Juan pablo II amor y responsabilidad estudio de moral sexual



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La percepción contiene siempre, por tanto, una imagen concreta y detallada en la que se reflejan todos los caracteres de un objeto, de este objeto, evidentemente en la medida en que la percepción es fiel. Porque también puede no serlo: en tal caso, abarcamos con ella solamente algunos caracteres solamente, aquellos que permiten a la razón calificar al objeto de una manera general, pero muchos caracteres individuales se nos escapan. Sabemos, con todo, que un objeto material puede ser sometido a una observación más penetrante: en cuyo caso, los caracteres individuales precedentemente desconocidos nos aparecerán y se fijarán también en el conocimiento sensible.

El hombre recibe gran cantidad de percepciones. Los receptores sensoriales trabajan sin parar, lo cual fatiga y agota el sistema nervioso, que tiene necesidad de reposo y de regeneración tanto como otras partes del organismo humano. A causa del gran número de percepciones, no todas ellas se impregnan en la conciencia humana con la misma intensidad. Unas son duraderas y más fuertes, otras febles y pasajeras. La percepción sensorial se asocia frecuentemente a una cierta emoción. Cuando decimos que una cosa o una persona ha hecho en nosotros “una gran impresión”, queremos expresar con ello que al percibirla hemos experimentado al mismo tiempo una emoción sensible, gracias a lo cual su percepción se ha impuesto a nuestra conciencia. Con esto pasamos al terreno de las emociones.

La emoción es un fenómeno diferente de la percepción. La emoción es también una reacción sensorial provocada por un objeto, pero su contenido difiere del de la percepción. El contenido de ésta es la imagen del objeto, mientras que en la emoción experimentamos uno de los valores del objeto. No olvidemos que los diferentes objetos que encontramos en nuestra experiencia sensorial inmediata, se imponen a nosotros no solamente por sus propiedades, sino también por sus valores. La percepción es la reacción ante las propiedades, la emoción, la reacción ante los valores. La emoción es sensorial, y lo más es, que posee incluso su correspondencia en el cuerpo, pero los valores que la provocan pueden, no obstante, no ser materiales. Es sabido que las emociones son muchas veces provocadas por valores no-materiales, espirituales. Cierto que para provocar la emoción es menester que tales valores sean “materializados” de una manera o de otra. Es menester que se les perciba, que se les escuche, que se les represente o se les rememore: entonces es cuando nace la emoción, una profunda emoción. La emoción es superficial cuando tiene por objeto valores materiales. Cuando, por el contrario, su objeto está constituido por valores supra-materiales, espirituales, llega a lo más profundo del psiquismo del hombre. Es comprensible: en el nacimiento de esta emoción la participación —mediata o inmediata— del espíritu humano y de sus facultades es mucho más vasta. La intensidad de la emoción es todavía otra cosa. Una emoción puede ser superficial pero intensa, así como puede ser profunda cuanto a su contenido, pero débil cuanto a su intensidad. La facultad de experimentar emociones profundas e intensas a la vez parece ser un elemento particularmente importante de la vida interior.

Cuando la percepción se une a la emoción, su objeto penetra la conciencia del hombre y se graba en ella con tanto mayor nitidez. En efecto, en ese caso, aparece en nosotros no solamente la imagen, sino también el valor del objeto, la conciencia cognoscitiva adquiere con ello una coloración afectiva. De este modo nace una experiencia más intensa, gracias a la cual el mismo objeto gana importancia a los ojos del sujeto. Todos esos hechos se producen también cuando se trata de una toma de contacto de personas de sexo diferente. Se sabe, por ejemplo, qué importancia tiene en este terreno lo que se llama “la primera impresión”. Sabemos cuán rica en significado es esta simple frase: “Ella ha hecho en él una gran impresión” o “El le ha causado a ella una gran impresión”. Pero si el amor humano comienza por una impresión, o más exactamente por una percepción impresiva, si todo en él de una manera o de otra ha de apoyarse necesariamente en ella (incluso su contenido espiritual), es precisamente así gracias al hecho de que junto a la impresión está también la emoción que permite experimentar a la otra persona en cuanto valor, o por mejor decir: que permite a dos personas, al hombre y a la mujer, experimentarse recíprocamente como valores. Por esto nuestro análisis psicológico del amor se verá obligado, más adelante, a referirse constantemente a los valores.

 

8. Análisis de la sensualidad



 

En el contacto directo de la mujer y del hombre, una experiencia sensorial tiene siempre lugar en ambas personas. Cada una de ellas es “cuerpo” y como tal provoca una reacción de los sentidos, que da origen a una impresión acompañada muchas veces de una emoción. La razón es que, por su naturaleza, la mujer representa para el hombre, y el hombre para la mujer, un valor que se asocia fácilmente a la impresión sensorial que procede de la persona de sexo opuesto. Esta facilidad con la que los valores se asocian a la impresión y, por consiguiente, la facilidad con la que surgen emociones al contacto de personas de sexo opuesto está ligada a la tendencia sexual propia del ser humano por cuanto le es una energía natural.

Una emoción de este género se asocia a una percepción (impresión) sensorial, es, por tanto, hasta un cierto punto sensorial, pero no resulta igualmente que los valores mismos ante los cuales se reacciona, sean puramente sensibles, que no pertenezcan sino al cuerpo o que se identifiquen con él. Hemos dicho más arriba que las emociones penetran la vida del espíritu, porque la emoción es muchas veces provocada también por valores espirituales. Pero en el caso que nos interesa y en el que se trata del contacto directo de la mujer y del hombre, hay que contar con el hecho de que en la impresión va a grabarse desde luego ese contenido que, de una manera inmediata también, es Perceptible por los sentidos. Así nace una imagen “exterior” de la otra persona. ¿Es lo mismo que decir que esta imagen es únicamente un reflejo del cuerpo? No, es un reflejo de la persona, de la persona de sexo contrario. Es la imagen mental que acompaña en la conciencia a la impresión que la indica. Pero no es ella la que causa la intensidad de la impresión, ni decide de la importancia de la impresión producida por un hombre sobre una mujer y viceversa. El uno hace “una gran impresión” sobre el otro cuando en su conocimiento se han visto sus valores. Los valores son el objeto de la emoción: son ellos los que, al asociarse a la impresión, contribuyen a su intensidad.

Analizando a la luz de lo que precede lo que llamamos la sensualidad, es preciso constatar que es algo más que una simple reacción de los sentidos ante el objeto, ante la persona de sexo diferente. La sensualidad no consiste en e hecho de que el uno percibe al otro con sus sentidos. Siempre consiste en la experiencia de valores definidos y perceptibles por los sentidos: los valores sexuales del cuerpo de la persona de sexo opuesto. (No hablamos ahora de perversiones en las cuales estos valores sexuales pueden considerarse ligados al cuerpo de una persona del mismo sexo, incluso al de un ser no-personal: animal u objeto inanimado.) Se dice entonces simplemente: “El (o ella) dice algo a mis sentidos.” Esta excitación de los sentidos no tiene más que una relación marginal con el hecho de experimentar la belleza del cuerpo, con la impresión estética. Por el contrario, otro elemento es esencial para la sensualidad: en la reacción sensual, el cuerpo es muchas veces sentido en cuanto objeto de placer. La sensualidad tiene por sí misma una orientación utilitaria, por consiguiente, se orienta sobre todo y directamente hacia el cuerpo; no concierne a la persona más que indirectamente, directamente más bien la evita. Incluso con la belleza del cuerpo, su vinculación es secundaria, como acabamos de decirlo. La belleza, en efecto, es esencialmente objeto de contemplación; la experiencia de los valores estéticos no tiene el carácter de placer, sino que, en cambio, provoca aquel gozo que San Agustín designaba con la palabra frui. La sensualidad empequeñece, por tanto, la experiencia de lo bello, incluso de la belleza del cuerpo, porque introduce una actitud utilitaria respecto del objeto; el cuerpo es experimentado en cuanto objeto posible de placer.

Esta orientación de la sensualidad es espontánea, instintiva, y, como tal, no es moralmente mala, sino ante todo natural. Para -justificar esta opinión, habría que tener en cuenta las relaciones que existen entre las reacciones de los sentidos y la vida sexual del cuerpo humano. Pero el tratar de ello pertenece al biólogo, al fisiólogo o al médico.

La sensualidad no se identifica con la vitalidad del cuerpo, la cual, en sí misma, tiene un carácter únicamente vegetativo y todavía no sensorial; por esto encontramos manifestaciones de sensualidad que tienen una coloración sexual en los niños cuyo organismo todavía no ha alcanzado la madurez sexual. Aunque la sensualidad difiere de la vitalidad sexual, no se han de disociar, así como tampoco se han de disociar de las funciones vegetativas sexuales. La tendencia sexual se expresa en la vitalidad sexual por el hecho de que el organismo que posee propiedades masculinas tiene necesidad del organismo dotado de propiedades femeninas a fin de que sus vitalidades sexuales encuentren el término natural. En efecto, estas vitalidades están por su naturaleza orientadas hacia la procreación y el sexo opuesto sirve para este fin. Semejante actitud no es en sí misma utilitaria: la naturaleza no tiene por fin el mero placer. No es más que una actitud natural en la que se manifiesta la necesidad objetiva del ser.

Incluida en las funciones vegetativas, se comunica a los sentidos. Por eso la sensualidad está sobre todo orientada hacia la concupiscencia: la persona de sexo contrario es aprehendida en cuanto objeto de concupiscencia, gracias precisamente a sus valores sexuales perceptibles en el cuerpo, porque es en él sobre todo en donde los sentidos descubren la diferencia de sexos. Estos valores penetran en la conciencia cuando la percepción va acompañada de una emoción que se siente no solamente en el psiquismo, sino también en el cuerpo. La sensualidad se religa con las reacciones del cuerpo, sobre todo en las zonas erógenas, prueba de que está vinculada estrechamente con la vitalidad sexual interna del organismo mismo. La orientación de la sensualidad sería natural y, como tal, bastaría a la vida sexual, si las reacciones sexuales del hombre estuviesen infaliblemente guiadas por el instinto, y si la persona del otro sexo, objeto de estas reacciones, no exigiese otra relación que la que le es esencial para la sensualidad.

Pero —ya lo sabemos— la persona humana no puede ser e objeto de placer. El cuerpo es su parte integrante, no se le puede, por tanto, disociar del conjunto de la persona: su valor y el de su sexo se fundan en el valor de ella. En ese contexto objetivo, una reacción de la sensualidad en la que el cuerpo y el sexo hacen el papel de objeto de goce posible, amenazaría de desvalorización a la persona. Apreciar de este modo el cuerpo de una persona equivale a admitir el hecho de gozarla. He ahí por qué la reacción de la conciencia ante los movimientos de sensualidad es fácilmente comprensible. Porque o bien se procura disociar artificialmente la persona de su cuerpo y de su sexo para considerarlos como objetos posibles de placer, o bien se aprecia la persona únicamente desde el ángulo del cuerpo y del sexo, es decir, por tanto, en definitiva, también en cuanto objeto de placer. Las dos actitudes son incompatibles con el valor de la persona. Añadamos que no puede hacerse cuestión en el hombre de una sensualidad “pura”, tal como existe en los animales, ni tampoco de su orientación infalible por el instinto. Por ello, lo que es enteramente natural en los animales, es, en el hombre, infra-natural. El contenido mismo de la reacción sensual que implica la experiencia del cuerpo y del sexo como objeto posible de goce, indica que en el hombre la sensualidad no es “pura”, sino transmutada de cierta manera desde el ángulo del valor. La sensualidad natural pura, con reacciones guiadas por el instinto, nunca está orientada hacia solo el placer separado del fin de la vida sexual, siendo así que lo puede estar en el hombre.

La mera sensualidad no es, por lo tanto, amor e incluso puede muy fácilmente convertirse en su contrario. A pesar de ello, hay que reconocer que en la relación hombre-mujer la sensualidad, en cuanto reacción natural ante una persona de sexo opuesto, es un material del amor conyugal, del amor de esposos. Pero no cumple con ese papel por sí misma. La orientación hacia los valores sexuales del cuerpo en cuanto objeto de goce exige la integración: ha de insertarse en una actitud aceptable respecto de la persona, sin ello no será nunca amor. Ciertamente, la sensualidad está atravesada como por una corriente de amor de concupiscencia, pero si no se completa con otros elementos, más nobles, del amor (de los cuales se trató en la primera parte de este capítulo), si no es más que concupiscencia, entonces con toda certidumbre no es amor.

Por sí misma, la sensualidad no tiene en cuenta a la Persona, no se dirige más que hacia los valores sexuales del cuerpo Esta es la razón de su inestabilidad característica: se vuelve hacia allá donde encuentra estos valores, hacia dondequiera que aparece un objeto posible de goce. Los sentidos señalan la presencia de ese objeto, cada uno de una manera diferente; el tacto, por ejemplo, reacciona de manera diferente que los sentidos superiores: la vista y el oído. Pero los sentidos externos no son los únicos capaces de servir para la sensualidad: los sentidos internos, como la imaginación o la memoria, sirven igualmente. Se puede, por intermedio de cualquiera de ellos, entrar en contacto con un cuerpo, incluso con el de una persona físicamente ausente, se puede experimentar los valores de ese cuerpo como un objeto posible de placer. Esto es sumamente sintomático para la sensualidad. Este fenómeno se produce hasta en casos en que el cuerpo de la otra persona no es considerado como objeto de goce, por ejemplo, cuando es objeto de exámenes, de estudios o de arte. La sensualidad hace en tal caso una aparición en cierto modo lateral: intenta a veces influir en la actitud respecto del cuerpo y de la persona; en otros casos, no hace sino provocar en la conciencia un reflejo característico que demuestra que esta actitud podría ser atraída a la órbita de la sensualidad latente.

Pero todo esto no prueba que la excitabilidad sensual, en cuanto innata y natural, sea moralmente mala. Una sensualidad exuberante no es sino una materia, rica pero difícil de manejar, de la vida de las personas y que ha de abrirse mucho más largamente a todo aquello que determina su amor. Sublimada, puede llegar a ser (a condición de no ser enfermiza) el elemento esencial de un amor tanto más completo cuanto más profundo.

Hemos de dedicar ahora algunas palabras a lo que se llama “sex-appeal”. Este término anglosajón no significa lo mismo que lo que nosotros entendemos por “tendencia sexual”. No tiene relación más que con la excitabilidad sensual y la sensualidad. Se emplea con frecuencia para designar la facultad de provocar la excitación sensual o la predisposición para experimentar tal excitación. La función del sexo se limita en dicha expresión a la esfera de los sentidos y de la sensualidad. Se trata aquí de los valores sexuales del cuerpo considerado precisamente como objeto posible de placer—potencial o actual—. La idea del sex-appeal no va más lejos. Presenta estos valores como independientes o que se bastan a sí mismos y corta así el camino a su integración en un amor personal y completo. Concebido de esta manera, el sex-appeal viene a ser la expresión de un amor no integrado que no lleva más que la marca de la sensualidad.

 

9. La afectividad y el amor afectivo



 

Hay que fijar una neta distinción entre la afectividad y la sensualidad. Hemos dicho más arriba que la impresión está generalmente acompañada de emoción. Aunque la impresión producida por el objeto sea sensorial, la emoción puede dirigirse hacia valores no-materiales. Un contacto directo del hombre y de la mujer provoca siempre Una impresión que puede ir acompañada de una emoción. Cuando ésta tiene por objeto los valores sexuales de solo el cuerpo, considerado como objeto posible de placer, es entonces una manifestación de sensualidad. Esto, con todo, no es necesario, porque estos valores pueden estar ligados a toda la persona de otro sexo. En ese caso, el objeto de la emoción será para la mujer el valor de “masculinidad” y para el hombre el de la “feminidad”. La primera puede asociarse, por ejemplo, a la impresión de fuerza, la segunda a la de encanto, ambas vinculadas con la persona entera del otro sexo y no solamente a su cuerpo. Ahora bien, habría que llamar afectividad a esta facultad (que no es excitabilidad) de reaccionar ante los valores sexuales de la persona de sexo diferente en su conjunto, facultad de reaccionar ante la feminidad o la masculinidad.

La afectividad es la fuente del amor afectivo. Es muy diferente de la sensualidad, menos cuanto a su base que cuanto a su contenido. Porque entrambas tienen por base la misma intuición sensorial. La percepción lleva hacia la persona toda entera: mujer u hombre. La sensualidad no se fija más que en el cuerpo disociado de todo lo demás y que le llama la atención sobre todo. Por el contrario, la afectividad (como la percepción) reacciona ante la persona en su conjunto. Los valores sexuales percibidos quedan referidos a la persona entera y no se limitan a su cuerpo. Por esto la orientación hacia el goce, tan característica para la sensualidad, no se destaca en la afectividad. Esta no es “consumidora”. Por esto puede permitir momentos contemplativos ligados a lo bello, a la percepción de los valores estéticos por ejemplo. La afectividad del hombre está penetrada de admiración por la feminidad, la de la mujer de admiración por la masculinidad, pero dentro de sus límites no aparece ningún deseo de placer.

La afectividad parece estar libre de concupiscencia, mientras que la sensualidad está llena de ella. En la emoción afectiva se hacen sentir un deseo y una necesidad diferentes, los de acercamiento y de exclusividad o de intimidad, el deseo de estar a solas y siempre juntos. El amor afectivo acerca a las dos personas, hace que se muevan siempre una en la órbita de la otra, incluso cuando, físicamente, están lejos una de otra. Absorbe la memoria y la imaginación, y al mismo tiempo se comunica a la voluntad. No la estimula, la atrae más bien ejerciendo sobre ella un encanto particular. La persona envuelta en esta atmósfera se mantiene interiormente siempre en la proximidad de aquella a la que está vinculada por el amor afectivo. Cuando una mujer y un hombre unidos por semejante amor se encuentran juntos, buscan medios exteriores de expresar lo que les une. Tales serán esas diversas manifestaciones de ternura: miradas, palabras, gestos, aproximación —evito ahora conscientemente el añadir “de los cuerpos”, porque la afectividad les parece a entrambos, y sobre todo a la mujer, que es algo incorpóreo—. De hecho, no está orientada hacia el cuerpo como la sensualidad. Por esto se compara tan frecuentemente el amor afectivo con el amor espiritual.

Es evidente que este mutuo acercamiento que es una expresión de recíproca ternura, aunque proviene directamente del sentimiento, puede muy fácilmente deslizar- se hacia la sensualidad. Esta no aparecerá de buenas a primeras, vuelta, como está, manifiestamente hacia el goce carnal, pero sí latente, escondida en la afición. Parece que a este respecto hay una diferencia significativa entre la experiencia del hombre y la de la mujer. Se admite generalmente que la mujer es de suyo más emotiva y el hombre más sensual. Ya hemos subrayado más arriba este rasgo característico de la sensualidad: la persecución de los valores sexuales del cuerpo considerado como objeto de placer. Ahora bien, ese rasgo parece más señalado en el hombre, cristaliza más rápidamente en su conciencia y en su actitud. La misma estructura del psiquismo y de la personalidad del hombre es de manera que más rápidamente que la mujer se siente empujado a manifestar y a expresar lo que está escondido en él. Ello está en relación con el papel más activo del hombre en el amor, y con sus responsabilidades. En la mujer, por el contrario, la sensualidad está como disimulada en la afectividad. Por esto la mujer se siente de suyo impulsada a ver aún como una prueba de amor afectivo lo que el hombre ya sabe que es la acción de la sensualidad y del deseo de goce. Hay, por consiguiente, como se ve, una cierta divergencia psicológica entre el amor del hombre y el de la mujer. Esta parece más bien pasiva desde este punto de vista, a pesar de que es activa desde otro. En todo caso, su papel y su responsabilidad difieren de los del hombre.

Volvamos todavía a lo que hemos dicho al principio acerca de la afectividad y el amor afectivo. La emoción ligada a la percepción tiene por objeto los valores sexuales de la persona toda entera y no está de suyo orientada hacia el placer. Por lo tanto, el valor central, objeto de la emoción afectiva, puede provocar significativos procesos. Así, bajo la influencia de la afición el valor de su objeto muchas veces se agranda desmesuradamente. Porque el amor afectivo queda bajo la influencia de la imaginación y de la memoria, aunque también él influye sobre ellas. Así es, sin duda, como se explica el hecho de atribuir al objeto del amor diversos valores de que puede estar desprovisto. Son éstos valores ideales, no reales. Existen en la conciencia de aquel que ama con amor afectivo y se los aplica después de haberlos sacado del subconsciente. La afición es fecunda: porque quiere el. hombre y desea que diversos valores se encuentren en la persona que es el objeto de su amor, el sentimiento los crea y se los atribuye a fin de que su embalamiento afectivo sea tanto más completo.

Este fenómeno de idealización de la persona objeto del amor es bien conocido. Es característico, sobre todo, del amor juvenil. El ideal gana al hombre tal como es, éste le da solamente la ocasión de la aparición en la con ciencia emotiva de los valores hacia los cuales se siente arrastrado y que de hecho se atribuyen a la persona amada. Poco importa que sean realmente suyos. Esta persona, como acabamos de decir, no tanto es objeto cuanto pretexto para el amor afectivo. La afectividad es subjetiva, y se nutre —muchas veces hasta el exceso— sobre todo de esos valores que el que ama trae consigo y que le atraen, conscientemente o no conscientemente. Esta es otra diferencia entre la afectividad y la sensualidad, la cual es objetiva a su manera: se nutre de valores sexuales del cuerpo de la persona objeto de concupiscencia; entiéndase bien, es una objetividad del deseo y no del amor.

Parece, sin embargo, que en este rasgo particular de la afectividad humana que acabamos de poner de relieve, se encuentra la fuente principal de la debilidad del amor afectivo. Este se caracteriza por esta ambivalencia significativa: de un lado, busca la presencia de la persona amada, el acercamiento y las manifestaciones de ternura, y de otro se encuentra alejado, porque no se nutre de valores reales de su objeto, sino que vive, por así decirlo, a expensas de éste, entretenido por los valores ideales hacia los cuales se siente atraído. Por esto el amor afectivo es muy frecuentemente una causa de decepción. Puede ser una decepción, sobre todo cuando se trata de la mujer, cuando, con el tiempo, la afición del hombre aparece simplemente como un velo que encubría a la concupiscencia, incluso la voluntad de gozar. Una decepción, tanto para la mujer como para el hombre, cuando los valores atribuidos a la persona amada se revelan ficticios. La disonancia entre el ideal y la realidad extingue a veces el amor afectivo, incluso lo transforma en odio afectivo. Este, a su vez, por principio (o por naturaleza) no percibe las cualidades de que está provista la otra persona realmente. Así, pues, es difícil de decir si esa fecundidad interior de la afición y esa disposición a idealizar el objeto del amor son una fuerza o, al contrario, una debilidad del amor activo. Pero sí que sabemos con certeza que éste no constituye una base suficiente para la relación hombre-mujer. La afición necesita la integración lo mismo que el deseo sensual. Si el amor se limita a la mera sensualidad, a un sex-appeal, no será amor, sino únicamente utilización de una persona por otra, eventualmente utilización mutua. Y si se limita a la mera afectividad, tampoco será amor en el sentido vigoroso de la palabra, las dos personas que darán en cierta manera separadas la una de la otra, a pesar de las apariencias en contrario. La afición sufre de subjetividad, no es más que uno de los elementos que forman la base del amor objetivo y maduro que se modela y se perfecciona, valiéndose también de otras fuentes. La mera afición no puede crearlo; abandonada a sí misma, también ella puede asegurarse de que no es más que una actitud de goce. Volveremos sobre ello en el capítulo III.



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