Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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Entre tanto, vamos a examinar las energías creadoras del amor objetivo, energías del espíritu humano, gracias a las cuales se cumple perfectamente la integración del amor.

 

10. El problema de la integración del amor



 

Desde el punto de vista psicológico, se puede considerar el amor como una situación. Por un lado, una situación interior en un sujeto concreto, en una persona, y, por otro, una situación entre dos personas, la mujer y el hombre. En todo caso, al contemplar, tanto desde el exterior como desde el interior, la situación, resulta que es una situación concreta, única por tanto, y que no puede reproducirse. Su lado exterior se encuentra lo más estrechamente ligado a su lado interior, a lo que se encuentra en las personas, actores del drama de su amor. Porque el amor es ciertamente un drama, en el sentido de que es esencialmente devenir y acción y esto mismo es lo que significa el término griego drao. Ahora bien, las dramatis personae, hombre y mujer, extraen su trama de sí mismas, encuentran el amor siempre como una situación psicológica única en su género, problema muy importante y muy absorbente de sus interioridades.

La psicología trata de descubrir la estructura de la vida interior del hombre y constata, en el curso de sus investigaciones, que los elementos más significativos de esa vida son la verdad y la libertad. La verdad está directamente ligada al dominio del conocimiento. El conocimiento humano no se limita a reflejar los objetos, es inseparable de la experiencia vivida de lo verdadero y de lo falso. Esta experiencia precisamente es la que constituye el “nervio” más interior y, al mismo tiempo, más esencial del conocimiento humano. Si ésta consistiese únicamente en “reflejar” los objetos, podría creerse que es de naturaleza material. Pero la experiencia de lo verdadero y de lo falso se encuentra enteramente fuera de las posibilidades de la materia. La verdad condiciona a la libertad. De hecho, el hombre no puede conservar su libertad respecto de diferentes objetos que se imponen a su acción como buenos y deseables más que en la medida en que es capaz de aprehenderlos a la luz de la verdad, tomando así una actitud independiente respecto de ellos. Desprovisto de esta facultad, el hombre estaría condenado a ser determinado; estos bienes se apoderarían de él, decidirían plenamente de sus actos y de su orientación. La facultad de conocer la verdad hace posible al hombre la autodeterminación, es decir, le permite decidir de manera independiente acerca del carácter y de la orientación de sus propios actos. Ahora bien, en esto consiste la libertad.

Nuestro análisis ha demostrado que el amor entre dos personas de sexo contrario nace sobre la base de la tendencia sexual. De ahí resulta una concentración del hombre y de la mujer sobre los valores sexuales, representados para cada uno por la persona del otro sexo. Cuando estos valores están ligados al cuerpo de esta persona y provocan el deseo de placer, el sujeto está dominado por la concupiscencia. Cuando, por el contrario, los valores sexuales no están vinculados ante todo al cuerpo, entonces el que domina se corre hacia la afectividad, y la concupiscencia no ocupa en ella el primer plano. Las formas sumamente numerosas del amor son función de la actitud respecto de los valores sexuales. Cada una de estas formas es estrictamente individual, porque es la propiedad de una persona concreta, cristalizada en una interioridad como también en un contexto exterior concretos. Según las energías psíquicas dominantes, se obtiene un violento apego afectivo o una apasionada concupiscencia.

Todo ese juego de fuerzas interiores se refleja en la conciencia. El rasgo característico del amor sexual es su gran intensidad, prueba indirecta de la fuerza del “instinto” sexual y de su importancia en la vida humana. Esa intensa concentración de fuerzas vitales y psíquicas absorbe la conciencia del su jeto hasta el punto de que, en comparación, todo lo demás parece esfumarse y perder peso. Para convencerse basta observar a las personas dominadas por el amor. La idea platónica del poder de Eros está confirmándose constantemente. Si se puede concebir el amor sexual como una situación en el interior de la persona, esta situación es desde el punto de vista psicológico expresiva y atractiva. El hombre encuentra en ella energías concentradas de las cuales hasta ahora ignoraba la presencia en sí mismo. Por esto, para él hay en esa presencia sentida un placer, una alegría de vivir, de existir y de actuar, aunque, por otra parte, vengan a mezclárseles la tristeza o el abatimiento.

Así se nos presenta el perfil subjetivo del amor, y bajo este aspecto constituye siempre el amor una situación concreta y única de la interioridad del hombre. Al mismo tiempo, tiende a la integración, tanto en las personas como entre ellas. La palabra latina “integer” significa “entero”. La integración es, por tanto, totalización, tendencia a la unidad y a la plenitud. El proceso del amor se apoya en el lado espiritual del hombre, sobre su verdad y su libertad. La libertad y la verdad determinan la impronta espiritual que marca las diferentes manifestaciones de la vida y de la acción humana. Ellas penetran hasta 1 más profundo de los actos y de los estados de alma humanos y les confieren ese contenido particular del que no encontramos ninguna traza en la vida animal. A esto debe el amor entre personas su conocimiento particular. Por más que se apoye tan fuertemente y tan netamente en el cuerpo y los sentidos, ni el uno ni los otros crean su trama o su perfil verdaderos. El amor es siempre un problema de interioridad y del espíritu; a medida que deja de serlo, deja también de ser amor. Lo que subsiste en los sentidos y en la mera vitalidad sexual del cuerpo humano no constituye su esencia. La voluntad es en la persona esa última instancia sin cuya participación nada tiene valor ni peso que corresponda a la esencia de la persona. El valor de ésta está estrechamente ligado a la libertad, propiedad de la voluntad. Y sobre todo es el amor el que tiene necesidad de libertad: el compromiso de la libertad constituye en una cierta medida su esencia. Aquello que no tiene su fuente en la libertad, aquello que no es compromiso libre, al estar determinado o ser efecto de violencia no puede reconocerse como amor; no contiene nada de su esencia. Por esto en el proceso de la integración psicológica, que se desenvuelve en la interioridad de la persona paralelamente al amor sexual, lo que importa es un compromiso no sólo de la voluntad, sino además de la libertad: es menester que la voluntad se comprometa del modo más completo y conformemente a su naturaleza.

Un compromiso verdaderamente libre de la voluntad no es posible más que a base de verdad. La experiencia de la libertad es inseparable de la de la libertad. Toda situación interior es psicológicamente verdadera: el deseo sensual, como el compromiso afectivo. Es una verdad subjetiva: una persona desea verdaderamente a otra, porque encuentra en su vida interior un sentimiento claro, teñido de concupiscencia y nacido de la impresión producida por la persona deseada. De igual modo el compromiso afectivo del uno respecto del otro es verdadero, porque su sujeto encuentra en sí mismo emociones, una predisposición para las emociones, un deseo de acercamiento y de apoyo tales que se siente obligado a llamar “amor” a su situación interior. Desde el punto de vista subjetivo, nos enfrentamos en ambos casos con un amor verdadero.

Pero el amor exige todavía una verdad objetiva, condición necesaria para la integración del amor. Mientras no la examinamos más que a la luz de su verdad subjetiva, no aprehenderemos la imagen completa del amor y no podremos juzgar de su valor objetivo, el cual, a pesar de todo, es la más importante. Esa es la que vamos a procurar destacar mediante el análisis moral del amor.

 

III Análisis moral del amor



 

11. La experiencia vivida y la virtud

 

Existe en nuestros días una moral llamada de situación. Está relacionada con el existencialismo filosófico. Según sus adeptos, la existencia humana se compone de situaciones cada una de las cuales constituye una especie de norma de acción. Hay que admitirlas y vivirlas íntegramente, sin tener en cuenta todo lo que se encuentra fuera de ellas. Lo que rebasa la situación no puede, por este mismo hecho, entrar a parte con ella, ni adaptársele la vida humana no soporta normas generales y abstractas fuera de situación; son ellas demasiado rígidas y esenciales, cuando en realidad la vida es siempre concreta y existencial. Partiendo de semejante principio, habría que decir que el amor entre el hombre y la mujer, fragmento particular de sus existencias (o de su coexistencia), se compone de situaciones que, por sí mismas, determinan su valor. Estas situaciones psicológicas serían las determinantes para la estructura y para la sustancia del amor sexual. Al mismo tiempo, cada una de ellas sería una norma más allá de la cual no se habría de investigar ni ahondar. Según esta opinión, la vida supera a la virtud.



Este punto de vista esconde una falsa concepción de la libertad. Hemos dicho más arriba que la libertad de la voluntad no era posible más que en la medida en que estuviese fundada sobre la verdad en el conocimiento. Es aquí donde surge el problema de la obligación. En efecto, el hombre debe escoger el verdadero bien. En la obligación es donde la libertad de la voluntad se manifiesta plenamente. La voluntad “debe” seguir el verdadero bien, pero “debe seguir” implica “puede no seguir”: debe seguirle precisamente porque puede no hacerlo. La moral de la situación y el existencialismo, que rechazan la pretendida obligación en nombre de la libertad, por el mismo hecho abandonan su concepción adecuada, o en todo caso aquello que mejor permite que la libertad se manifieste. Porque, en el terreno moral se revela de la manera más nítida precisamente gracias a la obligación. Y la obligación surge siempre allí donde la voluntad encuentra una norma. He aquí por qué no es sólo en el terreno de la psicología donde hay que buscar la plena integración del amor humano, sino en la moral.

Por lo que hace al. amor entre el hombre y la mujer, puede entenderse de dos maneras: se puede considerar como un fenómeno psicológico o como un acto moral, sometido como tal a una norma. En nuestro caso es. la norma personalista, contenida en el mandamiento del amor. La moral de la situación que no admite ninguna norma cae, cuanto a su concepción del amor, en el psicologismo. Con todo, el amor en el sentido psicológico ha de estar en el hombre subordinado al amor en el sentido moral, so pena de no llegar a integrarse. En definitiva, no puede haber en el amor plenitud psicológica sin plenitud moral. Allí donde la situación (las situaciones) a la (o a las) que no puede reducirse, no es (o no son) psicológicamente “madura” (o “maduras”) o “completa” (o “completas”) más que si el amor alcanza su valor moral. En otras palabras, lo vivido ha de estar, en amor, subordinado a la virtud, so pena de no haber sido plenamente vivido.

Convendrá examinar en seguida el amor entre el hombre y la mujer en cuanto virtud. De momento, subrayemos solamente que, según la moral cristiana fundada en el Evangelio, el amor es una virtud sobrenatural, una virtud divina. Partiendo de esta concepción, trataremos de examinar la manera cómo se manifiesta esta virtud y cómo se desarrolla en las relaciones entre el hombre y la mujer. En efecto, cada virtud sobrenatural está enraizada en la naturaleza y no reviste una forma humana más que gracias a la acción del hombre. Encuentra, al mismo tiempo, su expresión y su confirmación en esta acción, en los actos interiores así como en los exteriores. Podemos, por tanto, examinarla y analizarla como un fenómeno humano, a fin de poner de manifiesto su valor moral. El hecho de que el amor entre dos personas de sexo diferente sea una virtud, o más exactamente haya de serlo, se inserta en los análisis precedentes: general y psicológico. Nos vamos a referir otra vez a sus diversos elementos. Importa sobre todo que no olvidemos que el amor entre el hombre y la mujer puede adoptar la forma “matrimonial”, porque conduce al matrimonio. Teniendo cuenta con ello, trataremos de examinar de qué manera ese amor en cuanto virtud ha de realizarse. Es difícil de mostrarlo en su conjunto, ya que la virtud del amor, realidad espiritual, no es visible. Por lo cual procuraremos hacer resaltar los elementos más esenciales y los más claramente dados por la experiencia. La afirmación del valor de la persona parece ser el primero y el más fundamental.

 

12. La afirmación del valor de la persona



 

Hemos dicho que el mandamiento del amor era una norma personalista. Partimos del ser de la persona y venimos a parar al reconocimiento de su valor particular. El mundo de los seres es un mundo de objetos en el que distinguimos personas y cosas. La persona se diferencia de la cosa por su estructura y por su perfección. La estructura de la persona comprende su interioridad en la que descubrimos elementos de vida espiritual, lo cual nos obliga a reconocer la naturaleza espiritual del alma humana y de la perfección propia de la persona. Su valor depende de esta perfección. La perfección de la persona, espíritu encarnado y no meramente cuerpo, por muy estupendamente que esté animado, al ser de carácter espiritual, no se pueden considerar como iguales una persona y una cosa. Un abismo infranqueable separa el psiquismo animal de la espiritualidad del hombre.

Por otra parte, conviene distinguir netamente el valor de la persona y los diversos valores que en ella se encuentran, valores innatos o adquiridos inherentes a la compleja estructura del ser humano. Tal como lo hemos visto en el curso del análisis psicológico, esos valores juegan un papel en el amor entre el hombre y la mujer. Este amor está fundado en la impresión, que se acompaña de una emoción y cuyo objeto es siempre un valor. En este preciso caso, se trata de valores sexuales, porque en el origen del amor entre el hombre y la mujer se encuentra la tendencia sexual. Los valores sexuales, se fijan, para el sujeto, sea en la persona de sexo contrario, sea en su cuerpo en cuanto objeto posible de goce. Hay una diferencia entre el valor de la persona y los valores sexuales, porque éstos se dirigen a la sensualidad o a la afectividad del hombre. El valor de la persona está ligado a su ser íntegro y no precisamente a su sexo, ya que no es éste más que una particularidad de su ser.

Por este hecho, a los valores de persona se añaden sólo en segundo lugar los valores sexuales. Desde el punto de vista psicológico, el amor entre el hombre y la mujer es un fenómeno centrado en su reacción ante estos valores. La persona toma sobre todo el aspecto de un ser humano de sexo diferente, incluso cuando no se llega a considerar su cuerpo en cuanto objeto de placer. Sabemos, con todo, que este ser humano de sexo diferente es una persona. Es un saber intelectual, conceptual, porque ni la persona en cuanto tal, ni el ser en cuanto tal son el objeto de la percepción. La reacción ante el valor de la persona no puede, por tanto, ser tan directo como la reacción ante los valores sexuales ligados al cuerpo de una persona concreta, o—para hablar de una manera más general—al ser humano de sexo diferente. Los elementos percibidos actúan sobre la afectividad del hombre de manera diversa a los elementos descubiertos por el entendimiento. Todo hombre es consciente de que el ser humano de sexo diferente es una persona, que es alguien y que difiere de la cosa. La conciencia de esta verdad despierta la necesidad de integración del amor sexual, exige que la reacción sexual y afectiva ante el ser humano de sexo contrario sea elevada al nivel de la persona.

Así que, en toda situación en que sentimos los valores sexuales de una persona, el amor exige su integración en el valor de la persona, incluso su subordinación a este valor. Y en esto es en lo que se manifiesta el principal rasgo moral del amor: éste es afirmación de la persona o no es amor. Cuando se caracteriza por una justa actitud respecto al valor de la persona—llamamos “afirmación” a semejante actitud—el amor adquiere su plenitud, llega a ser integral. Por el contrario, el amor desprovisto de esta afirmación es un amor no-integrado, o más bien no es amor, aunque las reacciones y las experiencias correspondientes puedan tener un carácter “amoroso” (erótico) en el más alto grado.

Esto dice relación especialmente al amor entre el hombre y la mujer. En la plena acepción del término, el amor es una virtud y no solamente un sentimiento, y tanto menos una excitación de los sentidos. Esta virtud se forma en la voluntad y utiliza sus recursos de potencialidad espiritual, es decir, que constituye un compromiso real de la libertad de la persona-sujeto, fundado sobre la verdad que corresponde a la persona-objeto. El amor en cuanto virtud está orientado por la voluntad hacia el valor de la persona. Es, por lo tanto, la voluntad la fuente de esta afirmación que penetra todas las reacciones, todo lo que experimenta, todo el comportamiento.

El amor-virtud se refiere al amor afectivo así como al amor de concupiscencia. En efecto, en el orden moral, no se trata en absoluto de borrar o de dejar de lado los valores sexuales ante los cuales reaccionan los sentidos y la afectividad. Se trata simplemente de ligarlos estrechamente con el valor de la persona, puesto que el amor no se dirige a solo el cuerpo, ni solamente al ser humano de sexo opuesto, sino precisamente a la persona. Es más, solamente orientado hacia la persona el amor es amor. Repetimos que orientado solamente hacia el cuerpo, no es amor, porque el deseo de goce que se manifiesta en él es radicalmente opuesto al amor. El amor tampoco es amor cuando no es más que una actitud afectiva respecto de un ser humano del otro sexo. Como es sabido, la experiencia —tan fuertemente anclada en la percepción de la feminidad y de la masculinidad—puede borrarse con el tiempo, si no está estrechamente ligada a la afirmación del valor de la persona dada.

La afectividad sexual evoluciona sin cesar en medio de las percepciones emotivas de numerosas personas. Del mismo modo, la sensualidad se mueve en medio de muchos cuerpos que despiertan en el sujeto la sensación de presencia de objetos de posible goce. Por ello el amor no puede fundarse sobre la mera sensualidad, ni por mucho tiempo en la mera afectividad. Una y otra, en efecto, pasan por el lado de la persona, si así puede decirse, estorban su afirmación o, por lo menos, no llegan hasta ella. Así es, a pesar de que el amor afectivo parece acercar tanto a los seres humanos. Y con todo, este amor, aun acercando “al hombre”, puede fácilmente pasar de largo “a la persona”. Volveremos todavía sobre este punto en el capítulo III. La experiencia de la vida enseña que el amor afectivo nace sobre todo en los seres dotados de una cierta estructura psíquica, al solo contacto con el fenómeno “ser humano”, a condición de que esté dicho ser suficientemente cargado de feminidad o de masculinidad. Pero vemos también que no posee por sí mismo esa madura cohesión interna que le confiere el conocimiento de la entera verdad sobre la persona, objeto del amor.

Es preciso que la afirmación del valor de la persona, en el que se refleja esta verdad, encuentre su lugar entre los hechos psíquicos eróticos cuya causa inmediata es bien sea la sensualidad, bien la afectividad del hombre. Con ello, va la afirmación surgiendo en dos direcciones, indicando así de manera general los terrenos principales de la moral sexual. Por un lado, tiende a reprimir las reacciones que tienen su fuente en la sensualidad y en la afectividad del hombre. Este problema será examinado en el capítulo III (“La persona y la castidad”). Por otro lado, indica la elección de la vocación vital principal. En efecto, ésta va ligada generalmente con la entrada en la vida de una persona. Es evidente que cuando un hombre escoge una mujer por compañera de toda su vida, designa con ello la persona cuya participación en su vida será la más importante e imprimirá una orientación a su vocación. Esta orientación es la más estrechamente ligada a la persona, no puede, por tanto, diseñarse sin la afirmación de su valor. Hablaremos de esto en el capítulo IV sobre todo en su segunda parte

 

13 La pertenencia recíproca de las personas



 

Hemos constatado en el análisis general que la esencia del amor se realiza lo más profundamente en el don de sí mismo que la persona amante hace a la persona amada. Gracias a su carácter particular, el amor de esposos difiere radicalmente de todas las otras formas y manifestaciones del amor. Uno se da cuenta cuando comprende lo que es el valor de la persona. Es lo más estrechamente ligado al ser de la persona. Por su naturaleza, dicho de otra manera, por razón de su esencia óntica, la persona es dueña de sí misma, inalienable e irreemplazable, así que se trata del concurso de su voluntad y del compromiso de su libertad. Ahora bien, el amor arranca la persona a esa intangibilidad natural y a esa inalienabilidad, porque hace que la persona quiera darse a otra, a la que ama. Desea cesar de pertenecerse exclusivamente, para pertenecer también a otro. Renuncia a ser independiente e inalienable. El amor pasa por ese renunciamiento, guiado por la convicción profunda de que le lleva no a minoración o empobrecimiento, sino, al contrario, a un enriquecimiento y a una expansión de la existencia de la persona. Es como una ley de “éxtasis”: salir de sí mismo para encontrar en otro un acrecimiento de ser. En ninguna otra forma del amor se aplica esta ley con más evidencia que en el- amor matrimonial, al que el amor entre el hombre y la mujer habría de venir a parar.

Muchas veces hemos ya recalcado su particular intensidad psicológica. Esta encuentra una explicación no solamente en la fuerza biológica de la tendencia sexual, sino también en la naturaleza de esta forma de amor. Los fenómenos sensuales y afectivos que se destacan con tanta nitidez en la conciencia de los sujetos no constituyen más que una expresión y un criterio exteriores de lo que se realiza—o por lo menos debería realizarse—en sus interioridades. El don de sí mismo no puede tener pleno valor más que si es la parte y la obra de la voluntad. Porque, precisamente gracias al libre albedrío, la persona es dueña de sí misma, y es un algo inalienable e incomunicable. El amor de matrimonio, amor en el cual uno se da, compromete la voluntad de una manera particularmente profunda. Sabemos que se trata aquí de disponer de su “yo” todo entero, que es preciso—según el dicho del Evangelio—”dar su alma”.

Contrariamente a las opiniones que consideran el problema sexual de una manera superficial y no ven el summum del amor más que en el abandono carnal de la mujer al hombre, hay que ver aquí el don mutuo y la pertenencia recíproca de dos personas. No un placer sexual mutuo en el cual el uno abandona su cuerpo al otro a fin de que ambos experimenten el máximum de voluptuosidad sensual, sino precisamente un don recíproco y una pertenencia recíproca de las personas. He ahí la concepción exhaustiva de la naturaleza del amor de esposos al llegar al pleno desarrollo en el matrimonio. En la concepción contraria; el amor está de antemano anulado en provecho del placer (en los dos sentidos de la palabra). Ahora bien, no puede el amor quedar reducido .al mero goce, mutuo o simultáneo. Por el contrario, encuentra su expresión normal en la unión de las personas. El fruto de esta unión es su recíproca pertenencia en las relaciones sexuales, que llamamos conyugales, porque—como lo veremos más adelante—no caben más que en el matrimonio.

Desde el punto de vista moral, se trata aquí sobre todo de no trastornar el orden natural de los hechos y de no omitir ninguno. Es preciso que, por de pronto, se haya conseguido, gracias al amor, una profunda unión de las personas, de la mujer y del hombre; sus relaciones sexuales no pueden ser más que la expresión de semejante unión. Volvamos a lo que se dijo más arriba acerca del aspecto objetivo y del aspecto subjetivo del amor. Subjetivamente, el amor es siempre una situación psicológica, un estado psíquico provocado por los valores sexuales y centrado alrededor de ellos en el o en los sujetos que lo experimentan. Objetivamente, el amor es un hecho interpersonal, es reciprocidad y amistad basadas en una comunión en el bien, es, por consiguiente, siempre una unión de personas y puede llegar a ser pertenencia recíproca. No se puede reemplazar el aspecto objetivo del amor ni por uno solo de los dos aspectos subjetivos, ni por su suma, porque constituyen dos caras diferentes del amor.



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