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Julian May La Intervención III El Metaconcierto

Julian May


LA INTERVENCIÓN-III

EL METACONCIERTO


La historia base al Medio Galáctico

y un vínculo entre éste y la Saga del Exilio en el Plioceno

Ultramar Editores


Título original: Intervention

Traducción: Domingo Santos

Portada: Antoni Garcés

1a edición: Octubre, 1989

© 1987 by Julian May

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en sistemas de recuperación de datos ni transmitida en ninguna forma por ningún método, electrónico, mecánico, fotocopias, grabación u otro, sin previo permiso del detentor de los derechos de autor.

© Ultramar Editores S.A., 1988

Mallorca 49. Tel 321 24 00. Barcelona-08029

ISBN: 84-7386-542-1

Depósito legal: B. 28275/89

Fotocomposición: Fénix, Servicios Editoriales / Master-Graf S.A.

Impresión: Cayfosa, Sta. Perpetua de Mogoda (Barcelona)

Printed in Spain


1

De las memorias de Rogatien Remillard


Paul Remillard, mi sobrino nieto, hizo una observación durante su primera alocución al Concilio Galáctico en 2052, cuando terminó el largo tutelaje de la Tierra por parte de los simbiari y los magnates humanos fueron finalmente admitidos al cuerpo de gobierno del Medio:

—Hay dos precios que la mente operante debe pagar de forma inevitable. El primero es una reluctante pero segura alienación de los miembros latentes de la raza de uno..., y su subsiguiente dolor. El segundo precio es menos obvio, una obligación de la mente más elevada a amar y servir a aquellas otras mentes que se hallan un paso por debajo en la escala de la evolución. Sólo cuando este segundo precio es pagado libre y magnánimamente se halla alivio al dolor del primero...

En la época en que Paul pronunció estas palabras, estaba simplemente afirmando un axioma que los seres humanos operantes habían reconocido (y discutido) desde hacía más de sesenta años. Fue anunciado por primera vez en el discurso de apertura de Tamara Sajvadze ante el Primer Congreso de Metapsicología en Alma-Atá en septiembre de 1992, donde fue contestado enérgicamente por algunas facciones. Fue codificado formalmente tras la Intervención en las fórmulas éticas impartidas a todos los estudiantes operantes por sus maestros entrenados en el Medio, pero no fue enteramente suscrito por la Política Humana hasta que nuestra recalcitrante raza instigó la Rebelión Metapsíquica en 2083, y aprendió finalmente la lección, al tiempo que casi destruía el Medio que había dado prematuramente la bienvenida a la Tierra en su benévola confederación.

Ustedes que leen esto y que se hallan inmersos en la Unidad, tomen el principio por sentado. Es tan viejo como el noblesse oblige. En cuanto a las mentes operantes que negaron o intentaron eludir su deber de servir, todas están muertas o reformadas excepto yo. Durante largo tiempo pensé que era tolerado como un inofensivo ejemplo cautelar..., el último Rebelde, el único disidente metapsíquico superviviente, ni una mente humana «normal» ni un operante integrado en la Unidad del Medio. Creía, como otros Remillard, que se me había permitido mi incorregibilidad debido a mi famosa familia y debido también a que no constituía ninguna amenaza, puesto que mi negativa se basaba en una cerril terquedad antes que en la malicia o la arrogancia.

Pero ahora, a medida que me aproximo al clímax de este primer volumen de mis memorias, me siento inclinado a revisar mi modesta evaluación de mí mismo. Quizás exista una finalidad más profunda en mi relegación a una esquina de la grande danse. Proporciono, después de todo, una perspectiva única a estas memorias. Puede que ésta sea la razón por la que he sido apremiado —por algo— a escribirlas.
La lluvia pareció no acabar nunca en el verano de 1992, no sólo en mi propia sección de Nueva Inglaterra sino también en buena parte del resto del hemisferio norte, como si el propio cielo se viera obligado a compartir el lamento universal subsiguiente al golpe del Armagedón. Estaba la tragedia humana, el medio millón de muertos y los más de dos millones sin hogar, y los sufrimientos de los heridos, que se extenderían a lo largo de muchos años. Pero también estaba la pérdida simbólica: la tierra sagrada de los judíos, cristianos y musulmanes había quedado excluida para nosotros durante incontables años tras un manto de radiactividad.

Los artilugios que el grupo terrorista de la Santa Guerra Islámica hizo estallar en Tel Aviv y Dimona eran toscos, con una potencia de unos diez kilotones cada uno. La lluvia radiactiva se vio intensificada por la incineración de las armas nucleares almacenadas por los israelíes en la explosión de Dimona; y sus restos se esparcieron hacia el norte en un amplio arco, contaminando fuertemente tanto Jerusalén como Ammán y convirtiendo unos cuarenta mil kilómetros cuadrados de Israel y Jordania en inhabitables para un futuro próximo.

En los primeros días de aquel verano de lamentaciones, cuando la lluvia estaba envenenada y todo el mundo se mostraba incrédulamente impresionado, la magnitud del desastre casi pasó por encima de todos los credos políticos. Los seres humanos de todas las razas y religiones lloraron. Se movilizó una enorme ayuda internacional, mientras las campanas de las iglesias repicaban, las mezquitas se veían atestadas por desolados musulmanes, y los judíos de todo el mundo entonaban el kaddish..., no sólo por los muertos y la perdida Jerusalén, sino también por el desvanecido sueño de paz.

—No podemos vigilarlo todo a la vez —dijeron los adeptos a la EE—. Todavía somos demasiados pocos, y el golpe del Armagedón fue completamente inesperado.

Cierto; pero había aún un sentimiento subterráneo irracional de traición. El milagroso «happy end» de la llegada metapsíquica había demostrado ser una hueca burla. Los operantes no sólo habían fallado en impedir la calamidad, sino que ni siquiera eran capaces de ayudar a localizar a los perpetradores. No fue hasta más de un año después que los investigadores normales de las Naciones Unidas, cooperando con la Interpol, rastrearon a los miembros de la camarilla iraní que había colocado las bombas y los llevaron a juicio. El psicótico técnico pakistaní que les había vendido el plutonio se había volado los sesos hacía mucho tiempo.

Al cabo de seis semanas, la radiactividad aérea se había disipado casi por completo, y las lluvias de verano eran limpias de nuevo. Sobre la mayor parte del planeta, los mortíferos isótopos se extendían en una capa muy fina, y con las lluvias se hundían en el suelo o derivaban hasta el fondo del mar. La Tierra se recuperó, como lo había hecho de Hiroshima y Nagasaki. Pero Tierra Santa estaba arruinada. Con las granjas contaminadas por las fuertes lluvias radiactivas y el ganado muerto o disperso, la población rural que había escapado a los daños inmediatos huyó presa del pánico a las más cercanas ciudades no afectadas, desencadenando tumultos en busca de comida y provocando el colapso de la ley y el orden. El gobierno jordano se desintegró casi inmediatamente. Los oficiales israelíes establecieron una capital de emergencia en Haifa y juraron que la nación sobreviviría; pero en agosto, el consenso de los expertos dictaminó que la economía de la patria israelí, siempre frágil, había sufrido esta vez un golpe mortal. Los israelíes profesionales y de clase media iniciaron un creciente éxodo hacia los Estados Unidos, Canadá y Sudáfrica. Algunos judíos orientales y árabes cristianos se instalaron en Marruecos. Los musulmanes de clase alta y otros con cuentas en los bancos extranjeros hallaron fácilmente un nuevo acomodo. Pero la masa de la población musulmana desplazada se enfrentó a un futuro incierto. El Armagedón había matado más judíos, pero había dejado a un número mucho mayor de musulmanes sin hogar debido a las lluvias radiactivas. Pocas naciones cristianas se sentían inclinadas a ofrecerles asilo, debido a que los refugiados eran asociados por la mente popular a la causa de los terroristas islámicos, y debido a que una minoría vengativa proclamaba su intención de escalar el Armagedón hasta una jihad a plena escala. Respondiendo a la opinión popular, los políticos de Europa, las Américas y la Cuenca del Pacífico llegaron a la conclusión de que los refugiados eran «no asimilables», un riesgo social y económico. El Dar al-Islam contraatacó orgullosamente, diciendo que él se ocuparía de los suyos. Sin embargo, cuando terminaron los discursos, quedó claro que sólo Irán estaba ansioso por dar la bienvenida a gran número de inmigrantes. Los demás países islámicos estaban dispuestos a abrir sus puertas a pequeños números de sin hogar; pero la crisis del petróleo y la superpoblación habían puesto a prueba sus economías, y temían las consecuencias políticas de una gran afluencia de indigentes.

Los musulmanes desplazados se mostraron notablemente reluctantes a ponerse en manos del fanático régimen chiíta de Irán. La mayoría de ellos eran sunníes, con unas convicciones religiosas mucho más moderadas que las iraníes, y se sintieron abrumados cuando el ayatollah proclamó que el Armagedón estaba justificado bajo la shari'ah, la ley tradicional islámica. Más aún, los refugiados sospechaban (con razón) que se les exigiría que juraran lealtad a su nueva patria luchando en la sempiterna guerra ente Irán e Irak. Unos pocos cientos de ansiosos jóvenes aceptaron la invitación del ayatollah. El resto del millón y medio de hombres, mujeres y niños siguieron acampados en escuálidos «centros de refugiados» en Arabia y el Sinaí, subsistiendo de la caridad, hasta que China anunció su sorprendente proposición. Cuando fue aprobada, la gran evacuación por vía aérea empezó a principios de septiembre. A finales de año, las últimas familias desplazadas estaban asentadas en las remotas «Tierras Prometidas» de Xinjiang. Los inspectores de la Media Luna Roja y la Cruz Roja informaron que los refugiados habían sido bien recibidos por sus correligionarios, los uigures, kirguiz, uzbekos, tadjiks y kazajs, que habían vivido en esa parte de China desde tiempos inmemoriales; trabajaban en granjas colectivas en los oasis y los desiertos irrigados y se adaptaban bien..., hasta que toda el Asia Central saltó por los aires en el transcurso de la Guerra Civil soviética, y sólo la Intervención salvó a la población del Xinjiang de convertirse en carne de cañón en la proyectada invasión china del Kazajstán.

La Intervención restableció también Jerusalén a la raza humana como ciudad de peregrinación. La ciencia del Medio descontaminó Tierra Santa, y miles de sus habitantes originales decidieron volver. Sin embargo, puesto que los estatutos del Medio prohibían cualquier forma de gobierno teocrático, ni Israel ni Jordania llegaron a renacer nunca. Palestina se convirtió en el primer territorio gobernado únicamente por la Política Humana del Medio (sucesora de las Naciones Unidas), bajo el mandato del Tutelaje Simbiari y el Concilio Galáctico.


La lluvia fue torrencial el 21 de septiembre de 1992, el último lunes del verano, que se convirtió en un día memorable en mi librería.

La excitación empezó cuando abrí una caja de libros de bolsillo que había comprado como parte de un lote en la venta de una herencia en Woodstock el fin de semana anterior. Los lomos visibles en la parte superior mostraban principalmente títulos de misterio y de ciencia ficción de los años 1950, y había comprado tres cajas de ellos por treinta dólares. Supuse que al menos recuperaría mi inversión, puesto que ya había visto un título de colección moderadamente raro, La muchacha verde de Jack Williamson. Mientras separaba el resto de aquella caja descubrí una primera edición, en bastantes buenas condiciones, de El loro chino, una novela de misterio de Charlie Chan, por la que sabía que al menos iba a conseguir quince de un profesor de física de Dartmouth del mismo nombre. Empecé a silbar alegremente, pese a que la tormenta estaba barriendo las calles y el viento rugía como un tifón. Probablemente no iba a presentarse ningún cliente en todo el día, pero..., ¿a quién le importaba? Así podría seguir arreglando mi mercancía.

Entonces llegué al fondo de la caja. Vi un manchado sobre de papel manila marcado con un ¡¡GUÁRDALO!! escrito a mano. Dentro había un libro pequeño. Abrí el corroído clip que cerraba el sobre, dejé que su contenido se deslizara fuera encima de mi mesa de trabajo, y dejé escapar un jadeo. Era un ejemplar de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, de la edición limitada de Ballantine de 1953 de doscientos ejemplares, firmados por el autor. La encuadernación de fibra de asbesto blanca estaba impecable.

Con el máximo cuidado, cogí el precioso volumen con una hoja de papel de envolver limpia y lo llevé a mi oficina en la parte de atrás de la tienda. Dejando el tesoro reverentemente a un lado, me senté delante de mi ordenador y pedí el precio guía de coleccionista de la edición normal de bolsillo, con dedos temblorosos mientras pulsaba las teclas. La pantalla mostró el índice normal para mi rareza. Incluso en condiciones de deterioro, podía venderlo por más de seis mil dólares. Y mi ejemplar estaba en perfecto estado.

Dejé escapar una risita y pulsé las teclas de nuevo para pedir la Lista Mundial de Interesados, y un momento más tarde empecé a examinar el pequeño grupo de adinerados bibliófilos que estaban interesados en mi pequeña gema incombustible: una fundación de fantasía de Texas; un médico en Bel Air; un completista de Bradbury en Waukegan, Illinois; la Condesa de Arundel, una inveterada coleccionista de distopías; la Biblioteca de la Universidad de Taiwan; un cierto (la mejor perspectiva de todas) escritor adinerado de novelas de horror en Bangor, Maine, que había empezado a recopilar recientemente la obra bradburiana. ¿Me atrevería a empezar la puja en diez mil? ¿Valía la pena que invitara al Monstermeister de Maine a que inspeccionara el libro, para así poder sondear su mente y ver si el trato podía cerrarse? ¡Y pensar que había adquirido todo el lote por unos miserables treinta dólares!

Y tendría que sentirse avergonzado de sí mismo.

Alcé la vista con un sobresalto. Avanzando hacia mí desde la parte delantera de la tienda estaba Lucille Cartier, seguida por otra mujer. Erigí apresuradamente mi barrera mental, salí de la oficina y cerré la puerta a mis espaldas, y dirigí a la pareja una sonrisa profesional.

—Oh, hola, Lucille. Ha pasado mucho tiempo.

—Cinco meses. —¿Piensa aprovecharse realmente de una pobre viuda inocente que jamás ha llegado a saber lo valioso que era ese libro?



No seas ridícula. La regla es aceptar lo que te ofrecen, y soy tan ético como cualquier otro librero.

—¿Has estado atareada con ese nuevo doctorado en filosofía tuyo?

—Muy atareada. —¡Pero no tanto como usted, especie de canardier!

—¿Puedo ayudaros en algo? —¿Y qué se supone que significa esta invasión?



¡Para empezar, podría usted SACAR EL CULO FUERA de mis relaciones con Bill Sampson!

—Me gustaría presentarle a mi compañera de trabajo, la doctora Ume Kimura. Está pasando una temporada en Dartmouth procedente de la Universidad de Tokio, bajo los auspicios de la Sociedad Japonesa de Parapsicología.

—Enchanté, doctora Kimura. —Corté bruscamente mi coloquio telepático con Lucille, que estaba derivando rápidamente hacia aguas peligrosas. Me resultaba muy fácil concentrar mi atención en la recién llegada oriental, que era realmente encantadora. Era mayor que Lucille, y exquisitamente soignée, con una complexión como porcelana translúcida y unos labios delicadamente tintados. Llevaba un gorro de lana negro salpicado de gotas de lluvia echado hacia delante en un ángulo encantador sobre sus ojos excepcionalmente grandes, dotados de unas finísimas pestañas negras y un ligero pliegue epicántico. Llevaba un impermeable de piel plateada y un cinturón ancho que realzaba su delgada cintura, y un suéter negro de cuello alto. Su mente estaba densamente protegida, de una forma que proporcionaba una nueva dimensión a la inescrutabilidad.

Lucille dijo secamente:

—Ume y yo somos colegas en un nuevo proyecto que investigará las manifestaciones psicoenergéticas de la creatividad...

—¿Trabajando con Denis? —interrumpí, al tiempo que alzaba mis cejas en una exagerada sorpresa.

—Por supuesto, trabajando con Denis —restalló Lucille—. Me he asociado al Laboratorio Metapsíquico desde principios del trimestre de verano.

—No le he visto mucho últimamente —admití—. Parece que pasa la mayor parte de su tiempo en Washington desde Alma-Atá. ¿Pudisteis asistir tú y la doctora Kimura al gran congreso?

—¡Oh, sí! —exclamó la encantadora Ume, con los ojos brillantes y la mente todo resplandor con un destello de feliz reminiscencia—. Fue una experiencia terriblemente profunda..., ¡más de tres mil investigadores metapsíquicos, y por encima de un tercio de ellos operantes en mayor o menor grado! ¡Tantas comunicaciones y debates interesantes! ¡Tanto calor y relaciones!

—Tantos cautelosos chismorreos telepáticos —dijo Lucille—. Tantos recelos políticos.

—Fue un buen comienzo —insistió Ume—. El año próximo, en Palo Alto, el Congreso Metapsíquico se reunirá por segunda vez con una agenda mucho más amplia..., especialmente en asuntos de educación y entrenamiento de nuevos operantes. Ésa tiene que ser nuestra meta más urgente.

Fruncí el ceño, recordando el furor de los media que había provocado la resolución final de Alma-Atá, propuesta por Denis y secundada por Tamara y aceptada por una amplia mayoría del Congreso. Tanto Lucille como Ume captaron mi escepticismo.

—Denis tenía absolutamente razón insistiendo en que se votara la resolución de efectuar un test metapsíquico a todo el mundo —dijo Lucille—. ¡No puedo comprender las objeciones! En estos momentos disponemos de técnicas de evaluación mental muy fiables. Tendría que pensar usted que, después del Armagedón, la necesidad de hallar y entrenar a todos los operantes potenciales resulta algo evidente.

—Es una lástima —dije— que la resolución de Denis no especificara la voluntariedad de los tests.

—Oh, por el amor de Dios —dijo Lucille—. Tenemos que comprobar a todo el mundo. Es lógico.

Me encogí de hombros.

—Para ser una mujer inteligente, resultas realmente muy ingenua.

Ume me miró perpleja.

—¿Cree realmente que esto será un problema en los Estados Unidos, señor Remillard? Un programa de tests de índole tan universal es algo completamente aceptable en Japón, se lo aseguro.

—Aquí será un problema —dije—. Y grande. Me encantará explicarle los pros y los contras de la psique independiente yanqui mientras comemos, doctora Kimura. —Mi mente seguía aún bien protegida, pero el velo mental de Ume se hizo entonces más delgado, sólo por un instante, y me ofreció un inesperado atisbo de algo realmente muy alentador.

Sus pestañas descendieron modestamente.

—Eso sería estupendo. Lucille y yo se lo agradecemos mucho.

¡Fabuloso para mis esperanzas de un téte-á-téte! Rechiné frustrado los dientes..., y luego tuve que volver a erigir toda la fuerza de mi escudo mental contra la renovada e insidiosa coerción de Lucille, que sonreía ahora despiadadamente ante mi decepción.

—Está usted tan sintonizado a las implicaciones sociales y políticas de la operancia, Roger —dijo—. Me encantará oír sus opiniones sobre el tema. Pero, antes de que vayamos a comer, déjeme decirle por qué hemos venido hoy aquí. Mencioné que Ume y yo tenemos un proyecto de creatividad. Estamos estudiando a personas que parecen capaces de ejercer una influencia metapsíquica sobre la energía..., o incluso de generar energía mentalmente. Denis me dijo que al parecer experimentó usted una manifestación psicocreativa inmediatamente después de la Demostración de Edimburgo. Tal como lo entiendo, conjuró usted inadvertidamente alguna forma de energía radiante y fundió un pequeño agujero en el cristal de una ventana.

—Una descarga kundalini —dije.

—Denis me recomendó muy entusiásticamente que comprobáramos su experiencia. Me dijo que ocurrió cuando usted se hallaba bajo unas inhabituales condiciones de stress. —Mientras hablaba, la maldita chica estaba hurgando con disimulo toda mi mente, lanzando pequeñas sondas con alguna incisiva facultad completamente distinta a la coerción. Más tarde descubrí que era un aspecto de la función redactora, una forma primitiva de exprimir la mente. Mientras se arrastraba y hurgaba, su telepatía me acosó en modo íntimo:



¿Qué le ha estado diciendo a Bill? ¿QUÉ le ha estado socavando apestosa rata sale mouchard? ¿Qué le ha contado cafar-deur?

En voz alta, dije:

—La verdad es que estaba terriblemente asustado cuando hice el agujero en la ventana, si a eso puede llamársele stress.

Ume rió quedamente.

Lucille dijo:

Tu vieux salopard! Ingrat! Calomniateur! Allez... déballez! Foutu alcoolique!

Dije:


Me encanta comprobar que no has abandonado completamente tu herencia francesa, muchacha, pero en realidad no soy un alcohólico, ¿sabes?, sólo un alcoholizado. ¡Una psicóloga experimental como tú debería vigilar esas sutiles distinciones!

Los insultos aletearon como murciélagos surgidos del infierno, pero su frialdad exterior no se alteró ni un ápice. Dijo:

—Roger, nos gustaría que participara usted en una serie de experimentos sencillos. Una hora al día durante las próximas ocho semanas nos proporcionaría datos suficientes para empezar. Ahora que ya ha concluido usted su terapia con el doctor Sampson, cabe esperar que su potencial creativo se haya visto de algún modo restablecido. La facultad proyectora de energía es extremadamente rara. Nos ayudaría a mejorar enormemente nuestro conocimiento de la psicocreatividad si trabajara con nosotros. —¿QUÉ LE DIJO A BILL ACERCA DE MÍ?

—Me lo pensaré. —Nada que él no sospechara ya.



¿Sospechara? ¿Sos-pe-cha-ra?

Seguía aún en modo íntimo, sonriendo exteriormente e hirviendo interiormente, derramando ahora el suficiente antagonismo por todo el espectro telepático en general como para que Ume se diera cuenta. La japonesa parpadeó, desconcertada.

Lucille dijo de pronto:

—Y, si no le importa, nos gustaría llevarnos también el cristal de su ventana para analizarlo.

Tuve que entregárselo: Casi me obligó. Al primer momento dejé escapar una carcajada ante lo incongruente de la petición..., y en aquel mismo instante ella me lanzó una bien dirigida y extremadamente poderosa versión del haz coercivo-redactor directamente entre los ojos. Fue un impacto digno del propio Denis (y más tarde descubrí que había sido él quien le había enseñado la técnica), y me hizo retroceder unos pasos. Si no hubiera estado esperando que ella intentara algo, aquella sonda hubiera vuelto mi mente del revés como un calcetín sudado. Pero Lucille no había visto de cerca mi maquinaria mental desde hacía más de un año, desde aquella vez en que había jugado al Buen Samaritano tras la grabación del 60 minutos. Si me hubiera desmoronado ella hubiera conseguido toda la historia..., Fantasma incluido. Pero no me desmoroné.

—¿Lo ves? —dije—. Ya me siento mucho mejor. El viejo Sampson es un estupendo aprietatornillos. Nunca te he dado las gracias como te mereces por habérmelo presentado, Lucille. Estoy en deuda contigo. ¿Quieres el cristal? ¡Es tuyo! Pero creo que harías mejor si buscaras a otro sujeto experimental para tu proyecto de creatividad..., en bien de nosotros dos, y quizás en bien de Sampson también.

—Eso no serviría de nada. ¡Ya es demasiado tarde! —Y entonces se echó a llorar, y se dio la vuelta y salió precipitadamente de la tienda, dando un portazo tan violento que la pequeña campanilla se salió de su gancho y cayó al suelo.

—Bon dieu de merde —dije.

Ume y yo nos miramos. ¿Qué era lo que sabía ella?

—Más de lo que debería, quizá —murmuró, con sus enormes ojos tristes—. Lucille es muy amiga mía, y me ha dicho que su relación con el doctor Bill Sampson se está deteriorando rápidamente. Cree que de algún modo usted es el responsable. ¿Lo es, señor Remillard?

Lo que no había conseguido la coerción de Lucille lo logró la simpatía de Ume.

—Sí —admití lastimeramente.

—¿Por qué? —La voz de Ume era suave.

—No le explicaré mis motivos a usted, doctora Kimura. Fue por el bien de Lucille. Y por el de Sampson también.

—No eran el uno para el otro —dijo, desviando su mirada—. Eso estaba claro para todos nosotros. Sin embargo, creíamos que no teníamos derecho a inmiscuirnos en sus vidas. Lucille conocía la desaprobación general del grupo operante. Eso, al parecer, no hizo más que robustecer sus sentimientos hacia Bill.

—Lo sé. —Me dirigí al pasillo central de la parte delantera de la tienda, me incliné y recogí la caída campanilla, y volví a colocarla en su lugar. La lluvia estaba disminuyendo un poco.

—¿Creyó usted que tenía derecho a intervenir? —preguntó Ume.

Me volví.

—Lo que hice era necesario. Lucille se siente muy dolida por ello, y lo siento. Pero tenía derecho a intervenir.

—Dígame sólo una cosa. En su manipulación de los sentimientos de Bill..., ¿mintió acerca de Lucille?

—No. —Dejé caer mis barreras por un breve instante, para que ella pudiera ver que estaba diciendo la verdad.

Lentamente, Ume asintió.

—Ahora entiendo por qué ella demoró tanto el abordarle para nuestro proyecto, pese a que Denis se mostraba muy ansioso de que lo incluyéramos en él. Hoy, de pronto, insistió en que viniéramos aquí. Está trastornada acerca de Bill desde hace más de una semana. Parece que él... habló con ella inmediatamente después de nuestro regreso de Alma-Atá.

Era lógico. Las noticias acerca de los extraordinarios debates que se produjeron allí abrieron los ojos de mucha gente a las menos agradables potencialidades que ofrecía el país de las maravillas metapsíquico. Estaba la hasta entonces poco mencionada función coercitiva, por un lado, y las ominosas implicaciones del programa de tests mentales. Yo llevaba aplicándome a mi número especial con Sampson desde hacía unos ocho mesos, y el éxito de mi subversión quedó al fin ratificado cuando me propinó un puñetazo en la nariz. Afortunadamente, ocurrió fuera de sus horas de oficina. Cuando interrumpí mis sesiones a mediados de julio, Sampson estaba completamente lleno de dudas y miedo hacia su joven fiancée operante. Alma-Atá prendió la última mecha, y ahora parecía como si mi misión Fantasmal estuviera completa. Mierda...

Ume apoyó una enguantada mano sobre la manga de mi vieja chaqueta de tweed.

—Por favor. El proyecto todavía sigue. No deseará usted trabajar con Lucille, pero, ¿aceptaría trabajar conmigo? Los estudios sobre creatividad son de la máxima importancia. Yo misma he manifestado una modesta proyección de radiación actínica, como lo han hecho algunos otros que trabajan en la Unión Soviética. Pero nadie ha canalizado nunca las psicoenergías en un haz coherente de gran fuerza, como parece haber conseguido usted. Déjeme mostrarle la correlación teórica entre energías físicas y psíquicas que están siendo postuladas actualmente por los que trabajan en Cambridge y el MIT. —¿Le importaría abrir un poco su mente, por favor? Gracias...

Voilá! La límpida construcción mental destelló dentro de mí en una décima de segundo. Era infernalmente abstracta y amistosamente compleja..., ¡pero comprendí! Su transmisión era al habla telepática ordinaria como un Turbo Nissan XX3TT es a una bicicleta. Jamás conseguiría explicar verbalmente el concepto a nadie; pero sí era capaz de recordar y proyectar su contenido simbólico.

—Que me condene —dije apreciativamente—. ¿Ésta es una de sus nuevas técnicas educativas? ¿Las que utilizan en el entrenamiento de operantes?

—Oh, sí. La llamamos transferencia bilateral. Coordina la emisión de los hemisferios cerebrales. Me encantará enseñársela, así como cualquier otra técnica preceptiva en la que esté interesado, si acepta participar en los experimentos.

—Me siento tentado. —Oh, lo estaba. Y trabajar con ella en el laboratorio no era ni la mitad de ello...

La atractiva académica subió la intensidad del reostato de su encanto. Me di cuenta de que aquello era simplemente otro aspecto de la coerción, de su voluntad actuando para dominar la mía, pero, ¡qué diferencia del esfuerzo de Lucille! Ume dijo:

—Respetaremos su deseo de no involucrarse con la comunidad operante, señor Remillard. No habrá ninguna presión.

—Llámeme Roger.

—Y Lucille no representará ningún problema para usted. Tendré unas discretas palabras con Denis. Él puede asignarla a otros estudios sobre creatividad.

—De acuerdo, doctora Kimura. Bajo esas condiciones, acepto.

—Por favor, llámeme Ume. —Su expresión era realmente ansiosa—. Creo que podremos trabajar juntos muy compatiblemente, Roger. Y ahora, ¿hablamos un poco más mientras compartimos un buen asado?


—Espero no haberte decepcionado —murmuré—. En mi época era bastante bueno en eso, pero ha pasado mucho tiempo.

—Puedo captar el poder latente. Sólo necesita ser reavivado. La tristeza y la violencia reprimida han cegado el flujo de energías ambrosíacas.

—¿Violencia? Ume, soy el tipo más inofensivo del mundo.

—No, no lo eres. Tu gran reserva de psicocreatividad permanece sellada dentro de ti, y esto te pone en peligro, porque si esas energías no son utilizadas en la creación, destruyen inevitablemente. La fuente de la creatividad reside dentro de todas las almas humanas; en las mujeres, a menudo nunca es canalizada hacia el nivel consciente, pero fructifica de forma instintiva en el cuidado de los hijos y el amor materno. Muchos menos hombres son cuidadores creativos. Pero la mayoría de ellos, y algunas mujeres, necesitan guiar su creatividad deliberadamente hacia el exterior a través de la acción intelectual. Tienen que construir..., trabajar. La creatividad no canalizada es muy peligrosa y se convierte fácilmente en destrucción. El proceso de creación es doloroso. Uno puede sentirse fuertemente tentado a eludirlo, puesto que su alegría se ve generalmente pospuesta hasta que la creación es completa..., y entonces la satisfacción es intensa y duradera. La destrucción proporciona también placer, oscuro, adictivo y no intelectual. Para el destructor, sin embargo, el proceso lo es todo; debe continuar, para evitar que la oscuridad se apodere de él y llegue hasta el final del infierno que ha preparado deliberadamente para sí.

—Donnie...

—Chissst, Roger. No pienses ahora en tu pobre hermano. Ahora es el momento de pensar en ti mismo y en mí.

Ume y yo nos veíamos el uno al otro perfectamente en la oscuridad. Su aura era de un intenso azul, más cálida cerca de su cuerpo y parpadeantemente dorada en el borde del halo. Brillaba con un parpadeante limón intenso, con una aureola externa de violeta oscuro. Mi chakra raíz tenía una débil y esperanzadora radiación carmín, que significaba que el espíritu era voluntarioso, aunque la carne fuera débil.

—No te preocupes —dijo Ume—. Tenemos mucho tiempo. —Sus labios rozaron mi frente, mis mejillas y mi boca mientras hablaba—. Ésta es una forma muy antigua en mi parte del mundo. En Occidente se la llama carezza. Es poco apreciada debido a la impaciencia de los amantes occidentales, que buscan la liberación explosiva en vez de la inmersión en un estanque de duradera luz.

Sus labios tenían ahora un brillo dorado, y también sus ojos. Las partes externas de nuestras mentes se habían abierto para que pudiéramos sincronizar el placer; pero, pese a lo que ella me revelaba de su vida, la auténtica identidad de Ume permanecía aquella noche, y seguiría siempre, lejos de mí..., del mismo modo que yo permanecía oculto para ella. Me había llevado a la pequeña casa alquilada en Ruddsboro Road donde vivía sola. Estaba amueblada de una forma frugal, casi ascética, con muchos jarrones de cerámica de extrañas formas con sorprendentes disposiciones de hojas sin ramas y plantas secas y desnudas y retorcidas raíces. La lluvia seguía cayendo. Un riachuelo fuera de la ventana del dormitorio se abría camino por entre un lecho de granito, llenando el lugar con un permeante rumor. Ume había sido francamente directa acerca de la atracción sexual, y yo a mi vez había sido honesto acerca de mi abaissement a nivel físico. En realidad, el psicoanálisis de Sampson no me había ayudado en nada espiritualmente, aparte de alentar mi valor y ponerme más o menos en camino hacia la sobriedad. Le había confesado a Ume que tenía mis dudas acerca de conseguir algo útil en los experimentos de creatividad. Ella había contraatacado con sugerencias hacia un estilo de terapia completamente distinto. Yo también tenía mis dudas al respecto, pero ella se había limitado a sonreír sensatamente.

—Empezaremos lentamente y seguiremos también muy lentamente —dijo, besando mis hombros, acariciando mis inertes brazos de la manera más suave posible con las yemas de sus dedos—. No debes hablar. Intenta no pensar siquiera. Simplemente descansa en mí. Resístete a la excitación. Mi mente te hablará y mi cuerpo compartirá su creatividad. Descubrirás cosas sobre mí y yo me familiarizaré contigo. Habrá realimentación y un incremento muy lento de potencial energético. Muy lento. Ahora siéntate aquí entre las almohadas y tómame suavemente...

Ésta es Ume:

...Una niña extraña, frágil. La mayor de tres hijas. Su hogar es la ciudad de Sapporo en Hokkaido, la escarpada isla más septentrional de Japón. Su madre, en su tiempo maestra de escuela, se ocupa ahora de la familia. Su padre es un fotógrafo cuyo negocio jamás parece prosperar. Ambos descienden de los ainu, los habitantes aborígenes de la isla. La herencia avergüenza a marido y mujer, y nunca hablan de ella. La hija mayor, con su delatora piel clara y sus exóticos ojos y la ligera ondulación de su sedoso pelo, es un reproche. No es la preferida de las hijas.

...Una niña de seis años. Su padre toma primeros planos de su rostro para un encargo publicitario. La niña es obediente, pero se muestra impaciente por tener que permanecer sentada inmóvil tanto rato. Desea con ardor echar a correr fuera de la atestada habitación para ir a jugar con la niña de la puerta de al lado. El rostro de esta otra niña, distorsionado pero reconocible, aparece en tres negativos sucesivos de un rollo de película, en vez del de Ume.

...Su padre se muestra asombrado. Experimenta, y el milagro se produce de nuevo. Empieza a darse cuenta de lo que tiene que estar ocurriendo. «¡Ume —exclama—, ¡querida niña! ¡Tienes que hacerlo otra vez!»

...La niña se siente ansiosa por complacerle, para sentir su amor y su admiración. Coopera durante semanas en los experimentos de su padre. Resulta que puede imprimir la película no sólo mientras está en la cámara, sino también cuando está fuera de ella..., siempre que la película no haya sido expuesta a la luz normal. Al principio, sus imágenes «mentegráficas» varían enormemente en claridad, según si las apela de su imaginación o las «lee» directamente de su alrededor o de un libro. Sus mejores fotos son las hechas sobre una película Polaroid. Todo lo que tiene que hacer es mirar al objetivo y pensar en el tema mientras su padre acciona el obturador. Hace muchas fotos de los pensamientos de Ume. La alaba entusiásticamente, y piensa en los millones de yens que ganará la familia cuando la pequeña Ume entre en el mundo del espectáculo.

...El padre de su padre se entera de la maravilla. Acude desde el asentamiento ainu a la ciudad y estudia a la pequeña. «Está poseída por un antiguo demonio —dictamina—. Traerá mala suerte.» El padre se burla. Ha encontrado un libro. Habla de cómo un investigador psíquico llamado Tomokichi Fukurai consiguió fotos de pensamientos en una notable serie de experimentos entre 1910 y 1913. Otro libro, traducido del inglés, cuenta cómo el médico americano Jule Eisenbud obtuvo fotos psíquicas de un empleado de hotel llamado Ted Serios. Serios miraba también a una cámara Polaroid. La mayoría de sus imágenes eran borrosas, y finalmente su raro talento desapareció. Pero el talento de la pequeña Ume no. Cuanto más practica, mejores son los resultados. Sus fotos son ahora soberbiamente nítidas. Puede hacerlas tanto en color como en blanco y negro.

...La gran oportunidad llega al fin. La niña aparecerá en un programa de televisión que presenta a los artistas aficionados locales. Ella y su padre se han estado preparando durante todo un año. Pero cuando ella aparece en el escenario ante un público en directo, se siente abrumada por una repentina timidez. Sus resultados son un fracaso. Una semana más tarde su padre resulta muerto al caer al metro en la estación Ohdori de Sapporo.

...El fracaso en la televisión produce sin embargo un buen resultado. Llama la atención de la doctora Reiko Sasaki, una respetada parapsicóloga, hacia la niña. Esta mujer se convierte para ella en una segunda madre. La auténtica madre se siente enormemente feliz de renunciar a su cuidado. Bajo la cariñosa tutela de la doctora Sasaki, Ume produce de nuevo fotos de pensamientos. También muestra evidencias de ser telépata. Ayudada por la buena doctora, la niña recibe una espléndida educación, se convierte en la ayudante de la doctora Sasaki, y coopera en la investigación que muestra cómo se realizan las fotos de pensamientos.

...Inconscientemente, Ume dirige los fotones a chocar contra una zona seleccionada de la emulsión fotográfica, creando imágenes concretas de sus pensamientos. Puede afectar la emulsión aunque esté fuertemente protegida. Muchos cuidadosos experimentos prueban que los fotones no derivan de las fuentes existentes de luz. O bien la mente de Ume excita los átomos de la emulsión o los átomos de aire hasta un punto tal en que son emitidos fotones, o bien crea los fotones ex nihilo..., extrayéndolos de otro aspecto de la Realidad Superior, como dirían los defensores de la nueva Teoría del Campo Universal.

...La extraña y solitaria niña es ahora una mujer, que persigue sus propias metas. La querida doctora Sasaki ya no está, como tampoco su verdadera madre. Sus dos hermanas no poseen ningún talento metapsíquico. Ume les escribe, y a sus sobrinos y sobrinas. A veces recibe respuestas.

Luego Ume cantó un poema:

La luz del otoño pinta

esquemas de sombras brillantes y oscuras

mi mente las refleja.

Ahora todo su rostro estaba bañado por una radiación dorada, y sus pechos se convertían en lunas otoñales, y su sexo en un misterio de medianoche azul que saludé mientras ella se sumergía encima de mí, envolviéndome. Sus manos parecían tejer una tela luminosa en torno a nosotros, una cámara auroral que ondulaba en los remotos sonidos del riachuelo que caía en cascada fuera.

Apretó las puntas de sus dedos contra mis pezones, mi esternón y mi garganta. Mi aura prendió en llamas como lotos, ya no enfermiza sino brillando con un rosa dorado. Sus dedos trazaron esquemas místicos en mi espalda, y vi con mi mente cómo la piel retenía los fríos dibujos resplandecientes, y cómo florecían y se convertían por sí mismos en más intrincados después de que sus manos se hubieran alejado.

Empecé a despertar. La penetración fue muy lenta, un vacilante crecer después de una larga y apergaminada inactividad. Ella arqueó su cuerpo hacia atrás y apoyó sus dedos rematados en fuego sobre mis hombros. Besé las rosas doradas de sus pechos, apreté reverentemente mis labios y mi lengua en el mándala aural que ardía sobre su corazón. Era increíblemente dulce, y bebí de él, y pulsé y me expandí, y me vi investido con los colores del arco iris. Ahora un brillo azul brotaba de sus manos, y se volvía dorado mientras resbalaba por mis miembros inferiores. Se alzó, liberándome, y gruñí mi protesta.



¡Confía en mí! Tenemos tanto tiempo...

Besé todo su cuerpo que se giraba, revestido ahora de un fuego astral. Había pulsantes simetrías de color blancoazulado con coronas áureas en su cintura, su ombligo, su corazón y su garganta. Sus pechos eran cegadoras estrellas. Me sentía absolutamente potente de nuevo, ardía carmesí y dorado. ¡Por favor!, le supliqué. ¡Déjame volver! Pero ella se limitó a alzar mis brazos, que colgaban impotentes a mis lados, y delineó el camino de cada nervio con una radiación epidérmica escarlata.

Deseé aplastarla, devorarla, empalarla en la hoja incandescente y reducirla a cenizas. No, dijo. No. Espera querido espera.

Lágrimas de frustrada furia ardieron en mi rostro. Estaba envuelto en un resonante infierno, con su frialdad llameando locamente fuera de mi alcance. Y entonces ella guió los fuegos estelares a mis ojos..., y dentro de mi mente estalló la cosa más hermosa que jamás hubiera conocido, una forma de loto psico-creativa que giraba y cambiaba constantemente en un millar de gloriosas variaciones. Una nueva y extraña energía se difundió desde mis ingles, ascendió por mi espina dorsal e invadió mi tronco y miembros. Ella estaba suspendida en el corazón de la flor, su cuerpo dorado y su pelo llameando como un écu azur. La envolví al fin y ella descendió. La penetré tan profundamente que pareció que iba a atravesar su corazón, y allí permanecimos, sumidos juntos en la contemplación de nuestro propio esplendor multicolor. Nunca hubo la culminación de un orgasmo propiamente dicho, pero compartimos un goce que persistió sin empalagar mientras nos explayábamos en la hermosa cosa que florecía entre nosotros, nuestra creación personal. Fuera lo que fuese, la habíamos hecho juntos, y la adoramos hora tras hora hasta que parecimos pasar sin esfuerzo a los sueños, separados, pero aún unidos en el recuerdo de aquella fantástica obra nocturna.

Despertamos a la mañana siguiente satisfechos, en paz, y sintiéndonos los mejores de entre todos los amigos.
Ume y yo nunca fuimos amantes en el sentido convencional. Nunca vivimos el uno por el otro o sentimos la necesidad de una relación permanente. Éramos más bien como dos músicos unidos en un dueto de perfecta armonía, deleitándonos en una obra de arte que ninguno de nosotros podría haber creado solo. Algunas veces el sexo formaba parte de ella, y a veces no. El coito se veía siempre sublimado en servicio de la creatividad..., y, puesto que lo que hacíamos era abstracto, y se desvanecía como se desvanece la música, probablemente no era una auténtica criatura del amor. Pero era algo maravilloso, y nos hacía bien a ambos.

El trabajo experimental de Ume conmigo en el Laboratorio de Metapsicología, por otra parte, fue un fracaso. Bajo condiciones controladas, yo era incapaz de generar el menor ergio de energía detectable en ningún lado del espectro electromagnético..., y mucho menos producir un haz coherente tipo láser. La técnica yoga de la espiral hacia fuera sólo me dejaba con terribles dolores de cabeza. (¡La espiral hacia dentro, por otra parte, era una gran colaboradora de la carezza!) Pasé más tiempo del que hubiera debido en el laboratorio durante las siguientes ocho semanas de experimentación, y al final de ellas fui desechado del proyecto de creatividad como si fuera un caballo perdedor, y el agujereado cristal de mi ventana fue relegado a algún olvidado armario.

—Hay alguna posibilidad de que tu función creativa pueda volverse operante con la práctica —me dijo Denis—, pero no confíes mucho en ello. Nuestras técnicas educativas tienen más éxito con los sujetos jóvenes. Tienes cuarenta y siete años, y tus metafunciones están anquilosadas con la acumulación de toda una vida de desechos neuróticos. Es muy probable que los poderes más psicoenergéticos permanezcan siempre latentes, excepto quizá bajo condiciones de gran tensión mental.

—No me preocupa —dije, alegre de escapar del status de conejillo de indias—. Puedo vivir muy bien sin ellos.

Estaba equivocado al respecto. Pero he estado equivocado respecto a tantas cosas a lo largo de todos los altibajos de mi vida.
Lucille Cartier y Bill Sampson soportaron una tormentosa ruptura. A su debido tiempo —y gracias muy probablemente a la tranquilización subliminal de Ume—, Lucille llegó a comprender que yo no actué con malicia. Era más digno de compasión que de censura, así que decidió perdonarme. El pacto de paz fue sellado en las Navidades de 1992, cuando se me presentó con lo que dijo que era un añadido muy necesario para mi librería: un arisco y peludo gatito Maine Coon para cazar ratones, hacerme compañía en los momentos tristes y mantener el tono del lugar.

El gatito se convirtió en el primer Marcel LaPlume. Cuando, con el andar del tiempo, descubrí que era no sólo telépata sino también coercedor, ya me había acostumbrado demasiado a él para echarlo fuera.





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