Jullo scherer ibarra


II PRECURSORES DEL SECUESTRO



Descargar 322.06 Kb.
Página5/11
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño322.06 Kb.
Vistas6
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

II PRECURSORES DEL SECUESTRO



Los años ochenta trajeron a México las primeras bandas que al paso del tiempo encontrarían su gran negocio en el secuestro. Los que serían padres del plagio nacional se formaron en prisiones locales. Ahí, en la llamadas universidades del crimen, se titularon como maestros de la delincuencia.
Sus biografías consignan que alguna vez escaparon de las cárceles, de manera individual, en grupo o favorecidos con la libertad condicional, de acuerdo con un documento de inteligencia elaborado por la Secretaría de Seguridad Pública Federal.
La historia de los progenitores del secuestro se inicia con Andrés Caletri, en 1981. En ese entonces, aprendiz aún, Caletri se dedicaba al asalto de establecimientos, joyerías, fábricas, hoteles.
Al
año siguiente se integró a la pandilla de Alfredo Ríos Galeana, el sanguinario ex policía del estado de México. Ríos Galeana sería artífice en el asalto a las instituciones bancarias.
Caletri ingresó en el Reclusorio Sur en 1982, plataforma ideal para su vida futura. Conocería a reos del tamaño de José Bernabé Cortés, José Luis Chávez y José Luis Canchola.
Al lado de ellos crearía fama con asaltos explosivos, junto con Modesto Vivas Urzúa, la Víbora, y Benito Vivas Ocampo, el Viborón. El grupo sembraría el terror en zonas del Distrito Federal y el estado de México, principalmente.
La nueva etapa se inicia en la
década de los noventa. Surge entonces un facineroso que cobraría fama global: Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, en sus orígenes especializado en el robo de automóviles.
El
año 1992 es crucial para los plagiarios, al abrirse el secuestro como un negocio millonario antes difícil de imaginar. la banda de la Víbora es pionera, y le siguen Los Vivas, concentrados sus golpes en empresarios del estado de México, Morelos, Guerrero, Puebla, Michoacán y el Distrito Federal.
Es hasta 1994 cuando se prende la alarma en el gobierib. En su primera medida crea la Unidad de Investigación Especial para la Atención de Secuestros, Grupo de Coordinación GAt
Del otro lado, Arizmendi López atisba el secuestro como su gran oportunidad y cambia de giro, en tanto que los Caletri, los Canchola y los Vivas forman su propia banda. Se habían conocido en el Reclusorio Oriente —al que Caletri había ingresado en 1992—, en diciembre de 1995. Juntos planearon su fuga y ya libres dieron origen a dos células, cada una dueña de su territorio: Modesto Vivas y Canchola secuestraban en el Distrito Federal y Morelos; Andrés Caletri y Héctor Cruz asaltaban bancos y plagiaban en Morelos, principalmente.
Pero Morelos les
pareció un espacio pequeño a estos últimos, de suerte que Caletri integró otra banda en 1997. Los delincuentes operarían en el Distrito Federal, Hidalgo y el estado de México. Las organizaciones criminales de Caletri y Arizmendi llegaron al delirio en esos años tan dolorosos para todos, estremecida la sociedad por actos de sevicia, los que imperativamente demandaban justicia.
Se desató la presión pública para que capturaran a Arizmendi y su banda. Siguió el horror. La descomposición en la que tan profundamente había caído el país daba cuenta de sus primeros, aterradores signos.

En febrero del 2000, cayó Caletri; en marzo, Marcos Tinoco Gancedo, el Coronel. Estaba a la vista el derrumbe de los padres del plagio, pero nuevas organizaciones ocuparían su lugar. La nueva generación de hampones crearía sus propios métodos, los ojos en la clase media y otros segmentos de la población. Nacía el secuestro exprés.



BANDA DEL MOHAOREJAS


La averiguación previa PGR/uFDo/153/98 recorre la vida criminal de Daniel Arizmendi López o Pedro Díaz Esparza o Aldo Almazán Lara o Salvador Gómez Martínez, de cincuenta y un años de edad, originario de Miacatlán, Morelos, chofer de ocupación, afecto al consumo de bebidas embriagantes, mas no adicto a los psicotrópicos, enervantes o el cigarro, condenado a ciento sesenta y ocho años de prisión y 58 mil 500 pesos de multa. De su banda, formada por sesenta sujetos, trece fueron capturados,el 13 demarzode 1998.
La vesania del Mochaorejas sacudió a la sociedad, enfrentada sin alivio a la tragedia del secuestro. Quedaba claro que el pago del rescate no garantizaba la integridad ni la vida de la víctima En manos criminales sin identidad, sombras armadas con pistolas y cuchillos, quedaba el destino de hombres y mujeres y aun niños en absoluta indefensión.
Cuenta la procuraduría:
Martín Gómez Robledo, de treinta años, dueño de una gasolinera por el rumbo de Pantitlán, aparece como el primer secuestrado en la historia del Mochaorejas. Fue levantado al salir de su gasolinera, solo. Erie Jutez, cómplice de Arizmendi, le cerró el paso a bordo de su vehículo, a una cuadra del negocio.
Al Mochaorejas y a Jutez se les unieron los hermanos Antonio y Epigmenio Zúñiga. Entre los cuatro subieron a Martín a una van y lo llevaron a un taller clandestino de pintura y remarcación. Ahí lo desnudaron, lo ataron de pies y de manos, lo encerraron en un baño y lo mantuvieron horas en el excusado. Apenas le daban de comer en largas jornadas de agonía.
A través de un teléfono celular, los plagiarios exigieron 1 millón de pesos a los familiares. En la puja entre la vida y la muerte, aceptaron 600 mil. Irían por e1 botín a la gasolinera. En su momento, recibirían el dinero en una caja de jabón Fab, ordenados los billetes en montones de 20,50 y 100 pesos.
A dos cuadras, sobre la avenida Zaragoza, Gómez Robledo fue obligado a hincarse sobre el pavimento, la cabeza agachada hasta acariciarlo con la frente. Comaría hasta trescientos, despacito. Si a Gómez Robledo le ganaba la desesperación, ahí mismo sería liquidado.
El segundo secuestro de la banda de Arizmendi terminó con un disparo al corazón. Su exigencia por el rescate de un modesto comerciante ascendió a 500 mil pesos. Los familiares informaron, en su desesperación, que sólo habían reunido 80 mil pesos, pero podrían llegar a los 100 mil. Arizmendi consideró la respuesta como un agravio. De él, nadie se burlaba.
Daniel Vanegas, lugarteniente del Mochaorejas, declaró ante el ministerio público que en un principio trabajó en el robo de automóviles y que, de negocio tan fácil, dio el salto al secuestro. A través del celular, transmitía el terror de la víctima a sus familiares y de los familiares a la víctima. Le solazaba la desesperación que provocaba entre inocentes que clamaban por su comprensión.
Vanegas había reunido a un grupo que robaba automóviles y obtenía los permisos, las tarjetas de circulación, las facturas, los engomados, las placas, todo lo que hiciera falta para ofrecerlos en venta. Otro grupo se encargaba de remarcar los números de serie, motor y chasis de los vehículos “doblados” para su venta al mejor postor.

“Por un permiso de circulación ganaba 300 y por un juego de placas, 2 mil. A los tres meses de trabajar en lo de los coches, Arizmendi me encargó algo bueno”, diría


Vanegas. Vigilaría los movimientos del señor Luis Gaz cón dueño de una vinatería en la avenida Cafetales, en Coapa. “Por éste, mi primer encargo directo, Arizmendi
me pagó 150 mil pesos.
“Para la siguiente vigilancia vendí mi coche, un vw viejo, y me compré uno del año, azul, que puse a nom br de mi esposa, Jacqueline Cruz Ríos. En mi actividad levantaría al dueño de una empresa de autobuses de pasa jeros cerca de la calle Victoria y Pemex, un señor como de cincuenta años. Lo seguí quince días. Al cabo de dos
semanas recibí mi parte: 350 mil pesos. “Luego me encomendaron vigilar, frente a una tienda K2, a una güerita de lentes. Ella se dedicaba al ramo del transporte y no le perdí pisada durante tres días, de siete a nueve de la mañana. Por este trabajo me pagaron 300 mil, a los que agregué mis ahorros para comprar la casa donde vivo con mi hermana, Dulce Paz Vanegas Martínez, la querida del Mochaorejas. La casa me costó 850 mil pesos.
De la güerita no sé qué pasaría.”
El Mochaorejas contaba con una asesoría en forma. La integraban los licenciados Juan Fonseca Díaz, Arturo

Moncada Espejel Matías y Juan Carlos “N”, adscritos a la Policía Judicial Federal. Fonseca Díaz conseguía credenciales metálicas de agente del ministerio público de la federación y los documentos de la Cámara de Diputados que hicieran falta, para ponerlos a disposición de Daniel Arizmendi. El bufete auxiliaba a los integrantes de la banda detenidos por la justicia. Rápidamente, vista su condición de funcionarios públicos, obtenían la libertad de los delincuentes.


Arturo Moncada Espejel Matías y Fonseca Díaz compraban radios en Sinaloa. Eran los mismos que utilizaban las corporaciones policiacas. En todo querían igualarlos, por lo menos.
La parranda se hizo habitual en las noches de Vane- gas. Se volvió adicto a la cocaína. A las drogas lo llevaría su preceptor: Arizmendi.
“Con la droga, más y más gramos, fue creciendo mi fortuna personal. Haciendo cuentas: vigilé a los señores Ernesto y Francisco Henaro Payán, empresarios de Comex. Por estas vigilancias me dieron 350 mil pesos. También vigilé diez días a un transportista de polietileno en Naucalpan, Edomex. Me dieron un trescientón. Luego me ordenaron seguir a Avelino Soberón Pascual, propietario de la empresa transportadora de ‘Anís del Mico’, que se localiza en calzada de Tialpan. Cobré otros trescientos. Después seguí a Luis Serrano, comerciante en jamones. Obtuve 200 mil. Enseguida, a Gumersindo
‘N’, dueño de la vinatería ‘La Europea’, de la calle de Ayuntamiento, en el centro de la capital. Esta vigilancia la recorrí a pie. Me pagaron 500 mil pesos por mi cola boración. “A mediados del 2003 se nos echó a perder un asunto puesto por Alfonso ‘N’, chofer del papá de Raúl Nava Ricaño. Fue un caso muy sonado. Se trataba del secues tr del hijo del dueño de ‘Navafruit’, unas bodegas en la Central de Abastos del D. F. El chofer fue despedido por su patron, quien le pago su indemnizacion, pero quedaria inconforme con el pago. Daniel Arizmendi se volvería cómplice del crimen. ARaulito lo había tenido que tum ba porque el papa del joven se habia negado a cubrir el rescate.” Raúl Nava tenía veintiún años, sin cuentas con la vida. Cercenada una oreja, fue arrojado al infierno del maltrato
vil y la muerte. El crimen le pareció un juego a Arizmendi y, como todo juego, catorce de sus secuaces asistirían a la nefanda jornada como a un espectáculo.
En agosto del 2001 entrevisté a Daniel Arizmendi, el Mochaorejas. EJ encuentro tuvo lugar en el penal federal de máxima seguridad La Palma, en Almoloya de Juárez, estado de México. Ahí, de frente, vi a un prototipo de la sevicia, sombra densa de un hombre.
De estatura corta, flexible, y su gorra beige de beisbolista, hubiera podido pasar como un segunda base o un sloortstop, los encargados de atrapar las pelotas a ras del suelo, quebrada la cintura.
Arizmendi escribió una carta para la madre de Raúl. Me mostró el pliego, en letras cursivas, y le dio lectura en un ritmo somnoliento. Dice la página, propia de un semianalfabeto y no de quien afirma haber cumplido con la educación primaria:
“Sra. Nava: usted ofreció la recompensa por mi y tanvien por medio de sus influencias a logrado que ami me castiguen en la cárcel.
“Sra. Le juro que no le guardo odio ni rencor. Por las agresiones asia mi persona. Alreves la comprendo y le doy b razon. Yo se que meresco eso y mas. Sra. Le juro estoy a rrepentido de ayer privado de la vida a su hijo Raulito. Sra. O si para reparar ese daño yo le tuviera que entregar uno de mis hijos le juro que lo aría por dos motivos. . Para asegurarlo a mi hijo un futuro lleno de riquezas y prosperidad al lado de usted. Para que usted volviera a tener felicidad y dicha al lado de un hijo y tamvien para vorrar ese odio y rencor que tanto daño le ase a su persona.

“Sra. Todas las noches le rogare a dios para que usted me perdone. F igualmente perdone a su esposo. Ya que entre el y yo acavamos con la vida de su hijo. El padre de Raulito mató a su hijo, como yo, aunque no disparara. Tenía el dinero y no quiso darlo. En su contabilidad (le hombre rico, el muchacho perdió”.


Arizmendi escribió una posdata, que también me
lee: “Sra. Su hijo paso a ser parte de mi ser Todos los años, cuando es el día del Maestro lo recuerdo y yoro. porque ese día fue el día del deceso y sobre todo porque el era maestro y enves de estar brindando con sus alumnos y compañeros. El se encontrava en la fria morge. Todo por mi maldita culpa, ojalá y dios no me uviera traido al mundo. Sra. Por favor perdóneme eso me ara centir su perdon que me ara centir dichoso. Sra. Nava usted un dia me pregunto que se puede hacer para acavar con pobreza, la marginacion y sobre todo preparar a la niñez de nuestro pais, para el futuro etc. etc. pero somo usted sabra todos quieren $ para sus arcas, no para ayudar al jodido. por lo tanto la delincuencia ganara terreno dia a dia asta llegar a otra revolucion”.
Arizmendi olvida su entorno, se olvida de mí. Baja la cabeza y lee como si cantara, como si rezara, letanía dislocada apenas audible:

Yo no royo por rovar primero los investigo y siles sobra el dinero les quitamos un poquito.


El Mochaorejas, de aires empresariales, invirtió el dinero producto del secuestro en una próspera constructora ubicada en Aragón. Compró de contado un departamento en la avenida Central, por el hotel San Remo, una casa en Acapulco, cercana a la Diana Cazadora, con valor de 3 millones de pesos, y una más en Cuernavaca. Le gustaba la ciudad, mas no habitó la residencia por temor a un asalto sorpresivo. Prefería ir de hotel en hotel.
Sentía a los gendarmes cerca, difundida su fotografía en los periódicos. Dinero le sobraba y decidió enviar a sus más allegados a Cuba. Allí estarían un tiempo sin prisa por volver, su hijo, Daniel Arizmendi Arias; su hija adoptiva, Sandra Arizmendi Arias; su esposa, Lourdes Arias García; sus sobrinos Aurelio, Adrián, Eric; también Adriana, su cuñada. Viajaron todos con pasaportes falsificados que les fueron entregados en Toluca.


Ilustración 1



Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2017
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos