Jullo scherer ibarra



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JULIO SCHERER GARCÍA



El domingo 20 de julio de 1980 viajé a El Salvador para entrevistar a Salvador Cayetano Carpio, el líder clandestino del Frente Farabundo Martí, en esos días victorioso en las elecciones presidenciales de la pequeña República. Los responsables de un encuentro en el que no cabrían los incidentes se hacían señales misteriosas, cambiaban de un vehículo a otro, a mí me encapucharon y exigieron silencio hasta llevarme con el personaje.
Pero ésta es otra historia. La que ahora reproduzco tiene que ver con la maldición del secuestro.
El sábado 26 decidí regresar a México, pero no había sitio en los vuelos de El Salvador a México ni a Guatemala. Viajé entonces a Guatemala por carretera.
En el pueblo fronterizo de San Cristóbal, del lado guatemalteco, fui detenido ese mismo día, a las cuatro de la tarde.
—La visa —reclamó un agente.
—Ustedes tienen mi pasaporte —me lo habían recogido al detenerme—. Sin el pasaporte no puedo gestionarla.
—Pero usted no la trae.
—El pasaporte lo tienen ustedes.
—iEnséñeme el documento!
Desconocía que transportaba “propaganda subversiva” de El Salvador, unos folletos viejos, sin actLjalidad. Un funcionario me llamó “hijoeputa” y me exigió paciencia, que ya me arreglarían las cuentas.
Principió el forcejeo. Los guatemaltecos me reclamaban como indocumentado y sospechoso, los salvadoreños exigían mi entrega bajo el cargo de “subversión internacional”. En el estira y afloja, las horas perdieron su continuidad. No tuve más noción del tien pO que las

sombras alargadas que anunciaban el atardecer. De vez en cuando llegaba hasta a mí la voz de un sádico:


—Lo van a quebrar.
En un instante se desencadenaron los acontecimientos. Cubiertos los ojos con un pañuelo atado a la nuca, y el rostro con un sombrero pestilente, viajaba sobre el piso de un automóvil que avanzaba por un camino de terracería.
No mediaron explicaciones. Sólo la arbitrariedad y las armas de mis captores, dos civiles que daban órdenes y un militar con insignias. A éste lo había mirado con SU ametralladora sobre las piernas, acariciada el arma como una muñeca.
—A dónde vamos? —pregunté.
—A hacer un mandadito —contestó el del volante.
— Lejos?
—Aquí nomás
—A El Salvador?
—Cerquitas. Atrás del monte.
Quise ordenar las ideas. Inútil. Quise apelar a mi fortaleza. Inútil. Quise indignarme, tramar algo. Inútil. Quise empequeñecerme, yo qué importaba, después de todo. Inútil. Quise relacionarme con los seres amados, hablarles. Inútil. En el fondo de la cueva nada sería posible a partir de mí mismo. Comprendí —sentí?— el significado del cautiverio.


Mi g»rdi el soldado, acomodaba y volvía a acomodar l sombrero sobre mi cara, temeroso de que encontnja la rendija que me permitiera contemplar el mundo. Cuando me llamaba al orden, acompañaba sus palabras con una patada donde cayera
—NO espíe, cabrón.
En la soledad y la impotencia, el temor y la angustia se acallar’ y anulan. Tumbado, vivía para la velocidad del carro, el tinico futuro que me importaa.
Me 50rprendió hasta el sobresalto que el auto disminuyen 1amarha. Cuando se detuvo finalmente en lo alto de una loh1U me sentí vacío. Habría querido seguir hecho un ovillo en el fondo de la cueva cIiestradas manos del soldado me desataron el
pañuelo Nadie hablaba. No podría haber augurio peor. Creí que el miedo me paralizaría, así que me sorprendió yerme de pie bajo unos árboles chaparros de ramas casi horizont’ Vigilé las piernas, que me sostenían. Pensé que haber salido del automóvil con naturalidad. Tuve una satisfaccøu1 pueril.
Veía piilitares en cada hondonada, sobre cada planicie. Ftcos parecían inofensivos. Recuperé interés por el esft1l0 exterior. Pero fue amargo. Mc pensé ajeno a fi mismo, protagonista de una vida que no me pertenecW Me sentí imbécil. Supe que si hubiera estado solo, sin testigos ni denuncias posibles, habría llorado.
Una escolta se encaminó hasta el sitio donde me encontraba. Sin mediar palabra me condujo a un cobertizo de nave estrecha. El oficial señaló la última litera de una fila de diez, junto a los excusados.
Al fin habló:
—Lo voy a esposar. Tiéndase.
No confundo la humillación con la impotencia La rebeldía duró el tiempo del relámpago. La afrenta persistía.
Quedé unido a un barrote, la muñeca del brazo derecho fija al tubo niquelado del camastro. Era diminuta la llave que cerró el doble candado. Supuse que el carcelero podría extraviarla.
Siguió el torbellino, el patológico humor del teniente Chicho, que me paseaba la pistola por el rostro, el cañón a unos centímetros de los ojos o haciendo presión contra el mentón o en medio de las cejas.
—Te voy a hacer mierda, comunista hijoeputa.
Su bigotillo poco poblado le daba cierta comicidad, la de una ingenua pretensión frustrada en sí misma, pero, oculto tras unos anteojos negros, el cristal izquierdo rajado, era siniestro.
—Sabes lo que es el pírrico? Contesta o aquí ter —!E pírrico?
—Es un canto. Es el canto de los soldados cuando marchan. Es el canto de los días especiales. Te voy a hacer el pírrico, cabrón, cuando te lleve a la papelera a pudrirte.
Se iba el teniente
Chicho y aparecía el teniente Pancho, un segundo guardián. Tranquilo, quería conversar. Enfrentado a mi silencio, parecía enfurecerse:
—Has oído del estanque? Contesta, mierda.
—No sé de qué me habla.
—No has oído, ¿verdad? Pues ya oirás.
Allá te voy a echar. Será lo último. Antes vas a pagar, mierda.
El brazo derecho en
ángulo recto exigía una posición rígida. Desgobernado, gobernaba el cuerpo. El cansancio me punzaba, no la inmovilidad.
En la penumbra del cobertizo miraba el techo, los lóckers sin dueños visibles, las camas vacías. Al parecer no había más inquilinos que los tenientes y yo.
Buscaba combatir el sopor, el hastío que detiene el tiempo. No hay peor desperdicio que el aburrimiento. Quería pensar, convocar ideas. Pero la mente seguía despoblada.
—Ronca, cabrón —gritaba a veces el teniente Chicho—. Que ronques, cabrón.
Era un trato amable en su patología necrófila, una forma de comunicación.
Aventuré la
pregunta
—Estamos en El Salvador, teniente?
—Eres pendejo?

Le pregunto, teniente.


—Estamos en Guatemala, hijoeputa.
Una sombra; después un hombre entró como exhala ció en el cobertizo. Llegó hasta mi lecho, seguramente
extrañado por el intruso, y me
arrojó a la cara una vaha rad pestilente a alcohol y bilis.
—Estoy bolo, cabrón. Mira tú —y se señala un ver dugó impresionante a la altura del ojo izquierdo, ancho
como
dos dedos—. ¿Vistes?
• Abrió un lócker, se quitó el uniforme y en un
samia-
• mén se vistió de civil. De espaldas se interrogaba y se res pondía ebrio y obsceno. Listo para salir de nuevo, volvió
hacia mí un
rostro horrible. Se había ocultado con una
máscara guerrillera.
Salió como había entrado, una ráfaga.
• Alguien prendió la luz. Era el teniente Pancho.
—Es jodido
dormir con esposas.
• Se
rio casi silencioso.
—Más jodido dormir con esposa.
Pensé que
hablaba solo, pero se aproximaba a mi
camastro.
—Te las voy a quitar.
—!Por qué?
—Vas a tener
visita.
—Quién?
—El comandante.

Quise averiguar acerca de él. Ajeno al periodismo, no pregunté su nombre. Buscaba los valores y las lacras intangibles. Abismos de la personalidad, cualidades humanas. En el fondo, sólo me interesaba su clasificación, reducida a los términos del cuartel:


—Dígame, teniente: ¿es hijoeputa o no lo es?
—No es hijoeputa.
Me impuso su estampa, no de soldado, sino de gladiador. En su baja estatura relucía una piel negra y unos ojos más negros aún. Rasgados, un pum brillo, se cerraban a la búsqueda. La voz, lenta, articulaba con perfección.
Me dispuse al interrogatorio, él en su camastro, yo en el “mío».
—El Servicio de Inteligencia lo está investigando. Cuénteme de usted.
Un interlocutor forzado obliga a una conversación oblicua. Esperaba preguntas concretas, incriminaciones desembozadas, acusaciones, amenazas. Pero el diálogo seguía otro derrotero. La plática era aparente y el silencio real.
Me habló de sus días en París, cuando Francia conoció la locura. De Gaulle y el general Salan se iñcrepaban a causa de los “pies negros”, y la Nación se partía en dos.
—Yo estuve preso. Me confundieron con los argelinos, negro como soy. Era muy joven y era karateca, cinta negra. Me enfrenté a los viejos soldados profesio

nales. Eran mayores que yo, por lo menos veinte años.


• También más altos. Pude haberles regalado la vida, pero
no habría podido comprarles el medio metro de estatura
que me faltaba.
Solos de nuevo, busqué al teniente con los ojos.
—Va a salir.
—!Por qué?
—Joder, va a salir. Tiéndase.
—EMe va a esposar?
• —Joder.
La mañana, el sol alto, eran un mundo recién hecho.
Permanecía rígido en el camastro, pero me habían ofreci d café, frijoles con pan, un tamal
—Ronca, cabrón —se divertía el teniente Chicho, dominguero.
Me pidió la grabadora, visible sobre la maleta en desorden.
—Para bailar con la patoja, ¿no?
La fiesta estaba muy adentro, quién sabe dónde, tan escondida y tan grande que no podía describirla. Que se llevan todo.
Me anunció que estaba libre. Me quitó las esposas y me comunicó que debía entrevistarme con el comandante.
En unas horas principia la atrofla del cuerpo y en unos segundos sana. Antes de abandonar el cobertizo, quise pasarme los dedos de mano derecha por el cabello. Una punzada detuvo el brazo en movimiento. Lo dejé colgado, inerte, vivo el dolor en la clavícula, ampliándose. No hice caso y repetí el intento. la mano llegó con facilidad a la cabeza y luego al cuello.
—Jodo bien? —me preguntó.
—Todo, comandante.
—Usted es un periodista internacional.
—Y si no lo hubiera sido?
—No lo cuenta.
Indagué
por el momento extremo.
—Fue en la frontera con El Salvador. Si lo entregamos, hubiera caído en manos de la policía y
usted ni se imagina lo que eso significa.
—Cfortura, comandante?
—A lo mejor. O
más sencillo: dos tiros en la carretera, desnudo, desfigurado, sin huellas ni identificación posible. Nadie, jamás, habría sabido de usted.
rosé



Ilustración 1



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