Jullo scherer ibarra



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BANDA DE LOS COLINES



Santiago Sánchez Espinosa era un parlanchín con pasión por la palabra puto y sus derivados. Decía puto para hablar de su último destrampe con sus amigos o una hora de puro sexo. La noche merecía el calificativo de puta y el amanecer también, puto amanecer. Junto con el vocablo se acostumbró a los salivazos y cuando los asuntos que le importaban le salían bien, nada como decir puta, putísima madre, húmedo el lenguaje. Miembro de una antigua banda de secuestradores, le gustaba lo que hacía, carcelero de no sabía cuántos hombres y mujeres sin suerte. Cobraba 20 mil pesos por cada trabajo.
Francisco Colín Domínguez, el Chale, comandaba el grupo criminal. Junto con su hermano José, el Cascajo, ponía el ojo en los candidatos a secuestro. Le gustaban modositos, se burlaba.
El Cascajo cumplía una labor que llamaba delicada:
la negociación con los familiares de las víctimas. No era sutil, ni falta que le hacía ese toque de la inteligencia. Sus exigencias eran brutales, la amenaza del tajo que mutua sin piedad. También cobraba 20 mil pesos.
Juan Carlos Leyva González, el Chino, elegía las casas de seguridad para retener sin sospecha a los rehenes del grupo criminal. En ocasiones ofrecía su propio domicilio para tal fin.
Reyna Núñez Alanís y Jazmín Leyva Mendoza tenían su propio quehacer. Eran las encargadas de preparar la comida y de la vigilancia, por si acaso. Reyna era la concubina del jefe y Jazmín se entretenía con José Colín.

La banda operaba sobre todo en la región de Huautla, en Hidalgo, pero no desdeñaba incursionar por otras regiones, particularmente en el estado de México. El grupo tenía sus reglas, de las que nacía la seguridad con que operaba. El escenario de sus crímenes era desguarnecido y despoblado. No había horas más propicias para sus desmanes que las de la madrugada, lejos de la noche, lejos del día.


El 22 de diciembre de 2003, a las tres de la mañana, José Clemente Casillas Andrade tembló al verse interceptado en el coche que manejaba, solo. Cerca de su domicilio, en un tiempo que se podría contar en segundos, cuatro sujetos le apuntaron con sus pistolas y le gritaron cabrón e hijo de la chingada como monólogo airado. Destrozaron los cristales del vehículo y se apoderaron del volante. Dejaron abandonado su propio automóvil.
Entraron por la fuerza en la casa de José Clemente y quebraron cuanto encontraron a su paso. Frente a la recámara de la señora, cerrada con llave, hicieron astillas la puerta de madera que de nada podría protegerla. La señora apenas sabía de sí. Embarazada, alto el estómago, protegía y se protegía con su hijo, una criatura aún de brazos. El niño lloraba más y más y la madre se enjugaba las lágrimas, quería sonarse y no lograba limpiarse la nariz. Apretaba a su hijo como si quisiera incrustárselo en el cuerpo y prorrumpía en exclamaciones y un no, no, por favor, estoy embarazada de siete meses, no toquen a mi hijo, no toquen a mi marido, llévense todo y no diremos nada, nada, por favor, por favor.
La respuesta era terminante. Te callas, pinche vieja. A ti te la metemos si sigues con tus gritos. Poco después, secuestradores y secuestrados partieron a la casa de seguridad oportunamente dispuesta por el Chino.
Siguieron jornadas desfallecientes y, en el agotamiento físico, la consunción del alma. Los plagiarios se turnaban en el cuarto de las victimas, encadenando el pie derecho de la señora a uno de los barrotes de aluminio de la cabecera del camastro. Le permitían mínima libertad de movimientos para conducirla al baño, siempre con los ojos ocultos bajo una tela gruesa y las manos amarradas en las muñecas. Su marido, también en la oscuridad, y con las manos inútiles, a veces podía atisbar a los secuestradores, aflojada la venda por los movimientos naturales de la cara y la pérdida de peso. Le dispensaban la cadena. Sabía que a la menor sospecha de un movimiento extraño, su esposa y su hijo caerían muertos.
No había más distracción que la televisión, obsesivas y sin tiempo las horas inmutables de sesenta minutos.
Aparece al fin el negociador, José Colín Domínguez. Exige 2 millones de pesos por la libertad de sus víctimas, como pudo haber demandado 20 o 100 millones. La cifra no importa. Importa la intimidación.
A su vez, los secuestrados, los familiares y el mundo amistoso que los rodea saben que nunca podrán alcanzar los 2 millones. No obstante, se aprestan a reunir lo que puedan en ci término de unos días. Habrá que tranquilizar a los secuestradores, ofrecerles algo. Se hacen así de 27 mil pesos.
Colín Domínguez se enfurece, sin freno su escatología verbal. Te vamos a destripar, cabrona, le gritan a la señora. Hay alusiones a la sodomía, extremo de la sevicia.
Pronto los 27 mil suben a 47 mil, informa al secuestrador su contraparte. Ya ven cómo sí pueden, cabrones, responde el Chino.
Transcurren cuarenta y tres días y la suma crece a inauditos 500 mil pesos. En la puja dramática, todo tiene un precio: los ahorros, los automóviles, los televisores, las planchas, la ropa nueva o no tan nueva, el dinero futuro comprometido en el agio.
El medio millón pasó a las manos criminales, sin consecuencias la advertencia a las víctimas si denunciaban la historia que habían vivido.
Los miembros de la banda festejarían el éxito del secuestro, que dinero había quedado. Uno de sus miembros se divertiría en Acapulco, otro compraría un Volkswagen, otro se volaría con sus amigos revueltos con mujeres, uno protegería el billete para invertirlo en una pequeña granja de su propiedad.
Al cabo del tiempo, la complicidad los volvería a reunir. En un billar, sin prisa, extenderían su larga vista por los jugadores en distintas mesas.
Un plagiario le diría al otro, baja la voz:
—Je gusta ése?
—Órale.

BANDA DE CARLOS



La averiguación previa FSPI/73/7O2/O7-l5, de fecha 15 de mayo de 2007, cubre una historia de escalofriante sencillez:
Más o menos de veinte años, un sujeto llamado Carlos invitó a la hija de Arturo Carrión a un paseo breve. Se trataba de una persona bien plantada y de una jovencita agraciada de pies a cabeza. Arturo Carrión no tuvo objeción y la muchacha dejó su celular en la casa. No tenía caso llevarlo consigo.
Transcurrió un silencio largo que alimentaba la creciente turbación de su padre. A intervalos cada vez más cortos, miraba al celular como si quisiera obligarlo a que diera cuenta de su hija. De pronto y al escuchar el timbrazo largamente esperado, de un manotazo se llevó el teléfono a la oreja. Antes de que pudiera articular palabra, escuchó una voz que de inmediato le resultó abominable.
Fue informado de que la muchacha le sería devuelta a cambio de 5 millones de pesos. Arturo Carrión reaccionó en la derrota, la aceptación de un principio de negociación del que pocos escapan. Sin embargo, 5 millones de pesos correspondían a una cifra exorbitante, de la que carecía. Hablaron, si hablar se corresponde con la imagen de un boxeador con la guardia baja y la furia enfrente. Pactaron al fin: Arturo Carrión entregaría 58 mil pesos, 100 dólares y las joyas de la familia. Dichas las últimas palabras, el celular enmudeció.
En el tiempo de la angustia, llegarían finalmente las instrucciones definitivas:
En su propio vehículo, Arturo tomaría Insurgentes rumbo a Indios Verdes. Al llegar a cierta gasolinera, seguiría hasta Aurrerá. Ahí dejaría su carro para abordar un taxi que lo conduciría sobre la autopista México-Pachuca hasta un sitio conocido como “parada del gallo”. En ese punto, y a la entrega del dinero y las joyas a un sujeto flexible y delgado sin mayor relieve que una cachucha roja, culminaría la negociación. Ya se encargaría el plagiario de cerrar el compromiso.
Los hechos siguieron por el camino del sufrimiento sin adjetivos para describirlo. Finalmente, desde quién sabe dónde, el celular volvió a escucharse en una última llamada.

La voz seca daba cuenta de que en el kilómetro 24+500 del Circuito Mexiquense, rumbo a Zumpango,


• el padre encontraría a su hija. Y ‘e recomendaba que se apurara antes de que se la comieran los perros.


Ilustración 1



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