Jullo scherer ibarra



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BANDAS JUVENILES



Existen bandas de secuestradores atípicas en Iztapalapa.
Una de ellas es la del Fede, en la que participan muchachos y niños que se entrenan con armas de alto poder. Se habla ya de niños asesinos, como en la época negra de Colombia, en los años noventa.
Un comando antisecuestros del Distrito Federal capturó a la mayoría de los integrantes de la banda del Fede. Sin embargo, dos de los líderes escaparon y sus vidas cayeron en el silencio. Un día, imprevisibles, reaparecieron al frente de nuevas organizaciones criminales. Éstas se multiplican y van extendiéndose inadvertidamente, igual que las epidemias.
De la banda del Fede surgió la del Ratón. De su casi disolución, dos sujetos quedaron libres, el Hugo Boss y el Giovanni. Este último operó desde hace unos quince años, aún joven. Estudió Psicología y métodos de manipulación. Buscaba personas de bajos recursos. Las envolvía con el atractivo lenguaje freudiano. Ya bajo su dominio, proponía a sus secuaces que guardaran a la víctima en las casa de seguridad de la banda, bajo su propio riesgo. Tras los golpes, Giovanni desaparecía.
Algunos de sus cómplices negociaban el rescate y otros lo cobraban. A Giovanni lo identificaban como el líder sin disputa, un absoluto. Ni sus cómplices alcanzaban a comprender cómo y por qué se daban sus apariciones súbitas y sus ausencias sin luz que disipara la sombra que lo envolvía.

La policía detenía a muchos, que encontraba en las casas de seguridad o las rondaban. Era un éxito, mas no significativo. Faltaban los jefes. El jefe.


La historia que sigue me la contó uno de los comandantes adscritos a la lucha antisecuestros (salvaguardada su identidad por razones irrefutables):
“Identificamos plenamente a dos secuestradores de Giovanni. Además, teníamos fotos y pormenores de la vida de otros dos que habíamos agarrado. A partir de una de las detenciones, obtuvimos el nombre del cabecilla, así como su domicilio y una copia de su licencia de manejar. Teníamos un rostro y avanzábamos en las pesquisas. Finalmente, confirmamos que se trataba de Giovanni. Pero Giovanni tenía un talento especial para ocultarse. Era como una noche que no se ve, porque lo que se ve es la oscuridad”.
Giovanni creció como una figura deslumbrante para los chavos delincuentes de Iztapalapa. Inspirados en él, les era fácil levantar a una persona que tuviera tres o cuatro tortillerías o al dueño de un par de camionetas repartidoras de mercancía o a un sujeto dedicado al comercio de los abarrotes, allá por el rumbo de la Central de Abastos, para hacerse de 200 mil, 300 mil pesos.
Los muchachos y los niños van aprendiendo, pero no hay aprendizaje sin golpes. Muchos, fueron atrapados, pero, bien asesorados, eludían el castigo por su condición de menores de edad.

Conocí a un adolescente de catorce años, cautivo de un joven de diecisiete. Preso uno, guardián el otro. Largo tiempo quedaban solos y se aburrían. El victimario se distraía con un teléfono celular integrado a una televisión. Platicaban largo y, en una de tantas, el dueño del artefacto le explicó a su víctima el manejo del pequeño aparato. El mayor, ingenuo aún, pregunta a su inevitable compañero:


“Quieres ver la tele?” Y luego le ordena: “Voltéate contra la pared, quítate la venda y mírala sin yerme. No vayas a voltear. Mientras ves un programa yo me voy a dormir un ratito”. Cuando el secuestrado escucha los ronquidos de su guardián, tiene en sus manos la llave para ganarse su libertad. Llamó a su madre, que posteriormente entregaría a los judiciales al torpe, crédulo plagiario.
En ese caso fueron detenidos, además, tres niños. Tenían distintas funciones dentro de la casa de seguridad, las mismas que se encomiendan a los adultos: vigilancia, preparación de alimentos, cobro de rescate. Sus edades iban de los nueve a los doce años. Los niños resultan útiles también en los robos, sobre todo de casas habitación, por el tamaño de sus cuerpos, que pasan sin dificultad por ventanas estrechas y resquicios por los que se antoja que sólo podría transitar el aire.
Con el tiempo, los noveles secuestradores van aprendiendo y se van endureciendo. Saben de la muerte en los tiempos para jugar.

Para capturar al resto de la banda infantil, y sobre todo a sus cabecillas, fue preciso hacer un seguimiento de las horas en que los niños salen a divertirse. Fueron grabados algunos videos en plena calle y las cintas fueron mostradas al denunciante niño, quien identificó perfectamente al que lo cuidaba, porque lo vio francamente dormido. Pero la detención del vigilante de diecisiete años ofrecía un problema adicional: cuando el plagiario cometió el delito, era menor de edad. Hubo que dejarlo ir y esperar tres meses para que cumpliera la mayoría. Entonces fue detenido, y ubicó otras casas de seguridad en Iztapalapa.


En otra de las casas aseguramos a cuatro menores más. Les fueron mostradas unas fotografías y admitieron haber sido enrolados por un chavo al que ie dicen el Negro. Situaron el domicilio para garantizar la vigilancia y detener a los responsables de la casa. Aparecieron los datos de once hermanos, indagadas sus referencias a través del IFE, y fue posible identificar al líder, al que seguimos de cerca. Tenía un coche verde. Fueron rastreados los datos del vehículo, como si se tratara de una persona. Verificada la información, fue fácil llegar al domicilio preciso. Era Giovanni.
Fue trasladado a la procu. En el trayecto sonó su celular. Contestó un mensaje grabado que decía: “Éste es el número de mi nuevo celular. Atentamente, Giovanni”. Era claro que a menudo cambiaba los números del celular. Y no hubo mayor problema para terminar con la pesquisa. Los comandos antisecuestros atraparon a otros siete chamacos.
Narra el comandante:
“Giovanni era escurridizo, llevábamos muchos años siguiéndolo, había dejado pistas inconsistentes de otros secuestros. El chico que detuvimos, el que hizo la llamada al celular, nos confirmó que Giovanni había matado a un secuestrado. Suponemos que éste se quitó la ven- da y cuando vio que su captor era un chamaco, se le fue encima. Pelearon, y Giovanni lo mató. La víctima tenía ochenta años. Después arrojaron el cadáver cerca de un tiraaero ae nasura

Es terrible mirar cómo nos vamos pareciendo a la Colombia de las peores épocas, las de la incorporación de los niños a delitos como el robo, el chantaje y el secuestro, sin pasar por alto a ios pequeños sicarios, aquellos que asesinaban por encargo a cambio de unos dólares.


Está surgiendo una nueva modalidad del ilícito: la extorsión mediante menores de edad. Los jóvenes identifican a una persona con recursos, disparan ráfagas de metralleta contra su casa o el vehículo que manejan y huyen a toda velocidad en su propio carro. Posteriormente, llaman a sus víctimas, amenazantes: “Para la otra les vamos a dar de a deberás, así que éntrenle con tanto”.


En busca de más información acerca de lo que vive Iztapalapa, pregunté si los niños y adolescentes delincuentes manejan armas de alto poder.
La respuesta fue contundente:
“Por lo regular, los muchachos están dirigidos por miembros de bandas muy fuertes”. Son las famosas “mamás”, que las hay en la cárcel y fuera de ella. “Estos cuates, las ‘mamás’, se dedican a robar vehículos y a prestar armas. También les enseñan, pero muchas veces son los propios menores infractores los que por sí mismos se inician en el manejo del armamento. Aprenden junto con sus hermanos, primos o amigos así sean menores que ellos.
“Existe un arma famosa, la ametralladora Intrapeg, de 9 mm. La distribuye una empresa no muy rigurosa, pero con una producción alta de ese tipo de armas. La fábrica se llama Intrapeg Miami-Florida. Ha habido muchas de estas armas entre muchachos y niños, cada vez más diestros en su manejo. También se valen de las comunes o normales, siempre a su alcance. Son las Colt .22 y .25. Las llaman hechizas, quizá porque provienen de fábricas muy pequeñas, trabajadas a un costo más barato y de material corriente. En suma, fáciles de manejar por los chavos”.
Cuenta el comandante:
“Joel, el Abuelo, tenía nexos con el Vale, un gran distribuidor de mercancía robada. En sus inicios, el Vale fue secuestrador, después se volvió comprador en Tepito y organizó bandas para que robaran en diferentes partes de la ciudad y le entregaran e1 botín.”
Joel es el mayor de tres hermanos. Se decía que de la noche a la mañana se había vuelto rico. Hablaban de un robo de efedrinas, incluso se mencionaban muertos. De un laboratorio se robaron unos tambos, asesinaron a los guardias, policías. Se asumía su autoría material.
J oc1, el nuevo rico, inauguró dos antros que pronto cobraron fama. Uno sobre la carretera México-Puebla y el otro en Los Reyes, estado de México: “El Castillo del Abuelo” y “La Casa del Abuelo”. Se aprecian del lado derecho de la autopista, a la altura de Chalco. Abrió también varios salones de fiesta en Iztapalapa. Joel movía su dinero, lo invertía.
Llevaba algún tiempo separado de su esposa. Procrearon una niña, ya de diecisiete, y un niño, hoy de seis años. Cierto día, levantaron a la señora, a la hija y al niño, que volvían de un paseo sabatino. El plagiario amenazó la integridad física de la esposa y los hijos de Joel, y dejó muy claro que conocía bien su estilo de vida y la forma como éste se había hecho de dinero.
El secuestrador le aconseja a su víctima: “No te hagas pendejo, yo sé muy bien que tú tienes dinero, que te pasaste de listo, que incluso debes unos muertitos y tú sabes muy bien dónde tienes el dinero. Así que, o me das 10 millones por tu familia, o no te los voy a devolver”. Ante las amenazas, que iban subiendo de tono y grado, Joel denuncia el triple plagio ante la procuraduría.
La negociación verbal se prolongó un mes. Terminada la paciencia del plagiario, cortó dos dedos a la señora y se los envió ajoel.
—Dónde había dejado los dedos?
—En el perímetro de Iztapalapa. Ahí se forma un
cuadro que va desde Canal de San Juan, Zaragoza, Ermita
y otra vuelva hacia el perímetro de San Juan. Es un recorrido que se hace ahí en Iztapalapa. Ahí dejan dos dedos.
Y siguen las negociaciones.
—ELe avisó el esposo de la víctima que había dos dedos?
—Le dijeron: “Te voy a mandar un regalito para que veas que es cierto”. De hecho, este secuestrador es lépero, obsceno. Llegó a decir que les iba a cortar la cabeza a la mujer y a los hijos y que mandara a la goma a los puercos de ahí.
—Los puercos son los policías?
—Los puercos son los policías. Pero la tragedia sigue. El secuestrador le advierte a Joel: “Te voy a mandar otros dos regalitos de la niña y luego otros dos de la mamá”.
—Los mandó?
—Mandó en total seis dedos. Uno era de la niña y cinco de la mamá. En el momento en que le mutilaron el dedo a la niña, la mamá se opuso. Pide y suplica que se los corten a ella, pero que a su hija no la hagan sufrir más. A la niña le quitan un solo dedo, pero a la mamá le mutilan los cinco, incluyendo el dedo gordo. “Si te lo corto, ya no te va a servir tu mano, ¿eh?”, le advierten. “No me importa, corta todos los de mis manos y mis pies, pero a mi niña no la toques.” Y cortan ios de la señora.
—Yjoel, ¿qué hace?
—Todos los días revalida su denuncia y el horror de los últimos días. Estaba al pendiente. apoyó a los judiciales en muchas situaciones. Todo lo que necesitaban, incluidos teléfonos, Joel lo conseguía. Lo que a nosotros nos retrasaba, también lo conseguía. Se puede decir que cincuenta por ciento de los avances de la investigación fue gracias a Joel y el otro cincuenta por ciento se nos atribuye a nosotros. Además, a algunos policías nos motivaba el hecho de tener hijos de las mismas edades que los plagiados.
Termina el comandante:
“A mí me ha tocado vivir cosas como éstas: me abraza un señor, siento la contención del papá cuando rescato a su hijo sin un dedo y le digo: ‘Aquí está, jefe, no completo’. Y el señor mc abraza con una emoción, con un sentimiento ahogado, con un llanto que quiere reprimir por su condición de padre. Eso me conmueve, me compensa de muchos sufrimientos, sacrificios que yo hago con mi familia. Para eso me pagan, ésa es mi pasión, lo sé.

“Mi esposa a veces no lo entiende, mi familia tampoco. ‘Por qué das tanto para allá y a tus hijos y tu familia nos tienes relegados?’, reclama. Mi gente no lo entiende, pero esto es lo que me llena. Así quiero vivir. Va a llegar un momento en que ya no lo voy a poder hacer, tal vez me jubile, me pensione o termine muerto. Entonces ya no voy a sentir esa plenitud.


“Atrapar a un delincuente es mi obsesión. Hay uno que traigo en mente: tortura y mata. Lo tengo que agarrar y lo voy a lograr. O me muero en el intento”.
—Cuando lo agarre, ¿me avisa?
—Si lo agarro, le aviso.
La revista Semana, de Colombia, publicó el 7 de mayo de 1990 un reportaje de Laura Restrepo titulado “La cultura de la muerte”. En su trabajo, la ilustre periodista, testigo de calidad de las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla durante la presidencia de Belisario Betancur, da cuenta de un suceso estremecedor:
niños y adolescentes involucrados en la guerra desatada por el auge del narcotráfico en el país.
Una primera información detallada sobre niños y muchachos que matan en Iztapalapa me lleva a reproducir los párrafos sobresalientes debidos a la escritora y sus colaboradores, Sylvia Duzán, Alonso Salazar e Ignacio Sánchez. Escribieron:
“Ante las abrumadores cifras de asesinatos anuales, los colombianos han olvidado que es posible morirse de viejo, entre una cama. Hace pocos días, el cardenal Alfonso López Trujillo hablaba de la incubación de una ‘cultura de la muerte’ en el país, que afecta toda la concepción de la vida, aun entre aquellos que no son criminales. Una forma colectiva de necrofilia que se encarniza, en particular con los niños y los adolescentes normalmente ajenos a la maquinaria de la guerra, pero que directa o indirectamente se convierten en piezas de ésta.
“No se trata ya del sicario profesional, sino del muchacho común, de extracción media baja y baja, que convive con los demás en la cuadra o en la escuela, que aún se prende a las faldas de la mamá y que es demasiado joven como para clasificar como sujeto penal. Que ni siquiera es el peor —el más malo, el más degenerado— sino muchas veces ei mejor: por valiente, por carismático o por bello. Pero que ha adquirido un vicio rudo: le gusta matar.
“Los muertos que lleva encima le dan prestigio. No siempre puede cobrar dinero por ellos, pero le sirven para ganar liderazgo, enamorar mujeres y pisar duro. Sus únicos ídolos son Pablo Escobar y e1 arquero René Higuita, porque antes no eran nadie, y ahora son. El

joven sicario ha matado a diez o doce: impone miedo y respeto, ‘es alguien’. El precio de esta identidad es alto


—morir antes de llegar a adulto—, pero está dispuesto a pagarlo”.
Importa la biografía de los niños y adolescentes que da pie al reportaje de Semana:
“Empiezan en las esquinas, asaltando o cobrando peaje con cuchillos. Luego fabrican rudimentarias armas de fuego, como el changón, una escopeta de un solo tiro; el trabuco, también hecho de un solo tiro, hecho con un tubo y madera, o los petardos, con latas de cerveza, pólvora y clavos. Pasan a saquear casas y a robar automóviles, se enfrentan con otras pandillas por intromisiones territoriales. Después manejan motos y carros, consiguen armas tan sofisticadas como metralletas Mini-Uzi y se meten al negocio grande: matar por encargo. Ahí dejan de ser ladrones de poca monta y ascienden a sicarios. Ya no hacen cochinadas, como agandallarle un reloj a un vecino, sino ‘trabajos’. Por último, si logran conectarse con la mafia o los paramilitares, pasan a ser parte del sindicato profesional”.
Vuelvo al comandante, a quien debo el conocimiento del diálogo entre un plagiario sádico y una señora con la que negociaba un rescate. La víctima, sin control sobre sí misma, humillada, da cuenta de su ebriedad por ei terror.

Así registra el suceso la grabación atroz:


—No junto tanto, señor.
—Quita el altavoz!

—Señor, por favor, yo no puse ei altavoz.


—Qué tanto haces? Tanto puto movimiento con el teléfono.

—Nada señor, fue mi nerviosismo, señor.


—No hagas pendejadas, ¿cuánto me ofreces?, ¿cuánto vale para ti la mercancía que tengo?
—Para mí vale oro molido señor, entiéndamelo. Es mi hijo y me dolió, nada más.
—Cuánto me ofreces?
—Yo le suplico, en ei nombre de Dios que nos está escuchando y que a usted también lo ama, que me dé tiempo. Nada más. Por favor.
—Cuánto me ofreces?
—Lo que yo más pueda, ahorita de momento, no lo sé.
—Dime un aproximado y yo ahorita valoro si te espero o no te espero. Lo que tú necesitas es que te motive.

—iNo señor, no señor, por piedad, no!

—Tranquilízate. ¿Te acuerdas qué te dije? Que yo tengo una caja de cartón con cositas adentro. Sólo te mandé un cachito. Te voy a mandar más.
—No señor, no señor.
—Escúchame: tú me dices cuánto vale para ti y cuántas ganas ie pones para darme lo que yo quiero. ¿Te parece? Creo que con esto voy a ir llenando la cajita.
—iPor su santa madre, no ie haga nada a mi niño! Yo estoy haciendo todo lo posible. Señor, se lo juro. Recuerde que a usted Jesucristo lo ama, que usted es hiio de Dios.
—Todos somos hijos de Dios, no lo metas en esto. No quiero que vuelvas a decir esto ni que lo metas en esta plática, ¿estamos de acuerdo?
—Sí señor.
—Escúchame esto bien claro: quiero que me ofreicas algo considerable. Quiero que lo que yo te mande dé alas... Se lo vas a volver a poner. Es una persona muy joven todavía, puede volver a...
—No, por favor, no le haga nada a mi niño.
—Tranquilízate, no me sirve de nada que me digas que no le haga nada. Las decisiones las tomo yo. Es una persona joven y todavía puede resistir varias cirugías, ¿estamos de acuerdo? Ya le pegarás lo que te mande.
—No señor, por favor, ¡tenga piedad!
—Una cantidad considerable. Tienes tres horas para resolver.

Voz inaudible.


—Y quiero que estés todo el tiempo haciendo todos los movimientos. A partir de mañana, desde las seis de la mañana, no quiero que te muevas. Quiero que estés en tu domicilio. Desde ahí lo vas hacer, hasta que recibas indicaciones mías. No te mueves, ¿estamos de acuerdo? Cambio y fuera.
—Dios lo bendiga, señor.
Escuché una segunda grabación. El “sí señor, sí señor” de la víctima se inscribe en la abyección. El poder del victimario alcanzaba a Dios:
—Bueno...
—Qué pasó?, soy el Terrojo, hija.
—No tengo nada señor.
—Sigues necia, vamos a jugar. Escúchame: ya te dije que vas a pagar. Escúchame: cada vez que yo te hable ya no voy a ser el Terrojo; ¿estamos de acuerdo? Eso ya no tiene validez alguna.
—Ok.
—Si alguien te habla así, no tiene validez alguna.
—Te voy a decir que soy el de la prepa. Solamente así me vas a contestar, con esa clave, si cometes algún error de contestar sin esa clave, vamos a tener problemas, pendeja.
—Sí señor.

—Solamente cuando yo te hable y te diga “soy el de la prepa cinco”, hasta entonces me vas a decir de los números, cuánto tienes. ¿De acuerdo? Si no te digo la frase completa, no me vas a decir lo de los números, ¿estamos de acuerdo?


—Sí señor.
—Quiero para mañana un aparato nuevo, un celular nuevo, voy a checar tu número, tiene que ser nuevo, ¿de acuerdo?
—Sí señor.
—De la línea de Telcel, ¿zas? Lo quiero nuevo.
—Sí señor.
—Quiero que exactamente salgas de tu casa a comprarlo nuevo, si te sales antes te voy hacer saber que no están funcionando las cosas y te estás pasando de lista.
—Está bien, señor.
—Quiero que exactamente salgas a comprarlo a las once treinta y regreses a las doce. Tienes exactamente treinta minutos, ¿estamos?
—Señor, sólo una cosa: quiero saber si mi hijo está bien.
—Si está vivo? Sí, todavía está vivo. ¿Quieres preguntarle algo?
—Dígale que lo amo, por favor.
—Qué más? ¿Quieres hacerle una pregunta? Yo te la contestaré.
—Cómo sigue de su gripa? Estaba muy malo.
—Yo le pregunto a él, ¿te parece?

—Sí señor




Ilustración 1



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