la carretera Chamapa-Naucalpan. Desde las alturas, harían descender un morral atado a una larga cuerda. En el interior del saco, los familiares de la pareja victimada depositarían el dinero que los verdugos reclamaban.
Entregaban el dinero. ¿Y después?

Marcos Tinoco Gancedo o Marcos Gancedo Macerat, el Coronel, era el jefe de una peligrosa banda criminal.


Admirador de la disciplina militar, se hacía seguir por
treinta y cinco sujetos a los que hacía ricos. Eran suyos,
y lo obedecían como un soldado a su oficial. Trabajaban
concentrados en nueve células. No todas se conocían
entre si.
Astuto e imaginativo, percibió entre los hombres de
la clase media alta una fuente de riqueza para la banda.
Serían los afluentes de un río siempre henchido de agua.
Sólidamente instalados en el presente y asegurado su
: porvenir, las víctimas potenciales del Coronel disfrutaban
de una vida tranquila. Contrataban choferes, no guarda espalda endurecidos en el Ejército y dispuestos a todo
con los puños y las armas.
Tinoco Gancedo los reduciría con la más sencilla
técnica de la extorsión. A la luz del día, un par de sus
secuaces iniciarían una conversación circunstancial con
el infeliz señalado por el índice ominoso del jefe. Poco a
poco irían violentando el lenguaje y poco a poco llegarían
a la amenaza directa.
Dueños de alguna información sobre el sujeto, le dirían que estaban al tanto de su pasado y discurrirían vagas historias de las que pocos escapan, infidelidades y uno que otro negocio por esclarecer ante los amigos o la justicia. Ellos, los de la banda, pertenecían a un comando élite y necesitaban fondos para el área de los testigos protegidos por la Procuraduría General de la República. Sembraban el miedo, que crecería en espiral. Daban a entender que se movían entre el hampa que se oculta y la autoridad que se expresa. Ostensibles las pistolas en el saco de ios plagiarios, la presa se e nt regaba.
El operativo, informarían ¡os delincuentes a su familia, transcurriría sin sobresaltos y sería breve el tiempo del rehén en una inadvertida casa de seguridad. Nada habría que lamentar si el grupo élite contaba con la rápida entrega del dinero. No habría golpes, impensada la sangre. El rescate rondaría el millón.
Quedaba la advertencia:
En caso de un gesto de rebeldía o la sospecha de un aviso a la policía, la negociación quedaba rota. Vendría la bruma, la incertidumbre, el pánico por la tortura posible, el silencio. Y empezaría ei conteo devastador: ha pasado un día, han pasado dos, tres, un mes, un año...
Tinoco Gancedo ordenaba a algunos de sus hombres que cortejaran a jovencitas adineradas para introducirlos en su ambiente. Ya en el interior de una de las casas seleccionadas por el jefe, el malhechor encargado del operativo iría conociendo los hábitos de la familia y los pequeños secretos entre los padres y los hijos. Preparaba el secues tr con tiempo, cuidadoso de los detalles.
Llegada la hora, la banda cumpliría con el ritual: el telefonema anónimo, el monto del rescate, la entrega del dinero con algunos datos esenciales y la amenaza
siniestra. Pasado algún tiempo sin noticia de ios plagiarios, el silencio y sus presagios para doblegar aún más el ánimo de las víctimas, volvía la voz brutal, el telefonema esperado como una paradójica bendición. Se trataba de que las partes precisaran los detalles últimos del rescate.
La entrega del dinero tendría lugar en el restaurante
California, en San Jerónimo. Los billetes serían acomodados en una bolsa de Liverpool a la vista de todos, sobre la mesa seleccionada por los estrategas de la banda.
A la hora convenida se presentaría ante sus víctimas un hombre sonriente, de buen humor. Saludaría con naturalidad y ocuparía un lugar en el desayuno. Comería contento, sin prisa, y antes de retirarse bebería una larga taza de café para asentar el desayuno.


BANDA DEL CESARÍN

La noche del 11 de mayo de 2007 no parecía distinta a cualquier otra noche en la ciudad de México. Luis y Claudia, jóvenes enamorados de veintiún años, llegaban a su casa dispuestos a disfrutarse. No imaginaban que, al descender de su automóvil, se adentrarían en otra dimensión: la del terror.


Entre empellones y maldiciones, facinerosos nacidos de la sombra inmovilizaron a la pareja en la parte posterior del carro. Echados sobre ella y sobre él, los paralizaron con la pesantez de sus cuerpos. A Claudia, largos dedos que se multiplicaban empezaron a recorrerla, ya descubiertos los pechos. A Luis lo golpeaban donde cayeran los puños.
Luis no sabía qué hacer con él mismo, sintiéndose obligado a cargar con su propia pesadilla y aliviar la de su esposa. Claudia temía la violación. Pensaba en ella misma, pero sobre todo en su esposo. En el futuro podría verla disminuida, otra mujer.
En el trayecto hacia quién sabe dónde, los secuestradores les exigieron que mantuvieran los ojos cerrados y guardaran silencio. Aun sin proponérselo, se negaban a mirar el horror que los rodeaba, apretados los párpados. El silencio, en cambio, les era imposible. Estallaban en su angustia frases inarticuladas, gemidos que expresaban dolor.
Al final del trayecto, contemplaron un cuartucho en la penumbra y sintieron la peste. Al fondo observaron una bacinica.


Una adolescente, la voz fresca, propia de la juventud, les dictó la sentencia:
“A ver si sus familias aprecian sus pinches vidas, cabrones. Pero sépanlo, o hay dinero o habrá muerte”.
Una delación furtiva llevó a la captura de la banda. Cayeron todos, salvo el jefe, César Alberto Díaz.
Integraban el grupo: Soraida, alias la Tuerta; Luis Alberto González, alias el Rata; Carlos Antonio Díaz, alias el Perro; Miguel Ángel Hernández, alias el Monstruo; Eduardo López, alias el Ogro; Miguel Ángel Pérez, alias el Eskato; Ízale López, alias la Bestia; Jorge Olvera, alias el Vampiro; Mario Alberto Nieto, alias el Marrano, y Luis Julián Vargas, alias la Muerte.

Tijuana es una ciudad sin ley, sostiene Adela Navarro, codirectora del semanario Zeta, reconocida con el Premio Internacional de Libertad de Prensa que otorga el Comité para la Protección de Periodistas (cj) con sede en Nueva York.


Me dice que apenas si hay denuncias sobre secuestros en la procuraduría del estado. Explica enseguida:
la policía ministerial es ostensiblemente corrupta y al grupo antisecuestros lo ataca el mismo mal. A los secuestradores, a los judiciales, los aprieta un nudo ciego.
Las investigaciones de Zeta han hecho pública la complicidad flagrante entre bandas opuestas que conviven. También han difundido que ci secuestro es la caja chica del narcotráfico. En Tijuana no hay redes de bandas tan organizadas como en el estado de México, Michoacán o el D. F. Los plagiarios trabajan de prisa y obtienen 20 mil o 30 mil dólares por secuestro. Esto es así porque los narcos continuamente necesitan dinero para comprar armas:
el Ejército tiene éxito en el decomiso de arsenales, y los plagiarios no pueden vivir inermes.
Dice Adela Navarro que es muy bajo el nivel de aprehensiones relacionadas con el cártel de los Arellano Félix: y es que la autoridad forma parte de la estructura de ese grupo criminal. En la corrupción generalizada, investigaciones del semanario Zeta han llevado a sus periodistas a identificar a miembros del crimen organizado con las autoridades.
Hace dos años o más, los narcotraficantes obtenían ese dinero, necesario para la compra de armas, por dos vías: secuestros rápidos y asaltos a camionetas que transportan valores. En el último año, los plagios se han impuesto por la facilidad que existe para cometerlos y la impunidad garantizada.


Como ejemplo, la subdirectora de Zeta cuenta de un secuestro en Rosarito, distante treinta kilómetros de Tijuana. La familia de la víctima pagó 40 mil dólares como rescate, que los delincuentes invirtieron de inmediato para hacerse de armamento en los Estados
Unidos.
“Supimos de este caso —dice la señora— por la
detención de un par de plagiarios que, cuarenta y ocho
h horas después de haber cometido el delito, ya habían
comprado las armas para el grupo criminal. No obstan te pues así se dan las cosas aquí, la víctima no fue libera da En Tijuana, hay secuestradores narcotraficantes que
piden rescate dos o tres veces por la misma persona. Si
la paga es pronta, coligen que los familiares tienen bie ne y dinero. Esto provoca que a la familia le reclamen
más y más. Existe otra opción: en vez de la suma fuerte
por un rescate, cuotas en promedio de 10 mil dólares
mensuales, a cambio de permitir a los agraviados que
vivan en paz.”
Legataria de los ideales de Jesús Blancornelas, fundador de Zeta, siempre decidido en su lucha contra el narco, baldado por los asesinos y protegido hasta el último minuto de su vida, dice Adela Navarro:

El número de secuestros que admite la autoridad judicial en lo que va del 2009 hasta mayo es el siguiente:


ocho en enero, diez en febrero, dieciséis en marzo, siete en abril y diez en mayo. Las investigaciones de Zeta, a través de sus contactos en las procuradurías —del estado y la General de la República—, en la policía municipal, en las organizaciones civiles y también en fuentes del crimen organizado, difieren de los datos oficiales. Cuando la procuraduría estatal reconocía diez secuestros en mayo, Zeta sabía de treinta y cuatro.
Cuenta:
“Un viernes de mayo, ya en la calle el semanario, se comunicó con nosotros una señora de la clase media y nos dijo, helada la voz:
“En la mañana vi una camioneta abandonada frente a mi casa. Me acerqué al vehículo y escuché un ruido dentro. Llamé a la policía, pero no acudió. Entre varios vecinos, abrimos la cajuela del vehículo y encontramos a un muchacho con un balazo en la pierna, mutilado de dos dedos, maniatado, la boca y los ojos vendados. Dijo que ese día lo habían liberado, aventado frente a mi casa. Los secuestradores dejaron las llaves del carro puestas en el switch. El muchacho estaba aterrado y, después de que lo desamarramos, como pudo se fue manejando el vehículo’. Este caso nunca formó parte de la estadística oficial. Ni siquiera hubo manera de conocer la identidad del mucha-

cho. Huyó, su miedo repartido entre los secuestradores y los policías”.


Refiere Adela Navarro:
“A la redacción de Zeta llegan correos electrónicos de padres desesperados: buscan a sus hijos, pero no quieren acudir a la policía, y nos relatan su agobio. La sociedad tijuanense es sensible a la corrupción que la atrapa”.
La periodista ingresó a Zeta en 1990, el cártel de ios Arellano en pleno apogeo. Las escoltas de los delincuentes eran policías judiciales, hoy “ministeriales”. Era arduo su quehacer: cuidaban a los narcotraficantes en sus desplazamientos por la ciudad, les abrían el camino, eliminaban a sus contrarios de otros cárteles, cobraban cuentas pendientes. Cuando el PAN arribó al poder, cambiaron de nombre a la policía del estado, pero no hubo renovación de cuadros, y persistieron aquellos que apoyaban a Benjamín y Ramón Arellano y que ahora obedecen a quien se encuentra al frente de la organización. La policía ministerial, ciertamente, no ha sido depurada.
Se han conocido nombres de policías, pero sólo cuando se los ha sorprendido in fraganti. Hace poco aprehendieron a un policía ministerial con trescientos kilogramos de mariguana y armas en su casa. Identificó tres casas
de seguridad con personas secuestradas. Confesó que ci crimen organizado ie pagaba mil dólares mensuales por sus servicios y le otorgaba, además, permiso para secuestrar. Solicitaba autorización para delinquir, y lo obtenía a cambio de entregar un porcentaje de su ganancia por el ilícito cometido, previo pacto con la organización criminal.
En Tijuana quedaron establecidas las diferencias entre secuestro, ajuste de cuentas y levantón. Éste se da cuando, resueltos al asesinato, los mafiosos cargan con una persona. La privación ilegal de la libertad es, llanamente, un ajuste de cuentas, cuestión de dinero: paga el inculpado o le esperan la tortura, las amenazas a la familia y la muerte. Si el deudor paga, recobra la libertad y es readmitido en el crimen organizado. El secuestro es sólo un negocio.
En un tianguis cercano a las oficinas de Zeta, un sujeto se encargaba de cobrar una renta a cada uno de los locatarios, hasta reunir 20 mil dólares mensuales que iban, íntegros, al crimen organizado. La mayoría de esos puestos ofrecía artículos de contrabando y mercancía pirata. Los vendedores pagaban una cuota por mes y protegían hasta a diez personas, que podían ser familiares, empleados o amigos. Fulanito está pagando, se informaba a los interesados. Y no había problema. Pero si no pagaba, los recolectores del dinero se comunicaban entre sí y si algunos olvidaban el compromiso, pronto caían, martirizados o muertos. En casos especiales, la droga podía sustituir al dinero.

Las autoridades observan una política tácita en cuanto al trabajo del grupo antisecuestros. En los casos del plagio de una persona honesta, cuya familia está resuelta a lo que hiciere falta para rescatarlo, el grupo colabora hasta donde le sea posible; pero en el de malhechores cómplices del crimen organizado, se limita a intervenir en la negociación del pago.


En Mexicali, donde convergen dos cárteles, el de Tijuana y el de Sinaloa, el secuestro se da en baja escala, no así en Rosarito, Ensenada y Tijuana. En todo Baja California se siente el miedo, se oye, se palpa, se huele. Muchos restaurantes, bares, cabarés, antros, discotecas y establecimientos nocturnos han quebrado. La gente ya no sale de sus casas, pero subsiste la esperanza de una vida menos aciaga. En los restaurantes empieza a notarse un ligerísimo repunte.
Refiere la codirectora del semanario:
“De septiembre del 2008 a enero del 2009 tuvimos una época terrible: se contabilizaron seiscientas ejecuciones. Se daban a diario: doce, cinco, diez, seis, ocho,siete ajusticiados. En Tijuana los comandos irrumpían en las casas, se apoderaban de las personas, las arrojaban a las cajuelas de sus vehículos y al día siguiente aparecían tiradas, muertas tanto en terrenos baldíos como en zonas pobladas. En el centro de una guerra entre dos células del cártel de los Arellano, que se disputaban la plaza, Tijuana padecía el horror.
“Empero, hubo una tregua. Bienvenida: las células se comprometieron a detener la ola criminal de los secuestros por la indignación que provocaban en la sociedad, vociferante contra una autoridad a la que exigía así fuera un mínimo esfuerzo en el cumplimiento de su deber. Al respiro siguió el desaliento, y ya vamos en la tercera tregua.
“El 26 de abril de 2008, las células pelearon a muerte por un secuestro y poco después volvieron a la guerra. En mayo del 2009 estalló la gresca de nuevo. Los comandos del Teo, Teodoro García Semental, secuestraron a gente de Arturo Villarreal, y Villarreal a gente del Teo. Aparentemente, hubo un arreglo. Ilusiones. A la semana siguiente de nuevo se dio un plagio estruendoso en la persona de un empresario.”
—Y usted, señora, ¿cómo la pasa?
—Mi vida sigue como siempre, a la vista una autoridad blanda y un poderoso crimen organizado.
“Hace dos meses —cuenta—, fueron detenidos diecinueve policías municipales de Tijuana. Zeta tuvo acceso a los expedientes y los hizo públicos. Se trataba de empleados del narco, no del municipio, el alcalde sin poder sobre la fuerza pública y sin poder el gobernador. El contraste se da en el narcotráfico que corrompe, amedrenta, impone y mata. Continuamente nos contamos las mismas historias. Llegas a tu casa ya noche y te encuentras un comando, cinco o seis vehículos sin placa, con luces y estribos de emergencia, con sirenas ululantes. El comando no es policiaco. Es narco.”
Jorge Hank reaparece en la vida pública. Señalado como delincuente, cancelada su visa para viajar a los Estados Unidos, es dueño de un equipo de futbol, los Xoloizcuindes, al que se asocia con el lavado de dinero. Su mujer, al lado, preside una fundación que auxilia a los marginados. Se dejan ver lo mismo en un juego deportivo que en una conferencia de prensa.
El pasado mes de junio llegaron los militares a su hipódromo. Pretendían hacer un cateo en el interior de su propiedad inmensa. El Ejército maneja un detector molecular, un aparato que delata la presencia de drogas y armas por medio de sonidos, y cuenta con siete variables aplicables a diferentes tipos de drogas. Al llegar al hipódromo, sonó la máquina de los militares. En pleno ejercicio de su trabajo, un oficial pidió autorización para entrar en el predio. Argumentó el mando militar que debían verificar las licencias del armamento en poder de los custodios del hipódromo. Debían, insistió, comprobar si operaban o no con facultades reservadas al Ejército. Finalmente, el contingente militar pudo acceder a un área menor del hipódromo de Hank. Ahí, nada encontraron. En las instalaciones importantes, como son las caballerizas, las pistas y las casas, no tuvieron manera de poner un pie. Hank paró en seco a los militares y no hubo autoridad civil que otorgara la pronta y pertinente orden de cateo.
Se da así un círculo férreo: el Ejército acude con el delegado de la IGR para gestionar la orden de cateo ante el tribunal de circuito. Llegado a este punto, éste instruye al juez para que conceda la orden de cateo, pero cuando ésta se da, los delincuentes ya tuvieron el tiempo necesario para ocultar las pruebas en su contra.
En abril o mayo fue detenido en San Luis Río Co lorado el hijo de Antonio Vera Palestina, Jorge Vera Ayala, jefe de seguridad de Jorge Hank. Regresaba a Tijuana. Fue aprehendido con armas y cartuchos reservados para uso exclusivo del Ejército. Vera Ayala exhibió entonces una credencial de la Secretaría de Seguridad Pública del estado de México que lo presentaba como policía bancario y lo autorizaba para portar armas. Así, acude a los militares para corroborar la legalidad de su permiso. Sin embargo, la licencia colectiva de armas sostiene que únicamente pueden portarse en las delimitaciones conferidas en la licencia, el estado de México en este caso. Llevarlas consigo fuera de esa entidad configura un delito. No obstante la claridad del ilícito, un juez federal de Mexicali dejó en libertad a Vera Ayala, a cuarenta y ocho horas del suceso.
Expresa la codirectora del semanario:
“Jorge Vera Ayala estuvo dos días en prisión. Nosotros publicamos ci expediente.
“En Tijuana —continúa—, la Policía Estatal Preventiva y la Segunda Zona Militar se acreditan como las corporaciones que han llevado a cabo el mayor número de detenciones, y los decomisos de armas, droga y de dinero más cuantiosos. Pero fuera de eso, las policías Ministerial, Antisecuestros, Municipal, Federal, permanecen totalmente corrompidas. Ahí, la justicia se atora”.
En 2007, ei Ejército decomisó dos kilogramos de cocaína. Este año lleva ciento cincuenta y muchas toneladas de mariguana y heroína. Frente a los secuestros, se han anotado catorce casos resueltos.
A principios dei 2008, me reuní en Tijuana con el entonces jefe de la policía, Alberto Capeila. El viaje no tuvo otro propósito que conocer, a través de una voz tan autorizada como la suya, las mil contradicciones en que se desenvuelve la vida en la ciudad fronteriza.
No había en ella figura como la de Jorge Hank Rhon, envuelto en el crimen, la riqueza, la arbitrariedad sin freno, el descaro, la exhibición del poder, la desvergüenza. De su existencia se sabe todo y no habría para qué repetirla ahora, salvo que el gobierno de los Estados Unidos le canceló la visa para mantenerlo apartado de su territorio. Persona non grata, en términos diplomáticos; inadmisible, dañino, en el lenguaje de todos ¡os días.
CapeHa me anticípó que no duraría en el cargo. El hampa policial y la delincuencia organizada, unidos como un mal matrimonio, le permitían la claridad para escudriñar el futuro. En su pequeña oficina, blindada la puerta de acceso a un escritorio y algunas sillas, me reunió con un grupo de familiares de víctimas del secuestro, todos envueltos en la incertidumbre que tan a menudo convoca a la muerte.
Las víctimas contaban y contaban, la grabadora ahí, testigo fiel. Sin respuesta de los plagiarios, todo lo habían vendido para cubrir el rescate de los seres amados. Contaban y seguían contando que habían contraído deudas que quizá nunca pudieran saldar, pero nada importaba frente a la expectativa de besar con ánimo rejuvenecido los rostros inolvidables.
En voz baja e impersonal, pregunté:
—Y Hank?

Una mano se acercó a la grabadora y apagó el pequeño aparato.


—Señor —dijo—, no queremos hablar de Hank. Le tenemos miedo.
En San Diego, también acompañado por Capella, me entrevisté con otras víctimas del secuestro. Una señora de cabello corto y aretes llamativos, de mirada directa y facciones atractivas, habló por todas. Le dije que era hermosa, grata. Me respondió que buscaba afirmarse en la vida de la mejor manera posible y que por eso se vestía de claro y colores alegres, que “él” habría de contemplar y festejar algún día.
—He de recuperarlo y por eso trato de conservar la juventud hasta donde sea posible. Ha de saber usted, señor, que el luto nos arruga, nos saca canas, nos envejece y va matando.
Vi sus lágrimas a punto de resbalar por su rostro delgado y le dije:
—Llore, señora.
—Si no dejo de hacerlo.
Contó, finalmente, que, auxiliados por las autoridades de San Diego, asistían a sesiones de terapia. Ésta era la razón por la que el psicoanálisis les era familiar, un camino en la sombra que busca claridad.
— La encontraremos? —me preguntó.
—No sé.
Acompañado por Adela Navarro, me vi con un amigo de su infancia. Dueño de un restaurante a un lado de la carretera que va de Tijuana a Rosarito, se mostró dispuesto a confesar:
—Por qué no denunció el secuestro de su hijo?
—No podíamos.
—Por qué no podían?
—Nos estaban amenazando. Se lo llevaron un miércoles de abril, a las nueve de la noche. A la una y media me llaman: “Yo tengo a tu hijo. Si vas a la policía o piensas hacer algo, una demanda o lo que sea, lo matamos. Cómprate un radio, te vamos a llamar, yo mañana te hablo”. Al otro día, tempranito, me llamaron: “Ya te mandé un regalito”. Resultaría un policía al que habían matado.
Entonces empezó a negociar.
—ELe exigieron mucho dinero?
—Mucho. Pero no le voy a decir cuánto.
Le vi el rostro, alargado. Sentí su miedo.
—No me empeño en publicar su nombre —le dije—. Si así lo desea, lo omito. Permanezca tranquilo, le ruego.
—No, no, sigamos.
Pero su rostro continuaba aún largo.
—Hablábamos del rescate, señor.


Su mente ya iba por otro lado:
—A mi restaurante viene mucha gente. Antes la recibía con mucho gusto y atendía a la clientela de mesa en mesa. Ahora ya no. Viene menos, y miro con desconfianza. Me confundo yo solo. Ya no converso. Vigilo. Así no se puede, pero hay que seguir adelante, primero Dios.
“Varias veces pensé en la muerte y que mi hijo se había ido para siempre. Miraba su fotografía y pensaba: ‘Será posible que ya nunca te vuelva a ver, cabrón?’ También pensaba en mi propia muerte, pues era yo quien habría
de entregar el dinero. Mi hijo venía bastante mal, demacrado, muy sucio, sin zapatos, golpeado en los oídos, que
le dolían. Lo habían vendado de los ojos, de la nariz, de las orejas, de las manos, las piernas, todo con cinta adhesiva muy apretada. Lo llevamos al hospital y salió bien, un poquito deshidratado, el azúcar elevada, pero todo se compuso.”
Vi a mi interlocutor atento a su reloj. Por mi parte, detuve la conversación.
—ENo mc va a decir, verdad?



Ilustración 1



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