Jullo scherer ibarra



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ANDRES CALETRI



El 29 de febrero de 2000, el juez tercero de distrito con sede en Toluca declaró formalmente preso a Nicolás Andrés Caletri López. Los delitos quedaron integrados en el expediente 28/2000.
Dos juicios dieron cuenta de sendas fugas de la prisión, en junio de 1986 y diciembre de 1995. El primer proceso hubo de enfrentarlo en el Reclusorio Sur, en 1982. Fue señalado como asaltabancos, homicida, ladrón, reo por asociación delictuosa y portador de arma prohibida.
Diez años después, fue acusado de los mismos delitos, e internado en el mismo reclusorio que en 1982. De la cárcel se fugó nuevamente y volvió a la prisión el 25 de febrero de 2000.
Discípulo del comandante Alfredo Ríos Galeana, jefe del extinto Batallón de Radiopatrullas del Estado de México (Barapem), creó su propia estrategia para operar a lo grande en sus casi quince años de carrera ases ma. En los estados de Morelos, México, Oaxaca y el Distrito Federal, subcontrató bandas de secuestradores que multiplicaron sus ingresos en millones, que crecían verticalmente.
Al separarse de Ríos Galeana para operar a su antojo, organizó grupos, uno en el D. F. y otro en el estado de México. De ambos se hi7o personalmente responsable. En cuanto a las bandas de Morelos y Oaxaca, fueron encomendadas a Víctor Hugo Anduaga Campos y Juan León Maya.
En la década de 1990, la banda fue temible como pocas. Caletri y los suyos contrataron a grupos de gatilleros locales, de probada eficacia. Eran muchos y fueron organizados en “células” especializadas.
Algunas de éstas custodiaban a los secuestrados en las casas de seguridad; otras seguían el curso de las negociaciones, ese regateo infame entre el dinero y la integridad y la vida de la víctima; el último grupo, el verdaderamente selecto, mantenía contactos con policías involucrados en la red criminal. La aprehensión de Caletri fue incruenta. La precedió una minuciosa labor de inteligencia, que permitió obtener diecisiete números telefónicos que utilizaba el delincuente para comunicarse con sus familiares y cómplices. Un día se reconoció impotente para repeler a los policías dispuestos a todo. Un cerco le impedía el menor movimiento.
Esposado, sedado y fuertemente custodiado por elementos del grupo secreto Fuerza Especial de Reacción Yaqui, un malencarado y violento Andrés Caletri fue presentado a la prensa. El anuncio se hizo público la noche de su captura y remisión al penal de máxima seguridad de

Almoloya. Ahí respondería por seis averiguaciones previas por ¡os delitos de secuestro y asociación delictuosa.


La presentación de Caletri causó expectación. Se lo comparaba con el Mochaorejas: sádicos, la carcajada frente al sufrimiento ajeno, el gozo como ningún otro placer en el padecimiento de sus víctimas. Su aparición fue espectacular. Desfigurado por la droga, conservó la energía para maldecir a sus captores.
Al ingresar en el auditorio de la PGR, las voces excitadas de los fotógrafos y camarógrafos exigían a Caletri que volviera el rostro y que los mirara, que habrían de fotografiarlo y filmarlo como un alto tributo a su carrera. ¡Caletri!, ¡Caletri! La luz incidía en el rostro duro del criminal y sus ojos buscaban sin hallar el origen de voces descompuestas en el ardor de la escena.
Entre dientes, también fuerte y claro, Caletri respondía al reclamo de los fotógrafos con un lenguaje de albañal.
—Vayan a tomarle fotos a su pinche madre, cabrones
—aullaba casi, mientras dos elementos de seguridad lo sujetaban, esposado, a fin de evitar que sus pasos tambaleantes dieran con él en tierra.
Pero seguían los flashazos y las voces y los reclamos para que levantara la cara:
—Órale... ráyense horita que pueden... pinches periodistas —atacaba Caletri.

Antes de abandonar el auditorio, el plagiario, rey del hampa, vociferó:


—Nos vemos en el infierno, culeros.
El secuestro de Francisco Xavier Lebrija Pino ocurrió a las nueve de la mañana, el 3 de febrero de 1997. Relata la víctima:
“En la calle de Galeana, una camioneta pick up me cerró el paso. Bajó el conductor y de la nada salió otro sujeto, que me apuntó con una pistola. En un segundo vi rodeado mi coche por cuatro vehículos, uno al frente, otro atrás y uno a cada lado de las portezuelas.
“Jalándome el cabello hasta arrancarlo, me aventaron al piso de la parte trasera de uno de los autos, boca abajo. Me quitaron todo lo que llevaba encima, me ataron, apretaron un trapo pestilente contra la cara. Después de una hora o muchas, no sabría cuántas, llegamos a una casa en la que permanecí encerrado y desnudo como una semana.
“Me vendaron los ojos con cinta adhesiva y me encerraron en un baño asqueroso. Ahí era interrogado por Daniel Arizmendi para hacer el recuento mil veces de los bienes de mi familia. Me obligaron a llamar a mi casa. Contestó mi madre. Mi padre refiere que le pidieron inicialmente 12 millones de pesos. Negociaron hasta quedar en tres.
“El segundo día de mi cautiverio entró al baño un individuo que llevaba consigo una cadena metálica. Uno de sus extremos lo ató a mi cuello con un candado y el otro, por fuera del baño, lo aseguró en la pared. Me informó el sujeto que todo esto era por seguridad, pues un segundo secuestrado se encontraba en la misma casa. Podríamos comunicarnos y entonces nos matarían.
“Al cabo de una semana, harapo, me devolvieron mi ropa y me soltaron por la calzada Guadalupe”.
Armando Sánchez Rodríguez vivía en la calle de Quito, número 82, colonia Lindavista. Fue en octubre, 1996. Jugaba futbol rápido en las canchas de la avenida Circunvalación. En una de ésas, camino a su coche, un individuo lo encañonó con un arma larga y otros tres se aparecieron de pronto. Lo subieron a su propio automóvil, lo ataron de pies y manos y lo arrojaron a la cajuela. Divertidos, varias veces la cerraron con estrépito y la volvieron a abrir para escuchar de nuevo su tronido.
No supo a dónde lo llevaron; caminó cegado por un trapo oscuro y vio de nuevo la luz en un baño hediondo.

Fue encadenado como loco peligroso y alimentado con fruta, pan y leche.


Los plagiarios le llevaban los platos de noche y apagaban la luz para que no pudiera mirar a sus captores. Una vez dispararon en el interior del baño. La advertencia de la muerte estaba en la bala. Drogos, gritaban incoherencias porque la familia les ofrecía sólo 400 mil pesos.
Hasta que llegó el día en el que, los secuestradores, hartos, le hicieron redactar una nota, O pagaban más sus hermanos o todo terminaba. Junto al recado, manchado de sangre ya negra, envolvieron en papel periódico la oreja cercenada.
Declararía el Mochaorejas que habían elegido a Armando Sánchez Rodríguez por la prosperidad de su familia, dedicada a la venta de telas y la confección de ropa en el centro de la ciudad de México, allá por el mercado de Mixcalco. La persona que le sugirió este secuestro fue Juan José Araiza Guzmán, ocupado en el robo de tráilers, por la ruta de Puebla y Veracruz.
“Le cortamos la oreja con una tijera de pollero de treinta centímetros. Previamente lo acostamos boca arriba, amarradas las piernas y las manos. Un tal José, del estado de Morelos, se sentó en su pecho y lo ahogaba. Para evitarle la hemorragia por la oreja, la izquierda, le pusimos ceniza de estopa quemada.

“Esto fue en la mañana. Luego le hablé al negociador, su hermano, a quien le ordené ir a la gasolinera de Mazaryk y Moliére, en Polanco, y entrar al baño de caballeros, donde yo ie había dejado la nota de su hermano, atrás de la caja del sanitario.


“Envuelto en el papel del recado acomodé la oreja. A todo esto surgió una presión más fuerte y pudimos llegar a un acuerdo con la familia. Me pagaron, no estoy muy seguro si fueron 2 millones de pesos o más.”
La amputación de la oreja marcó a Armando Sánchez Rodríguez con una cicatriz visible y perpetua.
Daniel Arizmendi no cortaba orejas. Era su Aurelio. Procedía con la sencilla naturalidad corta la rama seca de algún arbusto.
Según informes del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Aurelio era el más sanguinario del grupo. Hizo de la tortura, la mutilación y el asesinato, un modo de ser.
Luego de la detención del ex director de la Unidad Antisecuestros de la Procuraduría General de Justicia de Morelos, Armando Martínez Salgado, acusado de brindar protección a los hermanos Arizmendi, la PGR recuperó archivos que sirvieron para asomarse a la crueldad de hermano de quien los delincuentes y conocer detalles acerca de su modo de operar.
la información describe el caso de un transportista secuestrado en un restaurante de la colonia Lindavista, por cuyo rescate exigió la banda 5 millones de dólares. Pese a que la familia aceptó pagar el monto del rescate, los secuestradores la enloquecieron con incesantes llamadas telefónicas, grabadas. la víctima describía las torturas a las que era sometido. La banda finalmente cobró el rescate. Liberaron a la víctima sin la oreja derecha y sin el testículo izquierdo.
Aurelio fue aprehendido el 30 de junio de 1998 por treinta agentes de la Unidad contra el Crimen Organizado de la PGL Sorpresivamente, los judiciales irrumpieron en una casa de seguridad situada en el kilómetro 3.5 de la carretera al Ajusco.
Al saberse descubierto, Aurelio saltó por una barda de la casa y repelió la acción policiaca pistola en mano. Recibió varios tiros en las piernas. Sufrió una fractura expuesta de fémur. Gravemente herido, pretendió abordar su auto con su último aliento de libertad: “Mátenme, ya sé lo que me espera...»
Osiris Rafael González Rodríguez tenía catorce años. Lo levantaron en mayo de 1996, en Iztapalapa, junto con Enrique Preciado González, auxiliar del contador de María Luisa Cecilia González Guzmán, madre de Osiris. María Luisa era dueña de un restaurante bar, el “Marriverbar”, ubicado en el Eje 6 Sur, número 61, colonia Guadalupe del Moral.
Los muchachos fueron interceptados a diez cuadras del hogar de Osiris por siete sujetos que se ostentaron como policías y que circulaban en dos vehículos. Subieron a Osiris en uno de ellos y se lo llevaron.
Los secuestradores exigieron 5 millones de pesos a la madre de Osiris. La señora, en su angustia, se comprometió a pagar el rescate. En su primer minuto de reflexión supo que jamás alcanzaría tamaña fortuna.
Así se lo hizo saber a Arizmendi en uno de los muchos llamados que se cruzaron entre ellos. El Mochaorejas le dijo que no se hiciera pendeja y que le proporcionaría algunos números telefónicos de personas que le habían cumplido. La señora sabría por ellos que cuando todo salía bien y le entregaban el rescate no había problema. Si no, ya le haría llegar el cuerpo de Osiris mutilado o muerto.
Finalmente, las partes llegaron a un acuerdo: 200 mil dólares, más 100 mil pesos. Operarían así: ella cosería una bandera asida al palo de una escoba de un metro por un metro con veinte centímetros, de tela blanca. Luego, en dos costales dobles, ordenaría el dinero en partes proporcionales, cerrados los bultos con un mecate en forma de alforjas. Los costales habrían de ponerse en el piso del vehículo. La señora ondearía la bandera por la ventana del copiloto, ya fuera del nuevo Periférico que da a la calzada Zaragoza, por el rumbo de Rojo Gómez.
Al llegar a Zaragoza, la madre de Osiris aguardaría frente a la clínica del ISSSTE. Allí se le ordenó dar vuelta, en la avenida Emilio Azcárraga. Dos sujetos con gorra recibirían los costales. En todo momento la señora fue seguida por un vehículo con las luces altas encendidas a fin de que no pudiera verles los rostros.
Fiel a las instrucciones recibidas, volvió a su casa. Hubo una llamada alentadora del secuestrador. Podría ir por su hijo cerca de un puente, en las inmediaciones del ISSSTE, donde ya había estado. Casi para llegar al lugar indicado, uno de sus familiares le llamó: a última hora cambiaba el lugar de la entrega, una gasolinera frente al Peñón Viejo, sobre la avenida Zaragoza. Ahí estaría el muchacho. Eran las dos de la madrugada.
Hubo una última llamada de Arizmendi a la madre de Osiris: “Aquí se acabó el trato, usted a mí no me conoce pero yo a usted sí.. .“
En sus inicios como criminal, Josué Juan Vanegas Martínez, hermano de Daniel Vanegas, ganaba 500 pesos por auto robado. Poco a poco, perfeccionado el hurto, todos los documentos en regla, llegó a cobrar hasta 10 mil pesos por unidad.
Su hermana, Dulce Paz, amante del Mochaorejas, facilitó el encuentro entre los dos sujetos. Se miraron, se saludaron bien y al poco tiempo se darían trato de parientes.
El día de su captura, que había resuelto dedicar a las compras para su casa, fue sorprendido por personas que se dijeron judiciales federales. Solicitaron su identificación. Vanegas mostró su licencia con un nombre falso. El Mochaorejas había instruido a su gente: todos deberían trabajar con credenciales apócrifas, en presunción de un posible arresto.
En un principio, Josué Juan pretendió confundir a los agentes, pero los nervios lo traicionaron y confesó su verdadera personalidad. A la confesión siguió un sucio sometimiento a la revisión corporal y la búsqueda de armas o droga en su vehículo. En el interior de la guantera los judiciales hallaron una Colt .38 súper, cromada, con las cachas de madera y tres cartuchos útiles.
Su hermano Daniel le había regalado la pistola. Del lado izquierdo ostentaba la leyenda “el capitán”, y del derecho, “Col. Officer’s A.C.P. serie el CAP 394”. Josué Juan la había portado en los ocho Secuestros en que había participado.

En su momento, declaró el inculpado:


«Desde el año 1993 había conocido a Joaquín Parra Zúñiga”. Fueron vecinos en la Unidad 7, frente a la Delegación iztapalapa, en el edificio C, sección Q, departamento 304. “Prosperó la amistad con Joaquín entre mis hermanos Daniel y Dulce Paz. Esto fue posible porque la esposa de Joaquín Parra Zúñiga se dedicaba a hacer los trámites necesarios para conseguir casas en esta unidad. Se dedicaba al robo de vehículos y su venta ilegal.
“Nos conocimos —diría Josué Juan— y le entramos al negocio.”
Sigue:
“Empezamos ganando 500 pesos por carro. Ya sabiendo que eran robados, cobrábamos 3 mil. Hacíamos como cinco carros a la semana Ya emplacados y remarcados los vendíamos o cambiábamos por otros que se anunciaban en el periódico. Nuestra participación era cada vez mayor, hasta 5010 mil, según era el carro.
“Con mis utilidades, primeramente adquirí un departamento en la avenida Manuel M. López, no recuerdo el número, edificio C4, departamento 304, colonia Tláhuac. Lo habité añoy medio.
“Para mediados de 1994, Joaquín Parra nos presentó con Daniel Arizmendi. Nos dijo derecho que era el mero jefe de la banda de robacoches. Trataríamos directamente con él.

Llevamos esta actividad hasta 1995. Un día, de repente, Arizmendi suspendió por varios meses todo trámite en el que pudiéramos ganar dinero rápidamente. Fue hasta fmales de ese año que nos invitó a mí y a mis hermanos a lo de los secuestros. En ese tiempo Arizmendi y mi hermana Dulce Paz tenían relaciones amorosas, por lo que realizamos juntos, con mucha confianza, el primer secuestro.


“Una vez que cobramos nuestro primer rescate, nos fuimos de reventón a Acapulco por cinco días. Daniel Arizmendi me había enganchado a su banda diciendo que no fuera joto, que la chamba era sólo de un ratito, que la lana era mucha y que nomis había que ‘ponerle huevos’. Mi primera participación me dejó 50 mil lanas; la segunda, 150 mil; la tercera, 100 mil. Con esta cantidad ya me alcanzaba para comprar un departamento, que puse a nombre de mi esposa, Mayra Verónica Juárez Sánchez, quien sabía de los secuestros. El departamento está en la calle Casas Grandes, número 95, interior 304, colonia Vértiz Narvarte, entre Universidad y Morena, en esta ciudad. También adquirí una casa en Toluca, en la segunda cerrada de Izcalli, número 15, fraccionamiento Izcalli Cuauhtémoc 1, registrada también a nombre de mi esposa por precaución.
“Era padrísimo, me alcanzaba para todo lo que quería Compré un Tsuru 1995, color cereza, con placas que “Ese levantón se iba a hacer igual que el de los Payán. Yo, junto con los de los apodos, a bordo de una camioneta Oldsmobile manejada por el Chef. A las nueve de la mañana divisamos el auto Gran Marquis de la profesora y otro, el de su seguridad, un Spirit blanco. Daniel choca al Gran Marquis de doña Rosy y nosotros al de la seguridad, mientras los Patanes, el Negro y su hermano Adrián, se dirigen al carro de los guaruras y se agarran a tiros con ellos.
“De igual manera me bajo y voy hacia el coche de la profesora. Con mi pistola 9 mm la amenazo para que baje del vehículo. Como no lo hace, el Mochaorejas me grita que le tire unos balazos al parabrisas, que lo rompa y la saque. Lo hago y no pasa nada. El auto estaba blindado. También le disparaba el Rata con un cuerno de chivo y el Flaco con una 9 mm como la mía.
“Por radio, Daniel Arizmendi nos ordenó que huyéramos. ‘Ya valimos madres’, gritaba, ya ‘eran muchos ios panchos’ que habíamos cometido.
“En la retirada vimos a uno de los guaruras que se llevaba la mano a la cintura. El otro atravesó la calle para abrir fuego a la hora en que pasábamos por ahí. Nosotros disparamos y le dimos. Poco después sabríamos por las noticias que había muerto. Finalmente, nos largamos a la chingada, abandonándolo todo, el Oldsmobile y las armas.

“Quince días después participé en el secuestro de dos españoles. A uno lo levantamos en Rojo Gómez y al otro, que era el de “La Europea”, por ahí. Por estos trabajos recibí 350 mil pesos. Después de esto, Arizmendi decidió que volveríamos a trabajar hasta el otro año. Llegaban las fiestas decembrinas y había que festejar. El 7 de enero, mi mamá me avisó de la aprehensión de mis hermanos Daniel y Dulce Paz Vanegas Martínez.”


Joaquín Parra Zúñiga fue policía judicial del estado de México. Trabajaba bajo el mando del comandante Alberto Pliego Fuentes y obedecía a Daniel Arizmendi. En un careo, le dijo:
“En muchos de tus secuestros, Daniel, yo no participé. Contigo anduve en lo de los robos de autos, que fueron hartos, pero no en lo otro”.
Arizmendi declaró que conoció al judicial a raíz de la venta de una camioneta caliente o chocolatona. Un disgusto los separó por algún tiempo. El Mochaorejas reclamó al policía que hubiera vendido carros sin su autorización. El secuestro los uniría de nuevo. Del desenlace ninguno de los dos tendría la menor idea.
Dice el Mochaorejas, según el expediente del suceso:
“Yo tenía en una discoteca, de la que no recuerdo el nom 94


Ilustración 1



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