Jullo scherer ibarra



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JUAN GELMAN


Conocí a Juan Gelman en un restaurante de Buenos Aires, atento a la lectura de un periódico. Sobre la mesa observé un pedazo de carta, el nueve de diamantes rojos. Lo saludé, me senté a su lado y coloqué a su alcance mi propia mitad del nueve de diamantes. El restaurante se llamaba El Gran Caruso y yo había acudido al establecimiento con todos los detalles para identificar al poeta: el café oscuro del traje, la camisa abierta del mismo color, un vaso de cerveza a medio llenar, el diario desplegado en sus manos y la mesa elegida cercana a la calle.
La carta dividida nos identificaría. Juan, clandestino, y yo en su mundo para saber de esa inhumanidad que llamamos represión, totalitarismo, guerra sucia, fascismo.
E 5 de junio de 1978, la portada de Proceso apareció con el rostro de Jorge Rafael Videla, de tupidos bigotes fúnebres y el uniforme militar que deshonraba. En páginas interiores, la revista aplicaba:
“Proceso de México y De Spiegel de Alemania fueron las únicas publicaciones seleccionadas por el Consejo Supremo Montonero para conocer, desde su punto de vista, la situación que hoy, en pleno campeonato de futbol, vive Argentina».

A nuestra salida del restaurante, seguirían caminatas y caminatas, un eterno ascender y descender de los taxis, vuelta a los taxis y vuelta a los colectivos, vuelta a las caminatas. Abordamos finalmente un Renault amarillo, particular, y después de un recorrido sin brújula aparente nos detuvimos frente a una casa, como todas, en una calle cualquiera de Mataderos. Ahí nos esperaban el periodista de Der Spiegel, Mario, delegado del Consejo de la Provincia de Buenos Aires, y Norberto Habegger, secretario de Acción Política del Consejo Supremo de los Montoneros. Sobre una cama quedarían metralletas, pistolas, granadas, cuchillos, navajas.


Comimos un asado, rápido, nerviosos todos. Fue en aquella ocasión cuando escuché por primera vez al poeta, quien años después habría de conocer hasta en el detalle la muerte bárbara de su hijo, la de su nuera que recién había parido y el secuestro de su nieta, una bebé regalada por los militares a un matrimonio estéril.
Dijo Juan, de cuarenta y ocho años, la mirada levantada, orgulloso su porte, según lo describí en el número 83 de Proceso:
“Aquí no existen formas de expresión y las posibilidades de una vida mínimamente civilizada están clausuradas. Videla encabeza la peor dictadura en la historia argentina y una de las más sangrientas en el continente. ¿Qué hacer? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Esperar? ¿Esperar qué? ¿Conoce usted o usted —se dirige a los periodistas— alguna oveja que se haya salvado nada más que balando?” Siguió:
“Aproximadamente treinta mil desaparecidos, centenares de miles de exiliados, miles de muertos, inflación galopante, desempleo galopante, empobrecimiento galopante, mortalidad infantil de treinta por mil, índice nunca antes visto; prohibición de clásicos universales, de Freud, de Marx; prohibición de historietas infantiles, como ‘La Tacita Azul’; clausura o desaparición de ciento dos publicaciones; muerte del sindicalismo, del Congreso, de los partidos, de ios foros. Muerte civil”.
En abril de 1995, y a través de un lenguaje que saca fuego, Juan Gelman habló de su tragedia en el programa “Vuelan las Plumas”, de Radio Universidad de Chile.
Dijo entonces:
“Yo no soy un campeón de los derechos humanos. Yo busqué a mi nieta, tal como busqué a mi hijo, como ahora estoy tratando de conseguir los restos de mi nuera. Él tenía veinte años, mi nuera diecinueve, y fueron secuestrados en Buenos Aires en agosto del 76. Según reconstrucciones posteriores, me entero de que a mi hijo lo asesinan en octubre del 76, al mismo tiempo que trasladan a mi nueia al Uruguay. En ese momento mi nuera estaba encinta, de ocho meses y medio. Fueron
víctimas del Plan Cóndor. En Uruguay esperaron que naciera la beba, la dejaron que pasara dos meses con ella y luego la asesinan. A la niña se la llevan y se la entregan a un miembro de la policía, que terminó siendo el jefe de la policía.
“Trabajar ante tanta dificultad y tanto silencio no es fácil. Fue una investigación larga, minuciosa, y a partir de cierto momento, cuando teníamos algunas certezas, se inició una campaña de prensa con otros dos amigos, y una campaña de cartas al entonces presidente de Uruguay, José María Sanguinetti, que se pasaba la vida diciendo que en Uruguay no había nacido ninguna criatura en cautiverio. Llegaron miles de cartas, se juntaron firmas. Y tuvo el resultado que yo esperaba: que Sanguinetti finalmente hiciera una investigación a fondo. Pero siguió negándonos la información.
“Mi nieta fue entregada a una pareja estéril. Y de pronto apareció una canastita con una niña de dos meses. La anotaron como propia. La señora que finalmente la crió la esperaba con muchísima ansiedad, rezaba a la Virgen todos los días para tener un hijo. La bautizaron como ‘el milagro de Navidad’, sin saber de qué se trataba ni de dónde venía. Una vecina de los supuestos padres de mi nieta fue a contarnos la historia, y otras cosas de las que se decían en el barrio, y nos pareció que esa nena podía ser minieta.

“Mi nieta se encontró siendo una muchacha de veintitrés años, enterándose de que su padre policía no era su padre, que su madre no era su madre, y de que su padre y su madre habían sido asesinados y ella había sido robada. A partir de ahí está en un proceso que no le resulta fácil —como a nadie le resultaría—, pero hace poco se cambió sus apellidos por los de su padre y de su madre:


Gelman García.
“Yo pude tocar resortes que la mayoría de la gente no puede tocar. Alguna vez alguien me lo reprochó. Hay familiares que se topan con una pared, y si los que saben no hablan, va a ser muy difícil, por no decir imposible, saber qué pasó con sus seres queridos”.
Entrevistado por la revista Perspectiva, Juan Gelman había reflexionado y hablado por muchos:
“Los familiares conocen una parte de la verdad, que es la desaparición, la pérdida de sus seres queridos. La otra parte de esta verdad la conocen los protagonistas de esa época. Y el hecho de conservar el monopolio sobre ese saber, que impide terminar el duelo a los familiares de los desaparecidos, es prolongar la tortura.
“No creo que se sepa mucho acerca de qué angustias, preguntas, dudas, padecen los familiares de los desaparecidos. Sé de una señora en Argentina, una madre que, durante quince años, todas las noches preparaba el plato de sopa caliente que su hijo solía tomar al volver del trabajo. Hay madres y padres que no han cambiado de lugar un solo mueble, ni un solo objeto, nada de la ropa, de la habitación de sus hijos, porque siguen esperando.
“Éstas son angustias, pesos que desde hace años soportamos. En mi caso en particular, deseo encontrar a mi nieta o nieto, que ya va a tener veintitrés años, no para arrancarlo de su ámbito familiar, donde creció, se desarrolló, probablemente es querido, sino porque él tiene derecho a su historia, como mi hijo tiene derecho a la suya, y como yo tengo derecho a la mía”.
El padre escribió un poema. Lo llamó “En el nombre del hijo”:
Estas visitas que nos hacemos, vos desde la muerte, yo cerca de ahí, es la infancia que pone
un dedo sobre el tiempo y dice que desconocer la vida es un error.
Me pregunto por qué al doblar una esquina cualquiera encuentro tu candor sorprendido.
¿El horror es una música extrema? Lss penas llevan a tu calor cantado en lo que çoflaste,
las casas de humo donde vivía el fulgor. De repente estás solo. Huelo tu soledad de distancia obediente a sus leyes de fierro. El pensamiento insiste en traerte y devolverte a lo que nunca fuiste. Tu saliva está fría. Pesis menos que mi deseo, que la lengua apretada del aire.


Ilustración 1



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